Lo prohibido (novela completa)
Part 4
--¿Sabes --me dijo de súbito, contestando á mis preguntas-- cuál es uno de los principales síntomas del reblandecimiento? La _afasia_, ó sea pérdida de la palabra. Empieza por inseguridad, por torpeza en la emisión de algunas sílabas. Las que primero se resisten á ser pronunciadas fácilmente y de un golpe son las de _r_ líquida después de _t_, es decir, las sílabas _tra_, _tre_, _tri_, _tro_, _tru_...
Observé que Raimundo, haciendo visajes como los tartamudos, se expresaba con dificultad. Tenía su rostro palidez cadavérica. De súbito se marchó sin decirme adiós, pronunciando entre dientes no sé qué conceptos obscuros de una jerga ininteligible. Acostumbrado ya á sus extravagancias, no me ocupé más de él. Al día siguiente entró en mi cuarto con apariencia de estar muy gozoso. Se frotaba las manos y su semblante tenía mucha animación.
--Hoy estoy muy bien, muy bien... al pelo --me dijo--. Mira, para probar el estado de los músculos de mi lengua y cerciorarme de que funcionan bien, he compuesto un trozo gimnástico-lingüístico. Recitándolo, puedo sintomatizar la _afasia_ y también prevenirla, porque fortalezco el órgano con el ejercicio. Si lo digo con dificultad, es que estoy malo; si lo digo bien... Escucha.
Y con la seriedad más cómica del mundo, con asombrosa rapidez y seguridad de dicción, cual si estuviera imitando el chisporroteo de una rueda de fuegos artificiales, me lanzó de un tirón, de un resuello, este incalificable trozo literario:
--_Sobre el triple trapecio de Trípoli trabajaban trigonométricamente trastrocados tres tristes triunviros trogloditas tropezando atribulados contra trípodes triclinios y otros trastos triturados por el tremendo Tetrarca trapense_.
Y lo volvió á decir una vez y otra, sin poner punto ni coma, hasta que cansado de reirme y de oir aquel traqueteo insufrible, le rogué por Dios que se callara.
Raimundo se apegó á mi persona con tenacidad cariñosa. Era mi primer amigo y me acompañaba y entretenía mucho. Había en él algo del parásito, que adula á los ricos por recoger sus sobras, y un poquillo del bufón que divierte á los poderosos. Me hacía pasar ratos agradables, charlando de cosas diferentes, ya por lo campanudo, ya por lo familiar; hacía la crítica de la obra que habíamos visto estrenar la noche antes; remedaba á los oradores del Congreso, y me contaba anécdotas políticas y sociales de las que jamás por su índole personal transcienden á la prensa. Todo iba bien mientras no le entraba la murria del reblandecimiento, pues entonces no se le podía aguantar. Así, desde que empezaba con el _triple trapecio de Trípoli_, ya estaba yo tomando mis medidas para echarle de mi cuarto.
No sólo era mi amigo, sino mi huésped, pues desde el parto de Eloísa se bajó á dormir á mi casa.
--Arriba no se cabe --me dijo un día--. Me han ido acorralando poco á poco, y por fin me han metido en un _triclinio_ en que estoy _trigonométricamente trastrocado_. Si quieres, puesto que tienes casa de sobra, me vengo á vivir contigo, y así estaré más divertido y tú más acompañado.
Tomóse para sí la holgada habitación interior que yo no necesitaba, y en las últimas horas de la noche, como en las primeras de la mañana, le tenía siempre junto á mí como mi sombra.
Desde que perdió la esperanza de hacer carrera de él, su padre le proporcionó un empleíllo en Fomento, el cual respetaban todos los gobiernos, considerándolo como sagrado tributo que la patria pagaba á mi tío. Raimundo no iba al ministerio más que el día de cobrar. «Yo --decía-- no reconozco más jefe que el habilitado.» Desde el 20 del mes, ó antes, se le acababan los fondos, fenómeno que se traducía al punto en síntomas de reblandecimiento y en la matraca insufrible de los _triunviros trogloditas_.
