Lo prohibido (novela completa)

Part 12

Chapter 123,857 wordsPublic domain

Réstame hablar del marqués de Cícero, tío de Carrillo. Era primo de Angelita Caballero, quien le había dejado dos casas y la corona, la cual, á su muerte, pasaría á exornar la frente de Pepe y sus herederos. Como figura decorativa, pocos hombres he visto más notables que don Antonio Alvarez Tuñón y Caballero. Era lo que antes se llamaba un real mozo. Mas se podría ofrecer un buen premio á quien probase que existía un sér humano de menos sal en la mollera que aquel bendito marqués, á quien jamás sorprendió nadie en posesión de una idea. Lo más que hacía era repetir mal las ajenas y desfigurarlas. Las suyas versaban siempre sobre la adoración de su persona como hombre guapo, y se parecía al _Saca-mantecas_ en la fea maña de echar ojeadas á los espejos, para gozarse y ponerse muy hueco. Tenía largos y lucidos bigotes, como los del general León, á quien sin duda tomaba por modelo. No he visto nunca una cabeza más hermosa. Era digna del cincel de Benvenuto y de las fábulas de Esopo, por su belleza y su falta de seso. Decía Severiano Rodríguez que cuando el marqués hablaba de algo que no fuera caza, _le crugía el cerebro_: tan violento esfuerzo tenía que hacer. En distintas épocas de su vida le dió por hacerse magníficos retratos que repartía á los amigos. En unos estaba con un vestido de caza muy majo; en otros de caballero del tiempo de Felipe IV, también de caza, con el lebrel á un lado. En los escaparates de un célebre fotógrafo andaba en gran tarjeta iluminada y en traje de caballero de Calatrava, con birrete y catorce varas de manto blanco. Ultimamente se retrató con un león á los pies. No hay que decir que el león era disecado. A todos los amigos dió un ejemplar, y recibí el mío con una expresiva dedicatoria. Mucho tiempo conservé en mi poder la imagen del prócer cinegético, con el fiero león á los pies, hasta que tuve la suerte de que mi tío Serafín me librara de ella. Fué la única expoliación de que me he felicitado siempre.

Lo bueno que tenía el marqués era que no murmuraba de nadie. Es que no se le ocurría nada que no fuera conversación de perros y de monterías antiguas y modernas. Mi tío, él y otro que tal hacían á veces una insufrible trinca. Desde tiempos remotos gozaba de un empleo en el Ministerio de Estado. Hasta la muerte de la Caballero había sido pobre y obscuro, uno de esos aristócratas trasconejados que vegetan en una oficina, y no molestan á nadie, ni dan que hacer á los políticos, ni meten ruido, ni alardean de linajudos, ni envidian ni son envidiados. Aquel bendito debía su insignificancia á la carencia absoluta de ideas, á su aspecto agradable y á no tener más pasiones que las inofensivas de vestirse bien, cazar y retratarse.

Era muy puntual en las comidas, y no lo hacía mal. Comía y callaba. ¿Qué diré de los demás aún no designados? Fáltanme espacio y ganas, aunque no memoria. ¿Hablaré de Pepito Trastamara, un hominicaco á quien yo ponía por ejemplo cuando quería demostrar á Carrillo el vivo contraste de nuestra aristocracia con la inglesa? ¡Y sobre el cimiento de Pepito Trastamara quería edificar aquel soñador el organismo de los lores españoles, el sólido estamento que, enlazado al poder popular, forma el más admirable de los sistemas! Allá por el cuarto ó quinto jueves nos llevó Carrillo á un joven redactor del periódico de su partido. Era un muchacho listo, que pronto sería diputado y metería ruido. Hablaba por los codos siempre que encontraba quien le oyera, y se sabía al dedillo, casi tan bien como Pepe, todo lo concerniente al _Parlamento largo_, al _Bill de derechos_, á las picardías que hizo Titus Oates y á otras muchas cosas que traen siempre á mal traer los anglómanos.

