Part 15
--Una de dos --me dijo--, ó te _recopilas_ ó vienes para acá. No puedo recibirte en otra parte. Si quieres ayudarme á fregar ó mondarme estas patatitas, no creas que me he de oponer.
Entré con ella en la cocina, y me senté en una silla que tenía el fondo hundido. Junto á esta silla había otra. El magnífico mueble que estaba á mi derecha era una tinaja; enfrente el fogón. Los elegantes vasares no ostentaban cacharritos japoneses ni porcelanas de Sajonia y Sevres, sino otros más útiles chismes, y además las cenefas de papel picado con figuras de toreros.
IV
No sé qué vértigo me acometió al ver á Camila. Púsose á fregar la loza, diciendo:
--Esa girafa me dejó todo como ves, sin fregar... ¡qué tías!
Y yo la miraba embebecido: miraba sus manos coloradas y frescas en el agua, el movimiento rítmico que hacían los dos picos de la chambra al compás de los ajetreos de las manos, y, sobre todo, contemplaba su cara risueña, de una lozanía y placidez que no se pueden expresar con palabras. Entróme fiebre, delirio; la cuerda de mi espíritu vibró como si quisiera romperse. No pude contenerme, ni se me ocurría emplear, como otras veces, rodeos é hipocresías de lenguaje. Lleguéme á ella, llevándome mi silla en la mano izquierda; me senté junto al fregadero, todo esto rapidísimo... cogíle un brazo, y lo oprimí contra mi frente que ardía. La frescura de aquella carne y la dureza del codo, que fué lo que vino á caer sobre mi frente, producíanme sensación deliciosa. Todo pasó en menos tiempo del que empleo en contarlo, y mis palabras fueron éstas:
--Quiéreme, Camila; quiéreme ó me muero. ¿No ves que me muero?
Apartóse de mí, y con mucho alboroto de brazos y de palabras, me obligó á retirarme.
--¡Miren el tísico éste! Y si te mueres, ¿qué culpa tengo yo? ¡Ea! déjame trabajar. Si te pones pesadito, tendré que darte un tenazazo.
Después rompió á reir, y alargando el pie como si quisiera darme una puntera, se puso en jarras y me dijo:
--Pero ven acá, grandísimo soso. ¿No se te quita la ilusión viéndome así? ¿O es que con esta lámina estoy á propósito para sorberle los sesos á un príncipe? Claro... ¿quién que vea este piececito de bailarina no se volverá tonto por mí? ¿Pues este talle de sílfide... y estas manos? Yo pensé que podría hacerle tilín al aguador; ¡pero á tí!... ¡Si creí que al verme ibas á salir escapado gritando que te habían engañado! ¡Y ahora te descuelgas otra vez con que me quieres! Tú estás chiflado de veras. Caballero, soy una mujer casada, y usted es un libertino; quite usted allá, so adúltero, que quiere adulterarme. Vaya usted noramala... ¡Que te estés quieto!
Esto lo dijo blandiendo las tenazas, cuando yo volví sobre ella á expresarle lo más de cerca posible la admiración que me producía.
--Descalábrame... Te diré siempre que te quiero, que te adoro, que estoy ya enteramente loco, y que me moriré pronto, rabiando de cariño por tí... --exclamé defendiéndome como podía de las tenazas--. Ya que no otra cosa, dame la satisfacción de decírtelo, y de decirte también que me entusiasmas, porque eres la mujer sublime, la mujer grande, Camililla. Mereces ser puesta en los altares; mereces que se te eche incienso, que los hombres se den golpes de pecho delante de tí, borrica del Cielo, con toda el alma y toda la sal de Dios.
Creo que me arrojé al suelo, que quise besarle aquellas desproporcionadas sandalias medio rotas, que me golpeó la cara con ellas sin hacerme daño, que le besé la orla de su falda, que la abracé vigorosamente por las rodillas, que la hice caer sobre mí, que nos levantamos ambos dando tumbos y apoyándonos en lo primero que encontrábamos. Tan trastornado estaba yo, que no me dí cuenta de lo que hacía. Ella volvió á coger las tenazas y me amenazó tan de veras, que llegué á temer formalmente que me las metiera por los ojos.
Pausa, silencio. Yo en mi silla, recostándome con indolencia sobre la inmediata; ella destapando calderos, arrimando carbones, probando guisotes. Como si nada hubiera pasado, se puso á cantar en voz alta. Después me miró.
