Lo prohibido (tomo 2 de 2)

Part 10

Chapter 104,042 wordsPublic domain

Decíamelo con tal complacencia y regodeo, que me lastimaba. No era costumbre entre jugadores hablar así. Indudablemente tiraba á dar de veras, y hacía las combinaciones con saña y deseo de herirme en lo vivo. Esto y lo de los cigarros y sus interrupciones cuando María Juana y yo hablábamos, y otras señales evidentes de su recóndita inquina, movieron en mi ánimo deseos vivísimos de jugarle una mala pasada. Este sentimiento nació en mí débil, y fué tomando cuerpo, alentado por sucesos que he de referir á su tiempo, amén de otras causas inherentes á la naturaleza humana. Al principio, rechazó mi conciencia la idea de la mala pasada; pero poco á poco la idea se extendió y echó raíces, concluyendo por posesionarse de mí con fuerza irresistible. ¡Vaya si se la jugaría! Y no buscaba yo la mala pasada, sino que ella venía hacia mí, solicitándome para que la jugase; yo no tenía más que alargar la mano... Nada, nada, que aquel hombre íntegro y juicioso me pagaría juntas todas sus groserías.

XXII

Varias cosillas que no debo dejar en el tintero y la enfermedad de Eloísa.

I

Un domingo por la mañana, cuando menos lo esperaba yo, presentóseme en mi casa María Juana. Venía de oir misa en las Salesas. No habíamos acabado aún de saludarnos, cuando... ¡tilín! la señorita Camila. Esta no venía de misa, sino de dar un paseo por el Retiro con Miquis, porque la mañana estaba hermosa.

--¿Y las camisas? --me preguntó desde la puerta del gabinete--. ¿Te has puesto alguna?

Al oir la pregunta, María Juana y yo soltamos la risa. Precisamente la noche antes habíamos hablado de las tales camisas y de lo mal que estaban. Camililla las hizo con toda la mejor voluntad posible, muy bien cosidas; pero en los cortes demostraba que no es tan fácil dominar aquel arte.

--Pues te diré... Siéntate primero.

--Salud, --refunfuñó Miquis entrando.

--Te diré... Las camisas...

--¿Qué? ¿Vas á salir ahora con que no están bien? --gritó la autora con la prontitud de su genio impetuoso.

--No, mujer... escucha...

--Ya me lo figuraba. Hícelas yo, pues por fuerza habían de estar mal. Nada, lo que digo. Todo ha de ser francés; si no, no gusta. ¡Ay qué españoles éstos! Desprecian lo de aquí, y se les cae la baba con cualquier mamarracho que venga de Francia.

--¿Pero á dónde vas á parar?

--Sí, sí --añadió alzando más la voz y manoteando--. Si hubiera hecho las camisas algún franchute, ¡oh! entonces serían magníficas; pero las he hecho yo... Vamos á ver, ¿qué defecto les has encontrado?

--Si no me dejas hablar; si iba á decir que están muy bien...

--No están sino muy mal --declaró María Juana con la seriedad de quien acostumbra á poner la justicia por cima de todas las cosas.

--¡Muy mal!... ¿Y tú qué sabes?

--Lo sé, porque él me lo ha dicho anoche.

--No te enfades, Camila --indiqué yo, tratando de templar aquellas gaitas--. El corte de camisas es difícil: se necesita mucha práctica...

--Pues Constantino no usa más que las cortadas por mí, y no se queja. ¿Verdad, tú?

Constantino estaba entretenido viendo unas fotografías de caballos, y no hizo caso de la pregunta.

--En rigor no están mal --añadí--. El cuello no encaja bien, se sube un poco por delante, y la pechera se abulta, se abomba, figurando algo así como delantera de un ama de cría...

Las risas de María Juana desconcertaron más á la otra, que dió algunas pataditas.

--La culpa tengo yo por meterme á generosa. ¡Mal agradecido! Quita allá. No vuelvo á dar una puntada por tí. Permita Dios que cada puntada que he dado en las seis camisas, sea un picotazo en tu corazón y se te vaya agujereando como si te lo comieran los pájaros.

--¡Jesús, qué barbaridad! --exclamó la hermana mayor.

--Y nada más... ¡Vaya con el señor de los pechos planchados...! que le han de hacer las camisas los ángeles, y no han de tener ni una arruga... ¡Y quémeme yo las cejas para esto!

