Lo prohibido (novela completa)
Part 30
Los moscones no se habían ido; pero la hermana de Cícero se estaba despidiendo ya. María Juana y yo pasamos al gabinete y nos sentamos juntitos en un diván. Ella estaba pensativa; yo también, atendiendo con disimulo á los movimientos de Camila, que entraba y salía á ratos.
--¡Qué enseñanzas tan grandes encierra este palacio! --me dijo la señora de Medina poniéndose la careta filosófica que había adoptado casi como una prenda de vestir, y que verdaderamente no le sentaba mal--. Esto enseña más que libros, más que sermones, más que nada. Mírate, mirémonos todos en este espejo... ¿Pero á dónde va á parar esta mujer, gastando siempre lo que no tiene, y dándose vida de princesa?... ¡Ah! lo que yo dije. Carrillo era un pobre simplín, y en tales manos mi hermana tenía que perderse. Si hubiera caído Eloísa en poder de un hombre como Medina, que es la prudencia, la rectitud andando...
Dando cabezadas enérgicas me mostraba yo conforme con estas sabidurías.
--¿No te da gozo de verte libre de la esclavitud de estas paredes? Escapaste de milagro, porque tuviste un buen pensamiento, una inspiración. Dí que no crees en el Angel de la guarda. Y ahora parece como que tienes la nostalgia de esta perdición; parece como que no quieres afianzar tu victoria ni ponerte á seguro de otra caída. Si te descuidas, ya estás otra vez por los suelos. Porque tú eres muy débil; tú no sabes vencerte; tú no eres como yo, que me domino, soy dueña de cuanto hay en mí y no hago nunca más que lo que me dice la razón.
La miré mucho y sonriendo, único modo de expresarle la admiración que aquella excelsa virtud me producía.
--No es para que te pasmes... Vosotros los hombres sois más débiles que nosotras. Os llamáis sexo fuerte, y sois todos de alfeñique. ¡Nosotras sí que somos fuertes! Ese maldito poeta inglés, ese _Shakespeare_, era de mi misma opinión. Lee el _Macbeth_... aunque supongo que lo habrás leído. Fíjate en aquel personaje, _hecho de la miel del cariño humano_; en aquel pobre hombre capaz de hacer el bien, y que hace el mal cuando la grandísima bribona de su mujer se lo manda; fíjate en ella, en Lady Macbeth, que es el nervio y el impulso de la acción toda en aquel drama de los dramas. En fin, que nosotras somos el sexo fuerte, y sabemos ser heroínas antes que ustedes intenten ser héroes. De todo esto deduzco que vosotros escribís y representáis la historia; pero nosotras la hacemos.
Aunque no podía ver bien claro á qué cuento venía todo aquello, expresé mi admiración otra vez con nuevos y más recargados aspavientos, ponderando el sentido crítico y lo escogido de las lecturas de mi prima.
--Eres una mujer excepcional --le dije, haciendo como que me entusiasmaba--; una mujer de cuya posesión...
Yo no sabía cómo acabar la frase. Busqué la sintaxis más sencilla para decirle: «No conozco ningún hombre digno de que tú le quieras de verdad. El que mereciera tal honra, debería ser la envidia de nuestro sexo, que tú con razón quieres se llame sexo débil.»
--No seas tonto, no veas en mí nada superior --replicó aventándose con modestia, de esa que se tiene á mano como un abanico para darse aire--. Como yo hay muchas. Sólo que no se nos encuentra así... á la vuelta de una esquina. Hay que buscarnos. Y el que...
No oí el resto de la frase, que sin duda era cosa buena, porque me distraje viendo á Camila que pasó por la habitación como buscando algo, y miraba debajo de los muebles. Cuando volví en mí, no alcancé sino estos ecos:
--Yo soy mi rey absoluto, y no hago nunca sino lo que yo misma me mando... Ya lo sabes: no creas que tratas con esas que andan por ahí... Algo va de Pedro á Pedro. Vete sosegando y acostumbrándote á la idea de que no todo el campo es orégano. Cuando te domines, experimentarás la satisfacción purísima de ser dueño de las propias pasiones y mandar en ellas, como ese domador que entra en la jaula de los leones y les sacude...
--Sí; pero se dan casos de que á lo mejor un leoncito saca las uñas y...
