Lo prohibido (novela completa)
Part 14
El año 83 hallóme, pues, con una merma considerable en mi fortuna y con cierta tendencia á trocar la condición de rentista por la de propietario. Mi cuenta corriente no me recordaba, ni con mucho, el apólogo de las vacas gordas, pues tanto la ordeñé, que hubo de terminar el año en los puros huesos. No sólo contribuyeron á esto mis frecuentes regalos á Eloísa, en cachivaches ó joyas, y la pasión que le entró por coleccionar _ojos de gato_ de todos los matices, sino otras obligaciones enfadosas de que no pude librarme. Entre éstas, no fué la menos cargante el padrinazgo del chiquillo de Camila. Habiéndome brindado á ser su compadre, cuando lo del embarazo me parecía ridícula farsa, la muy loca se dió prisa á cogerme por la palabra, y allá por Octubre del 82, como he dicho, descolgóse con un ternero, á quien todos celebraron por robusto y bonito, pero que á mí me pareció dechado perfecto de la fealdad de los Miquis. Le tuve en la pila bautismal mientras el cura le lavaba la mancha que traía por el pecado de nuestros primeros padres, y después, como padrino generoso, tuve que darme yo un lavatorio de bolsillo, cuyo postrer chorretazo vino á fin de año con las cuentas de Capdeville. En verdad, no me pesaron estos derrames, porque los señores de Miquis no nadaban en la abundancia, y ganaban mis afectos por el recogimiento en que vivían. Al chico le pusimos de nombre Alejandro, por un hermano de Constantino que había muerto en Madrid algunos años antes.
Sigamos. El día en que ultimé el arreglo de la deuda de mi prima, ésta se presentó en mi casa á las once de la mañana. Ya habían sido pagadas las cuentas; habíanse recogido los pagarés que estaban en poder de Torquemada. Sólo faltaban algunas menudencias para las cuales destiné cierta suma que recogería la propia Eloísa. La cantidad aguardaba sobre la mesa en un paquete de billetes pequeños, y junto á la misma mesa estaba yo, algo fatigado de tanto sumar y restar, aunque sin otra molestia, gracias á Dios. Aún tenía en la mano la pluma, plectro infeliz de aquel poema de garabatos, cuando Eloísa llegó á mí pasito á pasito por la espalda, echóme los brazos al cuello, cruzó sus manos sobre mi corbata, oprimiéndome la garganta hasta cortarme la respiración, alborotándome el pelo y echándome atrás la cabeza para lavarme la frente con sus labios húmedos; á todas éstas riendo, diciendo mil tonterías, llenándome de saliva los párpados y las mejillas, y vertiendo en mi oído un filtro, un veneno de palabras cariñosas, que después, por maldita ley física, se había de convertir en zumbidos insoportables.
Dejé la pluma y me volví hacia ella. Nunca la ví vestida con más sencillez y al mismo tiempo con más elegancia. Venía en traje matutino, y traía en la mano el libro de misa. Era domingo, y antes de ir á mi casa había entrado en las Calatravas. Sin duda prevalecían en su espíritu las ideas religiosas, porque me dijo que yo era un ángel, y diciéndolo, arrojó sobre mi mesa el libro con tapas de nácar.
--¿Qué mujer no haría locuras por tí? --añadió luego--. Por tí, no digo locuras, sino verdaderas diabluras haría yo.
Ya me disponía á hablarle del contrato bilateral que habíamos celebrado, cuando ella, adelantándose á mi pensamiento con zalamera iniciativa y flexibilidad, me dijo:
--No, no tienes que predicarme. Ya lo sé, ya tengo la lección bien aprendida. Seré arreglada, económica; cambiaré de costumbres; haré desmoches espantosos, pero espantosos... En mí se ha verificado estos días una mudanza tal, que no me conozco. Tendrás que reñirme por las muchas vueltas que he de dar á un duro antes de cambiarlo. Te has de enfadar conmigo por los excesos, por las barbaridades que he de hacer en esto del gastar poco.
