Lo prohibido (novela completa)
Part 21
--Yo no pienso salir de España --añadí--. No quiero hacer gastos. Necesito tapar ciertas brechas y reedificar ciertas ruinas...
Y como él se riera, concluí con esto:
--Los convalecientes compadecemos á los enfermos... Adiós, adiós... Deje usted mandado... Divertirse.
III
Cuando Camila me dijo: «nosotros no tenemos dinero para veranear y nos quedamos en Madrid», sentí una gran aflicción. ¿De qué trazas me valdría para costearles el viaje y llevármeles conmigo? Dije sencillamente á mi prima:
--Tú no has estado nunca en París: ¿quieres ir á dar un vistazo?
Pero se escandalizó de mi proposición echándome mil injurias graciosas. Yo estaba dispuesto á pagarles el viaje á San Sebastián ó á donde quisieran, y con más gusto lo habría hecho llevándomela á ella sola; pero como no había medio de separarla del antipático apéndice de su maridillo, les invité á los dos.
--Gracias --me dijo Constantino--. Si mi mamá Piedad me manda lo que me ha prometido, nos iremos unos días á San Sebastián ó á Santander en el tren de recreo.
--¡En el tren de recreo! ¿Pero estáis locos?
--Sí: en el tren de botijos --afirmó Camila batiendo palmas--. Así nos divertiremos más. ¿Qué importa la molestia? Tenemos salud. La mujer de Augusto vendrá también.
--¡Qué cosas se os ocurren! Iréis como sardinas en banasta. Eres una cursi...
--Dí que somos pobres.
--Vaya... Me han ofrecido habitaciones en una magnífica casa en San Sebastián. Viviremos todos juntos en ella. Id en el tren que queráis, aunque sea en un tren de mercancías.
Yo me regocijaba secretamente con la perspectiva de aquel viaje. «Allí caerás --pensé--; no tienes más remedio que caer.»
A la noche siguiente, el tontín de Constantino entró diciendo que irían á Pozuelo, lo que desconcertó mis planes. Marido y mujer discutieron, y yo combatí el proyecto con calor y hasta con elocuencia. Por fin apelé á las aficiones taurómacas de Miquis, hablándole de las corridas de San Sebastián. ¡Ya vería él qué toros, qué animación! Vaciló, cayó al fin en la red. Quedó, pues, concertado el viaje; pero ellos no podían ir hasta Agosto, y yo, muerto de impaciencia, agobiado por los calores de Madrid, tuve que estarme en la villa todo el mes de Junio, viendo defraudados cada día mis ardientes anhelos. Aquella dichosa mujer era una enviada de Satanás para martirizarme y conducirme á la perdición. Como el badulaque de Constantino seguía de reemplazo, casi nunca salía de la casa. Las pocas veces que encontraba sola á Camila, convertíase para mí en una verdadera ortiga: no se dejaba tocar, suspiraba por su marido ausente y acababa de helarme hablándome de aquel Belisario que no venía, que no quería venir, que se empeñaba en seguir en la mente de Dios.
--Si no vas á tener más chiquillos... --decíale yo--; y da gracias á Dios para que no se perpetúe la raza de ese animal manchego.
Al oir esto me pegaba con lo que quiera que tuviese en la mano. Y no se crea... pegaba fuerte: tenía la mano pronta y dura. Me hizo un cardenal en la muñeca que me dolió muchos días.
--Si sigues haciéndome el amor --me chilló una tarde--, le canto todo al manchego para que te sacuda. Puede más que tú.
--Sí, ya sé que es un peón. Pero ven acá, ¿cómo es posible que le quieras tanto? ¿Qué hallas en él que te enamore?
--¡Qué risa!... que es mi marido, que me quiere... Y tú no vienes más que á divertirte conmigo y á hacer de mí una mujer mala.
Y no había medio de sacarla de este orden de argumentos. «¡Que me quiere, que es mi marido!»
Un día, que la encontré sola, llegóse á mí con cierta oficiosidad, y dándome un billete de quinientas pesetas, me dijo:
--Ahí tienes lo que me prestaste. Puede que ya no te acuerdes.
--En efecto, ya no me acordaba. Chica, no me avergüences... Guarda esa porquería de billete, y perdonada la deuda. Por algo somos primos.
