Lo prohibido (novela completa)

Part 25

Chapter 253,930 wordsPublic domain

Luego proseguía contándome cómo, al fin, reunidos unos seis mil duros, dejó los pianos para meterse de hoz y de coz en la Bolsa, que era su ideal, por suponerse con aptitud nativa para el tráfico de papel. A los ocho días, ya sabía tanto como los viejos; adquirió pronto el golpe de vista, la audacia serena y el don de abarcar rápidamente las operaciones más complejas. Su éxito fué grande. Empezó el 73, cuando la renuncia de don Amadeo, y las bajas considerables en los años de guerra civil le pusieron en las nubes. Era pesimista incorregible. Para él la campaña iba siempre mal, y los carlistas daban cada golpe que cantaba el misterio. Aquellos mismos seres venerables á quienes tenía por semidivinos, Urquijo y Ortueta, los banqueros de la calle de la Montera, fueron sus amigos, y tan iguales á él que le daban ganas de tutearles. El 77 era ya el espanta-pájaros de la Bolsa. Todos observaban lo que él hacía para seguirle la correa. Recibía diariamente despachos telegráficos cifrados de sus agentes de Londres y París, para jugar en combinación con aquellas plazas.

--Y aquí me tiene usted --añadía--: hoy soy rico; pero me gusta vivir á la pata la llana, y si tengo carruaje, no es porque me haga falta, que yo gusto de andar en el caballo de San Francisco; únicamente lo uso para que esos brutos de la Bolsa me lo vean, y para que mi señora se pasee.

Oí decir que la señora de Torres fué criada de servicio, y que no sabía leer ni escribir; mejor dicho, que había adquirido con maestro estas indispensables enseñanzas después que la fortuna de su marido le dió títulos y fuero de persona decente. Yo la conocí más adelante en casa de María Juana, y me pareció una mujer excelente, modesta y sencilla. Moralmente valía más que su marido, y en figura le llevaba también no poca ventaja.

Pues bien: este Torres fué mi iniciador en aquella vida de trabajo bursátil. Lo primero que hice al meterme en danzas con él, fué ponerle los puntos sobre las _íes_. Yo no haría ninguna operación grande ni chica sino con intervención de un agente colegiado, porque no quería meterme en aventuras peligrosas. Torres operaba en grande con un desparpajo que me pasmaba, comprando y vendiendo á fin de mes, por sí y ante sí, sin ninguna seguridad legal, sumas fabulosas. Yo, por el contrario, resuelto á andar con pies de plomo por terreno tan peligroso, daba y tomaba mis _dobles_, compraba y vendía _en voluntad_ ó _á fin de mes_, siempre con la garantía de la publicación y de la firma del agente en la póliza, el cual agente era persona de respetabilidad, amigo de mi tío. Torres era muy listo; pero á mí no me faltaba trastienda para aquel negocio, y en todo Diciembre, así como en Enero y Febrero del año siguiente, ví coronados mis esfuerzos con éxitos no despreciables. Así me satisfacían más, teniendo por mejor sistema aquel _tole-tole_, que los atropellos en que se metía el hortera y carnicero y músico y bolsista Gonzalo Torres.

XXI

Los lunes de María Juana.

I

Vamos con calma y método, que hay aquí mucho que contar.

