Lo prohibido (novela completa)

Part 24

Chapter 244,052 wordsPublic domain

Inclinándose zalamera, apoyó su hombro sobre el mío; dejóse ir hasta que su cabeza vino á apoyarse en la mía. Estos signos de reblandecimiento amoroso me desagradaron. En mí no despertaba ilusión, como no fuera ilusión momentánea, de las que sólo afectan á la superficie de nuestro sér. No quise alentar aquellos pujitos de cariño, y permanecí como un leño. Irguióse ella de súbito, despechada, y pasándose el pañuelo por los ojos, me dijo:

--Sé que vas á subir al púlpito á echarme los tiempos, á ponerme de vuelta y media... Suprime los sermones. Todo lo que tú pudieras decirme, lo sé; yo misma me lo he dicho, con palabras tuyas, sí; con palabras que me has enseñado á usar y que me parecía estar oyéndote... Sé que soy una mala mujer; pero qué quieres... el mundo, locuras, ambiciones, las cosas que se van enredando, enredando... Que hay muchas necesidades y poco dinero... Fué un remolino que me arrastró, fué lo que llaman los marinos un ciclón: dí muchas vueltas, sin poder luchar con él. Conque ya estás enterado, y lo mejor es que te tragues la píldora y seamos amigos.

El efecto que me causaba era el de una infeliz hermosa, muy hermosa, sí, pero muy traída y llevada. Repugnábame unas veces; otras me bullían deseos de no ser tan insensible á sus carantoñas.

--¡Ah! --exclamé de pronto--, no me has dicho nada de lo único tuyo que me interesa. ¿Y tu hijo?

--Guapísimo: rabiando por verte, y preguntándome por tí. Mañana te le mandaré para que le tengas aquí todo el día. Has dicho «lo único tuyo que me interesa...» ¡Qué ingrato eres! Pues yo... siempre acordándome de tí, siempre diciendo: «¿qué estará haciendo ahora?...» Ni qué tiene que ver el corazón con... lo demás.

--Estoy admirado de tus ideas. ¡Vaya, que tienes una manera de ver las cosas...! Lo que digo, estás hecha una parisiense... A mí no me vengas con historias...

--Y á mí no me llames tú parisiense: ya sé lo que quieres significar con esos motes. Esperaba de tí consideración por lo menos.

--La tendrás, aunque no sea sino por memoria de lo mucho que te he querido...

--¡Ah!... ¡tiempo pasado! --murmuró, retirando el cuerpo para mirarme en actitud un poquito teatral.

--¡Y tan pasado...!

--Mira, canalla --gritó con repentino calor, tirándome del pelo--, no me digas que no me quieres ya, porque te corto la cabeza.

--Estás tú á propósito para que yo te quiera --respondí, esforzándome en mostrarle menos desdén del que sentía--. Ciertas locuras no se hacen más que una vez en la vida.

II

Salióme á los labios una pregunta amarga y cortante; mas á la mitad de la frase, sentimientos de delicadeza me hicieron callar. No dije más que esto:

--¿Y qué me cuentas de tu...?

Ella comprendió que le preguntaba por Fúcar y se puso encendida. Su vergüenza despertó compasión en mí, y corté el concepto en el punto que he dicho. Inmutóse la prójima un rato, y levantándose, dió varias vueltas por la habitación, como si quisiera enterarse de las novedades que había en ella. No quise mortificarla, y seguí la conversación en el terreno en que ella tácitamente la ponía.

--Dime, habrás traído de París maravillas.

--Algunas chucherías, poca cosa --replicó, mirándome otra vez y serenándose--. Ya lo verás. Quiero saber tu opinión. Algo he traído para tí.

--Gracias.

--Si no hay por qué dar gracias. Repito que todo lo he traído para que tú lo veas y digas si es bonito. Siempre que compraba algo, me decía: «¿le gustará esto?» Y cuando se me figuraba que no te había de gustar, ni regalado lo quería.

Empapándome entonces en moral, como esponja sumergida en un cubo de agua, en esa moral de librito de escuela que nos sirve de mucho para echar discursos y de muy poco para regular las acciones, le dije que no se acordara más del santo de mi nombre; que yo no pensaba poner los pies en su casa, etc. Ni un niño acabadito de salir del colegio, con toda la _Doctrina_, el _Juanito_ y el _Fleury_ metidos en la cabeza, se habría expresado mejor.