Después de la comida iban tantos, tantos, que no acertaría á contarlos. Ví literatos de varias castas, políticos muy grandes, de cola entera como los pianos, de media cola y _piccolos_. Ví académicos que habían escrito cosas bellas, y otros que no habían escrito maldita cosa; militares en diferentes situaciones, varios artistas, algún diplomático extranjero, ministros en activo, entre ellos el de Fomento, amigo y paisano mío; ví á Cimarra, que se había reconciliado con su suegro, el marqués de Fúcar, y resignádose á que su mujer viviera maritalmente en Pau con León Roch; ví tal cantidad de personas y alimañas, que era aquello un museo matritense, mejor para apreciado en conjunto que para reproducido en sus múltiples, varias y pintorescas partes.

V

Supongo que los que esto lean estarán ya fatigados y aburridos de tanto y tanto jueves. Pues sepan que mucho más lo estaba yo. Dirélo con franqueza: los tales jueves me iban cargando. Aquel sacrificio continuo de la intimidad doméstica, de los afectos y la comodidad en aras de una farsa ceremoniosa, no se conformaba con mis ideas. Me gustaba el trato de mis amigos, la buena mesa en compañía de los escogidos de mi corazón, la sociabilidad compuesta de un poco de confianza amable y de un poco también de etiqueta, ó sea lo familiar combinado con las buenas formas; pero aquel culto frío de la vanidad, quemando incienso en el altar del mundo, me lastimaban y aburrían ya. Todo era viento, humo y la estéril satisfacción de que se hablara de la casa y del trato de ella. En fin, á las diez ó doce semanas ya tenía yo los jueves atravesados en el gaznate sin poderlos pasar.

Eloísa también se me manifestó algo cansada; pero el respeto al maldito _qué dirán_ impedíale suspender repentinamente las grandes comidas. La idea de que se susurrase _que estaba tronada_ la ponía en ascuas, quitándole el sueño. Y si mi orgullo se sentía halagado por la fidelidad suya, que en tal género de vida tenía un mérito mayor, de esta misma satisfacción se derivaba mi zozobra por el temor de sorprenderla infiel algún día. La idea de que Eloísa me suplantara á lo mejor con alguno de aquellos tipos que la rodeaban, incensándola como á un ídolo, me enardecía la sangre, me agriaba el carácter, me ponía de un humor de mil diablos, desequilibrando mi sér y quitándome el dominio de mí mismo y las dotes de buen sentido que me transmitió mi madre. Pensando esto, yo descubría en mí no sé qué instintos de violencia y la disposición á ciertos actos que no sabía si calificar de locuras ó de majaderías.

Ningún motivo real tenía yo para sospechar que Eloísa se aficionara á otro hombre, y no obstante, la vida aquélla de galantería y de lisonja, era para mí una vida de alarma angustiosa. Desgraciadamente, no podía apoyarme en el terreno de ningún derecho; no podía llamar en mi auxilio á la moral, y mis celos, impersonalizados todavía, debían luchar solos é inermes, cuando el caso llegara. Ninguno de los amigos de la casa me inspiraba temores en particular; inspirábanmelos todos. La colectividad era mi aprensión, y aquel coro de aduladores, mosca que me zumbaba en los oídos, era mi pesadilla. Obedeciendo algunas veces á esa instintiva necesidad de atormentarnos que sentimos cuando el sistema nervioso se sale de sus casillas, me entretenía en concretar mi inquietud, suponiendo cómo sería lo que aún no era, imaginando lo verosímil, y convirtiendo los fantasmas en personas. La juventud fogosa de Manolito Peña, la opulenta vejez de Fúcar, la virilidad legendaria de Chapa, la osadía del _Saca-mantecas_, la fealdad misma de Botín, la insignificancia de otros, me eran igualmente sospechosas. Habría deseado perderlos á todos de vista, y que Eloísa, por amor á mí, se asimilase las antipatías que su corte me inspiraba y acabase por despedirla.

