Part 12
--¿Qué le he de quitar de la cabeza? ¿los adornos que le has puesto?
--No, hombre: la idea...
--¿Conque la idea?... Lo intentaremos, lo intentaremos.
Él se reía, y no cesaba de amenazar al marqués de Cícero. Le iba á freir, á abrirle un tragaluz en la barriga, á untarle de petróleo y pegarle fuego...
--¡Qué buen ayuda de cámara me he echado! Ya que eres tan amable, ten la bondad de decir á Micaela que haga café y me lo traiga aquí.
No había pasado un cuarto de hora, cuando sentí abrir la puerta. Hallábame en elástica, con la toalla sobre los ojos, la cabeza toda mojada, y no ví quién entró.
--Déjelo usted ahí --dije creyendo que era Micaela; mas no tardé en ver á Camila poniendo el café sobre la mesa.
--Hola, borriquita --exclamé, dejando salir de mi alma la alegría que la llenaba--. Dí una cosa: ¿y tu hermana?
--Durmiendo. Me parece que va bien.
--¡Contento está tu marido!... Pero ¿qué prisa tienes? ¿A dónde irás que más valgas? Oye...
Quise proceder con buena fe, pero no podía; la malignidad salía culebreando, como centella eléctrica, desde el corazón á la punta de mi lengua.
--Las mujeres prudentes no ponen esos hociquitos por un desliz del marido. ¡Pues tendría que ver! No seas inocente, no seas ridícula, no seas pueril. ¿Tú no has leído aquello de la _Perfecta casada_, que dice...?
--Yo no he leído nada ni me da la gana de leer papas --exclamó á gritos, hecha una leona.
--Sosiégate... Lo que yo digo es que eres una tonta si crees que el marido de hoy puede ser un formalito de éstos de _aquí me ponen, aquí me quedo_. Sería hasta ridículo, sería...
No me dejó acabar. En un tris estuvo que me tirara á la cabeza la cafetera. Con sacudida de violenta cólera, se puso á gritar:
--No estás tú mal... sinvergüenza... Déjame en paz.
«Ya te irás domando,» pensé al quedarme solo, y un instante después pasé al cuarto de Rafaelín, á quien hallé sentado en el suelo, entretenido en armar un teatro de cartón. Su media lengua me enteró otra vez de la mejoría de su mamá, y después preguntóme con palabras vertidas cautelosamente en mi oído, si yo me iba á quedar allí _pa siempre_. Respondíle que sí, y jugamos un rato. ¡Pobrecito niño! ¡Qué interés tan hondo despertaba en mí! Me lo habría llevado á mi casa, adoptándole por hijo, si su madre lo consintiera. Aquella madrugada, cuando me dormí en el diván, había visto en sueños á Eloísa muy mal perjeñada por las calles, con mantón pardo, pañuelo por la cabeza, las faldas manchadas de fango, llevando de la mano á Rafaelín, el cual tenía las botas rotas y enseñaba los tiernos dedos de los pies; el cuello envuelto en bufanda, y el cuerpo en roñoso gabancito. Esta visión me oprimía el pecho, más por el hijo que por la madre. ¡Ay! Esta campeaba en la indiferencia de mi alma, como en un desierto árido y vacío. Pasaba por ella sin dejar rastro ni huella en aquel inmenso arenal.
Sin hartarme de jugar con el pequeño ni de darle besos, salí de la casa. Eloísa se había despertado y sentía gran alivio. El médico me dijo que la resolución era rápida y segura. No quise entrar á verla, porque la estaban curando, y le dejé un afectuoso recado. En mis correrías de aquel día por Madrid, experimenté lo que yo llamaba la _congestión espiritual_ de Camila en mayor grado que nunca. La llevaba en mi corazón y en mi cartera, y la ví entre los apuntes de mis operaciones como la mosca que se ha enredado en la tela de araña. La ví en la ahumada atmósfera de la Bolsa y entre los movibles y bulliciosos corros. Muy distraído estuve, y conociéndome, no me arriesgué á operaciones delicadas, porque desconfiaba de la claridad de mi sentido. Era como algunos borrachos, que, conocedores de su estado, tienen la sensatez relativa de no celebrar ningún contrato mientras están peneques.
