Lo prohibido (novela completa)

Part 6

Chapter 63,980 wordsPublic domain

Eloísa, en confianza, me había manifestado cierto disgusto pocos días antes, porque lo primerito que se le había ocurrido á su marido, al tener dinero, era contribuir á la fundación de un periodicazo que iba á salir pronto. ¿No era esto una tontería? Las cosas que Carrillo me hablaba, su manía anglo-política, la creación del diario destinado á casamentar la Democracia con el Trono y fundir en el molde de las ideas lo tradicional y lo revolucionario, hiciéronme comprender que tenía ambición. Confieso que lo sentí. Parece que la ambición implica facultades, y siempre que Pepe me manifestaba tenerlas, bien por su conversación, bien por sus acciones, yo me entristecía. Habría deseado que aquel hombre careciese de mérito. Y, sin embargo, este anhelo mío era defraudado á cada instante, porque el marido de Eloísa me revelaba un día y otro, al mostrarme sus pensamientos, calidades que yo no creía tener. Cuando hablaba de asuntos políticos; cuando diagnosticaba las lepras de nuestra Nación, y los remedios (ingleses se entiende) que á gritos pide nuestra sociedad política, hallábale yo tan elocuente, tan razonable, tan talentudo, que me llenaba de tristeza. ¿Valía ó no valía? Severiano sostenía que no. Yo, triste, me figuraba que sí. En mi mente le daba valor, sólo por el hecho de envidiarle, y razonaba así: «Es imposible que el dueño de Eloísa haya llegado á la posesión de ella sin merecerla.»

Yo... ¿para qué andar con rodeos? válgame mi sinceridad... yo estaba enamorado de mi prima. Entróme aquella desazón del espíritu, aquella enfermedad terrible, no sé cómo, por su belleza, por su gracia, por mi flaqueza; ello es que me atacó de firme, embargándome de tal modo, que no me dejaba vivir. Se apoderó de mis sentidos, de mi espíritu y de mis pensamientos con fuerza irresistible. No había razón ni voluntad contra mal tan grande. Lo hacían doblemente grave lo criminal del objeto y lo divino del origen. Diré las cosas claras, así es mejor. Aquella prima mía me gustaba tanto, tanto, que por el simple hecho de gustarme extraordinariamente la consideraba mía. El ser de otro era un desafuero, una equivocación de los hombres, nacida de una trastada del tiempo. ¿Por qué no vine yo á Madrid dos años antes? ¿Por qué no se podía deshacer lo hecho atropellada y neciamente? Con este modo de razonar cohonestaba yo mi criminal inclinación, apoyándola en el fuero de la Naturaleza y dando de lado á las leyes sociales y eclesiásticas.

Desde que el diente aquél invisible empezó á roerme las entrañas, el objeto principal de mis cavilaciones era el siguiente: «¿Valía Carrillo más que yo? ¿Valía yo más que él?» Para mayor desgracia mía, cuando, movido de un cierto espíritu de reparación, le consideraba yo adornado de grandes méritos, y por ende superior á mí por los cuatro costados, los demás se inclinaban á la opinión contraria; de lo que resultaba que enalteciendo mi bondad, estimulaban mi maldad. ¡Qué espantosa confusión!

Y debo decirlo sin inmodestia. La opinión de la familia era unánime en favor mío. La misma Eloísa, hablando conmigo una noche, me había llenado el alma de fatuidad. Medio en serio, medio en burla, tratábamos del carácter de diversas personas, y el mío no se quedó en el tintero. Parecía que había un empeño particular en acribillarme con chanzas inocentes. Por fin, en un tonillo de broma, de esa broma que es la quinta esencia de la seriedad, Eloísa me dijo:

--Pues mira, si hubiera en casa una hermana soltera, te la endosaríamos... no tendrías más remedio que cargar con ella.

Mi tía Pilar, sin faltar á la discreción, me había hecho comprender varias veces, hablando conmigo de asuntos de familia, que el casamiento de su hija con Carrillo había sido una precipitación, uno de esos desaciertos que no se explican. La herencia era una mezquindad, y Eloísa merecía más. Mi tío había sido, como se recordará, algo más explícito, y echaba la culpa de tal precipitación á su mujer. En resumen: la opinión más favorable á Carrillo en aquella casa era siempre la mía.

