Lo prohibido (novela completa)
Part 18
En efecto: al día siguiente piafaban á la puerta de casa seis caballos hermosos, con rojos caparazones recamados de plata, tirando de la carroza fúnebre-carnavalesca más bonita que había en Madrid. Llevamos el cuerpo al cementerio con la mayor pompa posible. Yo tenía cierto orgullo en esto, y me complacía en asomarme por la portezuela de mi coche y ver delante el movible catafalco, el meneo de los penachos de los caballos, y el tricornio y peluca del cochero. Yo pensaba que si los niños difuntos abrieran sus ojos y vieran aquello, les parecería que les llevaban á la tienda de Scropp. Cuando regresamos, después de cumplida la triste obligación, Camila estaba en su cuarto, acostada en un sofá, envuelta en espeso mantón, los puños cerrados apretando fuertemente un pañuelo contra los ojos. Su madre le había repetido hasta la saciedad todas las variantes posibles del _angelitos al cielo_. Acerquéme á ella para preguntarle cómo estaba, y me expresó su gratitud con ardor y cordialidad grandes, entre lágrimas y suspiros, estrechándome una y otra vez las manos. ¿Y por qué tantos extremos? Por un entierrillo de primera. Verdaderamente no había motivo para tanto, y así se lo dije; pero una secreta satisfacción llenaba mi alma.
En los días sucesivos la calma se fué restableciendo poco á poco, y el consuelo introduciéndose lentamente en el espíritu de todos. Camila era la más rebelde, y defendió por algunos días su dolor. El vacío no se quería llenar. La soledad misma en que había quedado érale más grata que la compañía que le hacíamos los parientes, y huía de nuestro lado para volver sobre su pena á solas. Por fin, los días hicieron su efecto. La veíamos ocupada y distraída con los menesteres de la casa, y al cabo atendiendo con cierto esmero á engalanar su persona. Este síntoma anunciaba el restablecimiento. La ví con placer recobrar su gallardía, su agilidad pasmosa, y el vivo tono moreno y sanguíneo de sus mejillas. La salud vigorosa tornaba á ser uno de sus hechizos, volviendo acompañada de aquel humor caprichoso y voluble, que era la parte más característica de su persona. Resucitaba con sus defectos enormes; pero se engalanaba á mis ojos con una diadema de altas cualidades que, á más de hacerse amables por sí mismas, arrojaban no sé qué fulgor de gracia sobre aquellos defectos.
Tratábame con familiaridad jovial, exenta de toda malicia. La afectación, esa naturaleza sobrepuesta que tan gran papel hace en la comedia humana, no existía en ella. Todo lo que hacía y decía, bueno ó malo, era inspiración directa de la naturaleza auténtica... Su trato conmigo era de extremada confianza, y solía contarme cosas que ninguna mujer cuenta, como no sea á su amante. Cualquiera que nos hubiese oído hablar en ciertas ocasiones, habría adquirido el convencimiento de que nos unía algo más que amistad y parentesco. Y, no obstante, no cabía mayor pureza en nuestras relaciones.
Mil veces, conociendo su penuria, hícele ofrecimientos pecuniarios; pero ella nunca aceptaba.
--No quiero abusar --decía--: bastante es que no te hayamos pagado la casa este mes, y que probablemente no te la pagaremos tampoco el próximo. Pero el trimestre caerá junto. Para entonces me sobrará dinero. No te creas, me he vuelto económica. Tú mismo me has visto haciendo números por las noches y estrujando cantidades para sacarme un vestidillo.
Y era verdad esto. Algunas noches me la había encontrado garabateando en una hoja de la _Agenda de la cocinera_, destinada á los cálculos. Por cierto que las apuntaciones de la tal hoja no las entendía ni Cristo. Eran un caos de vacilantes trazos de lápiz. Examinando aquellas cuentas, me reí más... Noté que los _treses_ que hacía parecían _nueves_, y los infelices _cuatros_ no tenían figura de números corrientes. Yo iba en su auxilio, porque comprendí, tras brevísimo examen, que Camila no sabía sumar.
--¿Pero qué educación te han dado, chiquilla?
Y ella me contestaba candorosamente:
--Ahora me la estoy dando yo misma. La necesidad obliga.
