Las Ilusiones del Doctor Faustino, v.2

Part 8

Chapter 84,020 wordsPublic domain

Estas y otras consideraciones alejaban al Doctor de la política y le hacían capaz de exclamar, como aquel viajero de un cuento de Voltaire, cuando llegó á Persia, donde ardía la guerra civil, y le preguntaron qué prefería, si el carnero blanco ó el carnero negro, que, con tal de que el carnero estuviese bien asado, el color de la lana importaba poco; que si, ora pidiendo carnero blanco, ora carnero negro, habían de consumir en la lucha todos los otros carneros; y que si, ora pidiendo á Jesús, ora á Barrabás, habían de hacer siempre barrabasadas, más valía que las hiciesen pronto y de común acuerdo, sin pelearse ni arruinarlos á todos.

Si el Doctor se hubiera limitado á sentir y pensar así, aunque nosotros hallamos que hubiera sentido y pensado desatinadamente, no le hubiera sido perjudicial; pero lo peor era la maldita franqueza de su condición, la cual no consentía que se le pudriese en el alma ni sentimiento ni pensamiento alguno, por recóndito que debiera tenerse. De este modo--y por ser tan escéptico en política,--no consiguió jamás ni siquiera ser diputado.

Otra de sus ilusiones, y de las más persistentes y tenaces, fué la de creerse un gran filósofo. Mas por lo mismo que tal se creía, le era más difícil dar á luz escritos filosóficos. ¿Cómo había él de conformarse con ninguno de los sistemas inventados ya en tierras extrañas y sucesivamente de moda en nuestro país? No había de ser tradicionalista ni flamante tomista; y ni Cousin primero, ni Kant, ni Hegel, ni Krause por último, lograron alistarle bajo sus banderas. El Doctor soñaba con sacar á relucir, cuando menos el mundo se lo percatase, un nuevo sistema todo suyo. Así se pasaban los años y no producía nada. Consolábase, no obstante, con una sentencia, que no recordamos bien si es ó no de Aristóteles, por la cual se afirma que hasta bien cumplidos los cincuenta, no llega el hombre á toda la madurez y plenitud de su entendimiento. El Doctor aguardaba, pues, dicha edad para eclipsar á Krause, á Kant y á Hegel.

También, pasado ya algún tiempo, y conservando en el alma, sólo como una dulce memoria que interiormente la iluminaba, la bella imagen de María, trató el Doctor de brillar en la alta sociedad y de ser amado de las damas madrileñas; pero esta ilusión fué más vana que las otras. Todo el toque de la dificultad, todo el busilis de este negocio, según el Doctor había oído decir, estribaba en que alguna muy elevada le quisiese. Las otras le tendrían al punto por hombre digno de amor, y acudirían á él como á la miel las moscas. Por desgracia, no halló el Doctor á ésta que, digámoslo así, había de romper la marcha. No era posible tampoco renovar la estratagema de aquel empresario de la plaza de toros, que en tiempo en que había menos afición que hoy notó que ningún año iba gente á la primera corrida, sino que empezaba la gente á ir á la segunda, y decidió dar principio por la segunda para que hubiera gente desde luego. Lo cierto es que, sin posición, sin el brillo de la gloria ó de la riqueza ó de los mismos triunfos en otros amores, obscuro, algo encogido, pobre como las ratas, pisaverde de casa de huéspedes, en suma, es muy difícil deslumbrar al bello sexo. No se halla á cada paso una princesa del Catay, una Angélica amorosa, que elija por su Medoro á un señorito sin nombre, poco ameno además, y dado á melancolías. El Doctor, por lo tanto, era en Madrid como aquel Leonardo que Camoens nos pinta en _Los Lusiadas_, tan infortunado en amores, que en la propia isla de Venus, donde todo estaba dispuesto para agasajar y deleitar á los heroicos portugueses, estuvo á pique de no topar con una sola ninfa que se le mostrase piadosa y que no huyera de él como de la peste.

