Lo prohibido (novela completa)

Part 28

Chapter 284,048 wordsPublic domain

Y ya que hablo de negocios, diré que había logrado con ellos lo que me propuse, á saber: distraerme y ganar algún dinero. A estas ventajas debo añadir la actividad física que por necesidad era inherente á tal género de vida, y aunque tenía coche, resolví usarlo poco para que el ejercicio me desentumeciera. De noche me imponía la obligación de visitar á mis amigos en los distintos círculos á que concurrían. Por charlar un poco con el amigo Arnáiz, iba al Círculo de la Unión Mercantil, de que él era presidente; por ver á Severiano y á Chapa, iba un rato al Casino, y Morla y Villalonga me llamaban hacia el Ateneo. De estos círculos era yo socio, aunque calentaba poco los divanes en ellos. Al Bolsín no iba sino cuando tenía que ver necesariamente á Torres, ó á Samaniego, que siempre estaba allí de una á dos, la hora de liquidar, llamada propiamente _de Bolsín_. Aquel círculo me era muy antipático, dicho sea sin ofender á nadie. A la sala de liquidación no le faltaba más que el vino para parecerse á una taberna. Por las noches la invadían los cobradores y zurupetos, jugando al tresillo en las mismas mesas donde por el día se _mataban_ y se _casaban_ las diferencias; y los escuetos salones eran para mí lo más aburrido del mundo, salvo cuando corrían noticias de bulto. En estos casos el Bolsín era el centro de las palpitaciones comerciales, el _gran simpático_ que reflejaba la excitación de todo el Madrid financiero. Pero en noches normales parecíame un casino soso, no exento de grosería. El gallito de él era Torres, que todo lo animaba con sus dicharachos crudos, con su costumbre de tutear á todo el mundo y aquella risa repentina, entre marrullera y soez, que desde la escalera se oía, y á la cual algunos daban toda la importancia de un signo de lenguaje y presumían de saberlo traducir.

A la Bolsa iba yo entonces todos los días, unas veces decidido á hacer algo, sin meterme muy á fondo; otras por tomar el pulso al juego. Corriéndome hacia la derecha, me encontraba con la alta Banca, entre cuyos individuos tenía yo buenos amigos. Solía tropezar con _Partiendo del Principio_, que en dos palabras me daba á conocer la excelsitud de sus conocimientos, y no perdonaba ocasión de hacerme saber que yo era un inocente, y que la humanidad toda _pasaba desapercibida_ para un sujeto tan perspicuo como él. Medina no faltaba ningún día, y se paseaba de largo á largo en el espacio aquél de la derecha, conforme entramos, sin pararse un momento. Andando, daba sus órdenes á Samaniego, que bajaba del _parquet_ con frecuencia, y se ponía de acuerdo con Torres. Este no iba todos los días: se había crecido mucho para prodigarse. Cuando se aparecía por allí, toda aquella gente de los corros le miraba con cierta veneración, y él se inflaba lo indecible. En el murmullo del local, tan semejante al zumbido de una colmena, sonaban sus risas prontas, ásperas y estridentes, parecidas al rasgar de telas que se oye pasando por la calle de Postas á las horas de más venta. Comúnmente se venía hacia mí, y concertábamos una operación modesta. En aquel local siempre me tuteaba: era costumbre arraigada en él, de la cual sólo se eximían Ortueta, Urquijo y otros pocos por quienes tenía adoración. Era un asombro ver cómo se lanzaba á mayores, haciendo operaciones arriesgadísimas, por sumas fabulosas, con mediación de Samaniego, pero sin publicar.

Torres no salía del local sin que le anunciara el coche un lacayo cargado de pieles. Daba compasión ver al pobrecito muchacho sudando cada gota como un puño. Pero el agiotista creía sin duda pregonar mejor su riqueza por medio de las zaleas que ahogaban á aquel infeliz mancebo, y no se las quitaba hasta muy entrado el tiempo de calor. En esto no imitaba á sus patriarcas Ortueta y Urquijo, que hacían gala de retirarse siempre á pie. _Partiendo del Principio_, después de espatarrarse un momento delante del _parquet_, limpiarse el sudor de la frente con cierta pausa, á que él quería dar aires de gravedad, y decir cuatro sandeces, se iba en su _victoria_ camino del Retiro, donde le esperaba _No Cabe Más_, siempre de tiros largos, siempre estrenando, siempre en perpetuo domingo ó Corpus ó Jueves Santo, por lo chillón y nuevecito y llamativo de cuantos perendengues llevaba.