--Eso lo veremos --replicó Eloísa, en pie delante de mí--. Vamos, no hagas el honradito de comedia. Ven á mi casa, sin malicia, con buen fin, como un amigo, y te enseñaré mis compras de París. No te preparo ninguna emboscada... ¿Conque vendrás? Tú podrás hacer lo que quieras; pero si no vas á verme, vendré yo aquí, te marearé, te perseguiré. ¿Serás capaz de echarme de tu casa?

--¡Quién sabe...!

--¿A que no? Todavía me atrevería yo á apostar una cosa.

--¿Qué?

--Vamos á ver: una apuesta... ¿A que te chiflas otra vez por mí?

--A que no.

--A que sí.

--Apuesto todo lo que quieras.

Ambos nos echamos á reir, y concluyó por besarme la mano, como hacen los chicos con los curas que encuentran en la calle.

--Quedamos en que mañana te mando á Rafael --me dijo, arreglándose la cabeza delante del espejo.

--Sí: tengo muchos deseos de verle.

--Vamos á ver, con franqueza. ¿Qué tal me encuentras?

--Según lo que quieras decir. Distingo.

--Sin distinciones.

--Te encuentro muy francesa --repetí, faltando á la verdad por molestarla.

--¡Dale!... Me enfada eso más que si me dijeras una mala palabra. Si quieres decir la mala palabra, suéltala, ten valor, ponme la cara como un tomate; pero no me insultes con rodeos.

--Como quiera que sea, estás hermosísima --declaré, mostrándome más sensible á sus pruebas de cariño--. Las locuras que yo hice las hacen otros; mejor dicho, otros harán locuras más locas... ¡Qué dramas leo en tu cara, hija, y también tragedias, que ahora están en borrador! Te voy á llamar _Madame Catastrophe_. ¡Pobrecito del que...! En fin, hemos de ver horrores.

--¡Ah! tengo que contarte --dijo, tras una explosión de risa--: tengo que contarte... ¿Sabes que Pepito Trastamara está loco por mí y quiere casarse conmigo?

--Péscale, no seas tonta. Hazte cargo de que tienes por marido á un galguito ó á un _King Charles_. Serás duquesa, y libre como el aire. Pero la cuestión de cuartos creo que no anda bien en esa casa. La Peri está liquidando lo poco que resta. Mucho ojo, Eloísa.

--¿Ves? Sin querer te estás tomando interés por mí; me estás dando consejos --replicó con mucha monería--. Si no puedes, hombre, si no puedes desligarte de mí; si te intereso sin que lo eches de ver... ¿Conque no me conviene Pepito Trastamara...? ¿Y ser duquesa? Pepito heredará al marqués de Armada-Invencible: fíjate en esto.

--También Manolo Armada-Invencible está á la cuarta pregunta. No tienes idea de lo arrancada que anda la aristocracia. Pídele detalles á tu cuñado Cristóbal Medina, que le lleva las cuentas al céntimo.

--Voy creyendo, como mi hermano Raimundo, que aquí no hay más que mil duros, que un día los tiene éste y después el otro...

--Ni más ni menos. Te profetizo que pasarás las de Caín. Hay poco dinero.

--Y muchos á gastar, lo sé.

Seguimos hablando de esto festivamente, riéndonos mucho, y procurando yo esquivar los recuerdos, que á cada paso hacía ella, de nuestros pasados delirios. Por fin se fué, asegurando que nos volveríamos á ver pronto en su casa ó en la mía. Su hermosura, que realmente era para deslumbrar al más pintado, no despertaba en mí sentimiento alguno de cariño; sólo inquietaba mi superficie, dejándome en paz el fondo.