--No: no hay uñas que valgan, y, sobre todo, en este caso mío no hay peligro... te juro que no hay peligro --declaró, tomando con más presunción la actitud de heroína...--. No pienses más en esas locurillas que me has dicho la otra noche... Aprende de mí á quitar de la cabeza esos celajes de tormenta. ¡Y si vieras qué tranquilidad después de haberse limpiado bien! Cuesta un pequeño esfuerzo; pero se consigue, créelo, se consigue. Oye mi plan curativo: redúcese á una cosa muy sencilla; es una toma fácil, dulce, agradable, casi un refresco...
--Ya...
--Nada, que te tomas á Victoria. Cierra los ojos, hombre, y adentro. Ese matrimonio es mi orgullo; es la más santa de mis obras de caridad. Anoche hablé de ello con Medina, y créelo, se entusiasmó. Parecióme que se disipaba la ojeriza que te tiene.
--Yo no me caso --manifesté con énfasis.
--Lo veremos, lo veremos --respondió acalorándose--. Cuando á mí se me pone una cosa en la cabeza... Si te obstinas, perdemos las amistades. Mira, mira: desde ahora te digo que no vuelvas á entrar en mi casa, que no me dirijas la palabra, que no me mires á la cara. Ya no existo para tí.
--Por Dios, María, esa pena es demasiado cruel.
--Yo soy así... Nada, nada: se queman las naves, y adelante. Bien para tí, bien para mí. Y se acabaron los peligros y las luchas; se acabó esa tentación tonta, que me ha obligado á reconcentrar todas las fuerzas de mi espíritu, padeciendo mucho, créelo, padeciendo mucho... ¿Piensas que todo sale á la cara? ¿piensas que no hay procesiones por dentro, cuando más vivo se repica?
--Pues si tú eres fuerte --le dije con fingido arrebato--, yo soy débil; yo no sé ni quiero vencerme. Mientras más te empeñas tú en ser heroína, más vulgar soy yo; y es que luchando vales más, y á los encantos que tienes, añades el de la grandeza. Piensa lo que quieras; pero yo no cedo, yo no hago pinitos en la cuerda de la virtud, porque no sé hacerlos: se me va la cabeza, caigo y me estrello. Mejor, me gusta estrellarme. Despréciame si esto te parece una indignidad; pero no me digas que te imite, María: yo no soy de esa madera de santidad. Déjame que te admire, que te idolatre á mi manera, sin aspirar á cosa tan grande...
No sé cuántas tonterías dije, invenciones del momento, palabras confitadas y artificiosas, semejantes á esos castillos de caramelo y guirlache que se regalan el día del santo. Ella afectaba oirlas con pavor; pero en realidad le sabían á cosa dulce y regalada. No sé qué me habría contestado con sus filosofías y sutilezas. Quedéme sin saberlo, porque entró Camila de improviso y nos cortó el coloquio diciéndonos:
--¿Han visto ustedes por alguna parte mi obra? No sé dónde la he dejado.
--Si la tengo en el bolsillo --grité yo, sacándola, y tirándole el ovillo y lo demás.
¡Necio! ¡Yo que pensé que la había dejado con intención junto á mí para volver á sentárseme al lado!
Como Camila estaba delante, María Juana no sacó más sabidurías, ni yo tenía ganas de que las sacara. Habiéndonos quedado solos otro ratito, díjome sin venir á cuento:
--No sabes lo bueno que es Medina. No tienes idea de sus virtudes, tanto más meritorias cuanto más circunspectas. Compárale con tanto perdido como hay por ahí, alguno de los cuales conoces tú muy bien... ¿Quieres saber un rasgo suyo? Pues oye. No viene acá porque dice que le apesta esta casa. Es su manía: la llama la _antesala del infierno_. Aquí está, según él, _toda la podredumbre de extranjis_... Pero siente lástima de Eloísa al considerarla enferma, arruinada, sin un cuarto. «Ahora --dice-- los amigos huirán de ella como del cólera... Debemos socorrerla, sin que ella misma sepa que la socorremos; pues si no es así, ¿qué mérito hay?»
Sacó entonces la sabia una carterita de piel de Rusia sujeta con elástico, y abriéndola me mostró un manojillo de billetes de Banco, y me dijo:
--Mira, hoy me ha dado esto Medina para las atenciones de Eloísa... Son cuatro mil reales en billetes pequeños... Me ha encargado mucho no le diga quién se los da, sino que se los ponga en la gaveta donde tiene el dinero... Mi marido es así: le gusta hacer el bien en silencio, sin estrépito; no como otros que se dan bombo cuando le tiran algún perro chico á un pobre...
