Lo prohibido (tomo 2 de 2)

Part 11

Chapter 114,115 wordsPublic domain

Manolo Trujillo había sido, antes de perder la vista, uno de los más fervientes y al mismo tiempo más discretos admiradores de Eloísa. Después de su ceguera, la visitaba de vez en cuando, haciendo gala de una especie de inclinación alambicada y platónica, sentimiento muy propio de un caballero que ha visto mucho y ya no ve nada. No esperé á que acabara de contarlo, y deplorando mi descuido, corrí á la calle del Olmo.

III

Al entrar en la casa, todo cuanto en ella ví me anunciaba desolación, ruina, tristeza. Evaristo, sin librea, estaba encendiendo un brasero en el patio, asistido del cochero, en mangas de camisa y con chaleco rojo. Soplaba aquel día, que lo era á principios de Marzo, un vientecillo Norte que afeitaba. Los dos criados me saludaron y les pregunté por su señora. Enseñándome la lista, pusieron muy mala cara los dos. La escalera estaba glacial, y el pasamanos empolvadísimo. No sé cómo me entró aquella indignación que no pude reprimir.

--Evaristo --grité--, ¿no os da vergüenza de que las personas que entran vean esta escalera? Mira cómo me he puesto las manos. ¿En qué estáis pensando?

Y salió á decirme, gorra en mano, que no podían atender á todo, y que la casa era muy grande. Seguí subiendo. A mí qué me importaba que limpiaran ó no, ni qué tenía yo que ver con semejante cosa...

Desde la antesala me interné en los pasillos; mas por la mampara de cristales alcancé á ver la sala de juego con las paredes desnudas. Ví sillas en montón, patas arriba, como dispuestas para que se las llevaran, y flecos de riquísimas cortinas que arrastraban por el suelo. La primera persona que me encontré fué Micaela, que estaba en el gabinete de Eloísa, partiendo en tiras una sábana de hilo. Antes que yo le preguntara, la doncella, leyendo en mi cara el deseo de saber, me dijo:

--Yo creo que hoy está mejor; pero anoche por poco...

Daba dolor ver el gabinete desmantelado, casi vacío de las admirables porcelanas de Sevres, Sajonia y _Barbotine_ que antes lo adornaban, conservando sólo dos ó tres acuarelas de escaso mérito. Los clavos indicaban dónde estuvieron las obras superiores. Agujeros horribles en la pared, mostrando el yeso y la tapicería desgarrada, marcaban el sitio del espejo biselado que había ido á parar á casa de Torres. En cambio, quedaban begonias de trapo caídas de sus jardineras y llenas de polvo, fotografías apiladas sobre la chimenea, un caballete de nogal y oro sirviendo de percha para colgar cajas de sombreros, ropas y corsés de raso negro pendientes de sus cordones. Camila no tardó en entrar. Traía su delantalillo azul, y un puchero del cual salía vaho repugnante. Agitaba el contenido con una cuchara, y lo hacía caer de alto para que se enfriase.

--¿Ya estás aquí? --me dijo en voz baja, sin mirarme.

--No sabía nada hasta este momento. Me lo dijo Manuel Trujillo.

--Hazte el bobito... Demasiado lo sabías.

--Pero creí que era alguna desazón ligera.

--No está mala desazón. Anoche creímos que se nos iba. ¡Pobrecita! Y siempre preguntando: «¿Ha venido?» No quería mandarte llamar, sino que vinieras tú por tí mismo.

--Hija, no sabía...

--Francamente --afirmó mirándome cara á cara--, lo que has hecho es una _indecentada_... Porque, sea lo que quiera, pórtese bien ó mal, en eso no me meto, cuando una persona se muere... todo se perdona. Y tú la has querido, tú la has hecho pecar...

--Pero ¿cómo está, cómo está? ¿Es cierto que hay mucha gravedad? --le pregunté sintiendo un dogal en mi garganta.

--Mucha. Pero hoy está mejor que ayer. La hinchazón ha bajado algo. Ya no padece tanto. Dices que no sabías... ¡tonto! ¿Pues no te dijo Ramón que anoche me quedé aquí?

--No me ha dicho nada.

Y dale que le darás al menjurje aquél, que era espeso, viscoso, almidonáceo, y parecía tener leche á juzgar por su blancura.

