Lo prohibido (novela completa)
Part 10
Una vez por semana, Eloísa daba gran comida, á la que asistían diez y ocho ó veinte personas, pocas señoras, generalmente dos ó tres nada más, á veces ninguna. No gustaba mi prima de que á sus gracias hicieran sombra las gracias de otra mujer, inocente aprensión de la hermosura, pues la competencia que temía era muy difícil. La etiqueta que en los llamados _jueves de Eloísa_ reinaba, era un eclecticismo, una transacción entre el ceremonioso trato importado y esta franqueza nacional que tanto nos envanece no sé si con fundamento. Eran más distinguidas las maneras que las palabras. El ingenio resplandecía en los dichos; mas á veces, con ser copioso y chispeante, no bastaba á encubrir la grosería de la intención. Allí se podían observar, con respecto á lenguaje, los esfuerzos de un idioma que, careciendo de propiedades para la conversación escogida, se atormenta por buscarlas, exprime y retuerce las delicadas fórmulas de la cortesía francesa, y no adelantando mucho por este lado, se refugia en los elementos castizos de la confianza castellana, limándoles, en lo posible, las asperezas que le dan carácter. Esta admirable lengua nuestra, órgano de una raza de poetas, oradores y pícaros, sólo por estos tres grupos ó estamentos ha sido hablada con absoluta propiedad y elegancia. Las remesas de ideas que anualmente traemos en nuestro afán de igualarnos á las nacionalidades maduras, no han encontrado todavía fácil expresión en aquel instrumento armoniosísimo, pero que no tiene más que tres cuerdas.
Hice esta observación en casa de mi prima, oyendo hablar de tan distintas maneras, pues unos arrastraban y descoyuntaban las frases de estirpe francesa, impotentes para darles vida dentro de la sintaxis castellana; otros, despreocupados, lanzaban á boca llena las picantes frases castizas, que, por arte incomprensible, nacen hoy en el populacho y se aristocratizan mañana. Ciertas bocas las pulen, las redondean, como hace el mar con los pedazos de roca; otras las endulzan ó confitan, y ya parecen menos rudas sin haber perdido su gracia. De este lento trabajo se va formando en el arpa de nuestra lengua la cuarta cuerda, ó sea la de la conversación fina, que hoy suena un poco ronca, pero que sonará bien cuando el tiempo y el uso la templen.
Tengo tan presentes los detalles todos de aquellas reuniones, que bien podría describirlas minuciosamente si quisiera. Pero por no aburrir á mis lectores con lo que no les importa, seré breve, escogiendo, entre todo lo que revive en mi mente, lo más adecuado á la inteligencia de los casos que refiero. De las comidas, retengo todo con pasmosa frescura. Paréceme que respiro aquella atmósfera tibia, en la cual fluctuaban las miradas de la mujer querida y sus movimientos y el timbre de su voz seductora, fenómenos que hasta el otro día se prolongaban en mi espíritu como la sensación grata de un sueño feliz. Paréceme estar viendo las paredes y las personas y la alfombra y las luces en el rato aquél de impaciencia y expectación en que es la hora y faltan aún cuatro ó cinco convidados. Carrillo, mirando impaciente su reloj, deja escapar alguna frase con la cual al mismo tiempo recrimina suavemente á los que tardan y pide excusas á los que esperan.
--Este general siempre se atrasa media hora... Sánchez Botín no puede tardar. Se separó de mí á las siete para subir un momento á casa de su suegra.
Eloísa, sentada junto á la chimenea del primer salón, atisba fácilmente á los que van llegando, sin interrumpir su palique con el marqués de Fúcar ó con la marquesa de San Salomó. Como la puerta que va del primer salón á la sala de juego está enfrente de la que comunica ésta con la antesala, siempre que se oye el suave gemido de la mampara de cristales con visillos rojos, mi prima echa ligeramente hacia atrás el cuerpo contra el respaldo del sillón, vuelve la cabeza y ve quién entra.