--El rasgo me ha gustado --afirmé con sinceridad--; pero hay una cosa... y es que mientras yo esté aquí, Eloísa no carecerá de nada. Es en mí un deber, y lo cumpliré.
Estábamos de rasgos, y yo no podía menos de sacar el mío. No me había acordado hasta entonces de socorrer á Eloísa; pero puesto que otro me echaba el pie adelante, yo me encalabrinaba un poco, queriendo ser el primero. Disputamos un rato, cada cual con nuestro tema.
--Te digo que haré lo que mi marido me manda.
--Te digo que no lo harás.
--¿Y tú qué tienes que ver...?
--Tengo que ver... que el socorro de Eloísa me corresponde á mí.
--No seas majadero.
--Pues no te empeñes: guárdate ese dinero.
--¡Qué pensará Medina!
--Nada, puesto que tú le dices que has cumplido su encargo.
--Claro... una mentira.
--Es venial.
--Ni venial ni mortal, caballero. ¿Qué piensa usted de mí?
--Pues arréglate como quieras...
--Pues mira, me guardo el dinero, y vaya esto sobre tu conciencia --exclamó con arranque y un poquito de elocuencia patética--. Contigo no valen los buenos propósitos. Eres el genio del mal, y corrompes cuanto se te acerca.
VII
Vimos pasar á Manolo Trujillo, á quien Camila conducía de la mano hasta la antesala, donde le esperaba un criado. El infeliz sonreía con tristeza, y en cada habitación dejaba un gran suspiro, cual si quisiera señalar su paso por ellas poniendo aquí y allí jirones de su alma. Hice señas á Camila para que no le dijese que yo estaba allí. No quería entretenerme. Poco antes había salido también la otra visita, y María pasó á ver á su hermana. Yo también pensé entrar; pero la borriquilla me dijo:
--Eloísa no quiere que entres. La señora no está visible más que para los ciegos... Dice que te des una vuelta por aquí mañana.
Yo no deseaba otra cosa, y me marché, no sin detenerme en el primer gabinete, fingiendo que tenía algo que hacer allí. Mi intención era esperar á Camila para echarle el guante cuando pasara y decirle algo. Pero no pareció, y aburrido me retiré. Aquella tarde supe por la criada que Camila fué á su casa á disponer sus cosas; pero antes de que Constantino volviera del paseo á caballo, ya estaba ella de vuelta en la calle del Olmo. Miquis estuvo toda la noche desesperado, diciendo:
--Ya no aguanto más. Si mi mujer me tiene en esta soledad otra noche, voy y me tiro por el viaducto.
Al día siguiente era mi santo, y recibí algunos regalos. Muy temprano mandé á Eloísa un magnífico ramo de flores, y á eso de las once fuí á verla. Micaela y Camila se reían en mis barbas, después de darme los días. «La enferma estará ya bien cuando andan los tiempos tan bromísticos», pensé.
Ya iba á pasar, cuando mi prima me detuvo.
--Espere usted, caballero; no tenga usted el genio tan vivo.
Y diciéndolo, sacaba de una cómoda un gran velo de tul de seda.
--¿Qué es eso?
--La mortaja --respondió riendo á carcajadas, lo mismo que Micaela.
--¡Vaya unas bromitas de mal gusto!
Rafael salió á mi encuentro, y le dí los dulces y los juguetes que le traía.
--Ya puede usted pasar, caballero --me dijo la de Miquis saliendo de la alcoba.
Y entré con el niño en brazos. En la estancia había mucha claridad, y un fuerte olor de sahumerio. Parecía que se entraba en una alcoba de parida. Mi primera mirada fué para la cama, en la cual creía ver la destruída belleza de mi amor de antaño; mas no ví sino una cosa muy extraña que por de pronto me impresionó. Fué como cuando vemos inesperadamente un féretro. Y féretro pagano era aquello sin duda, como comprenderá el lector por la breve pintura que voy á hacer. En vez del cobertor ordinario, la cama ostentaba una colcha riquísima de raso azul bordado de oro, que se había salvado no sé cómo del desastre de la viuda de Carrillo. Esta yacía entre sábanas, envuelta la cabeza en aquel tul de seda que yo había visto poco antes, dispuesto con graciosos y elegantes pliegues. Al través de la diáfana tela, se veía y no se veía el rostro de la enferma. Los ojos lucían; pero las deformidades de la garganta quedaban disfuminadas y como perdidas en los cambiantes y tornasoles de la tela. Así de pronto, se veía la cara como si estuviera cristalizada en el fondo de uno de esos feldespatos que tienen reflejos de ópalo y ráfagas de nácar. Alrededor de la cabeza, Camila y Micaela habían puesto flores, muchas flores, sacadas del ramo mío y de otro que mandó Manolo Trujillo, esparcidas con arte y gracia, afectando lo que los retóricos llamaban _un bello desorden_. Bajo la colcha, se modelaba como un bosquejo de escultura el cuerpo de Eloísa, recto, y sobre el raso azul aparecían los brazos con mangas de finísima y olorosa batista, y luego las manos blancas y sedosas con ricos anillos en los dedos regordetes. En toda la estancia los búcaros más lindos de la casa ostentaban flores. Yo no tenía idea, hasta entonces, de la coquetería mortuoria.