--Esto es una cataplasma... --me dijo Camila bajando más la voz--. ¡Pobre Eloísa! Si entras á verla, ten cuidado de no dejar conocer la impresión que te ha de causar. Está horrible, espantosa. No la conocerás. Haz como que no encuentras en ella nada de particular. Más que el dolor y la fiebre, la mortifica la idea de lo fea que se ha puesto. No hace más que llorar y pedir á Dios que se la lleve antes que dejarla así.

Me acuerdo de haber dado un gran suspiro al oir esto. Camila y Micaela empezaron á extender aquella pasta sobre los trapos, soplando á la vez para que se enfriase. Después pasaron las dos á la alcoba, en la cual, al abrirse la puerta, noté que había completa obscuridad. Sentí lamentos que me traspasaron, con los cuales se confundían las voces cariñosas de las dos enfermeras.

--Si no te lastimamos; si es aprensión tuya...

--No tenga usted cuidado, señorita. La cataplasma está muy pegada y la vamos sacando poquito á poco...

Y seguían los quejidos y ayes de angustia, con invocaciones á la Virgen y á toda la corte celestial.

Cuando Camila volvió al gabinete, me susurró al oído estas palabras:

--Ya sabe que estás ahí. Se ha excitado un poco. Dice que no entres todavía; espérate. Ha mandado cerrar bien las maderas para que no entre ninguna luz. Cuidadito con lo que te he advertido.

Transcurrió bastante rato, y al fin Micaela apareció en el umbral, haciéndome señas de que pasara. Entré con vivísima emoción. No veía absolutamente nada. La atmósfera de la alcoba era espesa, repugnante; ambiente de enfermería que se hace irrespirable para todo el que no lo acometa con el desinfectante de la abnegación y del amor. A mí me tiraba á matar, oprimiéndome los pulmones. Micaela salió. Acerquéme al lecho, y palpando hallé el respaldo de una silla. Al sentarme dije palabras cariñosas, de fórmula, no sé cuáles. Oí entonces la voz aquélla, apagadísima y desentonada por la fiebre, pronunciando estas palabras:

--Por fin... pareciste... Tú habrás dicho: «Que se muera como un perro...»

Con las palabras salía del lecho un vaho infecto y pesado.

--¡Qué cosas tienes! Es que no sabía... Ya me ha dicho Camila que estás mejor.

--¡Ay, mejor! --exclamó la voz con desaliento--. Si me muero, si estoy hecha una miseria, una asquerosidad... No quiero que me veas. Estoy horrible.

--No te sofoques, hija. Eso pasará. Y no estás tan desfigurada como crees.

--¡Ay! chiquillo, tú no me has visto. Si me vieras, te espantarías, te parecería mentira que me quisieras.

Me incliné hacia ella.

--No, no te acerques, por Dios... Estoy rodeada de miseria humana. Pase el morirse; pero morirse así, apestando...

--No te agites. Me marcho, si no eres razonable.

--No: quédate otro poquito... Pero no me mires. Si ves algo, mandaré á Micaela que eche la cortina y que tape hasta la última rendija. No quiero que veas este adefesio que te gustó tanto cuando era de otra manera.

--¿Pero qué es al fin? Aún no sé lo que tienes.

Contóme en palabras breves su enfermedad. Empezó por un recrudecimiento de aquella sensación de la pluma. Pronto se determinó una angina, con fiebre intensísima. El médico dijo que era una angina maligna. No podía tragar; se ahogaba. De pronto empezó á hinchársele el cuello... un bulto horrible, que crecía por horas, y la fiebre subiendo, y el cerebro trastornado... delirio, inquietud. La noche última, por fin, cuando ya creía que se ahogaba, empezó la resolución... ¿Para qué hablar más de aquello? Era un horror.

--¿Qué tal de calentura? --le pregunté--. Dame acá una mano.

Sentí la mano que venía á buscarme. La busqué y nos encontramos. ¡Oh! ardía.

--Tienes muy poca fiebre --le dije, observando que tenía mucha y que las pulsaciones eran muy irregulares.

Le besé la mano una, dos, tres veces, conociendo cuánto gusto le daba con ello.

--Puedes besarla sin cuidado --afirmó con acento de cariño, que era como un alfilerazo en mi corazón--. Cuando supe que estabas aquí, hice que Micaela me las lavara... Es el único gusto que tengo ahora, en medio de esta suciedad, en medio de este pánico de la pestilencia que me mata más que el dolor.

