Lo prohibido (tomo 2 de 2)

Part 17

Chapter 173,781 wordsPublic domain

Pasó no sé cuánto tiempo, hasta que sentí en mi frente humillada dos dedos de María Juana. Empujando hacia arriba me levantó la cabeza, y yo no hacía nada por impedirlo, porque la tenía como muerta para todo lo que no fuera pensar. Cuando mis ojos estuvieron frente á los suyos, la sabia, con menos aplomo que de costumbre y un tanto balbuciente (nunca la había yo visto así), me dirigió estas palabras en las cuales advertí más ternura que rigor:

--Eres un pobrecito inválido del alma, y da pena abandonarte. Lo merecías por falso, por depravado, por tu desprecio de toda ley de Dios y de los hombres... Pero no se te abandonará. Si tu maldad es infinita, infinita es también la misericordia humana; quiero decir, que alguien que se ha propuesto salvarte lo ha de conseguir, aunque te pese á tí mismo.

Estas pedanterías me hicieron mejor efecto que otras veces, y oyéndolas como expresiones de afectuoso consuelo, las agradecí mucho. Así se lo manifesté. Mi prima tenía los labios secos, la vista un poco adormecida.

--No llevarás tu maldad --prosiguió, pasándome la mano por la cabeza-- hasta el extremo de ahuyentar el ángel bueno que te persigue para salvarte... Comprenderás que te conviene entregarte á él en cuerpo y alma, someterte á su voluntad y á sus consejos, que serán, te lo aseguro, consejos de prudencia. Confíale todo lo que sientas y pienses, pues sólo así puede tu ángel bueno responder de tu salvación.

Todo aquello de las salvaciones, que María Juana traía siempre á cuento, se me figuraba á mí cosa de comedia ó novela, mejor aún de ópera, pues todos los libretos están fundados en el _quid_ de salvar el tenor á la tiple ó viceversa, y hay mucho de _salvarmi non potrai_... ó _corro á salvarti_. Pero en aquel caso no ví ni sombra de ridiculez en las salvaciones de mi prima, sino, por el contrario, un cierto espíritu de fraternidad, de cariño y hasta de unción religiosa.

La despedí muy cordial y agradecido; y ella, al partir, quejábase de amagos de aquella maldita neurosis que consistía en suponerse con un pedazo de paño entre los dientes... ¡Y un fatal instinto la obligaba á masticarlo! ¡Pobrecita!

II

Y aún ocurrió algo más que merece contarse. Otro día, en mi casa, observé en María Juana una jovialidad que no se armonizaba con aquel tupé suyo ni con la postura académica y teológica que había adoptado como se adopta un color ó un perfume. Noté en ella flexibilidad de espíritu, cierto prurito de hacer extravagancias. Dime á pensar en este fenómeno, y me ocurrió que la vida es un constante trabajo de asimilación en todos los órdenes; que en el moral vivimos, porque nos apropiamos constantemente ideas, sentimientos, modos de ser que se producen á nuestro lado, y que al paso que de las disgregaciones nuestras se nutren otros, nosotros nos nutrimos de los infinitos productos del vivir ajeno. La facultad de asimilación varía según la edad y las circunstancias: en las épocas críticas y en las crisis de pasiones adquiere gran desarrollo. Raimundo hablaba también de esto, y lo expresaba de una manera gráfica diciendo:

--El alma es porosa, y lo que llamamos entusiasmo no es más que la absorción de las ideas que nadan en la atmósfera.

Pues bien: á mí se me figuraba ver á María Juana en una crisis de ánimo y propendiendo á asimilarse, en la medida de lo posible, las formas del carácter singularísimo de su hermana Camila. ¿En qué me fundaba yo para suponer esto? En que la ví como buscando ocasiones de hacer alguna travesura, y queriendo ser jovial con inocencia y maliciosa con aturdimiento. Pero era forzoso confesar que los resultados no correspondían al esfuerzo de la tentativa, y que el plagio no alcanzaba ni con mucho las alturas del insigne original. Sin embargo, vais á ver un hecho y á juzgarlo por vosotros mismos.

