Lo prohibido (novela completa)

Part 19

Chapter 194,188 wordsPublic domain

--Como no es eso lo que te pido --observé al fin--; como eso es un disparate, no hay que pensar en ello. Es un recurso estratégico tuyo. Te pido lo razonable y te escapas por lo absurdo. Si yo no quiero que seas cursi, sino que vivas con modestia, como vivo yo.

--¡Ah! --exclamó sosegada--, si no fuera este pícaro luto, pronto se resolvería la cuestión. La semana que entra nos casábamos, y el mismo día empezaba la reforma... Pero tú quieres invertir el orden, y yo, te lo diré clarito, temo que me engañes; temo que después de hacerme pasar por el sonrojo de una almoneda y de un cambio de posición, me des un lindo quiebro y me dejes plantada. Porque sí: detrás de ese entrecejo está escondida una traición, la estoy viendo... ¡Ah! no me la das á mí... yo veo mucho. Y si sale verdad lo que sospecho, ¿qué me hago yo? ¿Qué es de mí, con cuatro trastos, un pañuelito de batista, y sin otro porvenir que el de convertirme en patrona de huéspedes?

No pude menos de reirme, y ella, viéndome risueño, se puso á cantar la tonadilla de la _Mascotte_, con aquello de _yo tus pavos cuidaré_. Pasó la música, y sin saber cómo, nos hallamos frente á frente hablando con completa seriedad. Repitió entonces lo de «matrimonio es lo primero», y yo dije: «no, lo primero es lo otro.» Puesta su mano amistosamente en la mía, y mirándome con aquella dulzura que me había esclavizado por tanto tiempo, hablóme con el tono sincero y un poco doliente que había sido la música más cara á mi alma.

--Chiquillo, si quieres sacar partido de mí, trátame con maña; quiéreme y dómame. Pero lo que es domarme sin quererme, no lo verás tú. Estoy muy encariñada ya con mi manera de vivir, muy hecha á ella para que en un día, en una hora puedas tú volverme del revés, poniéndome delante un papelito con números. ¡Ah, los números! ¡Maldito sea quien los inventó!... Qué quieres, soy mujer enviciada ya en el lujo... No pongas esa cara de juez, después de haber sido mi Mefistófeles. Los placeres de la sociedad me son tan necesarios como el respirar. Un poco que yo tengo en mí desde que nací, y otro poco que me han enseñado... los amigos, tú, tú, tú; no vengas ahora haciéndote el _apóstol_... Sí: eres como los que todo lo quieren curar con agua... ó con números, que es lo mismo. Aquí tenemos al señor don Perfiles, que viene á que yo sea una santa, porque sí, porque él ha caído ahora en la cuenta de que la santidad es barata... Antes mucho amor, mucha idolatría, abrir mucho la mano para que yo gastara... Ahora todo lo contrario, y vengan economías. Ya no soy ángel, ya no se me dan nombres bonitos, ya no se me adora en un altar, ya no se me dice que por verme contenta se puede dar todo el dinero del mundo... Ahora se me dice que dos y tres no son más que cinco, ¡demasiado lo sé! y se me impone el sacrificio de una pasión sin compensarme con otra. ¿Sabes lo que te digo muy formal? Que si me quieres, todo se arregla: si te casas conmigo, cedo; pero si no, no. ¿Me quitas el lujo? Pues dame el nombre.

Después de echarme esta andanada, salió sin aguardar mi contestación, dejándome solo. Llamada por su doncella, pasó al guardarropa á probarse un vestido. Entre paréntesis, diré que ví con sorpresa en la persona de la sirviente la misma Quiquina, la italiana trapisondista á quien yo había despedido meses antes. ¡Y Eloísa la había admitido otra vez, contrariándome de un modo tan notorio! Era burlarse de mí, como cuando compraba perlas con el producto de los zafiros.

II

Y en aquel rato que estuve solo hice mental comparación entre el proceder de mi prima y el mío. Sí: por muy censurable que yo quisiese suponer su conducta, aventajaba moralmente á la del narrador de estos verídicos sucesos. Porque ella, al menos, obraba con lealtad, declaraba que el sacrificio de su lujo le era penoso; pero que lo haría si yo le cumplía solemnes promesas. Yo, en cambio, pedía la reforma de vida, reservándome mi libertad de acción; más claro, yo no la quería ya ó la quería muy poco, y al decirle «primero la mudanza de vida, después el casamiento», procedía con perfidia, porque ni sin economías ni con ellas pensaba casarme. Esta es la verdad pura: yo reconocí en mí esta falta de nobleza, pero no la pude remediar; no estaba en mis facultades ni en mis sentimientos obrar de otra manera. Deseaba el rompimiento á todo trance, y para que éste apareciese motivado por ella antes que por mí, gustábame verla en el camino de la obstinación.

