Lo prohibido (novela completa)
Part 5
Mi tío me acompañaba poco, porque sus ocupaciones se lo impedían; pero siempre, al entrar y salir, pasaba á decirme alguna palabra consoladora. Mi tía Pilar bajaba algunas veces á inspeccionar mi casa y criados, cuidando de que no me faltase nada. Mas como la pobre señora estaba muy obesa y bastante torpe de las piernas, sus visitas fueron menos frecuentes en el período de mi convalecencia, y su hija Eloísa la sustituía en aquella cariñosa obligación, que tan vivamente agradecía yo. Aún no había mi prima arreglado su casa y continuaba viviendo en la de sus padres: érale, pues, fácil vigilar la mía, mantener en ella el orden y la limpieza y no perder de vista á mis criados. La casa de un soltero enfermo exige solicitudes y vigilancias extremadas para que no se convierta en una leonera, y gracias á Eloísa, todo marchó en la mía con el orden más perfecto. Verdad que mi prima tenía, á mi parecer, dotes singulares para disponer y arreglar todo lo concerniente á una casa en las circunstancias difíciles como en las ordinarias. Ella era quien gobernaba la morada de sus padres. Desde el salón á la cocina, todo estaba bajo su mando; era, si así puede decirse, el alma de la casa, la autoridad, el poder ejecutivo, lo mismo en lo referente á la compra y á los ínfimos detalles de cocina y despensa, que á las más altas determinaciones de la etiqueta y del mueblaje.
--El día en que yo falte de aquí --me decía--, ya se conocerá mi ausencia.
La compañía de Eloísa era la más agradable de todas para mí; digo mal, érame en altísimo grado consoladora. Por las noches, cuando mis amigos estaban presentes, yo les decía: «me voy á dormir», para que se fueran y me dejaran solo con la familia, generalmente representada por mi prima, su madre y el pequeñuelo con el ama. Eloísa me animaba con su sola presencia, y hablándome seriamente de cualquier asunto trivial me hacía más feliz que Raimundo con sus agudezas. Gracias también á su bondad y á su saber doméstico, mi rebelde estómago iba poco á poco entrando en caja. Valíase ella para esto de esas mañas que sólo puede usar quien posee secretos culinarios y la suficiente delicadeza de paladar para entender el caprichoso apetito de un enfermo. Del principal me enviaban cositas raras, sabrosas y al mismo tiempo sanas, de cuya invención no era capaz el talento rutinario, aunque sólido, de mi cocinera. Otras veces las frioleras se condimentaban en mi propia casa, entre risas y discusiones de cocina. Bastaba que Eloísa tomase parte en ellas y pusiera sus manos en la obra, para que á mí me pareciese de perlas, y me gustaba más aún si era ella quien me lo servía.
Aún me parece estar en aquél mi gabinete bajo, con ventana al paseo. No me apartaba del sillón colocado junto á los cristales, y cuando no tenía visitas leía periódicos y novelas. Los ruidos de la calle, lejos de molestarme, me distraían, apagando en cierto modo la música doliente de mi propio cerebro. Me agradaba ver pasar cada cinco minutos el tranvía, siempre de derecha á izquierda, con las plataformas llenas de gente; me gustaba ver las hojas secas arrancadas de los árboles por el viento y esparcidas por todo el paseo, barridas luego por los operarios de la Villa y hacinadas en el hueco de los alcorques. Me acompañaban los carros que á todas horas pasaban, y el grito de los carreteros, aquel incomprensible _¡ues... que!_ de extraño acento y significación desconocida. Me entretenían los simones, la gente dominguera que por las tardes invadía la acera de enfrente, pollería de ambos sexos, alquiladores varios de las sillas de hierro. Pasaba ratos buenos observando el público especial de los puestos de agua; público sobrio, compuesto de los bebedores más inofensivos, y las tertulias que se forman en aquellos bancos, colocados á manera de estrado entre los _evonymus_ del paseo. Observaba también las conjunciones de personas diversas en las distintas horas del día, la aguadora y el barrendero de la Villa, el manguero y la beata que sale de la iglesia, el sargento y el ama de cría, la niñera y el mozo de tienda, y otros grupos de difícil clasificación. Las fiestas religiosas de San Pascual animaban por las tardes el paseo. Al mediodía, la comida de los albañiles que trabajaban en diferentes obras era un pintoresco cuadro. Yo envidiaba su apetito, y habría dado quizás mi posición por poder comer con ellos, sentado al sol, aquel cocido de color de canario y aquel racimo de tintillo aragonés.