Lo que no estorbaba que yo estuviese prendado de mi prima con una vehemencia romántica, con una ilusión de mozalbete y de principiante que decía mal con mis treinta y siete años. Yo pensaba lo que es de cajón pensar en tales casos, es decir, que ella y yo éramos el uno para el otro; que habíamos nacido para unirnos, para ser dos piezas inseparables de un solo instrumento, y que la disgregación fatal en que vivíamos era uno de los mayores absurdos del Universo, un tropiezo en la marcha de la sociedad. Y al mismo tiempo que esto pensaba, la idea de tener relaciones ilícitas con ella me causaba pena, porque de este modo habría descendido del trono de nubes en que mi loca imaginación la ponía. Si yo hubiera manifestado estos escrúpulos á cualquiera de mis amigos, á Severiano Rodríguez, por ejemplo, se habría estado riendo de mí dos semanas seguidas, pues no merecía otra cosa un quijotismo tan contrario á mi época y al medio ambiente en que vivíamos. Mi ilusión era vivir con ella en vida regular, legal y religiosa. De otra manera, tanto ella como yo valdríamos menos de lo que valíamos. Por esto se verá que yo tenía buenas ideas, ó lo que es lo mismo, que yo era moral en principio. Serlo de hecho es lo difícil, que teóricamente todos lo somos.

Este quijotismo, esta moral de catecismo había sido uno de los principales ornatos de mi juventud, cuando la vida serena, regular, pacífica, no me había presentado ocasiones de desplegar mis energías iniciales propias. Yo era, pues, como un soldado que ha estado sirviendo mucho tiempo sin ver jamás un campo de batalla, y para quien el valor es aún fórmula consignada en la hoja de servicios, persuasión vaga de la dignidad, no comprobada aún por los hechos. Por fin, cuando menos lo pensaba, el humo de la batalla me envolvía. Pronto se vería quién era yo y cuál era el valor de mi valor, ó dejando á un lado el símil, qué realidad tenían mis convicciones.

Para mejor inteligencia de estas páginas, dictadas por la sinceridad, quiero referir ciertos antecedentes de mi persona. Alguno de los que esto leen los habrá echado de menos, y no quiero que se diga que no me manifiesto de cuerpo entero, tal cual soy en todas mis partes y tiempos.

II

Nací en Cádiz. Mi madre era inglesa católica, perteneciente á una de esas familias anglo-malagueñas, tan conocidas en el comercio de vinos, de pasas, y en la importación de hilados y de hierros. El apellido de mi madre había sido una de las primeras firmas de Gibraltar, plaza inglesa con tierra y luz españolas, donde se hermanan y confunden, aunque parezca imposible, el cecear andaluz y los chicheos de la pronunciación inglesa. Pasé mi niñez en un colegio de Gibraltar dirigido por el obispo católico. Después me llevaron á otro en las inmediaciones de Londres. Cuando vine á España, á los quince años, tuve que aprender el castellano, que había olvidado completamente. Más tarde volví á Inglaterra con mi madre, y viví con la familia de ésta en un sitio muy ameno que llaman Forest Hill, á poca distancia de Sydenham y del Palacio de Cristal. La familia de mi madre era muy rigorista. A donde quiera que volvía yo los ojos, lo mismo dentro de la casa que en nuestras relaciones, no hallaba más que ejemplos de intachable rectitud, la _propiedad_ más pura en todas las acciones, la regularidad, la urbanidad y las buenas formas casi erigidas en religión. El que no conozca la vida inglesa apenas entenderá esto. Murió mi buena madre cuando yo tenía veinticinco años, y entonces me vine á Jerez, donde estaba establecido mi padre.

Era yo, pues, intachable en cuanto á principios. Los ejemplos que había visto en Inglaterra, aquella rigidez sajona que se traduce en los escrúpulos de la conversación y en los repulgos de un idioma riquísimo, cual ninguno, en fórmulas de buena crianza; aquel puritanismo en las costumbres, la sencillez cultísima, la libertad basada en el respeto mutuo, hicieron de mí uno de los jóvenes más juiciosos y comedidos que era posible hallar. Tenía yo cierta timidez, que en España era tomada por hipocresía.

