Lo prohibido (novela completa)

Part 27

Chapter 273,838 wordsPublic domain

Paca era la mujer de Torres, y aunque amiga de mi prima, la amistad no obstaba para que ésta la tratase como la trató en aquella ocasión: con increíble menosprecio. Hízome de ella y de sus escasas dotes una pintura cruel: apenas sabía leer; era mucho más ordinaria que _No Cabe Más_, y únicamente se recomendaba por su falta de pretensiones y lo bien que cuidaba de sus hijos. No tardé en comprender que María Juana le perdonaba á Paca Torres su escasa educación; pero no aquella desvergüenza de acaparar los objetos de gran lujo que habían pertenecido á Eloísa. La mayor de las groserías es la improvisación de la fortuna, y poner las manos sucias, mojadas aún con el agua de un fregadero, en los emblemas de nobleza, pertenecientes por natural derecho á las personas bien nacidas.

VI

Aquel buen _ordinario de Medina_, en quien yo descubría poco á poco, dicho sea sin vislumbre de malicia, estimables prendas; aquel hombre que era honrado á carta cabal y hacía sus negocios con limpieza, sin ser un acaparador despiadado, como susurraba Torres, empezó á inspirarme una gran antipatía. Esto debió consistir en que yo se la inspiré á él antes, y al conocerlo, las leyes de equilibrio me impulsaron á pagarle en la misma moneda. Pues sí: Medina no me tragaba, y aunque era bastante prudente para no manifestarlo de un modo muy claro, estas cosas siempre salen á la superficie, y es preciso ser tonto para no verlas. Medina encontraba absurdas todas las opiniones mías sobre cualquier punto que discutiéramos, y me contraponía hasta los disparates del propio Barragán. Entre los dos, el uno con su malquerencia, el otro con el candor del asno que no sabe lo que hace, intentaban apabullarme con su desdén... Yo no tenía nunca razón, aunque defendiese el criterio más puro y diáfano; yo _estaba ido_; veía las cosas _bajo el prisma_ de las preocupaciones, y apoyaba mis argumentos _bajo la base_ de los errores... ¡del materialismo! En fin, que no se abría esta boca ante ellos sin soltar una barbaridad. Llegué á tenerles miedo, francamente, porque Barragán era hombre que increpaba en voz alta y no se mordía la lengua para decir:

--Pero, hijo, usted está en Babia: valiente _plancha_ se ha _tirado_ usted. Al que le enseñó eso, dígale que le devuelva el dinero.

No había más remedio que llamarles burros ó aguantar estos chubascos. Habría sido yo muy injusto si hubiera tratado mal á Medina, pues su malquerencia, justificada tal vez, no era motivo bastante para que yo desvirtuara su mérito, que no se me ocultaba. Lo repito sin pizca de ironía: Cristóbal Medina era un hombre que, fuera de aquellas ridiculeces de las _medias cañas_, de su infame gusto literario y artístico y de sus modales poco finos, no merecía más que sinceros elogios y la estimación de todo el que le tratase. Aquel Torres, cuya lengua venenosa no perdonaba ni al Padre Eterno, habíame dicho que Medina absorbía, por medio de préstamos usurarios, el dinero que les quedaba á los aristócratas. Pronto hube de saber á ciencia cierta que esto era una falsedad. Todos los préstamos que Medina había hecho con hipoteca eran con moderado interés. Además, el buen _ordinario_ no sofocaba á sus acreedores: concedíales plazos y respiros; les perdonaba picos, renunciando á algunas ganancias por no exponerles á la vergüenza pública. Era también hombre capaz de tener generosidades de esas tanto más meritorias cuanto más secretas, y bien claro se ha visto su buena ley en el asunto de Eloísa. Para evitarle un bochorno, puso á disposición de ella cierta suma, y aunque lo hizo en calidad de préstamo, bien sabía que aquel dinero era ya perdido para siempre. Y negándose á tomar en cambio ni un alfiler, desagradó á su esposa; pero se acreditó de hombre recto y compasivo.

