Lo prohibido (novela completa)

Part 34

Chapter 343,893 wordsPublic domain

Pero aun contando con lo infructuoso de mis esfuerzos, algo había que hacer. Por de pronto, determiné no subir á la casa de Camila. Si Constantino persistía en que nos pegáramos, por mí no había de quedar. Ya sabía él dónde yo estaba. Después, hice propósito de ver á Eloísa y á María Juana. A ésta la tenía yo, si no por autora, por la principal propagandista de la injuriosa especie, á la cual, por desgracia, daban apariencias de verdad mi locura, mi intención y mis repetidas visitas al hogar de los Miquis. Desistí de ver á Eloísa por lo que me contó Severiano el primer día que salí á la calle. La infeliz cumplía la sentencia de su triste destino, y últimamente había dado un nuevo paso en la senda que aquél le trazaba. Lo diré clarito, sin rodeos. Acababa de enredarse con un aristócrata viudo, el Marqués de Flandes, que después de residir mucho tiempo en el extranjero, vino á España á que le pusieran el cachete á su ruina. No durarían mucho estas relaciones, porque Paco Flandes daba ya poco de sí, metálicamente hablando, y el mejor día me le ponía la prójima en el arroyo. Entre tanto, la casa de la calle del Olmo recobraba algo de su esplendor pasado: muebles parisienses ocupaban los lugares vaciados por el último embargo, y algunas obras de arte iban entrando con timidez. Entre éstas las había bonitísimas: un _Carnaval en Roma_, de Enrique Mélida; un hermoso país de Beruete, y dos terracotas, de los hermanos Vallmitjana. Tras esto vendrían más cosas, más: así lo decía ella, poniendo carita de tristeza y dando á entender que los tiempos son malos y que cada vez parece que hay menos dinero. Como síntoma muy significativo, añadió Severiano que Sánchez Botín le hacía la rueda con la pegajosa tenacidad que siempre ponía en todas sus empresas; pero que mi prima declaraba á todo el que la quisiera oir, que jamás descendería hasta un sér que consideraba muy por bajo de todos los envilecimientos y de todas las prostituciones posibles. No hablamos más de esto, y determiné no ir á la calle del Olmo ni ocuparme para nada de semejante mujer.

Mi primera visita fué para los Medinas, á quienes encontré juntos. Ambos me recibieron con amabilidad, interesándose por mi salud. Nada de lo que pudiera observar en María Juana me llamaba la atención, por ser mujer de mucha gramática parda; pero sí me sorprendió la repentina afabilidad del insigne _ordinario_. Sus prevenciones contra mí se habían disipado sin duda. ¿Por qué? ¿Qué pararrayos había alejado de mi pecadora frente la electricidad de su odio? Heme aquí en presencia de otro enigma que me trajo no pocos quebraderos de cabeza. Dióme aquel día cigarros de primera, los mejores que tenía; y cuando nos íbamos juntos á la Bolsa, en su coche, expresóme con sinceras palabras que se alegraría de que mi liquidación de fin de mes fuese buena.

--Si el alza sigue acentuándose --me dijo--, y yo creo que seguirá, porque cada día vienen del extranjero más órdenes de compra, creo que saldremos muy bien usted y yo.

Y variando de tono y asunto:

--Es preciso que usted no se distraiga tanto con las faldas, so pena de que se le vaya el santo al cielo y no dé pie con bola en los negocios. Observe usted que todos los que al entrar por las puertas de la contratación no supieron desprenderse de los líos de mujeres, han salido con las manos en la cabeza. Hombre enamoriscado, cerebro inútil para trabajar.

Todo esto me parecía inspirado en la más sana filosofía; no así lo que me manifestó poco después, y que á la letra copio:

--Ya sé lo de esa pobre Camila. Es usted incorregible, y al fin las pagará todas juntas. Agradezca usted que hasta ahora no ha dado más que con bobos; pero algún día, donde menos se piensa salta un hombre, un marido digno, y entonces podrá usted encontrar la horma de su zapato... En Camila no extraño nada: es, como su hermana Eloísa, otra que tal; allí no hay seso... ¡Oh! me cupo en suerte lo único bueno de la familia, el oro puro; lo demás todo es escoria... Sí, sí; ya sé lo que usted me va á decir: que es calumnia; sí, estas cosas son siempre calumnia: por ahí se sale...