María Juana me dijo que pensaba fijar los lunes para invitar á su mesa á seis ó siete personas, y recibir después á los amigos. Deseaba ella que en estas reuniones reinase una media etiqueta, con lo cual contrariaba al bueno de Cristóbal, que renegaba de las farsas y enaltecía la confianza como flor verdadera de la amistad. Gustábale á él la abundancia de las comidas españolas, y ponía el grito en el cielo en tratándose de las fruslerías de la cocina francesa. Su mujer, habilidosa como pocas, logró encontrar el justo medio, ó mejor, componendas hipócritas, con las cuales aparentaba llevarle el genio, y en realidad no hacía sino su santísimo gusto. El adorno de la casa era un campo de maniobras en que lo elegante y lo cursi andaban á la greña. Había cosas muy buenas, compradas recientemente en casa de Ruiz de Velasco, y otras del gusto fiambre, caobas y palisandros barnizados, papeles horribles con vivos de negro y oro. Porque Cristóbal era de los que se empeñan en que todo se ha de adornar con _medias cañas_; tenía fanatismo por este sistema decorativo, y si lo dejaran pondría las tales _medias cañas_ hasta en la Biblia. Mi prima iba desterrando poco á poco antiguallas é introduciendo el contrabando de los muebles de arte y gusto; y como Medina la quería tanto, no le era difícil á ella triunfar en cuanto se le antojaba, aunque hubo casos en que el esposo se mostró inflexible. Tenían un portero leal, honradísimo, que llevaba veinte años comiendo el pan de los Medinas, hombre que, al decir de Cristóbal, _no se pagaba con dinero_. Pero aquel espejo de los porteros tenía un gran defecto. No vayáis á creer que se emborrachaba. ¡Era que usaba patillas, unas enormes zaleas negras, revueltas y despeinadas, que caían tan mal con la librea...! La señora les había declarado la guerra, las odiaba como si fuese ella propia quien tuviera aquellos pelos en la cara. De buena gana habría acercado un fósforo á la de su leal servidor, para incendiar aquel matorral indecente. Pero Medina se opuso siempre á que se le hablara al tal de raparse. Le parecía un ataque al libre albedrío y una burla de la personalidad humana. Además, lo de las caras afeitadas, tratándose de criados, le parecía farsa, comedia, «moda francesa, hija; _mariconadas_ que me revientan.» Defendido por su amo, el portero continuó y aun continúa tan hirsuto como siempre. La casa era una de las fundadoras del barrio de Salamanca. La compró Medina al Crédito Comercial, y después de echarle mil remiendos y composturas, porque estaba tan derrengada como todas las de su tanda, la pintó muy bien por fuera, imitando ladrillo descubierto, con ménsulas y jambas, figurando piedra de Novelda, y en el portal y escalera púsole cuantas _medias cañas_ cupieron. Arregló para sí el principal, que era hermosísimo, con vistas á la calle de Serrano y al jardín interior de la manzana. Las tales casas, mal construídas, tienen una distribución admirable, un ancho de crujía y un puntal de techos que me gusta mucho. Su única imperfección, para mí, es la curva de las escaleras; defecto que también tenía mi finca de la calle de Zurbano.

María Juana había engrosado bastante; pero siempre estaba guapa. La gordura y los quevedos aumentábanle un poco la edad; pero al propio tiempo dábanle aires de persona sentada y de buen juicio, y hasta de mujer instruída con ribetes de filósofa. Eralo realmente. Más de una vez la sorprendí bajando de su coche en las librerías para comprar lo más nuevo de por acá, ó bien lo bueno y nuevo de Francia. No tenía escrúpulos monjiles, y se echaba al coleto las obras de que más pestes se dicen ahora. Estaba, pues, al tanto de nuestra literatura y de la francesa; leía también á los italianos Amicis, Farina y Carducci; apechugaba sin melindres con Renan y otros de cáscara muy amarga, y algo se le alcanzaba de Spencer, traducido.