Mi padre era un hombre de pasiones caprichosas, todo sinceridad, indiscreto á veces, de genio vivísimo y bastante opuesto á lo que él llamaba los _remilgos británicos_. Se reía de las perífrasis de la conversación inglesa, y hacía alarde de soltar las franquezas crudas del idioma español en medio de una tertulia de gente de Albión. A veces sus palabras eran como un petardo, y las señoras salían despavoridas. Al poco tiempo de vivir con él, noté que sus costumbres distaban mucho de acomodarse á mis principios. Mi padre tenía una querida en la propia vivienda. Un año después tenía tres: una en casa, otra en la ciudad y la tercera en Cádiz, á donde iba dos veces por semana. Debo decir que en vida de mi madre había sido muy hábil y decoroso mi padre en sus trapicheos, y por esta razón los disgustos que dió á su señora no fueron extremados.

Sin faltarle al respeto, emprendí una campaña contra aquellos desafueros paternos. Si no logré todo lo que pretendía, al menos conseguí que rindiera culto á las apariencias. La mujer que vivía en casa se trasladó á otra parte. Esto era un principio de reforma. Lo demás lo trajeron la vejez del delincuente y su invalidez para la galantería. En tanto yo daba viajes á Inglaterra, haciendo allí vida de soltero por espacio de tres ó cuatro meses. Sólo dos veces por semana iba á comer á Forest Hill, donde seguían viviendo las hermanas y sobrinas de mi madre, y el resto del tiempo lo pasaba bonitamente entre los amigos que tenía en la City y en el West. Me alojaba en Langham Hotel y pasaba los días y las noches muy entretenido. Frecuentaba la sociedad ligera sin abandonar la regular, y al volver á mi patria, notaba en mí síntomas de decadencia física que me alarmaban. Puesto que mis ideas eran siempre buenas, hacía propósito firme de practicarlas fundando una familia y volviendo la hoja á aquella soltería estéril, infructuosa y malsana.

Cuando mi padre se retiró de los negocios, dejando todo á mi cargo, mis viajes á Inglaterra fueron menos frecuentes y muy breves. En quince días ó veinte entraba por Dover y salía por Liverpool ó viceversa. Murió repentinamente mi padre cuando ya empezaba á curarse de sus funestas manías mujeriegas, y entonces, falto de todo calor en Jerez, sin familia, con pocos amigos, y viendo también que entraba en un período de gran decadencia el tráfico de vinos, realicé, como he dicho al principio, y me establecí en Madrid.

Pero aún falta un dato que, por ser muy principal, he dejado para lo último. Tuve una novia. Acaeció esto en la época en que, por cansancio de mi padre, estaba yo al frente de la casa. Era también de raza mestiza, como yo; española por el lado materno, inglesa católica por su padre, el cual había tenido comercio en Tánger y á la sazón era dueño de los grandes depósitos de carbón de Gibraltar. Además recibía órdenes de casas de Málaga y trabajaba en la banca. Llamábase mi novia Catalina. Le decían _Kitty_. Habíase criado en Inglaterra, con lo cual dicho se está que su educación era perfecta, sus maneras distinguidísimas. Prendéme de ella rápida y calurosamente un día en que, hallándome de paso en Gibraltar, me convidó á comer su padre. Su belleza no era notable; pero tenía una dulzura, una tristeza angelical que me enamoraban. La pedí y me la concedieron. Mi padre y el suyo se congratulaban de nuestra unión...

