Las transformaciones de la sociedad argentina y sus consecuencias institucionales (1853 à 1910)

Part 2

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Pero si la humanidad no admite divisiones perfectas en el sentido antes indicado, las admite en cuanto, en parte naturales, sean simultáneamente útiles. Si la división natural de la humanidad en razas determinadas con fijeza es hoy difícil, no lo es tanto la división ideada por Le Bon, de razas históricas[4], entendiendo por tales las razas artificiales formadas en el tiempo por los azares de la conquista, inmigraciones, cambios políticos, etc. Le Bon afirma y demuestra que «cada pueblo posee una constitución mental tan fija como sus caracteres anatómicos y de la cual derivan sus sentimientos, sus pensamientos, sus instituciones, sus creencias y sus artes». Esta constitución mental explica las leyes más ciertas de la marcha general de los pueblos; representa el pasado, los mil sentimientos heredados desde tantas y tantas generaciones; contribuye con el medio, la educación, el clima á explicar la formación del carácter de los individuos. Más adelante establece las condiciones necesarias para que las razas distintas puedan, mezclándose, formar una nueva. «La primera de estas condiciones es que las razas sometidas al cruzamiento no sean muy desiguales en número; la segunda, que no difieran mucho por sus caracteres; la tercera, que estén sometidas durante largo tiempo á condiciones de medio idénticas»[5]. Todo este conjunto forma el alma de los pueblos, que varía de uno á otro y que lleva variaciones concomitantes en todas sus manifestaciones: ciencia, arte, religión y con especialidad en las instituciones políticas, que tanta importancia desempeñan en la historia. Más adelante y antes de analizar la influencia de algunos factores y las causas y formas de las decadencias, hace una aplicación de todos los principios expuestos al estudio comparado de la evolución de los Estados Unidos de América y de las repúblicas sudamericanas. Oportunamente me ocuparé con mayor atención de esta parte de su obra, por dos razones: la primera, porque su interés es grande en un trabajo como éste. La segunda, que es un buen ejemplo de cómo hasta los sabios se equivocan y corren el riesgo de decir cosas que no son y no serán, cuando se basan exclusivamente en afirmaciones ajenas y cuando no se precaven contra el peligro de las generalizaciones.

De todos modos y dejando para después esta cuestión, puédese admitir y nadie la discute, la existencia de «razas históricas» en término en que la palabra raza cambia de sentido y se usa en el de «conjunto de modalidades comunes á un Estado ó una nación determinada». Así y solamente de ese modo se puede hablar de razas sin dar lugar á las ilimitadas discusiones á que llevaría el término, tomado en su sentido originario.

Admito, pues, sus principios, para hablar de nuestro pueblo; llamaréle «sociedad argentina» y no «raza argentina» porque si bien la sociedad está constituída ya como tal, no ha llegado todavía á ser lo que el término raza expresa, ni aun en el sentido de raza histórica desarrollado por Le Bon.

No se puede tampoco olvidar aquella otra doctrina que se llama el materialismo histórico ó con más propiedad, interpretación económica de la historia, para referirla en cierto modo á nuestro estudio. No es éste el momento de discutirla ni detallarla, investigar si comenzó con Marx y Engels, ó si tenía antecedentes remotos: si es más verdadera en las afirmaciones que contiene el primer volumen de _El Capital_ ó si lo son las que encierra el último. Basta para mi objeto dejar establecido que en términos generales y libres de las exageraciones, sostiene que «á las causas económicas, deben referirse, en último término, todas las transformaciones en la estructura de la sociedad, las cuales, por sí mismas, condicionan las relaciones de las clases sociales y las varias manifestaciones de la vida social»[6]. Si bien no entraré á discutir si el factor económico ha sido ó no preponderante en el período de que trato, si ha podido ó no ser la causa de las inmigraciones colosales que transforman la sangre argentina, le tendré bien en cuenta desde que no se puede dudar de su importancia.

Así, pues, me serviré de la sociología, con sus principios generales y con las conclusiones á que llegan dos de las más importantes teorías entre las que tratan de explicar los fenómenos histórico-sociales.

_c_) La geografía será la tercera de las disciplinas científicas que más me ayudarán en este estudio. La geografía física y la geografía económica explicarán muchos hechos. Es indispensable recordar la topografía del suelo donde las transformaciones se verifican, y tener en cuenta que «la formación de las agrupaciones humanas no obedece ciertamente á inspiraciones caprichosas, ni reconoce como causa la casualidad; hay que reconocer que su factor primordial reside en el _medio físico_; en ésta como en otras manifestaciones antropogeográficas, domina aun casi por completo á la actual humanidad»[7] aunque conviene cuidar aquí también del peligro de la unilateralidad.

