Las transformaciones de la sociedad argentina y sus consecuencias institucionales (1853 à 1910)

Part 11

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Á la transformación material ha correspondido una transformación étnica de importancia suma: españoles, indios, negros, mulatos, y mestizos, han cedido al inmigrante el derecho de moldear el futuro pueblo. Por condiciones geográficas, han sido vencidos en la capital primero, luego en el litoral y la lucha dura en el interior todavía. No siempre se ha producido la substitución; también el mestizaje ha dado sus productos que no en todas partes han sido malos; productos que han originado juicios á mi entender, por excluyentes, parciales.

El doctor Ayarragaray en _La anarquía argentina y el caudillismo_ y en _La constitución étnica argentina_, el doctor Bunge en _Nuestra América_ y otros autores, consideran el producto del mestizaje como inferior y elemento malo, y juzgan que necesitará tiempo para que sus descendientes adquieran la inteligencia y aptitudes de los hijos de pueblos adelantados. «En el proceso de la mestización se suman los valores de la misma naturaleza; sólo se ligan las facultades é instintos comunes y vulgares, que forman el sedimento perenne de toda alma humana, sea cualquiera la cepa de la cual procede. En el híbrido, precisamente se combinan los elementos y las aptitudes inferiores; las cualidades superiores, individuales, antropológicamente incorporadas á la personalidad de la raza, se extinguen, una vez destruído el molde originario del tipo. Es la esencia sutil volatilizada, cuando se mezclan dos perfumes de distinta naturaleza, en un recipiente común»[72].

Por de pronto, débese convenir que el mote de híbrido con que caracterizan á tales individuos, es impropio: el término híbrido «aplícase al animal ó al vegetal procreado por dos individuos de distinta especie» y nadie sostendrá ya, que el hombre blanco y el hombre negro sean de especie distinta. En la innumerable gradación de pigmentaciones, hay de todo, y si los carácteres físicos y aun morales, son diversos, tal diversidad no es suficiente para que se llame híbridos á individuos que son simplemente mestizos; los cruces han producido toda clase de individuos: los hay, es verdad de aquellos que responden á todos los caracteres que los autores citados les atribuyen, como los hay que responden al tipo del _coya_ infeliz, modelo de degeneración. Pero en cambio los hay también que responden á los caracteres morales de los hombres de mayor civilización, que han llegado á desempeñar papel importante en la vida argentina, como hay mujeres que justifican en un todo las amables palabras que les dedica el señor Ameghino en un reciente artículo, ó los tiernos cantos de poetas y payadores.

El cruce y la amalgama dió, pues, un producto mestizo con las más variadas condiciones físicas y morales: muchos fueron los pueblos existentes en América y diversos entre sí: muchas las especies de españoles que vinieron: los resultados de sus cruzamientos fueron los más diversos, aumentando esta diversidad el factor negro.

Con tal amalgama se formó la base étnica argentina sobre la que vendrían á influír después en formas y cantidades que hemos visto, las grandes masas de europeos de todas las naciones; cada una de ellas agregó sus caracteres físicos y sus carácteres morales y continuó la transformación étnica: mas débese recordar también que el _carácter_ de una raza ó de un pueblo es un término muy elástico; que los pueblos se componen de individuos y que en éstos encuéntranse muchos caracteres distintos. Que sólo con reservas que siempre se tendrán presentes se puede hablar de la formación del _carácter_ de una raza ó pueblo.

Este moldeamiento del individuo argentino, continúa todavía: á los italianos, españoles, franceses se agregaron otros factores: ingleses y alemanes, austro-húngaros y suizos; ahora, Rusia y Turquía ocupan lugar importante y su presencia origina nuevos problemas étnicos. Se consideran estos elementos inadaptables, no solubles, por así decirlo. Su influencia étnica será quizás cuestión de tiempo.

3. Tanta formación y transformación social dió lugar y da aún, á que toda clase de afirmaciones respecto del carácter de este pueblo, de esta raza en formación tenga algún fundamento en los hechos, y que junto á himnos de grandeza que nacen después de un estudio de las cosas, aparezcan juicios pesimistas nacidos también después de tal estudio.