Como el Doctor se acicalaba y vestía con alguna elegancia y esmero, iba á los teatros, á los bailes y reuniones, y hacía de vez en cuando alguna calaverada, por ejemplo, perder quinientos ó mil reales al juego, ó ir á comer ó cenar á una fonda, juzgándose por un instante, en aquella ocasión, un Sardanápalo ninivita, un Baltasar babilónico, un romano de la decadencia ó un mega-duque del Bajo Imperio, siendo esto del Bajo Imperio lo que priva más entre los escritores políticos y moralistas al considerar el lujo y relajación de nuestra edad, y echarla de Juvenales y de Tertulianos severos; y como por otro lado, las poesías líricas, la epopeya, los dramas que no llegaban á concluirse, y el sistema filosófico que no acababa de inventarse, no producían, ni era natural que produjesen, un ochavo, el pobre Doctor estaba casi siempre á la cuarta pregunta. El caudal de Villabermeja (aunque, según á mí me han asegurado, Respetilla era fiel administrador, por más que parezca inverosímil) apenas producía para pagar los réditos de los seis mil duros y enviar mil reales mensuales al Doctor, los cuales desaparecían casi siempre á los tres ó cuatro días de cobrada la letra.

El Doctor, en estos apuros, empezó á contraer deudas; pero era tan inepto en la ciencia práctica del crédito, parte la más esencial de la crematística, que sólo acertó á deber al sastre, al zapatero, al guantero y á la pupilera, que le pedían de continuo que pagase. Entonces, olvidando ya las altas ciencias ocultas á que había pensado consagrar su vida, no pensó el Doctor en más ciencias ocultas que en la crisopeya. Él, que había soñado con descubrir la fuerza íntima, el principio divino que mueve y anima el universo, y apoderarse de él para gobernarlo y dirigirlo todo, se limitó entonces á ver cómo lograba reunir un poco de dinero, y lo peor es que no lo consiguió.

Con este desengaño acabó por lo que acaban otros y por lo que muchos empiezan: por suponer que el presupuesto es el hospicio de los mendigos de levita, la sopa de los conventos para la pobretería ilustrada, y el refugio y el hospital de los pordioseros leídos. El Doctor pretendió un empleo, y al cabo consiguió que se le diesen, de ocho mil reales al año, en el Ministerio de la Gobernación. Unas veces cayendo, otras levantándose, ya repuesto, ya cesante, ya repuesto otra vez, llegó nuestro héroe á tener catorce mil reales de sueldo, catorce años de servicio y diez y siete años de vida de Madrid.

Siempre fué el Doctor un detestable empleado; pero no le faltaron amigos que le sostuvieran en su empleo.

Claro está que otros, con menos capacidad que el Doctor, llegan á directores, á consejeros de Estado y hasta á ministros; así anda ello; pero no es menos claro que lo deben á casualidades dichosas (ya se entiende que no para el país), y no á todos les han de tocar estas casualidades, como no á todos les toca la lotería. Por sus condiciones de carácter y de entendimiento, por su idiosincrasia, como se dice tanto ahora, no era el Doctor de los que por sí, y sin que interviniesen las referidas casualidades, podía ir más allá del punto á donde llegó. Así es que no pasó de dicho punto, y gracias.

Toda esta parte de la vida del Doctor se refiere aquí en compendio y á escape, porque no importa mucho á la acción ó argumento principal de esta verdadera historia, si es que en esta verdadera historia quiere concederme el lector que hay una acción única, con unidad clásica y patente.

Sea como sea, el Doctor Faustino, avergonzado de no ser más que auxiliar en un Ministerio, y esperando siempre el día en que había de elevarse á personaje, no quiso volver á poner los pies en Villabermeja, donde había pasado por un pozo de ciencia, por un prodigio de talento y por uno de los más egregios caballeros, señorones y alcaides perpetuos que jamás han existido. Así llegó á la edad de cuarenta y pico de años, harto maltratado de la suerte, pero nunca desilusionado.

Todas las noches dejaba para la mañana siguiente el poner manos á la obra y el empezar á escribir su gran _Tratado de Filosofía_, ó concluir su colosal epopeya, ó resollar con alguna peregrina y pasmosa invención que aturdiese á los nacidos. Nada, sin embargo, se realizaba jamás.

