Lo prohibido (novela completa)

Part 23

Chapter 234,020 wordsPublic domain

¡Ojalá que quisiera arruinarme! Con secreta satisfacción observé que el aspecto de las tiendas de Bayona la puso seria, que miraba mucho y con atención profunda, que ella y la mujer de Augusto discutían sobre lo que veían. A ruego mío entraban en algunas tiendas, pero sin escoger nada. Augusto hizo algunas compras insignificantes. Yo intenté hacerlas considerables; pero Camila no quería tomar nada, sino de acuerdo con su manchego, que á cada paso consultaba el portamonedas y hacía cuentas tácitas. No pude conseguir que aceptasen nada de lo que les ofrecí. Para obtener alguna ventaja en este terreno, tuve que hacer un regalo general, obsequiando á cada uno de los que formaban la partida.

--Pero vamos á ver, tonta, ¿por qué no te compras este abrigo...? Yo te adelanto el dinero. Ya me lo pagarás cuando puedas. Constantino, ¿no es verdad?

Constantino decía que nones.

--Y este sombrero... ¿ves qué bonito?

--Vamos, vamos --decía Camila muy seca--. Me carga este pueblo. Esto es una _farsantería_.

--Al menos --insistía yo--, que acepte tu marido este paraguas, y tú... No me desaires. Me enfadaré si no aceptas este _pardessus_.

--Quita allá... Voy á parecer una de esas tías... No quiero, no quiero.

Fuimos á Biarritz y almorzamos en el _Hotel de Embajadores_. Felizmente, Miquis se encontró un amigo que le invitó á jugar una partida de billar en el Casino. Paseamos en tanto los demás por los alrededores de la _Villa Eugenia_, por las playas de los Locos, de los Vascos y por los vericuetos del Puerto Viejo. Augusto y su mujer y cuñada se entretuvieron hablando con una familia conocida. Solo ya con Camila, la llevé por los senderos rocosos de La Chinaougue, cerca del Casino y del Puerto de los Pescadores. ¡Qué gusto verme solo con ella! Aquel ratito me parecía la gloria. Tuve el tacto de no hablarle directamente de amor. Observé en ella cierta indolencia, menos alegría que de ordinario, y una atención particular y compasiva á lo que yo decía, y á las quejas que exhalé sobre mi suerte y la soledad de mi vida. De pronto dijo:

--Estoy en ascuas. Ese individuo con quien ha tropezado Constantino es una mala persona, uno de sus amigotes de Valladolid. Temo que me le pervierta.

Yo le respondí que no se cuidara de su esposo, que era la persona más formal del mundo.

--Ese granuja le invitó á echar una mesa, y temo que me le arrastre al _baccarat_ que hay en el Casino... No creo que mi marido caiga en la tentación. Bien sabe él que le arrancaría las orejas... Me tiene miedo, y no es capaz ni de decirme una mentirijilla. ¡Ah! mi asnito es muy bueno. Y no te creas, cuando se casó conmigo tenía todos los vicios. Jugaba, bebía aguardiente, se estaba todo el día en el café diciendo gansadas, hablaba de sus jefes con poco respeto, contaba los grados que iba á ganar sublevándose, decía mil tontunas, era sucio y ordinariote. Pues ya ves: poco á poco le he ido quitando todos esos vicios. No te creas... unas veces con blandura, otras con porrazos. Un día le hice sangre... porque yo, cuando pego, no reparo... Figúrate que le mandé apartar un baúl, y se escupió las manos para agarrarlo y hacer fuerza. ¡Ay, cómo me puse! ¡me volé...!

Ved mi tontería... Estaba yo embelesado oyéndole estos cuentos de su intimidad doméstica.