Mostrábame la señora de Medina (líbreme Dios de llamarla _ordinaria_), desde que nos vimos en San Sebastián, grandísima consideración. Fuí el primero con quien contó para sus comidas; iba también algunas tardes y hablábamos largamente. Descubrí á poco, tras un tejido de subterfugios muy discretos, un sentimiento vivo de curiosidad, deseo ardentísimo de conocer todo lo que había pasado entre Eloísa y un servidor de ustedes. Se trataba poco con su hermana; sus relaciones eran pura etiqueta de familia en casos de enfermedad; de modo que yo solo podía ponerla al tanto de lo que saber quería. Dirigíame pregunta tras pregunta. Y yo no me paraba en barras: ¿para qué? Si saciando aquella curiosidad sedienta y mal disimulada la hacía feliz, ¿por qué privarla de un gusto tan arraigado en su naturaleza? Preguntábame asimismo mil pormenores de la casa que ella tenía por el _non plus ultra_ de la elegancia. ¿Cómo era el servicio del comedor? ¿Conservaba yo algunos _menús_ de las comidas? ¿Cuántas veces se vestía Eloísa al día? ¿Se vestía por completo, de ropa interior ó nada más que cambiar de traje? ¿Usaba esas camisas de seda que ahora han dado en usar las...? ¿Sus camisas de hilo eran abiertas por delante y ajustadas como batas? ¿Cuántas docenas de pares de medias de seda de color tenía? ¿A qué hora se peinaba? ¿Era cierto que se daba baños de leche de burras para conservar la tersura terciopelosa del cutis? ¿Traía el calzado de París? Los jueves, ¿cuántos vinos servían? ¿Compraba Champagne de Reus, haciéndole poner etiquetas de la _Viuda Cliquot_? ¿Era cierto que debía á Prats más de seis mil duros? ¿Y á qué jugaban en la casa, al _whist_, á la _besigue_ ó al monte limpio? ¿Era verdad que no pagaba nunca cuando perdía? ¿Era cierto que anunciaba á los amigos con quince días de anticipación el día de su santo para que fueran preparando los regalos?... A este bombardeo contestaba yo como Dios me daba á entender, unas veces categórica, otras ambiguamente, cuidando de no poner en ridículo á la que me había sido tan cara... en todos los terrenos.

Por supuesto, María Juana no perdonaba ocasión de echarme en cara la más grave de mis faltas. ¡Oh! no me la perdonaría fácilmente, porque yo había envilecido á su hermana y á toda la familia. Verdad, que si no hubiera sido conmigo, habría sido con otro, pues Eloísa tenía en su naturaleza el instinto de la disipación. Tratando de esto á menudo, dióme á conocer María Juana que no eran un misterio para ella las flaquezas de mi carácter; hablóme como hablan los médicos con los enfermos á quienes de veras quieren curar, y concluía con exhortaciones cariñosas, inspiradas en sus lecturas; todo muy discreto, juicioso y hasta un tantillo erudito. ¡Vaya si tenía talento mi prima! Varias veces promulgó cosas muy sabias sobre los males que nos produce el no vencer nuestras pasiones. «Somos débiles en general; pero vosotros los hombres, sois más débiles que nosotras las mujeres, y os chifláis más pronto y con caracteres más graves. Así vemos que personas de talento hacen mil locuras por dejarse ilusionar de una _cualquier cosa_... Tú, que en tus negocios, según dice Medina, eres una cabeza firme, ¿cómo es que se te va el santo al cielo por unas faldas? Enigmas del hombre de nuestros días, mejor dicho, del hombre de todos los días.» Por fin, una noche, después de larga conferencia, antes de comer, me espetó la siguiente conclusión: Yo estaba enfermo, yo estaba desquiciado. Para ponerme bueno, era preciso administrarme una medicina, en la cual se combinaran dos salutíferos ingredientes: el trabajo y el himeneo. Agradecí mucho la intención y admiré el talento de María Juana; pero no podía mostrarme conforme con la segunda de las drogas recomendadas por ella. El trabajo me convenía realmente, y ya me había metido en él; ¡pero el matrimonio...! Mi alma estaba tan llena de Camila, que ni una hilacha, ni una fibra de otra mujer podían entrar en ella.

Hubiérame guardado bien de revelar á María Juana la pasión que Camila me inspiraba, porque de fijo le habría dado un mal rato. Debo hacer constar que aquella señora miraba á su hermana menor con cierta indiferencia parecida al menosprecio, y teníala por mujer vulgar y sin mérito alguno. Firme en sus trece, es decir, en que yo debía trabajar y casarme, la _ordinaria_ (sin querer se me escapa este mote) me dijo aquella misma noche con gracia mezclada de protección:

--Estate sin cuidado, que yo te buscaré la novia, mejor dicho, ya te la tengo buscada. Verás qué joya.