Gozaba fama de avaricia; pero esta fama la tienen en Madrid todos los que no tiran su dinero á los cuatro vientos, y no hay que hacer caso de ella. Esta opinión la hacen los pródigos parásitos y los que se gozan en ver rodar el dinero ajeno después que han desparramado el propio. ¿Saben ustedes quién había propalado la sordidez de Medina? Pues entre otros, el pillete de Raimundo, que nunca pudo dar más que un sablazo á su cuñado, el cual hubo de pararle los pies cuando intentó descargarle el segundo. Eso sí: Medina no gustaba que nadie le cogiese de primo; era en esto mucho más inglés que yo, y muchísimo más práctico. Mi tío Rafael también era algo responsable de aquella falsa opinión de avaricia. Ignoro si mediaron disgustillos entre uno y otro por cuestión parecida á la que motivó la mala voluntad que Raimundo tenía á su cuñado. Sólo sé que en cierta ocasión Medina sacó á mi tío de un gran apuro, y que si no se repitió el milagro, fué porque el tal llevaba en su escudo económico el lema de _non bis in idem_. Cristóbal era generoso cuando veía una lástima y el lastimado no le pedía nada. Si otorgaba favores de todo corazón á algún prójimo, hacíalo por una vez; pero si el tal repetía, negábase resueltamente. He oído contar esta misma costumbre del barón Rothschild y de D. José Salamanca, y me parece, con perdón de los pedigüeños, que está basada en un sólido principio de moral financiera.

Pues bien: como lo cortés no quita lo valiente, repito que este hombre, en quien yo reconocía cualidades apreciabilísimas, empezó á serme antipático, y yo á él lo mismo. Noté que siempre que hablábamos María Juana y yo apartados de la conversación general, venía él como á interrumpirnos. Sus modos eran un tanto secos, sus palabras bastante agrias.

--Se empeña en ser desgraciado --decía la taimada de mi prima-- y en despreciar á la Trujillita, que es su salvación.

--Déjale, mujer, déjale --replicaba él con desabrimiento, sin dignarse mirarme--. ¿Quién te mete á tí á redentora? Es mayor de edad y debe saber cuántas son cinco.

Aquella noche, hablando de tabacos, Barragán me dijo que yo no había inventado la pólvora. Y á propósito, Medina fumaba muy bien. Si en el comer y en los demás goces suntuarios su religión era la medianía, en aquel maldito vicio picaba muy alto. Tenía vegueros riquísimos, marcas de primera, y todas las vitolas conocidas, desde el menudo entreacto á las regalías imperiales y cazadores más exquisitos. Recibía de la Habana, en remesas de cuatro mil, lo mejor de aquellas fábricas, y obsequiaba á sus amigos con largueza; quiero decir, que daba cigarros para que los fumásemos allí; pero no regalaba nunca mazos enteros, ni menos cajas. A su casa iban muchos por fumar bien, como van á otras por comer. Algunos que se pasan el día tirando de los peninsulares de estanco, con ayuda de una boquilla de cerezo, acudían allí por las noches á regalarse con un _Henry Clay_ ó un _predilecto_ de Julián Alvarez.

Observé que casi siempre reservaba para mí piezas infumables, que parecían veneno por lo amargas y caoba por lo incombustibles. Dábamelos como cosa buena, elogiándolos mucho; mas yo le devolvía la broma, si es que lo era, llevando preparada en mi petaca alguna tagarnina capaz de hacer reventar á un bronce. A veces, este doble juego terminaba en risas, sin más consecuencias. Al cuarto de fumar lo llamábamos la _sala de contratación_, pues venía á ser en cierto modo nuestro Bolsín. Sobre la mesa estaba el Boletín con las cotizaciones del día, y entre chupada y chupada solíamos decir algo de que resultaba al siguiente una operación formal.

--Mañana --decía Torres-- tomaré á 90 todo lo que me quieran dar.

--Doy á 95.

--Guárdeselo usted...

Otras veces, Torres se levantaba de su asiento y exclamaba:

--Hechas.

