Las Ilusiones del Doctor Faustino, v.2
Part 5
No faltarán censores severos que hallen ridículo el método y condenen al padre Piñón; pero, ó no lo entiendo, ó el método es tan discreto y atinado, que quisiera yo que se generalizase. El padre Piñón no excitaba al pecado, ni mucho menos; pero una vez cometido, y castigándole, sacaba provecho de él para los desvalidos. ¡Qué diferencia de lo que se acostumbra ahora en las grandes ciudades, dando, v. gr., un baile de máscaras en beneficio de los niños de la Inclusa, lo cual, hasta mirándolo económicamente, es absurdo, pues quizás los ingresos que á la cuna se proporcionan están compensados y aun sobrepujados, proporcionándole á los pocos meses multitud de nuevos gastos y quehaceres!
Las acusaciones de manga ancha que se habían lanzado contra el padre Piñón, provenían de los serviles, y tenían otro fundamento. Asegurábase que en tiempo del absolutismo, cuando era indispensable proveerse de una cédula de haber cumplido con la Iglesia, el padre Piñón daba cédulas á los liberales libre-pensadores, en cambio de limosnas; pero esto más bien merece elogio, pues evitaba confesiones hipócritas y comuniones sacrílegas. Añadíase que el padre de D. Faustino, cuando recibía la cédula, daba al padre Piñón media onza de oro, diciéndole:--Vaya, para que diga V. unas cuantas misas por el alma de Riego.
En fin, el padre Piñón, pese á quien pese, era mejor que el pan; más regocijado que unas sonajas, y tan indulgente y caritativo como un ángel. Apenas si había leído más que el Breviario; pero el Breviario se le sabía de memoria, comprendiendo todos los bellos pensamientos, todas las sentencias sublimes y todos los tesoros poéticos que en dicho libro se contienen.
Dispense D. Faustino que le hayamos en apariencia detenido á la puerta para dar alguna noticia del padre Piñón, en cuya sala de recibo se halló, á poco de haber llamado, introducido y guiado por Antonio.
--¿Qué tiene que mandar á su capellán el señorito D. Faustino?--preguntó el padre Piñón.
--Padre--contestó el Doctor,--omito preámbulos: el disimulo es inútil. V. sabe quién es María. Aquí se oculta María. Vengo en su busca. Quiero verla. Es mi mujer. Tengo razón y justicia para exigir que no me huya.
--¡Hijo mío! ¿Qué locura es esa?
--Responda V.--añadió el Doctor.--¿Dónde está María?
--Ya que exiges respuesta categórica, te la daré: _Dominus custodivit eam ab inimicis et a seductoribus tutavit illam._
--Dejémonos de bromas. Ni yo soy su enemigo ni su seductor. No hay para qué guardarla de mí.
El Doctor quiso salir de la sala y registrar la casa del Padre, quien le contuvo suavemente.
Entonces el Doctor empezó á llamar--¡María, María! no te ocultes de mí. No me abandones.
El padre Piñón dijo: _Dominus, inter cætera potentiæ suæ miracula, in sexu fragili victoriam contulit._
--¿Qué diantres pretende V. significar? ¿De qué victoria habla V.?
--_Dominus deduxit illam per vias rectas._
Este último latín hizo dar un salto al pobre Don Faustino.
--¡Ah! ¿No me engaña V., Padre? ¿Con que se ha escapado? ¿Á dónde? ¿Cuándo? ¿Por qué camino?
--Hijo, aunque te enfades conmigo, mi deber es arrostrar tu furia. María se ha ido; pero no te diré por dónde ni á dónde. No quiero que la sigas. Ayer me confesó sus pecados. Como condición de la absolución, le impuse que se fuera. Además, había otras razones que la obligaban á partir.
--¿Qué razones? No hay razón que valga,--dijo el Doctor enojado.
--Sí las hay, hijo mío. Hay una persona á quien la naturaleza concedió poder sobre ella; pero á quien Dios quitó el derecho de ejercer ese poder, en castigo de sus maldades. Esa persona sé yo que la busca; sé que ha averiguado ya que estaba en esta casa. Es audaz, terrible... Hubiera venido... venía ya á buscarla y á arrancarla de aquí. Por esto también ha huído María. No puedo ni debo decirle más.