Torres, Medina, Samaniego y otros me preguntaron por Eloísa, y á todos contestaba «bien... si no es nada... un simple flemón.» Manolo Trujillo, á quien acompañé un ratito, hablóme de ella con amor y entusiasmo. Me complací en destruir su ilusión pintándole lo desfigurada que estaba. ¡El infeliz exhalaba unos suspiros oyéndome...! Era yo cruel sin duda; pero me salía esta crueldad muy de dentro, y sentía un goce extraño y vengativo al decir á los que me hablaban de ella:
--Es un horror... no hay idea de fealdad semejante.
Volví á la calle del Olmo por la tarde, ¡y qué suerte tuve! El marqués de Cícero salía cuando yo entraba, Eloísa dormía, y Camila estaba sola. Se me arreglaron las cosas tan guapamente, que ni de encargo salieran mejor.
--No se harta de dormir la pobrecita --me dijo Camila sentándose junto á mí en el salón desierto, y sacando una obrilla de gancho con que se entretenía.
Ni caída del Cielo. Estábamos solos; nadie nos turbaba. No menté á Constantino ni hice alusión al disgustillo. Hablé tan sólo de mí, de aquella pasión loca que me consumía, y que por providencia de Dios había venido á ser fina, delicada, platónica, lo sublime de la amistad, si me era permitido decirlo así. ¡Oh! yo no deseaba que ella faltase á sus deberes; adorábala honrada; quizás infiel no la adoraría tanto. Me entusiasmaba su virtud, y por nada del mundo destruiría yo esta celestial corona tan bien puesta en sus nobles sienes... Yo no pretendía de ella sino un cariño puro, leal, diáfano como el mío, enteramente limpio de deshonra y malicia. No recuerdo si saqué á relucir también lo del _armiño_, que es de reglamento; pero de fijo no se me quedó por decir lo del _altar en mi corazón_ y otras imágenes muy al caso.
Y ¡cosa singular! estas tonterías, que ella calificaba siempre con el injurioso dicterio de _papas_, no la alborotaron aquel día como otras veces. Oíame callada, los ojos fijos en su obra, haciendo, al meter y sacar el gancho, las mismas muequecillas que hacía cuando trazaba números; y de tiempo en tiempo me miraba sin decir más que «papas, papas.» Parecióme que aquello lo decía maquinalmente, y que en realidad mis palabras trazaban surco en su alma. ¿Sería ficción de mi anhelo? Ocurrióme que aquella casa maldita obraba con perversa influencia sobre el resistente espíritu de la señora de Miquis, introduciendo en él por diabólico modo un germen de fragilidad. Porque era muy particular que, oyendo lo que había oído, no me llamase, como de costumbre, tísico, indecente, simplín. Estaba un tanto descolorida y pensativa, muy pensativa. Sobre esto no podía tener duda. Oyóse el timbre eléctrico de la alcoba de Eloísa. La enferma llamaba. Levantóse prontamente Camila, y cuando iba por la habitación próxima, le oí pronunciar con claridad su estribillo: «papas, papas.» Un detalle precioso. Al retirarse, dejó su labor en el sofá en que nos sentábamos; sí: allí, junto á mi muslo, quedaron el ovillo blanco, el gancho, la roseta á medio hacer. «Piensa volver, y volverá.»
Pasó mucho tiempo, así como medio siglo, y viendo que no parecía, cogí la labor y, metiéndomela en el bolsillo, fuí en busca de mi borriquita. Al salir al pasillo tropecé con una figura majestuosa que en tal instante empujaba la mampara de la antesala. Era la señora de Medina, que en el caso aquél de enfermedad grave, olvidaba sus resentimientos y sabía cumplir los deberes de familia. Creo que se alegró mucho de verme. Su cara de estatua de la Verdad se encendió un poco.
--Ya sé que está mejor --me dijo--, y completamente fuera de peligro.
No habíamos dado diez pasos hacia el gabinete, cuando me tomó por un brazo diciéndome:
--Explícame una cosa. ¿Qué obra es esa que pensaba hacer Eloísa; esa estufa, ese techo de cristales?
Pasamos al segundo salón, y desde una de las ventanas que daban al patio hícele la descripción del proyecto.
--Pues de fijo habría sido muy bonito... --observó mi prima--. Y lo que es ahora... da dolor ver lo desmantelado que está todo. Dí otra cosa. ¿Dónde estaban los dos cuadros del viejo y la chula, con reflectores?
--Ahí, á los dos lados de esa puerta.