--¡Famoso cuadro! --exclamé pasada la primera sorpresa--. Está bien ideado y bien compuesto.
Y ellas ríe que te ríe, la una en mis barbas, la otra debajo del tul.
--Estas bromas me prueban que ya estás fuera de peligro.
--Cállate, no me hagas hablar. Se descompone el cuadro.
Y Rafaelito se impresionó tanto con aquella extraña apariencia de su madre bajo el velo, que rompió á llorar espantado. Logramos tranquilizarle, sacándole de la alcoba y dándole dulces.
La mejoría de Eloísa era tan manifiesta, que, según había dicho Moreno, el restablecimiento completo sería obra de una semana. Deseaba ella ver luz, recibirme, hablar conmigo, y su presunción ideó aquel artificio del velo, que, sin molestarle, ocultaba su fealdad.
--Tenía ya unas ganas --me dijo-- de ver claridad, de oler flores, de estar entre cosas bonitas y frescas, y apartar de mí tanta pestilencia, que mandé sacar la colcha, adornar la habitación y esparcir las flores por la cama. Todo es en obsequio tuyo, por celebrar tus días. ¿No es verdad que hace bien? ¿Qué te has creído al entrar? Ello debe de parecer cosa antigua, del paganismo, así como cuando van á enterrar á una ninfa ó á quemarla viva... Siéntate; no hagas visita de médico. Hoy vais á almorzar todos aquí. Vendrán Raimundo y mamá. Me alegraría de que viniese también María Juana.
--En nombrando al ruin... --dijo ésta apareciendo en la puerta.
Sorpresa y risas. La _ordinaria de Medina_ no celebró la ocurrencia menos que yo. A Raimundo, que vino un poco más tarde, parecióle excesivamente teatral, y sacó á relucir á Ofelia, Beatrice Cenci, Ifigenia y otras muertas célebres. La cosa era, según él, digna de un cromo de á peseta. Fuimos á almorzar, y lo hicimos todos con buen apetito, á excepción de Camila, que distinguiéndose siempre por su buen diente, estuvo aquel día un tanto desganada. Se le dieron bromas, y adelante. Después de las doce, cuando Raimundo se hubo marchado con el pesar de no encontrar forma humana de darme un sablazo, las dos hermanas y yo acompañábamos á la enferma, que persistía en la farsa aquélla del velo. Camila retiró la colcha de raso azul, y se sentó á lo moro sobre la cama, cerca de donde se veía el bulto de los pies de Eloísa. Atenta al mete y saca del gancho, con el hocico un tanto alargado, ceñudilla y triste, parecía abstraída de la conversación general.
--Camila, ¿cuándo te divorcias? --le preguntó Eloísa.
--Déjame á mí... No tengo gana de bromas.
Y volviéndose á mí Eloísa:
--¡Ay qué escena te perdiste la otra noche! ¡Yo estaba muriéndome, y, sin embargo, me reía! Todo fué por no sé qué tonterías que le dijo el marqués á Constantino. Él se puso como un tomate. Habías de ver á mi hermana. Cuando el marqués se fué, saltó como una hiena contra su marido... le cogió por las solapas, empezó á decirle cosas; ¡pero qué cosas!... ¡Cuando yo me reí, estando como estaba...! Luego le olía la cara, el pecho; le olfateaba como los perros, diciendo: «Sí, no me lo niegues... ¿No te da vergüenza, truhán? Traes pegado el tufo ó el _bouquet_ podrido... Lárgate, quítate de delante de mí, no me pegues esa peste... Me divorcio, no quiero más hombre; me emancipo, me adulterizo...»