Como aquel maldito explotaba el pesimismo, nos llevaba siempre cuentos lúgubres de sediciones militares y de trapisondas y crisis de mil demonios. El Ministerio estaba dando las boqueadas; el Rey enfermo, y los republicanos en puerta. Siempre tenía dos ó tres telegramas de París que enseñarnos anunciando depreciación; pero los de verdadero interés para él se los guardaba donde nadie los viese. Era un bajista temible, y no parecía prudente aventurarse en contra suya, porque confabulado con un sindicato de jugadores franceses, dominaba nuestra Bolsa. Medina y yo le seguíamos, unas veces juntos, otras no. Cuando mi liquidación de fin de mes, después de casar cifras, arrojaba algo en favor de Cristóbal, éste me decía:

--Mañana me tiene usted que aflojar cien mil pesetitas.

Decíamelo con tal complacencia y regodeo, que me lastimaba. No era costumbre entre jugadores hablar así. Indudablemente tiraba á dar de veras, y hacía las combinaciones con saña y deseo de herirme en lo vivo. Esto y lo de los cigarros y sus interrupciones cuando María Juana y yo hablábamos, y otras señales evidentes de su recóndita inquina, movieron en mi ánimo deseos vivísimos de jugarle una mala pasada. Este sentimiento nació en mí débil, y fué tomando cuerpo, alentado por sucesos que he de referir á su tiempo, amén de otras causas inherentes á la naturaleza humana. Al principio, rechazó mi conciencia la idea de la mala pasada; pero poco á poco la idea se extendió y echó raíces, concluyendo por posesionarse de mí con fuerza irresistible. ¡Vaya si se la jugaría! Y no buscaba yo la mala pasada, sino que ella venía hacia mí, solicitándome para que la jugase; yo no tenía más que alargar la mano... Nada, nada, que aquel hombre íntegro y juicioso me pagaría juntas todas sus groserías.

XXII

Varias cosillas que no debo dejar en el tintero y la enfermedad de Eloísa.

I

Un domingo por la mañana, cuando menos lo esperaba yo, presentóseme en mi casa María Juana. Venía de oir misa en las Salesas. No habíamos acabado aún de saludarnos, cuando... ¡tilín! la señorita Camila. Esta no venía de misa, sino de dar un paseo por el Retiro con Miquis, porque la mañana estaba hermosa.

--¿Y las camisas? --me preguntó desde la puerta del gabinete--. ¿Te has puesto alguna?

Al oir la pregunta, María Juana y yo soltamos la risa. Precisamente la noche antes habíamos hablado de las tales camisas y de lo mal que estaban. Camililla las hizo con toda la mejor voluntad posible, muy bien cosidas; pero en los cortes demostraba que no es tan fácil dominar aquel arte.

--Pues te diré... Siéntate primero.

--Salud, --refunfuñó Miquis entrando.

--Te diré... Las camisas...

--¿Qué? ¿Vas á salir ahora con que no están bien? --gritó la autora con la prontitud de su genio impetuoso.

--No, mujer... escucha...

--Ya me lo figuraba. Hícelas yo, pues por fuerza habían de estar mal. Nada, lo que digo. Todo ha de ser francés; si no, no gusta. ¡Ay qué españoles éstos! Desprecian lo de aquí, y se les cae la baba con cualquier mamarracho que venga de Francia.

--¿Pero á dónde vas á parar?

--Sí, sí --añadió alzando más la voz y manoteando--. Si hubiera hecho las camisas algún franchute, ¡oh! entonces serían magníficas; pero las he hecho yo... Vamos á ver, ¿qué defecto les has encontrado?

--Si no me dejas hablar; si iba á decir que están muy bien...

--No están sino muy mal --declaró María Juana con la seriedad de quien acostumbra á poner la justicia por cima de todas las cosas.

--¡Muy mal!... ¿Y tú qué sabes?

--Lo sé, porque él me lo ha dicho anoche.

--No te enfades, Camila --indiqué yo, tratando de templar aquellas gaitas--. El corte de camisas es difícil: se necesita mucha práctica...

--Pues Constantino no usa más que las cortadas por mí, y no se queja. ¿Verdad, tú?

Constantino estaba entretenido viendo unas fotografías de caballos, y no hizo caso de la pregunta.