--Yo la hubiera defendido, Padre. Nadie hubiera osado venir á robármela.
--¿Y con qué título iba yo á poner á María bajo tu custodia y amparo?
--Con el título de mi mujer legítima.
--Mira, señorito, los frailes hemos sido siempre esto que llaman ahora demócratas, pero entendida la democracia de un modo mejor. Ciertamente que yo no me hubiera parado ante ningún humano respeto para disuadir á María de que se casase contigo. Hubiera sido un modo de enmendar vuestras gravísimas culpas, y yo le hubiera adoptado. María ha sido la que se negó resueltamente á casarse. Creyó que era su deber irse y se fué.
--¿Á dónde ha ido? Dígame V. á dónde.
--No puedo.
--V. me engaña. Está aquí todavía.
--No digas tonterías, D. Faustino--dijo el padre Piñón, algo picado.--¿Tengo yo cara de embustero? Te aseguro que María se fué.
--Yo saldré ahora mismo en su busca: yo daré con ella; yo la detendré y la traeré conmigo.
--Haz lo que quieras; pero todo será en balde. Considera, además, que Joselito el Seco anda ya cerca, y te expones á caer en sus manos.
--Aunque caiga en manos de Lucifer.
--¡Ave María Purísima! Estás perdido, loco. Bien puedes decir de tí, con el Salmista: _Miser factus sum queniam lumbi mei impleti sunt illusionibus._
D. Faustino ni oyó ni contestó más, y salió corriendo de casa del padre Piñón. Éste imaginó que el propósito del Doctor de ir en busca de María era como una amenaza que no se cumpliría, y se fué á dormir muy tranquilo.
Un cuarto de hora después, D. Faustino, solo, caballero en su jaca, que había hecho ensillar á escape por Respetilla, y armado con trabuco y pistolas, estaba fuera del lugar, camino de la ciudad de..., distante tres leguas.
El Doctor había calculado que María no podía haber huído sino en un carricoche que, á modo de diligencia, pasaba á las doce por Villabermeja é iba á la ciudad de...
Desde esta ciudad salían al amanecer coches para Sevilla, Córdoba y Málaga. Si el Doctor alcanzaba á María en el camino ó en dicha ciudad, antes de que María saliera en ésta ó en estotra dirección, el Doctor conseguía su objeto.
Las dos habían sonado largo rato hacía en el reló de la Iglesia. María llevaba más de dos horas de delantera. El Doctor iba á galope por el camino.
Más de la mitad llevaba andado, y la jaca, jadeante y cubierta de sudor, daba muestras de hallarse rendida de cansancio, cuando el Doctor, tan apasionado hasta entonces, que todo lo había hecho sin reflexión, se puso á considerar que, con dos horas de delantera que llevaba el carricoche, sería imposible alcanzarle en el camino, aunque reventase la jaca. Para llegar á la ciudad antes de amanecer había tiempo de sobra, aun yendo al paso. El Doctor, pues, si bien devorado por la impaciencia, se resignó á proseguir al paso su viaje. En la ciudad de... buscaría á María por todas partes, y esperaba que no partiría sin que él la viese.
Al paso iba D. Faustino hacía un cuarto de hora. Á un lado y otro del camino había frondosos olivares. La luna brillaba en el cielo despejado y con sus rayos argentinos lo iluminaba todo.
Acababa de bajar el Doctor una cuesta muy pendiente, y se hallaba en una hondonada, por donde corría un arroyo, en cuyas márgenes había muchos álamos y otros árboles y matas, que hacían el paraje sombrío, formando verde espesura.
Siempre distraído el Doctor en sus cavilaciones no vió ni oyó que de repente salieron en la arboleda cinco hombres á caballo, y con inaudita rapidez se le pusieron delante, atajando el camino. No lo advirtió, ó no tuvo tiempo para advertirlo; tan ligera fué la maniobra de los jinetes, hasta que uno de ellos gritó: ¡Alto ahí!
Entonces vió el Doctor que cuatro de los cinco le apuntaban con las escopetas. Quiso volver atrás para escapar, dando un rodeo, y notó que otros tres hombres á pie, armados también de escopetas, se le venían encima. Estaba completamente cercado, y en tan estrecho círculo, que ni para revolverse le quedaba tiempo ni espacio.
