Lo prohibido (novela completa)
Part 20
--¿Quieres que tomemos un simón?
--No --me respondió, poniéndose más bien grave, y quizás algo enojada--. Los de _La Palma_ te han mirado mucho y me miraban á mí. Nada, no vuelvo contigo á las tiendas. Y no lo hago porque Constantino piense mal de mí. El pobrecito creerá que el sol sale de noche; pero que yo sea mala no le cabe en la cabeza... Lo dicho, no quiero nada contigo... Y todas esas chucherías que has comprado guárdalas para las querindangas que tengas por ahí, que yo no las tomo.
--Vaya si las tomarás.
Entramos en la calle de Sevilla.
--Es que... --me dijo echándose á reir con espontaneidad candorosa--. Es que parece que me haces el amor, que me quieres conquistar.
--¿Y qué?
--Cualquiera diría que te has enamorado de mí --dijo columpiando su mirada entre la gravedad y la risa.
--Pues diría la verdad.
--¡Vaya con lo que sales ahora! --exclamó decidiéndose por la risa--. Tú estás chocho.
Y empezó á hablar de Constantino, de las paces que había hecho con su suegra doña Piedad, del proyectado viaje á la Mancha, de cómo sería el Toboso, sin dejarme meter baza ni salir por donde yo quería. En esto llegamos á casa, y subí con ella al tercero. Constantino no estaba. Yo tenía una debilidad horrible, pues eran las dos y media y no había almorzado. Sobrepúsose en mí la necesidad de alimento á todo lo demás, y se lo manifesté con franqueza.
--Si te contentas con una tortilla y una chuleta, ahora mismo...
--¿Pues no me he de contentar? Y servida por tales manos...
--Pues ya estás sentado...
Salió para dar órdenes á su criada. Pronto la ví poniéndose un delantal blanco y azul. La casa no era ya lo que fué meses antes. Había más arreglo, y sin perder el sello especial de la personalidad tumultuosa de su ama, parecíame más casa, menos manicomio. Ya no había en ella perros sabios, ni otro animal que Miquis. En cuanto á Camila, si lo esencial de ella permanecía, había perdido muchas mañas muy feas, como el pedir billetes de teatro y otros excesos. En aquel curso educativo que se daba á sí misma, aprendió delicadezas que antes no conocía.
--No, no acepto tus regalos --me dijo bruscamente como si reanudara la disputa interrumpida, ó más bien dando una vuelta á la idea que se había fijado en ella--. ¡Vaya con tus regalitos...! Ya pasan de la raya. Dilo con toda tu alma: ¿es que me haces el amor?
Rompió á reir, pegó un brinco, le cogí al vuelo una mano; pero se me escapó y salió enfilando una carcajada. Yo sentía en mí felicidad expansiva, ganas de reirme también. La tortilla que me sirvió estaba abrasando. Me la comí, voraz, quemándome todo el gaznate; pero no hacía caso: el hambre, el amor no me permitían pararme en ello.
--Pues sí, Camila... tú lo has dicho.
Y vuelta á reir.
--Me alegro, me alegro --dijo cuando yo creía que se enfadaba--. Para que sepa Constantino el tesoro que tiene en casa, para que vea cuánto valgo, él que me adora, creyendo que ni él ni yo valemos un comino.
--Pero no me dejas concluir... --observé, tartamudeando y abrasándome vivo--. Es que... me tienes loco... ¡Jesús, qué fuego!... me tienes fa... natizado.
Pegó otro brinco. Salió como un pájaro que levanta el vuelo. Al poco rato la oí gritar desde la puerta del gabinete:
--Pues no te queda más recurso que éste.
Me apuntaba con el revólver de Constantino, diciendo:
--No creas, está cargado. Si quieres, ahora puedes curarte esa pasión con una píldora.
--No pienso usar tal medicina, porque tú al fin me has de querer, aunque sólo sea por lástima. Mira, haz el favor de no jugar con ese chisme. No me gusta ver armas cargadas.
Poco tardó en reaparecer desarmada.
--¿Conque apasionadísimo... ísimo?... --declamó con afectación burlesca, apoyando ambas manos sobre la mesa, enfrente de mí--. En cuanto venga mi asnito se lo he de decir. Verás cómo se ríe.
--Mira, más vale que no le digas nada.