--¿Qué, todavía estás ahí? Pues sí: á mí no me pescas tú. Soy para mi idolatrado Cacaseno.
Y variando súbitamente de tono:
--Si vieras qué sorpresa le tengo preparada hoy... ¡Porque yo le doy sorpresas, y me divierto más...! El mes pasado le dí una... Voy á contártela. Tenía él un reloj muy malo, de plata; una cebolla que le regaló su tío el de Quintanar. Siempre andaba para atrás... en fin, que no nos daba nunca la hora. Era preciso comprar otro reloj, y Constantino se desvivía por tener un _remontoir_ bonito, ligero... Yo le decía que más adelante; pero él no tenía paciencia, ¡pobrecito! Todos los días me traía un cuento. «Camila, hoy los he visto á doce duros, muy lindos, en los _Diamantes Americanos_...» «¿Pero, hijo, y dónde están los doce duros?» Pues nos poníamos á juntar, peseta por aquí, dos perros por allá. Yo le quitaba á él, y él me quitaba á mí, y poco á poco se iba reuniendo el dinero. Yo soy siempre la cajera. «Marcolfa, ¿cuánto tienes ya?» «¡No me marees, ya se completará!...» Por fin le digo un día: «Ya pasa de diez duros; la semana que entra te compro el _remontoir_.» Pero aquí viene lo bueno. Verás cómo juego con él. Es un chiquillo. Reunidos los doce duros, le digo una mañana: «Chiquito, ¿no sabes lo que me pasa? Que mi vestido azul está muy indecente. Me da vergüenza de sacarlo á la calle. No he tenido más remedio que comprarme once varas de merino para arreglarlo, y como no había de qué, he tenido que echar mano de los duros aquéllos. Despídete por ahora de ese capricho. Dentro de tres ó cuatro meses, se verá.» Él refunfuña un poco, arruga el entrecejo; pero en seguida se le pasa el enojo, y me dice que primero soy yo. ¡Pobretín! á la noche ya no se acuerda del dichoso _remontoir_ sino cuando saca la cebolla para ver la hora, ¡y entonces echa un suspiro!... Y yo entre tanto, ¿qué crees que he hecho? He salido por la tarde, y más pronto que la vista, me he ido á la tienda y he comprado el reloj. Me lo traigo á casa, y mientras cenamos, le doy á mi marido bromas con el viejo, diciéndole: «Hijo, no tienes más remedio que apencar con tu patata.» Cenamos, nos acostamos. Yo no sé cómo aguantar la risa, porque he cogido el reloj, y envuelto en un papel lo he metido bajo nuestras almohadas. Apenas recostamos la cabeza los dos... tin, tin, tin, tin. Me tapo bien la cara, mordiendo las sábanas para no reirme. Me hago la dormida, y le siento á él inquieto. «Camila, Camila, yo oigo un ruido...» Y yo callada, respirando fuerte, casi roncando... «Camila, Camila, ¿qué anda por ahí?» De repente hago como que me despierto sobresaltada y me pongo á gritar: «¡Ratones, ratones!... ¡Mira, mira, uno me ha mordido la oreja!...» Él se levanta... enciende la luz. Pero yo, no pudiendo ya tener la risa, le digo: «Por aquí, por aquí, entre las almohadas... ¡Ay, qué miedo!» Él, que empieza á conocer la guasa, mete la mano, y... «Chica, chica, ¿qué es esto?...» ¡Qué fiesta! ¡cómo gozo viendo su sorpresa, su alegría y los extremos de cariño que me hace! Volvemos á apagar la luz... y á dormir hasta por la mañana.
Yo, medio ahogado por el culebrón que se enroscaba en mí, no podía reir con ella. Por fórmula debí preguntarle si aquel día tenía dispuesta una nueva sorpresa, porque siguió su cuento de este modo:
--Hoy le preparo una de órdago. Verás: hace tiempo que está deseando tener un barómetro aneroide. Desde que lee y se ha metido á sabio, le da por enterarse de cuando va á llover. Yo le digo: «Eso es muy caro. No pienses en ello. Que se te quite eso de la cabeza. ¡Ni que fuéramos príncipes!» Pero aguárdate. Hoy le he comprado ese chisme. Tiene dos termómetros por los lados: uno de agua encarnada, otro de agua plateada. Me costó seiscientos veinte reales, y lo tengo escondido para que no lo vea. ¡Cómo me voy á reir esta noche! Mira lo que he inventado. Pongo en el gabinete que está al lado de nuestra alcoba tres ó cuatro sillas unas sobre otras; ato una cuerda á la de en medio, la cual cuerda pasa por un agujerito de la puerta, y va á parar á la cabecera de nuestra cama. Cacaseno se acuesta; yo también. Apago la luz. De repente tiro de la cuerda, ¡cataplum! Figúrate qué estrépito. Yo me pongo á gritar: ¡ladrones, ladrones! Incorpórase él hecho un demonio, enciende luz... ¡Jesús qué miedo! Salta de la cama, va á coger el revólver, y yo digo: «Ahí, ahí, en el gabinete están.»