--No me marees --le decía yo--. Si no tienes dinero, pídelo en castellano.
A él se le encendían los espíritus con esto.
--¿Es verdad ó no que no hay _guita_?... ¡Oh! si tengo yo un ojo médico...
--Puesto que me pones una pistola al pecho para que lo confiese --exclamaba con solemnidad cómica--, cierto es.
--¿Por qué no te clareabas?
--¡Ah! porque yo digo, como Fontenelle, que si tuviera la mano llena de verdades, no las soltaría sino una á una.
II
De los amigos de fuera de casa, los más fieles y constantes y los que más quería yo eran Severiano Rodríguez y Jacinto María Villalonga, el primero andaluz neto, el segundo casado con una parienta mía, ambos excelentes muchachos, de buena posición, muy cariñosos conmigo. A Severiano Rodríguez le trataba yo desde la niñez; á Villalonga le conocí en Madrid. El primero era diputado ministerial, y el segundo de oposición, lo cual no impedía que viviesen en armonía perfecta, y que en la confianza de los coloquios privados se riesen de las batallas del Congreso y de los antagonismos de partido. Representantes ambos de una misma provincia, habían celebrado un pacto muy ingenioso: cuando el uno estaba en la oposición, el otro estaba en el poder, y alternando de este modo, aseguraban y perpetuaban de mancomún su influencia en los distritos. Su rivalidad política era sólo aparente, una fácil comedia para esclavizar y tener por suya la provincia, que, si se ha de decir verdad, no salía mal librada de esta tutela, pues para conseguir carreteras, repartir bien los destinos y hacer que no se examinara la gestión municipal, no había otros más pillines. Ellos aseguraban que la provincia era feliz bajo su combinado feudalismo.
Por supuesto, el pobrecito que cogían en medio, ya podía encomendarse á Dios... A mí me metieron más adelante en aquel fregado, y sin saber cómo hiciéronme también padre de la patria por otro distrito de la misma dichosa región. Para esto no tuve que ocuparme de nada, ni de decir una palabra á mis desconocidos electores. Mis amigos lo arreglaron todo en Gobernación, y yo con decir _sí_ ó _no_ en el Congreso, según lo que ellos me indicaban, cumplía.
Manolito Peña, diputado también, muy decidor é inquieto, fué uno de mis íntimos. Por la amistad que tenía con mi tío y por haberle tratado con motivo de un pequeño negocio, vino también á ser mi amigo el marqués de Fúcar, viejo que tenía el prurito de remozarse y reverdecerse más de lo que consentían sus años y su respetabilidad. Raro era el día que no almorzaban conmigo Severiano Rodríguez y mi primo Raimundo. Los domingos almorzaban los que he citado y también Pepe Carrillo, el marido de Eloísa. Luego solíamos ir todos á los toros, donde yo tenía palco y Fúcar también. De otros amigos hablaré más adelante.
No quiero dejar de decir algo de mi excelso pariente, el tío Serafín, brigadier de marina retirado, que me visitaba con frecuencia. Era un solterón viejo que se pasaba la vida paseando. Todas las mañanas infaliblemente, lloviera ó venteara, iba al relevo de la guardia de Palacio; después daba un vistazo á los mercados y se corría hacia la calle de Sevilla para arreglar su _remontoir_ por la hora del reloj de Ganter; daba dos ó tres vueltas á la Puerta del Sol, iba á almorzar á su casa, tomaba café en el Suizo nuevo, y por la tarde, después de andar un poco á pie inspeccionando las obras de las casas en construcción, hacía en cualquier tranvía un recorrido de diez ó doce kilómetros, de pie en la plataforma delantera. Por las noches iba al Círculo de la Juventud, del cual era socio, y después se le veía invariablemente en la primera ó segunda pieza de Eslava.