--Pues sí que lo es --exclamé, sin poder contener la indignación que me salió á la cara--. Pues sí que lo es, y extraño mucho que una persona tan recta como usted se haga eco de ella.

Algo más iba á decir; pero me asaltó la idea de que su error podía ser la clave de su inopinada benevolencia, y no extremé los esfuerzos para sacarle de él. De esta manera se enlazan en nuestra conciencia las intenciones, formándose un tan apretado tejido entre las buenas y las malas, que no hay después quien las separe.

--Es usted una mala persona --me dijo al fin sonriendo--; pero para que vea que me tomo interés por usted, voy á darle un consejo: venda lo más pronto que pueda las Obligaciones de Osuna.

Por la noche fuí á comer á su casa. En María Juana noté un marcado propósito de no entablar conversación conmigo sino delante de otras personas; pero en las pocas frases sueltas que cambiábamos, cuando no se nos interponía el guarda-cantón de carne de _No Cabe Más_, advertí cierta ternura y como un deseo de explicarse conmigo. Sin duda me había perdonado mis brutalidades del día famoso.

--Para que comprendas lo irritado que estaba --le dije--, y puedas explicarte la grosería con que te traté, me bastará declarar que daría hoy no sé cuántos años de vida por poder probar la inocencia de Camila, esa inocencia en que nadie cree, y que, sin embargo, es tan cierta, tan clara como la luz.

La observé muy pensativa al oir esto, y con irónica frase dióme á entender que esperaba las pruebas.

--¿Pero qué pruebas he de darte más que mi palabra y el juramento que hago, si es que esto de los juramentos tiene algún valor en tiempos en que el perjurio es ley? Créelo si quieres, y si no, no lo creas.

No pude decir más, porque _Partiendo del Principio_ se nos vino encima.

Había que ver la cara que me puso la sabia dos días después cuando la acusé de haber iniciado el descrédito de su hermana.

--¡Yo! --exclamó, poniéndose pálida--. ¿Me crees capaz...? Si han sido tus amigos, Severiano y Villalonga, los que primero lo han dicho, y luego lo ha remachado no sé quién... creo que las de Muñoz y Nones, las cuñaditas de Augusto Miquis... A mí me lo contó Eloísa... Ella dirá que se lo dije yo; pero no hagas caso... Te seré franca: yo tenía mis sospechas, y como siempre Camila me ha parecido muy ligera...

¡Oh! ¡qué argumentos tan sutiles empleé para disipar aquel error! Pero no pude convencerla por no expresarme con absoluta sinceridad, corazón en mano. Yo no decía más que la mitad de la verdad, y la mitad de la verdad suele ser tan falsa como la mentira misma; yo hacía hincapié en la honradez de mi borriquita, verdad como un templo; pero me guardaba bien de declarar el dato importante de mi pasión por ella y de la insistencia con que la perseguía. Arrancada de los autos de la causa esta hoja que tanta luz arrojaba sobre ella, todo quedaba en gran confusión.

Era mi prima muy sagaz, y con judicial tino y penetrante mirada me hizo esta pregunta:

--¿De modo que tú juras que nunca has tenido pretensiones malas con respecto á Camila?

Contestéle que sí lo juraba, aunque sin afianzar mucho la afirmación. Mentira tan gorda hizo en la _ordinaria_ un efecto contraproducente, y tratándome con tanta lástima como desdén, me dijo:

--Mira, niño, si crees que tratas con tontos; si crees que todos son Constantinos y Carrillos, te llevas chasco. Anda con Dios.