Un día me dijo Medina, sin detener el paso, para lo cual tuve que dejarme ir con él:

--¿Sabe usted que Eloísa está mal?

--¿Mal de intereses? Ya me lo suponía.

--No: de salud... Debe de ser cosa de cuidado.

Como en seguida hablamos de un tema en extremo interesante, la liquidación del siguiente día, fin de mes, se me fué del magín Eloísa y su mal.

--Esta liquidación va á dar algunos disgustos --gruñó Medina--. Sáinz me tiene que aflojar diez mil pesetas, Cecilio setenta y cinco mil. ¿Quién liquida por ese Cañizares de los espejuelos verdes? Creo que lo hará Paco Rojas. ¿Y usted, qué tal? Ya, ya sé que tengo que aflojar á usted doce mil pesetas; pero las casaremos si Rojas tiene algo á favor de usted.

Aquella noche, en su casa, sacamos nuestras notas de liquidación, y matando y casando, obtuvimos nuestros respectivos totales. Él y yo quedábamos casi á la par. Un tal Sáinz, con quien yo había hecho muchas _dobles_, y que en aquel mes hizo conmigo una operación alta, nos tenía que entregar á Torres, á Medina y á mí, por diferencias, unos noventa mil duros. La liquidación fué algo penosa, porque Sáinz estuvo al ras de presentarse en quiebra. Nos tragamos nuestro susto, pues aunque la operación había sido pública y con todas las formalidades, si el tal no tenía, era forzoso tomar lo que quisiera darnos. Por fin, el 2 de Marzo Sáinz se presentó en el Bolsín á proponernos saldar sus compromisos con una partida de _Cubas_ y otra de Obligaciones de Osuna.

--Si usted no quiere las Osunas --me dijo Medina--, yo las tomo todas.

--Me es igual --respondí.

Y concertamos que Cristóbal tomaría las _Cubas_ y yo todas las Osunas. Aquel mismo día, en el Bolsín, salió del corro de contratación una voz gangosa que me dijo:

--Doña Eloísa está muy mal.

Era la voz del cobrador de Medina, amigo y protegido de mi tío.

--Pero, hombre, si la señorita María Juana me ha dicho anoche que ya estaba bien...

Por la tarde subí á ver á Camila. No estaba.

--La señorita --me dijo la criada-- ha ido á casa de su hermana, que está muy malita...

--¿Y el señorito Constantino?...

--Ha salido á caballo, como todas las tardes.

«Conque sigue mal la infeliz... --pensé al retirarme--. Bueno: mañana iré á verla.»

Y llegó mañana, y no fuí tampoco. Se necesitaba un espolazo mayor para decidirme. Hallábame en la Bolsa. Poco interés aquel día. Acerquéme á los distintos corros, que estaban muy desanimados. Generalmente, en estos pelmazos humanos dominan los hongos número dos y las americanas de mal traer; hay algunas capas, y por lo común formas no muy exquisitas. Hay corro que parece de apreciables tenderos de ultramarinos; el del Perpetuo, enracimado en la barandilla, es el más bullicioso. Pero aquel día sólo había un poco de vida en el de los _Aguadores_, ó sea los que operan en Cubas. Del de los _Negritos_, que es el más modesto, salió una destemplada voz que me dijo:

--Don José María, el señor Trujillo estaba preguntando hace un rato si había venido usted.

Pertenecía esta voz á un individuo que imitaba á Torres en la manera de reir y en la costumbre de tutear; dedicábase á comprar picos, y operaba en chinchorrerías. Su especialidad era estar siempre de capa hasta el _cuarenta de Mayo_ lo menos; se llamaba Mazarredo, y cuando hacía un buen negocio, expresaba su gozo imitando el canto de la codorniz con gran escándalo y risa de todos los concurrentes á la Bolsa.

Al oir que Trujillo quería hablarme, corrí al ángulo segundo de la derecha. Aquél no era el Trujillo que yo conocía, sino su primo Manolo, joven muy simpático, rico, soltero, elegante, de buena figura. Desde el año anterior había empezado á padecer de la vista, y perdiéndola gradual y rápidamente; á la fecha de lo que escribo estaba ciego del todo. Era un dolor verle, con los ojos cuajados y fijos, la cara pálida, ansiosa, queriendo ver y no viendo nada. El pobrecito se hacía la ilusión de que veía algo, y los amigos cuidábamos de no quitársela por completo.