--Vamos, Camililla, no te enfades. No es extraño que el primer ensayo... Ahora te compraré más tela, y me harás otra media docena.

--¡Yo!... Que los dedos se me pudran si vuelvo á dar una puntada por tí. Te desprecio... altamente.

--Y nada menos que altamente.

--Y en prueba de ello, mira lo que voy á hacer. ¡Ramón!

Empezó á dar voces llamando á mi criado. Constantino le dijo:

--No alborotes, chica. ¡Que siempre has de ser así...!

Y como mi criado tardase en venir, fué ella á buscarle. Oímos su voz diciendo:

--Ramón, tráeme las seis camisas que le he regalado á tu amo.

--¡Qué torbellino! --murmuró María Juana--. No sé cómo la aguantas.

Pronto apareció Camila con las camisas.

--Falta una.

--Es la que me puse ayer... Salí con ella, y tuve que volver á casa á quitármela, porque por la calle iba haciendo gestos como si tuviera el pescuezo lleno de pulgas.

--Ya te daré yo pulgas, tontín. Verás, verás. Pues, señor, estas cinco camisas, digo, seis, porque la otra también la apando cuando esté lavada, me las llevo á mi casita, y haciéndoles una pequeña reforma, ensanchándoles un poquito de hombros y de cuello, se las arreglo á este animal. Mira tú por dónde he salido ganando... Chúpate esa y vuelve por otra... Constantino, hijo de mi alma, vámonos de esta casa de mal agradecidos. Ya tienes seis albardas más. Tú no les pondrás peros. ¿Qué has de poner?

Él se reía, diciéndonos:

--No la hagan ustedes caso. Hoy le ha dado por alborotar. En fin, tiro del ronzal y me la llevo para que os deje en paz.

Cuando salieron, díjome la otra:

--¡Qué vecindad tan molesta debe de ser para tí! Estarás harto.

--No lo creas: me divierto con esas tonterías.

--¿Y qué tal? ¿Hay sablazos?...

--No lo creas. Viven con arreglo. Es que tenemos de Camila una idea muy equivocada.

--Ya sé que no se gobierna del todo mal. Pero el día menos pensado la pega. No hay fondo en ella.

--Pues se me figura que lo hay. La Humanidad, como la Naturaleza geográfica, nos ofrece cada día nuevos motivos de sorpresa y asombro. Donde menos lo pensamos, aparecen las maravillas humanas y tesoros que estaban ocultos, como los continentes antes de que un Colón les echara la vista encima.

--Vaya, que te remontas.

--Y á cada territorio que descubrimos en el planeta moral, parece que se ensancha el alma total del mundo, y por ende, la nuestra crece y...

--Chico, chico, te quiebras de sutil. El demonio que te entienda --me dijo echándose á reir--. Baja de esos espacios y escúchame. Tengo que irme en seguida.

--Soy todo oídos.

--Anoche estuvo la pobre Victoria en casa. Cada ojo así, por ver si entrabas. Como no fuiste, la pobre se secaba mirando á la puerta del salón. Cuando se marchó, creo que le faltaba poco para hacer pucheros.

Tras este exordio, vino una larga amonestación sobre el mismo tema. Yo debía casarme á ojos cerrados con aquella joven.

--Mira, prima: ya te he demostrado...

--Sé lo que me vas á decir; conozco tus argumentos como si fueran míos... No todas las personas se casan enamoradas; y las que se casan sin amor, no son las más infelices. Hay mil casos... Bien sé que Victoria no es una mujer superior, tal y como á tí te conviene; pero ven acá: esa mujer superior, ¿dónde la vas á encontrar? Hallarás la bonita, la graciosa, la cariñosa, la trabajadora, la rica, la discreta; pero la que reúna estas cualidades todas, y á ellas añada ese talento femenino que es tan hermoso por lo mismo que es tan raro, el talento de encadenar al hombre pareciendo que es ella la que se encadena; esa divinidad, ese milagro, ¿dónde está?

--¿Dónde? Qué sé yo... ¿Y qué saco de descubrir esa maravilla, si no ha de ser para mí? Soy un desdichado que siempre llega tarde, y voy volteando por el mundo, de equivocación en equivocación, queriendo siempre lo que no puedo tener. No doy un paso sin tropezar con una ley que me dice: _¡alto!_ Mi dicha está siempre en manos ajenas.