--No, prima, no te molestes --repliqué--. No hay mujer para mí. Es una desgracia; pero no lo puedo remediar. No creas, también yo he pensado en esto, y sólo saco en claro una cosa; y es que no tengo media naranja. Si me fijo en una que tiene buena planta, resulta con una educación deplorable. La bien educada es fea como un mico, y la bonita y lista me sale con perversidades y resabios que me aterran. Si es pobre, me parece que me quiere por el dinero; si es rica, tiene un orgullo que no hay quien la aguante. Por más vueltas que le des, la tostada no parece... Y por fin, si quieres que te diga la verdad, en mí hay un vicio fisiológico, una aberración del gusto, que no puedo vencer, porque ha echado ya sus raíces muy adentro, confabulándose con estos pícaros nervios para atormentarme. Es, te reirás, es que no me agradan más que las cosas prohibidas, las que no debieran ser para mí. Si alguna que no esté en estas condiciones me gusta, al punto la idea de que sea yo quien la prohiba á ella me quita toda la ilusión. Ríete todo lo que quieras; llámame loco, enfermo, despreciable y hasta ridículo; pero no me digas que me case.

Mirábame sonriendo con majestad, como segura de vencer aquella manía tonta. El gesto de su mano acompañaba admirablemente la frase cuando me decía:

--Estate sin cuidado, que yo te quitaré esas telarañas de los ojos, mejor dicho, esos cristales, porque son falsos prismas. Eres un vicioso. Déjate estar, que cuando conozcas á la _candidata_...

II

Erame grata aquella casa porque en ella respiraba una atmósfera de negocios á que yo había cobrado bastante afición. Los primeros lunes eran comensales fijos Trujillo, Arnáiz, Torres y también Samaniego, nuestro agente de Bolsa. No se hablaba más que del estado de los cambios, de si se haría bien ó mal la liquidación de fin de mes, y de otros particulares relacionados con la economía social. De cuanto hablaba Medina se desprendía siempre lo que llamaré el endiosamiento del arreglo, la devoción de la solidez económica. No comprendía él que nadie gastase más de lo que tiene. Odiaba la farsa, el aparentar lo que no existe, y el boato ruinoso de los aristócratas. ¡Cuánto más vale un buen pasar, la comodidad, y, sobre todo, la satisfacción profunda de no deber nada á nadie! Porque él quería que por todo el orbe se divulgase que jamás de los jamases había tenido una deuda, y que en su casa todo se compraba con dinero en mano. Por esto vivían él y su señora tan tranquilos. ¿Podrían otros decir lo mismo? Seguramente que no.

Muchas veces concertábamos allí, de sobremesa, operaciones para el día siguiente. La casa era nuestro Bolsín. Andando los días, allá por Febrero, cuando las reuniones se animaron con la introducción de nuevas personas, este fondo de tertulia económica era siempre el mismo, y en los corrillos de hombres solos reinaba la chismografía financiera, con vislumbres de social. En ninguna parte había oído yo sátiras tan despiadadas como las que allí escuché, referentes al lujo estúpido de muchos que no tienen sobre qué caerse muertos. Y era que en ninguna parte se tenía un conocimiento más completo de las intimidades pecuniarias de toda la gente que pasa por rica en Madrid. Torres, como hombre que había andado en tratos de préstamos menudos; Medina, como prestamista hipotecario de algunas casas grandes; Arnáiz, en su calidad de patriarca del comercio de Madrid; Trujillo, expertísimo banquero, conocían al dedillo, cada cual bajo aspecto distinto, todas las trapisondas económicas de la sociedad matritense. Cuando se tiraban á contar casos y á ponerles comentarios, yo me encantaba oyéndoles.

¿Qué tenían que ver las anécdotas del general Morla, con aquella verdad palpitante, toda números, toda vida? Las agudezas de los conversacionistas más ingeniosos palidecían junto á aquel cuento de cuentas. Y que no se mordían la lengua los tales.

--La casa de Trastamara estaba ya tambaleándose. Había tomado Pepito diez mil duros el mes anterior, y ya andaba poniendo los puntos á otros diez mil, si bien no era fácil encontrara un primo que se los diera. Sobre el palacio gravaban tres hipotecas. De las fincas históricas sólo quedaba la ganadería de toros bravos. Hasta las cargas de justicia las tenía empeñadas el anémico prócer...

