Lo prohibido (novela completa)

Part 32

Chapter 324,160 wordsPublic domain

Mis negociaciones de aquellos días, y no fueron pocas, hícelas con cierto aturdimiento, jugando por rutina ó por querencia del oficio, muchas veces sin darme cuenta clara de la operación. Y es que mi chifladura por una parte, y por otra mi gran debilidad física, pusiéronme en un estado tal que sólo me faltaba hacer eses, andando por la calle, para parecerme á los borrachos. Por lo demás, el mismo entumecimiento cerebral, la misma obscuridad en las ideas, y sobre todo esto, una apatía y una desgana que me abrumaban. Cansado del bullicio del local y de su pesada atmósfera, íbame al rincón á hacer compañía al pobre Trujillo ó á que me la hiciera él á mí. Hablábamos algo de negocios, aunque sin saber cómo salía á relucir la conversación de mujeres. Él no ponía en sus labios el nombre de Eloísa sin acompañarlo de grandes encomios y de acaloradas expresiones de desconsuelo. Indudablemente no era una santa; pero ¡qué ideal mujer! Gozaba mucho visitándola, y departiendo un rato con ella, oyéndola no más, _viéndole_ el metal de voz, como decía el infeliz. La contemplaba en su interior tal como había sido en mis tiempos, y no podía hacerse cargo de la desfiguración de su rostro. Para consolarle, díjele que Eloísa había recobrado por completo su hermosura, y era la misma de siempre. Arrojaba él entonces un suspiro muy grande á la atmósfera turbia y humosa del local, y parpadeaba mucho, como si quisieran sus ojos romper la niebla que los envolvía.

A la otra tarde hablamos de lo mismo; pero me dijo una cosa que me puso en ascuas y me llenó de confusión.

--Ya sé --murmuró Trujillo, aplicando sus labios á mi oído-- que se ha enredado usted con Camila. Debe de ser cosa antigua; pero hasta hace pocos días no ha salido en la Gaceta. Ya sabe usted que la Gaceta es la boca de la de San Salomó.

Faltóme tiempo para negar aquello, que era una falsedad calumniosa. ¡Demasiado lo sabía yo! Mi corazón podría echarse fuera y publicar á chorros de sangre la inocencia de la pobre Camila. Por más que hice, no pude convencer á Trujillo. Creo que si llega á tener vista, me conoce en la cara que decía la verdad: con tanta fe, con tanto calor me expresaba yo.

--Puesto que usted no lo quiere confesar --me dijo--, volvamos la hoja.

Mas yo no la quise volver, y otra vez hice el panegírico de la pobre calumniada, de aquella virtud que yo quería que no lo fuese en el momento mismo de tomar tan á pechos su defensa. ¡Sabe Dios que me hubiera sido muy grato mentir en tal ocasión! Tuve un rasgo de maldad, de esos que nacen del amor propio ó de la miseria que llevamos dentro, como por fuera nuestra sombra, y eché á perder aquel ardiente elogio de la calumniada, diciendo esta gran tontería:

--Créame usted, Manolo: mi prima Camila es una virtud intachable. Puede que no lo sea mañana; pero hoy por hoy lo es.

Y él, incrédulo siempre. ¿Es que aquella opinión era de las cosas que se caen de su peso? ¡Triste cargo de conciencia, sin comerlo ni beberlo, como se suele decir! Tal golpe me faltaba para llevarme al último grado de la confusión y del trastorno físico y moral. Con verdadero terror hallé en mi estado no sé qué semejanza con el de Raimundo en sus días de crisis. El furor imaginativo era síntoma de mi desorden como del suyo, porque últimamente dí en la flor de forjar historias como las de él, y aún más extravagantes y pueriles todavía. Cáusame cierta vergüenza el tener que confesarme del pecado infantil de suponer lances que jamás pasan en la vida, y que ni aun en la literatura se ven ya, como no sea en romances de ciego, en aleluyas ó en algún inocente libraco de los que leen las porteras en sus ratos de ocio. Figurábame ser príncipe disfrazado que salvaba á una joven desconocida. La joven me tomaba por pastor, y yo me volvía loco de amores por ella. Otras veces era ella mi salvadora asistiéndome en una grave enfermedad, y adiós disfraces y tapujos... Cuando la chica descubría que yo era príncipe, se le caían las alas del corazón pensando que no me había de casar con ella. Mucho lloro, pataleo y sofoquinas. Yo le guardaba la gran sorpresa para el final; y cuando se enteraba la pobre de que habría casorio, me quería comer á besos. Excuso decir que la tal soñada mujer mía era Camila. Y tras esta historia, la misma empezada por segunda y tercera vez, ó bien otra nueva tan tonta, ridícula y disparatada como la anterior.