Pocos hombres existen de presencia más noble que mi tío Serafín, de un aspecto más venerable y al mismo tiempo más simpático. Conserva admirablemente la urbanidad atildada de la generación anterior, y tiene cierto empeño en inculcar los preceptos de ella á los jóvenes con quienes trata. Es enemigo declarado de la grosería y de las malas formas. Es muy pulcro, pero un poco anticuado en el vestir. La moda no ha tenido influjo en él para hacerle abandonar un inmenso y pesado _carrik_ que le acompaña desde Noviembre á Mayo, ni la bufanda espesa que le da dos vueltas al cuello, sirviendo de base á aquella hermosísima cabeza de Cristóbal Colón, siempre echada atrás, cual si el hábito de mirar al cielo, para tomar alturas con el sextante, le hubiera deformado el pescuezo.
Las visitas de mi tío fueron al principio muy gratas. Tenía unos modos tan afables, respiraba todo él tanta nobleza y caballerosidad, que habría deseado tenerle siempre en mi casa. Pero cuando empecé á advertir el pícaro defecto de aquel excelente hombre, ya me daba tristeza verle entrar. Su hermano Rafael me había dado noticias de aquella maña feísima de sustraer disimuladamente los objetos que le gustaban y guardárselos en los bolsillos del _carrik_. Creo que él mismo no se daba cuenta de lo que hacía; que sus hurtos eran un fenómeno neuropático, un acto irresponsable, independiente de toda idea moral. En la época en que le daba por visitarme, cada día echaba yo de menos algo: bien un libro, bien un pequeño bronce, un cenicero, arandela ó cualquier otra fruslería. Por nada del mundo le hubiera yo dado á entender que conocía al ladrón. Lo que hacía era vigilarle y estar muy atento á sus manos, pues él, cuando se sentía observado, no hacía de las suyas. ¡Pobre don Serafín Bueno de Guzmán! ¡Que así se envileciera un hombre que había realizado actos de heroísmo en la vida militar, y en la privada otros no menos dignos de alabanza; un hombre que tenía ideas tan puras y hermosas sobre la justicia, sobre el derecho, y que había sabido darlas á conocer con algo más que con palabras! Otras _chifladuras_ de mi tío no me maravillaban por ser propias de solterones viejos. El que en edad madura había sido un galanteador de alto vuelo, en la vejez perseguía las criadas bonitas, ó que á él le parecían tales, pues debemos creer que las aberraciones del gusto andarían á la par con la afición senil. Sus paseos matinales y crepusculares eran una cacería activa, febril, casi siempre infructuosa. Decía Raimundo que cuando se lo encontraba en la calle al anochecer, camino de su casa, tarareando entre dientes y con las manos á la espalda, era señal de que la jornada había sido mala y de que el incansable ojeador no había descubierto ninguna de aquellas reses bravas que perseguía.
IV
Debilidad.
I
Llegó el verano y con él la desbandada. Yo me fuí al extranjero. Estuve en Hamburgo con el marqués de Fúcar, que iba á hacer contratas de tabacos, y después en Londres con Jacinto María Villalonga, á quien el ministro de Fomento había encargado la compra de algunas máquinas de agricultura y de caballos para mejorar las castas de la Península. En Inglaterra recibía yo frecuentes noticias de la familia, que veraneaba en Biarritz, ya por el tío que me escribía algunas veces, ya por Raimundo que lo hacía casi todas las semanas. Sus cartas eran muy divertidas; escribíalas en estilo espeluznante cuando me contaba alguna trivialidad, y en el más ligero cuando me transmitía noticias de importancia. Usaba en unas la forma víctorhuguesca, y en otras el tosco lenguaje de los cuentos de baturros. «Me ha salido un grano en la nariz --decía--. ¿Qué es esto? Es la madurez de lo insondable. Es el alerta de la sangre, la espuma roja del naufragio interior. Hay tempestades en las venas.» No escribía así por burla del gran poeta, sino como una especial manera suya de admirarle. A la semana siguiente me decía en una postdata: «¡Otra que Dios! Chico, ya los Carrillos heredaron. Reventó la tía Cícero...» Esta noticia dióme que pensar.