Por las noches disminuía el bullicio. Desde las cinco estaba yo esperando al que enciende los faroles para verle dar luz á los mecheros, corriendo de uno á otro y tocándolos con un palo. Poco á poco se iba estrellando el suelo, formando una constelación, cuyo hormigueo lejano se perdía en la polvorosa soledad del Prado. Los ruidos eran menos variados que por el día. Cada cinco minutos, trepidación sorda anunciaba el tranvía, y toda la noche un monólogo de vapor, con resoplidos de válvula y vértigo de volante, acusaba la máquina instalada en el Ministerio de la Guerra para producir la luz eléctrica. Los toques canónicos de las monjas rompían á ciertas horas este uniforme canto llano de la noche con notas metálicas, claras, frías, que agujereaban el oído como un estilete de acero. Un pobre hombre que pregonaba café hasta muy tarde con perezosa y obscura voz, me hacía pensar en la enormísima diversidad de los destinos humanos.
Mi tía Pilar tenía la bendita costumbre de apoltronarse en un sillón y quedarse dormida, después de protestar enérgicamente contra la suposición de que pudiera tener algo de sueño. Eloísa tomaba el _barbián_ (yo le llamaba así) de manos del ama (la cual se iba adentro á charlar con Juliana, mi cocinera, y con Ramón, mi ayuda de cámara), y poniéndomele delante le excitaba á repetir en mi presencia todas las gracias que sabía. Estas eran muchas. La más mona era estornudar. Pero cuando se le mandaba hacer el estornudito, no había medio de que obedeciera. Verdadero artista, no quería quitar al arte su condición primera, que es la espontaneidad. Por el mismo principio negábase á saludar con la mano, á repetir los _cinco lobitos_ y la pandereta. No hacía más que asombrarse de todo, besarme, llenarme de hilos de saliva, abrazarse á mi cuello, cogerme la nariz, tirarme de la barba y echar unas carcajadas locas, mostrándome su bocaza encendida, húmeda, gelatinosa, y sus tumefactas encías, en las cuales empezaban á retoñar esos huesos que, al decir de un chusco, son como los cuernos, pues _duelen cuando nacen y después se come con ellos_.
IV
El _barbián_ solía dormirse, y el ama se lo llevaba. Acostábanle á veces en mi lecho, y lo cubrían con mi tapabocas. Con ser tan pequeño en la superficie de mi ancha cama, parecía que llenaba la casa, pues todas las miradas fijábanse con respeto y cariño en aquel bulto que respiraba. Se le sentía como se siente un reloj, y en el momento de despertar parecía que iba á dar la hora.
Eloísa me hablaba de sus proyectos, de lo que pensaba hacer en su nueva casa, de las personas á quienes recibiría, de sus criados, de sus coches, de su servicio, montado con tanta inteligencia como orden. Dábame por admirar cuanto decía, fuera lo que fuese, y por buscar nuevos aspectos al tema de nuestra conversación para ver cómo los trataba y hasta dónde iban los vuelos de un talento que se me antojaba superior. Empezando por hablar de una sillería ó del presupuesto de cocheras, de lo que cuesta una buena planchadora, ó de lo que valen doce docenas de botellas de Château Laffitte, concluíamos por tratar de cosas hondas, como política, religión. Eloísa hablaba con sencillez, sin pretensiones ni aun de buen sentido, pues el buen sentido, cuando quiere aguzarse mucho, tiene pedanterías tan insufribles como las de la erudición; expresaba lo que sentía, claro, sincero y con gracia. Y lo que ella decía parecíame trasunto fiel del sentimiento general; no chocaba por su originalidad ni por su vulgaridad. Observé que sus ideas religiosas venían á ser poco más ó menos como las mías, débiles, tornadizas, convencionales y completamente adaptadas al temperamento tolerante, á este pacto provisional en que vivimos para poder vivir. Sobre otros temas mostróme pensamientos más originales, de los cuales hablaré á su tiempo.