--Esto no es nada, hija --repetí traspasado de lástima--. Dentro de ocho días verás qué buena te pones. Un poco de molestia, y nada más. Te acompañaremos, te cuidaremos mucho. ¿Te asiste Moreno Rubio?... Pues pierde cuidado. Eso no vale nada. Es un desahogo de la naturaleza. Te vas á quedar luego más buena... y más guapa que antes.

--¡Ay! tú no sabes cómo estoy. Ocho días de fiebre muy alta me han dejado en los huesos... Entra tu mano, y toca, chiquillo.

Metí la mano por entre las sábanas tibias, húmedas y pegajosas, y allá, en lo más caldeado, tropecé con su mano que me guiaba, mientras la quejumbrosa voz decía:

--¿Ves?... ¿ves qué pellejos?... Soy la muerte, la muerte.

Advertí que lloraba, y le dije por consolarla cuanto me parecía propio del caso.

--¡Oh! no, no, no me pondré bien --exclamó ella con amargura hondísima--. He sido muy mala, y Dios me está castigando. Pero por mala que una mujer haya sido, verse una entre esta inmundicia, verse así en los huesos...

--No te apures por las carnes, hija --le respondí haciendo un esfuerzo por reirme--. Verás qué pronto las echas: te pondrás gorda.

--¡Gorda yo!... ¡Jesús! No volveré á ser lo que fuí. ¡Y este cuello, Dios mío; esta monstruosidad...!

--Vaya, estate tranquila. La conversación y esas sofoquinas te perjudican mucho. Te voy á dejar... No: si vuelvo, no te apures.

--He sido mala, lo conozco... pero bien merezco que me vengas á ver, por lo mucho que me acuerdo de tí. Lo que yo digo: si tuvieras un perro y se pusiese enfermo de muerte, ¿no bajarías á verlo al sótano, y lo rascarías con un palo? Pues eso, eso... Yo no pretendo que te intereses mucho por mí; pero llegar, darme un vistazo...

En esto comencé á ver algo en la lóbrega habitación. Fuera porque mis ojos se habituasen á la obscuridad, ó que entrara más luz por las rendijas del balcón, lo cierto es que ví, y más deseara no ver. De la obscuridad, amasada con el vaho del lecho en términos que ambos fenómenos parecían uno solo, destacóse una forma confusa, de contornos tan extraños, que al pronto la creí determinación engañosa del bulto de las almohadas. Miré más, avivando el poder de mi retina cuanto pude, y causóme indecible terror la certidumbre de que aquella monstruosidad era la cara que conocí en la plenitud de la gracia y la hermosura. Parecióme enorme calabaza, cuya parte superior era lo único que declaraba parentesco con la fisonomía humana. Mas en la inferior la deformidad era tal, que había que recurrir á las especies zoológicas más feas para encontrarle semejanza. ¡Pobre Eloísa! La impresión que sentí fué de tal manera penosa, que cerré los ojos para no ver más. Dios mío, ¿por qué me permitiste ver aquella máscara horrible? Nunca la olvidaré. Parecíame ver expresadas en un solo visaje todas las ironías humanas.

--Nada, hija: te dejo sola para que descanses. No, no me voy de la casa, y entraré más tarde si te sientes bien. Descuida, que te sacaremos adelante.

--Bueno, hijito --replicó declarando en el tono su alegría--. Me haré la ilusión de que me quieres, á ver si de este modo me animo un poco.

Hice un gran esfuerzo para besarla en la frente. Para ello cerré bien los ojos. Cuando salí de la sofocante alcoba, iba pensando qué cruz tan pesada y espantosa es ser enfermero en frío, ó sea cuidar á enfermos á quienes no se ama.

IV

Salí á mis quehaceres y volví sobre las cinco. ¿Por qué he de ocultar una cosa que me desfavorece? La compasión por Eloísa me atraía verdaderamente; mas el deseo de encontrarme con la otra no me impulsaba menos hacia la calle del Olmo. Dicho en plata, me ilusionaba el ver allí á Camila, hecha una interesante enfermera; y si, al acordarme de su infeliz hermana, se aplacaban los fuegos de mi querencia, cuando suponía á la enferma salvada y mejorada, no podía menos de recrear mi espíritu en la idea de tropezarme con Camila en los rincones y callejuelas de aquel solitario caserón que tan bien conocía yo. Debo decir que mi locura, bien por no ser correspondida hasta entonces, bien por la depuración de mi espíritu en el trabajo, se había vuelto platónica. Siempre que podía hablar con Camila á solas, pintábame como un enamorado entusiasta, pero tranquilo, admirador frenético de sus eminentes virtudes y de la misma resistencia que me había puesto en tal estado. Y era verdad esto que le decía: la tal borriquita se me había subido á lo más alto de la cabeza, allí donde se mece, á manera de nube, lo puramente ideal, lo que es y no es, lo que nos habla de otros mundos y de Dios, haciéndonos á todos un poco poetas, religiosos ó filósofos, según los casos.