Al reaparecer, abrochándose la bata, prosiguió desde la puerta el sermón interrumpido:

--No soy una fiera. Tú puedes domarme, pero no con el látigo de las cuentas. Amor á cambio de lujo. Pero si le quitas todo de una vez á esta infeliz, figúrate qué será de mí... Sigo en mis trece. ¿Me vas á dar tu _blanca mano_? ¿Te _arrancas_ al fin, te _arrancas_?

--¿Qué estás diciendo ahí, loca? ¡Yo tu marido! --exclamé sin poder contenerme--. ¡Tu marido después de la confesión que acabas de hacerme... después que has dicho que cuatro trapos y cuatro cacharros te apasionan más que yo!

--Déjame concluir... Eres un egoísta.

--Egoísta tú.

--¿Sabes lo que pienso? --dijo poniéndose grave, pues colérica no se ponía nunca--. ¿Sabes lo que me ocurre? Pues como no me quieres ya... ¡Ah! no me engañas, no. Bien lo conozco. No quisiera más sino saber quién es el _pendoncito_ que me ha robado el corazón que era todo mío... Pero yo lo averiguaré... Estate sin cuidado... Déjame seguir. Como no me quieres, todo tu afán por mis economías no tendrá quizás más objeto que salvar el anticipo que hiciste á la administración de mi casa, cuando perdimos al pobre Carrillo, que era un ángel, sí, señor, un ángel, un santo... para que lo sepas... Déjame seguir: con la venta salvarás tu dinero; mi señor inglés se frotará las manos de gusto, y después yo... no te sulfures... yo me quedaré pobre, y me abandonarás. Podrá esto no ser la verdad; ¡pero qué verosímil es!

--Nunca hubiera creído en tí pensamientos tan viles --le dije.

Y la glacial mirada que advertí en ella irritóme de tal modo, que estallé en frases de ira.

--Tú no eres ya la misma. Has variado mucho. ¿Es esto culpa mía? Quizás. Tienes ideas groseras y un positivismo brutal... ¡Valiente papel haría yo si me casara contigo! No, no seré yo esa víctima infeliz. Con los resabios que has adquirido, ¿qué confianza puedes inspirar? Porque si no me parece bien vender el honor de un marido por el amor de otro hombre, ¡cuánto peor es venderlo por un aderezo de brillantes!... Y á eso vas tú, no me lo niegues; á eso vas sin que tú misma te des cuenta de ello. Ahí has de parar. Reconozco que tengo una parte de culpa, pues te he enseñado á arrastrar tu fidelidad conyugal por los mostradores de las tiendas de lujo... Y para que veas que haces mal en juzgarme á mí por tí; para que veas que aunque hago números no estoy tan metalizado como tú, que no sabes hacerlos, te diré que puedes quedarte con lo que anticipé á la administración de tu casa para que los usureros no profanaran el duelo del pobre Pepe, aquel ángel, aquel santo á quien no quiero parecerme, ¿sabes? á quien no quiero parecerme. Te regalo esos cuartos para que los gastes con tus nuevos amigos. Me felicito de esta nueva pérdida, que me libra de tí para siempre; lo dicho, para siempre (_cogiendo mi sombrero_). En la vida más vuelvo á poner los pies en esta casa. Quédate con Dios.

Me levanté para salir. Contra lo que esperaba, Eloísa permaneció muda y fría. O creyó que mi determinación era fingimiento y táctica para volver luego más amante, ó había perdido la ilusión de mí como yo la había perdido de ella. Salí al gabinete próximo, y mis pasos hacia la antesala fueron detenidos por una vocecita que siempre me llegaba al alma. Era la de Rafael, que, montado en un caballo de palo, lo espoleaba con un furor inocente. No me era posible salir sin darle cuatro besos. ¡Pobrecito niño! De buena gana me le habría llevado conmigo... Fuí á donde sonaba la voz, y... ¡otra interesante sorpresa!... Camila, con la mantilla puesta, como acababa de llegar de la calle, tiraba del caballo, que se movía al fin con rechinar áspero de sus mohosas ruedas. En el mismo instante entró Eloísa, que dijo á su hermana:

--Quédate á almorzar.

