Lo prohibido (tomo 2 de 2)

Part 16

Chapter 164,183 wordsPublic domain

Cortó la frase, quedándose como perpleja, los ojos fijos con pensadora atención en el busto de Shakespeare que estaba sobre mi chimenea. Era el bronce que había pertenecido á Carrillo, y sin duda la vista de aquel objeto llevó su mente, por la filiación de las ideas, á cosas y sucesos de otros días. A mí me pasó lo mismo.

--Sí... claro... ya sé que los maridos te quieren... ¡Absurdo, asqueroso!... Como tienes ese ángel... parece que les embrujas y les das algún filtro...

Juzgad de mi paciencia, y ved qué dosis tan grande de esta virtud acumulé en mi alma, cuando no cogí el busto y se lo tiré á la cabeza á aquella mujer. Pero aunque no hice esto, la cólera se desató en mí, y con palabras cortadas por el veneno que me salía de dentro, le dije:

--Constantino es mi amigo, y no tiene por qué avergonzarse, porque ni es ridículo ni cosa que lo valga, y el que diga lo contrario es un miserable.

--Pues yo lo digo --gritó ella con brío.

--Pues aplícate el cuento.

--Explícame eso, hombre... Da razones.

--No doy razones --exclamé ya fuera de mí, sin ver ni oir nada más que el fulgor y el estallido de mi rabia--; ni tengo que añadir una palabra más, ni me importa que te convenzas ó no, porque ahora mismo te pones en la calle.

--No me da la gana. Se va usted á donde quiera --vociferó ronca, mugiente--. ¿Me echarás tú?

--Lo vas á ver --dije cogiéndola enérgicamente por un brazo y llevándola hacia fuera, no sin tener que tirar fuerte.

En aquella lucha, cuyo recuerdo me espeluzna siempre, no oí más que estas tres palabras dichas en un aliento de agonía: «Eres un tío.»

Creo que le respondí: «y tú una tal...» No estoy seguro de haberlo dicho. Ciego, con pegajosa y amarga espuma en la boca, abrí la puerta de la escalera y la eché fuera. Cuando dí el golpe á la puerta, haciendo retumbar toda mi casa, cual si mi corazón estuviera unido á aquellas paredes, sentí penetrante frío en mi alma. La idea de mi brutalidad vino al punto á mortificarme. Pero me rehice y me metí para adentro. La campanilla sonó con estruendo. Me pareció que tocaba más fuerte que todas las campanas de todas las iglesias de la cristiandad juntas. Eloísa llamaba con rabia, golpeando además la puerta con las manos. Aplicó sus labios á la rejilla de cobre, para gritar por allí otra vez:

--¡Tío, más que tío, canalla!

--¿Abro? --me dijo Ramón alarmado.

No supe qué determinar.

--Abre, sí --respondí al fin--. Peor es que dé un escándalo en la escalera.

--La señorita María Juana --añadió mi criado-- ha subido hace un rato.

--Esta casa es hoy un infierno... ¡Maldita suerte mía! Abre, abre de una vez.

Retiréme á la sala, y desde allí ví entrar á Eloísa. Dió algunos pasos y cayó como cuerpo muerto sobre el banco del recibimiento.

--Ramón... llévale un vaso de agua, si quiere; y tú, Juliana, auxíliala también. Puede que tenga un síncope. Le pasará... Y si no pasa, que no pase... Allá se las componga.

Yo no sabía qué hacer ni qué decir. Parecióme que Eloísa no tenía síncope; conservaba el sentido, y lo que hacía era llorar, llorar mucho.

--Ramón... entérate de si la señorita tiene ahí su coche. Si no lo trajo, manda enganchar ahora el mío, y que la lleven á su casa.

--La señorita tiene abajo su coche.

--Bueno. Cierra la puerta para que no se enteren de estos escándalos los que suben y bajan.

Eloísa bebió un poco de agua. Sin duda se iba serenando. No podía ser menos. Estas iras pasan, y dejan en el espíritu un amargo y desapacible sabor, el recuerdo vergonzoso de las tonterías que se han dicho y de las brutalidades que se han hecho. Tras la cortina de la sala espié yo los movimientos de mi prima, y lo que hacía y hasta lo que pensaba. La ví levantarse del duro banco, suspirar fuerte palpándose y oprimiéndose el pecho como si el corazón se le hubiera salido de su sitio y quisiera ponérselo donde debe estar. Vaciló entre pasar á la sala y marcharse; pero se decidió al fin por esto. ¡Qué alivio noté cuando la sentí bajar, apoyándose en el barandal y mirando mucho los pasos que daba! «La lección ha sido un poco fuerte --pensé--; pero es preciso, es preciso...»