Amanecía Dios: el Doctor iba á su oficina á extractar expedientes ó á arrullarles el sueño; comía luego sus pícaros garbanzos, cuando no le convidaban en alguna casa de fuste, y siempre por las noches andaba de tertulia en tertulia. Nadie le quería ni bien ni mal, porque á nadie estorbaba, como no fuese á alguien que desease ser auxiliar como él; pero el Doctor no tenía un solo conocido que desease tan poco, sino que los paisanos deseaban ser ministros ó superintendentes generales de Hacienda en Cuba; y los clérigos, arzobispos; y los militares, capitanes generales y dictadores. Menester hubiera sido que se allanase el Doctor á ir de tertulia á las tiendas de aceite y vinagre para encontrar ya muchos envidiosos. Con tan elástico impulso aupaba el trampolín de la política, y tan rápido iba haciéndose el turno en los altos icarios, que había esperanzas de sobra para cualquier titiritero. El Doctor, en medio de todo, conservaba siempre las suyas, risueñas y halagadoras, y presentía que, sin saber aún por qué, ni cómo, ni cuándo, acabarían las gentes por envidiarle. Con estas esperanzas se distraía y consolaba.

[Imagen decorativa]

XXVII.

CABOS SUELTOS

No faltará quien halle inverosímil la poca ó ninguna carrera que hizo en Madrid D. Faustino López de Mendoza. Ó D. Faustino era tonto ó no lo era, dirán. Si era tonto, debió pintarle tonto el autor de esta historia; pero como le ha pintado discreto, aunque extravagante, no se comprende cómo no llegó á elevarse en esta sociedad agitadísima y revuelta, donde tan fáciles son las elevaciones.

Contra estos argumentos va ya mucho en el capítulo anterior. Sin embargo, prefiriendo nosotros pasar por pesados á pasar por aficionados á lo inverosímil, vamos á añadir otras razones.

En España está el entendimiento muy repartido: casi no existe la gran masa de tontos utilísimos, mansos, gobernables, industriosos, trabajadores y fáciles de entusiasmar, que existe en otras naciones más dichosas, donde el entendimiento está reconcentrado y como vinculado en pocos hombres.

Hay, pues, en España, muchos más de entendimiento que por ahí en otras tierras; pero en cambio cabemos á bastante menos entendimiento. Apenas si pasa nadie de lo que se llama listo ó travieso. Esta listura ó travesura, no auxiliada por gran saber, porque somos perezosos, no da para lo bueno el fruto que debiera dar; y por otra parte, como son tantos los que la tienen, en mayor ó menor grado, raro es el hombre en quien llega á constituir tal excelencia, que le distinga y eleve con el asentimiento general sobre el nivel de los otros, y le haga apto para el mando. De aquí lo instable de toda dominación y la escasa reverencia con que se mira á quien la ejerce. De aquí además el que haya tantos y tantos que aspiren á ejercerla, creyéndose con títulos iguales ó superiores á los más encumbrados.

En esta perpetua contienda por subir toman parte unos cuantos miles de hombres: el proletario de levita. Como hay, cada año casi, caídas y encumbramientos, llegan á ser personajes los más capaces sin duda; llega á serlo también un tanto por ciento de los meramente listos; pero como los listos abundan, los más se quedan tocando tabletas. Lo que sucede es que de los que se quedan no nos volvemos á acordar y nos parece que no han existido. Sólo de vez en cuando reconocemos y recordamos á tal cual de ellos, antiguo compañero de colegio, de universidad ó de los primeros años de la vida, en alguien que viene cubierto de harapos á pedirnos una limosna ó un empleo de cinco ó seis mil reales, cuando en otro tiempo esperaba llegar á duque ó á príncipe, y aun entendía que se quedaba corto.

Que el carácter de las personas influye mucho en la diversidad de éxitos, es cosa de que no se puede dudar; pero la suerte, el mal llamado acaso, esto es, la combinación y enlace de los sucesos, que no hay mente humana que prevea, influyen más aún. Por lo demás, lo inexplicable, lo misterioso, lo inverosímil en grado superlativo, en cualquiera otro país donde, como en España, no haya privilegios aristocráticos ni valga el capricho de un rey, es el encumbramiento de la gente inepta por todos estilos. Lo que es el que don Faustino se quedase siempre con catorce mil reales de sueldo y no pasase más allá, era natural, verosímil y justo en todo país, sin que por eso tengamos que calificar de idiota, ni de mucho menos, al protagonista de nuestra historia.