--Pero no veo la sorpresa.
--Es que la puerta del gabinete estará cerrada, y en el pomo del picaporte habré colgado el barómetro; de modo que no tiene más remedio que verlo al querer entrar... Entonces suelto el trapo á reir; él comprende la broma y suelta el trapo también, y aquí paz y después gloria. Nos dormiremos como unos benditos, y hasta otra. No te creas: él también me da sorpresas á mí; pero no tiene ingenio para inventar cositas chuscas como yo. Cuando me regala algo, lo trae escondido; pero en la cara le conozco que hay sorpresa. Frunce las cejas, alarga la jeta y dice con muy mala sombra: «¡Vaya unas horas de comer! Esto no se puede aguantar.» Yo, que leo en él, me hago también la enfadada, y me pongo á chillar: «Bertoldo, Cacaseno de mil demonios, si no te callas... Pero tú me traes algo: dámelo y no me tengas en ascuas.» Entonces saca lo que esconde y me dice riendo: «Si es sorpresa...» Yo, de una manotada, ¡pim!... se lo arrebato...
No la dejé concluir. El deseo de estrecharla contra mí, de comérmela á caricias era tan fuerte, que no estaba en mi flaca voluntad el contenerlo; deseo casto por el pronto, aunque no lo pareciera, nacido de los sentimientos más puros del corazón; deseo que si con algo innoble se mezclaba, era con la maleza de la envidia, por ver yo en poder de otro hombre tesoro como aquél. Y la cogí antes que se me pudiera escapar, haciendo presa en ella con un furor nervioso que me dió momentáneo poder.
--¡Quiéreme ó te mato --le dije con desazón epiléptica, fuera de mí, atenazándola con mis brazos y dando hocicadas sobre cuantas partes suyas me cayeran delante de la cara--; quiéreme ó te mato! Que todo no sea para él; algo para mí. Te estoy queriendo como un niño, y tú nada...
Habíais de ver la gran contienda entre los dos. Mi fuerza nerviosa se extinguía. Pronto pudo ella más que yo. Era mujer sana, dura, templada en el ejercicio y en la vida regular. Sus brazos no sólo se desprendieron de los míos, sino que los dominaron. El aliento me faltaba por instantes; el pecho se me oprimía, más que con el poder de los brazos de ella, con la dilatación de no sé qué angustia interior, que era el sentimiento de mi fracaso. Por fin, vencido, campeó ella sobre mí, y empujándome de un lado, me dejó caer sobre la otra silla. Las dos formaban como un sofá. Sus manos aprisionaron mis muñecas como argollas de hierro. ¡Una mujer tenía más fuerzas que yo, y me acogotaba como á un cordero!
--¿Ves cómo te meto en un puño, tísico? ¡Si eres un muñeco; si no tienes sangre en las venas; si los vicios te tienen desainado! No sirves para una mujer de verdad, sino para esas tías tan tísicas, tan fulastres como tú... perdido.
La ví encenderse en verdadera cólera. Aquel manojito de gracias, aquel ramillete de chistes, nunca se había presentado á mis ojos en la transformación fisiológica de la ira. En tal instante miréla por primera vez airada, y me acobardé cual no me he acobardado nunca. La ví palidecer, dar una fuerte patada; la oí tartamudear dos ó tres palabras; levantó la pierna derecha, quitóse con rápido movimiento una de aquellas enormes botas, la esgrimió en la mano derecha, y me sentó la suela en la cara una, dos, tres veces: la primera vez un poco fuerte, la segunda y tercera más suave... Yo cerré los ojos y aguanté. Tan quemado estaba por dentro, que me dolió poco...