Por fin Carrillo transmite sus órdenes por el timbre eléctrico. Al poco rato aparece en la puerta del comedor, poniéndose con oficiosidad los guantes de hilo, el maestresala M. Petit --aquel ingenioso francés que después de haber rodado durante el verano por las fondas de todos los establecimientos balnearios y de haber lucido su estampa en el mostrador de algún comedero de ferrocarril, se pasa el invierno sirviendo temporalmente en las grandes comidas de las casas ricas de Madrid, ó que lo aparentan--, y pronunciando el sacramental _madame est servie_, comienza el desfile. Eloísa se agarra al brazo del marqués de Fúcar (por ejemplo) y rompe plaza...
Se me figura estar oyendo el bulle-bulle de las ochenta patas de sillas rascando ligeramente la alfombra gris perla, y ver á los criados ajustarse apresuradamente los guantes, mientras desfilamos y ocupamos nuestros asientos. Aquel primer envite de la comida, que se acerca como un monstruo que viene á apoderarse de nuestro organismo; aquel vaho de la sopa _bisque_, picante como un demonio, ¡qué felices anuncios traen de la sesión gastronómica! Presentes tengo los incidentes de la conversación, que empieza grave, se anima, se fracciona, es á cada instante más viva, menos culta y aseñorada; aspiro la fragancia de los ramos y ramitos que adornan la mesa y nuestras solapas, olor de vegetal flácido que se aja por momentos entre el vapor de la comida y bajo aquella lluvia de luz que desciende de los mecheros de gas; oigo á mi espalda el chillar de las botas de los criados que nos sirven, y me mareo de aquel escamoteo de platos delante de mí, del rielar de copas, de lo que hablamos, de las bromas, ya cultas é inocentes, ya galanas en la forma y groserísimas en el fondo. Las caras aquéllas, las diez y ocho ó veinte cabezas, ¿cómo se pueden olvidar? Figúrome que las veo todavía en su inquietud discreta, ojos que nos miran y se vuelven y llevan la idea de una persona á otra, el hilo de la conversación rompiéndose y anudándose á cada instante, las sonrisas disimulando las contracciones de la gula. Respecto á los dichos, yo no cesaba de recordar la rigidez de las comidas inglesas, en las cuales todo lo que se habla podría figurar en el Catecismo. En los festines que refiero, mi primo Raimundo hallaba medio de contar cuentos indecentes, con una delicadeza de forma y unas perífrasis que hacen de él un verdadero maestro en arte tan difícil.
En lo que sí se parecen estas comidas á las inglesas es en que las señoras hacen del pleonasmo del escote una pragmática indispensable. Eloísa, en sus jueves famosos, no se paraba en barras, quiero decir, en carne de más ó de menos. Generalmente vestía con sencillez, siempre que por sencillez se entienda poca tela de medio cuerpo arriba. La originalidad era su fuerte. Un jueves me sorprendió á mí y á todos con el traje más lindo, más caprichoso y temerario que se podría imaginar... Pero recuerdo ahora que no fué en su casa, sino en un gran sarao del palacio de Gravelinas, donde se nos presentó vestida totalmente de encarnado, el cuerpo de terciopelo, la falda de raso, medias y zapatos también de color de sangre fresca, y para que nada faltara, mitones de púrpura. Sólo una belleza de primer orden, de esas que dominan todo lo que se ponen, habría podido salir triunfante de tal prueba, envolviéndose en ascuas de los pies á la cabeza. Fué general la admiración, y yo no fuí el menos sorprendido, porque aquella misma mañana me había dicho que no pensaba estrenar más vestidos ni inventar rarezas. Dejando á un lado esta contradicción, diré que Eloísa deslumbraba: no se la podía mirar sin plegar ligeramente los ojos. Su hermosura, sometida á la prueba de aquella calcinación en crisol ardiente, triunfaba de las llamaradas del rojo, y aparecía sublimada y purificada. Su mirar era como un extracto sutil, alcohol dulcísimo que se subía á la cabeza y hacía en ella mil diabluras. No quiero decir nada del escote, á quien la coloración chillona del rojo daba más realce. En su ridículo entusiasmo, un revistero de salones me decía que aquella carne de Paros, aquel mármol vivo, no tenía semejante, y que Fidias y el Hacedor Supremo habrían disputado sobre cuál de los dos lo había hecho. Vamos, que reñían y se tiraban á la cabeza los trastos de crear... Yo, como dueño de aquella carnicería marmórea, no la veía con gusto tan publicada. Pero el maldito revistero no cesaba de hacer paradojas, que al día siguiente ponía en los periódicos. «Era un demonio celestial, el _ángel del asesinato_, serafín que había encargado á Worth un vestido hecho con brasas del Infierno... ¿Para qué? Para divertir á los Santos en el Carnaval del Cielo... Su cuello ostentaba una constelación...» A esto de la constelación démosle su nombre verdadero. Era una hermosa _rivière_ de treinta y seis _chatones_ que yo había regalado á Eloísa, y que me ocasionó (todo se ha de decir) una disminución de cinco mil duros en mi cuenta corriente del Banco de España.