--Poquito á poco --prosiguió--. Le he hecho romper con todos sus amigotes. Les he ido degollando uno á uno... Hoy es un niño, un angelón, y me quiere más que cuando nos casamos. Si me preguntas que por qué nos casamos, no te sabré contestar. Nos entró muy fuerte á los dos. Nos vimos por vez primera una tarde que fuí á merendar de campo en el Pardo con las de Muñoz y Nones, y al día siguiente, que era martes, nos hablamos otra vez en el Retiro. El miércoles nos dijimos cuatro sandeces por el ventanillo de casa; el jueves, miraditas en la Comedia; el viernes, carta canta... contestación; el sábado nos volvimos á hablar y juramos morirnos ó casarnos; el domingo quise yo almorzar fósforos, y el lunes entró Constantino en casa con permiso de mamá. Nos casamos contra viento y marea. La mamá de él, doña Piedad, se puso hecha un veneno, y en el Toboso se dijo que yo era una sinvergüenza, que había tenido que ver con muchos hombres. Llegaron hasta decir que... á tí te lo contaré en confianza... que yo había tenido un chiquillo. Ya ves que no me muerdo la lengua. Constantino me ha contado después todas estas tonterías de pueblo, y nos hemos reído. Su madre tenía el proyecto de casarle con una paleta rica, y él dejó todo, palurda y millones, por mí. Ya ves qué mérito tengo. Después mi suegra se ha querido reconciliar conmigo, y yo le he escrito varias cartas. Soy yo muy cuca. ¿Sabes lo que dice ahora? Que tiene ganas de conocerme. Pero yo me estoy dando lustre, y no quiero ir á la Mancha. Iremos más adelante... Y aquí termina la presente historia. Nos queremos como Adán y Eva. Le domino y me tiene dominada. No te creas... si Constantino no hubiera tenido tantos vicios, y no me hubiese yo calentado tanto los cascos para quitárselos, á estas horas nos habríamos tirado los platos á la cabeza.

No quise apartarla de aquel tema, en que tan espontáneamente se explayaba. Los recelos por la tardanza del otro la inquietaron de nuevo. Por fin le vimos aparecer solo dando zancajos.

--¿Has jugado? --le preguntó ella, impaciente.

--Jugar, ¿á qué?

--Al _baccarat_.

--¿Yo?... tú estás loca. Puedes creer que no.

--Lo creo, lo creo --dijo ella, rebosando de confianza--. No hay más que hablar. Pero hazme el favor de no volverte á juntar con ese lipendi. Es un perdido, que no ha tenido una fiera que le dome... Mira, mira qué bonito te has puesto.

--Si es la tiza, mujer; la tiza que se da á los tacos.

--No estás tú mal taco. En cuanto te separas de mí, ya no hay por dónde cogerte.

Augusto y su familia se nos reunieron, y nos volvimos á San Sebastián, ellos contentísimos, yo triste. Pero al día siguiente creí notar en Camila cierta tendencia á pensar demasiado en los vestidos y adornos de mujer que había visto. La esposa de Augusto y ella discutían con desusado calor sobre manteletas, _pardessus_, capotas y faralaes. ¡Si habría hecho el idilio trapístico más efecto que los otros! Porque yo la notaba un poco menos alegre, algo más atenta á cosas de vestir. ¿Se conmovería al fin aquella torre? «Quizás, quizás --pensaba yo--. Al fin tiene que ser de una manera ó de otra. Tú caerás cuando menos lo pienses.»

IV

Pero un día resolvieron marcharse, y con mis ruegos no les pude detener. A Constantino se le acababan los dineros. Dije á mi querida prima que no se apurase por esto y que mi bolsa estaba á su disposición; pero ni por esas. «Tú empeñado en arruinarte, y yo en que has de ser rico. ¡Si al fin tendré que ser tu administradora...!» Ojalá lo fuera. Me causó maravilla verla hacer sus cuentas al céntimo y alambicar las cantidades. Unas veces de memoria, otras con ininteligibles garabatos, presuponía todos sus gastos y se sujetaba á un plan con toda firmeza. Se había vuelto avariciosa, y no se sabe las vueltas que daba á un duro antes de cambiarlo. Se fueron ¡ay de mí! dejándome en espantosa soledad.

De buenas á primeras, encontréme un día con María Juana y su marido, que después de pasar la temporada en San Juan de Luz, se detenían dos semanas en San Sebastián antes de la _rentrée_. Dígolo así, porque noté en la mayor de mis primas cierto prurito de decir las cosas en francés. Habían estado en Lourdes á cumplir una promesa. Rabiaban por tener sucesión, lo que Dios no les quería conceder, sin duda por haber decretado la extinción de _los ordinarios de Medina_ por los siglos de los siglos.

