Lo prohibido (novela completa)

Part 35

Chapter 354,034 wordsPublic domain

Felizmente, de estas abominaciones, producto momentáneo de estados instintivos en que casi se pierde la responsabilidad, arrepentíame yo pronto, conociendo y condenando mi propia infamia. Desde aquel día mi desatino tomó ya proporciones aterradoras. Todas las locuras que yo había hecho antes y que puntualmente quedan referidas, eran razonables en comparación de las que hice después. ¡Qué días aquéllos en que Raimundo se me representaba como un modelo de cordura, asiento y respetabilidad! Se me iba la cabeza; se me desvanecía la memoria; olvidábame hasta de las cosas más importantes, y de nombres y cifras que me interesaban grandemente. Unas veces no podía apartar del pensamiento la idea de mi próxima muerte, y la deseaba; otras entrábame un flujo tal de proyectos, que me volvía tarumba, dándoles vueltas de noche en mi cerebro, mientras mi cuerpo las daba en la cama, sin poder gustar ni un sorbo de sueño. Entre estos proyectos los había financieros y amorosos, todos girando sobre el eje de mi desesperada pasión por Camila. Completamente ebrio, me decía: «La época de las barbaridades ha llegado. La sorprendo, la robo, la amarro, la meto en un coche y me voy á América... Enveneno á Constantino, ó le asesino por la espalda, ó le emparedo...» Estos disparates eran los puntos rojizos que estrellaban la negra bóveda de mis insomnios. Por las mañanas, el más insignificante suceso me producía fuertes emociones, ora dulces, ora amargas. Ver subir á la criada de los Miquis con la cesta de la compra bien repleta, me hacía cosquillas en el espíritu. Oir desde mi casa el piano del tercero, me ponía en estado de echarme á llorar. Por las noches, cuando entraba en casa, observaba si había luz en la de ellos. Si salían, me clavaba en mi balcón hasta que les veía perderse en las sombras de la calle ó meterse en el Rippert.

Aunque no les visitaba, ni podía intentarlo después que tan ignominiosamente me echaron de su casa, á mí llegaban noticias suyas por diferentes conductos. El mismo Augusto Miquis, á quien llamé para consultarle como médico, me solía decir cosas que me interesaban profundamente. Ambos consortes estaban furiosos contra mí. Para Constantino era yo un traidor infame, ladrón de ganzúa, no de puñal, que es más noble. Tras horrorosas dudas, el pobrecillo había recobrado la fe ciega en su mujer; pero la acusaba de haber hecho misterio de mis solapados ataques. Camila había callado por prudencia. Conociendo el genio pronto, la brutalidad pueril y las exaltaciones justicieras de su marido, temía el escándalo y los disgustos consiguientes.

--Constantino es un inocentón macizo --me dijo Miquis--; no tiene idea del mal; hay que metérselo por los ojos para que lo vea. De niño era ridículo por sus ingenuidades; adolescente, no servía para nada. A golpes se consiguió de él que siguiese una carrera. Se casó cuando su propia candidez le encenagaba en los vicios de la tontería, esos vicios que no dañan el alma y son como la suciedad, que con el agua se limpia. Camila le ha lavado, y hoy es todo oro de ley, mal labrado, pero fino. En su trato hay que evitar los encontronazos, porque tiene unos ángulos que cortan. Es un bloque de honradez y nobleza, con nociones radicalísimas y cardinales del bien y el mal. No entiende de medias tintas, ni de componendas, ni de estira y afloja. Para él, lo que no es superior es ínfimo; moral bárbara si se quiere; pero yo pregunto: ¿no es ésta la moral de los tiempos en que los hombres supieron hacer cosas grandes, que no se hacen ahora?... Usted era antes para él el mejor de los amigos; ahora es una víbora, un animal venenoso. Mi hermano no transige: su tosquedad le mantiene un tanto alejado de la región de las ideas, y me alegro, porque si se le antojara tenerlas políticas, sería ó el socialista más fogoso ó el carcunda más feroz. Yo procuro traerle á los términos medios; pero es inútil. Es que no sabe, no puede; su inteligencia no percibe sino lo gordo, lo elemental, la pepita nativa de las ideas. Sus sentimientos son lo mismo: siente mucho y fuerte, como los niños y los poetas primitivos.