La geografía económica contribuirá con el estudio de las relaciones del individuo con el suelo; de la influencia de la posición geográfica con relación al comercio; de las causas y modos de desarrollo de la inmigración, colonización, de las industrias, agricultura, ganadería, vías de comunicación ...

Y con la historia, sociología, geografía, ayudarán en las soluciones, el derecho constitucional y administrativo, la estadística toda, los datos que suministra la ciencia financiera y la economía política, la práctica de la educación, el desarrollo de las ideas, el desenvolvimiento de las costumbres, artes, ciencia, religión ... Todos ellos en relación al tema del trabajo, según he expuesto ya.

Estudio amplio sin duda, lleno de material inexplotado en su mayor parte, y que es sin embargo, digno de las mayores dedicaciones.

4. Veré cuál era el estado de la sociedad argentina en 1853, cuando terminada la tiranía se abría la Argentina á la inmigración en grande escala, al comercio y á la industria de todo el mundo. En aquella época dictó su código fundamental que, con pequeños cambios, subsiste. Veré después las transformaciones que esa sociedad sufre en su constitución étnica y las correspondientes en la industria, ciencia, etc., tomando como épocas de referencia aquéllas que sean más precisas por la aparición en ellas de censos, estadísticas ó determinados acontecimientos. Veré cuál ha sido en esta forma el estado social argentino al celebrar el primer centenario de la revolución de Mayo: simultáneamente á este trabajo, la indicación somera de las sanciones legislativas que la transformación social han hecho de imperiosa necesidad y que se han dictado. Al término de mi trabajo, estableceré las conclusiones que el conjunto me sugiere.

CAPÍTULO I

1853: LA ÉPOCA DE LA CONSTITUCIÓN DE LA CONFEDERACIÓN ARGENTINA

1. La sociedad argentina de 1853; su formación étnica é histórica; la inmigración.--2. La Capital; la religión; educación; prensa; artes y ciencias; las ciudades.--3. Las industrias; agricultura; ganadería.--4. Vías de comunicación.--5. La situación económica.--6. Propósitos enunciados en la Constitución. Conclusión.

1. El 1^o de mayo de 1853, el congreso general constituyente reunido en la ciudad de Santa Fe, con asistencia de los representantes de todas las provincias á excepción de la de Buenos Aires, sancionó la constitución de la Confederación Argentina, que siete años después, terminadas las divergencias entre la confederación y el estado de Buenos Aires, sería la constitución de la nación argentina, cuyas disposiciones, salvo detalles, rigen en la actualidad.

Este código amplio y generoso fué el primero del mundo que equiparó en los derechos civiles el extranjero al natural, algunos años antes que lo hiciera el código civil italiano que le siguió en antigüedad.

Sus antecedentes fueron muchos: los principios de la norteamericana; las constituciones, estatutos, pactos anteriores; enfín las ideas de la época y los deseos comunes cuyas aspiraciones habían traducido Echeverría y Alberdi.

Independientemente de su faz práctica, fué una constitución buena en su teoría. La libertad, fraternidad, igualdad, que usaron como blasón los revolucionarios franceses, se encontraban también allí. Código de paz, llamaba al seno de la patria á todos los extranjeros que con buenas intenciones quisieran habitarlo; las libertades estaban en su apogeo; las ideas, el culto, el honor, la imprenta, la propiedad, los derechos ciudadanos, quedaban tutelados con principios reconocidos como los mejores.

¿Cuál era la sociedad á la que iba destinada tan sabia reglamentación?