--¿Qué tal, Manolo?...

--Mejor, mejor --respondía infaliblemente, pasándose una mano por delante de los ojos--. Principia á aclarar el derecho... Me veo perfectamente los dedos.

Todos los días, como quiera que estuviese el tiempo, se vestía correctamente, y un criado le llevaba á la Bolsa á eso de las dos y cuarto y le sentaba en aquel ángulo, de donde no se movía, hasta que á las tres y media volvía el mismo criado á recogerle. Aunque era joven, se había estrenado en los negocios, para los que tenía gran capacidad, y no podía vivir sin respirar durante un rato aquella atmósfera picante, en la cual no se sabe qué es más espeso, si el aire cargado de humo ó el ambiente aquél de las cotizaciones saturado de números. Hay gustos muy raros.

Sentéme junto á él, y aún no le había estrechado la mano, cuando, dando un gran suspiro, me disparó estas palabras:

--¿Conque Eloísa se muere?...

Dejóme frío la noticia y la puse en duda.

--No, no es cuento. Anoche he estado allí... Muy mala, muy mala la pobre. Es cosa de la garganta, del cuello, no sé qué. Dicen que está horriblemente desfigurada. Yo, como no la puedo ver, siempre la _veo_ hermosa.

Manolo Trujillo había sido, antes de perder la vista, uno de los más fervientes y al mismo tiempo más discretos admiradores de Eloísa. Después de su ceguera, la visitaba de vez en cuando, haciendo gala de una especie de inclinación alambicada y platónica, sentimiento muy propio de un caballero que ha visto mucho y ya no ve nada. No esperé á que acabara de contarlo, y deplorando mi descuido, corrí á la calle del Olmo.

III

Al entrar en la casa, todo cuanto en ella ví me anunciaba desolación, ruina, tristeza. Evaristo, sin librea, estaba encendiendo un brasero en el patio, asistido del cochero, en mangas de camisa y con chaleco rojo. Soplaba aquel día, que lo era á principios de Marzo, un vientecillo Norte que afeitaba. Los dos criados me saludaron y les pregunté por su señora. Enseñándome la lista, pusieron muy mala cara los dos. La escalera estaba glacial, y el pasamanos empolvadísimo. No sé cómo me entró aquella indignación que no pude reprimir.

--Evaristo --grité--, ¿no os da vergüenza de que las personas que entran vean esta escalera? Mira cómo me he puesto las manos. ¿En qué estáis pensando?

Y salió á decirme, gorra en mano, que no podían atender á todo, y que la casa era muy grande. Seguí subiendo. A mí qué me importaba que limpiaran ó no, ni qué tenía yo que ver con semejante cosa...

Desde la antesala me interné en los pasillos; mas por la mampara de cristales alcancé á ver la sala de juego con las paredes desnudas. Ví sillas en montón, patas arriba, como dispuestas para que se las llevaran, y flecos de riquísimas cortinas que arrastraban por el suelo. La primera persona que me encontré fué Micaela, que estaba en el gabinete de Eloísa, partiendo en tiras una sábana de hilo. Antes que yo le preguntara, la doncella, leyendo en mi cara el deseo de saber, me dijo:

--Yo creo que hoy está mejor; pero anoche por poco...

Daba dolor ver el gabinete desmantelado, casi vacío de las admirables porcelanas de Sevres, Sajonia y _Barbotine_ que antes lo adornaban, conservando sólo dos ó tres acuarelas de escaso mérito. Los clavos indicaban dónde estuvieron las obras superiores. Agujeros horribles en la pared, mostrando el yeso y la tapicería desgarrada, marcaban el sitio del espejo biselado que había ido á parar á casa de Torres. En cambio, quedaban begonias de trapo caídas de sus jardineras y llenas de polvo, fotografías apiladas sobre la chimenea, un caballete de nogal y oro sirviendo de percha para colgar cajas de sombreros, ropas y corsés de raso negro pendientes de sus cordones. Camila no tardó en entrar. Traía su delantalillo azul, y un puchero del cual salía vaho repugnante. Agitaba el contenido con una cuchara, y lo hacía caer de alto para que se enfriase.