A veces me llamaba, me hacía sentar junto á la mesa del comedor y rogábame fuera apuntando las cantidades que ella me decía para sumarlas después. Con cuánto gusto lo hacía yo, no hay para qué decirlo. Cuando era ella quien trazaba los números, hacía muecas con los labios, como los chiquillos cuando están aprendiendo palotes.
--Ya, ya me voy _jaciendo_ --decía con gracia.
Por fin, salía del paso y hallaba la suma exacta. Los progresos, bajo el espoleo de la necesidad, eran rápidos y seguros. Eloísa también era poco fuerte en cuentas gráficas, enfilaba mal las columnas, sacaba unas sumas disparatadas; pero de memoria hacía prodigios. Más de una vez me quedé absorto viéndola sumar cifras enormes sin equivocarse ni en una unidad. Había adquirido el hábito de calcular de memoria. Camila, en cambio, no daba pie con bola sin ayuda del lapicito, un sobado pedazo de madera negra que apenas tenía punta.
--Ya me podías regalar un lápiz --me dijo un día.
Le llevé un lapicero de oro.
Y volví á rogarle me confiara su situación económica, que, por ciertos indicios, conceptuaba poco desahogada. Doña Piedad, su suegra, se había reconciliado con Constantino; pero las remesas metálicas eran escasas, y las en especie, como arrope, cecina, queso y azafrán, no suplían ciertas necesidades. Camila mostrábase siempre muy reservada conmigo en este capítulo de sus apuros. Un día, no obstante, debió de causarle apreturas tan grandes la insuficiencia de su presupuesto, que se resolvió á hacer uso de la generosidad que yo le ofrecía. Observéla aquella tarde un poco seria, inquieta; pero no hice alto en ello. Estaba yo leyendo el periódico militar de Constantino, cuando se acercó á mí despacito por detrás de la butaca. Inclinóse y sentí en mi rostro el calor del suyo. Híceme el distraído y oí como un susurro. Bien podía creer que mi ruido de oídos me fingía esta frase:
--José María, me vas á hacer el favor de prestarme dos mil realitos.
Pero no era el moscón de mi cerebro: era ella la que me hablaba. Luego soltó una carcajada, repitiendo la petición en tono más adecuado á su temperamento normal.
--Nada, nada, que me los tienes que prestar. Si no, por la puerta se va á la calle... No te creas, te los devolveré el mes que entra.
Me supo tan bien el sablazo, que casi casi lo consideré como una fineza, como una galantería. La verdad, si no hubiera andado por allí, entrando y saliendo á cada rato, el gaznápiro de Miquis, le doy un abrazo. Faltóme tiempo para complacerla. Si conforme me pidió cien duros, me pide mil, se los entrego en el acto.
II
Mi prima salía poco de su casa. Siempre que yo iba allí, la encontraba ocupada en algo: bien subida en una escalera lavando cristales, bien quitando el polvo á los muebles, á veces limpiando la poca plata que tenía ó los objetos de metal blanco. Cuando yo le decía algo que no le gustaba, solía responderme:
--Cállate, ó te tiro esta palmatoria á la cabeza.
Y lo peor era que lo hacía. Por poco un día me descalabra. Un mes después de la muerte del chiquitín, aún su charla voluble y bromista era interrumpida por suspiros y por algún recuerdo del pobre ángel ausente.
--¡Ay mi nene! --exclamaba, conteniendo el aliento y cerrando los ojos.
Después se ponía á trabajar con más fuerza, pues pensaba que así se le iba pasando mejor la pena. Notaba que planchar era muy eficaz, y que echarle un forro nuevo á la levita militar de Constantino le despejaba la cabeza. Otras veces decía con íntima convicción:
--Para mí no hay más consuelo que tener otro nene. Y lo tendré, lo tendré. Anoche hemos andado á la greña Constantino y yo. ¿Sabes por qué? Porque sostengo que le debemos poner también el nombre de Alejandro en memoria del que se nos ha muerto. Pero él se empeña en que se ha de seguir el orden alfabético; de modo que al primero que venga le toca la B. A mi Alejandrín se le llamó así por el hermano mayor de Constantino; pero da la casualidad de que Alejandro es nombre de un gran capitán antiguo, y ahora quiere mi marido que todos los hijos que tengamos lleven nombre de héroes. ¿Has visto qué simpleza?