Por otras conversaciones que con Augusto tuve, comprendí que Camila no había podido quitarle á su asno de la cabeza aquello de darme una pateadura en público. Sí: era preciso que mi traición no quedase sin castigo. Nada de duelo, que es una papa. Bofetada limpia y palos. Yo no merecía ser tratado de otro modo. Y era indudable que Camila estaba disgustada. Aquella contienda sobre si yo debía ser apaleado ó no, fué la primer desavenencia de su hogar. Severiano también me habló de esto seriamente, recomendándome que tuviese cuidado. Y entonces todo lo varonil resurgía en mí, y hacía yo propósito de enseñar á aquel bruto cómo arreglan los caballeros sus cuentas de honor.

Pero como él era un Hércules y yo me había quedado sin fuerzas para estrangular á un pollo, debía prepararme á resistir su agresión por los medios más adecuados, haciéndome acompañar de un buen revólver. En cuanto le viera venir á mí con ademanes hostiles, le metía seis balas en el cuerpo, y á vivir.

Transcurrían días; yo me le encontraba algunas veces en el portal ó en la calle, y pasaba junto á mí sin mirarme. ¿Por qué no me atacaba? Por María Juana supe que no quería ajustarme las cuentas mientras fuera mi inquilino.

--¡Qué delicados están los tiempos! --dije--. ¿Y por qué no se muda de una vez?

Era que la casa de Torres estaba aún un poco húmeda, y esperarían á Julio. «Pues si tan largo me lo fías --pensé, metiendo el revólver en un cajón de la mesa--, no quiero llevar más este chisme peligroso.» Y no volví á sacarlo.

También entendí (todo se sabe) que la calumnia que pesaba sobre ellos les daba no pocos disgustos. A Camila le hicieron algunos desaires las de Muñoz y Nones. Medina había dicho á su mujer, tratándose de invitarla á una comida, que no quería prójimas en su casa... Por consecuencia de esto, viéronse alguna vez cargados de nubes los cielos de aquella alegría espléndida. La borriquita lloraba á ratos, sola ó delante de Constantino, y á éste le entraban tales furores de venganza, que Camila se violentaba por restablecer la paz. Eran sin duda menos felices, porque eran menos inocentes; ambos sabían algo más de la malicia humana; sin ser pecadores, habían probado las amarguras de la sospecha, la manzana apetitosa é indigerible, y de buenas á primeras se habían avergonzado de la desnudez de su inocencia. Creyeron que el mundo era esencialmente bueno, y de pronto salíamos con la patochada de que estaba lleno de picardías, de asechanzas, de trampas armadas entre las hojas verdes, de abismos revestidos de flores. Había que andar por él con mucho cuidado, midiendo las acciones, las palabras, y tapándose bien. Los antes descuidados y aturdidos habían de vivir ahora precavidísimos, atentos al más leve rumor, súbditos del inmenso y despótico imperio de la opinión.

Pues bien: todo este mal venía sobre mi propia conciencia. Pensad cuánto me lastimarían peso y dolor tan grandes, añadidos á los de mi pasión loca y al estado de desaliento en que me encontraba. No me preguntéis qué hice, en orden de negocios, en aquella cruel temporada. Fuera del préstamo gordo que hice á Severiano con garantía hipotecaria de su finca _las Mezquitillas_, ¿en qué me ocupé? Creo que yo mismo lo ignoraba, y á no ser por las consecuencias, seríame muy difícil dar aquí cuenta clara de mis operaciones. Varias veces en la Bolsa pronunciaba los sacramentales _doy_ y _tomo_, sin saber ni lo que daba ni lo que tomaba. Barragán me dijo que era preciso ponerme curador, y creo que no le faltaba razón. La liquidación de Mayo me había sido favorable, y alentado por el éxito me enfrasqué á mitad de Junio en combinaciones un tanto arriesgadas. Samaniego no pudo publicarlas, porque eran de tal cuantía mis compras, que hubiera tenido que aumentar considerablemente su fianza; mas yo no veía ya los peligros que en otras épocas viera: habíame vuelto temerario y despreocupado como los aventureros y agiotistas más audaces. Que perdía... ¿y qué? De nada me servía ya el dinero si estaba seguro de morirme pronto. Yo no tenía hijos ni herederos directos á quienes dejarlo. Si ganaba, mejor; pero el perder, que tanto me asustaba antaño, érame ya punto menos que indiferente.