Eloísa la imitaba muy bien. Camila, bastante colorada y sin apartar los ojos de su obra, se sonreía de esa manera equívoca en que las contracciones de los labios son como un esfuerzo destinado á impedir que broten lágrimas.
--Al pobre Constantino un sudor se le iba y otro se le venía --prosiguió la otra--. No decía más que «pero, mujer... si no huelo, si no huelo...»
Por fin vimos brillar la lagrimilla en las pestañas de la señora de Miquis. ¡Qué mona estaba! Me la hubiera comido.
--Vaya, cállate ya --dijo á su hermana--. No me hables más de ese pillo.
--¿Pero no le has perdonado todavía? ¡Qué tonta eres!
--Hija, un desliz... ¿Qué hombre, por santo que sea, no tiene un mal pensamiento?
--¿Pero tú estás segura de que olía? --apuntó María Juana.
Hicimos coro las dos y yo para impetrar el perdón del oliente culpable; pero Camila no se daba á partido. Después se serenó un poco; nos dijo que Constantino deseaba le dieran un mando en la reserva, y que ella se oponía si el destino era fuera de Madrid.
--Pero ya no me opongo. Si se lo dan para Burgos, como dijeron, vaya con Dios. Quiero estar sola, quiero descansar de tanto trabajo. Soy una esclava: yo coser; yo hacer la comida; yo lavar; yo planchar; yo cepillarle la ropa y embetunarle las botas; yo vestirlo; yo lavarlo; yo barrer mientras él duerme la mañana; yo escribirle las cartas á su familia; yo hacer café; yo ponerle los cigarrillos en la petaca y contarle los que se ha de fumar cada día; yo enseñarle mil cosas que no sabe, hasta el modo de andar, y darle lección de lo que ha de decir cuando va á una visita; yo pensar por él, educarle, criarle como á un niño y dejar de comer para que él se abone á los toros... ¡Que se vaya con mil demonios!
--Pues, hija --dije yo prontamente--, si le conviene Burgos, dalo por hecho. Hoy mismo pido el destino á Quesada, que es grande amigo mío.
--Ya puedes coger tu sombrero y echar á correr para el Ministerio --replicó la de Miquis.
--No tan fuerte, mujer.
--Piénsalo...
--Siempre eres así. ¡Qué prontitudes!
Las otras dos siguieron dándole bromas, y yo mirándola, muy satisfecho del giro que aquello tomaba.
Salí para ir á la Bolsa, donde tenía un asunto muy urgente; y cuando volví, Camila había ido á su casa. Eloísa estaba sola y dormida, ya sin el velo. Miré su tremenda deformidad, y salí de puntillas de la habitación. En el gabinete me estuve hasta después de anochecido esperando á Camila, que llegó á eso de las siete, muy triste, suspirona y con pocas ganas de hablar. Díjele que al día siguiente me ocuparía del destino de Miquis, si ella persistía en sus ideas; á lo que me contestó, con un alfiler en la boca, doblando su velo:
--¿Pues no he de persistir? No más, no más... Descansaré al fin de domar brutos. ¡Oh! hay mucho que hablar. ¿Vendrás esta noche?
Este _vendrás_ me sacó de quicio: sonaba ante mí como el chirrido de las puertas del Cielo cuando se abren, y como me lo dijo muy claro, quitándose el alfiler de la boca, á mí se me hacía la mía agua. ¡Ya lo creo que iría! Antes faltara una estrella del Cielo que yo á la cita aquélla, que me parecía tan dulce como maliciosa. Las nueve eran cuando entré en la casa. «Si hay gente me luzco», pensaba. Afortunadamente, no había nadie más que mi tía Pilar, que llegó poco antes que yo. Iba allí á dormirse. Pero las cosas se me arreglaban mal, porque Eloísa estaba muy despabilada, y, poniéndose el tul, hízome entrar y rogóme que me sentara á su lado.
--Ave María, chico: no me acompañas nada. Estás un ratito, por punto, y en cuanto pillas una ocasión te evaporas... yo cuento los minutos que estás aquí solo conmigo, y... de fijo que á tí te parecen siglos. ¡Ay! lo que va de ayer á hoy. ¡Qué tiempos aquéllos! Se me arranca el alma cuando me acuerdo. ¡Y tú tan fresco! Dirás que yo tengo la culpa. Es cierto; pero no hablemos de culpas. Siéntate ahí y dame conversación; cuéntame algo...