--¿Ya estás aquí? --me dijo en voz baja, sin mirarme.

--No sabía nada hasta este momento. Me lo dijo Manuel Trujillo.

--Hazte el bobito... Demasiado lo sabías.

--Pero creí que era alguna desazón ligera.

--No está mala desazón. Anoche creímos que se nos iba. ¡Pobrecita! Y siempre preguntando: «¿Ha venido?» No quería mandarte llamar, sino que vinieras tú por tí mismo.

--Hija, no sabía...

--Francamente --afirmó mirándome cara á cara--, lo que has hecho es una _indecentada_... Porque, sea lo que quiera, pórtese bien ó mal, en eso no me meto, cuando una persona se muere... todo se perdona. Y tú la has querido, tú la has hecho pecar...

--Pero ¿cómo está, cómo está? ¿Es cierto que hay mucha gravedad? --le pregunté sintiendo un dogal en mi garganta.

--Mucha. Pero hoy está mejor que ayer. La hinchazón ha bajado algo. Ya no padece tanto. Dices que no sabías... ¡tonto! ¿Pues no te dijo Ramón que anoche me quedé aquí?

--No me ha dicho nada.

Y dale que le darás al menjurje aquél, que era espeso, viscoso, almidonáceo, y parecía tener leche á juzgar por su blancura.

--Esto es una cataplasma... --me dijo Camila bajando más la voz--. ¡Pobre Eloísa! Si entras á verla, ten cuidado de no dejar conocer la impresión que te ha de causar. Está horrible, espantosa. No la conocerás. Haz como que no encuentras en ella nada de particular. Más que el dolor y la fiebre, la mortifica la idea de lo fea que se ha puesto. No hace más que llorar y pedir á Dios que se la lleve antes que dejarla así.

Me acuerdo de haber dado un gran suspiro al oir esto. Camila y Micaela empezaron á extender aquella pasta sobre los trapos, soplando á la vez para que se enfriase. Después pasaron las dos á la alcoba, en la cual, al abrirse la puerta, noté que había completa obscuridad. Sentí lamentos que me traspasaron, con los cuales se confundían las voces cariñosas de las dos enfermeras.

--Si no te lastimamos; si es aprensión tuya...

--No tenga usted cuidado, señorita. La cataplasma está muy pegada y la vamos sacando poquito á poco...

Y seguían los quejidos y ayes de angustia, con invocaciones á la Virgen y á toda la corte celestial.

Cuando Camila volvió al gabinete, me susurró al oído estas palabras:

--Ya sabe que estás ahí. Se ha excitado un poco. Dice que no entres todavía; espérate. Ha mandado cerrar bien las maderas para que no entre ninguna luz. Cuidadito con lo que te he advertido.

Transcurrió bastante rato, y al fin Micaela apareció en el umbral, haciéndome señas de que pasara. Entré con vivísima emoción. No veía absolutamente nada. La atmósfera de la alcoba era espesa, repugnante; ambiente de enfermería que se hace irrespirable para todo el que no lo acometa con el desinfectante de la abnegación y del amor. A mí me tiraba á matar, oprimiéndome los pulmones. Micaela salió. Acerquéme al lecho, y palpando hallé el respaldo de una silla. Al sentarme dije palabras cariñosas, de fórmula, no sé cuáles. Oí entonces la voz aquélla, apagadísima y desentonada por la fiebre, pronunciando estas palabras:

--Por fin... pareciste... Tú habrás dicho: «Que se muera como un perro...»

Con las palabras salía del lecho un vaho infecto y pesado.

--¡Qué cosas tienes! Es que no sabía... Ya me ha dicho Camila que estás mejor.

--¡Ay, mejor! --exclamó la voz con desaliento--. Si me muero, si estoy hecha una miseria, una asquerosidad... No quiero que me veas. Estoy horrible.

--No te sofoques, hija. Eso pasará. Y no estás tan desfigurada como crees.

--¡Ay! chiquillo, tú no me has visto. Si me vieras, te espantarías, te parecería mentira que me quisieras.

Me incliné hacia ella.

--No, no te acerques, por Dios... Estoy rodeada de miseria humana. Pase el morirse; pero morirse así, apestando...

--No te agites. Me marcho, si no eres razonable.