El momento de los grandes sucesos que van á terminarla se aproxima ya; pero antes nos parece indispensable atar algunos cabos sueltos; decir algo de lo que sucedió á varios de los personajes más importantes durante los diez y siete años que tan sin dicha perdió en Madrid D. Faustino.

El escribano D. Juan Crisóstomo Gutiérrez murió tranquila y cristianamente en su lecho. El padre Piñón, que le asistió en aquel último trance, exigió de él que se casase con Elvirita. El Escribano se casó, reconociendo y legitimando á un hijo que de Elvirita tenía, llamado Serafinito, á quien ya hemos visto figurar en la introducción de esta historia. Los bienes del Escribano eran tan cuantiosos, que, divididos en partes iguales entre sus tres hijos, bastaron á dejarlos muy ricos á todos.

En el momento de nuestra historia á que hemos llegado, Serafinito permanecía soltero, y Ramoncita hacía años que estaba casada con D. Jerónimo, el cual ejercía con gran éxito y tino la medicina en Villabermeja. Aunque no tenían hijos que extrechasen los lazos conyugales y completasen su dicha, la _Médica_ y el Médico vivían muy felices.

Rosita, á pesar de sus lances con D. Faustino, harto escandalosos para que pudieran olvidarse, era tan graciosa, tan discreta, tan firme de voluntad y tan rica para aquellos lugares, que siguió siendo pretendida de muchos. Sólo de ella dependía el hacer ó no lo que se llama un buen casamiento.

El amor al régimen autonómico, y tal vez el recuerdo de D. Faustino y de su abandono, indujeron á Rosita á que continuase soltera durante algunos años más. Según hemos dicho, Rosita era una hermosura de bronce. Llegó á los treinta, llegó á los treinta y dos, llegó, en fin, á los treinta y ocho, y aun parecía la misma Rosita del día y de la noche de la Nava. Sin embargo, al frisar en los cuarenta, aunque su cara y su limpio y bien formado cuerpo, con el aseo, el ejercicio constante y los aires campesinos, estaban como siempre, sin que la gordura hubiese venido á desfigurarlos, ni una delgadez malsana hubiese impreso en su piel trigueña, delicada y tersa, ni mancha ni arruga, Rosita hubo de tener melancólicos presentimientos de que la vejez empezaba á surgir en las profundidades y abismos de su ser, por más que por la superficie no apareciera. Aquella mocedad, aquella gallardía, aquella gracia que aun conservaba, eran como un milagro de su voluntad enérgica, y el milagro podía tener término. Algunas canas que aparecían entre su negra y hermosa cabellera eran el único signo exterior que le anunciaba la venida de la vejez. Esto bastó, no obstante, para que Rosita pensase con espanto en la vejez, y sobre todo en la vejez solitaria. Un deseo ambicioso de encumbrarse más, de figurar y de lucir fuera de Villabermeja, de triunfos, de esplendores y de conquistas en más vasto teatro, y de deslumbrar aún con la luz de su belleza antes que del todo se eclipsase, se apoderó entonces del alma de Rosita.

Entre sus pretendientes se contaba D. Claudio Martínez, consecuente hombre político, y diputado á Cortes casi perpetuo por el distrito de que formaba parte Villabermeja. D. Claudio había hablado cuatro ó cinco veces sobre Hacienda en las sesiones del Congreso, y había llegado á ser director general en el Ministerio de aquel ramo. Allí se había dado tan buena maña, que había formado un capitalito de un par de millones. Era, pues, un señor de muchas campanillas, un pájaro de cuenta, en potencia propincua de ser ministro, título, banquero, ó las tres cosas.

