Lo prohibido (novela completa)
Part 38
Observé con inquietud que Camila se daba aire como sofocada, que palidecía y cerraba los ojos. ¿Acaso estaba enferma? De repente salió; la sentí en mi alcoba. Hice señas á Severiano, que, pensando como yo, dijo:
--¿Se habrá puesto mala?
Mi amigo fué tras ella, y á poco rato volvió á decirme:
--Camila está... vomitando.
«Es que le he dado asco --pensé sintiendo un nudo horrible en mi pecho--. No tiene valor de sentidos como Constantino, y le falta estómago para cuidar animales enfermos.» No tardó en aparecer la borriquita, limpiándose las lágrimas y riendo. Con mis ojos alelados le pregunté como pude lo que tenía, y no quiso contestar. Pero no debía ser lo que yo me figuraba, porque siguió riendo y mirándome con piedad; y en un momento en que Severiano no estaba conmigo, me dijo, llevándose ambas manos á su esbeltísimo talle:
--Es que estoy...
Cogí el lápiz, y con cierto énfasis que no vacilo en llamar inspiración, escribí: «¿Belisario?»
Y ella decía que sí con la cabeza y con el júbilo que iluminó su rostro gitano, que á mí me hacía el efecto de tener la propia cara del sol dentro de mi gabinete. Yo escribí: «Me alegro.» Pero no sé si me alegraba verdaderamente, ó si sentía una pena cosquillosa. Camila, que era muy comunicativa por naturaleza, gritó «tres meses», sacando del puño cerrado tres dedos para expresármelo mejor.
Retiróse al anochecer, con lo que para mí anochecía dos veces. Absolutamente privado de toda facultad sensoria que no fuera el placer de comer, pensaba en lo ideal que se había vuelto mi amor. Por esto, gracias á Dios, yo no era completamente bestia. Si aquello me faltara, hubiera andado á cuatro pies, siempre que el izquierdo y la mano del mismo lado lo consintieran. Pero conservaba mi alma, aunque desquiciada, y en mi alma aquella chispa divina, por la cual me creía con derecho á reclamar un sitio en el mundo espiritual, cuando la bestia cayese por entero en el inorgánico. La conciencia de aquella chispa me consolaba de tener cara de idiota, voz como un ladrido, cuerpo de palo, y de sentir caer las babas de mi boca. Pero ya lo he dicho: depuración mayor de un sentimiento no era posible. El delicado Petrarca era un sátiro ante Laura, y el espiritado _Quijote_ un verdadero mico ante Dulcinea, en comparación de lo que yo era ante Camila. No cabía más pureza que la que mi incapacidad me daba. Vedme aquí hecho un santo, de esos que aman por lo divino y sutil, sin ningún interés de la carne ni cosa que lo valga, siendo un montón de ceniza corporal que guarda los encendidos hornos del alma. Ya veis cómo aquel puerco de que os hablo no era todo escoria: yo reconocía en mí el conjunto extraño de bestia y ángel que caracteriza á los niños; pero nada de lo que constituye el hombre.
Por la noche fué María Juana, que de buenas á primeras me dijo:
--Cuenta con el préstamo sobre la casa. Medina vacilaba, no por falta de voluntad, sino por no tener en el momento fondos disponibles. Pero yo le he dado tal carga, que es cosa hecha. Mañana mismo hará Muñoz y Nones la escritura. ¿Puedes firmar? Sí... Pues no te apures. Cristóbal hablará mañana con los del _Crédito Lyonés_, encargándose de recoger las letras protestadas.
Yo le expresaba mi agradecimiento con gestos y miradas. Y el favor era completo y redondo, porque según me dijo mi ilustre y sapientísima prima, su marido me hacía el préstamo en las mejores condiciones posibles, por un año, con el módico interés de cinco por ciento... Hícele saber que para salir de mi atolladero necesitaba aún treinta mil duros, á lo que contestó que arañando en sus economías y dando otro tiento á Cristóbal, podía facilitarme seis ú ocho mil duros; pero pasar de aquí érale punto menos que imposible.