Yo no me alegraba de que Eloísa se pusiese peor; al contrario, lo sentía mucho; pero deseando que se mejorase, sentía que Camila no estuviese allí todo el día y toda la noche con su delantal azul, aunque sus manos olieran á cataplasma. Cómo compaginaba y conciliaba mi espíritu estos dos deseos, no lo sé decir. Pero es el espíritu tan buen componedor, que sin duda resultaría un arreglito en mi conciencia, escarbando mucho en ella para buscarlo.

Dejo esto por ahora, y sigo con la otra infeliz. Moreno Rubio, después que la vió al anochecer, me dijo que aunque la mejoría se había iniciado, no las tenía todas consigo. Explicóme lo que era aquello con todos sus pelos y señales, dándome á conocer la resolución posible, el proceso reparador en caso favorable, la complicación en el caso contrario. Pero no repito las palabras de aquel observador eminente por no cansar á mis lectores, ni entristecerles con estos pormenores tristísimos de la desdicha humana. Digamos sólo, con la religión, que somos polvo, inmundicia, y que siendo tan mala cosa, todavía ha de haber quien quiera regalarse con nosotros, y estos golosos de nuestra podredumbre son los gusanos.

Yo no pasé á ver á Eloísa, porque no se excitara; pero á eso de las diez se puso tan inquieta que nos alarmamos. Estábamos allí mi tía Pilar, Camila, Constantino y yo. Raimundo se había marchado á las nueve, y el tío Rafael vendría más tarde. Empezó la enferma á hablar como una taravilla: á ratos lloraba, á ratos anunciaba su muerte. Pedía que yo entrase; después que no. Quería estar á obscuras; luego la obscuridad le daba miedo, y era forzoso encender luz. Desde la puerta le oí decir, llorando:

--Me muero, conozco que me muero. Es terrible morirse así, en este muladar... Dios me perdonará. ¿Está ahí José María? A él le encargo que no entre aquí ningún cura: ¡no, no quiero ver curas...! Ya me las arreglaré sola con Dios.

La fiebre era muy alta aquella noche, y estaba la pobre agitadísima.

--No quiero luz: ¿no he dicho que quería estar á obscuras? ¿Es que me quieren mortificar? --gritó moviendo mucho los brazos.

La alcoba quedó en tinieblas, y entonces me llamó para que le pusiera el termómetro y le observara la temperatura.

--Constantino me engaña siempre --me dijo--. Para él nunca paso de 39, y yo conozco, por este fuego de mi cuerpo, que debo de tener 41, 42, 50...

María Santísima, ¡qué volcán!

Le puse el termómetro debajo del brazo, y esperé sentado junto á la cama.

--¡Oh! ¡qué mal me siento! La cabeza se me abre, se me desvanece, se me va; se me arranca la vida... me muero esta noche. ¿Estarás aquí cuando dé las boqueadas?... ¿Me cerrarás los ojos? ¿Te dará horror verme tan fea y echarás á correr? Sí: lo estoy viendo, lo estoy viendo. Dios mío, yo he sido mala; pero no para tanto... Nada, lo que yo digo: si tú te hubieras casado conmigo, yo habría sido menos loca; pero no quisiste, y me dejaste en medio del arroyo.

Esta febril locuacidad me lastimaba, oprimiéndome el corazón. No cesaba de decirle:

--Serénate, cállate la boca, procura dormir. Estás un poco excitada de los nervios, y nada más.

--Mira ya el termómetro y no me engañes.

Salí al gabinete para observarlo á la luz. Marcaba 40 y tres décimas. ¡Qué mala cara debí de poner cuando lo estaba mirando!

--¿Ves?... no hay motivo para que te inquietes --declaré volviendo á su lado y guardando el termómetro--. Tienes 38 y unas décimas.

--¿Es de veras?

--¿Quieres verlo?

--¿No me engañas?

--Ya sabes que yo...

Pues se lo creyó; mas no por eso estuvo más tranquila en las horas que siguieron.