Una noche me pasó una cosa muy rara, digo mal, no fué cosa rara; antes bien lo considero natural, atendidas las circunstancias. Es el caso que aquel maldito Raimundo me contaba todos los días un nuevo desenfreno de su imaginación violentada. Su vida artificial y sonambulesca le ofrecía á cada momento ratos de soñado placer y aun satisfacciones del amor propio.
--Mira, chico, anoche me acosté pensando que era alcalde de Madrid, no un alcaldillo de tres al cuarto, sino un auténtico Barón Haussmann. Me quité de cuentos. Madrid necesita grandes reformas. Como disponía de mucha guita, mandé abrir la gran vía de Norte á Sur, que está reclamando hace tiempo esta apelmazada Villa. ¿Ves lo que se ha hecho en la calle de Sevilla? Pues lo mismito se hizo en la calle del Príncipe, es decir, demolición completa de todo el lado de los pares. Después rompimiento de la misma calle hasta la de Atocha... hasta la de la Magdalena... Por el otro lado, varié la dirección de la calle de Sevilla, y enfrente, en la casa donde está el Veloz-Club, hice otro rompimiento hasta la Red de San Luis. El desnivel es muy poca cosa... Siguieron luego los derribos: ¡qué nube de polvo!... siete mil obreros... aire, luz, higiene... En fin, cuando me dormí, ya estaba abierta la magnífica vía de treinta metros de anchura desde la calle del Ave-María hasta el Hospicio...
Y cuando no entraba con esta monserga de la urbanización, venía con otra semejante.
--Mira, chico, anoche me acosté pensando que era yo Sullivan. Venía del teatro, de verlo representar...
O bien:
--Me acosté pensando que había descubierto la dirección de los globos...
En mi estado de debilidad, nada tenía de extraño que estos ajetreos de la mente, este vivir imaginativo fuera contagioso; es decir, que se me pegó la maña de pensar y figurarme cosas y sucesos ideales, si bien nunca completamente absurdos. Yo no estaba, como el pobre Raimundo, _trigonométricamente trastrocado_; quiero decir, que mi imaginación no iba ni con mucho tan lejos como la de mi primo, en quien el imaginar era una especie de vicio solitario, nacido de la flojera orgánica, fomentado por la holganza y convertido por la costumbre en imperiosa necesidad. Las tonterías que yo pensaba, las acciones y fábulas que forjaba en mi mente, harto parecidas á los argumentos de las novelas más sosas, aburrirían al que esto lee, si tuviera yo la humorada de contarlas aquí. Carecían de aquel encanto pintoresco y de aquel viso de realidad que tenían las volteretas cerebrales de mi primo, atleta eminente, trabajando sin cesar en el _triple trapecio_ del vacío.
Como una media hora estuve aquella noche hablando con Eloísa. Después creo que me quedé aletargado en el sillón. Escasa luz había en mi gabinete, no sé por qué. Paréceme recordar que llevaron la lámpara á la alcoba, donde estaba el pequeñuelo. Medio dormido oí la voz del ama y la de Juliana. Eloísa hablaba también, siendo el tono de las tres como de personas que tenían muchas ganas de reirse. Creí comprender que estaban mudando la ropa de mi cama, mojada por el _barbián_, y alguna de ellas le reprendió graciosamente por su falta de respeto al lugar en que reposaba. A mi lado, una respiración arrastrada y penosa hacíame comprender que mi tía Pilar estaba más profundamente dormida que yo.