¡Gracias á Dios que estaba solo! ¡qué día! No había tenido tiempo de saborear aquel descanso, cuando... ¡Jesús mío! la campanilla. La oía sonar, agujereándome el cerebro, y decidí arrancarla de su sitio, hacerla mil pedazos para que no repicara más. «¿Apostamos á que es María Juana?» Porque sí, la campanilla sonaba con todo el estudio y la convicción de una campanilla ilustrada que sabe á quién anuncia. Era ella, no podía ser otra.

Entró en mi gabinete, y ¡qué cara traía, qué golpe de quevedos, qué mirar justiciero! Era una sibila de aquéllas que pintó Miguel Angel para expresar lo feas que se ponen las mujeres guapas cuando se enfadan y hacen profecías. En verdad, señores, lo extremadamente serio de aquel rostro prodújome efectos contrarios á los que él quería producir... Por poco suelto la risa.

--¿Qué hay? --le pregunté afectando calma.

--¿Qué ha de haber? Pues nada que digamos. Vengo de arriba. Un zafarrancho espantoso. Las consecuencias de tu carácter, de tu temperamento... ¡Y ha habido una persona tan inocente que creyó posible curarte, enmendar lo que tiene sus raíces en el fondo de la naturaleza, y hacer de un demonio un hombre...! La que tal pensó es más digna de lástima que las otras dos infelices, y por lo mismo que puso sus miras más arriba es la que ha caído más bajo... Estoy tan avergonzada por mí como por tí... Yo al menos tengo conciencia y veo mi bochorno; pero tú, ¿qué ves?... Eres un depravado, un monstruo, un condenado en vida. Daría... no sé qué por ver en tí un rasgo de nobleza. Pero no, no lo veré, porque no puedes dar sino frutos amargos... Has prostituído á la tontuela de Camila, quitándole lo único que tenía, que era su inocencia; has cubierto de ignominia al pobre Constantino, que es un alma de Dios, el ángel de los topos... ¡y tú tan fresco!... Responde, hombre; discúlpate, da á entender siquiera que hay en tí un resto de pudor, de dignidad, de cristianismo...

Hubiera podido contestarle muchas cosas y volver por la honra de su hermana; ¿pero á qué decir lo que no había de ser creído? Hallábame tan irritado, que no sabía resolver aquellas cuestiones sino cortando por lo sano. Me incomodó la sibila con su áspero sermoneo, tanto ó más que Eloísa con sus procacidades. Ante ella me sentí igualmente brutal que ante la otra, y ciego la cogí por un brazo lo mismo que había cogido á la prójima, diciendo con la ronquera de mi ira:

--¿Sabes que no tengo ganas de música, de filosofías ni de estupideces? ¿Sabes que te voy á poner ahora mismo en la calle, porque no puedo aguantar más, porque estoy hasta la corona de tí y de tu hermana?

Y haciéndolo como lo decía, tiré de aquella gallarda mole, que se dejó llevar aterrada, trémula, balbuciendo no sé qué conceptos trágicos, muy propios del caso y de su austera moral. Hícela salir, y cerré de golpe. María Juana no gritó en la escalera como su hermana. Con decoro aceptaba la expulsión y se vengaba con su dignidad. Era muy sabia y muy prudente para proceder de otra manera. Marchóse callada, haciéndose la víctima grandiosa y buscando lo sublime, que no sé si encontraría. Bajó las escaleras pausada y gravemente, como si fuera ella la razón desterrada y yo el error triunfante...

--¡Ramón!

--¿Qué, señor?

--Te nombro mastín --dije delirando--: ponte en la puerta, y al primer Bueno de Guzmán que entre, me le destrozas á mordidas.

Nada, que aquel día me había yo de volver loco. Bien caro pagaba mis enormes culpas. Sonó la fatídica campana otra vez... Ramón entró en mi gabinete, y me dijo muy apurado:

--Señor, don Constantino es el que llama. ¿Le abro?

--Sí, hombre... ábrele... en canal... Quiero decir, ábrele la puerta. Que entre; veremos por dónde tira.