Habíamos charlado de varias cosas. Entre otras, me dijo:

--La gente de arriba está más calmada. Pero aunque el pobre chico parece no dudar de su mujer, tiene la centella en el cuerpo, y se ha vuelto suspicaz, escamón. En una palabra, hijo, que han perdido la inocencia, la confianza absoluta el uno en el otro, y se observan, se discuten y se temen.

Tuve que salir á la sala á recibir á Samaniego, con quien hablé como un cuarto de hora. Cuando volví á mi gabinete, poniéndome á firmar varias cartas-compromisos, sentí á María Juana trasteando en mi alcoba, haciendo algo que no pude comprender de pronto. Ello debía de ser alguna humorada, porque la sentí reir. Atento á mis asuntos, no hice caso. De pronto la ví salir, y se despidió de mí conteniendo la risa que jugaba en sus labios. ¿Qué había hecho? También me sonreí y nos dijimos adiós.

¿Qué creéis que hizo? En cuanto fuí á mi alcoba me enteré de la travesura. ¡Se había puesto las botas de Camila, mis dulces prendas, y había dejado las suyas en el mismo sitio que ocupaban aquéllas y del propio modo que estaban colocadas! Confieso que me reí, pues el golpe tenía gracia.

Desde el día de la trapisonda no había yo vuelto á ver á Camila ni á su marido. Pero supe por casualidad que pensaban mudarse de casa. Acostumbraba yo, al salir de la mía á pie, pararme ante la obra de la finca de Torres en la Ronda de Recoletos, porque allí solía estar mi amigo vigilando los trabajos. Unas veces me le veía en la puerta; otras me saludaba desde un balcón. Ya el edificio, casi concluído, estaba en poder de estuquistas y papelistas. Un día me invitó á subir; enseñóme su principal, que era magnífico, y me dijo que lo pensaba decorar regiamente. Nunca ví á Torres tan entusiasmado, tan fatuo, ni con tan retumbantes proyectos de grandeza, lujo y representación. Su casa iba á ser la primera de Madrid: las cocheras eran cosa no vista; en muebles y alfombras no gastaría menos de veinte mil duros; pondría espejos en las mesetas de su escalera particular; grifos de agua en todas las alcobas; gas, por entendido, en todos los pasillos; el comedor se abría á una soberbia estufa, sostenida sobre pilares de hierro en el patio grande; la cocina era lo mismo que la del palacio de Portugalete; le mandarían de París unos tapices, que ni los de Palacio: en fin, que aquello era casa; lo demás... basura.

Hablamos también de inquilinos, y entonces fué cuando me dijo que los Miquis le habían pedido uno de los terceros.

--Se conoce que no quieren más cuentas con usted. ¿Y qué tal? ¿Estos pájaros pagan? Porque si no, les diré con buen modo que aniden en otra parte.

En un rapto de generosidad impremeditada, le contesté:

--Sí pagan; y si no pagan, aquí estoy yo para responder por ellos.

--Es verdad, hombre; no me acordaba de que es usted el caballo blanco... Pero se me ocurre otra cosa. ¿El señor de Miquis, con su armadura de cabeza, no me destrozará el techo de la casa?

Y rompió en una risa estúpida.

--No sea usted grosero --le dije sin disimular la cólera, y decidido á pegarle.

Recogió velas al momento, diciendo:

--No se enfade usted, amigo: es una broma; cosas que dice la gente... y que podrán no ser verdad; pero yo tengo una mala maña, y es que siempre las creo.

--Pues cree usted mil desatinos.

--Nada, si usted lo toma á mal, me desdigo.

No hablamos más del asunto. Desde aquel día se apoderó de mí la idea de romper el silencio con mis interesantes vecinos y dirigirme á ellos con ánimo grande y decirles: «Vengo, queridos amigos de mi alma, á pediros perdón del daño que os he hecho.» No pude resistir mucho este deseo, y anunciéles mi visita; pero siempre me traía Ramón la mala noticia de que los señores no estaban. Comprendí que no querían recibirme, y, por fin, subí resuelto á todo: á entrar atropelladamente ó á que me despidiesen.