--No: quédate otro poquito... Pero no me mires. Si ves algo, mandaré á Micaela que eche la cortina y que tape hasta la última rendija. No quiero que veas este adefesio que te gustó tanto cuando era de otra manera.

--¿Pero qué es al fin? Aún no sé lo que tienes.

Contóme en palabras breves su enfermedad. Empezó por un recrudecimiento de aquella sensación de la pluma. Pronto se determinó una angina, con fiebre intensísima. El médico dijo que era una angina maligna. No podía tragar; se ahogaba. De pronto empezó á hinchársele el cuello... un bulto horrible, que crecía por horas, y la fiebre subiendo, y el cerebro trastornado... delirio, inquietud. La noche última, por fin, cuando ya creía que se ahogaba, empezó la resolución... ¿Para qué hablar más de aquello? Era un horror.

--¿Qué tal de calentura? --le pregunté--. Dame acá una mano.

Sentí la mano que venía á buscarme. La busqué y nos encontramos. ¡Oh! ardía.

--Tienes muy poca fiebre --le dije, observando que tenía mucha y que las pulsaciones eran muy irregulares.

Le besé la mano una, dos, tres veces, conociendo cuánto gusto le daba con ello.

--Puedes besarla sin cuidado --afirmó con acento de cariño, que era como un alfilerazo en mi corazón--. Cuando supe que estabas aquí, hice que Micaela me las lavara... Es el único gusto que tengo ahora, en medio de esta suciedad, en medio de este pánico de la pestilencia que me mata más que el dolor.

--Esto no es nada, hija --repetí traspasado de lástima--. Dentro de ocho días verás qué buena te pones. Un poco de molestia, y nada más. Te acompañaremos, te cuidaremos mucho. ¿Te asiste Moreno Rubio?... Pues pierde cuidado. Eso no vale nada. Es un desahogo de la naturaleza. Te vas á quedar luego más buena... y más guapa que antes.

--¡Ay! tú no sabes cómo estoy. Ocho días de fiebre muy alta me han dejado en los huesos... Entra tu mano, y toca, chiquillo.

Metí la mano por entre las sábanas tibias, húmedas y pegajosas, y allá, en lo más caldeado, tropecé con su mano que me guiaba, mientras la quejumbrosa voz decía:

--¿Ves?... ¿ves qué pellejos?... Soy la muerte, la muerte.

Advertí que lloraba, y le dije por consolarla cuanto me parecía propio del caso.

--¡Oh! no, no, no me pondré bien --exclamó ella con amargura hondísima--. He sido muy mala, y Dios me está castigando. Pero por mala que una mujer haya sido, verse una entre esta inmundicia, verse así en los huesos...

--No te apures por las carnes, hija --le respondí haciendo un esfuerzo por reirme--. Verás qué pronto las echas: te pondrás gorda.

--¡Gorda yo!... ¡Jesús! No volveré á ser lo que fuí. ¡Y este cuello, Dios mío; esta monstruosidad...!

--Vaya, estate tranquila. La conversación y esas sofoquinas te perjudican mucho. Te voy á dejar... No: si vuelvo, no te apures.

--He sido mala, lo conozco... pero bien merezco que me vengas á ver, por lo mucho que me acuerdo de tí. Lo que yo digo: si tuvieras un perro y se pusiese enfermo de muerte, ¿no bajarías á verlo al sótano, y lo rascarías con un palo? Pues eso, eso... Yo no pretendo que te intereses mucho por mí; pero llegar, darme un vistazo...

En esto comencé á ver algo en la lóbrega habitación. Fuera porque mis ojos se habituasen á la obscuridad, ó que entrara más luz por las rendijas del balcón, lo cierto es que ví, y más deseara no ver. De la obscuridad, amasada con el vaho del lecho en términos que ambos fenómenos parecían uno solo, destacóse una forma confusa, de contornos tan extraños, que al pronto la creí determinación engañosa del bulto de las almohadas. Miré más, avivando el poder de mi retina cuanto pude, y causóme indecible terror la certidumbre de que aquella monstruosidad era la cara que conocí en la plenitud de la gracia y la hermosura. Parecióme enorme calabaza, cuya parte superior era lo único que declaraba parentesco con la fisonomía humana. Mas en la inferior la deformidad era tal, que había que recurrir á las especies zoológicas más feas para encontrarle semejanza. ¡Pobre Eloísa! La impresión que sentí fué de tal manera penosa, que cerré los ojos para no ver más. Dios mío, ¿por qué me permitiste ver aquella máscara horrible? Nunca la olvidaré. Parecíame ver expresadas en un solo visaje todas las ironías humanas.