--Por Dios --indiqué asustado--, nada de celo excesivo.
--Déjame á mí. Tú me has abierto los ojos con tu talento de comerciante, y luego me has salvado con tu generosidad. Sería indigna de mirarte á la cara si no tuviera estos propósitos que tengo. ¡Si digo que te has de asustar cuando me veas hecha una pobre cursi, defendiendo el ochavo y apartada de todas esas farándulas que me han sido tan agradables y que han estado á punto de perderme...!
Tanto entusiasmo me alarmaba.
--No creas --prosiguió--, también hay algo de sacrificio; pero estos sacrificios y aun otros mayores, se hacen con gusto, cuando median... lo mucho que te quiero y el porvenir de mi hijo... Verás, verás.
Y contando por los dedos, hizo un bosquejo de las estupendas economías que había de realizar.
--Fuera los jueves. Que cada cual vaya á comer á su casa... Fuera M. Petit, fuera el jefe de cocina, que son capaces de tragarse el presupuesto de una nación... Fuera todos los criados, á quienes he estado dando doce duros y dos trajes... Abajo el portero de estrados, que no sirve más que para enamorar á las doncellas... Abajo la doncella-costurera... Las cocheras y cuadras quedan en la cuarta parte... El ramo de vestidos y novedades suprimido por ahora... Vendo todos los zafiros, todos... Vendo la _rivière_, los cuadros de Sala y Domingo, el de Nittis, el Morelli, los cuatro grandes tapices, etc., etc... Liquidación de arte... Y para concluir, reduciré á su mínima expresión las beneficencias de mi marido, y haré por que se suprima la _Sociedad de niños_...
--¡Alto allá! --dije yo, lastimado de ver cómo hería con su furibunda hacha económica la rama más sagrada del árbol de sus gastos--. Eso me parece una crueldad. Extremas mucho el programa. Al pobre Carrillo le quedan pocos días de vida, y es una infamia que se los amarguemos privándole de un entretenimiento que, por otra parte, es tan meritorio. Le anticiparíamos la muerte, le asesinaríamos. Señora, yo defiendo ese capítulo del antiguo presupuesto. Mis remordimientos votan porque subsista, y aun me atrevo á suponer que los de usted harán lo mismo.
Dije esto entre bromas y veras, y ella, comprendiendo mi delicadeza y asimilándosela, alabó muchísimo lo que acababa de oir y contribuyó al triunfo de mi enmienda, no tanto con el voto de sus remordimientos como con el de sus caricias.
III
Empezó á dar vueltas por mi cuarto como si estuviera en su casa, quitóse el manto y la cachemira y los tiró sobre el sofá. Luego, viendo que allí no estaban bien, pasó á mi alcoba para ponerlos sobre la cama. Se miró al espejo, y llevándose ambas manos á la cabeza, hizo un ligero arreglo de su peinado. Después volvió hacia mí.
--¿Y cómo está hoy Pepe? --le pregunté.
--Está muy animadito --replicó--. Tiene compañía para todo el día. No pienso volver hoy por allá. ¿Y tú?
Díjele que no tenía ganas de salir.
--Pues te acompañaré. Mando un recado á casa diciendo que almuerzo con mamá. ¿Pero vas á tener visitas de amigos? Entonces, señor mío, que usted se divierta... Lo mejor será que no recibas hoy á nadie.
Anticipándose á mis deseos y á mi pereza, llamó á mi criado y le dió órdenes. Yo no estaba en casa. El señorito no recibía á nadie... ni al lucero del alba. Corriendo otra vez hacia mí, me dijo:
--¡Oh, si esto fuera París, qué buen día de campo pasaríamos juntos, solos, libres!... ¿Pero á dónde iríamos en Madrid? ¡Si aquí se pudiera guardar el incógnito!... Créelo, tengo un capricho, un antojo de mujer pobre y humilde. Me gustaría que tú y yo pudiéramos ir solitos, de incógnito, de riguroso _inepto_, como dijo el del cuento, al Puente de Vallecas, y ponernos á retozar allí con las criadas y los artilleros, almorzando en un merendero y dando muchas vueltas en el Tío Vivo, muchas vueltas, muchas vueltas...