Y á mí también me dijo con acento firme:

--José María, quédate. Espero al _Saca-mantecas_ y nos reiremos mucho.

La idea de estar cerca de Camila me hizo dudar. Por un instante mi debilidad andaluza estuvo á punto de dar al traste con mi entereza inglesa; pero venció ésta y rehusé.

Camila se fué cantando. Iba á quitarse la mantilla y á dar un recado á Micaela. Nos quedamos solos Eloísa y yo con el pequeño, á quien besé con ardor.

--¡Pobre niño! --dije mientras él, apeándose, subía la silla que se había corrido á la barriga del caballo--. Aunque no nos hemos de ver más, me comprometo, con juramento que hago sobre la cabeza de este clavileño, á hacerme cargo de su educación y á costearle una carrera cuando su desdichada mamá esté en la miseria.

Eloísa volvió á otro lado la cara y no dijo nada. Con inquieta presteza, se puso Rafael á horcajadas. Yo le volví á besar... Entonces su madre, ella misma, sí, ¡cuán presente tengo esto! llegóse á él, y poniéndose de rodillas y rodeándole la cintura con su brazo, le dijo:

--Vamos á ver, Rafael, estate quieto un momento y contéstanos á lo que te vamos á preguntar. José María y yo nos vamos ahora de Madrid, nos vamos... él por un lado y yo por otro. (El chico miraba á su madre con profunda atención, y después me miraba á mí.) Tú no puedes ir á un tiempo con él y conmigo, porque no te vamos á partir por la mitad. ¿Qué te parece á tí? ¿Debemos partirte con un cuchillo? Claro que no. Has de ir enterito con uno de los dos... Vamos á ver, decide tú con quién vas á ir: ¿con José María ó conmigo?

Sin vacilar un instante, el niño me echó los brazos al cuello, hociqueándome primero y recostando después su cabeza en mi hombro como en una almohada. Cuando quise mirar á Eloísa, ya no estaba allí. Huyó la pícara. Oí el roce de su bata de seda, y nada más... Dejando al pequeñuelo en poder de Camila, que había vuelto á entrar, salí á la calle con vivísima opresión en el pecho.

XVII

Sigo narrando cosas que vienen muy á cuento en esta verdadera historia.

I

Parecerá quizás muy extraño que en una ocasión como aquélla mi primer pensamiento, al verme en la calle, fuera esperar á Camila para hacerme el encontradizo con ella é invitarla á dar un paseíto. La ingenuidad guía mi pluma y nada he de decir contrario á ella, aunque me favorezca poco. Mientras entretenía el tiempo en la calle, alargándome hasta la Plazuela de Antón Martín, ó dando la vuelta á la primera manzana de la calle de la Magdalena, reflexioné sobre lo que acababa de pasarme. La verdad, yo no podía estar orgulloso de mi conducta, pues si bien el rompimiento y el acto aquél de perdonar el dinero me honraban á primera vista (aun quitando de ellos lo que tenían de teatral), en rigor yo era tan vituperable como Eloísa. Así lo reconocí, aunque sin propósito de enmienda. Mi razón echaba luz, eso sí, sobre los errores de mi vida; mas no daba fuerza á mi voluntad para ponerles remedio. «Está muy bueno --me decía yo-- que le exija virtudes que estoy muy lejos de tener... Pero los hombres somos así: creemos que todo nos lo merecemos, y que las mujeres han de ser heroínas para nosotros, mientras nosotros hacemos siempre lo que nos da la gana. Aquí lo natural y lógico sería que yo siguiera queriéndola como la quise, y que combinando hábilmente la disciplina del amor con la de la autoridad, la apartara poquito á poco de su camino para llevarla al mío. Esto es lo humanitario, lo digno, lo decente. Además, creo que no sería muy difícil. Pero no, yo me planto y digo: has de cambiar de vida de la noche á la mañana, porque yo lo mando, porque así debe ser, porque no quiero gastar dinero; y yo en tanto, hija mía, si te he visto no me acuerdo, y aunque sigo haciendo contigo la comedia de la consecuencia, en el fondo de mi alma te desprecio.»