Creí encontrar á la familia en Biarritz cuando pasé por allí á mediados de Septiembre; pero habían apresurado su regreso á Madrid con motivo de la herencia de Carrillo. Comprendí la impaciencia de Eloísa, y francamente, alegrábame de verla ya en posesión de un bienestar al cual me parecía tan acreedora. Sobre la dichosa herencia corrían en la colonia de Biarritz voces que me parecieron absurdas. Algunos la hacían subir á un caudal fabuloso. Angelita Caballero había dejado á su sobrino catorce dehesas, veinticinco casas y gruesas sumas en valores del Estado. Se decía que en un cuarto inmediato á la alcoba de la buena señora se habían encontrado enormes sacos llenos de metálico acuñado, en plata y oro, consolidación avariciosa de las rentas de los últimos años. La plata labrada era también de una riqueza fenomenal. Oía yo estas cosas, y en mi mente quitaba dehesas, quitaba casas, reducía á su mínima expresión los sacos de dinero, seguro de no equivocarme. Ya he dicho algo del afán concupiscente con que agrandan é hiperbolizan la riqueza ajena los que no tienen ninguna. Creeríase que se meten algo en el bolsillo, ó que se les vuelve dinero la saliva que gastan en aumentar el de los demás.
En Madrid la verdad confirmó mis conjeturas. Por mi tío y el padre de Jacinto Villalonga, ambos testamentarios, supe que la herencia no era, ni con mucho, fabulosa. Lo de los talegos (y en esto se aferraba más que en ningún otro detalle el crédulo vulgo), era pura fantasía; la plata labrada escasísima y de baja ley, y los predios y valores públicos suponían, descontados los gastos de traslación de dominio, un capital de ciento veinte mil duros. Con esto bien podrían Pepe y Eloísa ser felices y vivir, no sólo con desahogo, sino con cierta esplendidez. Tal fortuna era lo que llena y sacia las ambiciones del hombre modesto, apartándole tanto de la escasez como de los desvanecimientos y peligros de la opulencia; era la fortuna discreta y templada que invita á disfrutar algo de los placeres del lujo sazonándolos con los de la sobriedad, y combinando dos cosas tan opuestas y al mismo tiempo tan solubles la una en la otra, como son el goce y la continencia.
Llegué á Madrid á principios de Octubre. ¡Qué gusto ver mi casa, el semblante amigo de mis muebles y entregarme á la rutina de aquellas comodidades adquiridas con mi dinero, y que tanta parte tenían en mis propias costumbres! Eran las costras, digámoslo así, de mi carácter. Como á ciertos moluscos, se nos puede clasificar á los humanos por el hueco de nuestras viviendas, molde infalible de nuestras personas.
Nada nuevo encontré en la familia, como no lo fuera la febril diligencia de Eloísa por instalarse en la casa que fué de Angelita Caballero. Entre paréntesis, diré que el título no estaba comprendido en la herencia. Pasaba á un señor, tío también de Pepe, á quien yo no trataba todavía; pero como después le conocí y traté bastante, he de traerle á este relato, agarrado por sus grandes bigotes, cuando sea ocasión de hacerlo. Hasta el fallecimiento del tal no disfrutaría Pepe, según el testamento de la anciana, el título de marqués de Cícero. Eloísa no parecía dar importancia á esto; y en cuanto á Carrillo, si tenía pesadumbre por el marquesado, lo disimulaba con buen juicio.