El día siguiente lo pasé muy entretenido con Rafaelito. Era un niño preciosísimo, angelical, que ó nada sabía de travesuras, ó no las hacía delante de mí por el respeto que yo le inspiraba. Su media lengua me encantaba, y su cortedad de genio me le hacía más interesante. Era muy formalito, y se pegaba, se cosía á mi persona, no dejándome á sol ni á sombra. Cuando le sentaba sobre mis rodillas para acariciarle, me pasaba la mano por la cara, tocándome con veneración, cual si quisiera cerciorarse de que yo era una persona viva y no imagen figurada por su deseo. Si entrábamos en conversación, iba soltando por grados su media lengua graciosa, dábame cuenta de los juguetes que tenía y de los que esperaba tener. Su manía entonces eran los globos. Si yo cogía un lápiz en la mano, pedíame que le pintara globos; quería hacerlos con el pañuelo, con un papel, y se le figuraba que la cosa más estupenda del mundo era andar por el aire colgado de una bola que sube. Había visto en París un aeronauta, y tal espectáculo se le estampó en el alma. Hícele varias preguntas capciosas por ver si tenía alguna idea respecto á Fúcar; pero nada pude sacarle: sin duda Eloísa le había mantenido á distancia del marqués, porque el niño sólo tenía nociones confusas de aquel humano globo.

A donde quiera que yo iba por la casa, me seguía Rafael. Se agarraba á mi mano y no quería jugar solo; no se divertía sin mí. En las mesas y credencias de mi gabinete había varios cachivaches de porcelana, entre ellos perritos, gatos, muñecos... Rafael les miraba con cada ojo como un puño; pero no se atrevía á cogerlos, ni siquiera á tocarlos con la yema del dedo índice. Yo le permití que jugara con aquellas baratijas, y él las cogía con más veneración que el sacerdote la Hostia. Cuando yo envolvía en papeles los perros y gatos uno por uno para que se los llevara, la emoción no le dejaba respirar. Al abrazarle, noté que su corazón palpitaba como si se quisiera romper.

Por la tarde, muy á disgusto suyo, le mandé á su casa con Evaristo, que le había traído. Despedíase de mí con resignación, preguntándome si su mamá le dejaría volver otro día. En los siguientes, Eloísa no cesaba de mandarme recados informándose de mi salud, que no era buena, y con los recados solían ir cartitas rogándome que pasara á su casa. Viendo que yo no me daba á partido, fué ella misma á verme varias tardes. Por fin, una mañana me envió con el pequeñuelo una cartita diciendo que estaba mala y deseaba «verme á todo trance.» Bien comprendí que lo de la enfermedad era un ardid; pero las flaquezas propias de la naturaleza humana en general y de la mía en particular me impulsaron á acudir á la cita. Toda aquella moral mía se la llevó la trampa.

Y no sólo fuí aquel día, sino otro y otros. La prójima parecía quererme como antaño; mas yo no veía en ella sino un pasatiempo, un entretenimiento breve, que endulzaba algunos instantes de mi vida amarga; y mientras más caía en aquellas embriagueces fugaces, sin interés alguno espiritual, mayor y más alta era la idealidad de mi pasión por Camila. Aquella loca afición no correspondida se alambicaba y se extendía, cogiéndome todo el ánimo y la vida toda, en la cual era un estado permanente. Sentía desarrollarse en mí dotes poéticas, inspiración fluida y crónica á estilo de la del Petrarca, porque á todas horas me sugería pensamientos sutiles, de los cuales podrían salir sonetos á poco que me ayudase la retórica. Camila no se me apartaba del magín ni un solo rato, y tanto más presente la tenía cuanto más cerca de Eloísa estaba, ó si se quiere, en el mayor grado de proximidad posible. La idea de que eran hermanas me cosquilleaba en la mente, violentando la fantasía para que llegase á la figuración de que eran una misma persona. ¡Y, sin embargo, cuán distintas! El aire de familia me engañaba tan sólo breves momentos.

Si he de decir verdad, me agradaba el poquito de misterio y reserva que era forzoso emplear en mis entrevistas con Eloísa. Sin esta salsa, quizás aquellas crasitudes dulzonas y sin temple me habrían empalagado más pronto. Quiquina y Evaristo me introducían con muchos tapujos. Nunca menté á Fúcar, porque conocí que le repugnaba nombrarle. Pero un día en que hablábamos de las precauciones tomadas para aquellas entrevistas, se puso rabiosa, y señalando con el dedo índice la parte más alta de su cabello en desorden, se dejó decir:

--Estoy... de viejo pintado... hasta aquí.