Una criada desconocida salió á abrirme: no quería dejarme pasar; pero ví á Constantino en la puerta de la sala ó comedor, y me colé diciendo:

--No sé á qué vienen estas comedias conmigo... Constantino, vengo á lo que quieras: á ser tu amigo ó á rompernos la crisma, como gustes. Pero no puedo vivir sin vosotros.

Él, desconcertado, no sabía cómo recibirme. No había dado yo cuatro pasos dentro del comedor, cuando ví aparecer á Camila por la puerta del gabinete, diciendo:

--¡Ah! ¿está aquí el tísico?... Maldita la falta que hacía...

--Vengo á pediros excusas... --les dije, turbado como no lo estuve en mi vida--. Y otra cosa. Me han dicho que pensáis mudaros. No lo consiento... ea, que no lo consiento. Desde este mes tenéis la casa de balde.

Camila estaba seria; mirábame con ojos de enfado. Por fin se dejó decir con ironía:

--Sí, porque nos hace falta tu casa... Este tipo también nos quiere hacer gorrones. Constantino, dile lo que te dije... No: pegar, no. ¡A dónde iría á parar el tísico si tú me le echaras la zarpa!...

--Este señor y yo --repliqué sentándome y buscando el sendero de las bromas para salir de aquella situación-- tenemos concertado un lance. Déjanos á nosotros, que nos entenderemos.

--¡Un lance!... Eso querrías tú para darte más lustre. Mi marido no se bate con momias, ¿verdad, hijo? Quería darte una soba en público... Decía que de este modo... ya entiendes; pero yo se lo he quitado de la cabeza.

--¿Es verdad esto, Constantino?

--Es verdad --replicó él con su sincera honradez.

La firmeza con que lo decía era un insulto; pero yo tenía que tragármelo, porque mi situación era muy delicada. Salir con susceptibilidades cuando iba á solicitar perdón y amistad, no podía ser. Quise que las inspiraciones de mi corazón me guiaran para salir de aquel atolladero, y mirándoles á entrambos, el alma en mis ojos, les dije:

--Queridos amigos, no he venido á reñir, sino á hacer paces con vosotros. Si para esto es preciso que me humille, me humillaré.

--No queremos amistades --aseguró Miquis con brutal energía.

--¿Pues qué queréis?

--Que nos deje usted en paz y se plante de la puerta afuera.

Lo dijo con insolencia, y me puse en guardia. Pero la justicia de su ira se me representaba con tanta claridad, que me entró no sé qué cobardía...

--Eso, eso --clamó mi prima con fiereza--. Que se plante de la puerta afuera.

--¿Pero sin oirme me condenáis?... ¿Tú también, Camila?

--Yo la primera.

--Usted no puede ser nunca mi amigo --declaró el manchego, como se dice una frase aprendida--, ni aunque se me ponga de rodillas delante y me pida perdón...

Al decirlo miraba á su mujer como para recibir de ella la aprobación de la frase. Ella se la había enseñado.

--¡Qué atrocidades dices! --exclamé con afán.

--Ni aunque me pidiese usted perdón de rodillas.

--¿Y si lo hiciera...?

--Creería que me engañaba usted otra vez, como cuando se fingía mi amigo para poner varas á mi mujer.

--Bien, bien --gritó Camila, dando palmadas.

Aquello de las varas era improvisado, y por eso tenía ante el criterio de la esposa maestra un mérito mayor.

--¿De modo que no os dais á partido?

--Ni mi mujer ni yo queremos ninguna clase de relaciones con usted. Me parece que hablo castellano.

--¡Y tan castellano!

--Nada, hombre, que te quites de en medio --decía la ingrata, señalándome la puerta--. Que aquí estás de más.