Pues decía que hallé á mi prima entregada en cuerpo y alma á la faena deliciosa de poner su casa. Al fin le había deparado Dios aquellas cuatro paredes tan honradamente deseadas. Radicaban en la calle del Olmo, que no es alegre, ni vistosa, ni céntrica; pero ¿qué importaba? Por allí cerca vivían familias de la más empingorotada alcurnia, y el edificio era espacioso. En repararlo y modernizarlo ponía mi prima sus cinco sentidos con aquella habilidad organizadora, aquel altísimo ingenio suntuario y artístico que la distinguía. Diariamente se asesoraba de mí sobre el color de una alfombra, sobre la forma de un juego de cortinas, sobre la elección de un cuadro de tal ó cual artista. ¡Ella que era la propia musa del Buen Gusto, si me es permitido decirlo así, consultaba conmigo, el más lego de los hombres en estas materias, y que no sabía sino lo que ella me había enseñado! Pero, en fin, como Dios me daba á entender, yo le aconsejaba, distinguiéndome particularmente en lo tocante á precios y en fijarle límites prudentes á los gastos que hacía.
II
Pronto hube de suspender estas funciones de asesor, porque caí enfermo... No sé qué fué aquello. Mi médico sostenía que había en mi mal algo de paludismo, y que ya lo traía de los Pirineos. Pero la fiebre fué poco intensa, si bien tan rebelde á la quinina, que hubo de pasar un mes antes de que el termómetro me indicara la temperatura normal. La convalecencia fué el cuento de nunca acabar. A los días de alivio sucedían otros de alarmante recaída; pero Moreno Rubio estaba tranquilo y me recetaba dosis de paciencia. Según Raimundo, que en todo metía su cucharada, las lentitudes de mi restablecimiento eran, lo mismo que mi enfermedad, una manifestación del estado _adinámico_, carácter patológico del siglo XIX en las grandes poblaciones. Poca fuerza febril primero, poca fuerza reparatriz después, debilidad siempre: tal era mi naturaleza en la enfermedad y en la convalecencia. Molestábame sobre todo, al recobrar á sorbos la salud, mi lamentable estado nervioso, la pícara desazón crónica, que apareció con sus síntomas castizos. ¡Otra vez en mí aquel terror inexplicable, aquel azoramiento, aquella previsión fatigosa de peligros irremediables! ¡Qué esfuerzos hacían mi voluntad y mi razón para vencer esta tontería! «¿Pero á qué tengo yo miedo, á qué? vamos á ver», me decía tratando de corregirme y aun de avergonzarme como si hablara con un chiquillo. Nada conseguía con este sermoneo de maestro de escuela. No era la razón, según el médico, sino la nutrición, la que debía equilibrarme. No discurriendo, sino digiriendo, debía recobrar yo mi estado normal; mas el bergante de mi estómago se había declarado en huelga y hacía lo que le daba su real gana. Casi tanto como aquel indefinible temor me mortificaba otro fenómeno, una tontería también, pero tontería que me sacaba de quicio, llevándome al abatimiento, á la desesperación. Era un pertinaz ruido de oídos que no me dejaba un momento y que resistía á toda medicación. Dijéronme que era efecto de la quinina; mas yo no lo creía, pues de muy antiguo había observado en mí aquel zumbar del cerebro, unas veces á consecuencia de debilitación, otras sin causa conocida. Es en mí un mal constitutivo que aparece caprichosa y traidoramente para mi martirio, y que yo juzgaba entonces compensación de los muchos beneficios que me había concedido el Cielo. En cuanto me siento atacado de esta desazón insoportable, me entra un desasosiego tal, que no sé lo que me pasa. En aquella ocasión padecí tanto, que necesitaba del auxilio de mi dignidad para no llorar. El zumbido no cesaba un instante, haciendo tristísimas mis horas todas del día y de la noche. En mi cerebro se anidaba un insecto que batía sus alas sin descansar un punto, y si algunos ratos parecía más tranquilo, pronto volvía á su trabajo infame. A veces el rumor formidable crecía hasta tal punto, que se me figuraba estar junto al mar irritado. Otras veces era el estridente, insufrible ruido que se arma en un muelle donde están descargando carriles, vibración monstruosa de las grandes piezas de acero, en cierto modo semejante al vértigo acústico que produce en nuestros oídos una racha de Nordeste frío, continuo y penetrante. Creía librarme de aquel martirio poniéndome un turbante á lo moro y rodeándome de almohadas; pero cuanto más me tapaba más oía. El insomnio era la consecuencia de semejante estado, y pasaba unas noches crueles, oyendo, oyendo sin cesar. Por fin, no eran runrunes de insectos ni ecos del profundo mar, sino voces humanas, á veces un extraño coro, del cual nada podía sacar en claro; á veces un solo acento tan limpio, sonoro y expresivo, que llegaba á producirme alucinación de la realidad.