Veía yo la alcoba iluminada y mi cama de nogal, grande como las de matrimonio; oía las voces de las tres mujeres que se reían quedito como si me supusieran dormido; luego los rebullicios y cacareos del chiquillo, protestando contra las malas intenciones que se le atribuían. Por último, el ama le tapaba la boca con el biberón vivo y se oían sus chupidos... después silencio profundo. Todo esto se presentaba á mi mente como la cosa más natural del mundo, sin causarle ninguna extrañeza, cual si fuera suceso común y rutinario que había ocurrido el día anterior y que ocurriría también en el venidero. Del fondo de mi alma salían dos fenómenos espirituales: aprobación afectuosa de lo que veía, y certidumbre de que lo que pasaba debía pasar y no podía ser de otra manera. Cada persona estaba en su sitio, y yo también en el mío.
Un ratito después, creo que me hundí un poco en el sueño. Pero resurgí pronto viendo á Eloísa que entraba por la puerta de la alcoba. Vestía de color claro, bata de seda ó no sé qué. Acercábase acompañada de un rumorcillo muy bonito, de un _tin-tin_ gracioso que me daba en el corazón, causándome embriaguez de júbilo. Traía en la mano izquierda una taza de té y en la derecha una cucharilla, con la cual agitaba el líquido caliente para disolver el azúcar. Ved aquí el origen de tan linda música. Avanzó, pues, á lo largo de mi gabinete, que estaba, como he dicho, medio á obscuras, y se acercó á mi persona inclinándose para ver si dormía... Pues bien: en aquel instante, hallándome tan despierto como ahora y en el pleno uso de mis facultades, creí firmemente que Eloísa era mi mujer.
Y no fué tan corto aquel momento. El craso error tardó algún tiempo en desvanecerse, y la desilusión me hizo lanzar una queja. Eloísa se reía de mi aturdimiento y de mi torpeza para coger la taza y beber del contenido de ella. A mí me embargaba el temor de haber dicho alguna tontería en el medio minuto aquél de mi engaño. Temía que el poder de la idea hubiera sido bastante grande para mover la lengua, y que ésta, sin encomendarse á Dios ni al Diablo, hubiera pronunciado dos ó tres palabras contrarias á todo razonable discurso. Dudaba yo de mi propia discreción en aquel breve lapso de irresponsabilidad, y me atormentaba la sospecha de haberme puesto en ridículo ó de haber ofendido á mi prima en su dignidad, que conceptuaba quisquillosa. Y como la veía reirse de mí, la preguntaba azorado, al tomar de sus manos la taza:
--¿Pero he dicho algo, he dicho algo?
--¿Pero qué tienes, qué te pasa? Eres como mamá, que se enfada cuando suponemos que tiene sueño.
--No, no es eso. Háblame con franqueza. ¿He dicho algún disparate?... Es que, la verdad, temo haber dicho alguna majadería, alguna estupidez hace un momento, cuando...
--No has hecho más que dar un suspiro tan grande que... (¡cómo se reía!) tan grande que creí caerme de espaldas. En cuanto á la majadería, no dudo que la habrás pensado; pero ten por cierto que no la has dicho.
