Lo prohibido (novela completa)

Part 36

Chapter 364,027 wordsPublic domain

El 1.º de Julio, día de liquidación, fuí al Bolsín, en donde me encontré á Medina, que hablaba con Cecilio Llorente con cierto misterio. Mandáronme que me acercara, y á las primeras palabras que les oí vislumbré que no estaban tranquilos. El cobrador de Torres, un tal Rojas, no parecía; pero lo más grave era que tampoco estaba Samaniego, nuestro agente.

--¿Quién liquida por Torres? --gritó Llorente con todo el registro de su gruesa voz.

Silencio en las mesas. Al fin vimos llegar á Samaniego, el cual, por más que quiso disimularlo, traía en su rostro algo que no nos gustó. Díjonos que había visto á Torres la noche antes, y que no se había mostrado muy inquieto por las dificultades de su liquidación.

--Liquidará pasado mañana, lunes ó el martes --aseguró al cabo--. Lo tengo por indudable. Es que le coge una porción de millones de reales, y por bien que le vaya, siempre necesita un día ó dos para prepararse.

Por la tarde vino Medina á mi casa, y me dijo que estuvo en la de Torres y que había observado allí algo de tapujo. El criado no quiso abrirle, diciendo por el ventanillo que su señor había salido. Por fin abrieron, y la señora tampoco estaba en casa.

--Es raro --observó Cristóbal pensativo--, porque en ocasiones semejantes Gonzalete ha sabido dar la cara y pedir las prórrogas con la frente alta.

Acordéme de que mi operación no había sido publicada (era la primera que hacía en estas condiciones de informalidad), y me corrió un poco de frío por el espinazo. Mis distracciones, mis chocheces, la exaltación enfermiza de mis pensamientos amorosos, tenían la culpa de aquel lance. «Esto sólo le pasa á un anémico», fué lo primero que se me ocurrió. Pero aún esperaba una solución feliz, pues si en asuntos del corazón dominaba en mí el más negro pesimismo, en negocios era cada vez más optimista y todo lo veía transparente y rosado. Tranquilicé á Medina; pero él no las tenía todas consigo.

Y por fin saliste de la serie tenebrosa del tiempo, día 2 de Julio, el más horrible y ceñudo de los días nacidos, á pesar de decorarte con toda la gala de la luz y cielo de Madrid. Me acuerdo que fué uno de esos días en que esta Corte parece que despide centellas de sus techos, de sus agudos pararrayos, de las regadas berroqueñas de su suelo, de los faroles de sus calles, de las vitrinas de sus tiendas, y de los siempre alegres ojos de sus habitantes. Salí de mañana á dar una vuelta por el Retiro y á ver el vigoroso claro-obscuro de aquellos árboles cuyo verde intenso parece que azulea, á mirar este cielo que de tan azul parece un poco verde. Quise recrearme en aquella placidez matutina, oyendo los toques de misa, que suenan como altercado aéreo entre torre y torre, disputándose los fieles; viendo á las devotas madrugadoras que de las iglesias salen con su librito en una mano y en otra las violetas ó rosas que han comprado en la puerta; atendiendo al vocear soez y pintoresco de los vendedores ambulantes. Cuando regresé, ya se oían algunos de esos pianos de manubrio que son la más bonita cosa que ha inventado la vagancia. Dan á Madrid la animación de una tertulia ó baile de cursis, en que todo es bulla, confianza, ilusión juvenil, compás de habaneras y polkas, sin que falten tactos atrevidos y equívocos picantes. Estos pianos, el toque de las esquilas eclesiásticas, que tañen todos los días y los domingos atruenan; el ir y venir de gente que no hace más que pasear, y otros mil perfiles característicos de un pueblo en que toda la semana es domingo, eran para mí la expresión externa del vivir al día y de esa bendita ignorancia del mañana sin la cual no hay felicidad que sea verdadera.

Y en aquel caso el mañana era para mí de importancia grandísima. A pesar de los pesares, no estaba yo muy inquieto y confiaba en que liquidaríamos pronto sin dificultad. Habíame sentado tan bien el paseo, que hasta apetito tenía, cosa muy rara en mí. Pero cuando entré en mi casa, ¡Dios mío lo que me esperaba! Era María Juana, desconcertada, impaciente. Encontrémela en mi gabinete, y desde que la ví, entróme un miedo que no sé definir. Echóme los brazos al cuello, y me apretó mucho. Sus labios estaban secos, su frente parecía una placa de bruñido marfil, su voz temblaba al decirme:

--Me vas á probar ahora que eres valiente.