--Pero tú eres memo --dijo, volviéndose hacia donde estaba el trofeo de toros--. ¡Yo cargar de cuernos á mi querido Constantino!... ¡Yo decorar su noble frente con esos indecentísimos atributos!... ¡Yo faltar á mi mozo de cordel, como tú dices, y exponerlo á las rechiflas de los tontos con todas esas mitras en la cabeza!... ¡Ay! no te canses en seducirme, porque no me seducirás, perdis... La cornamenta no es para él, sino para tí, para tu hermosa cabeza de tísico. Lo menos que piensas es que cuando tú quieres plantarle cuernecitos á otros, se te carga la cabeza de ellos sin que tú lo sepas, tontín...
Paréceme que me puse verde al oir esto. No sé qué le habría dicho en contestación á aquellas extrañas palabras si no hubiera entrado á la sazón el propio Constantino.
--Mira si será tonta tu mujer --le dije--. Nos encontramos en una tienda, le compré estas baratijas, y no las quiere aceptar. Entérate: esta corbata y estos gemelos son para tí. ¿Ves qué bonito?
--¿Acepto? --preguntó ella con ojos de dicha, bebiéndose en una mirada las miradas de él.
--Sí: ¿por qué no? --contestó Miquis, acariciándole la barba--. Acéptalo, chiquilla.
Ella le dió un abrazo.
--¡Patrona! --gritó el muy bruto en seguida, sentándose frente á mí--. Háganos café... al momento: venga la maquinilla. Y tráigase usted la botella de ron de Jamáica.
--No me da la gana --fué la réplica de ella.
--¿Cómo es eso?
--No se hace ahora café. No saco el ron... Aquí no se fomentan vicios.
--Si es en obsequio al primo de la patrona...
--No hay obsequio que valga. Si quiere mi primo emborracharse, que se vaya á la taberna.
--¡Patrona, el ron! --repetí yo.
--No me da la real gana. Noramala todos. A la calle, á la calle. Y desocuparme prontito la mesa, que la necesito para cortar.
--Bueno, mujer, no te enfades --gruñó Miquis, desocupando la mesa--: lo tomaremos en el café.
--Lo tomará él si quiere --declaró Camila con autoridad--. ¡Usted, señor mío, aquí!
--Vaya, ¿tampoco me dejas salir?
--Tampoco. Este José María es un perdido, y quiere pervertirte.
--Es que vamos á la sala de armas.
--Aquí, y chitito callando.
--¿Ha visto usted qué tarasca?
--A callar. Quítese usted al momento la levita... y los pantalones nuevos... Así me rompes la ropa, condenado. Eso, eso: restriega los coditos sobre la mesa.
--Pero, vamos á ver, ¿tengo yo que hacer algo en casa? --preguntó él, mirando embobado á su mujer.
--Pues nadita que digamos... Escribir á tu mamá. Ahora que la tenemos como un confite, ¿vamos á enojarla por no escribirle? Desde el domingo te estoy diciendo: «Escribe, hombre; escribe á tu mamá...»
--Bueno: ¿y qué más?
--Ayudarme á cortar.
--Yo ¿qué sé de cortes?
--Y hacer de maniquí para probar los cuellos y pecheras.
--¡Yo maniquí! Pero, señora, ¿usted qué se ha llegado á figurar?
--Y clavarme clavos en el pasillo para colgar la ropa.
--¿Y yo qué tengo que hacer? --le pregunté á mi vez.
--Usted, señor tísico, lo que tiene que hacer es plantarse ahora mismo en la calle. Aquí no nos sirve más que de estorbo. ¿No le hemos llenado ya la tripa?
--Dí que me has abrasado vivo. ¡Vaya un modo de despedir á los amigos! No, hija: lo que es los clavos te los he de clavar yo, mientras Constantino escribe á su mamá. Es que me opongo á que nadie más que yo ponga clavos en mi finca.
--¡A ponerse la ropa vieja! --gritó Camila á su marido--, y tú...
--Los clavos, hija, los clavos. Déjame...
--Bueno, consiento. Trabajando se quitan las malas ideas.
Y me trajo un martillo y unas puntas de París tomadas, torcidas y roñosas.
--Pero, hija, lo primero que tengo que hacer es enderezar esto.
--Enderézalos con los dientes.
Y me puse á trabajar con fe, haciendo yunque de la barandilla de hierro del balcón. No pasaban diez minutos sin que Constantino y yo fuéramos á consultar con la patrona.