No quiero pasar en silencio el cariño, el entusiasmo con que me enseñaba lo que había traído de París. En piezas de Choisy-le-Roi y de _Barbotine_ tenía maravillas; jarrones inmensos sobre columnas, un grifo con una cartela enroscada que _daba el opio_, y mil chucherías de todos tamaños, en tal número, que apenas había ya en la casa sitio donde ponerlas. Enseñóme también ricos encajes de Malinas, Bruselas y Alençon, comprados por ella misma á las _Beguinas_ de Gante, y otras mil cosas. No cesaba de preguntarme: «¿te gusta?» y si respondía que sí, poníase muy alegre. En aquella época jamás me pidió dinero, ni lo necesitaba. (¡Pobres fumadores!) Por el contrario, advertía yo en ella un tácito deseo de que se le presentase ocasión de sacarme de un apuro. Un día, no sé si de los últimos de Octubre ó Noviembre, que me oyó hablar de ciertas dificultades para la liquidación, sacóme una cajita llena de billetes de Banco, de la cual aparté con horror la vista.

Acerca de ella corrían mil versiones infamantes. En París había desplumado á un francés, dando un lindo esquinazo á aquel esperpento de Fúcar; en Madrid mismo, sus favores habían recaído sucesivamente en un malagueño rico de apellido inglés, en un ex-ministro y célebre abogado. Todo esto era falso y prematuro, puedo decirlo en honor suyo; relativo, sin temor de equivocarme. La calumnia, que más tarde dejaría de serlo, la perseguía por adelantado, como persigue á todos los que se portan mal, resultando que hay en ella un fondo de justicia. Reaparecieron los jueves, en los cuales había más confianza que durante mi reinado. Díjome el _Saca-mantecas_ que se jugaba descaradamente. No iba ninguna señora, ni aun la de San Salomó, que era persona de manga muy ancha. Quiquina y M. Petit volvieron á la casa, y nuevos criados, y las mismas costumbres irregulares del año anterior.

Sabía Eloísa, eso sí, tomar en público los aires de una señora distinguidísima, y lo que es más raro, conservaba parte no pequeña de sus relaciones; hacía visitas, iba á misa, era saludada por lo más selecto de Madrid. Oyéndola hablar, cualquier incauto la habría creído el espejo de las viudas. Parecía que no rompía un plato. Afanábase por la educación de su hijo, y le había puesto un aya francesa, de quien me dijo Evaristo que era más fea que el hambre. Su solicitud materna era quizás lo único que yo podía estimar en la prójima; pues por todo lo demás, sólo me inspiraba lo que es propio de las prójimas: lástima, interés nominal y desdén efectivo.

III

De la propia crudeza de mis males físicos y morales, brotó súbitamente la idea del remedio. Así es la Naturaleza, genuinamente reparadora y medicatriz. La idea que me abrió horizontes de salud fué la idea del trabajo. «Si yo tuviera un escritorio, como lo tenía en Jerez, y además mis viñas y mis bodegas, estaría muy entretenido todo el año, y no pensaría las mil locuras que ahora pienso, tendría salud y buen humor.» Así me hablaba una mañana, y tras la idea vino la resolución de practicarla. ¿Pero en qué trabajaría? Ocurriéronme de pronto varias clases de ocupaciones comerciales, de las cuales me había hablado la noche antes Jacinto María Villalonga. Él traía no sé qué belenes en Fomento. Había tirado ediciones sin fin de libritos agrícolas para que el Estado los hiciera comprar á los Ayuntamientos. Se presentaba á todas las subastas, ya fueran de carreteras, ya de obras de reforma en los Museos, bien de impresión de Memorias ó de los revocos que constantemente se están haciendo en el vetusto edificio de la Trinidad. Luego Villalonga cedía el negocio con prima, si había quien se lo tomase. Pero con esto y otros muchos enredijos que en el Ministerio traía, y por los cuales le ví sacar muy á menudo libramientos y órdenes de pago, nunca salía de trampas. Tan arruinado y lleno de líos estaba, que sin duda por sus desordenados gastos y vicios no había mes que no necesitase dinero. A mí me debía más de ocho mil duros, y esta deuda empezaba á inquietarme.