--¿Y cómo? --le pregunté sin serlo, pues se me abatieron los ánimos.

--Soportando la mala noticia que te voy á dar. No he querido que lo supieras por otro conducto... Quería yo darte esta prueba de amistad, y que me vieras compartiendo tu desgracia... Aún hay esperanzas; aún puede ser...

--Dímelo de una vez... No me mates á fuego lento. Ese...

--Lo has adivinado... ¡Ah! Se me figura que en mi frente traigo escrito: _Torres_... Es un trasto. Anoche ha desaparecido de Madrid.

Declaro sin vanidad que no me quedé tan aterrado como parecía natural. Recibí sereno el golpe, y no ví la cosa enteramente perdida.

--Pero hay de qué echar mano. Tiene fincas...

--¡Ay! ¿Tu operación fué publicada? Creo que no. La de Medina sí. ¿En qué estabas pensando? Las pérdidas de Medina no son grandes, y él espera sacar algo. Tú pleitearás... ya sabes lo que son los pleitos.

Al oir esta palabra fatídica, _pleito_, fué cuando me sentí realmente acobardado. Se me arrugó el corazón y pasóme un velo negro por delante de los ojos. Me senté. Mi prima me puso su mano blanda en la frente, y se lo agradecí de veras, porque recibí en ello un gran consuelo.

--Hay que llevarlo con paciencia --dije besándole la mano--. Estas son las resultas de... Cabeza trastornada, bolsa escurrida... Hija mía, el amor es muy mal negociante.

--Todavía, todavía no debes darte por perdido en este asunto --dijo ella interesándose vivamente por mí--. ¿Cuánto das tú por diferencias?

--Unos ciento cuarenta mil duros.

--¿Cuánto te tenía que dar Torres á tí?

--Espelúznate... ¡Doscientos mil!

Después que estas dos cifras vibraron en el aire, hubo un largo y lúgubre silencio, durante el cual las cifras parecían seguir vibrando. ¡Oh, Dios! todas mis aritméticas habían venido á parar en aquel cataclismo... y los números ¡ay! eran el alfanje que me segaba el cuello.

María Juana, compadecida, no quería dejarme entregado á la desesperación, y acompañando sus palabras de entrañables caricias, me dijo:

--Ahora vendrás conmigo... no quiero dejarte solo. Cristóbal te espera; él me mandó que viniera á darte la noticia, y que te llevara á casa para acordar entre los dos lo que debéis hacer. También irá Cecilio Llorente, que coge el cielo con las manos.

--¿Pero estás tú segura de que Torres ha desaparecido, ó es suposición...?

--¡Ah! hijo mío, sobre ese particular no tengas duda. La pobre Paca ha estado en casa llorando como una Magdalena. ¡Infeliz mujer! Gonzalete escribió una carta en que dice que no puede pagar. Sólo ha dejado unas pocas _Cubas_, un talonario del Banco y lo que había en la casa...

--No le dejaremos ni una astilla...

--¡Oh! --exclamó María sin poder evitar que una chispa de júbilo cruzara por su rostro--, lo que es ahora el espejo biselado irá _pian pianino_ caminito de mi sala... Vámonos, vámonos; serénate, y se procurará que el mal, ya que no pueda evitarse, sea la menor cantidad de mal posible. La vida humana tiene estas caídas; pero también ofrece grandes consuelos donde menos se espera. Yo no soy pesimista; creo en las reparaciones providenciales, y al dolor lo tengo por una sombra. ¿Existiría si no existiera luz?

Tanta sabiduría me habría quizás entusiasmado en otra ocasión. En aquélla, tristísima, sonaba en mis oídos como el ruido de una lluvia importuna, de esas lluvias que se inician cuando vamos muy bien vestidos por la calle, y además hacen la gracia de cogernos sin paraguas.