--¡Ríndete ó mueres!--gritó otro de los de á caballo.
Hallábanse los enemigos tan cerca, y era tan apremiante la situación, que todo lo que no fuese rendirse era una temeridad; pero nuestro héroe desesperado de que en medio de su viaje le detuviesen, tomó una resolución tremenda. Cogió del arzón de la silla una pistola, la montó, y apuntando al de á caballo que tenía más cerca, le dijo:
--Abre paso, tunante, ó te levanto la tapa de los sesos. Al mismo tiempo hirió fuertemente con las espuelas los ijares de la jaca, á fin de salir escapado, rompiendo por entre la cuadrilla de foragidos.
Éstos, que tenían también montadas sus armas, apuntando al Doctor, hubieran sin duda disparado, dejándole muerto, si la voz del Capitán no se hubiera oído á tiempo, diciendo:
--No le matéis, no le matéis: es mi paisano Don Faustino López de Mendoza.
El Doctor vaciló asimismo un instante en tirar, viendo la generosidad que con él se usaba.
Todo esto fué obra de un segundo. La jaca, excitada por los espolazos, iba ya á abrirse camino. Al atajar al Doctor los bandidos de á caballo, se tocaban con él. Las bocas de las escopetas rozaban su cuerpo. La pistola del Doctor podía matar á quemarropa al más cercano de los bandidos.
No había ya tiempo de explicaciones ni de transacciones, y, sin duda, hubiera habido alguna muerte, á pesar del grito del Capitán, si de pronto no se hubiese sentido el Doctor asido fuertemente de uno y otro brazo por dos de los de á pie, bastante robustos ambos para arrancarle de la silla y dar con él en el suelo por detrás del caballo.
En los esfuerzos que hizo para desasirse, apretó el gatillo y disparó la pistola; pero el tiro fué al aire, sin herir á persona alguna.
En el suelo ya, y detenido por los dos que le habían derribado, oyó el Doctor la voz del Capitán, que le decía:
--Sr. D. Faustino, su merced es mi prisionero. Ríndase su merced, y déme palabra de honor de que no intentará huir, de que me seguirá donde le lleve y de que no tratará de emplear la fuerza contra nosotros. Su merced volverá á montar en su jaca, y esta buena gente le respetará y considerará como debe.
D. Faustino no tuvo más remedio que prometer lo que el Capitán le exigía.
Apenas lo prometió, uno de los bandidos, que había tomado la jaca de la brida, la acercó para que D. Faustino montase, y él, suelto ya, montó en la jaca. Obedeciendo luego á una seña del Capitán, entró con los bandidos por una vereda que había en medio de los olivares, apartándose del camino real en tan belicosa compañía.
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XXII.
LA VENGANZA DE ROSITA
Después de los sucesos que se refieren en el capítulo anterior, había pasado ya una semana, y nada se sabía en Villabermeja del paradero de Don Faustino. Su madre, llena de angustia, procuraba en balde averiguar dónde se hallaba un hijo tan amado.
Rosita, entre tanto, furiosa con los celos y los agravios, difundía por todas partes que D. Faustino, prendado de María, había huído con ella, sentando plaza de bandolero en la cuadrilla de Joselito el Seco. Como alguien afirmase que la noche en que huyó D. Faustino, y como no sólo Rosita, sino también Jacintica, diesen por seguros los amores de María con el Doctor, nadie dudaba en el lugar, salvo el padre Piñón, de que D. Faustino estuviese por su gusto con los bandoleros.
La propia ruina de la casa de los Mendozas hacía verosímil á los ojos de aquellos lugareños el que D. Faustino hubiese adoptado determinación tan heroica para salir de apuros.
El padre Piñón era el único que sabía que María no se había ido con el Doctor, el único que sabía dónde María se hallaba; pero á nadie quería confiarlo. Calculaba además que D. Faustino, no por su voluntad, sino muy á despecho suyo, había caído en poder de los ladrones; pero, como afirmando esto hubiera dado á Doña Ana más pesar que consuelo, el padre Piñón se callaba.
Rosita no creía mentir asegurando que el Doctor estaba con María entre los bandidos. Rosita lo daba todo por evidente. Su furia celosa la estimulaba, pues, de contínuo. Las excitaciones á su padre para que la vengase no cesaban á ninguna hora.