Contra lo que esperaba, María Juana estuvo obsequiosísima conmigo. De confianza en confianza, se aventuró á hablarme de Eloísa, á quien puso cual no digan dueñas. Su conducta la tenía avergonzada. Era un escándalo. Al menos, cuando tuvo la debilidad de quererme, la vergüenza se quedaba en la familia. Y lo peor era que no se sabía á dónde iba á parar su dichosa hermana con aquella vida y su pasión del lujo. Estaba en la pendiente: ¿dónde se detendría? Hablamos luego de la Virgen de Lourdes, de lo bien arreglado que está aquello, de lo conveniente que sería que en España hubiera algo parecido para que no se fuese el dinero de los devotos á Francia, y para que la piedad y el negocio marcharan en perfecto acuerdo. Díjome que en Madrid iba á hacer propaganda para que á la más popular de las Vírgenes se le dedicaran peregrinaciones y jubileos, á fin de llevar dinero á Zaragoza. Había patriotismo ó no lo había. Yo me mostré conforme con todo. Volviendo á Eloísa, dióme pruebas de mayor confianza. Comprendía que una mujer, en momentos de alucinación, faltase á sus deberes por un hombre como yo, de buena figura (movimiento de gratitud en mí); pero no comprendía que hubiera mujer capaz de echarse á pechos (textual) el carcamal asqueroso del marqués de Fúcar, sólo por estar forrado de oro; un adefesio que había sido negrero en Cuba y contrabandista por alto en España, y que, por añadidura, se teñía la barba.

En tanto, Medina estaba afligidísimo. Los sucesos de Badajoz le habían llegado al alma.

--¡Qué horror! cuando creíamos que ese cáncer de los pronunciamientos estaba cauterizado... Así es el cáncer. Se le cree cortado y retoña.

El buen señor no hablaba de otra cosa. Su patriotismo sano y leal había sentido la injuria como un sér delicado que recibe una coz. ¡Y el mulo que la daba era el ejército, nuestro valiente ejército!

--Dios salve al país --exclamaba Medina con olozaguista concisión, juntando las manos.

El afán de saber noticias llevábale á él, y á mí también, á los círculos políticos de San Sebastián, á aquellos famosos ruedos de habladores, en cuyo centro suele verse un ex-ministro, y cuya circunferencia está formada de ex-directores y cesantes más ó menos famélicos. Cansados al fin de círculos, nos marchamos todos á Madrid. Por el camino, María Juana me manifestó que pensaba organizar su casa de otro modo; que había hecho algunas compras para renovar el mueblaje, y que fijaría un día de la semana para quedarse en casa. Esto me pareció muy bien. De concepto en concepto, llegó hasta indicarme que yo debía de ser muy desgraciado en mi celibato, y que me convenía casarme.

--Déjalo de mi cuenta --me dijo con cierto entusiasmo--. Yo te buscaré la novia.

Esto me hizo pensar, pero pensar mucho.

Apenas llegué á Madrid y á mi casa, subí á ver á Camila, á quien hallé contenta, como siempre. El manchego estaba haciendo café en la cocinilla rusa, y ella cosiendo en una máquina nueva de Singer, que había adquirido con parte de los ahorros destinados al caballo. Esto me recordó mi promesa, que sería cumplida sin pérdida de tiempo. Constantino elegiría á su gusto.

Dijo mi prima que iba á emprender la grande obra de las camisas. Ya veríamos quién era Calleja. No quiso aguardar á otro día para tomarme las medidas, y se puso á ello con entusiasmo, dando tales pases con la cinta de cuero, que me avispé un tanto. «Pero estas camisas van á tener más medidas que la catedral de Toledo...» ¡Qué mona estaba y qué gitana!... ¡Ira de Dios! ¡casarme yo mientras aquella mujer existiera!... Jamás de los jamases. Loca estaba la que ideó tal cosa.

¡Y que no estuviéramos en los tiempos legendarios para robarla y echar á correr con ella en brazos, sobre alado caballo que nos llevase á cien leguas de allí! ¿Por qué, Dios poderoso, se me había antojado aquélla, y no ninguna otra? Pollas guapísimas, de honradas familias, conocía yo, que se habrían dado con un canto en los dientes por que las requiriera de amores; muchachas de mérito que me habrían convenido para casarme, algunas de mucho talento, otras muy ricas, y, no obstante, ninguna me gustaba. Había de ser precisamente aquélla, la borriquita que ya estaba uncida al asno del Toboso. Aquélla, forzosamente aquélla, era la que se me antojaba para mujer propia y fija, para recibir mis homenajes de amor en lo que me restara de vida; aquélla nada más, y aquélla había de ser, pesara á todas las potencias infernales y celestiales.