--En rigor no están mal --añadí--. El cuello no encaja bien, se sube un poco por delante, y la pechera se abulta, se abomba, figurando algo así como delantera de un ama de cría...

Las risas de María Juana desconcertaron más á la otra, que dió algunas pataditas.

--La culpa tengo yo por meterme á generosa. ¡Mal agradecido! Quita allá. No vuelvo á dar una puntada por tí. Permita Dios que cada puntada que he dado en las seis camisas, sea un picotazo en tu corazón y se te vaya agujereando como si te lo comieran los pájaros.

--¡Jesús, qué barbaridad! --exclamó la hermana mayor.

--Y nada más... ¡Vaya con el señor de los pechos planchados...! que le han de hacer las camisas los ángeles, y no han de tener ni una arruga... ¡Y quémeme yo las cejas para esto!

--Vamos, Camililla, no te enfades. No es extraño que el primer ensayo... Ahora te compraré más tela, y me harás otra media docena.

--¡Yo!... Que los dedos se me pudran si vuelvo á dar una puntada por tí. Te desprecio... altamente.

--Y nada menos que altamente.

--Y en prueba de ello, mira lo que voy á hacer. ¡Ramón!

Empezó á dar voces llamando á mi criado. Constantino le dijo:

--No alborotes, chica. ¡Que siempre has de ser así...!

Y como mi criado tardase en venir, fué ella á buscarle. Oímos su voz diciendo:

--Ramón, tráeme las seis camisas que le he regalado á tu amo.

--¡Qué torbellino! --murmuró María Juana--. No sé cómo la aguantas.

Pronto apareció Camila con las camisas.

--Falta una.

--Es la que me puse ayer... Salí con ella, y tuve que volver á casa á quitármela, porque por la calle iba haciendo gestos como si tuviera el pescuezo lleno de pulgas.

--Ya te daré yo pulgas, tontín. Verás, verás. Pues, señor, estas cinco camisas, digo, seis, porque la otra también la apando cuando esté lavada, me las llevo á mi casita, y haciéndoles una pequeña reforma, ensanchándoles un poquito de hombros y de cuello, se las arreglo á este animal. Mira tú por dónde he salido ganando... Chúpate esa y vuelve por otra... Constantino, hijo de mi alma, vámonos de esta casa de mal agradecidos. Ya tienes seis albardas más. Tú no les pondrás peros. ¿Qué has de poner?

Él se reía, diciéndonos:

--No la hagan ustedes caso. Hoy le ha dado por alborotar. En fin, tiro del ronzal y me la llevo para que os deje en paz.

Cuando salieron, díjome la otra:

--¡Qué vecindad tan molesta debe de ser para tí! Estarás harto.

--No lo creas: me divierto con esas tonterías.

--¿Y qué tal? ¿Hay sablazos?...

--No lo creas. Viven con arreglo. Es que tenemos de Camila una idea muy equivocada.

--Ya sé que no se gobierna del todo mal. Pero el día menos pensado la pega. No hay fondo en ella.

--Pues se me figura que lo hay. La Humanidad, como la Naturaleza geográfica, nos ofrece cada día nuevos motivos de sorpresa y asombro. Donde menos lo pensamos, aparecen las maravillas humanas y tesoros que estaban ocultos, como los continentes antes de que un Colón les echara la vista encima.

--Vaya, que te remontas.

--Y á cada territorio que descubrimos en el planeta moral, parece que se ensancha el alma total del mundo, y por ende, la nuestra crece y...

--Chico, chico, te quiebras de sutil. El demonio que te entienda --me dijo echándose á reir--. Baja de esos espacios y escúchame. Tengo que irme en seguida.

--Soy todo oídos.

--Anoche estuvo la pobre Victoria en casa. Cada ojo así, por ver si entrabas. Como no fuiste, la pobre se secaba mirando á la puerta del salón. Cuando se marchó, creo que le faltaba poco para hacer pucheros.

Tras este exordio, vino una larga amonestación sobre el mismo tema. Yo debía casarme á ojos cerrados con aquella joven.

--Mira, prima: ya te he demostrado...