¡Y aquella tunanta de Camila no parecía!... Ya me sabía de memoria todos los escaparates de la zona por donde andaba; ya había visto cien veces las abigarradas muestras del molino de chocolate, los pañuelos y piezas de tela de la tienda de ropas, los carteles de Variedades, los puestos de verdura y pescado de la calle de Santa Isabel. Oí en el reloj de San Juan de Dios las doce, las doce y media, la una... Yo no había almorzado y empezaba á tener apetito. No podía entretener el tedio de aquel plantón sino echando sondas á mi espíritu. ¡Ay, qué cosas hallé en tales profundidades! Navegando por entre el gentío de la calle, hallábame tan solo como en alta mar, y oía el murmullo sordo que me agitaba como el inextinguible mugido del viento y las olas. Siento desengañar á los que quisieran ver en mí algo que me diferencie de la multitud. Aunque me duela el confesarlo, no soy más que uno de tantos, un cualquiera. Quizás los que no conocen bien el proceso individual de las acciones humanas, y lo juzgan por lo que han leído en la historia ó en las novelas de antiguo cuño, crean que yo soy lo que en lenguaje retórico se llama un _héroe_, y que en calidad de tal estoy llamado á hacer cosas inauditas y á tomar grandes resoluciones. ¡Como si el tomar resoluciones fuera lo mismo que tomar pastillas para la tos! No: yo no soy _héroe_; yo, producto de mi edad y de mi raza, y hallándome en fatal armonía con el medio en que vivo, tengo en mí los componentes que corresponden al origen y al espacio. En mí se hallarán los caracteres de la familia á que pertenezco y el aire que respiro. De mi madre saqué un cierto espíritu de rectitud, ideas de orden; de mi padre fragilidad, propensión á lo que mi tío Serafín llama _entusiasmos faldamentarios_. Lo demás me lo hicieron, primero mi residencia en Inglaterra, luego mi largo aprendizaje comercial, y por fin mi navegación por este mar de Madrid, aguas turbias y traicioneras que á ningunas otras se parecen. Carezco de base religiosa en mis sentimientos; filosofía, Dios la dé; por donde saco en consecuencia que mi sér moral se funda más en la arena de las circunstancias que en la roca de un sentir puro, superior y anterior á toda contingencia. No domino yo las situaciones en que me ponen los sucesos y mi debilidad, no. Ellas me dominan á mí. Por esto, tal vez, muchos que buscan lo extraordinario y dramático no hallan _interesantes_ estas memorias mías. ¡Pero cómo ha de ser! La antigua literatura novelesca, y sobre todo la literatura dramática, han dado vida á un tipo especial de hombres y mujeres, los llamados _héroes_ y las llamadas _heroínas_, que justifican su gallarda existencia realizando actos morales de grandísimo poder y eficacia, inspirados en una lógica de encargo: la lógica del mecanismo teatral en la Comedia, la lógica del mecanismo narrativo en la Novela. Nada de esto reza conmigo. Yo no soy personaje _esencialmente activo_, como, al decir de los retóricos, han de ser todos los que se encarnan en las figuras del arte; yo soy pasivo: las olas de la vida no se estrellan en mí, sacudiéndome sin arrancarme de mi base; yo no soy peña: yo floto, soy madera de naufragio que sobrenada en el mar de los acontecimientos. Las pasiones pueden más que yo. ¡Dios sabe que bien quisiera yo poder más que ellas y meterlas en un puño!

II

¿Pero qué veo?... Ella al fin. Hacia mí la ví venir, alzando un poco su falda para apartarla de la suciedad de la calle de Santa Isabel.

--¡Camililla!... ¿tú por aquí? ¡Qué sorpresa!...

--¿Y tú, á dónde vas? ¿Vuelves á casa de Eloísa?

--No: iba á... ¡Pero qué encuentro tan feliz!