Es inútil discutir si la constitución revelaba el estado contemporáneo de la civilización nacional ó si aquellos principios se adelantaban á su época. Discusiones semejantes son posibles cuando existe la duda, cosa que no ocurre en el caso presente. Los mismos constituyentes comprendían bien que aquella carta de libertades y garantías, juntamente con principios de aplicación inmediata, traducía en otros, aspiraciones para un porvenir, que podía ó no ser cercano. En el oficio que con fecha 9 de mayo de aquel año, el congreso comunicaba al excelentísimo señor director, la constitución y las leyes orgánicas que había sancionado, se decía: «El congreso prevé que la sabiduría del mal consejo y la prudencia que disfraza á la debilidad, han de reprochar á la constitución los defectos de su mérito. Poniendo en contraste _la ignorancia, la escasez de población, y de riqueza, y hasta la corrupción de los pueblos y provincias_ que componen la Confederación con las exigencias de la constitución, deducirán de aquí su inoportunidad y su impertinencia, y muy listos la condenarán como inadecuada. El tirano ponderó y exageró estos mismos pretextos; ¿y por ventura, él con su omnipotente mano de hierro, ha devuelto á los pueblos mejorados, después de veinte años de horribles martirios? ¡Decepción y escándalo! Aun cuando esta desgraciada y mísera situación fuera natural á estos pueblos, aun cuando tuviéramos á la vista la especie social que se supone desgraciada é ineducable, _el legislador no podía ni debía emplear su ciencia para disimular y confirmar este monstruo social_; antes debería consagrar el arte contra la misma naturaleza para corregirlo. ¡Decepción y escándalo, señor! Dios creó al hombre bueno y sociable bajo todas las latitudes. El argentino lo es y por serlo, su sangre generosa ha corrido á torrentes. El sentimiento de los justos ha hecho reclamar, tal vez con exageración, la justicia; el sentimiento de su dignidad, los derechos de libertad, seguridad y propiedad. Sus instintos de progreso lo hacen reclamar con impaciencia, todas las mejoras y todas las relaciones morales, intelectuales y comerciales. La constitución llena estos conatos»...[8] Este interesante documento, prueba, no obstante la justificación y defensa que hace, que las ideas eran buenas pero que la práctica de la época no acordaba con ellas: no se desmiente la ignorancia ó la escasez de la población; si se reclamaba justicia y libertades era á causa de que no se tenían, pues no se reclama lo que se tiene, y otro tanto pasa con la impaciencia en el deseo de mejoras y relaciones morales, intelectuales y comerciales. Verdad es que no otra cosa podía suceder un año después de terminada la larga tiranía, en que Rozas no tuvo la inteligencia necesaria para comprender que aun acordando algunas libertades y ventajas, se puede mantener un pueblo largo tiempo en obediencia.

Examinaré pues, como estaba formada la sociedad argentina en el comienzo de la organización nacional y qué manifestaciones de progreso tenía.

* * * * *

El suelo, propicio al trabajo, había permitido desde remotos tiempos la distribución de los individuos venidos con los conquistadores; los indios amansados, fueron en un tiempo substituídos por los negros, para ciertos trabajos sin dejar de prestarlos ellos también. Los españoles se cruzaron con unos y con otros y aquellos entre sí también cruzaron las razas. La inmigración de españoles continuó; sus descendientes criollos les discutieron derechos, se formaron partidos, se luchó y los tiempos pacíficos alternaron con los tiempos de discordia, formas que en la historia se presentan con frecuencia unidas.

Pero aquellas mismas tres razas históricas estaban formadas de las más diversas. Los españoles tenían en su sangre la de celtas, iberos, fenicios, cartagineses, griegos, romanos, godos, árabes. Los indios, aunque comprendidos en esa denominación general, pertenecían á tantas razas y subrazas cuantas poblaban estas regiones, desde los guaraníes y tobas del norte á los yaganes del sur y desde los querandíes y charrúas del este á los araucanos del oeste; indios distintos en sus caracteres físicos, en sus idiomas, en sus costumbres. Y los negros traídos como esclavos, pertenecían también á distintas regiones. De modo que el pueblo que ocupó esta región sur de América estaba formado por descendientes de muchos otros diversos en caracteres físicos, morales é intelectuales. Aparte de los españoles, en la época colonial pocos europeos llegaron á nuestra región: portugueses, por la proximidad de sus dominios, y algunos ingleses; mas sabido es que su entrada estaba prohibida.

Por otra parte, no predominó de una manera exclusiva una raza en toda esta parte del continente; la distribución de individuos no fué semejante en todo el país, pues mientras en el norte de Santa Fe y en el Chaco, por ejemplo, siguió dominando el indio, en algunas provincias del centro predominaron los mestizos y en la cabeza ciudad como asimismo en las ciudades importantes, la raza española.

Tal sociedad pasó de la colonia á la nación nueva y con pocos cambios llegó hasta la fecha de que trata este capítulo, en que aun no había comenzado la gran corriente de la inmigración transformadora.