--¿Y qué le digo de nuestro viaje á la Mancha? --preguntaba él, ya vestido con los trapitos más usados que tenía.
--¡Qué burro! Pues que sí; á todo se le dice siempre que sí.
--Camililla de mis entretelas, la mayor parte de estos clavos no tienen punta.
--Pues sácasela como puedas... No me vengas con cuentos. A trabajar. Aquí no se quieren vagos. Después me vas á poner argollas á esos marcos que están por el suelo.
--Bueno, bueno. También las argollas.
--Y callarse la boca. Cada uno á su obligación.
Era aquello una comedia.
--Constantino, ¿ya has escrito? Trae la carta. Quiero leerla. De fijo has puesto algún disparate. Hay que mirar mucho lo que se dice á esa gente de pueblo, que es muy desconfiada. Y tú, ¿qué haces ahí como un papamoscas?
--Esperando á que me digas dónde van los clavos.
--¡Ay, qué hombre! Tengo que discurrir por todos... No hay aquí más talento que el mío. ¿Pero dónde han de ir?... Ven acá, mastuerzo...
Y me señaló los puntos donde se debían poner las cuerdas; y empecé á golpear con tanta furia, que se podía creer que deseaba derribar mi casa y hacerla polvo.
--¿Y yo, qué hago ahora?
--Ea, ya están los clavos. ¿Y ahora...?
--Pues entre los dos... Dí, bandido, ¿te has puesto los pantalones viejos?... ¡Ah! sí. Pues entre los dos me vais á apartar esta cómoda para buscar unas tijeras que deben haberse caído por detrás... Después, Constantino, á sacar la máquina, limpiarla, engrasarla, ponerle las canillas... Y el tísico que se prepare á fijar las argollas... ¡Ea! mover esas manazas y esas patazas. Adelante con la cómoda.
Y todo lo que nos mandaba lo hacíamos gozosos, riendo y bromeando, y me pasé allí la tarde, encantado, embelesado, respirando á todo pulmón el delicioso ambiente de aquel Paraíso terrestre y casero, en el cual yo quería hacer el papel de culebra.
XVIII
De los diferentes procedimientos usados por los madrileños para salir á veranear.
I
Estaba yo en la firme creencia de que Eloísa se presentaría en mi casa á pedirme perdón y á buscar las paces conmigo. Sin mi ayuda, su ruina era inmediata. Pero no acerté por aquella vez. Pasaban días, y la viuda no iba á verme. Dos ó tres veces, en la calle, la ví pasar en su carruaje, y su mirada dulce y amistosa me decía que no sólo no me guardaba rencor, sino que deseaba una reconciliación. Pero yo quería evitarla á todo trance, impulsado por dos fuerzas igualmente poderosas: el hastío de ella, y el temor de que acabara de arruinarme. Huía de todos los sitios donde pudiera encontrarla, pues si me venía con lagrimitas era muy de temer que la delicadeza y la compasión torciesen mi firme propósito.
Ya se acercaba el verano, y yo tenía curiosidad de ver cómo se las arreglaba Eloísa para hacer aquel año su excursión de costumbre; pues de una manera ú otra, empeñando sus muebles ó vendiendo sus alhajas, ella no se había de quedar en Madrid. Lo que entonces pasó causóme viva pena, sin que la pudiera calmar apelando á mi razón. Súpelo por un amigo oficioso, el que designé antes por el _Saca-mantecas_, por no decir su verdadero nombre. Aquel condenado fué á verme una mañana, y se convidó á almorzar conmigo so pretexto de hablarme de un asunto que tenía en Fomento, aguardando la resolución del Ministro. Pero su verdadero objeto era llevarme un cuento, un cuento horrible que adiviné desde las primeras reticencias con que lo anunció. Tenía aquel hombre el entusiasmo de la difamación, y, sin embargo, lo que me iba á decir era, no sólo verosímil, sino verdadero, y las palabras del infame arrojaban de cada sílaba destellos de verdad. En mi conciencia estaban las pruebas auténticas de aquella delación, y yo no tenía que hacer esfuerzo alguno para admitirla como el Evangelio. No se valió el _Saca-mantecas_ de parábolas, sino que de buenas á primeras me dijo:
--Mucho dinero tiene Fúcar, querido; pero como se descuide, se quedará por puertas... En buenas manos ha caído... Supongo que estará usted al tanto de lo que pasa, y que esta observación no es un trabucazo á boca de jarro.