De fijo, los que quieren que yo sea _héroe_ se asombrarán de que viviendo en la misma casa de Camila y pudiendo hablar con ella cuando me diese la gana, espiara sus pasos en la calle. Pero de estas rarezas é inconsecuencias están llenos el mundo y el alma humana. Tenía sed de lo imprevisto, y me lo procuraba como podía, es decir, _previéndolo_. Era, pues, un imprevisto artificial, ya que no podía ser del genuino, de aquél que tiene á la Providencia por _propio cosechero._ Porque aquella condenada pasión nueva nacía en mí con rebullicios estudiantiles, haciéndome cosquilleos románticos. La vanidad no tenía tanta parte en ella como en la que me inspiró Eloísa. Ya me estaba yo recreando con la idea de que mi triunfo, si al fin lo lograba, permaneciese en dulce secreto, y que sólo ella y yo lo paladeáramos, pues si en otra ocasión el escándalo me había sido grato, en ésta el misterio era mi ilusión. Púseme en aquellos días un tanto novelesco y un si es no es tonto, y mi fantasía no se ocupaba más que en imaginar bonitos encuentros con la mujer de Miquis, peligros vencidos, líos desenredados, tapujos, sorpresas, escenas teatrales en que el goce se sazonara con la salsa de lo furtivo y con esa pimienta dramática que rara vez aparece fuera de los bastidores de lienzo pintado. En fin, válgame la franqueza, yo estaba hecho un cadete, un seminarista, á quien acaban de quitar la sotana para lanzarle al mundo. Pensaba cosas que luego he reconocido eran puras boberías. ¿Qué más que seguir los pasos de Camila en la calle, ver que entraba en alguna tienda, entrar yo también, fingir sorpresa por verla allí, hacer el papel de que iba á comprar cualquier cosa, comprarla efectivamente, y después pagarle á ella su gasto? Y cuando creía encontrarla en un sitio y me llevaba chasco, ¡María Santísima, la que se me armaba entre pecho y espalda! ¡Cuántas veces, á prima noche, le tomé las medidas á la calle del Caballero de Gracia, desde la del Clavel á la Red de San Luis, esperando á que Camila saliera de casa de su cuñado Augusto, que vivía en el 13! Y la muy bribona no parecía. Sin duda yo me había equivocado creyendo que estaba allí. Observaba con disimulado afán la multitud, sorprendiéndome de que ninguna de aquellas caras fuera la que yo deseaba ver. El no interrumpido curso de semblantes, á trechos iluminados por el gas de las tiendas, á trechos embozados en tinieblas, me mareaba; y yo, impávido, mira que te mira.

De repente me salta el corazón. Veo á lo lejos una esbelta figura entre los bultos que vienen hacia mí. Un coche me la oculta; yo... ¡zas! á la otra acera... Acércome pensando en que es conveniente disimular la expresión ansiosa y fingir que voy tranquilamente por la calle... ¡Cristo de la Sangre! no es ella. Es una tarasca, que al pasar me mira, como si conociera el gran chasco que me ha dado. Entre tanto, me aprendo de memoria los escaparates de Bach y de Matute, y puedo dar cuenta de todo lo que hay en la pastelería, de todos los abanicos de Sierra y de todas las drogas, ortopedias y específicos de la botica de la esquina.

Fatigado de aquel ridículo trabajo, hago por fin propósito de retirarme. Aquello verdaderamente es impropio de un hombre como yo. Pero cuando me retiro, ocúrreme una idea desconsoladora. «¿Y si precisamente en aquel momento de mi retirada sale ella de la casa de Augusto?...» Vuelta á la centinela; vuelta á engancharme al árbol de aquella noria estúpida, de la que no saco ni un hilo de agua; vuelta á pasear, á ver caras antipáticas, á ver los aparatos de gas echando toda su luz sobre las tiendas, menos algún reflejo que cae sobre el piso lustroso y húmedo de la calle; vuelta á oir el estrépito de los coches sobre las cuñas de pedernal. Al fin, rendido de cansancio y sin esperanza de encontrar _casualmente_ á Camila, me marcho...

Bien podía verla en su casa; ¡pero si allí estaba siempre el moscón de su marido, pegajoso, insufrible...! Y se pasaba toda la velada junto á ella como un bobo. Solían ir algunos amigos, y charlaban mil tontadas, ó jugaban á la brisca y á la lotería. ¡Cosa más necia no he visto en mi vida! Lo simpático de tal reunión era Camila, alma, centro y núcleo de ella. Cosía con atención tenaz, cantorreando entre dientes; decía á cada instante gracias y agudezas; se burlaba de todo bicho viviente, siempre fija en su obra y echándoselas de muy entusiasmada con el trabajo, que era una montaña de tela blanca, de trapos, recortes y cosas medio concluídas y vueltas á empezar. Le había entrado el capricho de las ocupaciones, y renegaba de no tener tiempo para nada. ¡Qué le duraría esta pasión! En aquella época se hacía de rogar mucho para ponerse al piano y divertirnos un rato con la música. Constantino inventaba cosas raras para entretener el tiempo: anticuados juegos de prendas, prestidigitaciones de las más inocentes, y, por fin, se ponía á imitar el mayido de los gatos y á representar una escena de riñas y galanteos gatunos, con lo que todos se morían de risa, menos yo, que no encontraba la tostada de tales sandeces.