--No, no quiero tu dinero. He pasado mil apuritos para reunirlo, y ahí lo tienes. Antes te lo pensaba dar; pero tuve que renovar el abono de la barrera de Constantino... ¡Pobrecito mío! ¡Cuánto he penado porque no se prive de la diversión que más le gusta! Para esto he tenido que dejar de comprarme algunas cosillas que me hacían falta, y no comer postre en muchos días. Me habrás oído decir que no tenía gana. Ganitas no me faltaban. Pero es preciso economizar. ¡Economizar! ¡Qué cosa más cargante! Discurre por aquí, discurre por allá; aquí pongo, aquí quito... Créete que me hacía cosquillas el cerebro... Pero todo se aprende con voluntad... Conque ahí tienes tus cuartos, y gracias.
--Que no lo tomo. Quita allá.
--Te echaré de mi casa.
--No me marcharé... Mira, ya me devolverás los dos mil reales cuando estés más desahogada. Debes suponer que no me hacen falta.
--Eso, ¿á mí qué?...
¡Pobrecilla! Toda mi terquedad fué inútil. Tan pesada se puso, que no tuve más remedio que tomar el dinero, temeroso de que se enojara de veras.
--Bien --le dije--, guardo el billete; pero lo guardo para tí. Soy tu caja de ahorros. Esto y todo lo que necesites está á tu disposición. No tienes más que abrir esa bocaza y... enseñarme esos dientazos tan feos... Todo lo que poseo es para tí, para tí sola, gitana negra, loba.
Lo dije con tanto ardor alargando mis manos hacia ella, que me tuvo miedo y de un salto se puso al otro lado de la mesa.
--Si no te callas, tísico pasado --gritó--, te tiro este plato á la cabeza. Mira que te lo tiro...
--Tíralo y descalábrame --le contesté fuera de mí--; pero descalabrado y chorreando sangre te diré que te idolatro; que todo lo que poseo es para tí, para esa bocaza, para la lumbre que tienes en esos ojos; todo para tí, fiera con más alma que Dios.
Sus carcajadas me desconcertaron. Se reía de mi entusiasmo poniéndolo en solfa y apabullándome con estas palabras:
--Sí, para tí estaba. ¿Ves esta bocaza? No beberás en este jarro. ¿Ves estos faroles? (los ojos). Otro se encandila con ellos. Emborráchate tú con las tías de las calles, perdido. ¿Ves este cuerpecito? Es para que nazcan de él los hijos que voy á tener, para agasajarlos, para darles de mamar. ¡Y rabia, rabia, rabia... y púdrete y requémate!
Constantino entró. Su aborrecida cara me trajo á la realidad. Le habría dado de palos hasta matarle. Pero en mis secretos berrinches, decía siempre para mí con invariable constancia: «Caerá, caerá; no tiene más remedio que caer.»
Otro día les hallé retozando con libertad enteramente pastoril. Ella, que tenía calor hasta en invierno, estaba vestida á la griega. Él andaba por allí con babuchas turcas, en mangas de camisa, alegre, respirando salud. Ambos se me representaban como la misma inocencia. Parecía aquello la Edad de Oro, ó las sociedades primitivas. Camila se bañaba una ó dos veces al día. Era fanática por el agua fresca, y salía del baño más ágil, más colorada, más hermosa y gitana. Él no era tan aficionado á las abluciones; pero su mujer, unas veces con suavidad, otras con rigor, le inculcaba sus preceptos higiénicos, asimilándole al modo de ser de ella. ¡Una mañana presencié la escena más graciosa!... Me reí de veras. Mi prima, vestida como una ninfa, daba á su marido una lección de hidroterapia. Desnudo de medio cuerpo arriba, mostrando aquella potente musculatura de gladiador, estaba Miquis de rodillas, inclinado delante de una gran bañera de latón. Su actitud era la del reo que se inclina ante el tajo en que le han de cortar la cabeza. El verdugo era ella, toda remangada, con la falda cogida y sujeta entre las piernas para mojarse lo menos posible. El hacha que esgrimía era una regadera. Pero había que oirles. Ella: «restriégate, cochino; frótate bien; toma el jabón.» Él: «socorro, que me mata esta perra; que me hielo; que se me sube la sangre á la cabeza.» Ella: «lo que se te sube es la mugre; ráspate bien, hasta que te despellejes. Grandísimo gorrino, lávate bien las orejas, que parecen... no sé qué.» Y no teniendo paciencia para aguardar á que él lo hiciese, soltaba la regadera, y con sus flexibles dedos le lavaba el pabellón auricular con tanta fuerza como si estuviera lavando una cosa muerta. «Que me duele, mujer...» «Lo que duele es la porquería», respondía ella pegándole un sopapo. Parecía meterle los dedos hasta el cerebro.