--No hay que soñar --añadió--, con que mi marido se corra más. Ya sabes que él es generoso; pero lo es una sola vez en cada caso. Medina no repite... mil veces te lo he dicho. Si ahora saliera yo pidiéndole más dinero, puede que se le quitaran las ganas de hacerte el préstamo gordo. Él es así: aceptémosle reconociendo que es muy bueno, y no le perdamos por querer hacerle mejor.
Parecióme esto tan discreto y prudente, que nada tuve que objetar á ello. Poco después vino Cristóbal, y se me mostró tan afable, tan bondadoso, que á poco más se me saltan las lágrimas. Declaraba que lo que hacía por mí no era digno de reconocimiento; rogábame que no hablase de ello, y que no le sacara los colores á la cara con mis importunas gratitudes. Dióme esperanzas de obtener algo en el asunto de Torres, que no dejaba de la mano. Por fin se sabía que el fugitivo estaba en Pau. Su abogado, uno de los más famosos de España, le había escrito que no se encargaría de su defensa si no se presentaba en Madrid. Era, pues, posible que viniese, ingresando desde luego en el Saladero, en virtud de providencia judicial ya dictada.
Con estas noticias me animé un poco; pero aún me amargaban el espíritu las dificultades para salir del compromiso de las letras, si algún inesperado suceso no venía á favorecerme por donde menos lo pensara. Dije á Severiano que tantease á mi tío, que también fué aquella noche, y que, después de haberse retirado Cristóbal con su mujer, se puso á jugar al tresillo con Miquis en mi gabinete. Pero ¡ay! que mi buen tío estaba en situación de que le pusieran niñera, y no servía absolutamente para nada. Entre él y yo la diferencia no era grande, pues si disponía de sus cuatro remos, en cambio arrastraba los pies al andar, y ya se había caído dos veces en la calle. A lo mejor se quedaba como dormido y costaba trabajo despertarle. Su conversación era ya enteramente difusa, incoherente, sin sentido, y á lo mejor se salía con unas sandeces tan primitivas que ningún oyente sabía tener la risa. Yo le miraba desde mi sillón ó desde mi lecho, y me decía: «¡Si tendré yo el mismo aspecto de niño bobo!... Debo de tenerlo.»
IV
Pues, como dije, Severiano trató de ver si aquel pobre anciano infantil podía disponer de algún dinero. El resultado fué muy singular. Primero le manifestó mi tío con espontáneo arranque que le era fácil proporcionarme un millón de reales. Severiano puso cada ojo como un puño al oir tal ofrecimiento. Media hora después, hablando de lo mismo, don Rafael se asombró de oir á mi amigo lo del millón, y le dijo:
--Usted está en Babia, señor de Rodríguez, ó se ha vuelto tonto ó no entiende el castellano. Yo indiqué á usted que podía poner á la disposición de José María mil reales... ni más ni menos.
Raimundo no me visitaba tanto como á mi parecer debía esperarse de sus obligaciones de gratitud hacia mí. Pero las más de las noches iba un rato tan _trigonométricamente trastrocado_ como siempre, se me sentaba al lado y empezaba á hacer chistes para distraerme. Pero ocurría una cosa muy rara, y era que ya no me hacían gracia maldita las ingeniosidades de aquel juglar de la frase. Sabíanme todas las suyas á fiambre pasado, ó manjar sin sazón. Era un amaneramiento y un repetir de fórmulas que se me sentaban en la boca del estómago. Yo no me reía ni pizca, para que se marchase pronto y me dejara en paz.
Aquella noche, después de acostarme y de haber dormido un poco, ví á Eloísa andar por mi cuarto. Ni yo sabía qué hora era, ni estaba seguro de hallarme despierto. La ví pasar como una aparición por detrás del tablero inferior de la cama, venir hacia mí por el costado derecho, inclinarse para mirarme, retirarse después, dar la vuelta, los ojos siempre fijos en mí. Y francamente, parecióme hermosísima. Ni le dije nada, ni ella á mí tampoco. Cerré los ojos, y la sentí en cuchicheos con Severiano. Parecía que disputaban. Me dormí, y la visión se borró en mi cerebro. A la mañana siguiente, la impresión permanecía, y pregunté á mi amigo que de qué hablaba con la prójima. A lo que me contestó:
--Nada, tonterías; no me acuerdo...
Importábame más otra cosa, y sobre ello caímos con verdadero afán.