--No des tantas vueltas, que me mareo. Si quieres ir, por mí no hay inconveniente. Mira, almorzaremos aquí. Da tus órdenes á Juliana... Después, más tarde, á las cuatro ó cuatro y media, nos iremos en mi coche á un teatro popular, á Madrid ó á Novedades: tomaremos un palco y veremos representar un disparatón...
--Sí, sí --gritó, dando palmadas con júbilo infantil--. ¡Y cómo me gustan á mí los disparatones! Echarán _Candelas_, ó quizá _El Terremoto de la Martinica_.
--O _El Pastor de Florencia_, ó _Los Perros del Monte de San Bernardo_.
Echó á correr hacia lo interior de la casa para hablar con Juliana y darle órdenes referentes á nuestro almuerzo. Después subió al principal para dar un vistazo á su mamá y mandar desde allí el recado á su marido. Al volver á mi lado, encontróme de un humor alegre, dispuesto á saborear las delicias de un día de libertad. Repetí á mi criado las órdenes. No estaba en casa absolutamente para nadie, ni para el _Sursum corda_... Felizmente, mi tío y Raimundo, con quien no rezaban nunca estas pragmáticas, estaban aquel día fuera de Madrid en una partida de caza.
Almorzamos. Híceme la ilusión de estar en París y en un hotel. Nadie nos turbaba. De la puerta afuera estaba la sociedad ignorante de nuestras fechorías. Nosotros, de puertas adentro, nos creíamos seguros de su fiscalización, y veíamos en la débil pared de la casa una muralla chinesca que nos garantizaba la independencia. ¡Con qué desprecio oíamos, desde mi gabinete, el rumor del tranvía, las voces de personas y el rodar de coches! Y más tarde, cuando la turba dominguera se posesionó de la acera de Recoletos, nos divertimos arrojando sobre aquella considerable porción del mundo que nos parecía cursi, frases de burla y de desdén. ¡Valiente cuidado nos daba que toda aquella gente viniera á rondarnos! Lo que hacía la sociedad con aquel ruido de pasos, voces y ruedas era arrullarnos en nuestro nido.
Y atisbando detrás de la persiana de madera, veíamos pasar á muchos conocidos. Algunos iban por la acera de enfrente. Por la de mi casa vimos grupos de amigos: el general Morla, el _Saca-mantecas_ y Jacinto Villalonga, que andaban á buen paso y no pararían hasta el Hipódromo.
--Mira _la ordinaria de Medina_ --me dijo Eloísa, llamándome la atención hacia su hermana, que pasó con su marido--. ¡Qué gorda se está poniendo! Han dejado el carruaje en la casa de Murga, y no podrá ir más allá de la Biblioteca.
Vimos también á Pepito Trastamara en un cochecillo que parecía una araña, y él era otra araña. Fuera de los caballos, que tenían aire de nobleza, y del lacayo, que era un hombre, todo lo demás era risible, grotesco. Chapa apareció en el coche de Casa-Bojío, y Severiano á caballo. Poco antes había pasado su señora, que era legalmente señora de otro. ¡Qué lejos estaban todos de sospechar que les mirábamos desde aquella escondida atalaya, que nos reíamos de ellos y que les compadecíamos por no ser libres y felices como lo éramos nosotros!
La idea de ir al teatro perdió terreno. La pereza nos clavaba en donde estábamos. Mejor estaríamos allí que viendo los disparatones de los teatros populares. ¿Qué disparatón más grato y entretenido que el nuestro? El tiempo y nuestra languidez nos mecían y nos engañaban, dándonos nociones muy obscuras acerca de la duración de aquellos diálogos vivos ó de los ratos de sopor que les seguían.