Excuso decir que en las horas tristes de aquella larga convalecencia me acompañaban mis amigos y la familia de mi tío. Mi estado débil habíame llevado á aquel grado de impertinencia en el cual recibimos de un modo parcial y caprichoso las atenciones de nuestros íntimos; quiero decir, que no todas las personas que iban á hacerme compañía me eran igualmente gratas. Sin saber por qué, algunas despertaban en mí vehementes antipatías que procuraba disimular. Su presencia irritaba mis males. Ni Camila ni María Juana me hacían maldita gracia, y lo mismo digo de mi amigo Manolito Peña, cuya suficiencia y desparpajo me encocoraban. Pero la persona cuya presencia me molestaba más era Carrillo, el marido de Eloísa. Y no porque él fuese poco amable ó enfadoso. Al contrario, mostrándose cariñosísimo, atento y grandemente interesado en mi salud, parecía recomendarse más que ningún otro á mi benevolencia. Y, sin embargo, yo no le podía sufrir. No era antipatía, era algo más: era como un respeto cargante. Me cohibía, me azoraba. Lo mismo era verle entrar, que se agravaban considerablemente los fenómenos de mi dolencia. Aumentaba el ruido, aquel pavor estúpido, y el estruendo de mi tímpano crecía de un modo desesperante.
Raimundo y Severiano me entretenían mucho, éste contándome realidades graciosas, aquél con los juegos malabares de su ingenio. Imitaba á Martos y á Castelar con tal perfección, que no cabía más. Después nos contaba con deliciosa ingenuidad los grandes consuelos que obtenía de la fuerza de su imaginación y de la vida artificial que por este medio se labraba, contrarrestando así las miserias de la vida afectiva.
--Cada noche --nos decía-- me acuesto pensando en una cosa con tanta energía, y me caldeo tanto el cerebro, que llego á figurarme que es verdad lo que pienso. Gracias que me duermo, que si no haría mil disparates. Anteanoche me acosté pensando que era Presidente del Consejo de Ministros. A eso de la una ya había resuelto en el Congreso, charla que te charla, una cuestión grave. Los decretos me salían á docenas... Y conferencia va, conferencia viene, con el Nuncio, con el embajador de Francia, con el gobernador, con mis compañeros de Gabinete... Luego iba á la firma con Su Majestad, mandaba sueltos á los periódicos, y... Por fin, me dormí cuando estaba hablando por teléfono con el Ministro de la Guerra para ver de sofocar una sublevación militar. Anoche me dió por ser director de orquesta del Teatro Real. Cuando me quitaba la ropa para acostarme, estaban los oboes comenzando detrás de mí el preludio de _Los Hugonotes_, el gran _coral_ protestante. A mi izquierda los primeros violines, á mi derecha los segundos, á un extremo el metal, á otro las arpas... _Ñi, ñi_... ¡Qué bien! En aquel rifi-rafe de la cuerda no se me escapó una nota... En fin, que dijeron el preludio admirablemente. Luego, al arrebujarme en las sábanas, tiré del timbre, empezó á subir lento y majestuoso el telón. Nevers y el coro aparecieron delante de mí... después Raúl, que, por ser debutante, venía muy turbado. Pusimos gran cuidado en la romanza... Más tarde, cuando me dormía, ya no era yo el director: yo era Marcello, y estaba cantando el _pif-paf_... El director era el señor de Meyerbeer, buena persona, que había resucitado para oirme cantar...
Y por aquí seguía. ¡Pobre Raimundo!
III