--Creo que al fin se arreglará esto con la ayuda de todos los amigos --me dijo--. Pasado mañana vencen las _Pastoriles_ letras. No te ocupes de ello y déjame á mí... Desde ahora te aseguro que serán pagadas. Cómo, no lo sé; pero tú no has de quedar mal.
Curiosidad tuve de saber cómo se arreglaba. Y ved aquí á la solícita y prudente María Juana venir á mí con los ocho mil duros, muy tapaditos, en un lío de billetes envuelto en su pañuelo, y dármelos, acompañando el don de estas palabras:
--No puedes figurarte qué fatigas representa para mí este favor que te hago. Lo menos seis meses tendré que estar diciendo mentiras á Medina, y cree que esto me lastima mucho. Mentir á Cristóbal es escupir al cielo, hijo mío. Pero es forzoso hacerlo y se hace. Si te salvo de la deshonra, esta idea tranquilizará mi conciencia, que está, puedes suponerlo, bastante alborotada. Se irá calmando con la meditación de los males que nos trae el apartarnos del camino derecho, y con practicar la mayor suma de buenas obras... Conque entérate. Supongo que la facultad de contar dinero no se te habrá ido, pobre niño inválido. Y si gobiernas bien con tu mano derecha, no estaría de más que me hicieras un recibo...
Prestéme á ello con el mayor gusto, y aun le ofrecí interés, que rechazó escandalizada.
--Por ningún caso --me dijo--, y ni el reintegro de la suma aceptaría si no fuera porque me será difícil justificar la inversión de ella, si algún día se entera Cristóbal y... Parte de este dinero es mío; parte de una amiga que me lo entregó para que se lo colocáramos, y algo es de lo que Medina me ha dado para los gastos de la casa, muebles y otras cosillas.
Muy agradecido estaba yo; pero el rasgo de Camila, del cual no tuve noticia hasta el día siguiente, fué la emoción más grande y placentera que recibí en aquel caso. ¡Pobre borriquita! ¡pobre Cacaseno de mi alma! ¡Cómo se portaban conmigo, y qué lección me daban los dos! Cuando Severiano me lo dijo, lloré, podéis creérmelo. Porque mi sensibilidad lacrimal era muy grande, y á la menor emoción me corrían ríos por la cara. Si esto es infantil ó canino, ó un simple fenómeno de debilidad nerviosa, lo ignoro; lo que sé es que el corazón se me hacía un ovillo cuando Severiano me contó lo que á la letra copio:
--Camila me ha ofrecido empeñar sus pocas alhajas para venir en tu socorro. No sé si te dije que Constantino ha vendido, con el mismo fin, el caballo que le regalaste. Dicen que ahora que eres pobre te han de devolver todo lo que tú les diste cuando eras rico.
--¡Pobrecillos... ángeles de Dios... niños de mi corazón!... --exclamé rompiendo á hablar, aunque de una manera estropajosa--. Te juro que van á ser mis herederos... Para ellos, sí, todo lo que se salve del naufragio... Pero mira tú: si se puede arreglar de otro modo, no admitas las ofertas de esos pedazos de mi alma...
--Eso lo veremos. Difícil será el arreglo, si cada cual no viene con su _glóbulo_, como dice mi ilustre amigo, el sabio entre los sabios, don Isidro Barragán.
Y el propio Constantino, que poco después se presentó, no quiso admitir mis expresiones de agradecimiento, transmitidas por el lápiz y por los exagerados mohínes de mi cara. Lo que hacían por mí hacíanlo de buena voluntad. Cierto que yo les había perjudicado con mis malas intenciones; pero marido y mujer, en presencia de mi situación lastimosa, me habían perdonado de todo corazón. La noche de mi ataque, cuando subí y llamé á la puerta, hallábase él tan irritado con mi pesadez, que en un tris estuvo que saliera y nos pegáramos en la escalera. Cuando me sintieron caer, asustáronse mucho. Uno y otro pensaron que yo me moría aquella noche, y les acometió remordimiento de conciencia y estuvieron muy intranquilos hasta el día siguiente. Dios había querido que yo viviese; mas á ellos toda la ojeriza que me tenían se les disipó al verme como me veían. Camila y él hablaron de perdonarme. Ambos lo propusieron, y simultáneamente se felicitaban de este cristiano pensamiento.