Me he referido al principio de este trabajo á las afirmaciones de Le Bon en su obra _Lois psichologiques de l’évolution des peuples_. Menester es ahora volver á considerarlo. Tiene mayor valor respecto de nuestro estudio el libro de Le Bon, por dos razones: la primera, por el nuevo sentido que da al término raza, retirándolo de las interminables cuestiones que se suscitaban y suscitan cuando se habla de razas naturales. Sin afirmar ni negar la existencia de razas naturales, nos encontramos con razas históricas en pueblos y naciones, más fáciles de determinar que aquellas otras; la segunda, es que al hablar de la Argentina no lo hace con ánimo predispuesto en pro ó en contra: no es su estudio un estudio de la Argentina; ésta llega con otras, sólo como ejemplo, como aplicación de principios establecidos en la obra, al estudio comparado de la evolución de los Estados Unidos de América y de las repúblicas hispano-americanas.

Por ésto, por tratarse de la aplicación de una teoría de ciencia social, la considero. Por la misma razón no lo hago con otras obras que ó son alabanzas ó reproches más ó menos fundados ó infundados, ó son simples descripciones de la vida argentina.

El trabajo de Le Bon, en la parte de aplicación de la teoría á los hechos, prueba sólo una cosa: la grande dificultad que se tiene para hacer aplicaciones de ciencia social, cuando no se basan en un conocimiento completo del pueblo sobre el cual se hace; cuando se toma una época para caracterizar un pueblo, y cuando se trata de que las cosas encajen en las teorías y no que las teorías se adapten á las cosas.

Después de un elogioso estudio de las instituciones y pueblo norteamericano, que no escapa por eso á algunos tintes sombríos y presagios de decadencia, se ocupa de las naciones sudamericanas. «Todas han adoptado la constitución política de los Estados Unidos, y viven, en consecuencia, bajo idénticas leyes. Y bien, por el sólo hecho de que la raza es diferente y le faltan las cualidades fundamentales que posee la que puebla los Estados Unidos, todas estas repúblicas, sin una sola excepción serán presa perpetuamente, de la más sangrienta anarquía, y á pesar de las riquezas asombrosas de su suelo, zozobran las unas después de las otras, en dilapidaciones de toda especie, en la bancarrota y el despotismo.» Así dice el sabio autor: y sin embargo, de todos los antecedentes aportados, resulta que fuera absurda falsedad lo que tales palabras significan si no fuera sólo un error ó ignorancia de las cosas. Ni es cierto que estas naciones continúen en sangrienta anarquía, ni que la bancarrota, dilapidaciones y despotismo las acompañen; y es aventurarse más de lo justo, atribuír á tales vicios carácter de perpetuidad. Bien es cierto que á reglón seguido Le Bon se descubre y muestra cuál ha sido el bagaje de conocimientos que le ha permitido pontificar en aquél modo. «Es necesario _recorrer_ la notable é imparcial obra de Th. Child, sobre las repúblicas hispano-americanas para apreciar lo profundo de su decadencia. Las causas están enteramente en la constitución mental de una raza que no tiene energía, voluntad ni moralidad. La ausencia de moralidad sobre todo, sobrepasa lo que de peor conocemos en Europa». Hace alguna salvedad en favor del Brasil. Citando una de las ciudades más importantes, Buenos Aires, el autor la declara inhabitable para cualquiera que tenga alguna delicadeza de conciencia y moralidad[73]. En términos parecidos se refiere al comercio argentino; así también á las instituciones. En seguida «toda la industria y todo el comercio están en manos de extranjeros: ingleses, americanos y alemanes». «La República Argentina cuenta cuatro millones de blancos de origen español: no sé si se citaría uno solo fuera de los extranjeros, que esté á la cabeza de una industria importante». Y termina el capítulo «esta espantosa decadencia de la raza latina, abandonada á sí misma, puesta en presencia de la prosperidad de la raza inglesa en un país vecino, es una de las más sombrías, de las más tristes y, al mismo tiempo, de las más instructivas experiencias que se pueden citar en apoyo de las leyes psicológicas que he expuesto». Es en la opinión de Child, viajero en estos pueblos, que Le Bon apoyó sus afirmaciones: la obra es _imparcial_, sin que sepamos por qué y vale más que estadísticas, memorias y cuánto pudiera haber tenido á mano. Así, estas regiones son declaradas inhabitables, sin recordar á sus millares de compatriotas que en la época vivían en ella. Y así también, con igual criterio puede hablarnos de falta de moralidad. Olvida la industria ganadera, desconociendo á los argentinos cualquier intervención en las industrias, y á fuerza de atacar, sólo cree que lo bueno lo trajeron ingleses, alemanes y americanos, sin recordar que son los latinos más latinos, los italianos, los que han producido la mayor transformación económica y los más grandes adelantos. Y amenaza una espantosa decadencia, un cataclismo final, basado siempre en ajenas afirmaciones.