--No hagas caso de ese majadero --le respondí con toda mi alma--. ¿Pues no sostenía ayer que habías de llegar á la Z?... ¡Veintiocho hijos, según la Academia! ¡Qué asquerosidad! te pondrías bonita.
--Llegaremos siquiera á la M --afirmó ella dándome á conocer en el brillo de sus ojos un sentimiento extraño, una especie de entusiasmo al que no puedo dar otro nombre que el de _fanatismo de la maternidad_--. Sí: llegaremos á la M, quizás á la N... Y el de la N dice Constantino que se ha de llamar Napoleón.
--¡Qué estupidez! No pienses en tener más muchachos. Mejor estás así, más guapa, más saludable, más libre de cuidados.
--Pero mucho más triste... Anoche soñé que había tenido dos gemelos.
--¡Qué tonta eres! Siempre has de ser chiquilla --respondí--. Parece que consideras á los hijos como juguetes... Si tuvieras tantos como deseas, puede que no fueras tan buena madre como lo has sido en este primer ensayo. Porque á tí te pasan pronto esos entusiasmos. Lo que hoy te enloquece de amor, mañana te hastía.
--¿Te quieres callar? --gritó llegándose á mí y amenazando sacarme los ojos con una aguja de media--. Tú no me conoces.
--¡Oh! sí, demasiado te conozco. Eres una mala cabeza. Pero hay que declarar que tienes algún mérito. Has domesticado á Constantino. Hay casos de esto: dos fieras juntas se doman mutuamente. Y Constantino parece otro hombre. Es más persona; sabe tratar con la gente; no tira ya aquellas coces; no habla de pronunciarse como si hablara de fumarse un pitillo; no juega, no bebe, no disputa...
--Todo eso es obra mía, caballero --observó Camila con acento de inmenso orgullo--. Es que esta tonta tiene mucho de aquí, mucho talento.
Volvió sus ojos hacia el retrato de Miquis, desnudo de medio cuerpo arriba.
«¿Pero no te da vergüenza --le dije-- de que la gente entre aquí y vea ese mamarracho? Mil veces te he dicho que lo eches al fuego, y tú sin hacer caso. Tienes un gusto perverso. Es que da asco ver ahí ese zángano de circo, enseñando sus bellas formas, con esos brazos de mozo de cordel, y esa cabeza de bruto.
--¿Te quieres ir á paseo? Vaya con el señorito éste... ¿Pues qué tiene de feo ese retrato? Bien guapo que está. ¿Qué querías tú? ¿que mi marido fuera como esos tísicos que se van cayendo por la calle, porque no tienen fuerzas para andar?... ¿como esos palillos de dientes en figura de personas? Francamente, no me gustaría un marido á quien yo pudiera retorcer el pescuezo, ó arrancarle un brazo de una mordida. Constantino es hombre para cogerte como una pluma y tirarte al techo.
--¡Angelito! Tirando de un carro quisiera verlo yo.
--Pues no es tan bruto como crees --declaró enojándose--. Yo podría probártelo... Pero no quiero probarte nada. Donde lo ves, es un ángel de Dios, que me quiere más que á las niñas de sus ojos. Si le mando que se eche por mí en una caldera hirviendo, créelo, lo hace.
--Buen provecho á los dos... No te digo que no le quieras, Camila; pero, mira, haz el favor de no tener más chiquillos: te vas á poner fea; no te acuerdes más de las letras del alfabeto.
--Pues sí que los tendré --dijo poniendo una cara monísima de niña mal criada, y machacando con el puño de una mano en la palma de la otra--; los tendré... ¡y rabia! Y llegaré á la N... ¡y rabia! ¡Y tendré á Napoleón... y toma, toma, toma hijos!
A la sazón entró el padre de aquella esperada generación de gloriosos capitanes, y Camila le recibió, como suele decirse, con dos piedras en la mano.
--¿En dónde has estado, pillo? ¿Qué horas son éstas de venir á casa? Como yo sepa que has ido al café, te voy á poner verde.
Después se abrazaron y se besaron delante de mí.
--Ea, señores, divertirse, --dije tomando mi sombrero.
--Espera, tontín, y comerás con nosotros. No tenemos principio; pero en obsequio á tí, abriremos una lata de langosta.