D. Juan Crisóstomo Gutiérrez, aunque avaro, usurero y poco escrupuloso en punto á moral, tenía dos prendas de carácter que le hubieran movido á obrar benignamente en aquella ocasión, si Rosita no le hubiese violentado. D. Juan Crisóstomo era compasivo y cobarde.
Por un lado, le inspiraba piedad la aflicción de Doña Ana, y no quería acrecentarla. Por otro lado, persuadido, como Rosita, de que D. Faustino se había hecho bandolero, temía que viniese á su vez á vengarse, ó cogiéndole á él para matarle ó darle, por lo menos, una paliza, ó bien yendo á sus caserías para incendiar alguna, ó romper las tinajas y las pipas, derramando el aceite, el vino y el vinagre, y haciendo de todo una trágica ensalada.
La figura del Doctor Faustino, acompañada de Joselito el Seco y de un coro de facinerosos, era la pesadilla del pobre Escribano. Durmiendo soñaba con que le habían ya secuestrado y le daban martirio; despierto, recelaba descubrir al Doctor ó á algún emisario suyo en cuantos hombres venían hacia él.
Pero si el Escribano temblaba de excitar la cólera del Doctor, todavía temblaba más delante de Rosita. Rosita le ponía entre la espada y la pared. ¿Qué medio le quedaba? ¿Cómo resistir á los mandatos de aquella hija imperiosa, de aquel tirano de su voluntad, frenético entonces de ira?
No hubo más recurso. El Escribano concitó á los acreedores, que le obedecían más que puede obedecer á Rothschild cualquier banquerillo de mala muerte, y reunió créditos contra la casa de Mendoza por valor de cerca de ocho mil duros. Eran escrituras y pagarés vencidos todos y que no se habían renovado, quedando así el deudor al arbitrio de los acreedores, quienes seguían cobrando los réditos mientras les convenía ó no se enojaban, y quienes, no contentos con los réditos, exigían asimismo una gran dosis de humildad y agradecimiento, so pena de enojarse y de pedir al punto el capital de la deuda, conminando con la ejecución.
Tal era el estado de la casa de los Mendoza, por culpa del difunto D. Francisco, y por poca habilidad, descuido y mala ventura de D. Faustino y de su madre. Su caudal, mal cultivado por falta de capital, con los frutos malbaratados siempre, apenas producía para pagar los enormes réditos de aquella deuda. Varias veces se había tratado de vender fincas para pagar lo que se debía; pero en los lugares pequeños hay una afición extraordinaria á _tirar de los pies á los ahorcados_. Cuantos tienen algún dinero andan siempre acechando la ocasión de que alguien esté en apuros y quiera ó necesite vender algo para comprárselo por la tercera ó cuarta parte de su justo precio. Aun así, piensan que favorecen al vendedor, pues le dan dinero, cuyos intereses son grandísimos, á trueque de tierras, que producen poco como no se esté sobre ellas y se emplee un capital de metálico y de inteligencia en su administración y cultivo.
D. Juan Crisóstomo hizo aún laudables esfuerzos para calmar á Rosita. Rosita llegó á decirle que preferiría ser hija de Joselito el Seco á ser hija suya; que si la hija de Joselito fuese la agraviada, su padre la vengaría.
D. Juan Crisóstomo no quiso ni pudo ser menos que Joselito el Seco, y por medio de su aperador envió recado á Respeta, diciéndole que los acreedores de los Mendoza no querían aguardar más; que era menester pagarles en el término de diez días, y que, de lo contrario, serían ejecutados los Mendoza.
Rosita, no contenta con esto, dictó ella misma una carta insolente á Doña Ana, amenazándola si no pagaba en el término señalado. El Escribano, aunque resistiéndose y con mano temblorosa, tuvo que firmar la carta.
Respetilla, cuando se enteró de todo por su padre, fué á casa del Escribano, habló con Rosita, le echó en cara su mal proceder y trató de suavizarla. Viendo que era inútil la dulzura, empezó á echar fieros y á desvergonzarse con Rosita; pero ésta se revolvió enérgica contra él y le arrojó de su casa con cajas destempladas. Ganas se le pasaron á Respetilla de dar una soba á la hija del Escribano, y aun de sacudir el polvo al Escribano mismo; pero el miedo de provocar un lance sangriento con algún criado de aquella casa, lance que podía terminar en que le enviasen á Ceuta, tuvo á raya los ímpetus de su lealtad y devoción á D. Faustino. Harto hizo el fiel escudero con no volver á ir en casa del Escribano y privarse del dulce trato de Jacintica, con quien cortó relaciones.