--Mira, mira: todavía quedan aquí unas cortinas preciosísimas. ¡Oh! qué ricas son. Toca, toca esta seda, esta pasamanería... Otra cosa. ¿Y en este hueco, qué hubo?
--Un mueble inglés lleno de preciosidades.
--¿Es ésta la puerta del comedor? --preguntó abriéndola--. ¡Ah! sí, comedor es. Parece una caverna. ¡Qué soledad! Ni mesa ni sillas. ¿Estaban aquí los tapices?...
--Sí: cogían toda la pared, incluso los huecos. Los de la puerta y ventanas se corrían como cortinas cuando empezaba la comida, y entonces no se veía interrupción ninguna. Todo en derredor era tapiz. Efecto bonitísimo.
--¡Sí que lo sería!... --exclamó _la ordinaria_ permitiendo á su cara expresar un interés inmenso--. Otra cosa. ¿Y por dónde entraban los criados á servir?
--Por aquella puerta que ves en el fondo. Pero delante de la puerta estaba el gran aparador. Los criados aparecían por un lado y otro de éste. La puerta no se veía.
--¡Ah!... ¡qué soberbio!... Mira, todavía están los mecheros de gas. ¡Qué elegantes!
--En mi tiempo se encendían. Después...
--Ya, ya recuerdo lo que me dijiste. Muchas velitas... Estoy al tanto.
En esto vimos pasar á Micaela.
--Eh, Micaela. Me parece que ha entrado alguien. ¿La señorita tiene visita?
--Sí, señor. Ahí está la hermana del señor marqués de Cícero, y ese caballero ciego...
--¡Ah! el pobre Trujillo.
--Pues yo no paso hasta que no se vayan --indicó María Juana, haciéndome señas de que la siguiera--. Dime otra cosa. El salón de baile, ¿no se abría sino muy de tarde en tarde...?
--Cierto. Casi siempre le ví cerrado. No se había concluído de decorar. Eloísa pensaba inaugurarlo con un gran baile.
--Vamos por aquella puerta... Ve tú delante para que me guíes. Quiero que me saques de otra duda.
A todas sus preguntas contestaba yo lo primero que me ocurría. Mostraba la sapientísima señora curiosidad viva y anhelo de conocer las costumbres de aquella casa en sus días de auge. A veces disimulaba este interés diciendo con solapado menosprecio:
--¡Cuánta tontería! Luego nos pasmamos de las catástrofes. Razón tiene Medina en decir que todas estas etiquetas son invenciones del Diablo.
Entramos y salimos, pasando de pieza en pieza. Yo estaba un tanto mareado, y con ganas de sentarme.
--Es un laberinto este caserón --dijo mi prima--. Jamás lo he podido entender. ¿A dónde salimos ahora? ¿Qué puerta es ésta?
--Por aquí se pasa al guardarropa de Eloísa.
Cuando yo decía esto, oímos la voz de Camila. Empujé la puerta y entramos.
--Esta pieza la conozco --manifestó la de Medina, entrando con aire regio y calándose los lentes para arrojar una mirada en redondo á la estantería de roble--. ¿Verdad que es bonita? ¿Cuánto le costaría á Eloísa esta tanda de roperos?
--Vete á saber... Más costaría lo que está dentro --respondí sin hacerme cargo ya de nada más que de Camila, á quien vimos... Pero esto merece párrafo aparte.
VI
Estaba mi indómita borriquita sentada en una silla, con un pie descalzado, probándose botas y zapatos de Eloísa, que Micaela iba sacando de uno de los armarios.
--Mirad, mirad --gritaba Camila, riendo y muy excitada--. Hay aquí quince pares de botinas nuevecitas. Si parece que no se las ha puesto más que una vez...
--¡Dios mío! --exclamó la hermana mayor dando á su voz los acentos más enfáticos de la justicia--. ¡Tal gastar de mujer! Es verdad: si está todo nuevo...
--Mira qué par --decía la otra--. ¿Y éstas bronceadas? ¿Ves qué pespuntes? Lo menos valen ocho duros. La suerte de ella es que yo tengo el pie un poquito más grande que el suyo; que si no, aquí me surtía para tres años. Estas me vienen que ni pintadas, y las hago noche. ¿No te parece, José María, que debo llevármelas?
--Sí, hija: apanda todo lo que puedas. Bien ganado te lo tienes con velar aquí noche y día.
Y seguía probándose botas...