--Nos ha dañado en nuestra opinión, pero bien caro lo paga --había dicho Camila con inocencia de niña de escuela--. No seamos más papistas que el Papa, ni más justicieros que la justicia de Dios. ¿No estamos bien tranquilos en nuestra conciencia? ¿No sabemos tú y yo, como éste es día, que ni él pudo conquistarme, ni había tales carneros, ni Cristo que lo fundó...? Pues si hay algún necio que crea otra cosa, déjalo y con su pan se lo coma.
Corolario de estas generosas palabras, las más juiciosas, las más cristianas y quizás las más elocuentes en su sencillez que yo había oído en mi vida, fué la idea de asistirme en mi enfermedad y de socorrerme en mi pobreza. Me impresionó tanto, tanto lo que aquel bruto me dijo con su lenguaje sin retóricas y su lealtad sin estudio, que le dí un fuerte abrazo y le besé como á un niño. Lo mismo habría hecho con su mujer, sin reparo ni malicia alguna. Sí, eran mis hijos; serían mis herederos, si algo podía salvar de entre los escombros de mi fortuna.
V
Mis inquietudes con respecto al pago de las letras no se calmaban con las seguridades que me daba Severiano de arreglar este asunto. «¿Pero cómo, pero cómo...?» Díjome que había conseguido arrancar á Villalonga unos tres mil duros, y que él, por sí, había reunido cinco. ¿Y qué hacíamos con tal miseria? Mirándome flemático, me declaró lo que sigue:
--No te lo quería decir. Pero es preciso que lo sepas. La cantidad está completa. ¿A que no aciertas de dónde ha venido este socorro salvador?... No habrá más remedio que cantar claro... De tu prima Eloísa.
La impresión recibida por mí al oir esto, fué de tal modo fuerte que, valiéndome de las extremidades de un solo lado, me eché de la cama. Con gritos y gestos expresaba yo mi terror, mi vergüenza y la resolución de no admitir aquella ofrenda. Hizo mi amigo esfuerzos por calmarme. Ramón y él me vistieron. Pusiéronme luego en mi sillón como un muñeco, y allí aguanté la rociada de palabras y razonamientos que me echó Severiano.
--Tu situación no es para esos humos ni para que nos andemos con escrúpulos tontos. Estás en el caso de aceptar lo que venga sin mirarle la cara... Después pagarás y _pax Christi_... Cuando ví la cosa fea, me fuí á casa de Eloísa. Encontrémela muy afligida, pensando en tí, en tu ruina corporal más que en tu pobreza, y me obsequió con la mar de lágrimas y suspiros. «Venderé todo lo que tengo, por sacarle de su compromiso.» «Pues empiece usted.» La verdad, chico, lo que en la casa ví más me revelaba propósitos de engrandecimiento que de liquidación. Enseñóme un cuadrángano grande que había comprado el día anterior y otras preciosidades... «¿Y cuánto hace falta?» me preguntó con aquella vocecita cristalina... Quedamos por fin en que si me buscaba diez mil duros, tu firma quedaría en salvo. Miró un rato al suelo, el ceño fruncido. «¡Mucho es!» dijo suspirando, y echando miradas de amor á sus cachivaches. En fin, chico, ¿para qué andar con rodeos?... ¿te lo digo?... Pues allá va. Sin vender ni un alfiler, me trajo ayer los diez mil duros. Se los ha dado Sánchez Botín.
Empecé á echar sangre por la boca, porque me mordí la lengua. No puedo pintar la turbación que me causaba aquel socorro que me venía de la prostitución elegante, aquel rechazo de mis vicios de antaño. Toda la saliva que yo había escupido á la faz de la sociedad y de la ley, me caía ahora en la cara, causándome indecible repugnancia. No fué preciso que Rodríguez me diera más explicaciones, pues el caso se me presentó en todo su horror elocuente. La prójima se había vendido por una suma destinada á salvarme del conflicto. Parecíame que los tres, Eloísa, Botín y yo, éramos igualmente despreciables, odiosos y viles, y que formábamos una sociedad de envilecimiento comanditario para socorrernos por turno. Porque yo sabía muy bien cuánto repugnaba á Eloísa el tal Sánchez Botín y el asco que ante él sentía, y la oí decir más de una vez: «Si me ponen en la alternativa de querer á todos los soldados de un regimiento uno tras otro, ó vivir dos horas con ese orangután, opto por lo primero.» Y para que se vean las raíces que la pasión del lujo tenía en su alma: puesta en el caso de vender sus últimas adquisiciones de trapos y arte decorativo, no tuvo valor para ello, y apechugó con el aborrecible, asqueroso é inmundo estafermo que la perseguía. Creédmelo: si me hubieran dado una bofetada en la calle, no lo habría sentido como sentí aquello. No hay ultraje que se compare al de un favor que no se puede agradecer.