Cuando la ví que me arrojaba de aquella manera, mi dolor fué horrible, porque, creédmelo, nunca la quise más, nunca la ví tan hermosa y adorable como en aquel lance, defendiendo de mí su hogar y su paz. Sentí mi boca más amarga que la hiel. Una de dos: ó fajarme allí mismo con el bruto, que de seguro, en tal caso, me aniquilaría de un zarpazo, ú obedecer á aquel látigo de la honradez susceptible y marcharme huído, avergonzado, en la situación más triste, ridícula y poco airosa del mundo. Pero bien ganado me lo tenía. Decir cómo bajé las escaleras, me sería imposible. Al promedio de ellas me sentí acometido de uno de esos impulsos de maldad de que no se libran, en momentos críticos, ni las naturalezas más delicadas y bondadosas; vínome á la boca no sé qué espuma de sangre; me sentí ruin, villano y con ganas de hacer todo el daño posible. Mi amor propio, ultrajado y escupido, sugeríame venganzas soeces, de esas que se consuman á las puertas de las tabernas y de los garitos; y en aquel rato de frenesí, me puse al nivel de los cobardes ó de las procaces mujeres de las plazuelas. Como el calamar á quien sacan del agua escupe su tinta negra, así yo, encarándome hacia arriba, solté el chorretazo de mi rabia estúpida en estas palabras, que no sé si fueron dichas á media voz ó sólo pensadas: «¡Si estáis deshonrados...! ¡Si aunque queráis, no podéis quitaros de encima la piedra que os ha caído, pobres idiotas...!»

III

Felizmente, de estas abominaciones, producto momentáneo de estados instintivos en que casi se pierde la responsabilidad, arrepentíame yo pronto, conociendo y condenando mi propia infamia. Desde aquel día mi desatino tomó ya proporciones aterradoras. Todas las locuras que yo había hecho antes y que puntualmente quedan referidas, eran razonables en comparación de las que hice después. ¡Qué días aquéllos en que Raimundo se me representaba como un modelo de cordura, asiento y respetabilidad! Se me iba la cabeza; se me desvanecía la memoria; olvidábame hasta de las cosas más importantes, y de nombres y cifras que me interesaban grandemente. Unas veces no podía apartar del pensamiento la idea de mi próxima muerte, y la deseaba; otras entrábame un flujo tal de proyectos, que me volvía tarumba, dándoles vueltas de noche en mi cerebro, mientras mi cuerpo las daba en la cama, sin poder gustar ni un sorbo de sueño. Entre estos proyectos los había financieros y amorosos, todos girando sobre el eje de mi desesperada pasión por Camila. Completamente ebrio, me decía: «La época de las barbaridades ha llegado. La sorprendo, la robo, la amarro, la meto en un coche y me voy á América... Enveneno á Constantino, ó le asesino por la espalda, ó le emparedo...» Estos disparates eran los puntos rojizos que estrellaban la negra bóveda de mis insomnios. Por las mañanas, el más insignificante suceso me producía fuertes emociones, ora dulces, ora amargas. Ver subir á la criada de los Miquis con la cesta de la compra bien repleta, me hacía cosquillas en el espíritu. Oir desde mi casa el piano del tercero, me ponía en estado de echarme á llorar. Por las noches, cuando entraba en casa, observaba si había luz en la de ellos. Si salían, me clavaba en mi balcón hasta que les veía perderse en las sombras de la calle ó meterse en el Rippert.

Aunque no les visitaba, ni podía intentarlo después que tan ignominiosamente me echaron de su casa, á mí llegaban noticias suyas por diferentes conductos. El mismo Augusto Miquis, á quien llamé para consultarle como médico, me solía decir cosas que me interesaban profundamente. Ambos consortes estaban furiosos contra mí. Para Constantino era yo un traidor infame, ladrón de ganzúa, no de puñal, que es más noble. Tras horrorosas dudas, el pobrecillo había recobrado la fe ciega en su mujer; pero la acusaba de haber hecho misterio de mis solapados ataques. Camila había callado por prudencia. Conociendo el genio pronto, la brutalidad pueril y las exaltaciones justicieras de su marido, temía el escándalo y los disgustos consiguientes.