Después le frotaba con jabón la cabeza, la cara, el pescuezo, y él, apretando los párpados cubiertos de jabón, gritaba como los chiquillos: «¡No más, no más!...» En seguida volvía Camila á tomar la regadera y á dejar caer la lluvia, y él á pedir socorro y á echar ternos y maldiciones. El agua invadía toda la habitación. Se formaban lagos y ríos que venían corriendo en busca de los pies de los que presenciábamos la escena (mi tía Pilar y yo). Era preciso andar á saltos.
--Hija --dijo mi tía--, vas á inundar el piso y á pudrir las maderas. Mira qué cara pone éste, porque le estropeas su casa.
--Para eso la pago.
Y salía sin esquivar los charcos, metiendo los pies en el agua. Llevaba zapatillas de baño, de esparto, bordadas con cintas de colores; pero á lo mejor se le caían, y seguía descalza, como si tal cosa, sobre los fríos ladrillos.
Su mamá se reía como yo. Díjome después:
--Es increíble cómo esta cabeza de chorlito ha transformado á su marido. En esto del aseo, ha hecho una verdadera doma. Era Constantino uno de los hombres más puercos que se podían ver. ¡Qué manos, qué orejas, qué cogote! Y míralo ahora. Da gusto estar á su lado. Parece un acero de limpio. Verdad que mi hija se toma todas las mañanas el trabajo de lavarle como lavaba al Currí, cuando tenían perros en la casa.
Poco después, Camila se presentó más vestida. Miquis llegó al comedor, colorado, frescote, con los pelos tiesos, riendo como un niño grande y abrochándose los botones de la camisa.
--Estas lejías no las aguanta nadie más que yo... ¿Ha visto usted qué hiena es mi mujer?
Corría Camila á hacer el almuerzo, pues estaban sin criada, pienso que por economizar.
--Patrona, que tengo gana... que le como á usted un codo si no me trae pronto el rancho.
Y sentíamos rumor de fritangas en la cocina, y estrellamiento y batir de huevos.
--Ahora --me dijo Miquis con beatitud--, nos pasamos con una tortillita y café. Hemos suprimido la carne como artículo de lujo. Y tan ricamente... A todo se _jace_ uno. Esta Camila es el mismo demonio. ¿Pues no dice que va á reunir dinero para comprarme un caballo?... ¡No sé qué me da de sólo pensarlo!... ¿Será capaz?...
Miré á Constantino y advertí en su rostro una emoción particular. O yo no entendía de rostros humanos, ó se humedecían con lágrimas sus ojos. «Dios mío, Dios mío --pensé en un paroxismo de aflicción--, ¿por qué no he de poseer yo una felicidad semejante á la de este par de fieras?»
IV
--Aquí tienes el pienso --dijo Camila trayendo la tortilla de jamón--. Esto de ser á un tiempo ayuda de cámara del señorito, señora y doncella de la señora, cocinera y criada es cargante, ¿verdad? ¡Ay! quién fuera rica, para estar todo el día abanicándome en mi butaca.
¡Y qué apetito, Dios inmortal! Los dos lo tenían bueno, y á mí se me iban los ojos tras los pedazos que metían en la boca. Observé que ella se reservaba para que á él le tocase más de la mitad de la tortilla. Él también, dirélo en honor suyo, porque es verdad, fingía estar harto para que á su mujer le tocase más. Por fin quedaba un pedazo que ninguno de los dos quería tomar.
--Para tí, hija...
--No: para tí, nenito.
--Vamos --decía yo--, no se sabe cuál de los dos tiene más gana. Echar suertes... No, yo decidiré. Que se lo coma la hiena.