VI

Todo lo que hablamos aquel día Medina, Llorente y yo, subsiste en mis recuerdos de un modo caótico. Imposible determinarlo ahora. Sólo puedo sacar de aquella nebulosa jirones sueltos, palabras é ideas desgarradas, con las cuales me sería difícil componer un inteligible discurso... Samaniego, la fianza de Samaniego... ¿En dónde estaba Samaniego?... ¿Huído también?... Acción judicial... unas operaciones publicadas, y otras no... la casa de la Ronda... Si Torres se presentaba, esperanzas de arreglo, aunque todos renunciáramos á la mitad de nuestro crédito; si no... ¡Ah! Gonzalete no podía acabar en bien... Y vuelta á la casa de la Ronda, á la fianza de Samaniego... á la honradez de Samaniego que se tenía por indudable.

Lo que sí recuerdo bien es que, como yo dijera que al día siguiente vendería mis obligaciones de Osuna, ambos me miraron, quedándose pasmados y con la boca abierta.

--¿Pero no vendió usted sus Osunas? --gritó Medina persignándose--. Hijo mío, ahora sí que ha hecho usted un pan como unas hostias.

Volví á sentir el frío aquél por el espinazo.

--Pero usted está ido, amigo mío --observó Llorente--; permítame que se lo diga.

--Esta es la más negra --murmuró Medina, rascándose la oreja--. ¿Pero no le dije á usted?...

--Perdone usted: á mí nadie me ha dicho nada.

--Perdone usted...

--Hombre, que no.

--¡Dale! Se lo dije á usted el mes pasado, yendo juntos á Bolsa en mi coche. Se lo volví á decir el jueves por la noche, cuando me le encontré en la calle del Arenal en compañía de mi suegro y su hermano Serafín. Le llamé á usted aparte y le dije: «Venda sin perder un momento las Osunas... corren malos vientos.»

En efecto: vino á mi memoria el hecho que Medina afirmaba. Me lo había dicho, sí; pero yo, completamente ido, según ellos, y con el cerebro como una jaula, de la cual se me escapaban las ideas en figura de mosquitos, no había vuelto á pensar en semejante cosa.

--¿Pero qué hay con las Osunas?... --pregunté ansioso.

--Ahí es nada: un bajón horrible.

--Ayer las ofrecían á 55, y nadie las quería.

--Mañana las darán á 30, y será lo mismo.

--¿Pero qué hay?

--Un lío de mil demonios. Que ha desaparecido de la noche á la mañana la garantía territorial. ¡Ay, Jesús, qué hombre éste! Hace días se empezó á susurrar; pero hoy lo sabe todo el mundo. ¿No ha ido usted esta semana al escritorio de Trujillo?

--No.

--¿Ni al Bolsín?

--Tampoco.

--¿Ni al Círculo de la Unión Mercantil?

--Tampoco.

--Pues entonces, ¿á dónde ha ido usted, hombre de Dios, y qué ha sido de su vida?

Dióme vergüenza de contestar la verdad, que era ésta: «He estado en la Casa de Fieras del Retiro, en el relevo de la guardia de Palacio, y por las calles viendo subir sillares á las casas en construcción.» El maldito amor habíame trastornado el seso, sembrando en mi cerebro un berenjenal. Las berzas del idiotismo, no las flores de la exaltación poética, eran lo que en mi caletre nacía. Cuando me retiré de allí, deseando la soledad para entregarme á la meditación de mi desgracia, para chocar alguna idea con otra y sacar un poco de luz, María Juana salió á despedirme, y me secreteó esto, cariñosamente consternada:

--Pero tú estás sorbido... ¿no te acuerdas? El viernes, cuando nos vimos, ¿sabes?... te dije que vendieras las Osunas si las tenías... Yo había oído ciertas conversaciones. ¿Es posible que no te hicieras cargo? ¿Qué grillera tienes dentro de esa cabeza?

--No sé... déjame... creo que estoy loco.

--¿Pero no lo recuerdas?

--Sí: me acuerdo y no me acuerdo... No sé... déjame... ¡Lo que á mí me sucede!...

