Las Ilusiones del Doctor Faustino, v.2
Part 4
Se dispuso que otra criada se quedase haciendo de dueña, y autorizando con su presencia los coloquios de Ramoncita y de D. Jerónimo. Al mismo D. Jerónimo, que era un bendito, se le persuadió de que Rosita tenía un jaquecazo de todos los diablos y que debía irse á acostar. Jacintica se fué con Rosita como para cuidarla. Respetilla se despidió á poco rato, y las dos mujeres, que estaban aguardándole, en un rincón obscuro del portal, con los pañolones por la cabeza, se escabulleron con él, sin ser vistas de nadie.
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XX.
CONTINÚAN LOS MILAGROS.
Eran las once de la noche cuando el Doctor bajó de la estancia de su madre y entró en el salón de los retratos. Como había dado licencia á Respetilla para que no viniese á desnudarle, le creía aún en la tertulia de las Civiles, que terminaba á las doce. La amiga inmortal debía llegar á las once y media. El Doctor solía luego encerrarse con llave. Tenía además prohibido á Respetilla que entrase en su cuarto, como él no le llamara. En suma, estaban tomadas todas las precauciones, ó al menos así lo creía el Doctor. El triste no sabía lo que se preparaba. Rosita estaba ya escondida detrás de una cortina, que cubría la puerta que desde el salón de los retratos iba al dormitorio.
Cuando vió entrar al Doctor, bueno, sano, alegre y recitando unos versos de Zorrilla, que decían:
Si eres recuerdo, endulzarás mi vida; Si eres remordimiento, te ahogaré,
le dió rabia de no hallarle enfermo y triste, y tuvo, no se sabe cómo, el desesperado pensamiento de que el recuerdo era el de su amor y de que el remordimiento que anhelaba ahogar era ella.
Rosita continuó, pues, en acecho, esperando, ó mejor dicho, temiendo la aparición de su rival. Ya pensaba que esta rival sería alguna criada de la casa, alguna fregona; ya imaginaba que el doctor podría tener su poco de brujo, y esto le infundía cierto terror de verse frente á frente con espectros, y de figurar en escenas del otro mundo, entre hechiceras, magas ó almas en pena; pero su ira era tan grande y sus bríos tan varoniles, que estaba resuelta á vengarse del mismo demonio, si venía con faldas y en forma de mujer á tener pláticas tiernas con D. Faustino.
Hasta sentía Rosita haberse venido desprovista de un par de pistolas ó de un puñal siquiera, por lo que pudiese ocurrir. Mucho confiaba, no obstante, en su lengua y en sus manos.
El Doctor, según costumbre, puso la bujía sobre el velador, se arrellanó en el sillón y siguió recitando versos en voz, aunque sumisa, clara:
--Yo no sé de tu esencia el misterio, Tu nombre y tu vago destino no sé, Ni cuál es tu ignorado hemisferio, Ni á dónde perdido siguiéndote iré. ¡Oh! si gozas de voz y de vida, tienes un cuerpo palpable y real, Deja al menos, fantasma querida, Que goce un instante tu vida inmortal.
Los versos hicieron el efecto de una evocación.
La puerta se abrió sin ruido. El bulto negro apareció en la sala. Una voz argentina contestó á los versos que el Doctor decía, con estos otros versos:
--Tras de tí por las sombras camino, Ni noche ni día descanso sin tí: Ser tu esclava, adorarte es mi sino; Ya postrada me tienes aquí.
María cayó de rodillas á los pies del Doctor. Éste la levantó entre sus brazos, dándole mil besos en la frente y en las mejillas sonrosadas y hermosas.
Rosita no supo contenerse por más tiempo. Casi creía aún que el ser á quien D. Faustino abrazaba y besaba tenía algo de sobrenatural y de diabólico; pero su forma era de mujer, y la tempestad de los celos hizo á Rosita superior á todo miedo supersticioso.