Cómo llegaría á ser mi querida, no se me alcanzaba; pero ella vendría al fin. Aunque me hallaba un poco mal de salud, no paraba en casa. Habíame entrado febril desasosiego y curiosidad por averiguar lo que hacía Constantino fuera de la suya cuando salía, y si era tan formal como su mujer pensaba. Porque descubriéndole algún enredo, me alegraría seguramente. No era mi ánimo delatarle, sino simplemente tomar acta y fundar en algo mis esperanzas de triunfo. Durante algunas tardes y noches, le seguí los pasos, hecho un polizonte. ¡Qué papel el mío! Me habría parecido risible é infame en otras circunstancias; pero tal como yo estaba, completamente ofuscado y fuera de mí, parecíame la cosa más natural del mundo. Siguiendo á mi amigo, deseaba ardientemente verle entrar en donde su entrada me probase su ligereza y el olvido de aquella fidelidad ejemplar de que Camila hacía tanta gala. Mi desesperación era grande al ver que mi celosa suspicacia no podía sorprender ningún acto ni aun indicio en que apoyarse. Alguna vez nos tropezamos de noche cerca de alguna calle sospechosa. Yo le cogía por la solapa, y con afectado enojo le decía:

--¡Ah! tunante, tú andas en malos pasos. Tú vienes de picos pardos.

Y él se reía como un bendito bruto. Tan seguro estaba en su conciencia, que no me contestaba sino con una afirmación rotunda y tranquila.

--¡Parece mentira --insistía yo-- que teniendo una mujer como la que tienes...! No te la mereces.

Y él se reía, se reía. La honradez pintada en su cara tosca me declaraba su inocencia; pero yo volvía á la carga:

--Se lo contaré á Camila.

Y él, sin mostrar contrariedad, no decía más que estas breves palabras, con sencillez grandiosa, que era toda una conciencia sacada á los labios:

--No te creerá.

Y era verdad que no me creía, pues cuando alguna vez, en la mesa, aventuraba yo alguna indicación, más bien con carácter de broma, Camila se reía y bromeaba un poco también, diciendo:

--¿Conque en malos pasos... la otra noche...? Me parece que el que andaba en malos pasos eras tú.

¡Él la miraba! ¡Qué mirada aquélla de rectitud sublime! Era como la mirada profundamente leal y honrada de un perrazo de Terranova. Camila le cogía la cara entre sus dedos flexibles, bonitos, encallecidos por la costura, y estrujándosela decía:

--Déjate de bobadas, José María. Este animal no quiere á nadie más que á mí.

Aquella fe ciega que tenían el uno en el otro era lo que me desesperaba... ¡Que no vinieran los tiempos en que un hombre podía evocar al Diablo, y previa donación ó hipoteca del alma, celebrar con él un convenio para obtener las cosas estimadas imposibles! Yo quizás no hubiera cedido mi alma sino á retroventa, para pagarla después de algún modo, ó redimirme con oraciones y recobrar la que Shakespeare llama _eternal joya_... Pero ya no hay diablos que presten estos servicios; tiene uno que arreglarse como pueda.

XX

Doy cuenta de la agravación de mis males y del remedio que les aplico. -- Gonzalo Torres.

I

Una mañana... ¡plaf! Raimundo. Caía sobre mí cuando menos le esperaba, y muy comúnmente cuando menos ganas tenía de oirle. Entró aquel día con cara risueña y un rollo de papeles en la mano. «Veremos por dónde la toma hoy --pensé--, aunque bien sé á dónde ha de ir á parar.» Díjome que estaba muy mejorado de su reblandecimiento; que las palabras se le salían de la boca fáciles y correctas, sin que la lengua tuviera que hacer contorsiones, y que se sentía dispuesto, ágil y con el entendimiento lleno de claridad y hasta de inspiración.

--Hombre, ¡cuánto me alegro! --exclamé echando ojeadas de inquietud al rollo de papeles--. ¿Y qué traes ahí? ¿Esa es la obra de que me hablaste? ¿Has hecho algo en Asturias?