Y cuando Miquis llegó á mi presencia estaba yo tan fuera de mí, que si me dice algo ofensivo, caigo sobre él y me mata ó le mato.

--¡Hola! ¿qué hay? --le pregunté, resuelto á afrontar la situación, cualquiera que fuese.

Constantino estaba pálido y muy agitado. Parecía rebuscar en su mente las palabras con que debía empezar.

--Tú traes algo --le dije--. Vomita esa bilis... franqueza, amigo. Luego me tocará hablar á mí.

Sus labios rompieron tras un esfuerzo grande. De la confusión de su mente y de las arrugas de su entrecejo brotaron estas cláusulas amargas:

--Pues... horrores en casa... Eloísa... Me han vuelto loco... ¡Que mi mujer me engaña! ¡que tú...! Camila se defiende. Yo no sé lo que me pasa; tengo un infierno en mi cabeza... porque si creo lo que me dicen de mi mujer, la mato, y si creo lo que ella me dice, mato á sus hermanas...

--No mates á nadie; no mates, hijo, y aguarda un poco.

--Porque yo vengo aquí --gritó como un energúmeno, poniéndose rojo y manoteando fuerte--, yo vengo aquí para decirte que, ya sea mentira, ya sea verdad, no hay más remedio sino que ó tú me rompes á mí la cabeza ó yo te la rompo á tí.

Sentí al oir esto, ¿qué creéis? ¿indignación? no; ¿despecho? tampoco. Sentí entusiasmo, ardiente anhelo de soluciones grandes y justicieras; y aquello de pegarnos los dos tan sin ton ni son, no me pareció un disparate. Yo también quería sacudirle de firme ó que él me sacudiera á mí. Gesticulando como un insensato y no menos energúmeno que él, me puse á gritar:

--Tú eres un hombre, Constantino... Eso, eso: ó romperte el bautismo, ó que me lo rompas tú á mí. Te tengo ganas, ¿sabes? eres lo que más me carga en el mundo... para que lo sepas.

--Pues cuanto más pronto, mejor --gritó él haciéndome el duo con furia igual á la mía.

--Eso, eso... Ha llegado la ocasión que yo quería. Ahora nos ajustaremos las cuentas, y déjate de armas blancas... pistola limpia y á la suerte.

--Como quieras.

--Y no es por poner en claro la honra de tu esposa. ¡Estaría bueno que dependiera de nuestra puntería! Tu mujer, para que lo sepas, bruto, es la gran mujer. Ni tú ni yo la merecemos... Nos pegamos porque te tengo ganas, ¿sabes? Tu conciencia te dirá quizás que no me has ofendido. ¡Ah! tonto, ¿ves estas magulladuras que tengo en la cara? ¿Lo ves, lo ves? Pues esto, pedazo de bárbaro, es la impresión de las suelas de tus botas. Tu mujer me ha abofeteado, no con las manos, que esto habría sido un favor, sino con tus herraduras, animal... Y ahora, tú, tú me lo has de pagar.

XXIV

Las liquidaciones de Mayo y Junio.

I

No sé qué más atrocidades dije. Yo no tenía ideas claras y justas sobre nada: era un epiléptico. Me caí en una silla, y estuve un rato pataleando y haciendo visajes. Contóme después Ramón que Constantino se retiró muy enfurruñado, cuando ya no tenía yo conciencia de que él estuviera presente.

Estuve tres días en cama y ocho sin salir de casa: de tal modo me conmovieron y agobiaron los sucesos de aquella tremenda fecha, una de las peores de mi vida. ¡Cuán lejos estaba de que habían de venir otras peores! Ninguna de mis tres primas fué á verme. Mi tío y Raimundo no faltaron: éste tan dislocado como siempre; aquél sufriendo en silencio una agitación moral que respiraba por su boca con suspiros volcánicos. Y no sabía el buen señor nada de lo ocurrido entre sus hijas y yo aquellos días, pues felizmente no hubo ningún indiscreto que le llevase el cuento. La causa de su dolor era otra y se sabrá más adelante. Díjome Ramón que al segundo día había enviado á preguntar por mí el señor de Medina, y que Evaristo no dejaba de ir por mañana y tarde á informarse de mi salud. ¿Pero á que no sabéis cuál era la compañía más grata para mí? Mis amigos me fastidiaban y mis parientes no me divertían. Vais á saber dónde estaba mi consuelo en aquellas tristes horas.