--Enterado, enterado... --dije con no sé qué niebla parda delante de mis ojos.
Yo no había oído nada, no lo _sabía_, en el rigor de la palabra; pero lo sospechaba: tenía de ello un presagio muy vivo, equivalente en mi espíritu á la certidumbre del suceso. Entróme entonces fuerte curiosidad de saber más, y fingiendo estar enterado de lo esencial, hice por sacarle más concretos informes.
--Esto no lo sabemos todavía en Madrid más que los íntimos, usted, yo, dos ó tres más --añadió--; pero cundirá pronto, cundirá. Hasta ayer tenía yo mis dudas. Lo sospechaba por ciertos síntomas. Como no me gusta que me escarben dentro las dudas, me fuí á ver á Fúcar... Yo soy así: me agrada beber en los manantiales. Encaréme con él y le puse los puntos sobre las _íes_. «A ver, don Pedro, ¿es cierto esto?» Él se echó á reir, y me dijo que como las cosas caen del lado á que se inclinan... En fin, que hay tales carneros. No crea usted: Fúcar, en su depravación, es hombre muy práctico. Me dijo que no piensa hacer locuras más que hasta cierto punto; que gastará con su cuenta y razón; en una palabra, que va muy prevenido, por conocer las mañas de la prójima.
Irritóme que aquel tipo hablara de Eloísa con tanta desconsideración. Sospechando por un instante que la calumniaba, pensé poner correctivo á la calumnia; pero algo clamaba dentro de mí apoyando el aserto, y me callé. Era verdad, era verdad. La tremenda lógica de la fragilidad humana lo escribía en letras de fuego en mi cerebro. Lo que me causaba extrañeza era sentirme contrariado, lastimado, herido por la noticia. ¿Qué me importaba á mí la conducta de aquella _prójima_, si yo no la quería ya...? No sé si era despecho, ó injuria del amor propio, lo que yo sentía; pero fuera lo que fuese, me mortificaba bastante. Al propio tiempo, me dolía ver en el camino de la degradación á la que me fué tan cara, y alguna parte debieron tener también en mi pena los remordimientos por haberla puesto yo en semejante sendero.
Pero disimulé y supe afectar indiferencia ó el interés superficial que es propio, entre caballeros, de las relaciones mujeriles entabladas por la tarde, á la mañana rotas. Creo que me reí, que declaré no tener con ella ya ningún trato; y el maldito _Saca-mantecas_ se entusiasmó tanto con esto hacia la mitad próximamente del almuerzo, que dijo más, mucho más... Su lengua era como el hierro afilado de un cepillo de carpintero, y pasando por sobre mí me sacaba virutas de carne del corazón.
--Es monísima, pero no se harta nunca de dinero. Como usted no va allá por las noches, no sabe que ha puesto mesas de monte. La otra noche decía con terror: «Si José María viera esto, me pegaría.» Los tresillistas le teníamos un miedo de mil demonios. Pregúntele usted á Cícero y á Carlos Chapa. Es de las que dicen: «Cobra y no pagues, que somos mortales...»
¡Qué trabajo me costó disimular mi rabia! Pero con cabezadas, ya que no con palabras, daba yo á entender que todo lo sabía, que todo aquello era historia vieja.
--Es monísima --volvió á decir el _Saca-mantecas_ echando una ojeada á las paredes por ver si hallaba un espejo en que mirarse...-- pero ¡ay del que caiga en sus garras!... Cuando está tronada, se queja mucho de tener la pluma en la garganta. Sí, querido, sí: en ciertas mujeres esos estados nerviosos no son más que anemia de bolsillo... Al principio me pareció que la consabida no era como todas. Pero sí, querido, sí: es como todas. Gracias que lo tomamos con calma, y nos quedamos tan frescos cuando un Fúcar nos desbanca.
El miserable, en su vanidad ridícula, quería presentarse también como víctima. Se preciaba de haber recibido favores de Eloísa; pero esto era una falsedad, de que yo no tenía, no podía tener duda alguna. Aquélla era la ocasión de haberle soltado cuatro frescas; pero si lo hubiera hecho, habría entregado la carta y denunciado mi despecho. Preferí contenerme con violentísimos esfuerzos, y dejarme cepillar, cepillar.