Mas, la necesidad de sangre nueva y la conveniencia de la inmigración no fueron novedades que descubrieran los constituyentes del 53. Desde mucho antes se hablaba de esa necesidad y conveniencia como asimismo se tenía la visión precisa de los adelantos que el factor población puede traer á un pueblo, cuando se elige bien.

En 1812, el triunvirato, juntamente con la afirmación de que la población es el principio de la industria y el fundamento de la felicidad de los estados, dictó medidas tendientes á atraer inmigrantes[9]. El gobierno de Pueyrredón y el de Rodríguez con su ministro Rivadavia, trataron de convertir aquel principio en acción, y los más distinguidos vecinos de Buenos Aires formaron parte de la comisión de inmigración que debía ocuparse de atraer gente europea. Estas medidas habían comenzado, aunque en términos muy reducidos, á producir efectos; independientemente de ellas, algunos extranjeros, ingleses en su mayoría, llegaban, atraídos por las relaciones comerciales. La tiranía de Rozas, paralizó aquella inmigración aun cuando ella no cesó en absoluto; en la época de su gobierno, llegó alguna cantidad de gallegos y canarios, ingleses y franceses; estos últimos en número considerable ya, formaron colonia y fundaron en 1845, su hospital.

Estas inmigraciones no tienen mayor importancia en relación al número de los llegados, pues no modificaron mayormente la constitución étnica de la población argentina.

La necesidad de poblar, que hizo axioma la frase de Alberdi, unida á la necesidad, comprendida por muchos de poblar con buenos elementos, continuó latente y la constitución de 1853 con las disposiciones pertinentes, no hizo más que enunciar una aspiración general de la gente sensata.

Los datos numéricos de la población en aquella época aparecen defectuosos: en primer lugar rara vez se refieren á toda la república; por otra parte, se usa mucho del procedimiento del cálculo por aproximación, y generalmente la población india ó no se tiene en cuenta, ó se establece en un más ó menos, que muchas veces es arbitrario.

El mismo censo del 69 que es posterior en diez y ocho años á la fecha que estoy estudiando, al hablar de la población argentina dice: «dadas nuestras investigaciones, la república _no tomándose en cuenta la población indígena_», etc., y el censo de 1895, hace en cuanto á ella un cálculo simplemente de aproximación.

Nada quiere decir esto en contra de sus autores, desde que si imposible era proceder de otro modo, buscaron un medio para considerar esa población ó establecieron francamente que no la consideraban. Lo único que hace esta advertencia, es poner de relieve las dificultades que se presentan en cuanto á la población india, cuando se desea hacer un estudio estadístico de la población argentina. No obstante, los cálculos y descripciones de la época, se acuerdan al afirmar que «la mayor parte de la población argentina es de origen español y pertenece á la raza caucásica; sin embargo, en los campos se encuentran muchos mestizos y algunos indios de pura sangre. Los negros no han sido jamás numerosos en esta parte de América, pero la mezcla de las diferentes razas, ha producido todos los matices imaginables en el color de la piel»[10].

En cuanto al número y distribución por provincias, Belmar, cuya obra es de 1856, nos da estas cantidades aproximadas:

Población Extranjeros Indios Buenos Aires 171.376 3.369 6.000 Santa Fe 40.000 -- -- Entre Ríos 60.000 -- -- Corrientes 85.000 -- -- Córdoba 150.000 -- -- San Luis 35.000 -- -- Santiago del Estero 80.000 -- -- Mendoza 60.000 -- -- Tucumán 60.000 -- -- Catamarca 35.000 -- -- La Rioja 30.000 -- -- Salta 70.000 -- -- Jujuy 35.000 -- -- Chaco 30.000 -- -- ------- ---- ---- Total aproximado: 941.376 ? ?