Haría dos semanas que, hallándose Camila en casa en ocasión que estaba también allí mi zapatero, le dije:

--Te voy á regalar unas botas. Maestro, tómele usted la medida.

Dicho y hecho. Al día siguiente de la marimorena, trájome el maestro, con el calzado para mí, las botas de Camila, que eran finísimas, de charol, con caña de cuero amarillo. Ramón las puso casualmente sobre una mesa frontera á mi cama, y los ojos no se me apartaban de ellas. ¡Oh dulces prendas!... Una falta les encontraba, y era que no teniendo huellas de uso, carecían de la impresión de la persona. Pero hablaban bastante aquellos mudos objetos, y me decían mil cositas elocuentes y cariñosas. Yo no les quitaba los ojos, y de noche, durante aquellos fatigosos insomnios, ¡qué gusto me daba mirarlas, una junto á otra, haciendo graciosa pareja, con sus puntas vueltas hacia mí, como si fueran á dar pasos hacia donde yo estaba! Ramón las cogió una mañana para ponerlas en otro sitio, y yo salté á decirle con viveza:

--Deja eso ahí...

El inocente me quitaba el único solaz de mi agobiado espíritu. Porque Ramón no se riera de mí, no le mandé que me las pusiera sobre mis propias almohadas ó sobre la cama... Seguramente me habría tomado por loco ó tonto.

Cuando me puse bien, ofrecióse á mi espíritu la injusticia y brutalidad de mi conducta con mis dos primas mayores el día de la jarana. Cierto que debí apresurarme á desvanecer el error en que estaban con respecto á la pobre borriquita, cuya culpa no tenía realidad más que en la grosera intención de las otras. ¿Y cómo convencerlas de la inocencia de Camila? ¿Cómo hacerles comprender que tanto la una como la otra debían besar la tierra que la borriquita pisaba y confesarse inferiores á ella? Eloísa y María Juana tenían cierto interés moral en no creerme, porque la idea de que su hermana les aventajara en conducta debía herirlas muy en lo vivo. «No me creerán, no me creerán --era el pensamiento que me atormentaba--. Juzgándola por sí mismas, no se convencerán, porque convenciéndose se acusan. Acusadoras se disculpan, y desean tener que perdonar para que se las perdone.»

Pero aun contando con lo infructuoso de mis esfuerzos, algo había que hacer. Por de pronto, determiné no subir á la casa de Camila. Si Constantino persistía en que nos pegáramos, por mí no había de quedar. Ya sabía él dónde yo estaba. Después, hice propósito de ver á Eloísa y á María Juana. A ésta la tenía yo, si no por autora, por la principal propagandista de la injuriosa especie, á la cual, por desgracia, daban apariencias de verdad mi locura, mi intención y mis repetidas visitas al hogar de los Miquis. Desistí de ver á Eloísa por lo que me contó Severiano el primer día que salí á la calle. La infeliz cumplía la sentencia de su triste destino, y últimamente había dado un nuevo paso en la senda que aquél le trazaba. Lo diré clarito, sin rodeos. Acababa de enredarse con un aristócrata viudo, el Marqués de Flandes, que después de residir mucho tiempo en el extranjero, vino á España á que le pusieran el cachete á su ruina. No durarían mucho estas relaciones, porque Paco Flandes daba ya poco de sí, metálicamente hablando, y el mejor día me le ponía la prójima en el arroyo. Entre tanto, la casa de la calle del Olmo recobraba algo de su esplendor pasado: muebles parisienses ocupaban los lugares vaciados por el último embargo, y algunas obras de arte iban entrando con timidez. Entre éstas las había bonitísimas: un _Carnaval en Roma_, de Enrique Mélida; un hermoso país de Beruete, y dos terracotas, de los hermanos Vallmitjana. Tras esto vendrían más cosas, más: así lo decía ella, poniendo carita de tristeza y dando á entender que los tiempos son malos y que cada vez parece que hay menos dinero. Como síntoma muy significativo, añadió Severiano que Sánchez Botín le hacía la rueda con la pegajosa tenacidad que siempre ponía en todas sus empresas; pero que mi prima declaraba á todo el que la quisiera oir, que jamás descendería hasta un sér que consideraba muy por bajo de todos los envilecimientos y de todas las prostituciones posibles. No hablamos más de esto, y determiné no ir á la calle del Olmo ni ocuparme para nada de semejante mujer.