Verdaderamente, de ella no podía tener queja. Nunca fué más amante que en la época en que á mí se me despertó el santo horror á los malditos jueves. Su cariño se sutilizaba, se hacía más ardiente y hasta quisquilloso y suspicaz. ¡Cosa rara! También ella tenía celos. Nunca me he reído más que un día que se me enojó porque... ¡vaya una simpleza! «porque yo visitaba muy á menudo á su hermana Camila.» Poco trabajo me costó desvanecer sus inquietudes mimosas. Nos desagraviábamos fácil y agradablemente firmando paces que debían de ser eternas por lo apasionadas. ¡Qué mujer, qué vértigo, qué abismo de ilusión, dorado y sin fondo! Nuestras entrevistas nos parecían siempre cortas, y expresábamos el afán de no separarnos nunca, de empalmar las horas felices, pues cada fracción del tiempo que pasaba, marcando una pausa en nuestros goces, nos parecía algo que se nos había robado. La publicidad escandalosa de aquel enredo y la ausencia de todo peligro habíannos quitado la máscara. Ya no nos recatábamos; ya se nos importaba un bledo la opinión de la gente, que, por otra parte, no era severa con nosotros, pues nadie nos miraba mal, nadie extrañaba nuestra conducta, ni jamás oímos palabra ó reticencia que nos acusase. Se nos veía juntos en público; dábamos paseos matinales; yo iba á su casa por mañana, tarde y noche, y entraba y salía y andaba por todos los aposentos de ella como si fuera mi propia vivienda.

En aquel período de embriaguez, mi salud se resintió algo. Zumbáronme los oídos, como siempre que mis nervios se encalabrinaban, y esta mortificación me entristecía lo que no es decible. Eloísa, siempre llena de ternura, trataba de alegrarme con su sonrisa franca y cariñosa. Su jovialidad, que tenía por órgano la boca más fresca que era posible ver, declaraba la juventud y lozanía de su temperamento, el cual se hallaba en su plenitud, sin asomos de decadencia como el mío. Se burlaba de mis males nerviosos y hacía propósitos de curármelos; pero lo que hacían sus medicinas era ponerme peor.

Excuso decir que en esta temporada, que no sé si fué dicha ó tormento, ó ambas cosas combinadas, la aptitud de los números se eclipsó en mí. Mi dualismo estaba desequilibrado; mi madre dormía, y la sangre andaluza de mi padre era la que mangoneaba entonces en mí. El pícaro vicio había acorralado en obscuro rincón del cerebro la energía educatriz de mis quince años de escritorio.

De tiempo en tiempo había como una tentativa de emancipación de la tal aptitud; pero el ruido de oídos la sofocaba en medio del entumecimiento cerebral. Cierto que hice más de una vez apreciaciones mentales acerca de lo que debía costar el estrepitoso boato de Eloísa y la gala de sus celebrados jueves. Cierto que Fúcar me hizo ver que en la casa de Carrillo se gastaba más del triple de la renta del capital. Varias noches, al retirarme á casa, iba pensando en esto; pero la excitación me impedía pensarlo con claridad y energía, y la sedación venía luego á adormecerlo todo, números y alarmas. Había además otra circunstancia digna de tenerse en cuenta para explicar mi pereza aritmética. Transcurría el tiempo; llegaba Febrero del 83, y Eloísa no me pedía nunca dinero. No parecía tener apuros ni ninguna clase de dificultades monetarias. Fuera del desembolso mensual de los regalitos, yo no tenía que dar tijeretazos en el talonario de mi cuenta corriente.

Ni ella me hablaba de intereses, ni yo á ella tampoco. Había quizás en ambos el temor de despertar un problema que dormía debajo de nuestras almohadas. Lo único que me permití fué hablar perrerías de los jueves, criticarlos bajo el doble aspecto moral y económico, y pedir que desaparecieran de la serie del tiempo.

--Pienso como tú --me dijo la muy mona--; pero yo digo lo que el Gobierno. Es preciso estudiar la reforma, porque si se hace de golpe y porrazo, podría ser inconveniente.

--Cuando los Gobiernos no quieren hacer una reforma --le respondí--, dicen que la están estudiando. Pero si la reforma no consiste en establecer, sino en suprimir, el mejor estudio es obrar con valentía... Tú temes que te saquen alguna tira de epidermis. Mira: de todos modos, con jueves ó sin ellos, te la han de sacar. Conque así, no te esclavices.