Y los dos me instaron tanto, que me quedé y comí con ellos, embelesado con su felicidad, que me parecía un fenómeno de inocencia pastoril. De sobremesa, Camila volvió á hablar de lo que tanto la preocupaba, y riñeron por aquello del alfabeto. Ella no quería nombres de capitanes herejes, sino de santos cristianos.
--Nada, nada --decía Miquis--: el primero que venga se ha de llamar Belisario.
Yo me reía; pero en mi interior me indignaba aquel inmoderado afán de cargarse de familia, aquel apetito de hijos, y esperaba que la Naturaleza no se mostrara condescendiente con mi prima, al menos tan pronto como ella deseaba. Seré claro: la loca de la familia, la de más dañado cerebro entre todos los Buenos de Guzmán, la extravagante, la indomesticada Camila, se iba metiendo en mi corazón. Cuando lo noté, ya una buena parte de ella estaba dentro. Una noche, hallándome en casa, eché de ver que llevaba en mí el germen de una pasión nueva, la cual se me presentaba con caracteres distintos de la que había muerto en mí ó estaba á punto de morir. Las tonterías de Camila, que antes me fueron antipáticas, encantábanme ya, y sus imperfecciones me parecían lindezas. Tal es el movible curso de nuestra opinión en materias de amor. Sus particularidades físicas se me transformaron del mismo modo, y lo que principalmente me seducía en ella era su salud, la santa salud, que viene á ser belleza en cierto modo. Aquella complexión de hierro, aquel gallardo desprecio de la intemperie, aquella incansable actividad, aquella resistencia al agua fría en todo tiempo, su coloración sanguínea y caliente, su vida espléndida, su apetito mismo, emblema de las asimilaciones de la Naturaleza y garantía de la fecundidad, me enamoraban más que su talle esbelto, sus ojos de fuego y la gracia picante de su rostro. Uno de sus principales encantos, la dentadura, de piezas iguales, medidas, duras, limpias como el sol, blancas como leche que se hubiera hecho hueso, me perseguía en sueños, mordiéndome el corazón.
La conquista me parecía fácil. ¿Cómo no, si la confianza me daba terreno y armas? Consideraba á Constantino como un obstáculo harto débil, y comparándome con él personal, moral é intelectualmente, las notorias ventajas mías asegurábanme el triunfo. ¿Qué interés, fuera del que le imponía el lazo religioso, podía inspirar á Camila aquel hombre de conversación pedestre, de figura tosca, aunque atlética, y que sólo se ocupaba en cultivar su fuerza muscular? ¡El lazo religioso! ¡Valiente caso hacía de él la descreída Camila, que rara vez iba á la iglesia y se burlaba un tantico de los curas!... Nada, nada: cosa hecha.
Por aquellos días invitóme Constantino á ir con él á la sala de armas. Mucho tiempo hacía que yo no tiraba, y diez años antes no lo había hecho mal. Comprendí que me convenía el ejercicio para contrarrestar los malos efectos de la vida sedentaria y regalona. Al poco tiempo, el recobrado vigor muscular me ponía de buen temple y me daba disposición para todo. ¡Bendita salud, que es la única felicidad positiva, ó el fundamento de estados que llamamos dichosos por una elasticidad del lenguaje! En los asaltos en que Constantino y yo nos entreteníamos por las tardes, aquel pedazo de bárbaro llevaba la mejor parte. Tenía más destreza que yo, muchísima más fuerza y un brazo de acero. Su agilidad y fuerza me pasmaban. Arrimábame buenas palizas; pero yo, al darle la mano quitándome la careta, le decía con el pensamiento: «Pega todo lo que quieras, acebuche. Ya verás qué pronto y qué bien te la pego yo á tí.»
XVI
De cómo al fin nos peleamos de verdad.