--No alambiques, no alambiques --dijo un poco turbada; y se levantó de su asiento para ver los cacharros que tenía yo en una vitrina.

No quiso darme á conocer cierta confusión que á su rostro salía.

--Vaya que tienes aquí cosas divinas. Y á propósito: ¿sabes á dónde han ido á parar los cuatro grandes tapices de Eloísa? A casa de esa que llaman la Peri. ¡Qué escándalo! A esto llaman vueltas del mundo; yo lo llamo volteretas. El espejo horizontal y otras piezas están en casa de Torres. Se mirará Paca en él para peinarse las greñas. Todo el comedor ha ido á poder de Sánchez Botín. Él empezó por comerse los manjares, y ha concluído por tragarse la mesa de roble y las hermosísimas sillas talladas. ¿Y las dos credencias inglesas, las has visto en alguna parte?

--Como que las tengo en mi casa.

--¿Aquí?

--Sí: en mi segundo --afirmé señalando al techo-- vive la querida del director de no sé qué ramo; una tal Felisa, que llaman la _Chocolatera_... La habrás oído nombrar; la habrás visto alguna vez. Es guapa, un poquito ajada.

--¡Ah! sí, estaba en San Juan de Luz... ¿Esa ha comprado las credencias?...

--Ayer estaba yo en casa, y ví á media docena de mozos de cuerda que las subían. Puedes creer que me lastimó ver aquellos hermosos muebles que fueron míos... ¡Volteretas del mundo!

--¡Saltos mortales!

--Y parece que me persiguen estas visiones tristes. Anteayer pasé por la calle de Hortaleza y ví el busto de Shakespeare en el escaparate de la Juana, rodeado de mil chucherías. Entré en la tienda y lo compré sin reparar el precio.

--Es verdad: aquí está. ¡Qué hermoso es! ¡Y cómo nos mira!

Estuvo un momento abstraída. De pronto, como quien vuelve en sí, me miró fijamente, diciendo:

--Vaya... te dejo... Tengo que marcharme.

La insté á que prolongara la visita; pero se resistió á ello.

--Bueno, pues te acompañaré hasta tu casa.

--No, no te molestes... Es que no quiero que me acompañes. Te lo prohibo terminantemente.

De pronto hizo un movimiento expresivo, como si se acordara de algo importante, y lanzó una exclamación de desprecio de sí misma.

--Vaya, si parece que estoy tonta. ¡Qué cabeza ésta mía! ¿Pues no me iba sin decirte aquello precisamente por que he venido?

--¿Sí? ¿me tenías que decir...?

--Una cosa, sí... lo que más presente tenía.

Se sentó, y yo también, lo más cerquita de ella que pude.

--Pero no --indicó de súbito, mostrando gran confusión y perplejidad, y volviéndose á levantar--. Dije que me marchaba y no me retracto. Coge el sombrero, y por el camino te diré lo que te tenía que decir.

Y calle de Zurbano adelante, pensaba yo así: «Te veo venir. En fin, tú resollarás.»

Lo que me tenía que decir salió ya en lo más bajo de la Ronda de Recoletos. Era que Medina había dado á entender que no le gustaba la frecuencia de mis visitas. No quería esto decir que hubiera malicia en mí. Pero en la vida hay que dejar de hacer á veces las cosas más inocentes para evitar malas interpretaciones. Era imposible que una persona tan sabia, tan filósofa, si es permitido decirlo así, como María Juana, tratase de un punto relacionado con cosas de moral sin dejar de exponer alguna bonita doctrina.

--Nada hay tan sabroso para el alma --declaró-- como obligarse á hacer cosas contrarias á nuestro gusto, y recrearse, después de hechas, en ver cuán fácil era lo que nos parecía difícil.

Mostréme conforme con esto, y me volví tan filósofo que no había más que pedir. Sí: yo también me vencía; yo también batallaba día y noche; yo era un atleta que me robustecía moralmente con la gimnasia aquélla de dar bofetadas al pícaro gusto y acoquinarlo y meterlo en un puño... ¡Como que mi prima y yo éramos un par de santos, que á poco que nos esforzáramos íbamos derechos á la canonización! Díjele que admiraba su virtud y su fortaleza como las cosas más peregrinas que había visto en mi vida, y que... en fin, dije muchas cosas, con las cuales me parecía que estaba envolviendo en paja la verdad de mis sentimientos con respecto á ella, para remitirlos en gran velocidad. Yo era el embalador del desprecio que me inspiraba.