Volvamos á mis jueves, quiero decir, á los jueves de la otra. Todos los amigos de la casa admiraban á Eloísa, y aun diré que se pirraban por ella. La atmósfera caldeada de la galantería que todos, hombres y mujeres, respiran en tal género de vida; el constante incitativo del mucho y refinado comer y beber; el efecto de narcotización que en el espíritu van produciendo á la larga las mentiras de la cortesía, todas estas causas, y aun la obsesión material de la seda y el oro y el arte suntuario, embotan el sentido moral del individuo y le inutilizan para apreciar clara y derechamente el valor de las acciones humanas. En tal ambiente, hasta los más sanos concluyen por acomodarse al principio de que las buenas formas redimen los malos actos. No había, pues, entre los amigos de la casa, uno solo que no codiciara lo que me pertenecía de hecho. No había uno tal vez que no soñara con el ideal delicioso de pegársela al amigo y suplantarle. Robar lo robado nunca se consideró delito. Eloísa y yo no teníamos derecho á quejarnos de este asalto general de intenciones que nos amenazaba sin tregua. La falsedad de mi terreno me tenía en ascuas. Inquieto y receloso, vigilaba con cien ojos, y tomaba acta de las más leves cosas, suponiéndolas indicios de que alguien ganaba un palmo de terreno que yo perdía.
Pero, en realidad, no tenía motivos de queja. Mi prima, entre aquella turba de amigos entusiastas y apasionados, guardábame una fidelidad que habría sido virtud muy hermosa, si la tal fidelidad no viniera á ser una medalla en cuyo reverso estaba la traición.
Eloísa les trataba con arte admirable, siempre dulce y cariñosa, empleando reservas delicadas que olían á virtud, imitándola, como los artículos de perfumería imitan la fragancia de las flores. Para todos tenía una palabra bonita: era jovial ó seria, según los casos; compadecía al enamorado, paraba los pies al atrevido, mostrando constantemente cierta dignidad y señorío que me encantaban.
II
Ningún día de gran comida dejó Eloísa de sorprendernos con alguna novedad, añadida á las riquezas de su bien puesta casa. Aquella noche (una de tantas), al entrar en el segundo salón, ví dos personas, cuyo rostro, facha y traje parecían completamente anómalos en tal sitio. Eran dos pinturas: la una de Domingo, la otra de Sala. Mi prima las había adquirido aquella semana, y no me había dicho nada para darme la gran sorpresa en la noche del jueves. Habíalas colocado á los dos lados de la puerta que comunicaba el salón con su gabinete, y puso ante cada una un reflector con vivísima luz, que, iluminando de lleno las figuras, las hacía parecer verdaderas personas. Ambas eran de tamaño natural y de más de medio cuerpo. La de Domingo era un viejo, un pobre, quizás un cesante, vestido de tela gris, arrugado el rostro, plegados los ojos. Creeríase que la luz del reflector ofendía su cansada vista, y que nos miraba con displicente miopía, ofendido y cargado de nuestro asombro. Porque no ví jamás pintura moderna en que el Arte suplantara á la Naturaleza con más gallardía. El toque era allí perfecto símil de la superficie de las cosas, y se veía que, sin esfuerzo alguno, el pincel, convertido en poder fisiológico, había hecho la carne, la epidermis, el músculo, los cañones de la mal rapada barba, el pelo inerte, y, por fin, el destello y la intención de la mirada. Aquel mismo toque habilísimo era luego la lana y el algodón de la ropa, la seda mugrienta del fondo.