Sentíame muy mal, agobiado, decaído, sin fuerzas para nada, la memoria padeciendo horribles eclipses, la inteligencia envuelta en nieblas, la palabra muy torpe. Aquel módulo que me había enseñado Raimundo para ejercitar los músculos de la lengua, se me olvidó un día. No sé pintar lo que me atormentaba el no poder recordarlo, y los esfuerzos que hice para traer á mi mente aquellas palabras que se me habían ido, como pájaros escapados de su jaula. Todo inútil: tuve que llamar á Raimundo y rogarle que me lo repitiera.

--¿Qué, hombre?...

--La matraca, hijo; la recetita aquélla del _triple trapecio_.

Y me la dijo, echando chispas, y la escribí para que no se me volviera á olvidar.

Os reiréis; pero bien comprendo que no es para menos. Abría mi correo con indiferencia, y de algunas cartas apenas me enteraba. Gran violencia de atención tuve que hacer para apechugar con una de las Pastoras; pero como en ella me hablaban de intereses, no había más remedio que tomarlo con calma. Decíanme que se les había presentado ocasión de colocar en Sevilla, con sólida garantía y muy buen interés, el dinero que habían depositado en mí para que yo lo incorporara á mis negocios. Alegréme de esto, porque me libraba de una responsabilidad más, y les contesté que dispusieran de ello cuando gustasen. Yo giraría á su orden, á menos que no tuviesen ellas proporción para hacerlo á mi cargo desde Sevilla. Respondieron á vuelta de correo que Tomás de la Calzada se encargaba de darles su dinero, girando á mi cargo. Me pareció muy bien, y liquidé con mis ilustres amigas, pasándoles extracto de la cuenta de beneficios para que el banquero de Sevilla los añadiera á la suma por que se había de hacer el giro.

A mi tío le devolví también unas quince mil pesetas que me había entregado con el mismo objeto que las Pastoras. No quería ya hacerme cargo de capitales ajenos. A Morla, de quien tenía diez mil duros, le anuncié también mi propósito de devolvérselos, y él, sintiéndolo mucho, me rogó que se los diese á Trujillo. La soledad horrible de mi vida me iba acorralando cada vez más, poniéndome fosco y encariñándome con la fea muerte. Y para que se vea qué extensiones y qué horizontes nos ofrece la miseria humana, aún encontré un hombre que parecía más desesperado que yo. Este hombre era mi tío Rafael, que ya no hablaba, ni iba de caza, y sus ojos, más que fuentes, eran una traída de aguas, y había envejecido diez años en tres meses, y estaba como chocho, con manías y mimosidades pueriles. La diátesis de familia se cebaba en él en aquella evolución postrera. Estaba _suspendido_ todo el día, y no se atrevía á salir á la calle porque el suelo era siempre poco para él. A ratos se le antojaba ser una de esas figuras de yeso que venden los italianos de _santi boniti barati_, y creía ser llevado por la calle en el borde de una tabla, mirando á dos varas de sus pies el suelo en marcha, y él quieto, siempre en la orilla de la tabla, inclinado para caerse y sin caerse nunca. ¡Qué suplicio! Su mujer le consolaba algunas veces; pero otras le reñía, enfadándose de verle dominado por una tontuna tan contraria á la razón. No hubo desde entonces en el ánimo de mi tío nada secreto para mí, ni pesadumbre que no me confiase. Se vació todo, sintiendo no poco alivio. Entre otros disgustos, el más hondo y atormentador era que aquella loca de Eloísa se había tragado lo poco que él tenía para vivir. Presentósele un día gimoteando; ofrecióle buen interés y devolución pronta, y él fué tan simple que... Por fin había logrado arrancarle una parte de la deuda y promesas del resto.

--Aquí me tienes --añadió á lágrima viva--, en el fin de mi vida, expuesto á que el día de mañana tenga que pasar por el sonrojo de pedir un asiento en la mesa de cualquiera de mis yernos... Esto después de haber trabajado como un negro durante cuarenta años... ¡Pero es mucho Madrid éste!...