Mi primera visita fué para los Medinas, á quienes encontré juntos. Ambos me recibieron con amabilidad, interesándose por mi salud. Nada de lo que pudiera observar en María Juana me llamaba la atención, por ser mujer de mucha gramática parda; pero sí me sorprendió la repentina afabilidad del insigne _ordinario_. Sus prevenciones contra mí se habían disipado sin duda. ¿Por qué? ¿Qué pararrayos había alejado de mi pecadora frente la electricidad de su odio? Heme aquí en presencia de otro enigma que me trajo no pocos quebraderos de cabeza. Dióme aquel día cigarros de primera, los mejores que tenía; y cuando nos íbamos juntos á la Bolsa, en su coche, expresóme con sinceras palabras que se alegraría de que mi liquidación de fin de mes fuese buena.

--Si el alza sigue acentuándose --me dijo--, y yo creo que seguirá, porque cada día vienen del extranjero más órdenes de compra, creo que saldremos muy bien usted y yo.

Y variando de tono y asunto:

--Es preciso que usted no se distraiga tanto con las faldas, so pena de que se le vaya el santo al cielo y no dé pie con bola en los negocios. Observe usted que todos los que al entrar por las puertas de la contratación no supieron desprenderse de los líos de mujeres, han salido con las manos en la cabeza. Hombre enamoriscado, cerebro inútil para trabajar.

Todo esto me parecía inspirado en la más sana filosofía; no así lo que me manifestó poco después, y que á la letra copio:

--Ya sé lo de esa pobre Camila. Es usted incorregible, y al fin las pagará todas juntas. Agradezca usted que hasta ahora no ha dado más que con bobos; pero algún día, donde menos se piensa salta un hombre, un marido digno, y entonces podrá usted encontrar la horma de su zapato... En Camila no extraño nada: es, como su hermana Eloísa, otra que tal; allí no hay seso... ¡Oh! me cupo en suerte lo único bueno de la familia, el oro puro; lo demás todo es escoria... Sí, sí; ya sé lo que usted me va á decir: que es calumnia; sí, estas cosas son siempre calumnia: por ahí se sale...

--Pues sí que lo es --exclamé, sin poder contener la indignación que me salió á la cara--. Pues sí que lo es, y extraño mucho que una persona tan recta como usted se haga eco de ella.

Algo más iba á decir; pero me asaltó la idea de que su error podía ser la clave de su inopinada benevolencia, y no extremé los esfuerzos para sacarle de él. De esta manera se enlazan en nuestra conciencia las intenciones, formándose un tan apretado tejido entre las buenas y las malas, que no hay después quien las separe.

--Es usted una mala persona --me dijo al fin sonriendo--; pero para que vea que me tomo interés por usted, voy á darle un consejo: venda lo más pronto que pueda las Obligaciones de Osuna.

Por la noche fuí á comer á su casa. En María Juana noté un marcado propósito de no entablar conversación conmigo sino delante de otras personas; pero en las pocas frases sueltas que cambiábamos, cuando no se nos interponía el guarda-cantón de carne de _No Cabe Más_, advertí cierta ternura y como un deseo de explicarse conmigo. Sin duda me había perdonado mis brutalidades del día famoso.

--Para que comprendas lo irritado que estaba --le dije--, y puedas explicarte la grosería con que te traté, me bastará declarar que daría hoy no sé cuántos años de vida por poder probar la inocencia de Camila, esa inocencia en que nadie cree, y que, sin embargo, es tan cierta, tan clara como la luz.

La observé muy pensativa al oir esto, y con irónica frase dióme á entender que esperaba las pruebas.

--¿Pero qué pruebas he de darte más que mi palabra y el juramento que hago, si es que esto de los juramentos tiene algún valor en tiempos en que el perjurio es ley? Créelo si quieres, y si no, no lo creas.

No pude decir más, porque _Partiendo del Principio_ se nos vino encima.

Había que ver la cara que me puso la sabia dos días después cuando la acusé de haber iniciado el descrédito de su hermana.

--¡Yo! --exclamó, poniéndose pálida--. ¿Me crees capaz...? Si han sido tus amigos, Severiano y Villalonga, los que primero lo han dicho, y luego lo ha remachado no sé quién... creo que las de Muñoz y Nones, las cuñaditas de Augusto Miquis... A mí me lo contó Eloísa... Ella dirá que se lo dije yo; pero no hagas caso... Te seré franca: yo tenía mis sospechas, y como siempre Camila me ha parecido muy ligera...