El estudio que hemos hecho en todo el trabajo demuestra que toda esa amenaza es pueril: que la República Argentina, como otras americanas, marcha en la vida de los mayores progresos, no obstante tantos y tantos vicios que puedan imputárseles á sus hijos. Que la raza nueva es fuerte, que asciende y no degenera y que en su estudio, de complejidad suma, debe tenerse mucha cautela. De otro modo, hasta los sabios exponen al ridículo su ignorancia.

La parte teórica de la obra de Le Bon es excelente: basta recordar la síntesis que hiciéramos en el primer capítulo y aplicarla á la Argentina, después de conocer todos los datos que hemos aportado en los capítulos anteriores; se verá así que los resultados son bien distintos de los que expresara aquel autor, fundado en sospechosos juicios ajenos y con conocimiento incompleto de los hechos.

La formación étnica argentina, no ha terminado, decíamos antes; continúa. El factor inmigratorio es su gran palanca y la fusión de todas las razas toma forma en el nuevo individuo. Así se forman argentinos; el inmigrante se hace argentino de corazón, y sus hijos lo son también, de corazón y naturaleza: el pilluelo, hijo del inmigrante, «ese niño vagabundo y curioso, eterno ocupante de la calle, es el que aplaude con más calor las escuelas de cadetes, que con su encantadora gravedad desfilan en los días de la patria, el que viva con bullicioso entusiasmo la bandera haraposa del viejo y glorioso batallón, el que acompaña á las tropas más lejos, el que no falta á la lista, el que se asocia con la más candorosa y sincera decisión á todas las cosas populares en que está el pabellón y el uniforme»[74].

No estaba en un error, pues, el señor Belmar, cuando en su obra escrita en 1856, decía: «El porvenir del Río de la Plata está en la inmigración y la colonización... florecientes campos cubiertos de una inmensa variedad de productos, ciudades, pueblos, usinas, de toda especie, establecimientos agrícolas ó comerciales que se diría creados por la varita de algún mago, surgen de todas partes, las selvas se aclaran, el desierto retrocede con sus huéspedes espantados y los ríos que arrastraban cocodrilos y camalotes, pasean actualmente rápidos navíos. Ligados ya por rieles, telégrafo eléctrico, navegación á vapor, _y quizás un día por la navegación aérea_, las dos Américas, los dos mundos se darán la mano, para ser sólo y á pesar de los grandes ríos, cordilleras y océanos, un mismo país donde se desarrolle el vasto bazar de la industria universal... Acabamos, repitiendo con la más sincera convicción: un gran camino de bienestar, un camino largo tiempo esperado, se ha abierto para las clases trabajadoras que llenan el suelo de Europa, y que manteniendo la llaga del pauperismo inquietan á los gobiernos y afligen á los gobernados. Esperemos que el buen sentido de las poblaciones que sufren, y, si necesario es, el sólo instinto del interés, les harán ver de más en más, en la colonización de que acabamos de trazar un bosquejo fiel, una providencial tabla de salvación»[75].

4. Á esta transformación de las cosas é individuos ha respondido el nacimiento y transformación de las instituciones, que serán después materia de nuevas transformaciones. Hemos recordado, en cada caso las nuevas leyes de interés general, así como las reformas constitucionales que los diversos momentos exigían. El punto de partida fué la Constitución de 1853 y de allí en adelante la legislación del país se desarrolló á medida que las necesidades lo reclamaban; la legislación española que había precedido cedió á la nueva; códigos y leyes aparecieron, y muchas veces se adelantaron al momento, quizás porque en la mente de sus autores estuviera concebida en términos precisos la idea y conocimiento de futuros destinos. Así se llegó á la época contemporánea, en que los adelantos de la industria y las nuevas orientaciones sociales de toda clase demandan imperiosamente nuevas legislaciones; en que la inmigración hecha poderosa exige el estudio de las condiciones en que mejor se adaptará; en que la tierra elevando de continuo su precio de costo, reclama también un estudio detenido necesario para resolver los nuevos problemas que se plantean.