--El duque de Armada-Invencible tenía un pasivo de veintitrés millones de reales. Su activo no llegaba seguramente á diez y nueve, comprendido el caserón, que, por estar situado en sitio céntrico, valdría mucho para solares. Se susurraba que los cuadros y las armaduras habían salido para París con objeto de venderse en el Hotel Drouot. Que el duque estaba con el agua al cuello, lo probaba el hecho de haberse dejado protestar una letra de Burdeos por valor de veintitantas mil pesetas...

--Medina sabía de muy buena tinta que los de Casa-Bojío habían llegado á la extremidad de vivir con lo que les quería fiar el tendero de la esquina, y, sin embargo, daban bailes, metían mucho ruido, salían por esas calles desempedrándolas con las ruedas de su coche, y poniendo perdidos de barro á los pobres transeuntes que han pagado al sastre la levita que llevan. Él no comprendía esto; no le cabía en la cabeza tal manera de vivir. ¡Dar bailes y comilonas, y deber la escarola! Nada, que este Madrid es muy particular...

--Arnáiz sabía que _Sobrino Hermanos_ tenían una cartera de sesenta mil duros incobrables. Así no era de extrañar que elevaran el valor de los géneros. Parecía mentira que el frenesí de los trapos ocasionara estos desequilibrios en la riqueza. Y lo peor es que han de seguir surtiendo á las que no les pagan, pues si les negaran el género, les desacreditarían sólo con decir que no traen más que cursilería. Así es que cuando las insolventes van á la tienda, las tienen que recibir con los brazos abiertos, y mimarlas mucho, y sacarles hasta el _fondo del cofre_, para que lo revuelvan todo, regateen, mareen á Cristo, carguen con lo que les guste, y después vayan pagando á pijotadas, si es que pagan algo...

--Ultimamente se había animado algo el comercio de Madrid con el cambio político. Siempre que sube un partido que ha estado á ver venir mucho tiempo, con los dientes largos y medio palmo de lengua fuera, se animan las ventas. Muchas señoras se emperejilan entonces de nuevo; algunas echan la casa por la ventana. En estas épocas suele cobrarse algún crédito de tres ó cuatro años, que ya se tenía por muerto...

--Pero si los políticos estaban tan alicaídos como los aristócratas, en cambio, desde que se regularizó el presupuesto y el Tesoro dejó de trampear, se notaba una cierta tendencia al reposo, al orden general. Es una vulgaridad la creencia de que los políticos viven á costa del país y se regalan como príncipes. La mayoría de ellos están á la cuarta pregunta, unos porque gastan sin ton ni son, otros porque la Ley de Contabilidad les tiene metidos en un puño. Haylos también que son honrados á macha-martillo. Trujillo conocía á uno de gran importancia, que se veía perseguido por los acreedores poco después de haber estado en situación de hacerse poderoso. Verdad que todos no eran así. Algunos, arruinados con mujeres, y habiendo abandonado el bufete que les daba mucho dinero, tenían que buscar en la misma política socorros de momento, consiguiendo destinillos para Cuba y Filipinas para que el agraciado les mandase algo de sus ahorros.

Y por aquí seguían. Medina era implacable: no carecía de autoridad para dirigir aquella campaña satírica, porque su casa era el templo de la exactitud financiera, y en ella no se conocía la farsa. Torres, que en su afán de criticar no perdonaba ni á su mejor amigo, me decía una noche, solos él y yo:

--No crea usted, Cristóbal tiene motivos para saber cómo andan las cajas de la grandeza. Las mermas de aquellas casas son los crecimientos de ésta. Figúrese usted que Cristóbal tiene una pajita en la boca; el otro extremo cae en la contaduría de Pepito Trastamara. Cristóbal hace así... _aliquis chupatur_, y se va tragando todo.