¡Oh! ¡qué argumentos tan sutiles empleé para disipar aquel error! Pero no pude convencerla por no expresarme con absoluta sinceridad, corazón en mano. Yo no decía más que la mitad de la verdad, y la mitad de la verdad suele ser tan falsa como la mentira misma; yo hacía hincapié en la honradez de mi borriquita, verdad como un templo; pero me guardaba bien de declarar el dato importante de mi pasión por ella y de la insistencia con que la perseguía. Arrancada de los autos de la causa esta hoja que tanta luz arrojaba sobre ella, todo quedaba en gran confusión.

Era mi prima muy sagaz, y con judicial tino y penetrante mirada me hizo esta pregunta:

--¿De modo que tú juras que nunca has tenido pretensiones malas con respecto á Camila?

Contestéle que sí lo juraba, aunque sin afianzar mucho la afirmación. Mentira tan gorda hizo en la _ordinaria_ un efecto contraproducente, y tratándome con tanta lástima como desdén, me dijo:

--Mira, niño, si crees que tratas con tontos; si crees que todos son Constantinos y Carrillos, te llevas chasco. Anda con Dios.

Y otro día que nos vimos, no hay que decir dónde ni cómo, hablamos de lo mismo, y se repitió la pregunta, y la verdad me escarbaba dentro con esa horrible náusea de la conciencia, que es tan difícil de contener. Y se me alumbraron los sesos, y ebrio de sinceridad, ardiendo en apetitos de ella, me desbordé, y lo canté todo de _pe_ á _pa_... En mi vida he hecho confesión más completa, leal y meritoria. Todavía me estoy aplaudiendo las palabras que dije, así como creo ver aún las diversas caras que me iba poniendo la sabia conforme oía, ahora patética, ahora contrariada, ya envidiosa, ya palpitante de sobresalto, angustia ó no sé qué. Y cuando le dije: «sí, esa mujer me tiene loco, me tiene enfermo, y como no la puedo adorar, estoy adorando sus botas hace muchos días, como si fueran su retrato,» ví que la sabia luchaba entre reirse de mí y darme de bofetadas. Se puso muy severa, miróme de través, y vuelta á hacer preguntas; ¡pero qué preguntas!

--¿Y quieres hacerme creer que habiendo puesto á sus pies tu fortuna, habiéndole ofrecido hotel, coche, rentas, lujo, te ha resistido?

Díjele que sí, que ésta era la verdad pura, y soltó una carcajada que me heló la sangre. Todavía estoy oyendo aquel _ja, ja, ja_, que continuó con ella hasta la habitación inmediata, pues iba ya en retirada. Volvió para decirme desde la puerta:

--Si has creído que á mí me podías engañar con fábulas como las que se cuentan á los rorrós para que se duerman, te equivocas... Eres como los titiriteros que se sacan cintas de la boca ó se tragan una espada. Engañan á los paletos y á las criadas de servicio; ¡pero á mí...! Ahora te falta el golpe más bonito. Desesperado, te metes á cartujo como Rancé y te pones á cavar tu fosa, ó á jesuita para largarte á las misiones de Oriente. Porque tales pasiones contrariadas suelen acabar en misas. ¡Ah! ¡qué enfermo estás!... cerebro desquiciado... ¿Quién puede dar crédito á lo que dices? ¿No te acuerdas ya de las mentiras que me has dicho á mí? ¿Cómo compagino lo que te he oído otras veces con lo que acabo de oirte? Francamente, no hay palabras con qué expresarte lo despreciable que eres.

Respondí que, en efecto, no me tenía por modelo de hombres, y me senté, agobiado de pensamientos sombríos y pesimistas, apoyando en mis manos la cabeza, que no podía con el peso de ellos. Pasó un rato. Ni ella se iba, ni decía nada. Tampoco á mí se me ocurría qué decir: tan abrumado estaba. Habíame metido yo mismo con mis errores en un lío infernal de contradicciones de conciencia, y por ninguna parte hallaba la salida. Mis pasiones verdaderas, las mentiras con que cohonestaba las falsas, habíanme formado una espesa red de la cual no podía salir. Era, como ella dijo, despreciable y monstruoso.