Y esto lo decíamos media hora antes de la señalada para la comida. Aquel jueves el pobre Carrillo estaba bastante mal y no se presentaría. Le ví en su cuarto, y la profundísima lástima que me inspiró estuvo por mucho tiempo como estampada en mi alma. Aún hacía el pobrecito violentos esfuerzos por vestirse; aún mandó á Celedonio, su ayuda de cámara, que le trajese el frac; pero no pudo ni meter el brazo derecho en la manga. Se desplomaba. En su lastimoso estado, lo que principalmente sentía era no poder hacer los honores de la casa aquella noche, como todas, y encargaba á su mujer que atendiese á los invitados y no hiciera caso de él. Eloísa estaba aturdidísima. De buena gana habría despedido á sus comensales. Mas no: era preciso hacer un esfuerzo supremo, presidir la mesa, estar en todo y recibir luego á cien ó doscientas personas. ¡Tormento mayor...!

No tardaron en entrar Chapa, el _Saca-mantecas_, Peña, el secretario de la Legación de Holanda; después el ministro de Fomento, luego Botín y el general Morla. Todos, conforme iban llegando, se creían en el deber de poner una cara muy atribulada al enterarse de la indisposición del amo de la casa. Eloísa estaba realmente triste. Su situación en lo que llamaré el terreno aflictivo era bastante delicada; pues si aparecía muy afligida, podrían dudar de su sinceridad, y si, por el contrario, se presentaba serena, las críticas serían más acerbas. Comprendí, oyéndola hablar del enfermo con los convidados, que hacía esfuerzos por hallar el justo medio sin poderlo conseguir. A veces iba muy lejos en el camino del dolor, y conociéndolo, la reacción en sentido de la calma era demasiado fuerte. Nunca ví lucha más horrible con las conveniencias sociales; y si las palabras de los amigos eran perfectamente discretas, sus miradas, al menos á mí me lo parecía, revelaban una ironía despiadada. Y Eloísa estaba triste en realidad. Sólo que á veces se le antojaba que debía estar más triste, y á veces que debía estarlo menos, resultando de aquí que nunca acertaba con el tono exacto de la nota que quería afinar.

La de San Salomó llegó á última hora. Era la única señora que teníamos aquella noche. La comida empezó silenciosa, y por una de esas fatalidades de la conversación, que no es posible vencer, sólo se hablaba de enfermedades, de médicos, de aguas minerales. De rato en rato, un criado traía noticias del señor para tranquilizar á la señora. Estaba mejor, se le iba pasando el ataque. Con esto se sosegaba Eloísa, y todos hacíamos el papel de que se nos transmitía por arte mágico su contento. Pepe estaba en su habitación acompañado del médico y de su ayuda de cámara. Sólo el marqués de Cícero, como de la familia, había entrado á verle. Después ocupó en la mesa la cabecera que al enfermo correspondía, y entreveraba los bocados con suspiros. El general Morla me tocó al lado, y hablamos de la enfermedad de Pepe con la misma calma que si se tratara de lo buenas que estaban las codornices trufadas.

--Este hombre se va --me dijo--. He visto morir á muchos de ese mismo mal, que debe de ser cosa del hígado. Cuando menos lo piense Eloísa, se queda viuda. Tal vez esta misma noche.

Después me contó la muerte de Narváez, la de Pastor Díaz, la del general Manso, la de Carlos Latorre, la del marqués de Valdegama. Aún no había dado fin á esta fúnebre crónica, cuando se sintió en lo interior de la casa un ruido extraño. Algo muy grave ocurría. Todos nos quedamos fríos. Los tenedores, suspendidos sobre los platos con el pedazo de _fond d’artichauts au suprême_, aguardaban que se aclarase el angustioso misterio para seguir hacia su destino. Sólo Botín oía mascando. Levantóse Eloísa bruscamente y fué á la puerta antes que entrase el ayuda de cámara, á quien sentimos venir á la carrera. Oímos cuchicheo de zozobra y ansiedad. Eloísa corrió hacia adentro, Celedonio también.