Solterón de cuarenta y pico de años, estaba bien conservado, y era alegre, servicial y ameno. Trataba con tal llaneza á todos sus electores, les buscaba tantos empleos, y les desempeñaba tantos encargos y comisiones, que era adorado por todo el distrito. Su retrato, ora al óleo, ora en fotografía iluminada, resplandecía en las casas consistoriales de los cinco ó seis pueblos que el distrito formaban. En todos ellos le recibían con repique general de campanas é iluminación cuando volvía de Madrid. En todos ellos se daban comilonas, bailes y giras campestres en su obsequio. Y de todos ellos le enviaban, cuando estaba en Madrid, barriles del mejor vino, piñonate, hojaldres, alfajores, arrope y otra multitud de regalos.

No era Rosita mujer que se dejase deslumbrar por tales grandezas. Cuando no su claro entendimiento, su instinto hubiera sobrado para darle á conocer que D. Claudio era un personaje vulgar; lo que llaman por allá un tío. Á veces le comparaba con el cruel alcaide perpetuo, y éste le parecía aún de oro puro, y el D. Claudio de muy bajo y ruín metal; pero D. Faustino era un dije funesto ó inútil, un primor, una joya que no servía para nada, mientras que D. Claudio era y podía ser un instrumento provechoso para conseguir multitud de cosas y realizar mil gratos ensueños. Rosita concibió la idea de su casamiento con Don Claudio como una sociedad en comandita, donde, unidos capitales y aptitudes, podrían encumbrarse pronto los socios al pináculo de la riqueza y de los honores. Esto la sedujo; y si bien D. Claudio distaba infinito de inspirarle amor, como no le inspiraba repugnancia, Rosita se casó con Don Claudio.

Años hacía que ambos esposos vivían en Madrid, donde Rosita era admirada por su talento y su chiste, y donde aun tenía mil adoradores, aunque ya jamona. La casa de D. Claudio era el centro de lo más ilustre y empingorotado que había en Madrid en la sociedad de medio pelo. Rosita era la _lionne_, la reina, la emperatriz de las cursis. Lo menos catorce ó quince poetas, simultánea ó sucesivamente, habían hecho de ella su musa, su Laura ó su Beatriz, y le habían compuesto baladas, elegías, cantares y doloras. Rosita procuraba hacer creer que sus amores con todos estos vates habían sido platónicos, y no hay razón para que no la creamos. Propalaban, por último, algunas malas lenguas, que el general Pérez era más dichoso, ó dígase no era, como los poetas, tan severo secuaz del gran filósofo griego en sus amores con Rosita. Ello es que el general Pérez tenía vara alta con todos los ministros, y en particular con el de Hacienda y con el director del Tesoro, cerca de los cuales prestaba todo su apoyo á Don Claudio, quien siempre tenía pendientes de allí una infinidad de enredos, tramoyas y discretas é ingeniosas combinaciones para dislocar el dinero, alzándose con él.

Entre la turba perezosa y torpe De los demás mortales.

Don Claudio iba aproximándose cada vez más á su ideal, á ser un capitalista, cuya misión en el mundo solía comparar él á la de los grandes pantanos artificiales, donde se reúnen y acumulan las aguas que sirven después para fecundar con su riego inmensos terrenos incultos, antes secos y estériles. Considerándose D. Claudio uno de estos pantanos, trataba de llenarle y llenarse pronto y bien; su mujer, Rosita, le ayudaba como podía.

Don Faustino no había puesto nunca los pies en casa de Rosita; pero la saludaba y era saludado por ella cuando la veía por acaso en paseo, en los teatros ó en alguna tertulia. Jamás se acercaba á ella, ni la hablaba.

Otro personaje importantísimo de nuestra historia, el famoso Joselito el Seco, había tenido un fin trágico, como era de presumir, en cumplimiento de la sentencia ó refrán que dice: _quien mal anda, mal acaba_. Como Joselito era la providencia de la gente menuda; como su rumbo y su generosidad no tenían límites, y como las dos terceras partes de lo que ganaba en su oficio las repartía caritativamente entre los pobres, gastando lo restante con esplendidez de gran señor, no había arriero que no le idolatrase, ni ventero ni casero que no le amparase ni ocultase, ni coplero rústico que no le celebrase en sus coplas, ni señorito de lugar que no procurase ser su amigo, llevado de la cuenta que le tenía, y aun de la admiración sincera que sus hazañas, altas caballerías y estupendas magnificencias inspiraban. Entre el vulgo de Andalucía gozaba, pues, Joselito de tanta popularidad como D. Claudio entre sus electores. Así es que no había medio de cogerle, ni vivo ni muerto, seguía haciendo de las suyas, paseándose por todas partes como por su casa, y campando, en suma, por sus respetos.