Instituciones y sociedad, deben marchar al unísono; en el primer capítulo nos ocupábamos de tal axioma y en los subsiguientes vimos que éste era de aplicación á nuestro estudio. Pero tambien allí nos planteábamos el problema que resurge ahora; conviene advertir que se presenta en la Argentina con mayor importancia que en otras naciones, pues fundado en el estudio social de pueblos cuya vida y sociabilidad se transforma con lentitud, debe aplicarse á un pueblo cuyas transformaciones se efectúan con grande rapidez.

Las premisas del problema son las siguientes:

_a_) Las instituciones deben acordar con el modo de ser y con la vida del pueblo al que se destinan;

_b_) El pueblo argentino, varía continuamente en la formación de su raza histórica, en el estado de su industria y comercio; la rapidez de la variación es distinta en una región que en otra.

El problema: ¿pueden dictarse constituciones y leyes más ó menos permanentes para un pueblo en tales condiciones? ¿se debe dejarlo con el menor número de ellas, ó sin ellas? ¿se puede imponer á todo habitante natural ó extranjero una conducta determinada? ¿Cuál puede ser la solución para la Argentina?

Entiendo que la cuestión exige varias cosas:

En primer lugar, que se recuerde, que no es el pueblo el que debe adaptarse á las instituciones sino éstas á aquél; siendo las instituciones limitación de derechos ó preservativos contra limitaciones traídas por otros individuos, deben ser las precisamente necesarias y nada más.

En segundo lugar, que ocurre una distinción: unas disposiciones constitucionales ó legales, responden á modos de ser generales del individuo humano. Afirman principios y garantizan libertades por las cuales ha luchado la humanidad en toda la época contemporánea y en todos los pueblos civilizados; principios concebidos como aspiraciones unas veces y en otras convertidos en realidad; tales son la idea de la libertad, el deseo de la intervención de todos en la cosa pública, el de la libertad de conciencia, el de no ser penado sin juicio previo, y así muchos más.

Otras, responden á modos de ser de un pueblo en un momento determinado: no tienen la universalidad de los anteriores; tales son, la religión adoptada por el Estado, el régimen de gobierno, el régimen de matrimonio, las instituciones que rigen las relaciones privadas; las relaciones de comercio libre ó protegido y tantas más, bien fáciles de determinar.

Las primeras, aspiraciones humanas, pueden y deben ser mantenidas en constituciones y leyes: si todos los pueblos las desean, en nada influirá la forma de constitución étnica de la Argentina; serán buenas en todo momento; más aun: aun cuando el pueblo no estuviera en condiciones de recibirlas, se pueden mantener como ideales que se alcanzarán en parte alguna vez; la ley constante de su realidad hace que esto no esté en pugna con el principio tal como antes lo formulábamos. Leyes y constituciones argentinas deben mantener aquellos principios de libertad y justicia, que no son argentinos, son humanos, y estarán en su lugar en cualquier nación.

Las segundas, las que se refieren á nuestro modo propio de ser, á un momento de la vida argentina, no pueden tener sino carácter de transitorias: la forma de gobierno, adoptada como transacción en un momento dado, que no respondía á todos los antecedentes argentinos, que no responde á muchas de las ideas que los tiempos han hecho que se originen, que diariamente se señala como defectuosa, no tiene carácter de permanencia; el régimen del matrimonio indisoluble y con derechos distintos de los que otras leyes acuerdan, tampoco puede ser invariable: la religión sostenida por el Estado, el régimen de la propiedad, el proteccionismo aduanero, no pueden ser permanentes; mejor dicho pueden estar sometidas á cambios.

Así las unas serán permanentes y útiles mientras se forma la raza histórica argentina; las otras serán transitorias, útiles del momento, variables en el mañana.