Y echándose á reir, se lo comía, y él se mostraba más feliz. Hacían el café en una maquinilla rusa. Al mismo tiempo devoraban pan á discreción y queso manchego, de que tenían repuesto abundante. Sin saber cómo, la conversación iba rodando á las esperanzas de prole. ¡Oh! Belisario vendría. Hacían proyectos contando con él, como si lo tuvieran allí en una silla alta, con su babero al pescuezo.
--Vendrá, vendrá el señor de Belisario --decía ella encendiendo el alcohol--. Verán ustedes cómo con los baños de mar...
--Eso, eso: los baños de mar.
Para realizar aquel viaje, todo se volvía economías y arreglos.
--Pero si os pago el viaje... dejaos de cálculos --les decía yo.
Constantino se incomodaba cuando yo hablaba de pagar. No quería, por ningún caso.
¡Oh, cien mil veces dichosos! Lo poco que tenían lo disfrutaban y lo gozaban con inefables delicias. El día que recibieron ciertos dineros de doña Piedad, con los cuales contaban para ayuda del veraneo, estaban los dos como locos. Camila se había hecho ya su sombrero de viaje, comprando el casco y los avíos, y armándolo ella misma por un modelo que le prestó Eloísa. El vestido y el _pardessus_ eran desechos de su hermana, arreglados por la misma Camila. Se vestía, ¡ay dolor! aquella imponderable virtud con los despojos del vicio.
Mientras hacían ellos sus preparativos, yo no sabía cómo matar el aburrimiento. Fuí algunos días á la Bolsa y al Bolsín, acompañado de Torres, y me entretuve haciendo operaciones de poca importancia. Consagraba también algunos ratos á mi tío, que estuvo todo el mes de Junio metido en casa, muy aplanado, con cierta propensión al silencio, síntoma funesto en el más grande hablador de la tierra. El pañuelo de hilo no se apartaba de sus ojos húmedos; el continuado suspirar producíale una especie de hipo. Pensando que se había metido en algún mal negocio, le supliqué que se clareara conmigo. No era mal negocio, pues hacía tiempo que estaba mi hombre retirado del trabajo. Ya no podía; le faltaban fuerzas; había dado un bajón muy grande. La causa de su trastorno era el mal de familia, que le atacaba en forma de un fenómeno de _suspensión_. Parecíale que le faltaba suelo, base; que se iba á caer... Pero pronto pasaría, sí... Procuraba vencer el achaque fingiéndose alegre. Sin saber por qué, se me antojó que detrás del síntoma nervioso de la _suspensión_ había otra causa. Estos jaleos espasmódicos suelen provenir de lo que menos se piensa, y lo difícil es descubrir el punto vulnerado y atacar allí el mal. Hablé á mi tío con cariño, incitándole á que tuviera franqueza, espontaneidad. ¡Pobre señor! Se aferraba en su misterio y no quería decirme la verdad. Pero con gancho se la saqué al fin. En una palabra, mi buen tío había tenido pérdidas considerables; no podía veranear, y no sabía de qué fórmula valerse para decir á su esposa: «por este año no hay viaje.» Solicitar de Medina un anticipo era lo natural; mas él no se llevaba bien con su yerno, á causa de una cuestión de que me hablaría más adelante.
--Pero tío, por Dios, ¿es posible que usted se ahogue en tan poca agua? ¡Estando yo aquí...! ¡Ni que fuéramos...!
Todo se arregló, y por la tarde estaba aquel excelente sujeto tan curado de su _ruinera_, como si en su vida la hubiera padecido.
A Raimundo se lo llevaron mis tíos consigo á Asturias, lo que agradecí mucho, pues cargar con aquel apéndice á San Sebastián me habría sabido muy mal. Al partir, me dijo con oficioso misterio que iba decidido á emprender un gran trabajo. Llevaba el plan de una obra, y en el sosiego y frescura de Gijón se pondría á trabajar en ella con ahinco. ¡Ya vería yo, vería el mundo absorto lo que iba á salir! No quiso decirme lo que era para darme la sorpresa _hache_. Francamente, experimenté vivísima satisfacción al perderle de vista.