De este modo hubiera continuado quizás, aunque hubiese vivido más años que Matusalén, si no acontece lo que vamos á referir ahora, valiéndonos de una carta de Respetilla á su amo, que trasladamos aquí con fidelidad y exactitud.

Dice la carta:

»Villabermeja entera está indignada con lo ocurrido á Joselito el Seco. Voy á contárselo á su merced, porque debe interesarle. Permítame su merced que tome las cosas de muy atrás para que lo entienda todo.

»Joselito era tan bueno y tan escrupuloso, que no se apoderaba de nada de los pobres. Perseguido además en estos últimos años por la Guardia civil, no lograba proporcionarse recursos suficientes y andaba muy apurado.

»En sus apuros acudió á un amigo rico, al Alcalde de..., en la provincia de Málaga, y le rogó con muy buenos modos que le enviase tres mil reales á su casería, por donde él pasaría á recogerlos. El Alcalde envió sin dificultad los tres mil reales. Al mes volvió Joselito á sus apuros: pidió otros tres mil reales y los obtuvo también. Poco después pidió cuatro mil. El Alcalde hizo sus observaciones; resistió bastante; pero al cabo entregó los cuatro mil reales que Joselito le pedía. Así siguieron, Joselito pidiendo y el Alcalde dando, hasta que llegó la séptima petición. El Alcalde entonces hubo de sulfurarse. El mismo diablo sin duda le inspiró una idea terrible.

»Escribió á Joselito diciéndole, como de costumbre, que el dinero estaría á su disposición en la casería en tal día y á tal hora; que fuese allí á buscarle; pero el Alcalde, en vez de enviar el dinero, envió á la casería con gran sigilo y recato veinte certeros tiradores, los más famosos que pudo hallar.

»La casería, como muchas de estas tierras, formaba un cuadrado perfecto. El lado de frente ó de la fachada era la habitación de los señores para cuando iban allí á pasar una temporada; en el lado derecho estaban las caballerizas y el tinado para los bueyes; en el lado izquierdo, las bodegas, y á la espalda, el lagar y el molino aceitero. En el centro había un ancho patio interior, sobre el cual daban muchas ventanas de los cuatros cuerpos ó lados de la fábrica. En dichas ventanas se colocaron los tiradores con las escopetas prevenidas y bien cargadas. El casero, hombre de mucho estómago y de toda confianza, se había comprometido á introducir á Joselito y á su tropa en el patio, á meterse luego en la casa y á dejarlos encerrados allí, donde los de las escopetas los habían de freir á tiros.

»El plan era tan hábil, que ya el Alcalde daba por segura la muerte de todos los ladrones, y creía tocar los laureles que iban á prodigarle por haber librado á las gentes de aquel sobresalto continuo.

»Dios, sin embargo, lo dispuso de otra manera. Cuando Joselito iba á entrar con su cuadrilla en la casería y en el patio, tuvo cierto recelo, y miró al casero con fija atención. Este perdió la serenidad y se puso más amarillo que la cera. No fué menester más. Joselito sospechó la trama. Conoció, como si lo viese, que había dentro gente oculta para matarle y matar á sus camaradas. Joselito era generoso. Supuso que el casero cumplía con las órdenes de su amo, y le dejó vivo; pero no consintió que ninguno de los suyos entrase en la casería. Todos ellos se fueron sin entrar.

»Joselito juró vengarse del Alcalde. Harto calculaba éste que, después del mal éxito de su plan, corría el peligro de que Joselito le asesinase. El Alcalde se amilanó de tal modo, que no salía del lugar. Apenas salía de su casa, sino á las horas en que hay más gente en las calles y tomando mil precauciones.