¡Y yo que no tenía malditas ganas de plática! Pero no había más remedio. Hablé, hablé de mil cosas tontas y hueras, deseando vivamente que le entrara sueño y me dejara salir. Pero ¡quiá! Mientras más me aburría yo, más se despabilaba ella. Pedíame noticias de mis negocios, de lo que hacía en la Bolsa, de mis ganancias. ¡Oh! hablando de dinero se entusiasmaba, excitándose mucho. Su pasión era el vil metal, viniera como viniese. Por fin, no sabiendo ya qué hacer ni qué decir, lleguéme al _secreter_ que frente á la cama estaba y en una de cuyas gavetas tenía ella el dinero para su gasto diario.
--Estará la patria oprimida --indiqué abriendo el cajoncillo y viendo muchos cuartos, poca plata y bastantes papeles--. Chica, qué arrancada estás. ¿Qué veo? Papeletas de Peñaranda de Bracamonte... ¿Y billetes? Ni medio. Son las últimas astillas del naufragio... ¡Qué desolación!
Eloísa no chistaba. Entonces saqué un paquetito de billetes de veinticinco pesetas, y se lo puse allí sin decir nada. Ella debió de ver lo que hice, porque cuando volví junto al lecho, me dijo:
--Gracias á tí, no tendré que vender lo poco que me queda para mandar á la botica. Ya sabes que siempre se te quiere, aunque tú te hagas el interesantito.
Y vuelta al endiablado palique de negocios y de mis operaciones. Yo no tenía sosiego, porque sentía á Camila entrando y saliendo en el gabinete próximo, como inquieta. El asiento me quemaba, y habría dado no sé qué por poder dejar á Eloísa con la palabra en la boca y marcharme. Pero ella no ponía ni dejaba poner punto ni coma. Estaba hambrienta de conversación; y yo, rabiando de inquietud, excitado, el alma fuera de allí, pidiendo á Dios que entrase alguien para endosarle á mi interlocutora.
--Me parece --dije al fin-- que tanto hablar ha de hacerte daño á la garganta. Mucho gusto tengo en conversar contigo; pero será mejor que nos callemos y que me retire, á ver si te duermes.
Lo mismo fué decirlo, que se puso hecha un basilisco.
--¡Siempre lo mismo! Si es lo que yo digo: te aburro. Estás aquí por punto, y no ves la hora de dejarme. ¡Qué desconsideración, viéndome enferma, consumida en esta miseria!... Confiésalo: ¿no es verdad que te soy antipática?
Yo no lo confesé; pero sí que me lo era. Digo más: en aquel momento la odiaba. Parecíame un sueño estúpido que yo hubiera querido á semejante mujer, y que aun en aquel caso la aguantara, por un sentimiento de delicadeza llevado al extremo. Disculpéme como pude, aunque debí de hacerlo muy mal, á juzgar por las quejas de ella. Al cabo, no pudiendo resistir más la impaciencia que me devoraba, salí con no sé qué pretexto. Pilar dormía en un sillón del gabinete. Creí oir la voz de Camila en la pieza inmediata, que estaba á obscuras. Pasé á ella, y... el vocerrón de Constantino fué lo primero que hirió mis oídos; sí, su odiosa voz que decía: «niña de mi alma, me muero por tí.» Como el pájaro salta de la rama al sentir ruido, así saltó Camila de encima de las rodillas de su esposo cuando yo entré. Fué un susto momentáneo, pues no habiendo malicia en aquella confianza matrimonial, se volvió á sentar sobre él y se hicieron los dos una bola delante de mí: con tanta apretura se abrazaban. Ella le cogía la cabeza como si se la quisiera arrancar, y le decía: «¡ay, mi asno querido! ¡qué rico eres!» Él la mordía, gritando: «te como;» y ella... ¡Mal rayo! Lo peor fué que se volvió hacia mí y me dijo: «Ya ves, José María: nos hemos reconciliado.»
--Ya podríais --repliqué, disimulando mi mal humor-- dejar esas cosas para cuando estuviérais solos en vuestra casa...
--¡Miren el tísico éste...! ¿Pues qué hacemos de malo? Si es cosa natural...
--¡Digo... y tan natural...!
--Que no es lo que te crees... Si todo se reduce á querernos... Mira tú: no tendría inconveniente en hacer esto en la Puerta del Sol...
--Entonces, ¿por qué diste un salto cuando yo entré?
--Porque me asustaste.