Pensé marcharme yo también; pero tuve que detenerme una semana más en Madrid, porque acertaron á pasar por la corte dos señoras amigas mías, respetabilísimas, de casta mestiza anglo-hispana, como yo, y á las cuales no podía menos de tratar con las mayores consideraciones. Eran las de Morris, mejor dicho, una de ellas era Morris y Pastor, la otra Pastor y Morris, tía y sobrina, ambas solteronas, distinguidísimas y ricas. La de Morris debía de tener setenta años; pero se conservaba bien: era algo pariente de mi madre, y siempre me hablaba del tiempo en que me había tenido sobre sus rodillas, fajándome, limpiándome los mocos y dándome cucharadas de _maizena_. La Pastor, su sobrina, era más joven: ambas parecían de cera, pulcras como el armiño; sus ojos eran cuatro cuentas azules, enteramente iguales y simétricas. La concordancia de sus miradas y de sus movimientos era tal, que á veces parecía que la una movía las manos de la otra, y que la Morris estornudaba ó tosía con la boca de la Pastor. La tía leía mucho, así en inglés como en español, y tenía sus puntas de literata: trataba á Spencer y á George Elliot. La sobrina pintaba, como pintan las inglesas, haciendo habilidades más bien que obras artísticas, embadurnando placas de porcelana, trozos de papel de arroz, y ahumando platos para rascarlos con un punzón. Sus acuarelas tenían frescura sosa, y siempre expresaba en ellas alguna idea moral. Aunque no pintara más que un riachuelo reflejando un álamo, yo no sé cómo se las componía que siempre salía la moral. Eran ambas las personas más agradables, más buenas, más finas, más delicadas que se podían ver en el mundo.
La cuna de la Morris había sido Gibraltar; la de la Pastor, Jerez. Fueron íntimas de Fernán Caballero, y por ella adoraban á Andalucía. Vivieron mucho tiempo en Londres; pero tuvieron desgracias de familia: se habían quedado casi solas, y su fortuna disminuyó con la quiebra del _Scotland Bank_. Total, que acordaron acabar sus nobles días en la tierra de María Santísima.
Detuviéronse en Madrid para verme, porque la Morris me quería mucho, me besaba como á un niño y lloraba acordándose de mi madre.
--Si me parece que fué ayer cuando naciste... Me acuerdo muy bien. Fué una noche en que hubo muchos truenos y relámpagos. Tu madre se asustó, echóse en la cama y... te tuvo. Paréceme que te estoy viendo ya grandecito, pero no tanto que levantases del suelo más que esta mesa. Eras humilde, delicadito de salud y caprichosillo.
Tuve, pues, que acompañarlas en Madrid, llevarlas al Museo y servirles de cicerone. _Mary_ (la pintora) tenía locos deseos de verlo. ¡Había oído hablar tanto de él! Con muchísimo gusto desempeñé yo aquella noble misión. No me separé de ellas mientras estuvieron en Madrid, y había que verme á mí con mis dos _Pastoras_ (Camila dió en llamarlas así) siempre á remolque, ambas forradas en sus luengos y severos sobretodos de dril, y ostentando en la cabeza unos sombrerotes no muy conformes con lo que por aquí se usa, anchos, ahuecados hacia dentro y con mucha espiga, mucha amapola y otras silvestres florecillas. Camila decía que no podían haber escogido sombreros más propios unas damas que se llamaban las _Pastoras_. Guardéme bien de presentarlas á mi prima, pues de seguro habría oído en boca de personas tan recatadas el terrible _shoking_.
Para darme más que hacer, mis ilustres amigas me rogaron que me hiciera cargo de sus intereses. Tenían ciega confianza en mí. Endosáronme varias letras que traían; ordenáronme cobrar por cuenta suya ciertas sumas en casa de Weissweiller y Baüer, y se fueron. Despedílas en la estación del Mediodía, después de haber telegrafiado á Cádiz para que las fueran á recibir. Ambas lloraban cuando se separaron de mí.
Desempeñados con la mayor prontitud posible los encargos que me dejaron, pensé en salir de este horno. Estábamos á mitad de Julio. Los señores de Miquis no irían á San Sebastián hasta el 10 ó el 12 de Agosto. Los últimos días que ví á Camila estuve tan excitado, tan majadero, que dije muchas tonterías. Pintéle mi desesperación en términos sombríos y románticos, porque me salía de dentro así. Le decía: «me mato, te juro que me mato si no me quieres.» Y ella, riendo al principio, me miraba luego con un poco de lástima, exhortábame á ser razonable, y reía, reía siempre. También ella, en la _edad del pavo_, había querido matarse, y nada menos que con fósforos. ¡Cuánto se había reído de esto después!... ¿Acaso estaba yo en la _edad del pavo_? Seguramente así lo pensaba ella. Por fin vine á comprender que esta táctica era mala, porque no me daba buen resultado. En Camila no aparecían ni ligeros indicios de ser contaminada de mi romanticismo; al contrario, lo repelía, como rechaza el organismo las substancias de imposible asimilación.