--¡Ay! ésta cómo aprieta; pero se irá ensanchando... Nada, para mí. Lo que siento es que no haya calzado de hombre, para abastecer también á mi marido... Veamos esta otra. Mira, ¡qué bien! Ni encargadas, chico.
Nos fijamos entonces en el maniquí, que estaba en un ángulo, arrumbado, tieso, desnudo, con una pata rota, y la estúpida mirada perdida en el vacío de la habitación, como asombrándose de que se le tuviera en menos que una persona.
--Mira, aquí probaba Eloísa sus vestidos --observó María Juana, echándole los lentes y elevándolo á la dignidad que él deseaba tener.
--Te voy á enseñar una cosa que te va á dejar lela --dijo Camila viniendo hacia nosotros con un poco de cojera, pues traía un zapato suyo en un pie y una bota de Eloísa de tacón alto en el otro.
De uno de los armarios sacó un vestido.
--Mira esta falda con delantera de encajes...
--Y es todo del más rico Valenciennes. ¿Pero esto se lo llegó á poner alguna vez?
--Creo que no --indiqué--: lo reservaba para el gran baile.
--Ahí tienes... Yo me llevaría esta falda á casa para hacer una parecida con encajes de imitación; pero bueno se pondría Medina.
--Obsérvala: fíjate mucho y podrás imitarla.
--¿Y este traje negro? --prosiguió Camila sacándolo--. Mira el sello de Worth... Es uno de los dos que recibió hace poco. Pues espérate, que te voy á enseñar más. A mí no me tientan estas cosas; pero me gusta verlas y apandarlas si puedo.
Y siguió mostrando prendas ricas, hermosas, elegantes.
--¡Pero esa loca vivía como una princesa! --exclamaba María Juana, confundiendo en un solo acento, por modo extraño, el desprecio y la admiración--. Claro... pronto tenía que venir el batacazo.
--Hay aquí un sombrero --dijo Camila sacándolo, poniéndoselo y mirándose en el gran espejo de pivotes-- que me está haciendo tilín. ¿Veis qué bien me está? José María, ¿qué tal?
Con los ojos le decía yo que estaba monísima.
--¿No es verdad que está diciendo: _cógeme_?
--Sí, hija: aprovéchate. Ella no lo usará más probablemente --le dijo su hermana--. ¡Qué ridículo afán de renovar las modas cada día!
--Para mí, para mí el sombrerito --repitió mi adorada, quitándoselo y acariciándolo--. Y hay aquí unos retazos con los cuales voy á sacar siete corbatas para Constantino. A tí te haré una también. Pero ¡quiá! no... No me volverá á pasar lo de las camisas.
Mi prima mayor no se hartaba de admirar trapos. De su boca salían alternativamente expresiones que no concordaban bien unas con otras.
--¡Qué mujer más loca! ¡qué sibaritismo estúpido!... ¡Pero qué cosa más elegante, qué _chic_! Da gozo ver esto...
--Micaela --dijo Camila apartando su botín--, haz el favor de ver si se han ido ya esos moscones.
Los moscones no se habían ido; pero la hermana de Cícero se estaba despidiendo ya. María Juana y yo pasamos al gabinete y nos sentamos juntitos en un diván. Ella estaba pensativa; yo también, atendiendo con disimulo á los movimientos de Camila, que entraba y salía á ratos.
--¡Qué enseñanzas tan grandes encierra este palacio! --me dijo la señora de Medina poniéndose la careta filosófica que había adoptado casi como una prenda de vestir, y que verdaderamente no le sentaba mal--. Esto enseña más que libros, más que sermones, más que nada. Mírate, mirémonos todos en este espejo... ¿Pero á dónde va á parar esta mujer, gastando siempre lo que no tiene, y dándose vida de princesa?... ¡Ah! lo que yo dije. Carrillo era un pobre simplín, y en tales manos mi hermana tenía que perderse. Si hubiera caído Eloísa en poder de un hombre como Medina, que es la prudencia, la rectitud andando...
Dando cabezadas enérgicas me mostraba yo conforme con estas sabidurías.
--¿No te da gozo de verte libre de la esclavitud de estas paredes? Escapaste de milagro, porque tuviste un buen pensamiento, una inspiración. Dí que no crees en el Angel de la guarda. Y ahora parece como que tienes la nostalgia de esta perdición; parece como que no quieres afianzar tu victoria ni ponerte á seguro de otra caída. Si te descuidas, ya estás otra vez por los suelos. Porque tú eres muy débil; tú no sabes vencerte; tú no eres como yo, que me domino, soy dueña de cuanto hay en mí y no hago nunca más que lo que me dice la razón.