Y Severiano no se mordió la lengua para darme detalles:
--Por debajo de cuerda he sabido que Botín no le dió más que seis mil duros. Siempre miserable. Está por la carne barata. Este hombre se me ha parecido siempre á una chinche. Es para cogerle con un papel y tirarle, dando á otra persona el encargo de matarle. La idea de verle reventar delante de mí me pone nervioso... Pues sí, seis mil duros nada más. El resto lo juntó como pudo, con ayuda de su prendera, y llevando al Monte y á las casas de préstamos algunas cosillas... ¡Cuando me lo trajo estaba más contenta...! Pero se le conocía en la cara la repugnancia de la pócima... ¡Pobre mujer! su trabajo le ha costado... Y no consintió por ningún caso en que le diera recibo, ni quiere interés. «No es préstamo --me dijo lo menos veinte veces--: es regalo, es restitución...» Pero me dió á entender que no deseaba se te ocultase que á ella debías su salvación. Tiene el orgullo de su rasgo.
Nada, nada: yo no podía aceptar aquel injurioso, infame favor. Mi conciencia se sublevaba; se me venían á la boca expresiones airadas y terribles. Mi honor, mi honor antiguo, superior á las contingencias y asechanzas que le tendían mis vicios, quería mandar en jefe en mis acciones. Antes todos los males que aquel arrimo ó protección indecorosa de una mujer que pagaba mis deudas con el dinero de sus queridos. Creo que en aquel trance me expresé sin dificultad; al menos yo dije á Severiano todo lo que quería decirle.
--Por Dios y por tu vida y por lo que más ames, hazme el favor de devolver el dinero á esa mujer, y le dices de mi parte... No, no le digas nada; no hay más que devolvérselo diciéndole que no se necesita. Búscalo por otra parte: vende ó empeña hoy todos mis muebles. Mira que esto es una deshonra que no puedo soportar. Prefiero el protesto de las letras, hacer un arreglo y pagarlas después á plazos ó como se pueda. Severiano, amigo querido, líbrame de este bochorno: por Dios te lo pido... Saca ese dinero de mi mesa y echa á correr. Llévaselo. Dios nos recompensará esta delicadeza... Me considero el primer desgraciado del mundo y el número uno entre todos los miserables habidos y por haber.
En la cara le conocí que no quería contrariarme. Sus palabras conciliadoras diéronme esperanzas de que haría lo que le mandaba.
--Bueno, hombre, no te apures. Si lo tomas así... A mí, en tu lugar, no me daría tan fuerte... Creo muy difícil que hoy se pueda reunir lo que necesitas. La opinión exagera siempre, y á tí te tiene hoy todo el mundo por más tronado de lo que estás. Yo pongo mi cabeza en un tajo á que no hay en Madrid quien te preste dos reales, teniendo ya hipotecada la casa... En cuanto á tus muebles, ¿qué quieres? ¿que traiga á los prenderos? Pues vendrán, y verás cómo no te dan arriba de dos ó tres mil duros... por lo que vale siete ú ocho mil. No hay solución por ese lado... Pero pues tú lo quieres, devolveré los diez mil á Eloísa, con tal que te sosiegues, que no te excites... Mira que te vas á poner peor.
Demasiado lo conocí. Sentíme bastante mal aquel día; y después de lo que hablé atropellada y dificultosamente, la lengua me hacía cosquillas y se declaraba en huelga completa, negándome hasta los monosílabos. Pasé una tarde cruel, observando lo que hacía Severiano, deseando verle abrir el cajón de la mesa y salir con el nefando dinero. Tuve muchas visitas al anochecer. Todos me encontraron peor, aunque no me lo decían. En torno mío no había más que caras lúgubres, en que se pintaba el presagio de mi fin desgraciado.