VI

Gran silencio en la mesa. Rompiólo al fin el general con estas palabras:

--Cuando digo yo... Oye, Santiaguito: sírveme Jerez.

Sánchez Botín no sabía disimular el furor que le dominaba por causa del maldito M. Petit, que no puso aquel día en la mesa la lista de platos. Resultado de esta preterición (que parecía una estratagema traidora) fué que mi hombre se atracó de _roastbeef_ á la inglesa, y cuando aparecieron las codornices ya no le quedaba para ellas todo el hueco estomacal que merecían. Se podían leer en las serosidades lobulosas de su frente sus irritados pensamientos. Estaba verde, y sus gruesos labios engrasados se estremecían como los labios de los perros cuando van á ladrar. «Esto no pasa más que aquí. Vale más ir á un mal _restaurant_», de seguro diría. Al través de las gafas de oro, sus ojos inyectados y como queriendo salirse del casco, arrojaban destellos de odio contra el pobre M. Petit.

Poco á poco volvió á sonar el metal de cuchillos y tenedores sobre la porcelana. Ligera oleada de animación, corriendo de una punta á otra de la mesa, agitó la doble fila de cabezas. Cada cual comunicó á su vecino sus observaciones, unos en voz baja, otros en alta voz. En aquella mesa rara vez se hablaba sin doble sentido. Debajo de la conversación verbal, serpenteaba la intencional como la víbora entre hojas. Interpretarla y devolverla era el encanto de los comensales. Las circunstancias no pudieron hacer que aquella conversación nuestra fuese lúgubre, aunque sólo se hablaba de enfermedades y de la aterradora muerte. La marquesa de San Salomó iba preguntando á todos, uno por uno, si tenían miedo á la muerte y en qué forma se les presentaba al espíritu. Cada cual respondía cosas diferentes, la mayor parte poco ingeniosas. Fué la misma Pilar quien dijo:

--Yo soy cristiana católica y vivo preparada. A pesar de esto, no me gusta ver entierros...

--Es que no tiene usted la conciencia tranquila --dijo no sé quién, derivándose de esto un tiroteo de frases, esmaltadas de discretas risas.

--Me parece que les estoy viendo á todos ustedes --dijo Pilar-- bajando de patitas al Infierno...

--Como la llevemos á usted por delante...

--¡A mí! Usted está mal de la cabeza. ¡A mí!...

--Sí, señora. Y si usted se empeñara en no ir, elevaríamos una sentida exposición á Dios, pidiendo que la destinara á usted á nuestro departamento...

--¡Aunque sólo fuera en comisión de servicio!

Siguió á esto un gran debate sobre si hay ó no Infierno, si el Limbo es verdad ó figuración teológica, y, por último, hacia qué parte cae el Purgatorio.

Me parecía mentira que la comida se había de concluir. Cuando acabó, fuí á enterarme por mí mismo del estado de Carrillo. El ayuda de cámara, á quien encontré en el pasillo, díjome que habían metido al señor en un baño caliente, y que ya estaba mejor. Parecióme, en verdad, muy aliviado cuando le ví. Regresé al salón, donde estaban tomando té y café bajo los auspicios de la marquesa. Esta debió de conocer en mi cara que llevaba noticias buenas, y me preguntó con mucho interés por el enfermo. Díjele lo que sabía, y ella, tomando tonos de intimidad y de secreteo, hablóme así:

--¡Qué noche para la pobre Eloísa! Dígale usted que no se apure, que se esté por allá. Yo entretendré á esta gente como pueda.

--Precisamente, me acaba de encargar dé á usted un recado semejante.

--¿Y está mejor, es cierto? --me preguntó mirándome de un modo que era nueva apelación á mi confianza.

--Diré á usted. Yo creo que esto es una remisión pasajera. El pobre Pepe está muy malo: hace tiempo que lo vengo diciendo...

--Yo también... Cuidado que pasarán ustedes malos ratos. Eloísa no es para cuidar enfermos. Usted tampoco... Y la verdad, no hay cosa más triste que estar viendo padecer á una persona de la familia sin poder aliviarla. Vale más, mucho más, que acabe de una vez...