La miré mucho y sonriendo, único modo de expresarle la admiración que aquella excelsa virtud me producía.
--No es para que te pasmes... Vosotros los hombres sois más débiles que nosotras. Os llamáis sexo fuerte, y sois todos de alfeñique. ¡Nosotras sí que somos fuertes! Ese maldito poeta inglés, ese _Shakespeare_, era de mi misma opinión. Lee el _Macbeth_... aunque supongo que lo habrás leído. Fíjate en aquel personaje, _hecho de la miel del cariño humano_; en aquel pobre hombre capaz de hacer el bien, y que hace el mal cuando la grandísima bribona de su mujer se lo manda; fíjate en ella, en Lady Macbeth, que es el nervio y el impulso de la acción toda en aquel drama de los dramas. En fin, que nosotras somos el sexo fuerte, y sabemos ser heroínas antes que ustedes intenten ser héroes. De todo esto deduzco que vosotros escribís y representáis la historia; pero nosotras la hacemos.
Aunque no podía ver bien claro á qué cuento venía todo aquello, expresé mi admiración otra vez con nuevos y más recargados aspavientos, ponderando el sentido crítico y lo escogido de las lecturas de mi prima.
--Eres una mujer excepcional --le dije, haciendo como que me entusiasmaba--; una mujer de cuya posesión...
Yo no sabía cómo acabar la frase. Busqué la sintaxis más sencilla para decirle: «No conozco ningún hombre digno de que tú le quieras de verdad. El que mereciera tal honra, debería ser la envidia de nuestro sexo, que tú con razón quieres se llame sexo débil.»
--No seas tonto, no veas en mí nada superior --replicó aventándose con modestia, de esa que se tiene á mano como un abanico para darse aire--. Como yo hay muchas. Sólo que no se nos encuentra así... á la vuelta de una esquina. Hay que buscarnos. Y el que...
No oí el resto de la frase, que sin duda era cosa buena, porque me distraje viendo á Camila que pasó por la habitación como buscando algo, y miraba debajo de los muebles. Cuando volví en mí, no alcancé sino estos ecos:
--Yo soy mi rey absoluto, y no hago nunca sino lo que yo misma me mando... Ya lo sabes: no creas que tratas con esas que andan por ahí... Algo va de Pedro á Pedro. Vete sosegando y acostumbrándote á la idea de que no todo el campo es orégano. Cuando te domines, experimentarás la satisfacción purísima de ser dueño de las propias pasiones y mandar en ellas, como ese domador que entra en la jaula de los leones y les sacude...
--Sí; pero se dan casos de que á lo mejor un leoncito saca las uñas y...
--No: no hay uñas que valgan, y, sobre todo, en este caso mío no hay peligro... te juro que no hay peligro --declaró, tomando con más presunción la actitud de heroína...--. No pienses más en esas locurillas que me has dicho la otra noche... Aprende de mí á quitar de la cabeza esos celajes de tormenta. ¡Y si vieras qué tranquilidad después de haberse limpiado bien! Cuesta un pequeño esfuerzo; pero se consigue, créelo, se consigue. Oye mi plan curativo: redúcese á una cosa muy sencilla; es una toma fácil, dulce, agradable, casi un refresco...
--Ya...
--Nada, que te tomas á Victoria. Cierra los ojos, hombre, y adentro. Ese matrimonio es mi orgullo; es la más santa de mis obras de caridad. Anoche hablé de ello con Medina, y créelo, se entusiasmó. Parecióme que se disipaba la ojeriza que te tiene.
--Yo no me caso --manifesté con énfasis.
--Lo veremos, lo veremos --respondió acalorándose--. Cuando á mí se me pone una cosa en la cabeza... Si te obstinas, perdemos las amistades. Mira, mira: desde ahora te digo que no vuelvas á entrar en mi casa, que no me dirijas la palabra, que no me mires á la cara. Ya no existo para tí.
--Por Dios, María, esa pena es demasiado cruel.