¡Maldita sea mi suerte! Aquel verano, cuando Kitty volvió con su padre de una breve excursión á Londres, la encontré muy desmejorada. La pobrecilla luchaba con un mal profundo que el régimen y la ciencia disimulaban sin curarlo. Octubre la vió decaer día por día. Noviembre la llamaba á la fría tierra con susurro de hojas caídas y secas. Yo iba todas las semanas á Gibraltar. Un lunes, cuando más descuidado estaba, porque el viernes precedente la había visto mejor, recibí un telegrama alarmante. Corrí á Cádiz; el vapor había salido; fleté uno, y cuando me dirigía al muelle para embarcarme, un amigo de la casa salióme al encuentro en Puerta de Mar, y echándome su brazo por encima del hombro, me dijo con mucho cariño y tono muy lúgubre que no fuera á Gibraltar. Comprendí que la pobre Kitty había muerto. Se me representó fría y marmórea, su mirar triste apagado para siempre. Mi dolor fué inmenso. Tuve horribles tristezas, dolencias que me agobiaron, ruidos de oídos que me enloquecieron. El tiempo me fué curando con la pausada sucesión de los días, con el rodar de las ocupaciones y de los negocios. Cuando vine á Madrid habían pasado cinco años de esta desgracia, que truncó mis soberbios planes domésticos, dió á mi vida giros inesperados y á mi conciencia direcciones nuevas.

Eloísa no se parecía nada á Kitty. La pobre inglesa difunta era graciosa, modesta, descolorida, de voz tenue y ojos claros que revelaban ingenuidad y delicadeza; mi prima era arrogante, hermosa, tenía coloración enérgica en la tez y el cabello, y sus ojos quemaban. No obstante esta radical diferencia, yo había dado en creer que el alma de Kitty se había colado en el cuerpo de Eloísa y se asomaba á los ojos de ésta para mirarme. ¡Qué simpleza la mía! Era esto quizás una nueva manifestación de las manías de nuestra raza, tan bien monografiadas por mi tío, porque bien me sabía yo que las almas no juegan á la gallina ciega, y mis ideas respecto á la transmigración eran tan juiciosas como las de cualquier contemporáneo. Pero no lo podía remediar. Echaba la vista sobre Eloísa y veía en sus ojos el cariño apacible y confiado de Kitty. Era ella, la mismísima, reencarnada, como las diosas á quien los antiguos suponían persiguiendo un fin humano entre los mortales; y asomada á la expresión de aquel semblante y de aquellos ojos, me decía: «Aquí estoy otra vez: soy yo, tu pobrecita Kítty. Pero ahora tampoco me tendrás. Antes te lo vedó la muerte; ahora la ley.»

VI

Las cuatro paredes de Eloísa.

I

De tal modo se fijaron en mi mente los peligros de aquella inclinación, que pensé en marcharme de Madrid. Es lo que se le ocurre á cualquiera en casos como aquél. ¡Pero una cosa tan lógica y razonable era tan difícil de ejecutar!... ¿Cuándo me iba? ¿Mañana, la semana que entra, el mes próximo? En mi pensamiento estaba acordada la partida con esa seguridad pedantesca que tiene todo lo que se acuerda... en principio. Tal determinación era prueba admirable de las energías de mi conciencia. Pero faltaba un detalle, el cuándo, y este detalle era el que me hacía cosquillas en el cerebro, no dejándose coger. Se me escapaba, se me deslizaba, como un reptil de piel viscosa resbala entre los dedos.

La cosa no era tan baladí. Levantar casa; deshacer aquel hermoso domicilio que representaba tantos quebraderos de cabeza, tanto dinero y los puros goces de las compras pagadas... ¿Y á dónde demonios me iba? ¿A Jerez? La situación comercial y agraria de aquel país era muy alarmante. Bueno estaría que me cogieran los de la _Mano negra_ y me degollaran. ¿A Londres? Sólo el recuerdo de las nieblas y de aquel sol como una oblea amarilla, me causaba tristeza y escalofríos... Nada: la necesidad de huir de Madrid era tan imperiosa, estaba tan claramente indicada por la moral, por las conveniencias sociales, que poquito á poco, sin darme cuenta de ello, fuí tomando la heróica resolución de quedarme. Aquí de mis sofismas. Era una cobardía huir del peligro; se me presentaba la ocasión de vencer ó morir. O yo tenía principios ó no los tenía.