Quería llevar más adelante aún sus pruebas de confianza. Levantóse del asiento para atrancar la puerta, y cuando estuvo seguro de que nadie nos oía, me dijo con voz cautelosa:

--Para que lo sepas todo, hijo... La causa de que al fin de la jornada nos encontremos tan desguarnecidos, es que esta pobre Pilar no me ha ayudado maldita cosa. Nunca supo más que gastar y gastar. ¿Ganaba yo mil? Pues ella á darse vida de mil y quinientos. Apretaba yo, y conforme me veía apretando, saltaba ella á los dos mil. De este modo, ¿qué quieres que resulte? Miseria, vejez triste, y que le mantengan á uno sus yernos poco menos que de limosna. Me preguntarás que dónde han ido á parar mis ahorros. Derrama, hijo, tu imaginación por los teatros de esta pequeña Babel, por sus tiendas, por sus increíbles y desproporcionados lujos, y encontrarás en todas partes alguna gota de mi sangre. Dirás que me faltó carácter, y te responderé que ahí está el _quid_. Es el mal madrileño; esta indolencia, esta enervación que nos lleva á ser tolerantes con las infracciones de toda ley, así moral como económica, y á no ocuparnos de nada grave, con tal que no nos falte el teatrito ó la tertulia para pasar el rato de noche, el carruajito para zarandearnos, la buena ropa para pintarla por ahí, los trapitos de novedad para que á nuestras mujeres y á nuestras hijas las llamen _elegantes y distinguidas_, y aquí paro de contar, porque no acabaría.

IV

Mi tío había perdido en los tristes meses de su rápido decaimiento algunas piezas importantes de su hermosa dentadura, y por aquéllos en mal hora abiertos portillos se le iban las _efes_, las _zetas_ y otras letras mal avenidas con la disciplina de una correcta pronunciación. Como meneaba bastante las manos al hablar, parecíame que quería coger al vuelo las letras fugitivas para traerlas á su obligación. Hechas las confidencias que acabo de mentar, ya no se paró en barras mi lacrimoso tío.

--¿La ves, la ves? --me dijo aplicando sus labios á mi oído, á punto que Pilar salía, después de pasar por delante de nosotros muy emperejilada--. A sus años, no piensa más que en componerse, y en si se _llevan_ ó no se _llevan_ tales cosas... Ya te llevaría yo derecha, si tuviese ahora veinticinco años como cuando me casé... ¿Y por qué me casé? preguntarás. Porque Pilar me tiranizó con su elegancia y sus tirabuzones á lo Adriana de Cardoville. Yo era entonces _dandy_, y te lo diré en confianza, uno de los más tontos de aquella hornada. Mi sueño era que á mi mujercita la citaran los periódicos que hablan de bailes y recepciones, y que nos cayera mucho dinero por herencia ó por negocios, para hacernos marqueses, dar bailes, tés y meter bulla... ¡Trabaje usted para esto! Los cuartos no parecen... afanes, quiero y no puedo, espíritu de imitación, y estirémonos mucho para llegar, sin llegar nunca... ¡Ay, qué vida, hijo; qué brega! ¡Hemos llegado á viejos, fatigados de tanto estirón, sin una peseta! Mi mujer no ve estas cosas; yo sí: he abierto los ojos, ¡á buenas horas! y ella continúa tan topo como siempre.

Creí ver en aquel excelente hombre algo de exaltación. Los disgustos habían quebrantado tal vez su cerebro, y todas las perradas que decía de la compañera de su vida eran demencia ó quizás chochez, estados ambos que en tales alturas no habían de tener ya remedio. Desde que esto advertí, hallaba en su compañía más agrado que en la de otras personas en el pleno uso de sus facultades. Me divertía oirle echar pestes de su matrimonio, y poner en solfa los perifollos de la pobre Pilar. Además de esto, me impulsaban hacia él la idea de que era aún más desgraciado que yo, y el deseo de consolarnos mutuamente. Debo decir, entre paréntesis, que los principios morales de mi tío eran harto endebles, y bastábame esto para comprender las consecuencias dolorosas de su falta de carácter y para hallar justificadísimas las desventuras de que se quejaba. Jamás sorprendí en él ni el más ligero vislumbre de indignación contra mí por los tratos que tuve con su hija. Esto sólo nos le traza de cuerpo entero, y sirve como para completar la pintura, hecha por él mismo, de aquella indolencia, de aquella enervación moral que habían sido los contornos más expresivos de su carácter durante una larga vida matrimonial y matritense.