V
A la noche siguiente fué también Camila y cantó, para entretenerme, peteneras, malagueñas, la canción de la bata, y, por último, trozos de ópera. Todo lo desempeñaba á la perfección, con gracia inimitable en la música nacional, con patético acento en la dramática. Su voz era bonita y robusta. Con igual maestría tocaba el piano y la guitarra. Del mango de ésta colgaba espesa moña de cintas rojas y amarillas que parecía un trofeo, la melena del león de España convertida en emblema de la dulzura indolente de nuestros cantos populares. La figura morena, esbelta y gitanesca de Camila era digna de ser pintada en aquella facha de cantadora, con estremecimientos epilépticos, ojos en blanco, gemidos de placer que duele, y mil visajes y donaires en su boca grande, fresca y sin vergüenza. En el piano (un media-cola de Pleyel con caja de palisandro y meple), Camila sabía tomar luego la actitud elegante y sentimental de una concertista inglesa, hasta el momento en que, rompiendo la etiqueta y dejándose llevar de su natural bullanguero, empezaba á hacer los mayores desatinos y á mezclar lo clásico con lo flamenco. Mi pobre piano la obedecía estremecido, y ella, más loca á cada instante, hería las teclas como una furia, sacando del instrumento expresiones de ternura profunda ó carcajadas picantes. Su marido la contemplaba embobado, y era como el director del concierto. No quería que ninguna habilidad de su mujer fuese desconocida, y sin dejarla descansar decía: «Ahora, Camililla, tócanos el _Testamento_, el _Vorrei morir_ de Tosti, los _couplets_ de _Bocaccio_ y del _Petit Duc_.» Todos los presentes estaban admirados y entretenidísimos; pero yo, aunque en mi obsequio se hacían tales gracias, me aburría, me aburría sin poderlo manifestar. No se me ocultaba el mérito de Camila, y agradecía mucho su buena intención. Mas aplaudiéndola sin cesar, deseaba con toda mi alma que se callara y se fuera á su casa. Sus amables aptitudes no me la hacían simpática. Aquel descaro con que besaba en presencia nuestra al feo, al gaznápiro de Constantino, me atacaba los nervios. Cuando se ponía á jugar á la _besigue_ con Carrillo y con mi tía Pilar y Severiano, armaba unos líos, enredaba de tal modo el juego y hacía tales trampas, que ninguno de los cuatro se entendía. Era esto motivo de diversión para todos, menos para mí, pues tanta informalidad me enfadaba lo que no es decible. Casi prefería oirla tocar y cantar, aunque me molestara. Realmente el principal fastidio para mí era tener que aclamar y palmotear á la artista á cada momento, mientras hacía votos en mi interior por que se fuera con su música á otra parte. Era que mi espíritu estaba en una situación muy particular, y la música lo chapuzaba en un mar de tristezas. Más me alegraba el _tin-tin_ de Eloísa, la cucharilla de plata cantando en la taza de té, que cuantas maravillas hacía su hermana con el gran Beethoven crucificado sobre el atril.
A última hora, cuando las mujeres se retiraban con sus respectivos esposos, entraba mi tío. Dábame un ratito de tertulia en mi alcoba, cuando ya me entregaba yo al brazo secular de Ramón, mi ayuda de cámara. Principiaba por decirme dónde había comido, lo que se había hablado... Cánovas había dicho tal ó cual frase ingeniosa, afilada como una navaja de afeitar... Pero en lo que don Rafael Bueno de Guzmán tenía particular empeño por aquellos días, poniendo en ello todos los recursos persuasivos de su locuacidad inagotable, era en informarme de la famosa conversión de nuestra Deuda. Por Enero del 82 me daba unos solos que me partían. Al fin teníamos un ministro de Hacienda de pensamientos altos; al fin había planes verdaderos y profundos en la casa de la calle de Alcalá; al fin iba á pasar á la historia la multiplicidad laberíntica de nuestros valores. Y con prolijos detalles me enteraba mi tío de aquellos asuntos, que no dejaban de interesarme por mi afición á los negocios. La turbamulta de papeles diversos llamados Obligaciones del Banco y Tesoro, de Aduanas, Bonos, Resguardos al portador de la Caja de Depósitos, Acciones de carreteras, Títulos del 2 por 100 amortizable, Deuda del personal, se estaban convirtiendo en un 4 por 100 amortizable