--Nada, nada: yo me muero esta noche. Siento que me desquicio, que la vida se me quiere escapar. ¡Qué espanto me da...! No, Señor, Dios mío: yo no me quiero morir, yo soy joven, yo no he sido mala... Si yo misma te lo he dicho, rezando: es que me he calumniado.

Tras larga pausa, en que la sentí murmurar vocablos ininteligibles como si rezara, volvió á expresarse con la misma agitación.

--No te digo que me perdones, porque sé que me perdonarás de todo corazón. ¿Y á tí, grandísimo pillo, quién te perdona? Porque tú eres tan malo como yo, quizás peor. A ver, hazte el valiente, confiésame en este momento solemne tus picardías. ¿A que no las confiesas? ¿No ves que me muero? Dame ese gusto. ¿Quieres que te dé el ejemplo? Pues te voy á confesar todo lo malo que he hecho, absolutamente todo.

Rebeléme contra aquel propósito, más bien nacido del desvarío febril que de un vigoroso móvil de conciencia.

--Si te pones así, me enfado; es que me enfado de veras. Me marcharé.

--No, eso nunca --exclamó rompiendo á llorar--. Quiero que estés aquí, que me veas cuando espire... ¿Llorarás? Dime si llorarás.

--Pero, mujer... ¡qué tonterías...!

--Dime si llorarás... Es que quiero saberlo.

--Bueno: pues sí, lloraré, y mucho.

--¿Y me besarás las manos?... las manos nada más, porque la cara... Se me quita la contrición cuando pienso en lo horrible que estaré. Pero acuérdate de cuando estuve guapa; acuérdate y cierra los ojos... ¿Me harás una caricia?... ¡Mira que si no, resucito y te...!

Hacía extraños gestos con los brazos. Yo se los metía entre las sábanas, recomendándole la tranquilidad en los términos más cariñosos.

--Hija mía, no hagas locuras. Vas á pasar una noche infernal.

--Es que no me quiero morir, es que no me da la gana --clamó, ahogándose en llanto copioso--. ¿Pues por qué me pongo así sino por el miedo que tengo...?

--No seas tonta, y no tengas miedo. Si estás bien; si apenas tienes fiebre; si Moreno me ha dicho que no hay cuidado... Vaya, no hables más de muerte.

--¿Pues no he de hablar si la veo, si la siento venir...?

--Patrañas, hija; aprensión...

--¡Y morir así, como arrojada en una pocilga, revolcándome en miserias y como si mis propios pecados me estuvieran comiendo por todas partes! Yo he visto una estampa en las prenderías, en la cual hay uno que agoniza, y salen de debajo de las almohadas bichos muy feos y asquerosos, lagartos y demonios horribles que lo roen y se lo comen. Así estoy yo, así me muero yo.

Pensé que las bromas harían mejor efecto en su espíritu que la seriedad, y tomándole una mano y besándosela con el mayor calor posible, le dije:

--¿Pues qué querías tú? ¿morirte como la _Traviata_, con mucho amor, tosecitas y besuqueo? Si eso pretendes, se puede hacer. Por mí no ha de quedar.

Parecióme que se sonreía, y esto me animó á seguir por aquel camino.

--Bien sabes tú que no va de veras; que si lo sospecharas, no estarías tan charlatana. Esos son mimos, no terror de la muerte. Tú buscas lo que los franceses llaman una _pose_, y la _postura_ no parece.

--¡Ay, hijo: no te rías de mí! ¿Cómo puedes pensar que yo tenga esas ideas en medio de estas prosas...? Porque éstas sí son prosas, chico. Si no hay mayor castigo para una mujer que tener asco de sí misma, yo estoy bien castigada. Acepto la muerte si la considero como una gran lejía en la cual me voy á chapuzar...

Y como si su espíritu tomara de improviso con esto una dirección de consuelo, me estrechó mucho la mano diciéndome:

--Joselito... si por casualidad me salvo, ¿me volverás á querer...?

--¡Sí...! de tí depende que te pongas buena pronto, no sofocándote sin motivo.

--Agua; me muero de sed.

Se la dió Camila; y cuando nos quedamos de nuevo solos, díjome que se sentía mejor. Su piel estaba húmeda.

--Ahora te vas á dormir.

--Si soñara que me volvías á querer, creo que despertaría muy mejorada.

