Lo prohibido (novela completa)
Part 37
La puerta vino sobre mí con estrépito. ¡Ay, cómo me quedé! ¿Qué haría? ¿Volver á llamar, ó retirarme? Esto era lo mejor. Dí media vuelta; pero en aquel instante sentí en mi alma sacudida violenta y me entró un frenesí de no sé qué pasión, rabia, amor, envidia ó simplemente brutal apetito de destrucción. Nunca me había yo visto en semejante estado. Diéronme ganas de derribar la puerta á puñetazos y de pedir hospitalidad como la piden los bandidos, á tiros y puñaladas. La ferocidad que en mí se despertó fué soplo tempestuoso que barrió de mi cerebro toda idea razonable. Me convertí en un insensato; apliqué los labios á la rejilla y me puse á dar voces:
--Idiotas, ¿por qué me cerráis la puerta? Si vengo á pediros que me queráis, que me dejéis ser vuestro amigo. ¿Os he hecho algún daño? ¡Mentira... farsantes... embusteros! Echáis facha con la virtud y sois... cualquier cosa.
Y la puerta no se abría. Creí sentir cuchicheos tras la rejilla. Mi demencia, lejos de aplacarse con aquella pausa, creció tomando otro giro. De la locura pasé á la tontería y á un enternecimiento estúpido. Ciego volví á agarrarme al llamador y debí morder la rejilla de cobre, porque me quedó después fuerte sensación de dolor en los dientes.
--Camila --grité--, ábreme. Si no pretendo que seas mi querida... Déjame entrar, y tu marido y yo te adoraremos de rodillas... te pondremos en un carro, y uncidos los dos tiraremos de tí... ¡burro él, burro yo! Queredme ó me mato; queredme los dos...
Y nada, no abrían ni contestaban. Dí otra vez la media vuelta, notando en mí amagos de serenidad. Ví un poco la tontería que estaba haciendo. Noté en mi cara humedad tibia, y llevándome á ella la mano, me la mojé. La humedad, brotando de mis ojos, bajaba hasta mis labios, donde la pude gustar. Era salada. El corazón se me quería partir al mismo tiempo que empecé á sentir vergüenza de lo que estaba haciendo... ¡Oh, Dios mío! Creí escuchar carcajadas de Camila tras de la puerta, y también las risas del bruto...
Comencé á bajar; pero cuando iba por la segunda curva de la escalera, creí que ésta se enroscaba en torno mío; eché las manos adelante; el barandal se me fué de las manos, el escalón de los pies, y ¡brum!... me desplomé. Lo último que sentí fué el estremecimiento de toda la espiral de la escalera bajo mi peso... Perdí toda noción de vida.
XXV
Nabucodonosor.
I
Y no podía ser de otra manera. Mi estado fisiológico era tal, que yo tenía que dar un estallido. Y lo dí al fin, y bueno. Después supe que estuve sin conocimiento desde las seis de la tarde del miércoles hasta el jueves á las diez de la mañana; que Ramón y el portero sintieron el golpe de mi caída y subieron alarmados; que al mismo tiempo salió á la escalera la señorita Camila; que al instante bajó Constantino en cuatro trancazos y me cogió, y cargándome como si yo fuera un talego, me llevó á mi casa; que me tendieron en mi cama creyendo que ya estaba muerto; que Ramón y la señorita Camila empezaron á darme friegas, mientras Constantino corría en busca de su hermano Augusto; que toda la noche se pasó en gran ansiedad, pues el médico ponía muy mala cara... Por fin, recobré la conciencia de mi sér, aunque al punto de recobrada eché de ver que mi resurrección no era completa. Algo se me quedaba por allá, en aquella lóbrega cisterna, simulacro de los abismos de la muerte, en que tantas horas estuve, revolcándome en tenebroso espasmo, del cual apenas quedaban vagas sensaciones musculares cuando desperté. Lo primero que hice fué moverme, quiero decir, intentarlo. De este reconocimiento resultó un fenómeno que al pronto no me hizo impresión; pero que poco después ocasionóme sorpresa, estupor, espanto. Yo no podía mover las extremidades izquierdas. Todo aquel lado ¡ay, Dios! estaba como muerto. Ramón debió leer en mi rostro la congoja de los esfuerzos que hacía, y quiso ayudarme. Ordenéle por señas que me dejara. Quería seguir en reposo para pensar en aquel fenómeno tristísimo. A mi mente vino una idea, con ella una palabra. Sí, me lo dije en griego para mayor claridad: «Tengo una hemiplejia.» La idea de la justicia, que rara vez deja de abrirse paso en nuestras crisis para alumbrarnos la conciencia, apareció muy luego: «Bien ganada me la tengo.»