--No he conocido mujer de más imaginación --prosiguió-- para discurrir modos de gastar. Ella es persona de gusto, eso sí, querido, sí... pero con nada se conforma. La otra noche le alabamos su casa, ¡y nos puso una carita de ascos!... Se lamentó de no tener más que porquerías; de que todos sus muebles, sus porcelanas y bronces son industriales; de que se encuentran idénticos en todas las tiendas y en las casas de Fulano y Zutano; de que no posee cosas de verdadero mérito ni de verdadero _chic_. «Este lujo, _al alcance de todas las fortunas_ --nos dijo--, me carga; esto de que no pueda usted tener nada que no tengan los demás, me aburre. A veces me dan ganas de coger un palo y empezar á romper cacharros...» Le ponderamos sus cuadros modernos... ¡Pero si se cansa de todo!... Tiene la pretensión de vender estos lienzos para comprar Velázquez y Rembrandts. Hipa por lo grande esta prójima. Cuando se pone triste, dice: «Aquí no hay más que pobretería, imitación.» En fin, que quiere más, más todavía. Siempre que se habla de casas, para ella no hay más que la de Fernán-Núñez. Es su ilusión. Asegura que se pone mala cuando la ve, y que sueña con tener aquella estufa, el Otelo, las latanias plantadas en el suelo, la escalera de nogal, la galería, los cuadros y tapices, la montura de Almanzor y la _Flora_ de Casado. Patrañas, querido. Estas mujeres son el diablo con nervios. A nosotros no nos cogen ya, ¿verdad? Somos perros viejos. ¡Qué Madrid éste! Todo es una figuración. Vaya usted entre bastidores si quiere ver cosas buenas. La mayoría de las casas en que dan fiestas están devoradas por los prestamistas. En otras no se come más que el día en que hay convidados. Los cocineros son los que hacen su agosto. Un detalle que sé por M. Petit: el cocinero de Eloísa, en el tiempo de los célebres jueves, sacó más de seis mil duros. Se ha establecido. Ha tomado la fonda de los baños de Guetaria. ¡Así prospera la industria! En cambio, cuando usted implantó las economías en casa de Carrillo, los criados se marcharon porque no les daban de comer.
--Eso sí que es falso --dije, sin poderme contener--. ¡Hambre! eso no lo ha habido allí nunca.
--Perdone usted, querido --replicó muy serio--: me lo ha contado Quiquina.
--¿Esa italiana...?
--Una mujer deliciosa... Cuando la despidió Eloísa, se fué con la Peri... ¿Sabe usted quién es la Peri? Esa que Pepito Trastamara recogió en Eslava. Mujer hermosísima, pero muy animal. Trastamara la llevó á París para desasnarla; pero ¡quiá! Siempre tan cerril. Dice que le gustan los _merecotones_ en vino. Dice también que su padre murió de una _heroísma_. Come con los dedos, y hace mil groserías. Pero Pepito y sus amigotes están muy entusiasmados con ella, y sostienen que es la primera _medio-mundana_ que hemos tenido. Se precian ellos de la incubación del tipo. La verdad es que son unos pobres mamarrachos. Yo me divierto con ellos. Pues bien: Quiquina se refugió en casa de la Peri. Allí nos ha contado intimidades de Eloísa... No, no ponga usted cara feroz; no ha sido nada de infidelidades. Cosas de los apurillos de la señora, de sus trazas para procurarse dinero. A Quiquina le hizo sacar del Monte sus ahorros, y aún no se los ha devuelto. Nos hablaba también del pobre Carrillo, ¡que le quería á usted tanto!; de las carantoñas que le hacía su mujer, con otros mil detalles graciosos.
Yo no podía aguantar más. Aquello colmaba el vaso. Las confidencias del _Saca-mantecas_ me revolvían de tal modo el estómago, que poco me faltaba para vomitar el almuerzo. Supliquéle que variara de conversación, y él se echó á reir. Empecé á encolerizarme; se me subió la mostaza á la nariz... Por fortuna entró Jacinto María Villalonga, y se volvió la hoja. Los tres debíamos ir juntos al Ministerio de Fomento, y tomamos café á prisa.