La idolatría constitucional y legal que á diario vemos, no tiene razón de ser: que se sustenten ideales de libertad y grandeza, de dignidad y justicia, pero que no se considere á disposiciones meramente transitorias como principios indestructibles, revelados por seres superiores, libres del error. El respeto á los patriotas conciudadanos que nos dieron constitución y leyes, consiste en reconocerles el acierto con que procedieron en el momento en que rindieron sus afanes, la verdad de los principios humanos que quisieron afirmar. Pero es irrespetuoso el atribuírles la afirmación de bondad eterna para otros principios que concibieron sólo como útiles en el momento, pero variables después. Si ellos revivieran un instante, su indignación sería magna contra el mundo de idólatras, que desvirtuando sus intenciones, los convierte en falsos profetas.

Noviembre de 1910.

NOTAS:

[1] J. A. GARCÍA, _Introducción al estudio de las ciencias sociales argentinas_, pág. 90. Buenos Aires. P. Igón y C^a, 1899.

[2] R. RIVAROLA, _La nacionalidad argentina_. _Rev. Athenas_, año 1, número 2, página 108, Buenos Aires, 1901.

[3] V. F. LÓPEZ, _Historia de la República Argentina_, t. I, pág. LVI, Buenos Aires, C. Casavalle, 1883.

[4] G. LE BON, _Lois psycologiques de l’évolution des peuples_, pág. 41, París, F. Alcan. 1895.

[5] G. LE BON., _bo cit._, pág. 44.

[6] E. R. A. SELIGMAN, _La interpretación económica de la historia_, Trad. de Posada y Sempere; pág. 77. Madrid. lib. Fernando Fe.

[7] E. A. S. DELACHAUX, _La población de la República Argentina, Rev. de la Universidad de Buenos Aires_, t. 3. pág. 18. Buenos Aires, 1905.

[8] _Registro nacional de la República Argentina_, t. III, número 3051, Buenos Aires, imprenta de _La República_, 1882.

[9] _Registro nacional de la República Argentina_, t. I, número 360, Buenos Aires, imprenta de _La República_, 1879.

[10] M. A. BÉLMAR, _Les provinces de la fédération Argentine et Buenos Aires_, pág. 3. París, imprenta D’Aubusson et Kugelmann, 1856.

[11] J. A. GARCÍA, _La ciudad indiana_, pág. 13 y sig. Buenos Aires, A. Estrada, 1900; ID., _Introducción el estudio de las ciencias sociales argentinas_, pág. 55 y sig.

[12] C. O. Bunge, _Nuestra América_, pág. 193, 196, etc. Buenos Aires. V. Abeledo, 1905.

[13] E. DAIREAUX, _Aristocracia de antaño. Revista de derecho, historia_, etc., t. 2, pág. 36. Buenos Aires, 1898.

[14] J. A. GARCÍA, _La ciudad indiana_, pág. 94.

[15] A. ALCORTA, _La instrucción secundaria_, cap. V. Buenos Aires, J. Lajouane, 1886; N. PIÑERO, E. L. BIDAU, _Historia de la Universidad de Buenos Aires en los Anales de la Universidad de Buenos Aires_, cap. I, Buenos Aires, 1888.

[16] J. R. FERNÁNDEZ, _Enseñanza secundaria y normal de la República Argentina_. Sección 1^a. Buenos Aires, Taller tip. de la Penitenciaría Nacional. 1903.

[17] J. R. FERNÁNDEZ: _ob. cit._, pág. 39.

[18] _Id._, _id._, pág. 51.

[19] _Id._, _id._, pág. 63.

[20] E. SCHIAFFINO, _La evolución del gusto artístico en Buenos Aires_. Número de _La Nación_, 25 de mayo de 1910, pág. 187.

[21] M. A. BELMAR, _ob. cit._, pág. 35.

[22] M. DE MOUSSY, _Description géographique et statistique de la Confédération Argentine_, t. 2, pág. 542. París, Didot frères fils et C^{ie}, 1860.

[23] D. F. SARMIENTO, _Obras_, t. VII, _Civilización y barbarie_, pág. 41. Santiago de Chile, Imp. Gutenberg. 1889.

[24] J. A. TERRY, _Contribución á la historia financiera de la República Argentina_. Número de _La Nación_ del 25 de mayo de 1910, pág. 60.

[25] Reg. nacional, número 1300.