--¡Ay --exclamé--, si me mataras á zapatazos como se mata una cucaracha, qué favor me harías!...
La ví volverse á calzar, sustentándose en un solo pie con extremada gallardía. Después se arregló el pelo y la chambra. Respiraba fuerte y se había puesto encarnada. Poco á poco aquella terrible y nunca vista cólera se iba disipando, y Camila volvía á ser Camila. Una sonrisa le desfloró los labios, dándome á conocer que sentía cierto temor de haberme pegado demasiado fuerte. Miróme con atención á punto que yo me llevaba las manos á la cara.
--¿Qué tal, escuece? --me dijo--. Tú te tienes la culpa por pesado. Yo las gasto así. ¿Qué es eso? Sangre. Me alegro: vuelve por otra. Así, así: quiero que lleves estampadas en tu hocico las suelas de mi marido.
Creédmelo: cuando no me eché á llorar en aquel instante como un ternero, es seguro que las fuentes del llanto estaban agotadas en mí. Y más me afligí viendo á Camila salir y volver con un vaso de agua y un trapo de hilo, el cual humedeció para lavarme la cara. Y se reía curándome.
--No es nada, hijo: un pedacito de piel levantada. Otras te han sacado todo el cuero y no te has quejado... ¿A que no vuelves á atreverte conmigo? ¿Te das por vencido?
--No: te quiero más cuanto más me pegues, y concluiré loco, saliendo á gritar por las calles que eres la mujer más sublime que he conocido...
--¡Claro!... como que me van á poner en la _Biblia_... ¡Ea! se acabaron las papas. Ahora me haces el favor de marcharte á tu casa. Tengo mucho que hacer y no estoy para espantajos.
--No me voy, Camila, sin una esperanza siquiera... promesa al menos...
--¿Promesa de qué? ¿Habráse visto tonto igual? Que me vuelvo á quitar la bota... Eres tan sinvergüenza, que por verme una pierna te ha de gustar que te pegue. Estos tísicos son así. Pues no, no te pego más; no me da la gana. Unicamente te desprecio... Conque ve despejando el terreno, si no quieres que se lo cuente á Constantino. Hasta aquí he sido prudente; pero me pones en el caso de no serlo. Si él sabe lo que me has dicho... ¡Jesús de mi alma la que arma! Ya te estoy viendo volar hasta el techo.
--Pues díselo... cuéntale todo. En mi estado, deseo cualquier disparate...
--¿Sí? No lo digas dos veces. Mira que canto...
Estaba destapando pucheros. De pronto la ví atendiendo con cara de Pascua á cierto ruido en la escalera.
--Ya viene... es él... Le conozco en el modo de trotar. Sube los escalones de tres en tres... Compara, hombre, compara contigo, que cuando subes llegas aquí ahogándote, medio muerto. Lo que yo digo, la vida alegre...
Fuerte campanillazo anunció al amo de la casa que venía de la oficina. Corrió Camila á abrirle, y oí como una docena de besos fuertemente estampados, ósculos de devoción y fe, como los que dan las beatas, echando toda el alma, á las reliquias de un santo que hace muchos milagros. El burro entró en la cocina.
--Hola, chico, ¿tú por aquí?
--¿Qué me traes? --le dijo Camila.
--Nada más que estos jacintos.
--¡Qué bonitos y qué bien huelen! Ponlos en ese jarro, por el pronto. Oye: dale uno á este estafermo, que bien se lo merece. Me estaba ayudando á poner los trastos en el vasar de arriba, y se le vino encima el caldero grande: mira la contusión que tiene en la mejilla... ¿Sabes de lo que hablábamos ahora?...
Otro campanillazo cortó el concepto de mi prima. «¿Qué iría á decir?» pensé yo; y ella dijo:
--¿Quién será?
Constantino fué á abrir, y oímos esta exclamación:
--¡Oh, señora doña Eloísa!... ¿Usted por aquí?
No sé por qué me dió mala espina la tal visita. Y mi corazonada se acentuó más cuando ví á Eloísa. Había recobrado su hermosura, y fuera de la palidez y demacración, no quedaban rastros en su cara del pasado arrechucho. Pero venía tan cejijunta, nos saludó á todos con tanta sequedad, me miraba de un modo tan extraño, que barrunté algo desusado, serio y muy desagradable. «Esta prójima, que muy rara vez viene aquí --pensé--, trae hoy alguna historia... Me las guillo.»