Sobre Doña Ana, entre tanto, habían venido todas las penas juntas.
Su hijo no parecía y su inquietud se aumentaba. Para consuelo, la amenazaban con la vergüenza de una ejecución, con la ruina total de su casa y hacienda.
Lo único que quedaba en casa, ya en el mes de Mayo, era un poco de vino, cuyo valor en venta no ascendería á diez mil reales. Doña Ana mandó á Respetilla que llamase á los corredores para que le vendiesen por lo que quisieran dar. Pero ¿qué eran diez mil reales cuando necesitaba ciento sesenta mil?
Doña Ana escudriñó todos sus armarios y cómodas; juntó la poca plata labrada y algunos dijecillos que conservaba aún; y aunque tampoco, por bien vendidos que fuesen, importarían más de otros diez ó doce mil reales, Doña Ana se decidió á venderlos.
Por último, venciendo su extrema repugnancia y sofocando su orgullo, acudió á su única amiga de corazón: escribió una carta á la niña Araceli, pintándole con vivos colores la terrible cuita en que se hallaba y pidiéndole auxilio.
Respetilla, encargado de llevar la carta y las joyas, montó á caballo y salió de viaje para el pueblo de la niña Araceli.
La infeliz Doña Ana, no pudiendo resistir por más tiempo tan crueles emociones, cayó enferma en cama con una espantosa calentura.
El pueblo, en medio de estos lances, se había dividido en bandos. Unos aplaudían la venganza de Rosita; otros la censuraban. Éstos juzgaban abominable la conducta del Doctor, á quien ya suponían transformado en bandolero; aquéllos pensaban que Rosita era el mismo demonio, y que el seducido por ella había sido el Doctor, sin que ella tuviese derecho para lamentarse de su abandono y para tomar tan despiadada y bárbara venganza. Toda Villabermeja ardía, pues, en chismes, suposiciones y disputas.
El padre Piñón era el más decidido partidario de los Mendozas. El médico y él venían á visitar con frecuencia á la enferma Doña Ana, y el ama Vicenta la cuidaba con el mayor esmero.
--¿Dónde habrá ido á parar D. Faustino?--se preguntaba á sí mismo el padre Piñón, ya que á nadie se atrevía á confiar sus secretos pensamientos.--¿Habrá caído en poder de Joselito? Me temo que sí... Yo lo avisaré á María, la cual ya sé que está en salvo, gracias á Dios. Allá veremos cómo recobra su libertad el señorito D. Faustino.
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XXIII.
CONFIDENCIAS DE JOSELITO
Fuerza es volver ahora á hablar del Doctor, quien, como sospecharán los lectores, seguía en poder de Joselito el Seco.
Á poco de estar con él comprendió el Doctor que Joselito venía en busca de su hija, con el intento de robarla de casa del padre Piñón, donde había averiguado que se escondía por espías y amigos que tenía en Villabermeja.
El padre Piñón y María habían prevenido á tiempo este golpe, huyendo ella, sin que se supiese hacia donde.
El Doctor sufrió un prolijo interrogatorio de Joselito, quien, informado también de que su hija andaba enamorada del Doctor, no sabía cómo explicarse aquel viaje nocturno de D. Faustino.
Joselito no receló que su hija, sabedora de que él venía en su busca, se hubiese escapado y que el Doctor fuese persiguiéndola; pero, aunque lo hubiese recelado, era ya tarde para alcanzarla. Don Faustino, no obstante, ocultó la fuga de María y buscó razones para explicar su viaje nocturno, hasta que vió que Joselito, por caminos extraviados, los llevaba á Villabermeja, con el evidente propósito de penetrar en casa del padre Piñón. Para evitar este lance, el Doctor, ya cerca del pueblo, declaró que María había huído y que él había salido persiguiéndola.