[26] _Convención nacional de 1898. Antecedentes. Congreso constituyente de 1853 y convenciones reformadoras de 1860 y 1866_. Sesión número 39 del congreso general constituyente de 1853, pág. 299. Buenos Aires. Comp. Sudamericana de billetes de banco, 1899.

[27] J. M. ESTRADA. Curso de derecho constitucional, federal, administrativo, pág. 49 y sig., Buenos Aires. Comp. Sudamericana de billetes de banco, 1875.

[28] J. A. ALSINA, _La inmigración europea en la República Argentina_, pág. 37 y sig., Buenos Aires, 1900.

[29] M. A. BELMAR, _ob. cit._, pág. 153.

[30] Véase G. PARISI, _Storia degl’italiani nell’ Argentina_. Roma, ed. Voghera, 1907; B. CITTADINI, _Cuarenta años después_, en _La Nación_, 25 de mayo de 1910, pág. 204.

[31] M. DE MOUSSY, _ob. cit._, t. II, pág. 291.

[32] E. DAIREAUX, _Aristocracia de antaño_, en _Revista de derecho, historia y letras_, t. I, pág. 36, Buenos Aires, 1898.

[33] O. MAGNASCO, _Nuestro derecho en la centuria_, en _La Nación_, 25 de mayo 1910, pág. 87.

[34] M. DE MOUSSY, _ob. cit._, t. I., pág. 6.

[35] Véase: H. PAPILLAUD, _L’effort français_ en _Argentine_, en número de _La Nación_, 25 de mayo de 1910, pág. 212; MULHALL, _Las repúblicas del Plata_. Imprenta del _Standart_. Buenos Aires.

[36] M. DE MOUSSY, _ob. cit._, t. II, pág. 282.

[37] M. DE MOUSSY, _ob. cit._, t. I, pág. 546.

[38] M. DE MOUSSY, _ob. cit._, t. I, pág. 44.

[39] C. ONELLI, _Los progresos argentinos en el siglo_, en número de _La Nación_, 25 de mayo 1910, pág. 268.

[40] M. DE MOUSSY, _ob. cit._, t. II. pág. 275.

[41] F. BILBAO, _Obras completas_, t. II, pág. 338. Buenos Aires, Imp. de Buenos Aires. 1865.

[42] ID., t. II, pág. 377.

[43] J. V. LASTARRIA, _La América_, pág. 191 y siguientes. Gante, Imp. de E. Vanderhaeghen, 1867.

[44] J. V. LASTARRIA, _ob. cit._, pág. 103.

[45] M. BILBAO, _Buenos Aires_, pág. 250 y siguientes. Buenos Aires, J. A. Alsina. 1902.

[46] M. BILBAO, _ob. cit._, pág. 258 y siguientes.

[47] ONELLI, _art. cit._

[48] Cifras reproducidas por el censo de 1895, pág. XXX.

[49] J. A. ALSINA, _ob. cit._, pág. 238.

[50] G. WILCKEN, _Las colonias_; Buenos Aires, imp. de la Soc. Anónima, 1873.

[51] Véase: B. MITRE, _Arengas_, t. I, pág. 172, Buenos Aires. Ed. de _La Nación_, 1902.

[52] J. A. ALSINA, _ob. cit._, pág. 73.

[53] J. A. ALSINA, _ob. cit._, pág. 184 á 191.

[54] C. L. FREGEIRO. _Apuntes tomados en su curso de 1902_, en la Facultad de Filosofía y Letras.

[55] G. PARISI, _ob. cit._, pág. 198.

[56] G. PARISI, _ob. cit._, pág. 375 y 381.

[57] J. A. GARCÍA. _Introducción al estudio de las ciencias sociales argentinas_, pág. 127.

[58] Véase: _Ley de matrimonio civil_. Discusión en el Congreso nacional, Buenos Aires, imprenta Tribuna nacional, 1888.

[59] R. RIVAROLA, _Derecho penal argentino_, pág. 5. Buenos Aires. 1910. G. Mendesky é hijo.

[60] E. DEL VALLE IBERLUCEA, _El movimiento socialista en la república_, en los _Anales de la facultad de derecho de Buenos Aires_, números 7 y 8, páginas 304 y 306, año 1903.