Mi pena fué horrible. Tremendo rato aquél, en que la conciencia física me acusó con pavorosa austeridad, en que me rebelé contra la sentencia fisiológica y contra Dios que la daba ó la consentía, ¡no sé!... Sin derramar una lágrima, lloré una vida entera y deseé con toda mi alma acabar de morirme... Aún me faltaba la más negra. Quise hablar á Ramón, y la lengua no me obedecía. Las palabras se me quedaban pegadas al paladar como pedazos de hostia. Mis esfuerzos agravaban el entorpecimiento de aquella preciosa facultad, gastada, perdida tal vez para siempre. Intenté decir una expresión clara, y no dije sino ¡_mah, mah, mah_! Causóme tal horror mi propio lenguaje, que resolví enmudecer. Me daba vergüenza de hablar de aquella manera. ¡Ser la mitad de lo que fuimos, sentir uno que su derecha viva tiene que echarse á cuestas á la izquierda cadáver, y por añadidura pensar como un hombre y expresarse como los animales, es cosa bien triste...!
Augusto quería disimular la pesadumbre que mi estado le causaba; mas cuando oyó mi espeluznante _mah, mah, mah_, no le fué posible fingir tranquilidad. Híceme juramento de callar para siempre y no ofrecer á la estupefacción de oyente alguno aquel rebuzno mío, aquel bramido de Nabucodonosor condenado á arrastrarse por el suelo y á comer hierba... Todo aquel día lo pasé en una especie de estupor letárgico, que á veces tocaba en el sueño, sintiendo en mí algún alivio. Lo primero que me atormentó por la noche fué el sentirme horriblemente desmemoriado. Yo no me acordaba de todo, sino de algunas cosas, y de otras apenas tenía vagas nociones. Pero el prurito de recordar aquella infructuosa erección de la memoria, queriendo ser y no pudiendo; aquella dolorosa presciencia de nombres y sucesos, sin lograr determinarlos, me martirizaba lo que no es decible. Recordaba el caso de mi ruina, de la fuga de mi acreedor... pero no podía atrapar el nombre de Torres... Y veía ante mí algo como el esqueleto del nombre; pero le faltaba la carne, las letras. Toda la noche estuve buscándolas y no las encontré hasta por la mañana.
Pero el ejemplo más triste de esta pérdida de la facultad fué no saber quiénes eran aquellas tres mujeres á quienes ví la segunda noche, en fila delante de mí. Ofreciéronse á mi atención al despertar de uno de aquellos letargos, y me dije: «Yo conozco estas caras; las he visto en alguna parte...» Estaban las tres apoyadas en el tablero inferior de mi cama, grande como de matrimonio. Veíalas yo de medio cuerpo arriba, los brazos sobre el tablero, en actitud de estar asomadas á un balcón... La que estaba en medio tenía cristales en sus ojos, que brillaban en la penumbra de mi estancia con efecto semejante al que hacen en la obscuridad los ojos de los gatos. A su derecha estaba otra que me miraba también. Me pareció que á ratos se llevaba una mano á los ojos, y que en la mano tenía un pañuelo. ¿Por qué lloraría aquella buena señora?... Y era guapa. La de la izquierda me miraba con fijeza observadora y más bien curiosa que enternecida. Era morena, de muy acentuada delantera, esbeltísima... Nada, que aquellas tres caras y aquellos tres bustos no me eran desconocidos; pero mi cerebro ardía en un trabajo furioso de indagación, sin poder sacar en claro quiénes eran ni cómo se llamaban.