--¡Ah! no... aquello fué una tontería... un drama, una idea nueva... Hice dos ó tres escenas; pero lo abandoné pronto. La cosa no salía. Después se me ocurrió esta gran obra.

Con sonrisa triunfal mostróme el rollo de papeles, que yo miré como se puede mirar el cañón de escopeta del cual ha de salir la bala que nos ha de herir.

--Algún dibujillo --indiqué deseando que acabase pronto, pues tenía que hacer--. Dispara, dispara de una vez.

Desenvolviendo lentamente el rollo, dijo:

A tí solo te lo enseño, porque no quiero que se divulgue la idea. Me la podrían robar. Es muy original. Figúrate: esto se llama _Mapa moral gráfico de España_; va acompañado de una Memoria, y su objeto es...

Cortó la frase para extender el papel sobre una mesa, sujetándolo por los bordes con objetos de peso. Ví muy bien dibujado el contorno de nuestra Península, con indicaciones de cordilleras, ríos y ciudades. Los nombres de éstas se hallaban encerrados dentro de círculos concéntricos de colores de muy diverso matiz.

--¿Qué demonios es esto?... El mapa está muy bien dibujado.

--Pues esto --afirmó con exaltación de artista-- es una representación gráfica del estado moral de nuestro país. La intensidad de los colores indica la intensidad de los vicios, y éstos los he dividido en cinco grandes categorías: _Inmoralidad matrimonial_, _adulterio_, _belenes_, color rojo. _Inmoralidad política y administrativa_, _ilegalidad_, _arbitrariedad_, _cohechos_, color azul. _Inmoralidad pecuniaria_, _usura_, _disipación_, color amarillo. _Inmoralidad física_, _embriaguez_, verde. _Inmoralidad religiosa_, _descreimiento_, violeta... He recogido la mar de datos de Tribunales, otros de la prensa... Ya ves que ésta es una estadística nueva, cuyos elementos no se pueden buscar en los archivos: ello es cuestión de perspicacia, de conocimientos generales y de mucho mundo. Casi todas las apreciaciones son á ojo de buen cubero. En la Memoria desarrollo la idea, y justifico con razonamientos y con baterías de cifras lo que se expresa aquí en aros de varios colores. Echa una ojeada y te harás cargo; podrás ver de golpe la España moral, que, entre paréntesis, no es un país de cuákeros... Cuando esto se publique, y se publicará, ha de llamar mucho la atención que aparezca Madrid como el punto donde hay más moralidad en todos los órdenes. Y lo pruebo, lo pruebo, chico, como tres y dos son cinco. Pásmate: hasta en política lleva ventaja Madrid á las provincias, y las capitales de éstas á las cabezas de partido. En la Memoria pruebo que los políticos de aquí, tan calumniados, son corderos en parangón de los caciques de pueblo, y que el ministro más concusionario es un ángel comparado con el secretario de Ayuntamiento de cualquiera de esas arcadias infernales que llamamos aldeas. El color rojo lo verás distribuído casi en partes iguales por toda la Península. Las provincias gallegas son las más favorecidas en todo, así como en inmoralidad física lleva la mejor parte Barcelona, donde apenas se conoce un borracho. El violeta más intenso lo verás en Madrid, eso sí: es donde hay menos beatos y donde menos se oye ese tin-tin del reloj del fanatismo, que llaman golpes de pecho. He formado estadísticas de misas. Madrid da el promedio diario de una misa por cada trescientos veinticinco habitantes, mientras que León me da una misa por cada diez y seis. El tanto por ciento de mojigatos es en Madrid, cifra mínima, de dos y medio, mientras que en la Seo de Urgel salen cuarenta y siete carcas por cada cien personas.

Cuando á esto llegaba, se iba excitando tanto, que empezó á entorpecérsele la lengua y á pronunciar mal ciertas sílabas. Echéme á reir, y sabiendo en lo que habían de parar aquellas misas, pensé cuánto le daría.

--Tú estás reblandecido --le dije--. Las cosas que á tí se te ocurren, ni al mismo Demonio se le ocurrirían... Otro día me explicarás mejor esa monserga. Y por de pronto...

Le miré como le miraba siempre que quería socorrerle. Él me comprendió al punto con aquella infalible perspicacia de mendigo, y enrollando con nerviosa presteza el cartel de nuestras miserias, se dejó decir:

--Es que... precisamente... Ahora viene lo principal, que es ponerlo en limpio, en vitela, con colores finos... Chico, tú vas á ser mi Mecenas. Te dedico la obra...