--Esto ya no es pintar --decía Eloísa, sacando las cosas de quicio--: es hacer milagros.
La figura de Sala era una chula. Contemplándola, todos nos reíamos, y á todos se nos avispaban los ojos. Los suyos parece que bebían de un sorbo la luz del reflector y nos la devolvían en una mirada dulce y llena, significando con ella un _atrévanse ustedes_. Su tez pura, su entrecejo irónico indicaban tal vez que era una gran señora disfrazada. El traje, el pañuelo por la cabeza y mantón de Manila podrían suponerse antojo de un momento para _encaprichar_ la hermosura noble revistiéndola de las gracias populares. No era una ficción, era la vida misma. Sin duda iba á dirigirnos la palabra. Nos sonreíamos con su sonrisa; nos sentíamos mirados por ella, la conocíamos y la tratábamos. ¡Que una superficie cubierta de colores viva y aliente así!... Eloísa no cesaba de decir, gozando en nuestra admiración:
--¡Qué alma tiene!
La dama enchulada y el viejo pobre fueron el éxito de aquel jueves, como en el precedente lo habían sido dos tapices antiguos, cartones de Brueghel, que decoraban el comedor. Pero dejemos las cosas que parecían personas, y vamos á las personas que parecían cosas. Uno de los principales devotos de mi prima era el marqués de Fúcar. A cada lado de la chimenea del segundo salón había tres sillones, uno de los cuales ocupaba Eloísa. El inmediato se le reservaba al marqués, y respetando este derecho consuetudinario, cualquiera que lo ocupara se lo cedía en cuanto él entraba. Era Fúcar bastante viejo; pero se defendía bien de los años y los disimulaba con todo el arte posible. Era abotagado, patilludo, de cuello corto, y parecía un cuerpo relleno de paja por su tiesura y la rigidez de sus movimientos. Se teñía las barbas; y como los tiempos no consienten la ridiculez de la peluca, lucía una calva pontifical. Demostraba Fúcar á la señora de Carrillo una como adhesión caballeresca. A veces, la edad caduca pesaba en su ánimo lo bastante para convertir aquella devoción en una especie de cariño paternal, traduciéndose en consejos galantes antes que en galanterías. Muy á menudo y cuando parecían más interesados en una conversación frívola, trataban de negocios. Eloísa, que empezaba á pensar mucho en los fabulosos aumentos que ciertos hombres de pesquis dan á su capital en poco tiempo, arrastraba la conversación de Fúcar hacia aquel terreno.
--Diga usted, marqués, ¿venderé las _Cubas_ para comprar ese Amortizable que ha inventado Camacho?
Esta y otras cláusulas parecidas sorprendí más de una vez al acercarme al grupo.
Fúcar se reía, y después de bromear un poco le aconsejaba lo que creía más conveniente.
--Oiga usted, marqués: ¿quiere usted hacerme _dobles_ por cinco ó seis millones nominales? ¿Quién es su agente de Bolsa?... Este tonto (dirigiéndose á mí) no quiere ir á la Bolsa. Quita allá... No tienes iniciativa, no tienes ambición. Podrías duplicar tu capital en poco tiempo si fueras otro.
El marqués echábase á reir, y mirándome...
--Aprenda usted, niño --me decía--. Esto se llama navegar en golfos mayores.