Por fin el corazón me alumbró, el corazón, que se puso á hacer cabriolas y me dijo: «Aquélla que está á tu derecha y á la izquierda de la de los lentes, es tu borriquita.» Fuí juntando ideas, casándolas y amarrándolas bien para que no se me escaparan... Camila, la sin par Camila, fué la primera que venció la anarquía de mi pensamiento y mi memoria... después Eloísa, la que lloraba; por fin María Juana, la sabia. Cuando las atrapé, diéronme ganas de decir algo. Pero tuve espanto y vergüenza de que mis tres primas me oyeran. No, antes reventar que darles muestra tan desapacible del lenguaje prehistórico. Eloísa fué la primera que se llegó á mí, rompiendo la lúgubre fila en que las tres estaban cual aves posadas en una rama.
Llegóse á mí para mirarme de cerca. Ví sus ojos llenos de lágrimas. Alguna creo que me cayó encima. Preguntóme que cómo estaba, y yo no dije nada. Noté al mismo tiempo que la sabia, sin moverse del centro del tablero, llevóse el dedo índice á sus labios y estuvo así un buen rato, parecida á una estampa de la discreción. Quería imponer silencio á las otras dos, pues también Camila se llegó á mí por el otro lado y me miró de cerca... ¡Qué ganas sentí de pegarle un beso, expresión casta y juiciosa del júbilo que me causaba el haber recobrado la conciencia del amor que le tenía! Preguntóme también que cómo estaba, y yo... mutis. «No oirás este _mu_ del buey herido, prenda de mi corazón», pensé, y pensándolo les hice señas de que se estuvieran allí, porque sentía cierto consuelo en contemplarlas. Eran mi historia, mi vida, yo mismo puesto en figuras, como un libro ilustrado.
II
Otra noche, Camila junto á la mesa donde habían estado sus botas (no sé si os acordaréis de esto), y á su lado Constantino. Ella cosía, y él leía un periódico. Cuando me sintieron mover, ambos me miraron. Camila vino hacia mí, dejando la costura, y me dijo: «¿Qué tal?» En mi sensibilidad fuertemente perturbada hizo aquel _qué tal_ el efecto de un intenso olor de sales súbitamente aplicado á mi nariz. A punto estuve de hablar... ¡Desdichado de mí si lo hubiera hecho! El silencio había venido á ser en mí como una coquetería. Tuve serenidad bastante para dominarme, y sacando una mano, le tomé la suya y la llevé pausadamente á mis labios. Cuando le daba aquel respetuoso beso que fué como el homenaje que á los reyes haría el monárquico más sincero y leal, ví allí enfrente una mirada de Constantino, abrillantada por la próxima luz. No debía de ser mirada de celos; y si lo fué, ¿qué culpa tenía yo en aquel momento? La absoluta muerte de las facultades más características del hombre, me garantizaba una virtud perfecta. Yo podía ya ser hasta santo á poco que lo intentara. La borriquita, entendiendo mi homenaje, no retiró su mano. Pensé que debía de ser muy grande mi mal, cuando aquellos dos enemigos míos me perdonaban y aun venían á asistirme. «Sólo se perdona de este modo á los moribundos ó á los locos», pensé.
Y á la mañana siguiente llegaron María y su marido, ambos obsequiándome al entrar con sendos suspiros. Medina no pudo contener los pruritos dogmáticos que se le vinieron de la mente á los labios, y dándome un apretón de manos, me dijo: «Eso no es nada. Se restablecerá usted pronto; pero sírvale de lección este arrechucho.» Y bajando la voz, inclinado ante mí, añadió lo siguiente: «Mi mujer tiene razón. Eso es el resultado de dejarse dominar por las pasiones y apetitos, en vez de vencerlos, como hace toda persona que merece el nombre de varón. Conque cuidado, y no echar la enseñanza en saco roto.» Mientras tal oía yo, ví á María Juana poniendo orden en varias cosillas que sobre la mesa estaban... Retiró á su esposo de mi lado, como reprendiéndole tácitamente por sus inoportunas observaciones, y se fueron. Por la tarde vino ella sola; se sentó frente á mí al costado de la cama, y me estuvo mirando como una hora seguida. Yo también la miraba. «¿Por qué no hablas?» me dijo al fin, estrechándome con amorosa fuerza la mano. Dile á entender que no podía, y entonces me trajo lápiz, papel y un libro para que escribiera sobre él. «Soy Nabucodonosor», escribí, no sin trabajo. Y ella consternada: «¡Qué cosas tienes!... Verás cómo te curamos.» «Soy un animal, ladro...» escribí. Iba á decir que entre las tres me habían puesto así, la una por no quererme, y las otras dos por quererme demasiado; pero me faltó el pulso, y sólo pude escribir en un garabato: «Tú... culpa...» Leyólo un tanto indignada y rompió el papel, guardándose los pedazos.