Respondíle que podía soñar lo que fuera más de su gusto, y desde aquel momento empezó á calmarse. Quejóse de vivos dolores en la cara; pero no debieron de ser muy fuertes, porque á eso de las dos ya dormía, si bien con inseguro sueño. Salí de la alcoba, rendido de cansancio, y me encontré á mi tía Pilar, profundamente dormida, y á Camila despierta, aunque con mucho sueño. Disputamos, como era natural, sobre quién había de descansar... Que ella, que yo. El reposo de la enferma fué breve, y pronto la oímos que nos llamaba. Micaela y Camila estuvieron más de una hora con ella, dándole medicinas, curándola y mudándole hilas y trapos. Mala noche pasó la infeliz. A la madrugada descabecé un sueño en el despacho de Carrillo, sobre el sofá de cuero, frío y desapacible.

Despertóme, ya entrado el día, una voz que al pronto no conocí. Era la de Constantino, y poco á poco surgió en mitad de mi campo visual la figura de éste, abrutada, tosca y respirando honradez.

--¿Cómo está Eloísa? --le pregunté con susto, sospechando que me iba á dar una mala noticia.

--Ahora duerme --replicó de muy mal talante, paseándose en la habitación con las manos en los bolsillos--. Va mejor.

«¿Pero qué tiene este bruto para estar tan malhumorado?» --me dije para mi sayo.

Sacóme pronto de dudas, pues era Constantino tan rudo como inocente, incapaz de guardar secretos.

--¿Has visto á Camila? --me preguntó.

--Anoche, sí.

--¿Sabes que hemos reñido?... Anteanoche... aquí... Una bobería... un soplo, chismes, calumnia. Le dijeron que me habían visto ir de picos pardos...

--¿Qué me cuentas?

--Todo es paparrucha --añadió, dando un gran suspiro y alargando más el hocico--. Camila se la ha tragado, y no la he podido desengañar. No nos hablamos. Anoche no pude dormir, pensando en ella. Me parecía mi casa tan vacía, chico... Me figuraba que mi mujer se me había muerto; no, que se había ido con otro, y...

--Eres un _bebé_... ¡ja, ja, ja!

--Créelo... por poco me echo á llorar...

--¡Ay, Dios mío, qué célebre!... Constantino, eres un niño de teta...

--Y ahora --prosiguió haciéndose el fuerte, mas sin poderlo conseguir-- he venido acá con unas ganitas de verla... ¡Qué afán! Si me figuro que no he visto en cuatro años su cara. Pues llego; me dicen que está en el cuarto de Rafaelín durmiendo; voy allá, empujo la puerta, y ella salta y me la tira á los hocicos, y se cierra por dentro, y me grita: «¡Vete á los infiernos, perdido, gatera, chulapo!»

--Bien, hombre, bien. Anda, vuelve á picos pardos... Me alegro... --le dije, sintiéndome inspirado y locuaz--. ¡Ah! perillán. ¿Crees tú que el matrimonio es cosa de quita y pon? ¡El matrimonio, la cosa más santa, la institución más respetable, más augusta, más...!

--¡Quítate allá, y no me vengas á mí con retumbancias!

--Estos pilletes se figuran que el tálamo es trampolín... y profanan la santidad de la familia, y hacen burla de la virtud de una intachable esposa...

--¿Te quieres callar?...

--No, señor; no me callaré... Tu conciencia no se subleva, no se te levanta como un fantasma para decirte: «Constantino, ¿qué has hecho de la paz del hogar?»

--¿Pero todo eso es cháchara ó qué...?

--¡Qué ha de ser broma, hombre, qué ha de ser broma! Ya ves que estoy indignado.

--Que me caiga muerto aquí mismo, que me mate un rayo --juró con vehemencia salvaje-- si yo he ido á picos pardos. Que me vuelva buey ahora mismo si he tocado, desde que me casé, más mujer que la mía. ¡Mírala, por ésta!

--Valiente hipócrita estás tú... ¡Con esa jeta de lealtad y esas inocencias, me parece...! Y lo que es ahora no la convences. Buena estará.

--Se me figura que quien le llevó el cuento fué el marqués de Cícero... ¡Ay si le cojo! Le arranco los bigotes, y después se los hago tragar... ¡Decir que yo...! ¡cuando el que venía de picos era él, él... el muy monigote, pinturero...!

V

Hablando pasamos á la estancia que había sido de Carrillo. Quise lavarme; pero no encontré agua.

--Yo te la traigo --me dijo Constantino cogiendo el jarro.

A poco volvió, y cuando me llenaba la jofaina, díjome en el tono más cordial:

--Quítale eso de la cabeza.