Si se tiene en cuenta que en estas cifras la población nacional no india, era en su noventa por ciento mestiza ó de origen español y que de los que aparecen como extranjeros, un sesenta por ciento eran también españoles: que por otra parte, el cruzamiento con los indios había disminuído considerablemente, desde que el crecimiento de la población blanca lo mostrara innecesario, que todos los antecedentes eran españoles, desde que la independencia había roto vínculos políticos, más no los morales, más difíciles de desatar; se podrá afirmar que la Nación Argentina de 1853 en cuanto raza histórica, era una derivación de la española, con las modalidades que el suelo, la mezcla hispano-indo-negra y las circunstancias habían impuesto, sobre todo en la población de campo. Los sentimientos é ideas de aquellas gentes se habían modificado poco, y el desprecio de la ley, el culto del coraje, el deseo inmoderado de fortuna, la creencia en la grandeza futura del país, de que habla refiriéndolos á la colonia, un distinguido autor[11],--continuaban á través de los tiempos como continúan ahora, traduciéndose en el valor de nuestros hombres de campo, en las fortunas fáciles, y también en los presupuestos de gastos públicos fuera de proporción con las entradas reales del erario. Del mismo modo la arrogancia en sus diversas formas, la pereza criolla, la crueldad de épocas anteriores[12], dejaban traslucir el hecho bien real de que la colonia continuaba y aparecía bajo el velo de la nación nueva, como aparecen en las paredes los viejos letreros que han recibido una mano de pintura para permitir la colocación de otros nuevos, pintura que los ha atenuado sin borrarlos dejándolos traslucir cuando las claridades indiscretas del día lo permiten...

Pero en las ciudades, en las ciudades sobre todo, donde no había que luchar ni con el salvaje ni con el ganado, donde se recibían noticias frecuentes de Europa, era donde la vida colonial se continuaba y donde España descubría prolongaciones de si misma. Aun muchos años después las cosas no pasaban de otro modo; es así que un distinguido escritor, evocando recuerdos dice que «hasta 1870 Buenos Aires no era otra cosa que una ciudad de España, reproducida en América con su gobierno municipal y provincial, su milicia muy poco numerosa, un ejército cívico, una policía en embrión, sus serenos á estilo antiguo, su ausencia de tramways y otros medios de transporte, su empedrado escaso y áspero, sus calles sin cloacas, inundadas al primer aguacero que suprimía toda comunicación, sus ambiciones de campanario, su ausencia de telégrafo y su aislamiento que la falta de ferrocarriles y de caminos de penetración aumentaban. El país era muy estrecho; más allá del Azul y del Pergamino se estaba fuera de las fronteras. Los cristianos combatían en esos límites para defender sus ganados. Poco agradable era entonces vivir ahí donde la vida es hoy tan apacible y donde los únicos enemigos son la langosta y las autoridades de campaña»[13].

Se ha escrito, se escribe todavía achacando á aquellas mezclas, hibridismos y degeneraciones, aumentados quizás por las nuevas inmigraciones; aspectos que se dicen causas de decadencia y de muchos males. Yo no veo tal cosa, no creo en la degeneración argentina, ni estimo peligrosos los cruzamientos; de esas opiniones me ocuparé en un último capítulo.

Por ahora, dejo establecido que la población y la sociedad en 1853, eran tal como la he descripto, y veamos cuál era el grado de progreso en que se encontraba.

2. La Capital, desde tiempos coloniales, era algo así como el Petronio de la leyenda romana: sus gustos, sus formas, sus ideas llegaban á través de las pampas y de los desiertos á las ciudades de adentro, aunque alguna vez la docta Córdoba ó la elegante Tucumán, quisieran aparecer con aire de pretenciosas rivales.

En todas las ciudades, la religión se conservaba en su apogeo, y el cura amigo de la familia y consejero eficaz de la época colonial[14], se mantenía en muchos casos conservando sus prerrogativas.

Las ciudades eran religiosas: las procesiones continuas, las misas concurridas y respetadas, y los representantes de la iglesia afectuosamente recibidos en los hogares. Este respeto á la la religión influyó en los ánimos de los constituyentes, y á pesar de las oposiciones que se suscitaron, triunfó en la constitución la idea religiosa.

* * * * *

La educación pública y la instrucción tenían necesariamente que ser defectuosas y escasas: no obstante, pudieron ser peores. La universidad de Buenos Aires fundada por Rivadavia, había tenido bajo su dirección la enseñanza primaria y superior. Desde 1838 desapareció del presupuesto la asignación que se le había acordado hasta entonces, obligándosele á sostenerse por la acción privada. Sólo en febrero de 1852 se derogó el decreto que había quitado la protección oficial, y se reglamentó el derecho acordado á colegios particulares, de expedir certificados que valieran como cursos universitarios, de los que se había hecho algún abuso. Inicióse también entonces el departamento de estudios preparatorios. En 1853 se dió una nueva reglamentación á la facultad de medicina[15].

La Universidad de Córdoba á su vez, había vivido con vida muchas veces irregular, con cursos excesivamente teóricos unas veces, otras con uso de anticuados métodos, pero de cualquier modo, había vivido. En 1854 se puso bajo el gobierno de la confederación, el colegio de Monserrat[16].