--Marqués --proseguía ella--, me voy á tomar la libertad de hacerme su socio. ¿Quiere usted que le dé diez mil duritos para que me los ponga en las contratas de tabacos? ¿Qué rédito me dará?
--¡María Santísima! ¡qué mujer! --exclamaba Fúcar con alarma jocosa--. Eloísa, me compromete usted...
--O si no, me los pone en un préstamo del Tesoro.
--Si el Tesoro no pide ya prestado, hija mía. Eso cuando tengamos otra guerra civil.
--Pues en las contratas de tabacos. ¿A ver? ¿qué rédito?
--Creerá usted que las contratas... --gruñía el marqués fluctuando entre las bromas y las veras.
--No haga usted caso, marqués --indiqué yo--. Estas mujeres ven todo con la imaginación. Desconocen la Aritmética: lo único que saben de ella es multiplicar.
--Sí: las contratas dan muchos millones.
--¿Qué le parece á usted? --decíame Fúcar sin poder contener la risa--. Me va á descubrir. Me saca los colores á la cara. Aprenda usted, niño, aprenda. ¡Contratas de tabacos!... Corriente: al año le devuelvo á usted los diez mil duritos duplicados... Pero me ha de prometer usted que con ese dinero fundará un _Hospital para fumadores desahuciados_.
La risa del prócer llenaba el salón. Aun los que no podían oir lo que decía celebraban su gracia. Fúcar era allí muy popular; y envanecido de ello, gustaba de oirse, hablando, y se enojaba cuando le contradecían. Conmigo tenía deferencias cariñosas. Una noche, apartándome de un corrillo de los que allí se formaban, me acorraló contra un mueble para decirme en secreto:
--_Traviatito_, es preciso que se dedique usted á los negocios para tener contenta á la señora. No se fíe usted del amor puro. La señora tiene los espíritus muy metalizados. Me ha preguntado lo que es _comprar á plazo_, en _voluntad_ y en _firme_. He tenido que darle una lección de cosas de Bolsa, sin olvidar las triquiñuelas del oficio... Mucho ojo, que la señora piensa demasiado en el dinero. No se envanezca usted, y créame: aumente su capital, si puede, no sea que alguno le desbanque. Usted vale mucho; pero no hay que fiarse, pues se dan casos...
Otro de los asiduos era el general Morla, hombre muy ameno, verdadera enciclopedia histórico-anecdótica de Madrid desde el año 34 hasta nuestros días. Tenía la memoria más prodigiosa que cabe en lo humano: recordaba la primera guerra civil, toda la historia política y parlamentaria y toda la chismografía del siglo. Había sido ayudante del general don Luis de Córdova, luego compañero íntimo de Narváez, y por fin inseparable amigo de don José Salamanca, cuyos arranques geniales elogiaba á cada instante. Los motivos secretos de los cambios políticos en el anterior reinado los sabía al dedillo, y las paredes de Palacio eran para él de una transparencia absoluta. De las infinitas trapisondas privadas que amenizan la vida de Madrid, ninguna se le había escapado. No necesitaba esforzarse para satisfacer todas las dudas, pues el archivo de su memoria, admirablemente catalogado, le suministraba sin demora el dato, la noticia ó enredo que se le pedía. Cuando nos contaba algún lío, hacía mención de la calle, el número de la casa, el piso; nombraba las personas todas de la familia, y si no le cortaban el hilo, refería los belenes del padre ó la madre en la generación anterior. Este narrador entretenidísimo era quizás el maestro más grande del arte de la conversación que he visto en España. Cuando se muera no quedará nada de él, pues jamás ha escrito cosa alguna. Le incitamos á escribir sus memorias, que serían el más sabroso y quizás el más instructivo libro de la época presente; pero él se excusa de hacerlo con la pereza y con su poca habilidad de escritor. En efecto: los grandes conversacionistas rara vez aciertan á interesar cuando escriben.