En medio de tanta indolencia, una idea me inquietaba de vez en cuando, haciendo correr por mi cuerpo vibraciones nerviosas. Era la idea de que el buen rato que yo pasaba, lo pudiera pasar otra persona; pues aquel ramillete de gracias que me deleitaba era más hermoso cada año, y con su creciente lozanía indicábame que resistiría sin ajarse las caricias de muchas manos. El mismo derecho que yo tuve teníanlo otros. Todo estaba en que ella quisiese dejarse coger. Aunque ya no me sentía tan entusiasmado como al principio, la idea de que no fuese exclusiva para mí y sagrada para los demás, helábame la sangre. Pero ya, ya lo sería, porque en un plazo que pudiera ser breve nos casaríamos y... ¿Y si después, cuando estuviese bien pertrechado de derechos, algún mortal, tan afortunado como yo lo era entonces, me robaba lo que yo robaba?... ¡Ah, buen cuidado tendría yo!... ¿Para qué servían la energía y la autoridad?... Estos recelos no se calmaban ni aun con el juramento, dado entre mil ternezas y tonterías, de una lealtad á prueba del tiempo, de una fidelidad que rayaba en el romanticismo pedantesco por su elevación sobre todas las cosas humanas. Nuestro cuchicheo variaba de asunto y de tono. No tratábamos de cosas exclusivamente ideales y voluptuosas. La viva imaginación de Eloísa trajo al altar de Cupido expresiones que no encajaban bien entre las medias palabras del amor, y prosaísmos que no se entreveraban bien con las rosas; pero todo cuanto venía de ella, si bien no ahondaba ya tanto en mi corazón, me entretenía, me seducía, me deleitaba.
--Si tú quisieras --me dijo, después de un largo silencio--, lograrías ser mucho más rico de lo que eres. Con el capital que tienes y tu experiencia de los negocios, podrías, trabajando... Quiero decir, que aquí el que no dobla el capital en pocos años, es porque no quiere. Fúcar me lo ha dicho. ¿Te ríes? ¿Me preguntas el secreto? No es secreto: demasiado lo sabes. El inconveniente que hay ahora es que el Tesoro está desahogado y no hace ya empréstitos. Durante la guerra, Fúcar y otros como él triplicaron su fortuna en un par de años. No te rías, no abras esa bocaza. Yo siento en mí arrebatos de genio financiero. Me parece que sería un Pereire, un Salamanca si me dejaran... Vamos á ver, ¿por qué tú, que tienes dinero y sabes manejarlo, no vas á la Bolsa á hacer _dobles_? ¿Por qué no te haces amigo, muy amigo de los ministros, para ver si cae un empréstito de Cuba, ya que en la Península no se hacen ahora? Conque el ministro de Ultramar te encargara de hacer la suscripción, dándote el 1 por 100 de comisión, ó siquiera el medio, ganarías una millonada. De este modo ha ganado Sánchez Botín muchos cuartos... lo sé... me lo contó Fúcar. Dí que eres un perezoso, que no quieres molestarte. Eres diputado y no sabes sacar partido de tu posición. ¿Por qué no te quedas con una línea de ferrocarril, la construyes y después la traspasas á algún primo que cargue con la explotación? Te admiras de lo que sé. Qué quieres... me gustan estas cosas. Fúcar me habla galanterías, y yo le digo que la mejor flor con que me puede obsequiar es contarme cositas de éstas y decirme cómo se hacen los negocios. Si tú tuvieras empeño en ello, Fúcar te daría participación en sus contratas de tabaco. ¡Lástima que no hubiera guerra civil!, pues si la hubiera, ó te hacías contratista de víveres ó perdíamos las amistades.
Cuando tan repentinamente saltó Eloísa con aquella perorata, quedéme perplejo, absorto, dudando de lo que oía; pero pasada la primera impresión, me eché á reir, sí: me reía con toda mi alma, no comprendiendo aún la gravedad que entrañaba aquel insano entusiasmo por cosas tan contrarias á la condición espiritual de la mujer. Mirábalo yo como una gracia más, como un hechizo nuevo, hijo de la moda. Lejos de asustarme, mi ceguera era tal, que me reía viendo los incipientes resoplidos del volcán en cuyo cráter dormía yo tan descuidado.