Los negocios de que me habló y que me interesaron eran más amplios que sus obscuros manejos burocráticos. «Traer trigos de los Estados Unidos y establecer un depósito en Barcelona; instalar máquinas para el descascarado del arroz de la India, obteniendo previamente del Gobierno la admisión temporal; llevar los vinos de la Rioja directamente á París por la vía de Rouen, y á Bélgica por la de Amberes...» Esto me parecía bien, sobre todo el negocio de vinos, en el cual algo y aun algos se me alcanzaba á mí.

Levantéme una mañana dispuesto á hacer un viaje á Haro y dar una vuelta por Elciego, Casalarreina, Cenicero, Cuzcurrita y demás centros de producción... Pero esto era meterme en faenas penosas. Nada, nada: más valía que, quietecito en Madrid, buscara un modo de trabajar. El negocio de banca con Londres y París me seducía; pero está muy acaparado. Hablando con mi tío, éste me hizo ver que el estado de la Bolsa era muy á propósito para zamparse en ella _hasta la cintura_. La persistente baja, motivada por los sucesos de Badajoz y el azoramiento de los tenedores extranjeros, convidaba á meterse en danza, teniendo serenidad y empuje.

Pues decidido. Pensando en esto, activáronse mis fuerzas y recobré la alegría. Por el trabajo, que trabajo era y de los buenos, obtendría yo dos beneficios: evitar los males que causa la holganza, y restablecer mi fortuna en su primitiva integridad. Desde el día siguiente me puse al habla con mi amigote Gonzalo Torres, de quien he hablado antes un poco. Ahora tengo que hablar mucho de él, pues bien lo merece este tipo esencialmente madrileño, el más madrileño quizás que encontré en los años que en la Corte estuve. Aquel _gato_ se había enriquecido en pocos años con atrevidos agios; tenía coche, estaba edificando una casa magnífica en la Ronda de Recoletos y vivía muy bien, sin gran boato externo. Su facha era ordinaria, su estatura menos que mediana, la nariz pequeña y los ojos enormes, huevudos, con ceja muy negra. Presumía de guapo y miraba á todas las mujeres que encontraba en la calle como perdonándoles la injusticia de que no le miraran á él. En este terreno era insufrible. Cuando le daba por relatar sus conquistas, no se le podía oir, porque decía muchas mentiras, revelando un pesimismo depravado. Ninguna á quien él había puesto los puntos, había dejado de caer. No es, por tanto, de extrañar que llegara mi hombre á adquirir, por su propia experiencia, el convencimiento de que todas eran unas... tales.

En el terreno de los negocios sí que me gustaba oirle. Allí se descubría el hombre tal como era, con sus lados malos y sus lados buenos; el español agudo, vividor, de trastienda, que se mete por el ojo de una aguja y va en pos de su interés saltando por encima de cuanto se le opone; tipo perfecto del que no ve en la humana vida más ideal que _hacer dinero_, y hacia él marcha con los ojos cerrados, digo, abiertos y bien abiertos. Nos veíamos muy á menudo en mi casa y en Bolsa; á veces almorzábamos juntos, y me contaba diferentes episodios de su vida. Esta me pareció digna de estudio, como ejemplo de constancia y temeridad, de desvergüenza por una parte, de tesón por otra. Según me dijo, había pasado su niñez en un comercio de la calle de la Montera midiendo percales y bayetas, soñando siempre con ser rico y despreciando á su principal, un hombre apocado que tomaba el género en los almacenes de la plazuela de Pontejos para revenderlo, siempre con miseria y apuros y sudando la gota gorda en cada vencimiento. Contaba Torres que él, confinado en su mostrador, tenía los ojos del espíritu fijos constantemente en los célebres banqueros Urquijo y Ortueta, que vivían en la misma calle; y tenía cuidado de que no se le escaparan cuando pasaban por delante de la puerta de su tienda á hora determinada para ir á la Bolsa, ó de regreso de ella. Ninguno de los dos tenía coche. Aquellos hombres eran sus ideales; ser como ellos su ambición. A veces poníase á mirar desde la calle á las ventanas de los respectivos escritorios, y soñaba con verse en local semejante, escribiendo facturas, firmando letras, cortando cupones; echándose después gravemente á la calle para ir á la Bolsa, y rompiendo á codazo limpio las manadas de transeuntes.