La mañana del último día que pasé en Madrid, hablamos Constantino y yo de esgrima, de caza y de caballos. Aquellas conversaciones de _sport_ me entretenían, y á él le entusiasmaban. De repente se me ocurrió decir:
--Cuando volvamos de San Sebastián le voy á regalar á usted un buen caballo de paseo.
Él se puso encarnado y miró á su cara mitad, como miran los niños á sus madres cuando temen que éstas no les han de permitir aceptar un juguete.
--¡Un caballo! --repitió el manchego con éxtasis.
--¿Lo quiere usted andaluz, inglés ó árabe?
--No, si no... ¿pero de verdad?... Usted...
La boca se le hacía agua. Camila le miraba con amor entrañable, y luego se dejó decir:
--Acéptalo, no seas tonto. Si te lo quiere regalar...
--Es que yo me enfadaría si no lo aceptara.
Constantino me dió un abrazo tan apretado, que creí que me ahogaba.
--Puesto que Camila no se opone, que sea andaluz, bravío, de estampa, de mucha cabezada, y que ande así... así...
Remedaba con la cabeza y las manos el empaque de uno de esos caballos petulantes que, cuando andan, parecen estar mirándose en un espejo. Luego imitaba el galope: _tra-ca-trán_, _tra-ca-trán_.
Poco después advertí en Camila sentimientos de la más pura gratitud por mi ofrecimiento del caballo.
--¡Qué bueno eres! --me dijo, dejándose besar las manos, favor que hasta entonces no me había permitido. Y yo dije para mí: «Hola, hola, ¿qué es esto?» Francamente, era para maravillarme. Mil veces le hice ofertas valiosas sin conseguir que me las agradeciera. Habíale dicho: «Camila, te regalaré un hotel, te pondré coche, te pasaré seis mil duros de renta», y ella ¿cómo me contestaba? Riendo, injuriándome ó tirando aquellas lindas coces de borriquita enojada, que eran mi encanto... En cambio, aceptaba y agradecía obsequios hechos á su marido. ¿Por qué? Ella se atormentaba con la idea fija de comprar un caballo á Constantino; pensaba en esto á todas horas, y tenía una hucha en la cual reunía dinero para aquel fin. ¡Pobrecilla! El regalo del caballo entrañaba una gran conquista para mí, la conquista del tiempo, porque Miquis se iría á pasear en él todas las tardes. Además, Camila se había entusiasmado con mi oferta, se había conmovido... A veces, por donde menos se piensa se abre una brecha. ¿Sería aquélla la brecha de la inexpugnable plaza, la juntura invisible de una cota que parecía milagrosa?... Lo veríamos, lo veríamos. Me marché gozoso á San Sebastián, diciendo para mí: «Lo que es ahora, borriquita, no te escapas.»
XIX
Idilio campestre, piscatorio, nadante, mareante y trapístico. -- Mala sombra de todos los idilios, de cualquier clase que sean.
I
Sin desconocer los encantos de la capital veraniega de las Españas, no me inspiraba simpatías aquel pueblo, que me parecía Madrid trasplantado al Norte. En él, los madrileños no buscan descanso, aire, rusticación, sino el mismo ajetreo de su bulliciosa metrópoli, y los mismos goces urbanos, remojados y refrescados por el agua y brisa cantábricas. Me fastidiaba ver por todas partes las mismas caras de Madrid, la propia vida de paseo y café, los mismos grupos de políticos hablando del tema de siempre. El paseo de la Zurriola, en que dábamos vueltas de noria, me aburría y me mareaba. Si no hubiera sido porque esperaba á Camila, habría echado á correr de aquella tierra. Y como Camila tardaría aún quince días ó más en ir, dime á buscar un entretenimiento para ir conllevando las lentitudes del plantón.