--¡Ah! esto de las contratas es mi fuerte --proseguía ella con vehemencia humorística--. Fúcar me ha contado cosas que pasman. Pregúntale á Cristóbal Medina lo que hacía su padre. Pues muy sencillo. Como el Gobierno no tenía medios de transporte, el maragato se iba al Ministerio de la Guerra y decía: «Yo pongo á disposición del Gobierno dos mil carros, en tanto tiempo, á razón de tanto.» Luego no ponía más que mil quinientos, y cuando se moría una mula vieja, ó veinte ó doscientas (y no valía cada una diez duros), el veterinario certificaba... «mula de primera», lo que quiere decir cuatro mil reales por cadáver de mula. Después la Administración militar liquidaba, y allá te van millones... Si digo que tú eres simple. Yo, á ser tú, me daría mis trazas para saber cuándo iba á subir el Amortizable y... ¡á comprar se ha dicho! Si yo pudiera seguir en mi tren de antes, invitaría al ministro de Hacienda, á todos los ministros, y les embobaría con cuatro palabras amables, y me haría dueña de todos los secretos de la alta banca... ¿Y quién te dice, bobo, que no podrías tú correr con el pago del cupón en Londres, negociando letras?... También se procuraría que el Gobierno comprara acorazados para que tú, como quien hace un favor, te encargaras de hacer los pagos... Porque sí, hay que fomentar nuestra marina de guerra. O si no, búscate comisiones en Fomento. ¿Con qué crees que ha pagado Villalonga sus trampas sino con lo que va sacando de las compras de máquinas en Inglaterra? ¡Oh! yo sé mucho... Esa isla de Cuba es todavía, aun de capa caída como está, una verdadera mina que no se explota bien. ¡Ah! se me ocurre ahora que lo que debe hacer España es venderla. Y mira, nadie mejor que tú se podría encargar de las negociaciones en los Estados Unidos, en Alemania ó en el Infierno. Conque te dieran el medio por ciento de corretaje...
Estaba yo tan alucinado, que tomaba estas cosas por jovialidades sin substancia... Con tales tonterías se pasaba el tiempo, y por fin la adusta hora de la separación llegó. Hubo parodias grotescas de _Romeo y Julieta_.
--Esa claridad mortecina no es, como dices, la del gas, sino la del crepúsculo. El cielo, teñido de rojo, celebra con siniestro esplendor las exequias del día. Es la _pseudo aurora_ que este año da tanto que hablar á la gente supersticiosa...
--No: es el gas, el gas. Ya el mensajero de la noche, corriendo de farol en farol con un palo en la mano, va colgando luces en las ramas de los árboles...
--Te digo que es la tarde...
--Te digo que es la noche...
--Un rato más...
--¡Horror de los horrores: las siete!
La ví disponerse á prisa, arreglarse el cabello ante el espejo. Su coche había venido á buscarla. Más tarde nos volveríamos á ver en su casa. Aunque parezca extraño y en contraposición á todas las leyes del sentimentalismo, yo deseaba ya que me dejase solo, pues me entraba súbitamente un tedio, un cansancio contra los cuales nada podía lo poco espiritual que en mí iba quedando.
--Abur, abur: ¡qué tarde!...
--¡Que se te olvida el libro de misa!
--¡Qué cabeza! No faltes esta noche. Hablaremos de negocios... El mejor negocio es ser pobre, no tener nada, no esperar nada. Déjame que me mire otra vez. ¿Qué tal cara tengo?...
--Así, así...