--Yo soy así... Nada, nada: se queman las naves, y adelante. Bien para tí, bien para mí. Y se acabaron los peligros y las luchas; se acabó esa tentación tonta, que me ha obligado á reconcentrar todas las fuerzas de mi espíritu, padeciendo mucho, créelo, padeciendo mucho... ¿Piensas que todo sale á la cara? ¿piensas que no hay procesiones por dentro, cuando más vivo se repica?
--Pues si tú eres fuerte --le dije con fingido arrebato--, yo soy débil; yo no sé ni quiero vencerme. Mientras más te empeñas tú en ser heroína, más vulgar soy yo; y es que luchando vales más, y á los encantos que tienes, añades el de la grandeza. Piensa lo que quieras; pero yo no cedo, yo no hago pinitos en la cuerda de la virtud, porque no sé hacerlos: se me va la cabeza, caigo y me estrello. Mejor, me gusta estrellarme. Despréciame si esto te parece una indignidad; pero no me digas que te imite, María: yo no soy de esa madera de santidad. Déjame que te admire, que te idolatre á mi manera, sin aspirar á cosa tan grande...
No sé cuántas tonterías dije, invenciones del momento, palabras confitadas y artificiosas, semejantes á esos castillos de caramelo y guirlache que se regalan el día del santo. Ella afectaba oirlas con pavor; pero en realidad le sabían á cosa dulce y regalada. No sé qué me habría contestado con sus filosofías y sutilezas. Quedéme sin saberlo, porque entró Camila de improviso y nos cortó el coloquio diciéndonos:
--¿Han visto ustedes por alguna parte mi obra? No sé dónde la he dejado.
--Si la tengo en el bolsillo --grité yo, sacándola, y tirándole el ovillo y lo demás.
¡Necio! ¡Yo que pensé que la había dejado con intención junto á mí para volver á sentárseme al lado!
Como Camila estaba delante, María Juana no sacó más sabidurías, ni yo tenía ganas de que las sacara. Habiéndonos quedado solos otro ratito, díjome sin venir á cuento:
--No sabes lo bueno que es Medina. No tienes idea de sus virtudes, tanto más meritorias cuanto más circunspectas. Compárale con tanto perdido como hay por ahí, alguno de los cuales conoces tú muy bien... ¿Quieres saber un rasgo suyo? Pues oye. No viene acá porque dice que le apesta esta casa. Es su manía: la llama la _antesala del infierno_. Aquí está, según él, _toda la podredumbre de extranjis_... Pero siente lástima de Eloísa al considerarla enferma, arruinada, sin un cuarto. «Ahora --dice-- los amigos huirán de ella como del cólera... Debemos socorrerla, sin que ella misma sepa que la socorremos; pues si no es así, ¿qué mérito hay?»
Sacó entonces la sabia una carterita de piel de Rusia sujeta con elástico, y abriéndola me mostró un manojillo de billetes de Banco, y me dijo:
--Mira, hoy me ha dado esto Medina para las atenciones de Eloísa... Son cuatro mil reales en billetes pequeños... Me ha encargado mucho no le diga quién se los da, sino que se los ponga en la gaveta donde tiene el dinero... Mi marido es así: le gusta hacer el bien en silencio, sin estrépito; no como otros que se dan bombo cuando le tiran algún perro chico á un pobre...
--El rasgo me ha gustado --afirmé con sinceridad--; pero hay una cosa... y es que mientras yo esté aquí, Eloísa no carecerá de nada. Es en mí un deber, y lo cumpliré.
Estábamos de rasgos, y yo no podía menos de sacar el mío. No me había acordado hasta entonces de socorrer á Eloísa; pero puesto que otro me echaba el pie adelante, yo me encalabrinaba un poco, queriendo ser el primero. Disputamos un rato, cada cual con nuestro tema.
--Te digo que haré lo que mi marido me manda.
--Te digo que no lo harás.
--¿Y tú qué tienes que ver...?
--Tengo que ver... que el socorro de Eloísa me corresponde á mí.
--No seas majadero.
--Pues no te empeñes: guárdate ese dinero.
--¡Qué pensará Medina!
--Nada, puesto que tú le dices que has cumplido su encargo.
--Claro... una mentira.
--Es venial.
--Ni venial ni mortal, caballero. ¿Qué piensa usted de mí?
--Pues arréglate como quieras...
--Pues mira, me guardo el dinero, y vaya esto sobre tu conciencia --exclamó con arranque y un poquito de elocuencia patética--. Contigo no valen los buenos propósitos. Eres el genio del mal, y corrompes cuanto se te acerca.
VII