Y sigo diciendo que me aficioné á la compañía de aquel buen hombre, por cierta consonancia que entre él y yo encontraba. En cada uno de los dos había una cuerda que respondía con simpáticos ecos á las ideas del otro. O ambos estábamos igualmente idos de la cabeza, ó éramos tan chocho el uno como el otro, y por ende igualmente pueriles. De esta compañía salió el consuelo para entrambos: éramos dos columnas caídas que nos dábamos mutuo apoyo. Con cualquier sandez que él contara me tendía yo de risa, y yo no tenía más que abrir la boca para verle reir á él. Yo le buscaba y él me buscaba á mí. Nos íbamos de paseo, á ver gente y tipos y reirnos de ellos, encontrando placer vivísimo en la sátira social que sin cesar afluía de nuestros inocentes labios. Enlazados nuestros brazos, porque mi buen tío tembliqueaba un poco y yo no estaba muy seguro de piernas, nos íbamos por las calles principales, ó bien al Prado y Retiro, con mi coche detrás, para meternos en él cuando nos cansáramos. Por las noches nos metíamos en los teatros de funciones por horas, porque los dramas y comedias serias nos apestaban. Lo que don Rafael se divertía con las piezas cómicas no es para contado. Reía á carcajadas, y los chistes menos agudos le hacían impresión atroz. Sus sensaciones eran completamente infantiles; sentía como los seres que empiezan á vivir. Noté una noche que á mí también me hacían gracia los sainetes, pero mucha gracia, y que me daban ganas de alborotar como un chico. «¡Si estaré yo tan lelo como este pobre hombre!» me decía. Pero ¡ay! cuando me quedaba solo y me metía en mi casa, entrábame una tristeza tal, que hacía proyectos absurdos de aislamiento y hasta de suicidio.

En Eslava nos tropezamos con mi tío Serafín, que se nos unió, y desde aquella noche fué de nuestra partida. A la mañana siguiente fuimos los tres juntos al relevo de la guardia, y seguimos á un regimiento al compás de la música. Mi tío Serafín confesaba con encantadora ingenuidad que él tenía que contenerse para no ir delante de las cornetas, en el tropel de inquietos y entusiastas muchachos. No paraban aquí nuestras puerilidades, pues nos sentábamos los tres en los puestos del Prado á beber un vaso de agua con anises, y cuando en cualquier calle pasábamos por junto á una obra en que estuvieran subiendo un sillar, nos deteníamos y no abandonábamos el plantón hasta ver la piedra en su sitio. Don Serafín era inspector de construcciones, y nos daba cuenta del estado de todas las de Madrid, así públicas como particulares.

Dicho se está que pasábamos un rato junto á la jaula de los monos en la Casa de Fieras, y que le hacíamos la visita de ordenanza al león. Otras veces tirábamos hacia la Cuesta de la Vega, á ver el viaducto por arriba y por abajo, ó á formar en el apretado corrillo de espectadores que presencian el juego de la rayuela en las Vistillas. Eramos los _tres tristes triunviros trogloditas_ de la cencerrada de Raimundo. Pero lo más salado de nuestros paseos era cuando el tío Serafín _guipaba_ á una criada bonita. Veíamosle todo carameloso y encandilado, avivando el paso y queriendo que lo aviváramos también nosotros.

--¿Habéis visto?... ¡Qué mona!... ¿No reparásteis qué ojos me echó?

Y seguíamos tras la fugitiva, hasta que la perdíamos de vista.

--¡Buen par de pillos sois! --decía mi tío Rafael, dejándose llevar, renqueando--; ¡pero qué pillos! Este Serafín es de la piel del Diablo... No perdona casada ni doncella...