I
Una tarde del mes de Mayo fuí á ver á Eloísa con firme propósito de hablarle enérgicamente. No la encontré. Estaba en no sé qué iglesia, pues por aquel tiempo se le desarrolló la manía filantrópico-religioso-teatral, y se consagraba con mucha alma, en compañía de otras damas, á reunir fondos para las víctimas de la inundación. Lo mismo manipulaba funciones de ópera y zarzuela que lucidas festividades católicas, en las cuales las mesas de tapete rojo, sustentando la bandejona llena de monedas, hacían el principal papel. También inventaba rifas ó _tómbolas_ que producían mucho dinero. Se me figuró que había transmigrado á ella el ánima propagandista del desventurado Carrillo. Casi todos los días había en su casa junta de señoras para distribuir dinero y disponer nuevos arbitrios con que aliviar la suerte de las pobres víctimas. Por eso aquel día no la pude ver: de tarde porque estaba en el petitorio, de noche porque había junta, y francamente, no tenía yo maldita gana de asistir á un femenino congreso ni de oir á las oradoras. La junta terminaba á las doce, y de esta hora en adelante bien podía ver á Eloísa; pero no me gustaba pasar allí la noche, y me iba con más gusto á la soledad de mi casa.
Al día siguiente creí no encontrarla tampoco; pero sí la encontré. Hízose la enojada por mis ausencias; púsome cara de mimos, de resentimiento y celos. ¡Desdichada! ¡Venirme á mí con tales músicas!... «Tengo que hablarte», le dije de buenas á primeras, encerrándome con ella en su gabinete, lleno de preciosidades, que valían una fortuna. Allí estaba escrito, con caracteres de porcelana y seda, el funesto caso de la disminución de mi capital.
Comprendió ella que yo estaba serio y que le llevaba aquel día las firmezas de carácter que rara vez le mostraba. Preparóse al ataque con sentimientos favorables á mi persona, los cuales, según afirmó, rayaban en veneración, en idolatría. Cuando me tocó hablar, le presenté la cuestión descarnada y en seco. La reforma de vida que me prometiera no se había realizado sino en pequeña parte. Las ventas de cuadros y objetos de lujo continuaban en proyecto. No se quería convencer de que el estado de su casa era muy precario, y que no podía vivir en aquel pie de grandeza y lujo. Entre ella y su marido habían derrochado la fortuna que les dejó Angelita Caballero. Si no se variaba de sistema pronto, no quedarían más que los escombros, y el inocente niño, destinado más adelante á poseer el título de marqués de Cícero, no tendría que comer. Si ella se obstinaba en hundirse, hundiérase sola y no tratara de arrastrarme en su catástrofe. Yo, por sus locuras, había perdido una parte de mi fortuna. No perdería, no, lo que me restaba. No me cegaba la pasión hasta ese punto.
Sentándose junto á la ventana, díjome con tono displicente:
--Te pones cargante cuando tratas cuestiones de dinero. Haz el favor de no hacer el inglés conmigo. Me enfadan los ingleses... de cualquier clase que sean.
Y luego, echándolo á broma:
--Déjame en paz, hombre prosáico, prendero. Todo lo que hay aquí te pertenece. Trae mercachifles, vende, malbarata, realiza, hártate de dinero. Cogeré á mi hijito por un brazo y me iré á vivir á una casa de huéspedes...
--Con bromas no resolveremos nada. Si no quieres seguir el plan que te trace, dilo con nobleza, y yo sabré lo que debo hacer.
--Si lo que debes hacer es no quererme --respondió, sin abandonar las bromas--, _humilla la cerviz_... Te hablaré con franqueza. Dos cosas me gustan: tu _individuo_ y mucho _parné_; tu señor _individuo_ y mi casa tal como la tengo ahora. Si me dan á escoger, no tengo más remedio que quedarme contigo. Dispón tú.
--Pues dispongo que busquemos en la medianía el arreglo de todas las cuestiones, la de amor y las de intereses.
Dió un salto hacia donde yo estaba, y cayendo sobre mí con impulso fogoso, me estrujó la cara con la suya, me hizo mil monerías, y luego, sujetándome por los hombros, miróme de hito en hito, sus ojos en mis ojos, increpándome así:
--¿Te casas conmigo, mala persona? ¿De esto no se habla? De esto, que es el _caballo de batalla_, ¿no se dice nada? Para tí no hay más que dinero, y el estado, la representación social, no significan nada.
No sé qué medias palabras dije. Como yo no jugaba limpio; como lo que yo quería era romper con ella, no me esforzaba mucho por traerla á la razón.
--¡Ah! --exclamó seriamente, leyendo en mí--, tú no me quieres como antes. Te asusta el casarte conmigo, lo he conocido. El _santo yugo_ te da miedo. No quieres tener por mujer á la que ya faltó á su primer marido y ha adquirido hábitos de lujo. Dudas de mí, dudas de poderme sujetar. La fiera está ya muy crecida, y no se presta á que la enjaulen. Dímelo, dímelo con sinceridad, ó te saco los ojos, pillo.