--Sin duda alguna --le contesté, por contestar algo.

--Dígame usted --añadió arrimándose más á mí y acentuando el tono de confianza--, ¿Carrillo ha dejado intacta la fortuna que heredó de la marquesa de Cícero?...

--Señora, habla usted como si ya... --respondí espantado.

--¡Qué tonta!... Quiero decir, _dejará_... Es verdad que todavía no ha concluído... ¡pobrecillo!

--Creo que sí --contesté mintiendo, porque decirle la verdad era como mandar un comunicado á la prensa--. Sí: su capital permanece intacto.

--¿Sí?... ¿de veras? --dijo sonriendo y dando al _de veras_ ese dejo de burla que es tan elocuente en el lenguaje popular--. O usted se ha caído de un nido, ó piensa que me he caído yo. Voy á darle una taza de té para que se le aclaren las ideas.

--Gracias... Pues decía que el capital permanece intacto... Carrillo es un hombre prudente.

--Lo que es eso... Se pasa de prudente. Pero vamos al caso. Si lo que usted me ha dicho es cierto, seguramente ha hecho usted muchos números.

--Algunos he hecho.

--Con franqueza... Respóndame usted á lo que le pregunto. ¿Cuando pase el luto, seguirán los grandes jueves?

Esta pregunta me enfrió la sangre. Pero pronto supe amoldarme á la situación y á las conveniencias, y contesté decidido, como la cosa más natural del mundo:

--¡Quiá!... ¿Por quién me toma usted, señora? Creo que el presente es el último de los jueves habidos y por haber.

--Así, así: energía... Me gustan á mí las personas de carácter... Pero el hombre propone y... nosotras disponemos. A Eloísa le gusta esto, y si pudiera, todos los días de la semana los volvería jueves... ¡Qué disparates digo... ahora que está la pobre tan afligida...! Me cortaría esta pícara lengua. Usted tiene la culpa, usted...

En aquel instante, el marqués de Fúcar, que no había venido á comer, ocupó su puesto frente á la marquesa. Seis personas más formaban la corte de ésta. Los que entraban á saludarla oían de su boca frases apropiadas al papel que hacía. Daba excusas por la ausencia de Eloísa, pintando con melancólicos colores las circunstancias en que estaba la casa. Su voz tomaba un tono patético, que habría hecho llorar á un cerrojo. Y cada persona que llegaba decía la indispensable formulilla de lástima y desconsuelo, echándola en el corrillo como se arroja la moneda de compromiso en la bandeja de plata de un petitorio. Suspiraba Pilar y daba las gracias en nombre de su amiga, añadiendo con religioso acento y expresivo arquear de cejas un _Sea lo que Dios quiera_.

Fuí hacia donde estaban los fumadores, y después á la sala de juego, que parecía un verdadero casino. Algunos hablaban del suceso con entera libertad, y otros jugaban ó reían sin acordarse para nada del pobre amo de la casa. Severiano, que entró de los últimos, me dijo:

--En el Casino corrió la voz de que Pepe había muerto de repente en la mesa, cayendo sobre tí y derrumbándote un hombro.

De pronto ví pasar á Eloísa, que venía de las habitaciones de Pepe. Todos se abalanzaron á saludarla. Su cara revelaba contrariedad y tristeza, y el traje de color rosa-té, de sencillez arcadiana, le sentaba tan á maravilla, que parecía una elegante pastora del pequeño Trianón, llorando ausencias de algún pastor de peluca. Dió afables excusas por su ausencia... Gracias á Dios, el pobrecito Pepe estaba mejor. Un coro de pésames por la enfermedad y de felicitaciones por la mejoría demostró cuánto la querían sus amigos. Oía mi prima el coro con aturdimiento de actriz que no está muy fuerte en su papel. La desconcertaba el temor de parecer demasiado triste ó demasiado consolada. Aprovechando una ocasión propicia, me dijo al oído:

--Ve allá... Quiere verte... No hace más que preguntar por tí.