Diferentes veces había contado á mi prima lo de Kitty, y cada vez lo hacía en términos más patéticos y recargando el cuadro todo lo posible. Un día de Enero que paseábamos á pie por el Retiro con Carrillo, una tía de éste y Raimundo, dije á Eloísa (en un rato que nos adelantamos como unos cuarenta pasos) que por motivos reservados había pensado marcharme de Madrid. A lo que respondió ella con risas y burlas, diciendo que lo de la marcha ó era locura romántica ó santidad hipócrita. Otra tarde, en su casa, hablábamos de tristezas mías, y sin saber cómo se me vinieron á la boca sinceridades que la hicieron palidecer. Ella me dijo que alguien me tenía trastornado el seso, y entonces, quitándome de cuentos, respondíle que quien me trastornaba el seso era ella... Tomándolo á broma, trajo al _barbián_ y se puso á saltarle delante de mí y á decirle: «llámale tonto, llámale majadero.» Con sus risas inocentes creo que me lo llamaba.

Seguía viviendo mi prima en la casa de sus padres; pues aunque estaban casi terminadas las reformas de la suya, como habían derribado tabiques y hecho obra de albañilería, temía la humedad. Diariamente iba á inspeccionar la obra, acompañada de su madre ó de Camila. Usaba para esta excursión el hermoso _landó_ de cinco luces que había adquirido; mas algunas tardes, para no privar á Carrillo del paseo que daba por el Retiro y Atocha, le prestaba yo mi berlina.

La casa en que había vivido y muerto Angelita Caballero era grandísima, tristona y estaba enclavada en un barrio mísero y antipático. Su aspecto exterior era muy feo; pero interiormente revelaba ya el soberano arreglo de su nueva dueña. Contóme Eloísa que lo primero que tuvo que hacer fué despejar el terreno, deshacerse de aquellas horribles sillerías _botón de oro_, y esconder los _biscuits_ y los _entredoses_ de bazar y las arañas de pedacitos de vidrio donde nadie los viera. Porque la tal Angelita era notable por la perversidad de su gusto. Fuera de un buen vargueño y de un Cristo de bronce, no tenía en su casa ninguna antigüedad notable: todo el ajuar era moderno, de la época del 40 al 60, y se componía de artículos de exportación francesa de la peor calidad. «Calcula --me dijo Eloísa-- si habrá sido difícil el despejo.» La transformación del palacio era en verdad grandiosa. Sorprendióme ver en su gabinete dos países de un artista que acostumbra cobrar bien sus obras. En el salón ví además un cuadrito de Palmaroli; una acuarela de Morelli, preciosísima; un cardenal, de Villegas, también hermoso, y en el tocador de mi prima había tres lienzos que me parecieron de subidísimo precio: una cabeza inglesa, de De Nittis; otra holandesa, de Román Ribera, y una graciosa vista de azoteas granadinas, de Martín Rico. Pregunté á Eloísa cuánto le había costado aquel principio de museo, y díjome en tono vacilante que muy poco, por haber adquirido los cuadros en la almoneda de un hotel que acababa de desmoronarse.

Cada día que visitábamos la casa, hallaba yo algo nuevo y de valor. En la antesala ví dos enormes vasos japoneses de _Imaris_, hermosísimos, los mejores que había visto en mi vida. Las parejas de platos _Hissen_ y _Kiotto_ no valían menos. Ví también tapices franceses, imitación de gobelinos viejos, que debían haber costado bastante. Dos _terracottas_, firmadas la una Maubach y la otra Carpeaux, acabaron de pasmarme. Bronces parisienses no faltaban, ni esos muebles ingleses de capricho que sirven para hacer exhibición de preciosas chucherías, y que tienen algo de los antiguos chineros y de los modernos aparadores. Eloísa gozaba con mi sorpresa y con mis alabanzas tanto como con la posesión de aquellas preciosidades. Júbilo vanidoso animaba su semblante; sus ojos brillaban; entrábale inquietud espasmódica, y su charlar rápido, sus observaciones, los términos atropellados con que encomiaba todo, señalándolo á mi admiración, decíanme bien claro el dominio que tales cosas tenían en su alma. Poníase al cabo tan nerviosa, que creía sentir amenazas de la diátesis de familia en el cosquilleo de garganta producido por la interposición imaginaria de una pluma. Tragando mucha saliva, procuraba serenarse.