--Sé lo que me vas á decir; conozco tus argumentos como si fueran míos... No todas las personas se casan enamoradas; y las que se casan sin amor, no son las más infelices. Hay mil casos... Bien sé que Victoria no es una mujer superior, tal y como á tí te conviene; pero ven acá: esa mujer superior, ¿dónde la vas á encontrar? Hallarás la bonita, la graciosa, la cariñosa, la trabajadora, la rica, la discreta; pero la que reúna estas cualidades todas, y á ellas añada ese talento femenino que es tan hermoso por lo mismo que es tan raro, el talento de encadenar al hombre pareciendo que es ella la que se encadena; esa divinidad, ese milagro, ¿dónde está?

--¿Dónde? Qué sé yo... ¿Y qué saco de descubrir esa maravilla, si no ha de ser para mí? Soy un desdichado que siempre llega tarde, y voy volteando por el mundo, de equivocación en equivocación, queriendo siempre lo que no puedo tener. No doy un paso sin tropezar con una ley que me dice: _¡alto!_ Mi dicha está siempre en manos ajenas.

--No alambiques, no alambiques --dijo un poco turbada; y se levantó de su asiento para ver los cacharros que tenía yo en una vitrina.

No quiso darme á conocer cierta confusión que á su rostro salía.

--Vaya que tienes aquí cosas divinas. Y á propósito: ¿sabes á dónde han ido á parar los cuatro grandes tapices de Eloísa? A casa de esa que llaman la Peri. ¡Qué escándalo! A esto llaman vueltas del mundo; yo lo llamo volteretas. El espejo horizontal y otras piezas están en casa de Torres. Se mirará Paca en él para peinarse las greñas. Todo el comedor ha ido á poder de Sánchez Botín. Él empezó por comerse los manjares, y ha concluído por tragarse la mesa de roble y las hermosísimas sillas talladas. ¿Y las dos credencias inglesas, las has visto en alguna parte?

--Como que las tengo en mi casa.

--¿Aquí?

--Sí: en mi segundo --afirmé señalando al techo-- vive la querida del director de no sé qué ramo; una tal Felisa, que llaman la _Chocolatera_... La habrás oído nombrar; la habrás visto alguna vez. Es guapa, un poquito ajada.

--¡Ah! sí, estaba en San Juan de Luz... ¿Esa ha comprado las credencias?...

--Ayer estaba yo en casa, y ví á media docena de mozos de cuerda que las subían. Puedes creer que me lastimó ver aquellos hermosos muebles que fueron míos... ¡Volteretas del mundo!

--¡Saltos mortales!

--Y parece que me persiguen estas visiones tristes. Anteayer pasé por la calle de Hortaleza y ví el busto de Shakespeare en el escaparate de la Juana, rodeado de mil chucherías. Entré en la tienda y lo compré sin reparar el precio.

--Es verdad: aquí está. ¡Qué hermoso es! ¡Y cómo nos mira!

Estuvo un momento abstraída. De pronto, como quien vuelve en sí, me miró fijamente, diciendo:

--Vaya... te dejo... Tengo que marcharme.

La insté á que prolongara la visita; pero se resistió á ello.

--Bueno, pues te acompañaré hasta tu casa.

--No, no te molestes... Es que no quiero que me acompañes. Te lo prohibo terminantemente.

De pronto hizo un movimiento expresivo, como si se acordara de algo importante, y lanzó una exclamación de desprecio de sí misma.

--Vaya, si parece que estoy tonta. ¡Qué cabeza ésta mía! ¿Pues no me iba sin decirte aquello precisamente por que he venido?

--¿Sí? ¿me tenías que decir...?

--Una cosa, sí... lo que más presente tenía.

Se sentó, y yo también, lo más cerquita de ella que pude.

--Pero no --indicó de súbito, mostrando gran confusión y perplejidad, y volviéndose á levantar--. Dije que me marchaba y no me retracto. Coge el sombrero, y por el camino te diré lo que te tenía que decir.

Y calle de Zurbano adelante, pensaba yo así: «Te veo venir. En fin, tú resollarás.»