Firme en aquel pedestal de filosofía, hablóme de Medina, llamándole _el mejor de los hombres_. Con cien vidas de abnegación no le pagaría ella el cariño inmenso que él le tenía. Y dispuesta estaba á hacer todos los sacrificios posibles, pues se sentía con fuerzas íntimas capaces de levantar montañas... Por mi parte, yo no me podía quedar atrás en aquello de sojuzgar las pasioncillas. También tenía yo estímulos de virtud tan grandes como la copa de un pino; yo era hombre capaz hasta del heroísmo... Total: que nos despedimos en la calle de Goya, acordando que me convidaría el lunes próximo, y que yo no iría; al otro lunes debía ir, retirándome un ratito después de comer. Algunas tardes podía visitarla, siempre á las horas en que Medina estaba, y nada más, nada más... Esto se llamaba cortar por lo sano.

--Piensa mucho en Victoria --me dijo en el último apretón de manos-- y decídete de una vez. Es lo que te conviene, es tu salvación, y por eso es lo que yo quiero.

«Lo que tú quieres, bien lo veo --me dije para mi sayo al volverme á mi casa--. Pues te saldrás con la tuya.»

II

Aquel mismo día, no sé dónde, oí decir que Eloísa estaba enferma. Era cosa de la garganta, indisposición pasajera tal vez, la neurosis de la pluma. No hice caso ni pensé en ir á verla. El general Morla me entretuvo toda la tarde, enseñándome las armas que había adquirido recientemente, y sus variadas colecciones, que no se acababan de ver nunca: tal era su riqueza. Tenía una de clavos arrancados de las puertas de Toledo, otra de bacías de barbero y otra de muestras de escritura, la cosa más galana y famosa que se podía ver. Habíalas hechas con las dos manos á la vez, que eran una maravilla de destreza caligráfica. Ví también botones militares, espuelas, estribos y mil herrajes diversos, todo muy limpio y admirablemente clasificado por épocas. De mañanita se iba mi hombre al Rastro, en cuyos revueltos tenderetes había encontrado verdaderas joyas arqueológicas.

Comimos juntos aquella noche, y recayendo la conversación sobre intereses, indicóme el deseo de poner en mis manos parte de sus economías para que yo se las colocara en mis negocios, dándole la renta que me pareciese bien. Él no entendía ni jota de compra y venta de papeles. Su Bolsa era el Rastro, donde parece que reviven las anécdotas de cien generaciones en los desechos y barreduras de las mismas. No me gustaba encargarme de intereses ajenos; pero por ser Morla quien era, y por la confianza ciega que en mí tenía, consentí en ser su depositario.

Y ya que hablo de negocios, diré que había logrado con ellos lo que me propuse, á saber: distraerme y ganar algún dinero. A estas ventajas debo añadir la actividad física que por necesidad era inherente á tal género de vida, y aunque tenía coche, resolví usarlo poco para que el ejercicio me desentumeciera. De noche me imponía la obligación de visitar á mis amigos en los distintos círculos á que concurrían. Por charlar un poco con el amigo Arnáiz, iba al Círculo de la Unión Mercantil, de que él era presidente; por ver á Severiano y á Chapa, iba un rato al Casino, y Morla y Villalonga me llamaban hacia el Ateneo. De estos círculos era yo socio, aunque calentaba poco los divanes en ellos. Al Bolsín no iba sino cuando tenía que ver necesariamente á Torres, ó á Samaniego, que siempre estaba allí de una á dos, la hora de liquidar, llamada propiamente _de Bolsín_. Aquel círculo me era muy antipático, dicho sea sin ofender á nadie. A la sala de liquidación no le faltaba más que el vino para parecerse á una taberna. Por las noches la invadían los cobradores y zurupetos, jugando al tresillo en las mismas mesas donde por el día se _mataban_ y se _casaban_ las diferencias; y los escuetos salones eran para mí lo más aburrido del mundo, salvo cuando corrían noticias de bulto. En estos casos el Bolsín era el centro de las palpitaciones comerciales, el _gran simpático_ que reflejaba la excitación de todo el Madrid financiero. Pero en noches normales parecíame un casino soso, no exento de grosería. El gallito de él era Torres, que todo lo animaba con sus dicharachos crudos, con su costumbre de tutear á todo el mundo y aquella risa repentina, entre marrullera y soez, que desde la escalera se oía, y á la cual algunos daban toda la importancia de un signo de lenguaje y presumían de saberlo traducir.