Joselito exigió al Doctor su palabra de honor de que decía verdad; y convencido de que el Doctor no le engañaba, echó sus cuentas, y decidió con gran rabia que ya era imposible alcanzar ni detener á su hija antes de que llegase á cierto punto, donde estaba segura.
Desistió, pues, Joselito de entrar en Villabermeja; y él y su partida y su prisionero anduvieron, durante muchos días, vagando por diferentes sitios, fuera de los caminos reales, y haciendo noche en caserías y cortijos, donde Joselito tenía partidarios ó cómplices.
El Doctor, completamente desorientado ya, no sabía en qué punto, ni siquiera en qué provincia de Andalucía se encontraba.
Fiado Joselito en la palabra de honor dada por el Doctor y en el compromiso que había contraído, le dejaba ir en su jaca, con sus armas, y al parecer completamente libre, aunque dos bandidos le vigilasen constantemente.
No se permitió al Doctor que escribiese á su madre, por más que lo pidió con gran empeño. Por lo demás, estaba todo lo regalado, considerado y atendido que en aquella vida era posible.
Algunas veces se apartaron de Joselito varios de la partida, presumiendo D. Faustino que fuese para algún lance ó golpe de poca importancia, porque luego volvían, y notaba el Doctor que hablaban con el Capitán y que dividían y repartían dinero.
Á todo esto, el Doctor se desesperaba cada vez más, rabiaba ó cavilaba, y no atinaba con la razón de que así le llevasen cautivo.
Joselito era hombre de tan pocas palabras, que no había modo de que el Doctor pusiese nada en claro, por más que le interrogaba.
Una noche, por último, estando en una casería, que debía de ser de algún señor rico, pues había cuartos de dormir bastante cómodos y bien amueblados, Joselito dijo al Doctor que deseaba hablarle á solas. Subieron juntos al cuarto del Doctor, que era el más elegante y lujoso, y allí tuvieron la siguiente conferencia:
--Sr. D. Faustino--dijo Joselito el Seco,--no era mi intención secuestrar á su merced. Yo iba en busca de mi hija; hallé á su merced por casualidad; le reconocí, y dé su merced gracias al cielo de mi buena memoria y de lo mucho que se parece á su padre, porque si no le reconozco, su merced sería ya pasto de los grajos; le reconocí, digo, y le he detenido entre los míos. Hoy quiero y debo decirle mis propósitos y muchas cosas que me importan y que le importan.
--Hable V., Joselito--interrumpió el Doctor:--la curiosidad me consume hace días.
Ambos interlocutores se sentaron entonces, frente á frente, en sillas que había junto á una mesa sobre la cual estaban dos candeleros de cristal con sendas velas ardiendo.
La traza de Joselito era de lo menos patibularia que puede imaginarse. Alto y esbelto de cuerpo; la tez blanca, aunque tostada del sol, y el pelo negro, si bien con algunas canas. Parecía ser hombre de cuarenta años, pero bien conservado y robusto. Los ojos eran entre garzos y verdes, rasgados y dulces. Gastaba Joselito patillas y llevaba afeitado el bigote, luciendo, en una boca pequeña, dientes blancos, iguales y bien formados. En suma, Joselito era un majo muy guapo, y se conocía que en su no lejana mocedad habría sido lo que se llama un real mozo.
--Aquí donde V. me ve--dijo á D. Faustino,--yo estaba destinado á hacer otra vida harto distinta de la que estoy haciendo; pero el hombre propone y Dios ó el diablo dispone. Cuando yo tenía diez y ocho años estaba de novicio en el convento de Villabermeja. Bien se acordará de aquellos tiempos el padre Piñón, que me quería en extremo por el fervor y excelente voz con que yo cantaba las cosas de iglesia, y porque me suponía tan humilde y sencillo, que siempre andaba diciendo que yo iba á ser un santo. Tal vez lo hubiera sido, si no llego á ver á Juanita. Antes hubiera cegado. Juanita frecuentaba mucho la iglesia en compañía de su madre Doña Petra la viuda. Esta buena señora era muy presumida y entonada. Se jactaba de hidalga, y no sin razón. Su madre, la abuela de Juanita, había sido una hermana de su abuelo de V., señor D. Faustino. El pobre novicio tuvo, pues, la audacia de poner los ojos en una parienta de los Mendoza.
--¿De quién era viuda Doña Petra?--preguntó el Doctor.