Salí de aquella casa como alma que lleva el diablo, y me metí en la mía, zambulléndome de golpe en mi soledad, lago turbio de tristeza, miedo y desesperación. Tiempo hacía que yo apenas dormía; pero aquella noche, cosa en verdad muy extraña, apenas me arrojé sobre mi cama, vestido, quedéme dormido como un borracho. Ello debió durar una hora nada más; fué sueño estúpido, sedación repentina y enérgica de los encabritados nervios. Luego desperté como quien no había de volver á dormir en toda su vida. ¡Despierto para siempre! Tal fué la sensación de mi cerebro y mis párpados. Y era temprano: las diez apenas. Oí el piano de Camila que sin duda tenía tertulia de parientes. ¡Oh, qué atroz envidia me inspiró aquella casa!... ¡Cuánto habría dado por poder subir, penetrar y decirles: «Aquí vengo á que me queráis, á que seamos buenos amigos! Estoy arruinado, solo, triste, y necesito calor de amistad. No os haré daño alguno, no turbaré vuestra paz; seré juicioso, con tal que me dejéis sentarme en una silla á vuestro lado y miraros...» Porque me pasaba una cosa muy extraña. Desde que me entraron las chocheces, les quería á los dos: á Camila como siempre, con exaltado amor; á Constantino con no sé qué singular cariño entre amistoso y fraternal. Los dos me interesaban... Deseaba con toda mi alma hacer las paces con ellos, y arrimarme al fuego de su sencillo hogar, lo más digno de admiración que hasta entonces había visto yo en el mundo.

Lo mismo fué cesar el piano que ponerme yo á hacer la liquidación de mi fortuna, paseo arriba, paseo abajo. Al separarme de Eloísa, mis nueve millones de reales habían quedado reducidos á menos de siete. Las ganancias de Enero y Febrero me habían redondeado los siete y un poco más. Pero luego la quiebra de Nefas me dejaba en los seis y medio. Por fin, la catástrofe de fin de Junio hacíame perder, por la mala fe de un truhán, cuatro millones de ganancia; y como yo tenía que dar, por mis diferencias, ciento cuarenta mil duros, si Torres no me pagaba, esta suma era mi pérdida efectiva. Porque yo no había de tomar las de Villadiego, como el otro, dejando á mis acreedores con un palmo de narices. La depreciación de las Osunas, que tomé al tipo de 97,50, y habían descendido de golpe á 38, acababa de anonadarme. Mi activo quedaría pronto reducido exclusivamente á la casa, los créditos de Jerez y lo que había colocado tres meses antes en la hipoteca de mi amigo para cancelar sus ruinosos empréstitos.

Por la mañana, después de pasarme toda la noche sin pegar los ojos, mandé un recado á Severiano para que fuese á verme. No tardó en acudir á mi cita. Yo tenía un humor endemoniado, y le recibí con aspereza. Mas era él de tan buena pasta, que me soportó con paciencia. Pintéle mi situación, de la cual él alguna noticia tenía ya, y concluí conminándole de este modo:

--Vas á reunir todo el dinero que puedas y á traérmelo. No te pido imposibles; no te pido que me devuelvas en tres días los ochenta mil duros que te presté sobre las _Mezquitillas_. Pero búscame y facilítame lo que puedas en esta semana. Echando mano de cuanto tengo disponible, no me basta para saldar mi liquidación. He de pagar además dos letras de Tomás de la Calzada, que acepté el viernes, y que me vencen á los quince días. Es el dinero de las Pastoras... ¿Con que has oído? ¿Cuánto me puedes dar?

--Nada --replicó con lacónica serenidad, sin inmutarse.

--¡Y lo dices con esa calma! Severiano, tú tomas esto como cosa de juego. ¿No me ves con el agua al cuello?

--A mí me llega á la coronilla --díjome con la misma pachorra, señalando lo más alto de su cabeza.

--¿No tienes quien te preste?

--¡Yo! --exclamó con el acento que se da á lo inverosímil--. ¡Yo quien me preste!...

--Pues nada, como quiera que sea, tienes que buscarme dinero. Empeña la camisa.

--La tengo empeñada --replicóme con cierto estoicismo de buena sombra.

--Vamos, no bromees... mira que... Vende tus caballos.

--Los he vendido... Hace tres días que estoy saliendo en los de Villamejor.

--Pues vende las _Mezquitillas_... Véndelas. Yo necesito mi dinero.

--Estás turulato. Tratamos por cinco años.

--Es verdad; pero tú, viéndome como me ves, debes sacarme de este atolladero, poniendo en venta la finca. Villamejor te la compra.

--Pero no me da sino cuatro millones de reales, y vale siete... No pienses por ahora en eso.