--Constantino es un inocentón macizo --me dijo Miquis--; no tiene idea del mal; hay que metérselo por los ojos para que lo vea. De niño era ridículo por sus ingenuidades; adolescente, no servía para nada. A golpes se consiguió de él que siguiese una carrera. Se casó cuando su propia candidez le encenagaba en los vicios de la tontería, esos vicios que no dañan el alma y son como la suciedad, que con el agua se limpia. Camila le ha lavado, y hoy es todo oro de ley, mal labrado, pero fino. En su trato hay que evitar los encontronazos, porque tiene unos ángulos que cortan. Es un bloque de honradez y nobleza, con nociones radicalísimas y cardinales del bien y el mal. No entiende de medias tintas, ni de componendas, ni de estira y afloja. Para él, lo que no es superior es ínfimo; moral bárbara si se quiere; pero yo pregunto: ¿no es ésta la moral de los tiempos en que los hombres supieron hacer cosas grandes, que no se hacen ahora?... Usted era antes para él el mejor de los amigos; ahora es una víbora, un animal venenoso. Mi hermano no transige: su tosquedad le mantiene un tanto alejado de la región de las ideas, y me alegro, porque si se le antojara tenerlas políticas, sería ó el socialista más fogoso ó el carcunda más feroz. Yo procuro traerle á los términos medios; pero es inútil. Es que no sabe, no puede; su inteligencia no percibe sino lo gordo, lo elemental, la pepita nativa de las ideas. Sus sentimientos son lo mismo: siente mucho y fuerte, como los niños y los poetas primitivos.

Por otras conversaciones que con Augusto tuve, comprendí que Camila no había podido quitarle á su asno de la cabeza aquello de darme una pateadura en público. Sí: era preciso que mi traición no quedase sin castigo. Nada de duelo, que es una papa. Bofetada limpia y palos. Yo no merecía ser tratado de otro modo. Y era indudable que Camila estaba disgustada. Aquella contienda sobre si yo debía ser apaleado ó no, fué la primer desavenencia de su hogar. Severiano también me habló de esto seriamente, recomendándome que tuviese cuidado. Y entonces todo lo varonil resurgía en mí, y hacía yo propósito de enseñar á aquel bruto cómo arreglan los caballeros sus cuentas de honor.

Pero como él era un Hércules y yo me había quedado sin fuerzas para estrangular á un pollo, debía prepararme á resistir su agresión por los medios más adecuados, haciéndome acompañar de un buen revólver. En cuanto le viera venir á mí con ademanes hostiles, le metía seis balas en el cuerpo, y á vivir.

Transcurrían días; yo me le encontraba algunas veces en el portal ó en la calle, y pasaba junto á mí sin mirarme. ¿Por qué no me atacaba? Por María Juana supe que no quería ajustarme las cuentas mientras fuera mi inquilino.

--¡Qué delicados están los tiempos! --dije--. ¿Y por qué no se muda de una vez?

Era que la casa de Torres estaba aún un poco húmeda, y esperarían á Julio. «Pues si tan largo me lo fías --pensé, metiendo el revólver en un cajón de la mesa--, no quiero llevar más este chisme peligroso.» Y no volví á sacarlo.