No puedo comparar mi espíritu sino á una cuerda muy estirada y vibrante que al menor choque ó rozamiento respondía con ecos intensos, ó bien con un son repentino que hacía saltar mi sér todo cual si estuviera montado sobre muelles. Para producir estas vibraciones en mí, no eran necesarias causas mayores. Cualquier incidente sin importancia, la vista de un objeto que no tenía maldita relación con mi estado, un libro, una estampa, un árbol, el semblante de cualquier transeunte, el oir una frase dicha al lado mío, heríanme y pulsábanme haciéndome sonar. Era una sacudida que me producía brevísimo rapto de júbilo, y en seguida sensación de tristeza, harto más larga y de variable intensidad, según los casos.

No me hice cargo de mi semejanza con Raimundo hasta un día que me tropecé con él en la calle de Alcalá, y me dijo, paseando juntos:

--Anoche me acosté pensando que me había casado... mujer ideal, cosa rica... Imaginar un día de bodas con todos sus incidentes, es cosa que le doy yo á cualquiera... Pues nada, que me lo creí. No pienses: todo era un delirar casto y platónico, la cosa más ideal que puedes figurarte. El relieve que las cosas tomaban en mi mente era tal, que llegué á coger miedo y encendí la luz. Porque en la obscuridad veía yo á mi novia como te estoy viendo ahora á tí. Era una criatura tan sumamente superfirolítica y angelical, que la idea sólo de poner las manos en ella me parecía una profanación.

¡Y yo que imaginaba algo semejante!

--Dí --le pregunté--, ¿cómo estás del reblandecimiento?

--Muy mal, chico, muy mal. Me parece que ya no escapo. ¿Por qué lo decías? ¿Acaso tú?...

--Pudiera ser.

--Prueba á ejercitarte en el _triple trapecio_... Es la mejor manera de conocer...

--¿Cómo es ese triquitraque que tú dices?...

Me lo espetó dos ó tres veces, tropezando mucho; y fuí tan necio que puse atención en aquella carraca, y cuando me quedé solo en casa la repetí para observar si los músculos de la lengua me anunciaban desquiciamientos de mi sistema nervioso. Aquel día me inspiró tanta lástima Raimundo, pintóme con tintas tan fúnebres la situación angustiosa de su erario, sin pedirme nada explícitamente, que le dí una limosna. En mi furor imaginativo, llegué á figurarme que besaba el billete como los chiquillos mendigos besan el ochavo que se les arroja. Fuése contento y muy mejorado.

A casa de Camila subía yo muy poco. Habíame propuesto no asediarla más, y aguardar circunstancias que me fueran favorables. Alentaba yo la secreta convicción de que el día menos pensado todo había de variar; de que ocurriría una de esas repentinas vueltas del destino que nos sorprenden y nos dan hecho lo que poco antes nos pareciera imposible. Este presentimiento no se me quitaba de la cabeza. «Esperar, esperar --me decía--. En tanto, la Providencia ó Satán trabajarán secretamente en favor mío.»

Una mañana recibí en caja facturada en gran velocidad un regalo de mis amigas las Pastoras. Era una obra de arte, acuarela como de tres cuartas de ancho por dos de alto, pintada por _Mary_ y dedicada á mí. Representaba un remanso, un molinito, sauces, chimenea humeante, y creo que había también unos niños y algún corderillo ó dos. La cosa, ignoro por qué resultaba de una moralidad edificante. Yo no sé cómo era; pero de allí se desprendía que debemos ser buenos. «Corro á enseñarle estas papas», dije; y cargando yo mismo la lámina, subí.

La propia Camila me abrió la puerta. Estaba sola. Había despedido á la criada, y se veía en el caso de tener que hacer ella misma la comida. Otro quizás no la hubiera encontrado bella en aquella facha; pero á mí me pareció encantadora, ideal. Tenía puesta una falda vieja y el delantal blanco y azul; pañuelo liado á la cabeza á estilo vizcaíno; las mangas arremangadas; el cuerpo con chambra no muy justa; sin corsé, porque el calor y la agitación del trabajo no se lo permitían; el seno bien tapadito, pero acusándose en toda la redondez gallarda de su sólida arquitectura. Tal figura se completaba con el calzado, que era un par de botas viejas de Constantino.