--Pues tú verás lo que tienes que hacer --chillé exaltándome--. Es forzoso que vengas en mi auxilio. ¿No tienes siquiera medio de reunir doce, quince, diez y ocho mil duros?

Echóse á reir. Yo estaba volado, con ganas de darle de bofetones y echarle á puntapiés.

--Pero ven acá, perdido, ladrón --le dije cogiéndole por las solapas--. ¿Qué has hecho de tu patrimonio?... ¿En qué gastas tú el dinero? ¿Es que lo tiras á puñados á la calle, ó qué haces?

Enardecíame la sangre su estoicismo, que no era estudiado, sino muy natural; aquella calma filosófica y sonriente con que oía hablar de mi ruina y de la suya. Le ví sentarse, cruzar una pierna sobre otra, encender un cigarro. Y entonces se explayó y me hizo la pintura de su catástrofe y de las causas de ella, concretando y detallando los hechos con un análisis sereno y flemático que me dejó pasmado. Y la causa madre no necesitaba él declararla para que yo la supiese. Era la _señora_, aquel voraz apetito que estaba dispuesto á tragarse todas las fortunas que se le pusieran delante y á digerirlas, quedándose dispuesto para una nueva merienda. ¡Ay, qué _señora_ aquélla! Su colección de piedras preciosas era hermosísima. Los brillantes sirviéronle de aperitivo para comerle á Severiano seis casas de Sevilla y Jerez, y su participación en la mina _Excelsa_ de Linares. Para que se vea el extremo de ignominia á que hubo de llegar mi amigo con su ceguera estúpida, su vanidad y su lascivia, diré que no sólo sostenía la casa aquélla en su organización pública y regular, sino que tenía que atender á los despilfarros del marido. Cuando éste necesitaba dinero, poníase tan pesado que su mujer se veía en el caso de pedir billetes á Severiano y dárselos al otro para que fuera á gastárselos con mozas del partido en el _Cielo de Andalucía_.

--¿Pero es posible --le dije clamando como si tuviera en mí la autoridad de la religión y la justicia--, que hayas sido tan imbécil...? ¿Qué hay dentro de esa cabeza, sesos ó serrín?

--¡Y tú me predicas... tú!... --objetó echándose á reir.

--Hombre --repliqué algo desconcertado--, yo he hecho tonterías... pero no tantas...

--Has hecho más, más; y lo verás prácticamente, porque yo me he salvado y tú no.

--¿Qué quieres decir?

--Que yo, al verme en medio de la mar salada, ahogándome, he tropezado con una tabla y me he agarrado á ella, mientras que tú...

No comprendí al pronto qué tabla podía ser aquélla.

--No tengas cuidado ninguno por la hipoteca de las _Mezquitillas_. Dentro de unos meses te daré tu dinero, duro sobre duro...

--¡Ah, pillo!... te casas con alguna rica.

Echóse á reir y me dijo:

--Es un secreto. No me hagas preguntas.

--Y la otra, ¿lleva con paciencia tu esquinazo?

--¿Y qué remedio tiene?... --me dijo alzando los hombros y riéndose tanto, tanto, que yo también me reí un poco.

--La verdad es --observé con sinceridad que me salía de lo mejor del alma--, la verdad es que somos unos grandes majaderos.

--Lo somos tanto --afirmó él entusiasmándose-- que nos debían vestir con roponcito y chichonera, ponernos en la mano un sonajero y echarnos á paseo llevados de la mano por una niñera... Es lo que nos cuadra. Los bebés tienen más sentido que nosotros. Pero ¡ay! yo aprendí ya; tú eres el que no quiere abrir los ojos.

VII

Demasiado abiertos los tenía á la realidad espantable de mi ruina, para ver otra cosa que ésta no fuese. Reiteré la urgencia de que me buscase dinero, y él insistió en la imposibilidad de hacerlo, dándome algunos detalles que me lo probaron bien. La complicación de sus trampas y la menudencia de algunas de ellas era tal, que sólo el _Saca-mantecas_ podía ponérsele en parangón por aquel importante concepto.

--Con decirte --me susurró al oído con cierta vergüenza-- que estoy dando sablazos de diez duros, y que anoche me salvó de un conflicto... cáete de espaldas... te lo digo para que te partas de risa... ¿Quién creerás? Tu primo Raimundo.

No me partí de risa: lo que hice fué ver con colores más negros mi situación.