A lo que le preguntamos sobre su salud, contestaba Eloísa de mala gana y con impertinencia. Quería hablar de otra cosa. Pasó al comedor con Miquis y conmigo. Camila quedóse en la cocina trasteando.
--¿Qué hay de nuevo? --preguntó el manchego á su cuñada.
--¿Qué ha de haber? Que son ciertos los toros... --replicó mirándole con sorna.
Después se puso á decir chuscadas, que aparentemente no tenían malicia. Creí que me había equivocado y que Eloísa no llevaba el escándalo en su intención. No obstante, parecióme notar cierto dejo irónico en su alegría. Pero como pasaba tiempo sin que la conversación tomara mal sesgo, dije para mí: «Vaya, es manía. No hay nada de lo que sospechaba.» Poco después, despedíme de todos y me retiré.
V
Pero en la soledad de mi gabinete, paseándome de un ángulo á otro, con las manos en los bolsillos, la cabeza sobre el pecho, no podía apartar de mí la idea de que en el tercero pasaba ó iba á pasar algo...
Y como mi espíritu, adiestrado en el imaginar, no se paraba en barras, ved aquí las historias que me forjé en menos tiempo del que empleo en contarlas: «María Juana es la que ha echado á volar la especie de que yo tengo relaciones con Camila. Ella ha sido: me lo dice el corazón. Lo ha hecho por espíritu de hipocresía, por evitar que se sospeche de ella. Tal vez lo crea, en cuyo caso... Pero no, ¡qué disparate digo! Esto es un delirio; María no es capaz... Lo que hay es que se ha corrido esa voz, como se corren otras muchas, y Eloísa... ¡Ah! ya sé quién ha llevado el cuento á Eloísa. Ha sido Manolo Trujillo, ese bendito ciego... Y la prójima se ha puesto fuera de sí, ha sentido celos... ¡celos de hermana, que son los peores! Pero quiá... imposible... Subiré á cerciorarme... No, no subo: allá se entiendan. Si no fuera por Camila, me importaría poco que la prójima armara cuantos escándalos quisiera... ¿Subiré? No, no subo. Tal vez sea todo figuración mía.»
Mi inquietud creció de tal modo, que creí oir voces que se transmitían por el patio. Escuché... nada. Llamé á mi criado y le dije:
--Mira, Ramón, te vas al cuarto tercero y dices que me he dejado allí un cuadro... Ya sabes, el que trajeron de la estación esta mañana en esa caja. Te lo bajas... Oye, oye: de paso observa si ocurre algo en la casa... Anda, anda.
A poco volvió Ramón, y me dijo:
--Señor, que se ha armado arriba una gresca de doscientos mil diablos.
--¿Qué dices?
--Lo que oye. La señorita Camila y la señorita Eloísa están hablando como rabaneras, y el señorito Constantino también hipa por su lado. No he podido traer el cuadro. Les hablaba y no me respondían, sino dale que te dale á las lenguas los tres á un tiempo... Desde la ventana del patio se oye. La vecindad está escandalizada.
Fuí y oí. La voz de Camila descollaba; mas no entendí si era llanto ó gritos de furor lo que hasta mí llegaba. «Me parece que se ha armado una buena, pero buena.» Y volví á mi gabinete, donde intenté desgastar mi inquietud nerviosa paseándome. Esperaba y temía que alguna racha de aquel temporal del tercer piso bajara hasta mí. ¿Qué hacer? ¿Evitarla echándome á la calle y no pareciendo hasta la noche? No: mejor era esperar á pie firme la nube. Quizás mi presencia sería pararrayos que evitase una catástrofe... ¿Subiría? No, subir no, porque pudiera mi intervención ser perjudicial á la inocente Camila. Conveníame adoptar también una actitud de inocencia é ignorancia del asunto.
La racha que juzgué inevitable no tardó en venir. Fuerte campanillazo anuncióme la cólera de Eloísa, que entró en mi casa y en mi gabinete en un estado de agitación que me puso medroso. Dejóse caer en un sillón, como quien se desmaya, y era que le faltaba el aliento, á causa de la ira y de la prisa con que había bajado.
Yo ni la miré siquiera. Oía su respiración como el mugido de un fuelle. Esperé á que resollara por la herida y á que su resuello se condensara en palabras. Podéis creérmelo: los pelos se me ponían de punta. Viendo que á ella todo se le volvía respirar fuerte y oprimirse el pecho con las manos, me planté delante y le dije:
--Vamos á ver, ¿qué es esto, qué ha pasado allá arriba?...