Solos ella y yo, mientras su mamá ordenaba en el comedor los montones de manteles y servilletas aún sin estrenar, recorríamos el salón primero, el segundo, la sala grande, los dos gabinetes, el tocador, la alcoba, el despacho, el cuarto del niño y todas las piezas de la casa. Aquí, colgándose de mi brazo, me detenía cuando no quería que fuese tan á prisa, y me incitaba con cierto tono de queja á ver las cosas más atentamente. Allí me empujaba atrayéndome hacia un objeto obscurecido entre las vitrinas. En otra parte me oprimía el cuello suavemente para que me inclinara y pudiera mirar de cerca un cuadrito de estilo muy concluído. A veces su alegría se expresaba humorísticamente. Estaba yo contemplando un delicado estantillo japonés, de esos que no parecen hechos por manos de hombres, y ella, repentina y graciosamente, sacaba su pañuelo y me lo pasaba por la boca.

--¿Qué? --decía yo, sorprendido de este movimiento.

--Es que se te cae la baba.

Al fin, cansados de andar, nos sentábamos.

--Una casa bien puesta --me decía-- es para mí la mayor delicia del mundo. Siempre tuve el mismo gusto. Cuando era chiquitina, más que las muñecas, me gustaban los muebles de muñecas. Si alguna vez los tenía, me entraba fiebre por las noches, pensando en cómo los había de colocar al día siguiente. Todavía no era yo polla, y me atontaba delante de los escaparates de Baudevin y de Prevost. Cuando íbamos á paseo con papá y pasábamos por allí, me pegaba al cristal, y como se empañaba con mi aliento, habías de verme limpiándolo con el pañuelo para poder mirar. Papá tenía que tirarme del brazo y llevarme á la fuerza. Gracias á Dios, hoy puedo proporcionarme algunas satisfacciones, que de niña me parecían realizables, porque sí... yo soñaba que sería muy rica y que tendría una casa como la que ves, mejor aún, mucho mejor... Pero no vayas á creerte, en medio de estas satisfacciones soy razonable. Dios ha querido que antes de ser rica fuese pobre, y esto me ha valido de mucho; he aprendido á contener los deseos, á estirar los cuartitos y á defenderlos contra esta pícara imaginación, que es la que se entusiasma. Sí, hay que tener mucho cuidado con esto... Porque yo lo he dicho siempre: el infierno está empedrado de entusiasmos... ¡Qué lástima no poseer muchísimos millones para comprar todo lo que me gusta! Se ha dado el caso de tener, durante tres ó cuatro días, el pensamiento fijo, clavado en un par de vasos japoneses ó un medallón _Capo di Monte_, y sentir dentro de mí una verdadera batalla por si lo compraba ó no lo compraba... Gracias á Dios, he sabido refrenarme, ir despacito, hacer muchos números, y decir al fin: «no, no más; bastante tengo ya...» Los números son la mejor agua bendita para exorcisar estas tentaciones; convéncete... Yo sumaba, restaba y... vencía. No vayas á figurarte: también he pasado malos ratos. Después de comprar en casa de Bach un bronce, veía otro en casa de Eguía que me gustaba más... ¡Qué marimorena entonces en mi cabeza! ¿Lo compro también? Sí... no... sí otra vez... pues no... que dale, que torna, que vira. Nada, hijo, que he tenido que vencerme. A poco más me doy disciplinazos. Por las noches me acostaba pensando en la soberbia pieza. ¿Qué crees? he pasado noches crueles, delirando con un tapiz chino, con un cofrecito de bronce esmaltado, con una colección de mayólicas... Pero me decía yo: «Todas las cosas han de tener un límite. Pues bueno fuera que... Me conformo con lo que poseo, que es bonito, variado, elegante, rico hasta cierto punto.» ¿No es verdad? ¿No crees lo mismo?

Díjele que su casa era preciosa; que debía detenerse allí y no aspirar á más, pues si se dejaba llevar del fanatismo de las compras, podría comprometer su fortuna y quedarse por puertas. En números tenía yo mucha más experiencia que ella, y la imaginación no me engañaba jamás, mixtificándome el valor de las cifras.

--Yo te dirigiré --añadí--. Prométeme no entrar en una tienda sin previa consulta conmigo, y marcharás bien.

Eloísa se entusiasmó con esto, dió palmadas, hizo mil monerías, y entre ellas expresó conceptos muy sensatos, mezclados con otros que revelaban ciertas extravagancias del espíritu.