--Mira qué patas tan elegantes tengo --me dijo adelantando un pie--. Como hoy estoy de faena, me pongo estas lanchas para no estropear mis botas ni ensuciar mis zapatillas.

En el pasillo vimos el cuadro, pero á escape, porque ella no podía ausentarse de la cocina.

--Una de dos --me dijo--, ó te _recopilas_ ó vienes para acá. No puedo recibirte en otra parte. Si quieres ayudarme á fregar ó mondarme estas patatitas, no creas que me he de oponer.

Entré con ella en la cocina, y me senté en una silla que tenía el fondo hundido. Junto á esta silla había otra. El magnífico mueble que estaba á mi derecha era una tinaja; enfrente el fogón. Los elegantes vasares no ostentaban cacharritos japoneses ni porcelanas de Sajonia y Sevres, sino otros más útiles chismes, y además las cenefas de papel picado con figuras de toreros.

IV

No sé qué vértigo me acometió al ver á Camila. Púsose á fregar la loza, diciendo:

--Esa girafa me dejó todo como ves, sin fregar... ¡qué tías!

Y yo la miraba embebecido: miraba sus manos coloradas y frescas en el agua, el movimiento rítmico que hacían los dos picos de la chambra al compás de los ajetreos de las manos, y, sobre todo, contemplaba su cara risueña, de una lozanía y placidez que no se pueden expresar con palabras. Entróme fiebre, delirio; la cuerda de mi espíritu vibró como si quisiera romperse. No pude contenerme, ni se me ocurría emplear, como otras veces, rodeos é hipocresías de lenguaje. Lleguéme á ella, llevándome mi silla en la mano izquierda; me senté junto al fregadero, todo esto rapidísimo... cogíle un brazo, y lo oprimí contra mi frente que ardía. La frescura de aquella carne y la dureza del codo, que fué lo que vino á caer sobre mi frente, producíanme sensación deliciosa. Todo pasó en menos tiempo del que empleo en contarlo, y mis palabras fueron éstas:

--Quiéreme, Camila; quiéreme ó me muero. ¿No ves que me muero?

Apartóse de mí, y con mucho alboroto de brazos y de palabras, me obligó á retirarme.

--¡Miren el tísico éste! Y si te mueres, ¿qué culpa tengo yo? ¡Ea! déjame trabajar. Si te pones pesadito, tendré que darte un tenazazo.

Después rompió á reir, y alargando el pie como si quisiera darme una puntera, se puso en jarras y me dijo:

--Pero ven acá, grandísimo soso. ¿No se te quita la ilusión viéndome así? ¿O es que con esta lámina estoy á propósito para sorberle los sesos á un príncipe? Claro... ¿quién que vea este piececito de bailarina no se volverá tonto por mí? ¿Pues este talle de sílfide... y estas manos? Yo pensé que podría hacerle tilín al aguador; ¡pero á tí!... ¡Si creí que al verme ibas á salir escapado gritando que te habían engañado! ¡Y ahora te descuelgas otra vez con que me quieres! Tú estás chiflado de veras. Caballero, soy una mujer casada, y usted es un libertino; quite usted allá, so adúltero, que quiere adulterarme. Vaya usted noramala... ¡Que te estés quieto!

Esto lo dijo blandiendo las tenazas, cuando yo volví sobre ella á expresarle lo más de cerca posible la admiración que me producía.

--Descalábrame... Te diré siempre que te quiero, que te adoro, que estoy ya enteramente loco, y que me moriré pronto, rabiando de cariño por tí... --exclamé defendiéndome como podía de las tenazas--. Ya que no otra cosa, dame la satisfacción de decírtelo, y de decirte también que me entusiasmas, porque eres la mujer sublime, la mujer grande, Camililla. Mereces ser puesta en los altares; mereces que se te eche incienso, que los hombres se den golpes de pecho delante de tí, borrica del Cielo, con toda el alma y toda la sal de Dios.