Y otro día que nos vimos, no hay que decir dónde ni cómo, hablamos de lo mismo, y se repitió la pregunta, y la verdad me escarbaba dentro con esa horrible náusea de la conciencia, que es tan difícil de contener. Y se me alumbraron los sesos, y ebrio de sinceridad, ardiendo en apetitos de ella, me desbordé, y lo canté todo de _pe_ á _pa_... En mi vida he hecho confesión más completa, leal y meritoria. Todavía me estoy aplaudiendo las palabras que dije, así como creo ver aún las diversas caras que me iba poniendo la sabia conforme oía, ahora patética, ahora contrariada, ya envidiosa, ya palpitante de sobresalto, angustia ó no sé qué. Y cuando le dije: «sí, esa mujer me tiene loco, me tiene enfermo, y como no la puedo adorar, estoy adorando sus botas hace muchos días, como si fueran su retrato», ví que la sabia luchaba entre reirse de mí y darme de bofetadas. Se puso muy severa, miróme de través, y vuelta á hacer preguntas; ¡pero qué preguntas!

--¿Y quieres hacerme creer que habiendo puesto á sus pies tu fortuna, habiéndole ofrecido hotel, coche, rentas, lujo, te ha resistido?

Díjele que sí, que ésta era la verdad pura, y soltó una carcajada que me heló la sangre. Todavía estoy oyendo aquel _ja, ja, ja_, que continuó con ella hasta la habitación inmediata, pues iba ya en retirada. Volvió para decirme desde la puerta:

--Si has creído que á mí me podías engañar con fábulas como las que se cuentan á los rorrós para que se duerman, te equivocas... Eres como los titiriteros que se sacan cintas de la boca ó se tragan una espada. Engañan á los paletos y á las criadas de servicio; ¡pero á mí...! Ahora te falta el golpe más bonito. Desesperado, te metes á cartujo como Rancé y te pones á cavar tu fosa, ó á jesuita para largarte á las misiones de Oriente. Porque tales pasiones contrariadas suelen acabar en misas. ¡Ah! ¡qué enfermo estás!... cerebro desquiciado... ¿Quién puede dar crédito á lo que dices? ¿No te acuerdas ya de las mentiras que me has dicho á mí? ¿Cómo compagino lo que te he oído otras veces con lo que acabo de oirte? Francamente, no hay palabras con qué expresarte lo despreciable que eres.

Respondí que, en efecto, no me tenía por modelo de hombres, y me senté, agobiado de pensamientos sombríos y pesimistas, apoyando en mis manos la cabeza, que no podía con el peso de ellos. Pasó un rato. Ni ella se iba, ni decía nada. Tampoco á mí se me ocurría qué decir: tan abrumado estaba. Habíame metido yo mismo con mis errores en un lío infernal de contradicciones de conciencia, y por ninguna parte hallaba la salida. Mis pasiones verdaderas, las mentiras con que cohonestaba las falsas, habíanme formado una espesa red de la cual no podía salir. Era, como ella dijo, despreciable y monstruoso.

Pasó no sé cuánto tiempo, hasta que sentí en mi frente humillada dos dedos de María Juana. Empujando hacia arriba me levantó la cabeza, y yo no hacía nada por impedirlo, porque la tenía como muerta para todo lo que no fuera pensar. Cuando mis ojos estuvieron frente á los suyos, la sabia, con menos aplomo que de costumbre y un tanto balbuciente (nunca la había yo visto así), me dirigió estas palabras en las cuales advertí más ternura que rigor:

--Eres un pobrecito inválido del alma, y da pena abandonarte. Lo merecías por falso, por depravado, por tu desprecio de toda ley de Dios y de los hombres... Pero no se te abandonará. Si tu maldad es infinita, infinita es también la misericordia humana; quiero decir, que alguien que se ha propuesto salvarte lo ha de conseguir, aunque te pese á tí mismo.

Estas pedanterías me hicieron mejor efecto que otras veces, y oyéndolas como expresiones de afectuoso consuelo, las agradecí mucho. Así se lo manifesté. Mi prima tenía los labios secos, la vista un poco adormecida.