Y al siguiente día ví á mi amigo sacar manojos de billetes y pasar al despacho.
--¿Qué has hecho? --le pregunté cuando volvió á mi lado.
--¿Qué había de hacer? Pagar las letras --me respondió mostrándomelas--. Aquí las tienes, con el _recibí_ de Lafitte... Y no me preguntes más, ni hagas el puritano. No están los tiempos para boberías de azul celeste. Hay que tomar las cosas de la vida como vienen, como resultan del fatalismo social y de nuestros propios actos. Todo lo demás es música, chico; viento, y echarse á volar por las regiones etéreas.
Sentí que estos argumentos me anonadaban, y no expresé ninguna opinión. Yo temblaba al pensar que Eloísa iría á verme como en solicitud de mis gratitudes; y por lo mismo que lo temía tanto, ocurrió este desagradable caso. Aquella noche recibí su visita cuando no había ninguna otra; y aunque mi primera intención fué rechazarla, mi conciencia, turbada por angustiosas perplejidades, no lo pudo hacer. Habiendo aceptado el favor, no tenía derecho á arrojar sobre él la ignominia. Yo lo merecía; me lo había ganado, y si me mostrara desagradecido, resultaba más desagradecido de lo que realmente era. Calléme ante la prójima. No hacía más que mirar al suelo, sin duda por ver dónde estaba mi cara, que debió caérseme de vergüenza. Tuve, pues, que dejarme estrechar la mano, y estrechar también un poco la suya; y aunque me vinieron ganas de empujar su frente y su busto lejos de mí, no pude hacerlo. ¡Ay! me olió á estafermo sucio y perfumado con ingredientes innobles; olióme á baratería, á barbas mal pintadas, á dinero amasado con sangre de negros esclavos, á infamia y grosería, á sordidez y á ojos de carnero agonizante. Pero tal como resultaban, transfiguradas por mi mente, las caricias de la prójima, tuve que tragármelas. ¡Qué había de hacer sino beberme aquello y lo demás que saliese, si era la lógica, y contra la lógica que viene en forma de hiel dentro del cáliz de nuestras vicisitudes, no se puede nada, ni hay más solución que cerrar los ojos, abrir bien las tragaderas... cuatro muecas, y adentro!... Algunos revientan; otros, no.
VI
--A todos nos llega, tarde ó temprano, nuestro sorbo de _jieles_ --me dijo Severiano, cuando solos hablábamos de esto--. Yo también he tenido que apechugar... sólo que mi potingue me pareció al principio muy amargo, y ahora se me vuelve dulce... Pero no te digo más. Esto es una charada. _La solución en el próximo número._
No le contesté nada, porque aunque empezaba á recobrar la palabra, no quería hablar ni aun delante de mi amigo de más confianza. Dirélo claro: mi voz me era odiosa, antipática, y valía la pena de condenarme á perpetuo mutismo por no oirme yo mismo. La verdad, señores: la voz que me quedó después de la horrible crisis era inaguantable; una voz atiplada, chillona y aguda, que me recordaba la de los cantores de capilla. Cuando me hice cargo de este fenómeno, entróme horror y asco de mi propia palabra. ¡A qué pruebas me sujetaba Dios! Comprendía el no vivir más que á medias, el ser un Nabucodonosor, el no tener otras sensaciones que las de la comida, el no poder andar sin auxilio; pero hablar de aquella manera... francamente, y con perdón de la Justicia Divina, me parecía demasiado fuerte. Dicho se está que ni que me asparan chistaba yo delante de nadie, mucho menos delante de Camila.
--¿Por qué estás tan callado? --me decía ésta--. Ramón me ha dicho que ya pronuncias. ¿Qué te pasa, que estás ahí con ese lápiz, pudiendo expresarte bien?
--No creas á Ramón, borriquita --escribí--. Me he quedado absolutamente mudo. Mejor: así estoy seguro de no decir ningún disparate.
--De poco te valdrá no decirlos si los piensas --me contestó con admirable sentido.