Creo que me arrojé al suelo, que quise besarle aquellas desproporcionadas sandalias medio rotas, que me golpeó la cara con ellas sin hacerme daño, que le besé la orla de su falda, que la abracé vigorosamente por las rodillas, que la hice caer sobre mí, que nos levantamos ambos dando tumbos y apoyándonos en lo primero que encontrábamos. Tan trastornado estaba yo, que no me dí cuenta de lo que hacía. Ella volvió á coger las tenazas y me amenazó tan de veras, que llegué á temer formalmente que me las metiera por los ojos.

Pausa, silencio. Yo en mi silla, recostándome con indolencia sobre la inmediata; ella destapando calderos, arrimando carbones, probando guisotes. Como si nada hubiera pasado, se puso á cantar en voz alta. Después me miró.

--¿Qué, todavía estás ahí? Pues sí: á mí no me pescas tú. Soy para mi idolatrado Cacaseno.

Y variando súbitamente de tono:

--Si vieras qué sorpresa le tengo preparada hoy... ¡Porque yo le doy sorpresas, y me divierto más...! El mes pasado le dí una... Voy á contártela. Tenía él un reloj muy malo, de plata; una cebolla que le regaló su tío el de Quintanar. Siempre andaba para atrás... en fin, que no nos daba nunca la hora. Era preciso comprar otro reloj, y Constantino se desvivía por tener un _remontoir_ bonito, ligero... Yo le decía que más adelante; pero él no tenía paciencia, ¡pobrecito! Todos los días me traía un cuento. «Camila, hoy los he visto á doce duros, muy lindos, en los _Diamantes Americanos_...» «¿Pero, hijo, y dónde están los doce duros?» Pues nos poníamos á juntar, peseta por aquí, dos perros por allá. Yo le quitaba á él, y él me quitaba á mí, y poco á poco se iba reuniendo el dinero. Yo soy siempre la cajera. «Marcolfa, ¿cuánto tienes ya?» «¡No me marees, ya se completará!...» Por fin le digo un día: «Ya pasa de diez duros; la semana que entra te compro el _remontoir_.» Pero aquí viene lo bueno. Verás cómo juego con él. Es un chiquillo. Reunidos los doce duros, le digo una mañana: «Chiquito, ¿no sabes lo que me pasa? Que mi vestido azul está muy indecente. Me da vergüenza de sacarlo á la calle. No he tenido más remedio que comprarme once varas de merino para arreglarlo, y como no había de qué, he tenido que echar mano de los duros aquéllos. Despídete por ahora de ese capricho. Dentro de tres ó cuatro meses, se verá.» Él refunfuña un poco, arruga el entrecejo; pero en seguida se le pasa el enojo, y me dice que primero soy yo. ¡Pobretín! á la noche ya no se acuerda del dichoso _remontoir_ sino cuando saca la cebolla para ver la hora, ¡y entonces echa un suspiro!... Y yo entre tanto, ¿qué crees que he hecho? He salido por la tarde, y más pronto que la vista, me he ido á la tienda y he comprado el reloj. Me lo traigo á casa, y mientras cenamos, le doy á mi marido bromas con el viejo, diciéndole: «Hijo, no tienes más remedio que apencar con tu patata.» Cenamos, nos acostamos. Yo no sé cómo aguantar la risa, porque he cogido el reloj, y envuelto en un papel lo he metido bajo nuestras almohadas. Apenas recostamos la cabeza los dos... tin, tin, tin, tin. Me tapo bien la cara, mordiendo las sábanas para no reirme. Me hago la dormida, y le siento á él inquieto. «Camila, Camila, yo oigo un ruido...» Y yo callada, respirando fuerte, casi roncando... «Camila, Camila, ¿qué anda por ahí?» De repente hago como que me despierto sobresaltada y me pongo á gritar: «¡Ratones, ratones!... ¡Mira, mira, uno me ha mordido la oreja!...» Él se levanta... enciende la luz. Pero yo, no pudiendo ya tener la risa, le digo: «Por aquí, por aquí, entre las almohadas... ¡Ay, qué miedo!» Él, que empieza á conocer la guasa, mete la mano, y... «Chica, chica, ¿qué es esto?...» ¡Qué fiesta! ¡cómo gozo viendo su sorpresa, su alegría y los extremos de cariño que me hace! Volvemos á apagar la luz... y á dormir hasta por la mañana.