También entendí (todo se sabe) que la calumnia que pesaba sobre ellos les daba no pocos disgustos. A Camila le hicieron algunos desaires las de Muñoz y Nones. Medina había dicho á su mujer, tratándose de invitarla á una comida, que no quería prójimas en su casa... Por consecuencia de esto, viéronse alguna vez cargados de nubes los cielos de aquella alegría espléndida. La borriquita lloraba á ratos, sola ó delante de Constantino, y á éste le entraban tales furores de venganza, que Camila se violentaba por restablecer la paz. Eran sin duda menos felices, porque eran menos inocentes; ambos sabían algo más de la malicia humana; sin ser pecadores, habían probado las amarguras de la sospecha, la manzana apetitosa é indigerible, y de buenas á primeras se habían avergonzado de la desnudez de su inocencia. Creyeron que el mundo era esencialmente bueno, y de pronto salíamos con la patochada de que estaba lleno de picardías, de asechanzas, de trampas armadas entre las hojas verdes, de abismos revestidos de flores. Había que andar por él con mucho cuidado, midiendo las acciones, las palabras, y tapándose bien. Los antes descuidados y aturdidos habían de vivir ahora precavidísimos, atentos al más leve rumor, súbditos del inmenso y despótico imperio de la opinión.

Pues bien: todo este mal venía sobre mi propia conciencia. Pensad cuánto me lastimarían peso y dolor tan grandes, añadidos á los de mi pasión loca y al estado de desaliento en que me encontraba. No me preguntéis qué hice, en orden de negocios, en aquella cruel temporada. Fuera del préstamo gordo que hice á Severiano con garantía hipotecaria de su finca _las Mezquitillas_, ¿en qué me ocupé? Creo que yo mismo lo ignoraba, y á no ser por las consecuencias, seríame muy difícil dar aquí cuenta clara de mis operaciones. Varias veces en la Bolsa pronunciaba los sacramentales _doy_ y _tomo_, sin saber ni lo que daba ni lo que tomaba. Barragán me dijo que era preciso ponerme curador, y creo que no le faltaba razón. La liquidación de Mayo me había sido favorable, y alentado por el éxito me enfrasqué á mitad de Junio en combinaciones un tanto arriesgadas. Samaniego no pudo publicarlas, porque eran de tal cuantía mis compras, que hubiera tenido que aumentar considerablemente su fianza; mas yo no veía ya los peligros que en otras épocas viera: habíame vuelto temerario y despreocupado como los aventureros y agiotistas más audaces. Que perdía... ¿y qué? De nada me servía ya el dinero si estaba seguro de morirme pronto. Yo no tenía hijos ni herederos directos á quienes dejarlo. Si ganaba, mejor; pero el perder, que tanto me asustaba antaño, érame ya punto menos que indiferente.

Sentíame muy mal, agobiado, decaído, sin fuerzas para nada, la memoria padeciendo horribles eclipses, la inteligencia envuelta en nieblas, la palabra muy torpe. Aquel módulo que me había enseñado Raimundo para ejercitar los músculos de la lengua, se me olvidó un día. No sé pintar lo que me atormentaba el no poder recordarlo, y los esfuerzos que hice para traer á mi mente aquellas palabras que se me habían ido, como pájaros escapados de su jaula. Todo inútil: tuve que llamar á Raimundo y rogarle que me lo repitiera.

--¿Qué, hombre?...

--La matraca, hijo; la recetita aquélla del _triple trapecio_.

Y me la dijo, echando chispas, y la escribí para que no se me volviera á olvidar.

Os reiréis; pero bien comprendo que no es para menos. Abría mi correo con indiferencia, y de algunas cartas apenas me enteraba. Gran violencia de atención tuve que hacer para apechugar con una de las Pastoras; pero como en ella me hablaban de intereses, no había más remedio que tomarlo con calma. Decíanme que se les había presentado ocasión de colocar en Sevilla, con sólida garantía y muy buen interés, el dinero que habían depositado en mí para que yo lo incorporara á mis negocios. Alegréme de esto, porque me libraba de una responsabilidad más, y les contesté que dispusieran de ello cuando gustasen. Yo giraría á su orden, á menos que no tuviesen ellas proporción para hacerlo á mi cargo desde Sevilla. Respondieron á vuelta de correo que Tomás de la Calzada se encargaba de darles su dinero, girando á mi cargo. Me pareció muy bien, y liquidé con mis ilustres amigas, pasándoles extracto de la cuenta de beneficios para que el banquero de Sevilla los añadiera á la suma por que se había de hacer el giro.