A la Bolsa iba yo entonces todos los días, unas veces decidido á hacer algo, sin meterme muy á fondo; otras por tomar el pulso al juego. Corriéndome hacia la derecha, me encontraba con la alta Banca, entre cuyos individuos tenía yo buenos amigos. Solía tropezar con _Partiendo del Principio_, que en dos palabras me daba á conocer la excelsitud de sus conocimientos, y no perdonaba ocasión de hacerme saber que yo era un inocente, y que la humanidad toda _pasaba desapercibida_ para un sujeto tan perspicuo como él. Medina no faltaba ningún día, y se paseaba de largo á largo en el espacio aquél de la derecha, conforme entramos, sin pararse un momento. Andando, daba sus órdenes á Samaniego, que bajaba del _parquet_ con frecuencia, y se ponía de acuerdo con Torres. Este no iba todos los días: se había crecido mucho para prodigarse. Cuando se aparecía por allí, toda aquella gente de los corros le miraba con cierta veneración, y él se inflaba lo indecible. En el murmullo del local, tan semejante al zumbido de una colmena, sonaban sus risas prontas, ásperas y estridentes, parecidas al rasgar de telas que se oye pasando por la calle de Postas á las horas de más venta. Comúnmente se venía hacia mí, y concertábamos una operación modesta. En aquel local siempre me tuteaba: era costumbre arraigada en él, de la cual sólo se eximían Ortueta, Urquijo y otros pocos por quienes tenía adoración. Era un asombro ver cómo se lanzaba á mayores, haciendo operaciones arriesgadísimas, por sumas fabulosas, con mediación de Samaniego, pero sin publicar.

Torres no salía del local sin que le anunciara el coche un lacayo cargado de pieles. Daba compasión ver al pobrecito muchacho sudando cada gota como un puño. Pero el agiotista creía sin duda pregonar mejor su riqueza por medio de las zaleas que ahogaban á aquel infeliz mancebo, y no se las quitaba hasta muy entrado el tiempo de calor. En esto no imitaba á sus patriarcas Ortueta y Urquijo, que hacían gala de retirarse siempre á pie. _Partiendo del Principio_, después de espatarrarse un momento delante del _parquet_, limpiarse el sudor de la frente con cierta pausa, á que él quería dar aires de gravedad, y decir cuatro sandeces, se iba en su _victoria_ camino del Retiro, donde le esperaba _No Cabe Más_, siempre de tiros largos, siempre estrenando, siempre en perpetuo domingo ó Corpus ó Jueves Santo, por lo chillón y nuevecito y llamativo de cuantos perendengues llevaba.

Un día me dijo Medina, sin detener el paso, para lo cual tuve que dejarme ir con él:

--¿Sabe usted que Eloísa está mal?

--¿Mal de intereses? Ya me lo suponía.

--No: de salud... Debe de ser cosa de cuidado.

Como en seguida hablamos de un tema en extremo interesante, la liquidación del siguiente día, fin de mes, se me fué del magín Eloísa y su mal.

--Esta liquidación va á dar algunos disgustos --gruñó Medina--. Sáinz me tiene que aflojar diez mil pesetas, Cecilio setenta y cinco mil. ¿Quién liquida por ese Cañizares de los espejuelos verdes? Creo que lo hará Paco Rojas. ¿Y usted, qué tal? Ya, ya sé que tengo que aflojar á usted doce mil pesetas; pero las casaremos si Rojas tiene algo á favor de usted.

Aquella noche, en su casa, sacamos nuestras notas de liquidación, y matando y casando, obtuvimos nuestros respectivos totales. Él y yo quedábamos casi á la par. Un tal Sáinz, con quien yo había hecho muchas _dobles_, y que en aquel mes hizo conmigo una operación alta, nos tenía que entregar á Torres, á Medina y á mí, por diferencias, unos noventa mil duros. La liquidación fué algo penosa, porque Sáinz estuvo al ras de presentarse en quiebra. Nos tragamos nuestro susto, pues aunque la operación había sido pública y con todas las formalidades, si el tal no tenía, era forzoso tomar lo que quisiera darnos. Por fin, el 2 de Marzo Sáinz se presentó en el Bolsín á proponernos saldar sus compromisos con una partida de _Cubas_ y otra de Obligaciones de Osuna.