Regañóle un día su principal, y se plantó en la calle. Como no tenía una peseta, pasaba mil agonías para vivir. Todos los días, cualesquiera que fuesen sus ocupaciones, pasaba por la calle de la Montera dos ó tres veces, y si encontraba á Urquijo ó á Ortueta se quitaba el sombrero y hacía una reverencia como si pasara el Viático. Tuvo que dedicarse á viajante de comercio para poder vivir; recorrió toda España en segunda, con muestras de chocolate de la Colonial, zapatos de Soldevilla y otros muchos artículos. Pero sus ganancias eran escasas, y se fijó en Madrid, al amparo de Mompous, que le daba algunos corretajes de venta y compra de terrenos. Sin que lo supiera Mompous, se asoció á un tal Torquemada, que hacía préstamos con usura. Torres buscaba víctimas, y las descueraban entre los dos. Hacían pingües negocios _facilitando_ dinero secretamente á las señoras que gastan más de lo que les dan sus maridos para trapos; y con la amenaza del escándalo, las ponían en el disparadero y las desplumaban. Bien relacionado el tal Torres con muchos tenderos de Madrid, se hacía cargo, mediante una prima de cincuenta por ciento, de realizar los créditos incobrables. Él apandaba las cuentas que habían ido cien veces á casa del deudor, encontrándose siempre con cara de palo, y previo el endoso del crédito en virtud de una ficción legal en que él (Torres) pasaba por _inglés_ del tendero, se ponía en combinación con Torquemada, que era curial y tocaba pito en todos los Juzgados, y apretando á la víctima con citaciones y embargos, por fin la hacían vomitar en conjunto ó á plazos lo que debía.

Con estas socaliñas empezó á reunir su capital. Por una serie de trapisondas y de enredos que serían largos de contar, Torquemada y Torres se adjudicaron una carnicería, propiedad de un deudor insolvente. La cosa no habría tenido lances si á Torquemada no se le hubiera ocurrido que, tras aquel negocio, podía emprender el de suministro de carne y caldo para los enfermos del Hospital Provincial. Puso la puntería en la Diputación, y aquel año hubo locas ganancias. Los moribundos les hicieron á ellos el caldo gordo.

Pero los parroquianos insolventes eran la pesadilla de entrambos. Había entre éstos un respetable sujeto, cesante, ex director, que tenía una familia numerosa y anémica, á la cual recetaban los médicos _carne á la inglesa_, o lo que es lo mismo, cruda. Consumían mucho, pero no pagaban jamás, y la cuenta crecía como espuma. Cuando pasó de mil reales y trataron de hacerla efectiva, vieron que la casa del señor aquél era un abismo sin fondo. Al huevero se le debían dos mil reales, al de ultramarinos seis mil y al carbonero unos mil y pico. El del pan cogía el cielo con las manos; y congregados todos un día en la puerta de la casa, armaron una chamusquina de todos los demonios. Lo que decía el señor aquél, ex-director y caballero gran cruz de Carlos III: «Más le valía no haber nacido.» Puestos todos los _ingleses_ de acuerdo, quisieron hacer un _Trafalgar_ en la infeliz familia; pero nada lograron. La familia insolvente y carnívora cambió de domicilio, dejando á los acreedores con dos palmos de narices. Sólo Torres, que era más listo que el huevero, el tendero y el carbonero juntos, olfateó el rastro, metió la cabeza, amenazó, y valiéndose de mil trazas ingeniosas, ya que no pudo sacar dinero, puesto que no lo había, obtuvo, en pago de la carne, un piano. Era el dulce instrumento en que tecleaba una de las niñas anémicas. Torres cargó con su presa y...

--De esta adquisición inesperada --me dijo-- arranca el negocio de alquiler y compostura de pianos que tuve durante tres años y medio. ¡Cómo se enlazan las cosas de la vida! De carnicero á músico. Torquemada siguió con el arbitrio de carnes, y yo acaparé el de almacén de pianos. Llegué á tener más de trescientas matracas, que alquilaba por tres, cuatro ó cinco duros al mes á las alumnas del Conservatorio que soñaban con ser la Patti; á los compositores jóvenes que se creían unos _Meyerbes_, y para hacer boca, perjeñaban una zarzuelita; á las familias honradas y buenas parroquianas que querían educar á las pollas para señoritas finas, aunque al fin y á la postre vinieran á parar, como todas, en ser unas... tales.