--No llevarás tu maldad --prosiguió, pasándome la mano por la cabeza-- hasta el extremo de ahuyentar el ángel bueno que te persigue para salvarte... Comprenderás que te conviene entregarte á él en cuerpo y alma, someterte á su voluntad y á sus consejos, que serán, te lo aseguro, consejos de prudencia. Confíale todo lo que sientas y pienses, pues sólo así puede tu ángel bueno responder de tu salvación.

Todo aquello de las salvaciones, que María Juana traía siempre á cuento, se me figuraba á mí cosa de comedia ó novela, mejor aún de ópera, pues todos los libretos están fundados en el _quid_ de salvar el tenor á la tiple ó viceversa, y hay mucho de _salvarmi non potrai_... ó _corro á salvarti_. Pero en aquel caso no ví ni sombra de ridiculez en las salvaciones de mi prima, sino, por el contrario, un cierto espíritu de fraternidad, de cariño y hasta de unción religiosa.

La despedí muy cordial y agradecido; y ella, al partir, quejábase de amagos de aquella maldita neurosis que consistía en suponerse con un pedazo de paño entre los dientes... ¡Y un fatal instinto la obligaba á masticarlo! ¡Pobrecita!

II

Y aún ocurrió algo más que merece contarse. Otro día, en mi casa, observé en María Juana una jovialidad que no se armonizaba con aquel tupé suyo ni con la postura académica y teológica que había adoptado como se adopta un color ó un perfume. Noté en ella flexibilidad de espíritu, cierto prurito de hacer extravagancias. Dime á pensar en este fenómeno, y me ocurrió que la vida es un constante trabajo de asimilación en todos los órdenes; que en el moral vivimos, porque nos apropiamos constantemente ideas, sentimientos, modos de ser que se producen á nuestro lado, y que al paso que de las disgregaciones nuestras se nutren otros, nosotros nos nutrimos de los infinitos productos del vivir ajeno. La facultad de asimilación varía según la edad y las circunstancias: en las épocas críticas y en las crisis de pasiones adquiere gran desarrollo. Raimundo hablaba también de esto, y lo expresaba de una manera gráfica diciendo:

--El alma es porosa, y lo que llamamos entusiasmo no es más que la absorción de las ideas que nadan en la atmósfera.

Pues bien: á mí se me figuraba ver á María Juana en una crisis de ánimo y propendiendo á asimilarse, en la medida de lo posible, las formas del carácter singularísimo de su hermana Camila. ¿En qué me fundaba yo para suponer esto? En que la ví como buscando ocasiones de hacer alguna travesura, y queriendo ser jovial con inocencia y maliciosa con aturdimiento. Pero era forzoso confesar que los resultados no correspondían al esfuerzo de la tentativa, y que el plagio no alcanzaba ni con mucho las alturas del insigne original. Sin embargo, vais á ver un hecho y á juzgarlo por vosotros mismos.

Habíamos charlado de varias cosas. Entre otras, me dijo:

--La gente de arriba está más calmada. Pero aunque el pobre chico parece no dudar de su mujer, tiene la centella en el cuerpo, y se ha vuelto suspicaz, escamón. En una palabra, hijo, que han perdido la inocencia, la confianza absoluta el uno en el otro, y se observan, se discuten y se temen.

Tuve que salir á la sala á recibir á Samaniego, con quien hablé como un cuarto de hora. Cuando volví á mi gabinete, poniéndome á firmar varias cartas-compromisos, sentí á María Juana trasteando en mi alcoba, haciendo algo que no pude comprender de pronto. Ello debía de ser alguna humorada, porque la sentí reir. Atento á mis asuntos, no hice caso. De pronto la ví salir, y se despidió de mí conteniendo la risa que jugaba en sus labios. ¿Qué había hecho? También me sonreí y nos dijimos adiós.

¿Qué creéis que hizo? En cuanto fuí á mi alcoba me enteré de la travesura. ¡Se había puesto las botas de Camila, mis dulces prendas, y había dejado las suyas en el mismo sitio que ocupaban aquéllas y del propio modo que estaban colocadas! Confieso que me reí, pues el golpe tenía gracia.