Después sacó del bolsillo del faldón de su levita un folleto, y hojeándolo añadió:

--Esta es la Memoria del Banco, con la lista de los accionistas que tienen voto en el Consejo. Mire usted á Cristóbal Medina figurando aquí con 1.250 acciones, cuando en la lista del año pasado no tenía más que 650.

III

--¿Qué te enseñaba Torres? --me preguntó María Juana un momento después.

--La lista de accionistas del Banco, en la cual figuras con mil...

--Mil doscientas cincuenta, si no lo llevas á mal. Nosotros sólo gastamos la tercera parte de nuestra renta. Mírate en este espejo y compara.

Me lo dijo con gracia. En efecto: yo me miraba en el espejo y comparaba, no pudiendo menos de señalar, en mi interior, á tal casa y familia como dignas de imitación. María Juana tenía un vestido obscuro, con preciosísima delantera de tela brochada, de un tono de oro viejo; el cuerpo admirablemente ajustado y ostentando encajes de valor. Estaba en realidad muy elegante, y nada tenían que envidiarle las de aquel otro mundo matritense tan cruelmente flagelado por Medina. En su persona sabía María Juana convertir en letra muerta las teorías de _castellano viejo_ preconizadas por su marido. Muy santo y muy bueno que el portero no se rapara las barbas; que se conservasen en las comidas ciertos platos de saborete español, llegando el amor de lo castizo hasta servir de vez en cuando el cabrito asado á _la Granullaque_ de Toledo; muy santo y muy bueno que se hiciese una religión del pago de las cuentas, que en el Teatro Real no bajasen nunca de los palcos principales á los entresuelos, que no hubiera en la casa _boato estúpido_, ni se diera de comer á troche y moche á tanto y tanto hambrón; muy santo y muy bueno que no pusiera allí los pies Pepito Trastamara, y que se evitase por todos los medios que la casa se pareciese, ni aun remotamente, á otras donde con mucho bombo, mucho platillo y mucho de _high-life_, quejábanse los criados de que les mataban de hambre; muy santo y muy bueno todo esto; pero ella, la señora de la casa, se vestiría siempre á la última, y del modo más rico y elegante, viniera ó no _de extranjis_ la moda, y trajera ó no entre sus pliegues el pecado de la farsa y de las _mariconadas_ francesas.

Nada más injusto que el dictado de _ordinaria de Medina_ que la de San Salomó continuaba aplicándole. Verdad que mi prima se desquitaba muy bien y no tomaba en su boca á la maliciosa marquesa sin ponerla buena. Cuando la soltaba, no había por dónde cogerla.

--Si viene esta noche tu amigo Severiano --indicó mi prima--, le diré que venga á comer pasado mañana. Si no viene y le ves tú, díselo. La otra noche se divirtió mucho con Barragán, y como pasado mañana vuelve éste con su señora, quiero que tú y tu amigo no faltéis. Pero prométeme formalidad. Severiano es demasiado malicioso, y tú también. Le tomáis el pelo al pobre Barragán, que es, para que lo sepas, un excelente sujeto. Sus dos chicas son muy monas.

Me entraron fuertes ganas de reir, y le dije:

--Ya caigo, ya... ¿Apostamos á que la novia que me tienes destinada es la hija mayor de Barragán? Tú te has vuelto loca, María Juana. Aunque Esperancita me gustara, que no me gusta; aunque estuviera bien educada, que no lo está, y aunque me la diera Barragán forrada en todas sus acciones del Banco, no la tomaría, hija, porque además de las razones que tengo para no querer casarme, eso de ser yerno de _No Cabe Más_ excede á cuantos suplicios puede inventar la imaginación.

--Cállate la boca, tonto --me contestó riendo también--. No es esa, no, la que te tengo destinada. La tuya es otra y no la has visto todavía, al menos en casa...

La inopinada aparición de don Isidro Barragán, que después de saludar á mi prima estuvo hablando un ratito con ella, nos impidió apurar el tema.

--Bárbara y Esperanza se nos han puesto malas esta tarde --dijo Barragán dando resoplidos.

--¡Pobrecitas! ¿Y qué ha sido?