--Déjame, déjame... que tome aliento. Me estoy ahogando... he hablado mucho, he gritado... he sido una leona... ¡pero buena la he puesto á esa hipócrita, á esa!... me he irritado tanto, que la lengua se me fué... Si me oyes, te espantas... Luego esa hipócrita se desvergonzó... es una verdulera, yo otra... dos verduleras... Y el bruto allí, queriendo poner paz... ese ciervo estúpido... Estoy volada... deja que me serene... dame aire, aunque sea con... un periódico.
--No entiendo una palabra de lo que estás hablando --le dije abanicándola con el papel--. ¿En qué ha podido ofenderte la pobre Camila, que es un ángel?
Nunca dijera esto. Por la primera vez de mi vida ví á Eloísa en un arrebato de furor. Allí sí que se llevó la trampa á la señora española, y lo que en finura, discreción y modales le había concedido Naturaleza. No quedó más que la prójima bien vestida. Puesta en pie, manoteando como si me quisiera sacar los ojos con sus dedos, el volcán de su alma reventó así:
--¡Hipócrita tú también!... Que te enredaras con otra... pase; ¡pero con mi hermana, con la hermana que más quiero...! Y ella es peor que tú, mil veces peor, porque se hace la tonta, la virtuosita. ¡Uf! qué serpentón debajo de aquella capita de tontunas. No hay santurronería más infame que la de éstas que se hacen las graciosas, las aturdidas... Y tú, grandísimo apunte, no dirás ahora que has tenido buen gusto... Vas bajando, bajando; concluirás por las fregonas... ¡Ah! ¡qué cosas le dije... cómo la puse! Confieso que se me escapó la lengua; pero el furor me cegaba, por ser mi hermana... y á otra se lo paso, aunque me duela; pero á mi hermana no, á mi hermana no, porque me duele horriblemente... No te disculpes, no niegues... Si te conozco... ¡Ah! Camila te conviene porque es barata... Y como nos hace el papel de la niña honradita, y á todos engaña con la comedia de estar enamorada de su pollino... como si esto fuera posible... Dios mío, ¡qué criaturas tan farsantes has echado al mundo!... ¡Que me haya jugado esta trastada mi hermana, la hermana que más quiero, la que tengo metida en mi corazón!... ¡Y que me haya puesto en el caso de decirle las perrerías, las atrocidades que le he dicho!... ¡Oh! ¡Dios mío, qué desgraciada soy!...
Rompió á llorar afligida, con estrépito, cual si su indignación se resolviera bruscamente en arrepentimiento por las ignominias injustas que había dicho á su hermana. Viéndola yo en aquel camino, creí posible una solución pacífica, y en tono de prudencia le dije:
--Veo que al fin conoces que has dado una campanada. La cólera te cegó. Lo mejor es que subamos los dos, y pidas perdón á tu hermana por el escándalo que le has dado, haciéndote eco de una calumnia vil; porque sí, hija, sí, por el Dios que está en el Cielo te juro que Camila es tan querida mía como del Papa.
Esto la irritó de nuevo, destruyendo aquellos sentimientos de piedad que empezaban á obrar en ella como un bálsamo reparador, y echando lumbre por los inundados ojos y crispando los dedos, encaróse conmigo y me echó esta rociada:
--No sé cómo tienes alma para decirme lo que me has dicho, y cómo me mientes á mí, que he tenido siempre la debilidad de creerte. Hace tiempo que te estoy observando y que vengo diciendo: «ese se ha encaprichado por Camila.» Pero después la exploraba á ella, y nada podía descubrir... ¡Claro, hace tan bien sus comedias!... Mas ya no me engañáis los dos. Sois buen par de zorros... Pero, créelo, me he vengado bien. ¡Las cosas que le he dicho!... ¿Pues y á él? Le he calentado las orejas á ese venado, y le he puesto ante el espejo para que vea aquella cornamenta que llega al techo...
Me pasó una nube por los ojos. Llamé todas las fuerzas de mi prudencia, porque de seguro iba á hacer un disparate. Y ella continuaba procaz, de esta manera:
--Y el muy animal, con todo su ramaje en la cabeza, negaba y te defendía, diciendo que eres ¡su amigo!... Este es un colmo, chico; el colmo... de la amistad, de la...