en cuarenta años por sorteos trimestrales, y emitido al tipo de 85. Se habían ya fijado las bases, entre el ministro y los comisionados de las Deudas, para el arreglo de los otros valores. El 3 por 100 y los _Ferros_ se convertirían en un 4 por 100 Perpetuo. El tipo de emisión del primero sería de 43,75, y el de los segundos de 87,50, y los nuevos títulos saldrían al mercado en Mayo. Jamás en un cerebro de ministro español se engendró y realizó proyecto tan vasto... Las _Cubas_ no se convertían... ¡Ah! Si quería yo emplear en acciones del Banco de España el dinero que tenía en papel inglés sin más producto que un escuálido 2 por 100, bien podía apresurarme, pues las acciones andaban alrededor de 495. Mi tío creía firmemente que se plantarían en 500, tipo del cual no era fácil que pasaran... Yo oía estas cosas con bastante interés al principio; mas tanta charla, exacerbando al fin el ruido de mis oídos, producíame aturdimiento y unas ganas vivísimas de que el buen señor se retirara. Dejábame al fin medio dormido, delirando en cosas de amor y proyectos bursátiles, viendo cómo los viejos _Ferros_ y las Obligaciones de Aduanas se despedían del mundo financiero, con lágrimas y jipidos, antes de ser absorbidos por los novísimos títulos; viendo al veterano y decrépito Consolidado espirar sobre un lecho de números, para dar vida, de sus cenizas, al flamante 4 Perpetuo. Los Bonos del Tesoro protestaban de aquella muerte airada, y amenazaban al Sr. Camacho con una pistola cargada de cupones. Las acciones del Banco de España se paseaban orgullosas, diciendo á todo el que las quisiera oir que ellas treparían á 500, á 600, ¡á 1000...! La idea de que subían y subían siempre no me abandonaba en toda la noche. Yo les tiraba de los pies para que no subieran tanto.
V
Hablo de otra dolencia peor que la pasada y de la pobre Kitty.
I
Mi enfermedad había empezado en Noviembre, cuando los alcarreños, vestidos de paño pardo, pregonaban por Madrid _buena castaña, buena nuez_. No estuve en situación de salir de casa hasta los días precursores de la Pascua, cuando el mazapán atarugaba las tiendas y andaban ya los niños tocando tambores por las calles. Navidad, la familiar, alegre y cristiana fiesta, se acercaba. Pasé buenos ratos discurriendo los regalos que haría. Hice tantos, que sólo en dulces y vinos gasté un dineral. Yo quería que todos participasen de la dicha de mi restablecimiento, y la mejor manera de conseguirlo era hacer emisarios de mi buena nueva á los respetables pavos, enviándolos á todas partes para que los sacrificaran en honor mío. María Juana nos dió una excelente cena en la noche del 25. Eramos unos quince, todos de la familia de Bueno de Guzmán y de Medina. Los dueños de la casa estuvieron muy amables conmigo, prodigándome los cuidados que mi endeble estómago exigía. Todo lo que sirvieron parecióme excelente; pero Eloísa, que era un tanto criticona, me habló en confianza al día siguiente de la _abundancia ordinaria_ que reinaba en la mesa y de las maneras excesivamente campechanas de Cristóbal Medina, en quien ella no podía menos de ver el tipo de castellano viejo que puso Larra en uno de sus admirables artículos de costumbres. Nada ocurrió en la cena digno de contarse, como no sea que Carrillo se puso malo y tuvo su mujer que llevársele á casa antes de concluir. Venía padeciendo el infeliz de una enfermedad no bien diagnosticada por los médicos. Debía de ser alguna perturbación nutritiva, algo como albuminuria, diabetes ó cosa tal. Sufría horribles cólicos nefríticos. Al día siguiente, cuando fuí á verle, ya estaba mejor, y me dió un solo de política sobre la feliz aproximación de la democracia á la monarquía, cosa que en verdad, como otras muchas de este jaez, me tenían á mí sin cuidado. Carrillo parecía vivir en cuerpo y alma para fin tan glorioso; había entrado en relaciones estrechas con diferentes hombres políticos de medianas vitolas, y probablemente sería senador muy pronto. Gustaba de trabajar y de leer autores ingleses, traducidos al francés, porque era de los que se entusiasman con las instituciones británicas, creyendo que las vamos á imitar de sopetón y á implantarlas aquí en menos que canta un gallo.