¡Cómo podría yo pintar aquel inmenso tedio mío, y la pena de verme medio muerto, inmóvil, y de considerar que nunca más volvería á ser el hombre que fuí! En tal extremidad, la esperanza de la muerte venía á ser el único consuelo, y por fomentarla en mí resistíme á tomar las medicinas que recetaba Miquis. Administrábame revulsivos y enérgicos derivativos; y para que mi semejanza con un perro fuera mayor, dábame la estricnina. Pensé decirle por escrito que me diera de una vez la morcilla, para hacerme reventar. ¡Terrible trance verme en tanta miseria, rodeado de todas las prosas de la vida humana, no pudiendo valerme sin ajeno auxilio! Ramón y Constantino me movían de aquí para allí, cargándome como á un leño, y haciendo conmigo lo que las madres de más abnegación hacen con un pobre niño sucio, incapacitado é irresponsable. Admiraba yo la caridad de entrambos, y mayormente la de Constantino, que no tenía obligación de hacerlo, y lo hacía por pura lástima de mí. Dios se lo pagaría. Yo vivía, si vivir era aquello, en plena inmundicia, sintiendo un asco de mí mismo que no es comparable á nada. Era la conciencia física que me acusaba en aquella forma tan grosera como expresiva. Y aquel noble mancebo á quien yo había ofendido gravemente, hiriéndole en su opinión si no en su honor, era quien con más gallardía cuidaba de mí, afrontando aquellas repugnancias con ese valor de sentidos que no es menos meritorio que el nervioso valor llamado bravura ó heroísmo. ¿Por qué lo hizo? Porque le salía de dentro sin duda, y era vengativo á estilo de Jesucristo. Su mujer le incitaba también á ello con cristiano entusiasmo. Ya no podían temer que yo les deshonrara; yo era una cosa más bien que una persona, un pobre animal moribundo que ladraba, pero que ya no podía morder. Poco más viviría, á juicio de ellos. Su compasión, por tal motivo, me daba el golpe de gracia.
¡Y cómo me acordé, al verme en tales podredumbres, hecho una plasta asquerosa, de la enfermedad de Eloísa, de su horror á la fealdad y de sus esfuerzos por buscar _postura_ bonita en su muladar! ¿Qué discurriría yo para hacerme el interesante en tan prosáico estado? ¿Qué arbitrios de coquetería morbosa y fúnebre inventaría para dar poético giro á mi situación, como cuando á ella se le ocurrió aquello del tul, que referido en su lugar queda? Nada, nada: mi calamidad pedestre é inmunda no tenía compostura posible. Para mayor desgracia se me había torcido la boca, y esto me causaba tal horror, que no me atreví á pedir un espejo para mirarme. La lengua no funcionaba: érame difícil pegar la punta de ella á la arcada dentaria superior, y de aquí que no pudiera pronunciar algunas consonantes. La deglución érame también algo difícil, y por esto... me repugna decirlo; pero violentándome lo diré para que lo sepáis todo: ¡se me caía la baba!
Mandó Augusto que me levantaran y me pusieran en un sillón, donde estaría mejor que en la cama. Entre Constantino y mi criado me vistieron como se viste á un muerto, y me sentaron, rodeado de mantas y almohadas. Debía de asemejarme, en mi inmovilidad, á una de esas figuras egipcias que parecen estar esperando la conclusión de lo infinito por la rígida paciencia con que sentadas están. A veces de mi boca caían hilos gelatinosos sobre mis manos cruzadas sobre el vientre. Entonces Constantino, ¡oh angelón incomparable! daba algunos pasos hacia mí, y con un pañuelo me limpiaba.