Yo, medio ahogado por el culebrón que se enroscaba en mí, no podía reir con ella. Por fórmula debí preguntarle si aquel día tenía dispuesta una nueva sorpresa, porque siguió su cuento de este modo:

--Hoy le preparo una de órdago. Verás: hace tiempo que está deseando tener un barómetro aneroide. Desde que lee y se ha metido á sabio, le da por enterarse de cuando va á llover. Yo le digo: «Eso es muy caro. No pienses en ello. Que se te quite eso de la cabeza. ¡Ni que fuéramos príncipes!» Pero aguárdate. Hoy le he comprado ese chisme. Tiene dos termómetros por los lados: uno de agua encarnada, otro de agua plateada. Me costó seiscientos veinte reales, y lo tengo escondido para que no lo vea. ¡Cómo me voy á reir esta noche! Mira lo que he inventado. Pongo en el gabinete que está al lado de nuestra alcoba tres ó cuatro sillas unas sobre otras; ato una cuerda á la de en medio, la cual cuerda pasa por un agujerito de la puerta, y va á parar á la cabecera de nuestra cama. Cacaseno se acuesta; yo también. Apago la luz. De repente tiro de la cuerda, ¡cataplum! Figúrate qué estrépito. Yo me pongo á gritar: ¡ladrones, ladrones! Incorpórase él hecho un demonio, enciende luz... ¡Jesús qué miedo! Salta de la cama, va á coger el revólver, y yo digo: «Ahí, ahí, en el gabinete están.»

--Pero no veo la sorpresa.

--Es que la puerta del gabinete estará cerrada, y en el pomo del picaporte habré colgado el barómetro; de modo que no tiene más remedio que verlo al querer entrar... Entonces suelto el trapo á reir; él comprende la broma y suelta el trapo también, y aquí paz y después gloria. Nos dormiremos como unos benditos, y hasta otra. No te creas: él también me da sorpresas á mí; pero no tiene ingenio para inventar cositas chuscas como yo. Cuando me regala algo, lo trae escondido; pero en la cara le conozco que hay sorpresa. Frunce las cejas, alarga la jeta y dice con muy mala sombra: «¡Vaya unas horas de comer! Esto no se puede aguantar.» Yo, que leo en él, me hago también la enfadada, y me pongo á chillar: «Bertoldo, Cacaseno de mil demonios, si no te callas... Pero tú me traes algo: dámelo y no me tengas en ascuas.» Entonces saca lo que esconde y me dice riendo: «Si es sorpresa...» Yo, de una manotada, ¡pim!... se lo arrebato...

No la dejé concluir. El deseo de estrecharla contra mí, de comérmela á caricias era tan fuerte, que no estaba en mi flaca voluntad el contenerlo; deseo casto por el pronto, aunque no lo pareciera, nacido de los sentimientos más puros del corazón; deseo que si con algo innoble se mezclaba, era con la maleza de la envidia, por ver yo en poder de otro hombre tesoro como aquél. Y la cogí antes que se me pudiera escapar, haciendo presa en ella con un furor nervioso que me dió momentáneo poder.

--¡Quiéreme ó te mato --le dije con desazón epiléptica, fuera de mí, atenazándola con mis brazos y dando hocicadas sobre cuantas partes suyas me cayeran delante de la cara--; quiéreme ó te mato! Que todo no sea para él; algo para mí. Te estoy queriendo como un niño, y tú nada...

Habíais de ver la gran contienda entre los dos. Mi fuerza nerviosa se extinguía. Pronto pudo ella más que yo. Era mujer sana, dura, templada en el ejercicio y en la vida regular. Sus brazos no sólo se desprendieron de los míos, sino que los dominaron. El aliento me faltaba por instantes; el pecho se me oprimía, más que con el poder de los brazos de ella, con la dilatación de no sé qué angustia interior, que era el sentimiento de mi fracaso. Por fin, vencido, campeó ella sobre mí, y empujándome de un lado, me dejó caer sobre la otra silla. Las dos formaban como un sofá. Sus manos aprisionaron mis muñecas como argollas de hierro. ¡Una mujer tenía más fuerzas que yo, y me acogotaba como á un cordero!

--¿Ves cómo te meto en un puño, tísico? ¡Si eres un muñeco; si no tienes sangre en las venas; si los vicios te tienen desainado! No sirves para una mujer de verdad, sino para esas tías tan tísicas, tan fulastres como tú... perdido.