Desde el día de la trapisonda no había yo vuelto á ver á Camila ni á su marido. Pero supe por casualidad que pensaban mudarse de casa. Acostumbraba yo, al salir de la mía á pie, pararme ante la obra de la finca de Torres en la Ronda de Recoletos, porque allí solía estar mi amigo vigilando los trabajos. Unas veces me le veía en la puerta; otras me saludaba desde un balcón. Ya el edificio, casi concluído, estaba en poder de estuquistas y papelistas. Un día me invitó á subir; enseñóme su principal, que era magnífico, y me dijo que lo pensaba decorar regiamente. Nunca ví á Torres tan entusiasmado, tan fatuo, ni con tan retumbantes proyectos de grandeza, lujo y representación. Su casa iba á ser la primera de Madrid: las cocheras eran cosa no vista; en muebles y alfombras no gastaría menos de veinte mil duros; pondría espejos en las mesetas de su escalera particular; grifos de agua en todas las alcobas; gas, por entendido, en todos los pasillos; el comedor se abría á una soberbia estufa, sostenida sobre pilares de hierro en el patio grande; la cocina era lo mismo que la del palacio de Portugalete; le mandarían de París unos tapices, que ni los de Palacio: en fin, que aquello era casa; lo demás... basura.

Hablamos también de inquilinos, y entonces fué cuando me dijo que los Miquis le habían pedido uno de los terceros.

--Se conoce que no quieren más cuentas con usted. ¿Y qué tal? ¿Estos pájaros pagan? Porque si no, les diré con buen modo que aniden en otra parte.

En un rapto de generosidad impremeditada, le contesté:

--Sí pagan; y si no pagan, aquí estoy yo para responder por ellos.

--Es verdad, hombre; no me acordaba de que es usted el caballo blanco... Pero se me ocurre otra cosa. ¿El señor de Miquis, con su armadura de cabeza, no me destrozará el techo de la casa?

Y rompió en una risa estúpida.

--No sea usted grosero --le dije sin disimular la cólera, y decidido á pegarle.

Recogió velas al momento, diciendo:

--No se enfade usted, amigo: es una broma; cosas que dice la gente... y que podrán no ser verdad; pero yo tengo una mala maña, y es que siempre las creo.

--Pues cree usted mil desatinos.

--Nada, si usted lo toma á mal, me desdigo.

No hablamos más del asunto. Desde aquel día se apoderó de mí la idea de romper el silencio con mis interesantes vecinos y dirigirme á ellos con ánimo grande y decirles: «Vengo, queridos amigos de mi alma, á pediros perdón del daño que os he hecho.» No pude resistir mucho este deseo, y anunciéles mi visita; pero siempre me traía Ramón la mala noticia de que los señores no estaban. Comprendí que no querían recibirme, y, por fin, subí resuelto á todo: á entrar atropelladamente ó á que me despidiesen.

Una criada desconocida salió á abrirme: no quería dejarme pasar; pero ví á Constantino en la puerta de la sala ó comedor, y me colé diciendo:

--No sé á qué vienen estas comedias conmigo... Constantino, vengo á lo que quieras: á ser tu amigo ó á rompernos la crisma, como gustes. Pero no puedo vivir sin vosotros.

Él, desconcertado, no sabía cómo recibirme. No había dado yo cuatro pasos dentro del comedor, cuando ví aparecer á Camila por la puerta del gabinete, diciendo:

--¡Ah! ¿está aquí el tísico?... Maldita la falta que hacía...

--Vengo á pediros excusas... --les dije, turbado como no lo estuve en mi vida--. Y otra cosa. Me han dicho que pensáis mudaros. No lo consiento... ea, que no lo consiento. Desde este mes tenéis la casa de balde.

Camila estaba seria; mirábame con ojos de enfado. Por fin se dejó decir con ironía:

--Sí, porque nos hace falta tu casa... Este tipo también nos quiere hacer gorrones. Constantino, dile lo que te dije... No: pegar, no. ¡A dónde iría á parar el tísico si tú me le echaras la zarpa!...