Para distraerles á ellos y distraerme yo, les llevé algunos domingos á los toros. Tomaba un palco, y nos metíamos en él los tres, con más algún otro amigo. Mi tío Rafael se entusiasmaba con todos los incidentes de la lidia, y de sus ojos salían ríos. Serafín no hacía más que _guipar_ á derecha é izquierda, buscando las caras bonitas. En la Plaza fué, bien lo recuerdo, donde Severiano me dió la noticia de que el Marqués de Flandes se había declarado también huído.

--¿A qué me vienes á mí con esos cuentos? ¡Ni qué me importa á mí!...

Pero aunque yo no quería saber nada, me contó la anécdota del día. No era preciso bajar mucho la voz, porque don Rafael, entusiasmado con su homónimo _Lagartijo_, no oía lo que en el palco se hablaba.

--Pues sí: Manolo Flandes ha salido para Francia con las manos en la cabeza, dejando muchos créditos sin pagar. La pobre Eloísa se encuentra otra vez en las uñas de los _ingleses_, y me temo que de esta vez me la han de ahogar de veras... Apencará al fin por Sánchez Botín, uno de nuestros primeros reptiles, y sin género de duda el primero de nuestros antipáticos...

Mandéle que se callara. A la salida de la Plaza nos encontramos á Sánchez Botín, que vino á saludarnos. Debí estar grosero con él. Era un hombre que me repugnaba lo indecible; odiábale sin saber por qué, pues jamás me hizo daño alguno. Era, sin género de duda, lo peorcito de la humanidad. Si hay seres que nos dan á entender nuestra afinidad con los ángeles, aquél nos venía á revelar el discutido y no bien probado parentesco de la estirpe humana con los animales. Viéndole y tratándole, me entusiasmaba yo con el Transformismo y me volvía _darwinista_, sin que nadie me lo pudiera quitar de la cabeza... Luego nos encaramos con Torres, que se vino á mi coche... Otro animal, pero inteligente y, si se quiere, simpático. Aquella tarde le ví más soberbio, fachendoso y soplado que nunca, vendiendo á todos protección, hablando muy alto con grosera petulancia. Me convidó á comer; mas no acepté. Prefería divertirme con mis queridos viejos niños, y nos fuimos á un _restaurant_, donde estuvimos hasta la hora de irnos á Lara. Mi tío Rafael se durmió en el palco como un bendito. Su hermano también tenía sueño; pero con aquello del _guipar_ se despabilaba...

--Nada, nada --les dije, al fin de la pieza--: un huevecito y á la cama.

V

Aquella chochez prematura en que me encontraba habría durado mucho tiempo sin los sacudimientos que tuve en los últimos días de aquel mes. Fueron como latigazos que me despertaron, volviéndome á la vida normal y razonable. Medina, á quien encontré en la calle de Carretas una mañana, me dijo:

--Si el Perpetuo se hace á 60 á fin de mes, como creo, liquidaremos admirablemente. Por esta vez, ese perdonavidas de Torres no pondrá una _pipa_ en Flandes, como dice Barragán.

Aquella tarde volví á la Bolsa. Corrían voces de que la liquidación del mes sería peliaguda, y estábamos á 28, víspera de San Pedro. El Perpetuo, que el 15 había estado por debajo de 59, se sostenía en 59,75, con tendencias á ponerse en 60. _Partiendo del Principio_ aseguraba que _le veía_ en 60,20, y Medina, ocultando su complacencia con la máscara de una frialdad estudiada, afirmaba lo mismo. El 30 se notaron violentísimos esfuerzos por producir una baja, pero sin resultado. París venía firme, y aquí abundaban las órdenes de compra. Torres se descolgó aquel día más risueño que nunca, tuteando al lucero del alba, echando el brazo por encima del hombro á sus amigos de éste y el otro corro. El 31 no le vimos; Medina y Cecilio Llorente se secreteaban. Este había hecho con Torres una gran jugada, de la que resultó que habiendo quedado el Perpetuo á 60 en cifra redonda, Gonzalo tenía que abonarle, por diferencias, más de un millón de pesetas. Yo perdía con el mismo Cecilio y otros unas setecientas mil; pero Torres me había de dar á mí doscientos mil duros. Era el mayor pellizco que yo había tenido entre mis uñas desde que andaba en aquellos trotes.