Si en esto de la asistencia tenía yo tanto que agradecer al marido de Camila, en otra clase de auxilios Severiano era mi hombre. Sin él no sé qué habría sido de mí, porque se constituyó en guardián de mis intereses, y tomó muy á pechos todo lo concerniente á los negocios míos, que habían quedado en suspenso el día de mi enfermedad. Él y Medina llevaban adelante con la mayor energía la acción judicial contra Torres y Samaniego. Ignorábase el paradero de Torres. El agente daba la cara, ofreciéndose también como víctima, y se prestaba á remediar el daño hasta donde alcanzaran sus fuerzas. Halléme en las peores condiciones para alcanzar justicia, pues antes que yo habían de cobrar los que, como Cristóbal, tenían la garantía legal de la publicación. Severiano consiguió que el Juzgado embargase la casa de la Ronda; pero he aquí que el contratista de la obra se echó encima de la finca, probando que no se le había pagado más que uno de los plazos de la construcción. En fin, que primero cobraría el contratista; después Medina, y luego Llorente, yo y los demás, si algo quedaba. De todo esto me informaba Severiano, atenuando lo desagradable, y dándome esperanzas que yo no podía tener. Todo iba mal, muy mal para mí, como veréis por lo que sigue.
A los cinco días del ataque noté alguna mejoría en el uso de la preciosa facultad de hablar. Emitía las vocales sin dificultad, y algunas consonantes no me costaban trabajo. Otras, como la _te_ y la _erre_, se resistían. Nacía en mí, pues, la palabra, siguiendo el proceso ó desarrollo fonético de los niños. Educaba mi lengua como la educan ellos; mas hacíalo á solas, temeroso de parecer ridículo á los que me oyeran. Tal era mi estado, cuando Severiano vino á manifestarme que las letras que giré á cargo de mis arrendatarios de Jerez habían sido protestadas, y venían contra mí, con la añadidura de los gastos de resaca. Él hubiera querido ocultármelo y recogerlas del banquero que las tenía; pero sus tentativas para reunir el dinero eran infructuosas, y no tenía más remedio que decírmelo para que yo determinara. «¡Bonito porvenir! --pensé--. Hállome convertido en animal, y con tres pleitos sobre mí: uno contra Torres, otro contra los Hijos de Nefas y el tercero contra mis arrendatarios Manuel Roldán y su hermano. Daré poder mañana mismo para exigirles el pago. Les embargaré, les venderé hasta la última bota de vino.»
--No será difícil encontrar el dinero que necesitas hipotecando esta casa --me dijo Severiano--. Ten presente otra cosa, y es que el día 12 te vencen las letras de Tomás de la Calzada.
Estas palabras fueron como un martillazo en mi cerebro. ¿Qué tal estaría mi cabeza que se me habían borrado de ella las letras de Sevilla y hasta toda idea de que las Pastoras existiesen en el mundo? ¡Cuánto padecí en aquel momento al considerar que ni aun encontrando quien me prestase cincuenta mil duros con garantía de mi finca, podía yo conjurar la tormenta que sobre mí venía! Para pagar las letras de las Pastoras y recoger las devueltas de Jerez, necesitaba más de ochenta mil duros, y esto sin pérdida de tiempo, pues la casa tenedora de estas últimas era el _Crédito Lyonés_; y no teniendo amistad con el gerente ni con ningún consejero de ella, no podía esperar que me diesen la prórroga ó respiro que habría sido tal vez mi salvación. En estos casos las determinaciones acudían pronto á mi mente, aun hallándose, como se hallaba, enteramente desquiciada.
--Vete corriendo á ver á Medina --dije á Severiano, parte por señas, parte escribiendo y algo también con ladridos--. Es el único que puede... Veamos si quiere darme... cincuenta mil duros... Hipoteco esta casa...
III
Quedéme solo con Ramón, en la mayor ansiedad, rumiando mi desdicha. «¡Si al menos fuera un hombre, si al menos me obedeciera esta máquina estúpida!... --pensaba--. ¿Pero qué ha de hacer una bestia más que cocear, dar bramidos, comer el pienso y morder á alguien si la dejan?» Por más vueltas que le diera, no podría dominar el conflicto en que me hallaba; y en caso de que no encontrara un prestamista, las letras de las Pastoras se quedarían sin pagar, y yo deshonrado á los ojos de aquellas hidalgas personas. La aflicción que esto me produjo superaba al sentimiento y pesadumbre hondísima de mi enfermedad. Habría dado yo el lado derecho, que aún tenía vivo, por poder cumplir en aquel caso con lo que exigían mi honor y la altísima consideración que á las amigas de mi madre debía. «¡Pobres señoras, qué pensarán de mí! Dirán, y con razón, que me he comido su fortuna... No: esto no será, aunque tenga que vender la camisa. Aún puedo negociar los créditos á mi favor, aunque sea con pérdida de un cincuenta por ciento. Me quedaré sin un real y en situación de pedir limosna como esos infelices lisiados que se arrastran por los caminos; pero las Pastoras cobrarán... ¡pues no han de cobrar!...»