--Este señor y yo --repliqué sentándome y buscando el sendero de las bromas para salir de aquella situación-- tenemos concertado un lance. Déjanos á nosotros, que nos entenderemos.

--¡Un lance!... Eso querrías tú para darte más lustre. Mi marido no se bate con momias, ¿verdad, hijo? Quería darte una soba en público... Decía que de este modo... ya entiendes; pero yo se lo he quitado de la cabeza.

--¿Es verdad esto, Constantino?

--Es verdad --replicó él con su sincera honradez.

La firmeza con que lo decía era un insulto; pero yo tenía que tragármelo, porque mi situación era muy delicada. Salir con susceptibilidades cuando iba á solicitar perdón y amistad, no podía ser. Quise que las inspiraciones de mi corazón me guiaran para salir de aquel atolladero, y mirándoles á entrambos, el alma en mis ojos, les dije:

--Queridos amigos, no he venido á reñir, sino á hacer paces con vosotros. Si para esto es preciso que me humille, me humillaré.

--No queremos amistades --aseguró Miquis con brutal energía.

--¿Pues qué queréis?

--Que nos deje usted en paz y se plante de la puerta afuera.

Lo dijo con insolencia, y me puse en guardia. Pero la justicia de su ira se me representaba con tanta claridad, que me entró no sé qué cobardía...

--Eso, eso --clamó mi prima con fiereza--. Que se plante de la puerta afuera.

--¿Pero sin oirme me condenáis?... ¿Tú también, Camila?

--Yo la primera.

--Usted no puede ser nunca mi amigo --declaró el manchego, como se dice una frase aprendida--, ni aunque se me ponga de rodillas delante y me pida perdón...

Al decirlo miraba á su mujer como para recibir de ella la aprobación de la frase. Ella se la había enseñado.

--¡Qué atrocidades dices! --exclamé con afán.

--Ni aunque me pidiese usted perdón de rodillas.

--¿Y si lo hiciera...?

--Creería que me engañaba usted otra vez, como cuando se fingía mi amigo para poner varas á mi mujer.

--Bien, bien --gritó Camila, dando palmadas.

Aquello de las varas era improvisado, y por eso tenía ante el criterio de la esposa maestra un mérito mayor.

--¿De modo que no os dais á partido?

--Ni mi mujer ni yo queremos ninguna clase de relaciones con usted. Me parece que hablo castellano.

--¡Y tan castellano!

--Nada, hombre, que te quites de en medio --decía la ingrata, señalándome la puerta--. Que aquí estás de más.

Cuando la ví que me arrojaba de aquella manera, mi dolor fué horrible, porque, creédmelo, nunca la quise más, nunca la ví tan hermosa y adorable como en aquel lance, defendiendo de mí su hogar y su paz. Sentí mi boca más amarga que la hiel. Una de dos: ó fajarme allí mismo con el bruto, que de seguro, en tal caso, me aniquilaría de un zarpazo, ú obedecer á aquel látigo de la honradez susceptible y marcharme huído, avergonzado, en la situación más triste, ridícula y poco airosa del mundo. Pero bien ganado me lo tenía. Decir cómo bajé las escaleras, me sería imposible. Al promedio de ellas me sentí acometido de uno de esos impulsos de maldad de que no se libran, en momentos críticos, ni las naturalezas más delicadas y bondadosas; vínome á la boca no sé qué espuma de sangre; me sentí ruin, villano y con ganas de hacer todo el daño posible. Mi amor propio, ultrajado y escupido, sugeríame venganzas soeces, de esas que se consuman á las puertas de las tabernas y de los garitos; y en aquel rato de frenesí, me puse al nivel de los cobardes ó de las procaces mujeres de las plazuelas. Como el calamar á quien sacan del agua escupe su tinta negra, así yo, encarándome hacia arriba, solté el chorretazo de mi rabia estúpida en estas palabras, que no sé si fueron dichas á media voz ó sólo pensadas: «¡Si estáis deshonrados...! ¡Si aunque queráis, no podéis quitaros de encima la piedra que os ha caído, pobres idiotas...!»

III