--Nada, hija: te dejo sola para que descanses. No, no me voy de la casa, y entraré más tarde si te sientes bien. Descuida, que te sacaremos adelante.

--Bueno, hijito --replicó declarando en el tono su alegría--. Me haré la ilusión de que me quieres, á ver si de este modo me animo un poco.

Hice un gran esfuerzo para besarla en la frente. Para ello cerré bien los ojos. Cuando salí de la sofocante alcoba, iba pensando qué cruz tan pesada y espantosa es ser enfermero en frío, ó sea cuidar á enfermos á quienes no se ama.

IV

Salí á mis quehaceres y volví sobre las cinco. ¿Por qué he de ocultar una cosa que me desfavorece? La compasión por Eloísa me atraía verdaderamente; mas el deseo de encontrarme con la otra no me impulsaba menos hacia la calle del Olmo. Dicho en plata, me ilusionaba el ver allí á Camila, hecha una interesante enfermera; y si, al acordarme de su infeliz hermana, se aplacaban los fuegos de mi querencia, cuando suponía á la enferma salvada y mejorada, no podía menos de recrear mi espíritu en la idea de tropezarme con Camila en los rincones y callejuelas de aquel solitario caserón que tan bien conocía yo. Debo decir que mi locura, bien por no ser correspondida hasta entonces, bien por la depuración de mi espíritu en el trabajo, se había vuelto platónica. Siempre que podía hablar con Camila á solas, pintábame como un enamorado entusiasta, pero tranquilo, admirador frenético de sus eminentes virtudes y de la misma resistencia que me había puesto en tal estado. Y era verdad esto que le decía: la tal borriquita se me había subido á lo más alto de la cabeza, allí donde se mece, á manera de nube, lo puramente ideal, lo que es y no es, lo que nos habla de otros mundos y de Dios, haciéndonos á todos un poco poetas, religiosos ó filósofos, según los casos.

Yo no me alegraba de que Eloísa se pusiese peor; al contrario, lo sentía mucho; pero deseando que se mejorase, sentía que Camila no estuviese allí todo el día y toda la noche con su delantal azul, aunque sus manos olieran á cataplasma. Cómo compaginaba y conciliaba mi espíritu estos dos deseos, no lo sé decir. Pero es el espíritu tan buen componedor, que sin duda resultaría un arreglito en mi conciencia, escarbando mucho en ella para buscarlo.

Dejo esto por ahora, y sigo con la otra infeliz. Moreno Rubio, después que la vió al anochecer, me dijo que aunque la mejoría se había iniciado, no las tenía todas consigo. Explicóme lo que era aquello con todos sus pelos y señales, dándome á conocer la resolución posible, el proceso reparador en caso favorable, la complicación en el caso contrario. Pero no repito las palabras de aquel observador eminente por no cansar á mis lectores, ni entristecerles con estos pormenores tristísimos de la desdicha humana. Digamos sólo, con la religión, que somos polvo, inmundicia, y que siendo tan mala cosa, todavía ha de haber quien quiera regalarse con nosotros, y estos golosos de nuestra podredumbre son los gusanos.

Yo no pasé á ver á Eloísa, porque no se excitara; pero á eso de las diez se puso tan inquieta que nos alarmamos. Estábamos allí mi tía Pilar, Camila, Constantino y yo. Raimundo se había marchado á las nueve, y el tío Rafael vendría más tarde. Empezó la enferma á hablar como una taravilla: á ratos lloraba, á ratos anunciaba su muerte. Pedía que yo entrase; después que no. Quería estar á obscuras; luego la obscuridad le daba miedo, y era forzoso encender luz. Desde la puerta le oí decir, llorando:

--Me muero, conozco que me muero. Es terrible morirse así, en este muladar... Dios me perdonará. ¿Está ahí José María? A él le encargo que no entre aquí ningún cura: ¡no, no quiero ver curas...! Ya me las arreglaré sola con Dios.

La fiebre era muy alta aquella noche, y estaba la pobre agitadísima.

--No quiero luz: ¿no he dicho que quería estar á obscuras? ¿Es que me quieren mortificar? --gritó moviendo mucho los brazos.