La ví encenderse en verdadera cólera. Aquel manojito de gracias, aquel ramillete de chistes, nunca se había presentado á mis ojos en la transformación fisiológica de la ira. En tal instante miréla por primera vez airada, y me acobardé cual no me he acobardado nunca. La ví palidecer, dar una fuerte patada; la oí tartamudear dos ó tres palabras; levantó la pierna derecha, quitóse con rápido movimiento una de aquellas enormes botas, la esgrimió en la mano derecha, y me sentó la suela en la cara una, dos, tres veces: la primera vez un poco fuerte, la segunda y tercera más suave... Yo cerré los ojos y aguanté. Tan quemado estaba por dentro, que me dolió poco...

--¡Ay --exclamé--, si me mataras á zapatazos como se mata una cucaracha, qué favor me harías!...

La ví volverse á calzar, sustentándose en un solo pie con extremada gallardía. Después se arregló el pelo y la chambra. Respiraba fuerte y se había puesto encarnada. Poco á poco aquella terrible y nunca vista cólera se iba disipando, y Camila volvía á ser Camila. Una sonrisa le desfloró los labios, dándome á conocer que sentía cierto temor de haberme pegado demasiado fuerte. Miróme con atención á punto que yo me llevaba las manos á la cara.

--¿Qué tal, escuece? --me dijo--. Tú te tienes la culpa por pesado. Yo las gasto así. ¿Qué es eso? Sangre. Me alegro: vuelve por otra. Así, así: quiero que lleves estampadas en tu hocico las suelas de mi marido.

Creédmelo: cuando no me eché á llorar en aquel instante como un ternero, es seguro que las fuentes del llanto estaban agotadas en mí. Y más me afligí viendo á Camila salir y volver con un vaso de agua y un trapo de hilo, el cual humedeció para lavarme la cara. Y se reía curándome.

--No es nada, hijo: un pedacito de piel levantada. Otras te han sacado todo el cuero y no te has quejado... ¿A que no vuelves á atreverte conmigo? ¿Te das por vencido?

--No: te quiero más cuanto más me pegues, y concluiré loco, saliendo á gritar por las calles que eres la mujer más sublime que he conocido...

--¡Claro!... como que me van á poner en la _Biblia_... ¡Ea! se acabaron las papas. Ahora me haces el favor de marcharte á tu casa. Tengo mucho que hacer y no estoy para espantajos.

--No me voy, Camila, sin una esperanza siquiera... promesa al menos...

--¿Promesa de qué? ¿Habráse visto tonto igual? Que me vuelvo á quitar la bota... Eres tan sinvergüenza, que por verme una pierna te ha de gustar que te pegue. Estos tísicos son así. Pues no, no te pego más; no me da la gana. Unicamente te desprecio... Conque ve despejando el terreno, si no quieres que se lo cuente á Constantino. Hasta aquí he sido prudente; pero me pones en el caso de no serlo. Si él sabe lo que me has dicho... ¡Jesús de mi alma la que arma! Ya te estoy viendo volar hasta el techo.

--Pues díselo... cuéntale todo. En mi estado, deseo cualquier disparate...

--¿Sí? No lo digas dos veces. Mira que canto...

Estaba destapando pucheros. De pronto la ví atendiendo con cara de Pascua á cierto ruido en la escalera.

--Ya viene... es él... Le conozco en el modo de trotar. Sube los escalones de tres en tres... Compara, hombre, compara contigo, que cuando subes llegas aquí ahogándote, medio muerto. Lo que yo digo, la vida alegre...

Fuerte campanillazo anunció al amo de la casa que venía de la oficina. Corrió Camila á abrirle, y oí como una docena de besos fuertemente estampados, ósculos de devoción y fe, como los que dan las beatas, echando toda el alma, á las reliquias de un santo que hace muchos milagros. El burro entró en la cocina.

--Hola, chico, ¿tú por aquí?

--¿Qué me traes? --le dijo Camila.

--Nada más que estos jacintos.

--¡Qué bonitos y qué bien huelen! Ponlos en ese jarro, por el pronto. Oye: dale uno á este estafermo, que bien se lo merece. Me estaba ayudando á poner los trastos en el vasar de arriba, y se le vino encima el caldero grande: mira la contusión que tiene en la mejilla... ¿Sabes de lo que hablábamos ahora?...

Otro campanillazo cortó el concepto de mi prima. «¿Qué iría á decir?» pensé yo; y ella dijo:

--¿Quién será?

Constantino fué á abrir, y oímos esta exclamación:

--¡Oh, señora doña Eloísa!... ¿Usted por aquí?