II
Y en la Trinidad, ocupándome de lo que no me importaba, no podía apartar de mi mente las virutas que me había sacado aquel cepillador, las cuales subían enroscándose desde mi corazón á mi cerebro. Lo que íbamos á solicitar era que el Ministerio le comprara al _Saca-mantecas_ unos papeles ó pergaminos viejos que, al decir de un informe académico, interesaban grandemente á la historia patria. Con estos auxilios oficiales trampeaba mi amigo. Tiempo hacía que chupaba del Estado en una ú otra forma, ya so color de comisiones en el extranjero, para estudiar cualquier cosa de que él entendía tanto como de afeitar ranas, ya con el aquél de las excavaciones arqueológicas que se hacían en una finca suya, allá por donde Cristo dió las tres voces.
El Ministro nos recibió á los tres con toda la cordialidad de su temperamento andaluz y maleante. Era un hombre de palabras flamencas y de pensamientos elevados, iniciador de más osadía que perseverancia. Aquel día estaba de buenas. Después de ponerse á nuestras órdenes, añadiendo que nos daría el copón si se lo pedíamos, llevóme aparte y me dijo mil perrerías. Yo era un acá y un allá. Cuando se desvergonzaba en broma, me parecía un gran talento que necesita abonarse constantemente, con palabras estercolosas, todas las materias de lenguaje en descomposición que manchan, apestan y fecundan. Por fin, en términos comedidos, me reprendió amistosamente por mi apatía política. Yo no me cuidaba de nada; no hacía caso de las quejas de mis electores, y éstos tenían que valerse de otros diputados para impetrar el favor oficial. Yo era, en suma, un padrastro de la patria. Contestéle que dejaría gustoso un cargo que me aburría soberanamente. Insistí mucho en esto de mi fastidio político; pero durante aquella misma conversación, en que intervino también Villalonga, se posesionó de mí una idea. Quizás me convenía variar de conducta, mirar á la política con ojos más amantes, pues con ayuda de este útil instrumento, podía ir reparando mi agrietada fortuna. Salí de la Trinidad, dejando al _Saca-mantecas_ con Villalonga en la habilitación. Deseaba averiguar á todo trance por qué capítulo cobraría, y cuándo le daban el libramiento, pues le hacía mucha falta.
Lo mismo fué verme solo en la calle, que volver á pensar en Eloísa. Las virutas se enroscaban más... No sé si aquella mujer me inspiraba compasión tan sólo, ó un sentimiento de despecho y envidia, que podría considerarse como reincidencia de la antigua pasión. Lo que me había dicho el _Saca-mantecas_ me hería en lo vivo, y ansiaba tener la evidencia de ello. Al instante me acordé de Evaristo, mi criado antiguo, aquel perro fiel que yo había colocado en casa de Carrillo. Hícele venir á mi casa, y me contó cosas que me sacaron los colores á la cara. Tuve que mandarle callar. Cuando me quedé solo, estaba nerviosísimo, me zumbaban horriblemente los oídos. Pasé una noche muy aburrida, porque Camila y su esposo fueron al teatro, y no tuve con quién entretener la velada. Me cansaba el teatro, me fastidiaba la sociedad. «Mañana --pensé--, ó voy á casa de esa... á decirle cuatro cosas, ó reviento.» No tenía derecho á pedirle cuentas de su conducta; pero se las pedía porque sí, porque me daba la gana, porque aquel Fúcar se me había atragantado, y eso de que bebiera en la copa que yo bebí me sacaba de quicio. Mi egoísmo había de resollar por alguna parte para que no estallara dentro. «La voy á poner buena --pensaba--. ¡Venderse por dinero! Es una ignominia en la familia que no debo consentir.»
Fuí por la tarde. Estaba furioso, deseando llegar para desahogar mi ira. ¿Qué cara pondría delante de mí? ¿Se disculparía?... Quedéme frío al entrar, cuando advertí cierta soledad en la casa. El mismo Evaristo fué quien me dijo:
--La señora ha salido para Francia en el expreso de las cinco de la tarde.
¡Ah, miserable! Huía de mí, de mi severa corrección, de la voz que le iba á ajustar las cuentas por su liviandad y por haber pisoteado el honor de la familia. ¡Qué vergüenza!... ¡y yo qué necio!
A la tarde siguiente bajé á la estación á despedir á la familia de Severiano Rodríguez, y me encontré á Fúcar que se acomodaba en un departamento del _sleeping-car_.
--Hola, traviatito --me dijo abrazándome--. ¿Manda usted algo para París?
--Que usted se divierta --le respondí, afectando, no sólo serenidad, sino contento hasta donde me fué posible.
Algo más hablé, dándole á entender que no me inspiraba envidia, sino compasión, y nos despedimos hasta la vuelta.