Vuelvo á mi aventura. Aquel día que topé con Camila en la calle de Santa Isabel, la invité á dar un paseo.

--A pie, en coche, como quieras --le dije--. Siento que hayas almorzado. Si no, nos iríamos á un restaurant, al Retiro, á las Ventas, donde gustes. Está un día delicioso...

--Quita allá, _tísico_. ¿En qué estás pensando? ¡Yo á un restaurant! Por mí no me importaba; pero Constantino se pondría hecho un demonio... ¡Estaría bueno que después de haberle quitado el vicio de ir al café, lo adquiriera yo!

Y seguimos hablando.

--¿Vas de tiendas? Te acompañaré.

--Voy á comprar tela para hacerle camisas á mi mamarracho. Pero cuidado: si vienes conmigo no te empeñes en pagarme como otras veces... No lo consentiré. Mira todo el dinero que traigo.

Enseñóme su portamonedas, en que había mucha plata, algún oro y un billete muy sobadito, doblado en ocho dobleces.

--Estás hecha una capitalista. ¿A ver? ¡Chica...!

--Tengo para prestarte, si te ves en un apuro --me dijo cerrándolo de golpe, y acentuando el chasquido del muelle con un mohín muy gracioso de su hociquillo--. ¡Ajajá!... ¡tengo yo más _guita_...! Si te hace falta, no seas corto de genio, y tu boca será medida.

--Tengo yo mucho más dinero que tú, tonta --dije con un candor que me habría hecho ridículo á mis propios ojos, si no tuviera en éstos las cataratas de la chifladura amorosa--. Y te quiero pagar la tela. Déjame á mí, tonta.

--No, que no... ¡por Dios!

--Si es un obsequio que quiero hacer á Constantino. Mira, compraremos más tela, y me harás á mí media docena de camisas.

--¡Oh! sí, sí --exclamó riendo y dando palmadas en plena Plazuela de Matute--. Oye: mi asnito sostiene que no sé hacer camisas, que no sé cortar el cuello, y que la pechera la dejo con más picos que un candilón. ¡Ya verá él si sé!

--Si es un tonto... ¿Qué entiende él de eso?

--Constantino es abrutado, macizote; pero créeme, es un ángel.

--De cornisa.

--No te rías.

--Si no me río.

--Me quiere muchísimo, me idolatra...

--Ya estás exaltada. Todo lo abultas, todo lo amplificas. Así eres tú.

--Es que tú eres un _tísico_, y no comprendes esto. Por muy alta idea que tengas del amor de un hombre, no sabes cómo me quiere Constantino. Se dejaría matar cien veces por su mujer. Jamás me dice una mentira, y tiene tal fe en mí, que si le dijeran que yo era mala no lo creería.

Sin poner gran atención en estos elogios del asnito, seguimos avanzando hasta llegar á la mitad de la calle del Príncipe. Entramos en la tienda, que era una camisería elegante, llena de chucherías preciosas y de novedades parisienses; veinte mil monadas de cerámica, metal y hueso que sirven para regalos y se pagan á elevados precios. Camila pidió telas, y mientras en el mostrador le medían y cortaban, yo estaba mirando aquellas bagatelas elegantes. De pronto, mi prima se puso á mi lado para ver y admirar conmigo los caprichos. Comprendí que se le iban los ojos; pero que se contenía para que yo no gastara dinero. Todo lo encontraba carísimo. Empecé á hacer compras, y me llené los bolsillos de paquetitos.

--Por Dios, ¡qué disparates haces! En la vida más vuelvo á entrar contigo en una tienda.

Quise pagar la tela, pero ella la había pagado ya. Me enfadé de veras.

--¡Qué cosas tienes! Tú sí que estás tonto.

Al salir, miróme seria, muy seria. Entró en _La Palma_ á comprar unas cintas de color. Aquella segunda parada fué breve. Salimos pronto.