--Si usted no quiere las Osunas --me dijo Medina--, yo las tomo todas.

--Me es igual --respondí.

Y concertamos que Cristóbal tomaría las _Cubas_ y yo todas las Osunas. Aquel mismo día, en el Bolsín, salió del corro de contratación una voz gangosa que me dijo:

--Doña Eloísa está muy mal.

Era la voz del cobrador de Medina, amigo y protegido de mi tío.

--Pero, hombre, si la señorita María Juana me ha dicho anoche que ya estaba bien...

Por la tarde subí á ver á Camila. No estaba.

--La señorita --me dijo la criada-- ha ido á casa de su hermana, que está muy malita...

--¿Y el señorito Constantino?...

--Ha salido á caballo, como todas las tardes.

«Conque sigue mal la infeliz... --pensé al retirarme--. Bueno: mañana iré á verla.»

Y llegó mañana, y no fuí tampoco. Se necesitaba un espolazo mayor para decidirme. Hallábame en la Bolsa. Poco interés aquel día. Acerquéme á los distintos corros, que estaban muy desanimados. Generalmente, en estos pelmazos humanos dominan los hongos número dos y las americanas de mal traer; hay algunas capas, y por lo común formas no muy exquisitas. Hay corro que parece de apreciables tenderos de ultramarinos; el del Perpetuo, enracimado en la barandilla, es el más bullicioso. Pero aquel día sólo había un poco de vida en el de los _Aguadores_, ó sea los que operan en Cubas. Del de los _Negritos_, que es el más modesto, salió una destemplada voz que me dijo:

--Don José María, el señor Trujillo estaba preguntando hace un rato si había venido usted.

Pertenecía esta voz á un individuo que imitaba á Torres en la manera de reir y en la costumbre de tutear; dedicábase á comprar picos, y operaba en chinchorrerías. Su especialidad era estar siempre de capa hasta el _cuarenta de Mayo_ lo menos; se llamaba Mazarredo, y cuando hacía un buen negocio, expresaba su gozo imitando el canto de la codorniz con gran escándalo y risa de todos los concurrentes á la Bolsa.

Al oir que Trujillo quería hablarme, corrí al ángulo segundo de la derecha. Aquél no era el Trujillo que yo conocía, sino su primo Manolo, joven muy simpático, rico, soltero, elegante, de buena figura. Desde el año anterior había empezado á padecer de la vista, y perdiéndola gradual y rápidamente; á la fecha de lo que escribo estaba ciego del todo. Era un dolor verle, con los ojos cuajados y fijos, la cara pálida, ansiosa, queriendo ver y no viendo nada. El pobrecito se hacía la ilusión de que veía algo, y los amigos cuidábamos de no quitársela por completo.

--¿Qué tal, Manolo?...

--Mejor, mejor --respondía infaliblemente, pasándose una mano por delante de los ojos--. Principia á aclarar el derecho... Me veo perfectamente los dedos.

Todos los días, como quiera que estuviese el tiempo, se vestía correctamente, y un criado le llevaba á la Bolsa á eso de las dos y cuarto y le sentaba en aquel ángulo, de donde no se movía, hasta que á las tres y media volvía el mismo criado á recogerle. Aunque era joven, se había estrenado en los negocios, para los que tenía gran capacidad, y no podía vivir sin respirar durante un rato aquella atmósfera picante, en la cual no se sabe qué es más espeso, si el aire cargado de humo ó el ambiente aquél de las cotizaciones saturado de números. Hay gustos muy raros.

Sentéme junto á él, y aún no le había estrechado la mano, cuando, dando un gran suspiro, me disparó estas palabras:

--¿Conque Eloísa se muere?...

Dejóme frío la noticia y la puse en duda.

--No, no es cuento. Anoche he estado allí... Muy mala, muy mala la pobre. Es cosa de la garganta, del cuello, no sé qué. Dicen que está horriblemente desfigurada. Yo, como no la puedo ver, siempre la _veo_ hermosa.