Eloísa atendía y agasajaba mucho al anciano general, uno de los primeros favoritos de la casa. El jueves que faltaba era un jueves soso y desgraciado. A menudo se formaba en torno á él, en la sala de juego, corrillo de hombres solos, que era un verdadero festín de la más sabrosa comidilla. Salía uno de allí con la cabeza dulcemente mareada, como cuando se ha bebido mucho y bueno, y se adquiría de la humanidad idea semejante á la que tenemos de la salud después de haber hojeado un Diccionario de Medicina.
La chismografía del general Morla era puramente histórica. Rara vez despellejaba á las personas que estaban aún en activo. Otro amigo de la casa, á quien no nombro, tenía la especialidad de cebarse en la carne viva, prefiriendo la de los allegados y presentes. Severiano Rodríguez le llamaba el _Saca-mantecas_, porque se sorbía las reputaciones crudas. Era persona de intachables formas. En la conversación general, bromeando con Eloísa ó sus amigas, daba mucho juego. Su galantería exquisita y refinada encantaba á las damas. Había tenido buena figura, y aún conservaba restos de ella, presumiendo de ojos vivaces, de un busto airoso y de pie pequeño. Sin duda daba mucha importancia á su bigote y su mosca, que, con las canas, habían venido á ser de un rubio ceniciento. Lo que más me cargaba en aquel hombre era que, al entrar en cualquier local, echaba miradas furtivas á los espejos para verse y admirarse. Gozaba fama de afortunado en faldas; pero tenía ya un par de desventajas casi insuperables: su edad que frisaba en la vejez, y su falta de dinero. Era uno de los hombres más entrampados de la creación, y vivía perseguido sin tregua por diferentes espectros en forma de cobradores de tiendas. Oí contar que sólo en el ramo de perfumería debía sumas fabulosas.
Cuando hacía corrillo, no perdonaba nada. Más de una vez hizo disección horrorosa de la pobre marquesa de San Salomó, que no distaba veinte pasos del lugar de la hecatombe. De Eloísa y de mí, ¿qué no diría? Severiano me contaba horrores, vomitados por el _Saca-mantecas_ á poca distancia de nosotros. Tales cosas, por la exagerada malicia y la mentira que entrañaban, no ofendían como cualquier verdad secreteada con palabras ambiguas. «Que yo estaba ya tronado; que Fúcar era el que pagaba; que Manolito Peña estaba en camino de ser mi sucesor en la plaza de amante de corazón...» Tales majaderías sólo merecían desprecio. Lo más gracioso era que el _Saca-mantecas_ había hecho el amor á Eloísa; habíala acosado, durante una temporadilla, con declaraciones ardientes, en las cuales lo rebuscado de las cláusulas no ocultaba lo repugnante del desvarío senil. Ultimamente, el despecho le había vuelto un tanto fosco. Se hacía el interesante, presentándose con cara de hastío. Saludaba ceremoniosamente á Eloísa, al entrar, dándole la mano con brazo muy corto. Jugaba al juego del desdén el muy mamarracho. Bien lo conocía ella y bien se reía de él. Cuando Severiano ó algún otro amigo interrogaban al _Saca-mantecas_ sobre su actitud displicente, respondía, inflándose mucho:
--Es que yo me he vuelto ya antidinástico.
¡Y para dar lugar á tales anomalías; para vivir constantemente acechada, escarnecida, solicitada y requerida, se sacrificaba mi prima á una etiqueta que no vacilo en llamar _cursi_, pues era una mala imitación de la ceremoniosa, natural y no estudiada etiqueta de las pocas grandes casas que tenemos! ¡Y se gastaba tontamente su caudal, aparentando un bienestar que no poseía, ostentando un lujo prestado y mentiroso! ¡Y todo por tener una corte de aduladores y parásitos! ¡Comedia, ó mejor, aristocrático sainete! Yo lo presenciaba aquellos días, y aún no me daba cuenta, por la embriaguez que narcotizaba mi espíritu, de lo absurdo, de lo peligroso, de lo infame que era.