--Abur, abur. ¡Ay! que se me traba la cachemira en la silla. Parece que los muebles me retienen y no quieren dejarme salir. Pillo, no faltes. Si no vas, te sacaré los ojos... Pues he de mirarme otra vez. Se me figura que llevo escrito en mi cara... Jesús, ¡qué tarde es!... ¿Y el otro guante?...
--Aquí está, sobre la silla...
--¡Ah! mira, me llevaba tu pañuelo... El cuerpo del delito. ¡Cómo nos delatamos los grandes criminales! Merezco la horca. Bueno, me colgaré de tu cuello, así... ¿A que no me levantas? No puedes, no tienes fuerza. Abur, abur: tengo un hambre atroz. En cuanto llegue á casa, me haré servir la comida... Caballero...
--Señora...
--Encantada de conocer á usted... Me parece usted algo tímido. No se decide...
--Señora, usted se me antoja una sílfide, un hada sin consistencia corpórea, sin realidad física...
--¡Burlón! otro abrazo. Tu amor ó la muerte... Que te espero...
--¡Eh! sinvergüenza, no pellizques.
--Te dejo ese cardenal para que te acuerdes de mí cuando mires á otra. Al fin me voy. ¿Por qué no vienes conmigo?...
--Tengo que vestirme...
--Si parece que has salido de un hospital... ¿Qué tal? ¿Estás malito?...
--Abur, abur... Largo de aquí...
--Feo, apunte, mamarracho, adiós.
XIII
Ventajas de vivir en casa propia. -- La noche terrible.
I
Considerando que era una tontería vivir en casa alquilada teniéndola propia, arreglé el principal de mi finca, y me mudé á él. No me disgustaba alejarme del domicilio de mi señor tío, porque la familia empezaba á serme gravosa en una ú otra forma. Aunque Raimundo volvió á dormir en casa de sus padres, en realidad no me despedí de él, porque por mañana y noche le tenía á mi lado. Era una adherencia sistemática, lealtad canina que á veces me causaba molestias. Cuando la manía del reblandecimiento no le permitía pronunciar la _tr_, se ponía el tal primo fastidioso, y era más pegadizo que en tiempos normales. Si estaba yo lavándome, él allí, describiendo con lúgubre tono los síntomas de su mal. Si almorzaba, él enfrente, bien participando del almuerzo, bien amenizándolo con un comentario de las palpitaciones cardiacas ó de las sensaciones reflejas, todo ello en forma y estilo de _Dies iræ_ y con una cara patibularia que daba compasión. Si estaba yo en mi gabinete escribiendo cartas, él allí, arrojado sobre el sofá, como un perro vigilante y amigo, callado hasta que yo le decía algo. Si le encargaba algún pequeño trabajo, como copiarme una minuta, sumarme varias partidas, cortarme cupones y sacar nota de ellos, lo hacía venciendo su indolencia, dando á entender que el gusto de complacerme podía más que su enfermedad. Estas crisis de languidez solían parar en raptos espasmódicos. No sólo pronunciaba entonces con facilidad y rapidez el condenado ejercicio que le servía de gimnasia vocal, sino que su lenguaje todo era febril y de carretilla, cortado de trecho en trecho por pausas, en las cuales se quedaba el oyente más atento, esperando lo que había de venir después. Tales son las pausas que hace el ruido del viento en una mala noche. Durante ellas la expectación del ruido nos molesta más que el ruido mismo.
En semejante estado, la calenturienta habladuría de mi primo se refería siempre á cuestiones de dinero. Sin duda, éste se había condensado en el cerebro del pobre Raimundo, constituyendo su idea fija, que al mismo tiempo le espoleaba y atormentaba. Sus temas eran éstos: ¡si en Madrid se gasta más dinero del que existe; si la sociedad matritense está en perpetuo déficit, en perpetua bancarrota; si no se verifica una transacción grande ó pequeña, desde el gran negocio de Bolsa á la insignificante compra en una tiendecilla, sin que en dicha transacción haya alguien que sea chasqueado...! Le ocurrían cosas bastante originales en la forma, otras muy extravagantes, pero que escondían algo de verdad.