--No, no... hazme el favor de dedicársela á otro.

--Bueno, bueno: como quieras.

Hacía algún tiempo que yo había adoptado el sistema de negar y conceder alternativamente sus pedidos, es decir, que le daba una vez sí y otra no, y en los casos afirmativos, siempre le daba la mitad. Aquella vez no tocaba; pero ya porque el mapa me hiciera gracia, ya porque me inspiró su destornillado autor más lástima que nunca, me dí á partido y le puse en la mano un billete de dos mil reales. ¡Cómo se le alegraron los ojos y qué excitado y chispo se puso! Dándole á entender que me alegraría mucho de quedarme solo, y mostrándome poco deseoso de conocer _hasta en sus menores detalles_ la gran obra de estadística moral, conseguí alejarle. Ocho días estuvo sin parecer por casa.

Una tarde me hallaba enteramente solo, entretenido en extender las cartas-compromisos que debía pasar á las personas con quienes había hecho operaciones de 4 por 100 Perpetuo _á voluntad_, cuando sentí abrir quedamente la puerta de mi gabinete. Miré, y ví asomar por el borde de la cortina el rostro de Camila. Dióme un vuelco el corazón. Dejé la escritura, alegréme mucho... Mas por no sé qué ruidos que oí, parecióme que no venía sola.

--Buenos días, tísico --me dijo sin entrar y retirándose otra vez.

--¿Ha venido alguien contigo? ¿Ha entrado alguien? --le pregunté.

Y desde la sala gritó:

--No, estoy sola.

Pero sentí algo que me inquietaba. Camila reapareció levantando la cortina, y entró al fin en mi gabinete. Mostraba cierta emoción.

--¿Pero qué escondites son esos? Tú no has venido sola.

--Es que --me dijo después de vacilar un rato-- tienes ahí una visita.

--Pues que pase --repliqué levantándome.

--Dice que no se atreve... Tiene vergüenza...

Me asomé á la puerta. Era Eloísa la que allí estaba. En el mismo instante en que la ví, Camila echó á correr y se subió á su casa.

Entró la otra al fin en mi gabinete, tan cohibida, tan turbada, que yo también me turbé. Durante un rato, no muy corto, estuvo delante de mí sin saber qué cara ponerme ni qué palabras dirigirme. La sonrisa y el llanto luchaban por prevalecer en la expresión de su cara. Por último, lloró sonriendo y me echó los brazos al cuello.

--Haces mal en estar enfadado conmigo --me dijo hociqueándome--. Yo siempre te quiero. No me he olvidado de tí ni un solo día.

Diéronme ganas, primero, de echarla de mi casa. Pero aquel catonismo se me representó luego como una crueldad injusta, pues yo, si no era peor que ella, tampoco era mejor. Fuí indulgente; acordéme de aquello de _la primera piedra_; hícela sentar á mi lado, y hablamos. Noté que estaba vestida con extrema elegancia, de luto, y que se verificaba en ella, entonces como siempre, el fenómeno de conservar su tipo de _señora española_, á pesar de la asimilación de la moda parisiense. Eloísa adaptaba la moda á su manera de ser; era siempre la misma, y sabía imprimirse el sello de la distinción decente. Así había sido antes y así se ha mantenido después, aun en épocas de gran desvarío; quiero decir, que nunca ha dejado de parecer dama la que nunca lo fué ni por las costumbres, ni por la superioridad de inteligencia, ni por esa elegancia espiritual que tan diferente es de las que trazan las tijeras de las modistas.

Quise mortificarla diciéndole lo contrario de lo que estaba pensando acerca de su cariz de señora española:

--Estás hecha una francesa.

Esto le supo muy mal. Levantóse, miróse al espejo, y dando vueltas sobre sí misma para verse de espaldas, me dijo:

--¿Es verdad eso? Mira, lo sentiría mucho. Creo que te equivocas. No, no parezco una francesa. No me lo digas otra vez.

Sentándose de nuevo, prosiguió así:

--Ya estaba de París hasta la corona... He ido también á Lieja, á Spa, á Aix-la-Chapelle, y después á Colonia á ver la Catedral, que es muy grande, pero muy grande. Si te he de decir la verdad, no me he divertido nada.