Lo que me tenía que decir salió ya en lo más bajo de la Ronda de Recoletos. Era que Medina había dado á entender que no le gustaba la frecuencia de mis visitas. No quería esto decir que hubiera malicia en mí. Pero en la vida hay que dejar de hacer á veces las cosas más inocentes para evitar malas interpretaciones. Era imposible que una persona tan sabia, tan filósofa, si es permitido decirlo así, como María Juana, tratase de un punto relacionado con cosas de moral sin dejar de exponer alguna bonita doctrina.

--Nada hay tan sabroso para el alma --declaró-- como obligarse á hacer cosas contrarias á nuestro gusto, y recrearse, después de hechas, en ver cuán fácil era lo que nos parecía difícil.

Mostréme conforme con esto, y me volví tan filósofo que no había más que pedir. Sí: yo también me vencía; yo también batallaba día y noche; yo era un atleta que me robustecía moralmente con la gimnasia aquélla de dar bofetadas al pícaro gusto y acoquinarlo y meterlo en un puño... ¡Como que mi prima y yo éramos un par de santos, que á poco que nos esforzáramos íbamos derechos á la canonización! Díjele que admiraba su virtud y su fortaleza como las cosas más peregrinas que había visto en mi vida, y que... en fin, dije muchas cosas, con las cuales me parecía que estaba envolviendo en paja la verdad de mis sentimientos con respecto á ella, para remitirlos en gran velocidad. Yo era el embalador del desprecio que me inspiraba.

Firme en aquel pedestal de filosofía, hablóme de Medina, llamándole _el mejor de los hombres_. Con cien vidas de abnegación no le pagaría ella el cariño inmenso que él le tenía. Y dispuesta estaba á hacer todos los sacrificios posibles, pues se sentía con fuerzas íntimas capaces de levantar montañas... Por mi parte, yo no me podía quedar atrás en aquello de sojuzgar las pasioncillas. También tenía yo estímulos de virtud tan grandes como la copa de un pino; yo era hombre capaz hasta del heroísmo... Total: que nos despedimos en la calle de Goya, acordando que me convidaría el lunes próximo, y que yo no iría; al otro lunes debía ir, retirándome un ratito después de comer. Algunas tardes podía visitarla, siempre á las horas en que Medina estaba, y nada más, nada más... Esto se llamaba cortar por lo sano.

--Piensa mucho en Victoria --me dijo en el último apretón de manos-- y decídete de una vez. Es lo que te conviene, es tu salvación, y por eso es lo que yo quiero.

«Lo que tú quieres, bien lo veo --me dije para mi sayo al volverme á mi casa--. Pues te saldrás con la tuya.»

II

Aquel mismo día, no sé dónde, oí decir que Eloísa estaba enferma. Era cosa de la garganta, indisposición pasajera tal vez, la neurosis de la pluma. No hice caso ni pensé en ir á verla. El general Morla me entretuvo toda la tarde, enseñándome las armas que había adquirido recientemente, y sus variadas colecciones, que no se acababan de ver nunca: tal era su riqueza. Tenía una de clavos arrancados de las puertas de Toledo, otra de bacías de barbero y otra de muestras de escritura, la cosa más galana y famosa que se podía ver. Habíalas hechas con las dos manos á la vez, que eran una maravilla de destreza caligráfica. Ví también botones militares, espuelas, estribos y mil herrajes diversos, todo muy limpio y admirablemente clasificado por épocas. De mañanita se iba mi hombre al Rastro, en cuyos revueltos tenderetes había encontrado verdaderas joyas arqueológicas.

Comimos juntos aquella noche, y recayendo la conversación sobre intereses, indicóme el deseo de poner en mis manos parte de sus economías para que yo se las colocara en mis negocios, dándole la renta que me pareciese bien. Él no entendía ni jota de compra y venta de papeles. Su Bolsa era el Rastro, donde parece que reviven las anécdotas de cien generaciones en los desechos y barreduras de las mismas. No me gustaba encargarme de intereses ajenos; pero por ser Morla quien era, y por la confianza ciega que en mí tenía, consentí en ser su depositario.