Su mano derecha estaba delante de mis ojos, amenazándolos como una garra. La obligué á sentarse á mi lado.
--Yo leo en tí --prosiguió--; me meto en tu interior, y veo lo que en él pasa. Tú dices: «Esta mujer no puede ser ya la esposa de un hombre honrado; esta mujer no puede hacerme un hogar, una familia, que es lo que yo quiero. Esta _tía_... porque así me llamarás, lo sé, caballero; esta _tía_ no se somete, es demasiado autónoma...» Dime si no es ésta la pura verdad. Háblame con tanta franqueza como yo te hablo.
La verdad que ella descubría, desbordándose en mí, salió caudalosa á mis labios. No la pude contener, y le dije:
--Lo que has hablado es el Evangelio, mujer.
--¿Ves, ves cómo acerté?
Daba palmadas como si estuviéramos tratando de un asunto baladí. Yo me esforzaba en traerla á la seriedad, sin poderlo conseguir. Iba ella adquiriendo la costumbre de emplear á troche y moche expresiones de gusto dudoso, empleándolas también groseras cuando hablaba con personas de toda confianza.
--¿Quieres que nos arreglemos? Pues _escucha_ y _tiembla_. Dame palabra de casamiento y no seas sinvergüenza... Me parece que ya es hora. Prométeme que habrá _coyunda_ en cuanto pase el luto, y yo empezaré mi reforma de vida, me haré cursi de golpe y porrazo. Si ya lo estoy deseando... Si no quiero otra cosa... Tú editor responsable; yo señora que ha venido á menos: toma y daca, negocio concluído. ¿Te conviene? ¿Aceptas?
--¿Qué he de aceptar tus disparates? Lo primero es que te pongas en disposición de ser mi mujer. Tal como eres, no te tomo, no te tomaría aunque me trajeras un potosí en cada dedo.
Abalanzóse á mí como una leona humorística. Su rodilla me oprimió la región del hígado, lastimándome, y sus brazos me acogotaron después de sacudirme con violencia. Con burlesco furor exclamaba:
--¿Pues no dice este mequetrefe que no me toma? ¿Soy acaso algún vomitivo? ¿Soy la ipecacuana? ¡Qué has de hacer sino tomarme, _tomador_!... Y sin regatear, ¿entiendes? Y sin hacer muequecitas. Aquí donde usted me ve, señor honrado, soy capaz de llegar á donde usted no llegaría con sus miramientos ridículos de última hora. Soy capaz de rayar en el heroísmo, de ponerme el hábito del Carmen con su cordón y todo, de vivir en un sotabanco y de coser para fuera.
Mientras dijo esto y otras cosas, abarcaba yo con mi pensamiento, á saltos, el largo período de mis relaciones con ella, y notaba la enorme distancia recorrida desde que la conocí hasta aquel momento. ¡Cuán variada en dos años y medio! ¿Dónde habían ido á parar aquellas hermosuras morales que ví en ella? O era una hipócrita, ó yo era un necio, un entusiasta sin juicio, de éstos que no ven más que la superficie de las cosas. Asimismo pensaba que aquella transformación de su carácter era obra mía, pues yo fuí el descarrilador de su vida. Sus tratos irregulares conmigo escuela fueron en que aprendió á hacer aquellas comedias de liviandad, de enredos, de palabras artificiosas y de sentimientos alambicados. ¿Por qué la admiré tanto en otro tiempo y después no? La inconsecuencia no estaba en ella, sino en mí, en ambos quizás, y si hubiéramos sido personajes de teatro, en vez de ser personas vivas, se nos habría tachado de falsos sin tener en cuenta la complejidad de los caracteres humanos. Yo la oía, la miraba, diciendo para mí: «¿Eres tú la que me pareció un ángel? ¡Qué cosas vemos los hombres cuando nos atonta y alumbra el amor! ¡Y qué verdad tan grande dice Fúcar cuando afirma que el mundo es un valle de equivocaciones!»
Viendo que yo callaba, repitió, exagerándolo, lo del hábito del Carmen, el sotabanco y otras tonterías.