Y la maliciosa ironía de mi destino saltaba dentro de mí apuntándome la negativa: «No cobrarán; las dejarás en la miseria, y ambas serán los fantasmas que te persigan y te atormenten en tus últimos días. Porque Nefas no te pagará; de los Roldanes no verás un cuarto, y como no pleitees con Severiano, despídete de la hipoteca de las _Mezquitillas_... ¡Pobres inglesas! ¡Caer en la miseria al fin de su vida, sin más culpa que haberse fiado de tí, creyéndote persona formal!... En esta horrible situación de animalidad en que te han puesto tus vicios, mal hombre, te revolcarás impotente sin hallar consuelo en ninguna postura; y cuando te vuelvas de este lado, verás á la Morris dando lecciones de inglés para ganar la vida, ¡infeliz señora, anciana, medio ciega! y cuando te vuelvas del otro lado, verás á la Pastor pintando un cuadrito bucólico moral para rifarlo entre la colonia jerezana y malagueña de Madrid, á fin de sacar algunos reales con que atender al sustento. Y se llegarán á tí y te rascarán con la punta del palo de la sombrilla, porque tendrán lástima de tu padecer... Y aun te lavarán la jeta, que tendrás sucia de hocicar en la artesa en que se te echa la comida, porque no podrás ni sabrás comer con las manos como los hombres... Y aun te aflojarán la cuerda que se te ponga al pescuezo para que no te escapes; porque sábete que vas á ser animal dañino que correrás tras las mujeres y los niños para morderles... Y cortarán hojas verdes y frescas para ponértelas en el lomo y defenderte de las moscas... Porque ellas, en su pobreza, seguirán siendo las personas más cristianas del mundo, y vencerán su asco para compadecerte, y se impondrán el sacrificio de mirarte, como una penitencia de la falta enorme de haber confiado en tí.»
Así pensaba yo, y sudores de angustia me corrían por la cara abajo. Entró Camila á darme de comer, y aunque yo no tenía tranquilidad para nada mientras no viniese Severiano con buenas noticias, consagréme á la función aquélla con verdadero gusto, no sólo por ser mi prima quien me auxiliaba, sino porque de todo mi organismo sensorio, el único apetito que permanecía vivo era el que preside á la asimilación de los alimentos.
Y había que ver el cuidado con que mi borriquita, después de ponerme una servilleta por babero, me llevaba la cuchara á la boca ó el tenedor con los pedazos de carne, haciendo con sus morros, por instinto imitativo, contracciones iguales á las que yo hacía. A pesar del esmero que ella ponía en esta operación, yo, he de decirlo claramente, no comía con limpieza. Faltábame flexibilidad en los labios, y por mucho cuidado que tuviera para no dejar caer nada de la boca, algo se me caía siempre. Erame forzoso poner mucha pausa en aquel acto para estar en él lo menos desagradable á la vista que me fuera posible. ¡Qué lástima tan profunda se pintaba en el rostro de ella! Yo quería que mis ojos expresasen lo contrario de lo que se desprendía de aquella bestialidad grosera, y no sé si lo pude conseguir. Creo que no. Mis ojos no podían expresar más que el estupor del idiota y los anhelos de una gula repugnante. «Acuérdate, Camila --le decía yo con el pensamiento--, de cómo te quiso este cerdo cuando era hombre.»
No había yo concluído de devorar cuando entró Severiano. En la cara le conocí que me traía buenas noticias. «Si Medina no quiere arreglarlo --me dijo--, otro lo hará. Es un buen negocio... Tu casa vale más del millón. A Medina le he encontrado indeciso, con ganas de servirte, mas con poco dinero disponible por el momento; y como la cosa urge... Pero descuida, que ya se arreglará. ¿Y lo que falta luego para pagar las letras de Sevilla?... Hay que tener confianza en la Providencia, que no es tan perra como dicen.»