--Bien puedes ir ahora mismo á ver á Villalonga y decirle que si no me paga esta semana los ocho mil duros que me debe, le llevo á los tribunales.

--Pues ya puedes irle llevando, porque no tiene una mota.

--Que la busque...

--Ese es otro que tal... También la _señora_...

--Más bien _las_... Ese las tiene por gruesas...

Y corrió en busca de Villalonga, el cual vino á ofrecérseme para todo aquello que no fuese dar dinero. En cuanto á buscarlo por cuenta mía, ya era otra cosa. Los tres se pusieron á mis órdenes, incapaces de servirme de otro modo por la gran crujía que estaban pasando. «¡A pagar!» fué mi idea fija en aquel día y los siguientes. Todos los valores que yo tenía no me bastaron, y hube de negociar unas letras á cargo de mis acreedores de Jerez. Además de lo que tenía comprometido en la quiebra de Nefas, mis arrendatarios y los compradores de mis existencias me debían aún más de treinta mil duros. Por fin pagué, y quedéme tan ancho, la conciencia en paz, el ánimo herido de profunda aflicción. Tras ella vino un fenómeno singular, odio cordial á todos mis amigos, conocidos y parientes. Entróme como un furor antihumanitario, ganas de reñir con cuantas personas me habían rodeado en aquellos turbulentos años de Madrid. Sólo dos seres se exceptuaban de esta horrible, encarnizada animadversión. Pero los demás, ¡María Santísima! ¡qué aborrecimiento y ojeriza me inspiraban! Sólo la idea de que Eloísa ó María Juana irían á visitarme, infundíame el deseo instintivo de coger un palo y esperarlas detrás de la puerta para descargárselo encima cuando entraran. A mi tío me le encontré en la Puerta del Sol, y echóme el brazo por el hombro. Me desasí con grosería, y eché á correr diciendo:

--Viejo loco, vete al Limbo y déjame en paz.

Raimundo se me presentó en casa el miércoles por la mañana, y yo mismo le puse en la calle, gritando:

--Perdido, lárgate de aquí y no vuelvas más. No quiero verte, ni á tí ni á ninguno de tu pícara casta.

A Ramón encargué que si iba la señorita María Juana ó el señor de Medina, les dijera que yo no estaba en casa, ni en Madrid, ni en el mundo... ¡Y los que yo quería ver no llamaban á mi puerta ni hacían caso de mí! ¿Por ventura ignoraban mi desdicha? El jueves, al salir del Banco, ví á Constantino que salía con un amigo del café de Santo Tomás. Miróme y le miré. Yo no llevaba el revólver: si en aquel momento se llega á mí y me acomete, me dejo pegar. Yo no tenía fuerzas ni para darle un pellizco que le pudiera doler. Pero su mirada no parecía muy hostil. Miréle con sincera amistad, y con voces de mi alma le dije:

--Ven acá, fiera, y estréchame la mano; ven y llévame á tu cueva, donde viven los únicos seres que respeto y admiro. Quiero arrodillarme delante de tu mujer y decirle que la adoro como se adora á los seres divinos, aunque se lo tenga que decir con permiso tuyo y para tu conocimiento y satisfacción...

Pero el bruto no vino hacia mí. De buena gana habría yo ido hacia él. Cuando quise hacerlo, ya le había perdido de vista. Viéndome tan solo, tan aburrido, atormentado por la necesidad de encontrar calor de vida espiritual en algún sitio, me dije aquella tarde: «Suceda lo que quiera, yo subo. Si me reciben, porque me reciben; si me tiran por las escaleras abajo, porque me tiran. No puedo vivir así, con este negro vacío en mi alma y este afán de que alguien me quiera.»

Los dos, he de repetirlo, mujer y marido, me interesaban sin saber por qué, y yo anhelaba ser amigo de entrambos, pero amigo leal... ¡Oh! no me creerían cuando esto les dijese. Y si se lo decía mucho y con esa ingenuidad elocuente que sale del corazón, ¿por qué no me habían de creer? Lo intentaría al menos.

Subí por la tarde. El corazón me palpitaba con tanta fuerza, que no tuve aliento ni para preguntar á la criada que me abrió si estaban sus amos. La criada no me entendía; repetí mi frase. Constantino salió al pasillo, y oí su voz enérgica que dijo:

--Cierre usted la puerta.