Salió de su escondite, se arrojó sobre ellos como un tigre, los separó, y encarándose con D. Faustino, que atónito y estupefacto la miraba,
--Malvado--le dijo,--¿Así pagas mi amor? ¿Por qué me has engañado vilmente? ¿Por qué no guardaste para este demonio todas las dulces mentiras, todas las emponzoñadas ternuras con que me lisonjeabas y cegabas? Y tú, maldita de Dios, ¿de qué aquelarre vienes? ¿Dónde dejaste la escoba? ¿De qué lupanar te has escapado?
Antes de que D. Faustino se repusiese del asombro; antes de que nadie la respondiese, tomó Rosita la luz, y llevándola hacia la cara de María, se quedó contemplándola de hito en hito, devorándola con ojos que arrojaban fuego y rayos de ira. De súbito soltó Rosita una carcajada sarcástica. Su memoria, iluminada por el odio, le había sido fiel. Acababa de reconocer á María, á quien desde muy pequeña no había visto.
--¡Ah! Ya te conozco, infame; ya te conozco, digna manceba de este perro judío, hereje, asesino. Tú eres María la seca. ¿Dónde has estado desde que tu abominable madre bajó al infierno? ¿Y al ladrón de tu padre no le dieron todavía garrote?
Dicho esto, y sin dejar tiempo para que nadie la respondiese, Rosita volvió á poner la bujía en el velador y se lanzó sobre María, como para despedazarla entre sus uñas.
María estaba muda, inmóvil, serena, aunque triste, como estatua alegórica del dolor resignado llena de cierta soberbia y reposada majestad.
Rosita la hubiera, sin duda, herido el rostro con sus manos y arrancado los cabellos, si el Doctor no hubiese acudido á tiempo, cogiéndola de un brazo y separándola con violencia del lado de su rival.
¿Quién te ha traído aquí?--dijo el Doctor.--¿Cómo has entrado? Ahora mismo te voy á echar á la calle. No chilles, no alborotes, ó te pondré una mordaza.
Rosita dió un grito agudo.
--Cállate--dijo el Doctor,--cállate ó te ahogo.
--No quiero callarme, traidor. No quiero callarme. Como eres un hidalgo de gotera, un danzante sin oficio ni beneficio, un tramposo con más deudas que vergüenza, has elegido la querida más apropósito para tí. Anda, vete con ella; alístate de bandido en la cuadrilla de su padre. El Conde de las Esparragueras es el yerno pintiparado de Joselito el Seco.
D. Faustino se armó de la paciencia de Job para no pisotear allí aquella víbora. Sin responderle palabra, pero sin soltarla del brazo, de que la tenía asida fuertemente, la llevó medio arrastrando hacia el cuarto de Respetilla.
Deseaba el Doctor llamar á su criado sin alborotar la casa y sin dejar suelta á Rosita con María, á quien hubiera sido capaz de asesinar. Bien calculaba que era Respetilla quien le había traído aquel presente, y que, por lo tanto, Respetilla estaba en casa.
En efecto, apenas llegó á la puerta del cuarto de su criado y le llamó dos ó tres veces, Respetilla apareció, seguido de Jacintica, que proseguía con él la tertulia en la otra casa comenzada.
Ambos habían dado por cierto que habían proporcionado á sus amos una gran ventura, y los suponían ejecutando la segunda parte del Paraíso terrenal. Cuando de tan diferente modo los vieron, se llenaron de espanto.
El Doctor tenía encendidos los ojos como brasas, el rostro pálido, trastornadas las facciones. Con la mano que le quedaba libre asió á Respetilla de una oreja, y tirando de él, exclamó:
--No sé cómo no te mato. ¿Por qué has traído á mi casa á esta furia del averno? Vamos, pronto, abre la puerta de la calle, y llévatela de nuevo sin hacer ruido.
Respetilla obedeció; Jacintica fué en pos de Respetilla, y el Doctor, detrás de ambos, con Rosita, asida siempre del brazo.
Ya en el zaguán, y antes de que Respetilla abriese la puerta, dijo Rosita al Doctor:
--Suéltame el brazo, cruel. ¡Me le destrozas, me le rompes! ¿Qué te hice yo para que así me trates? ¿No te he amado? ¿No me he rendido á tu voluntad sin condiciones? ¿Quién más humilde, más mansa, más enamorada que yo? ¿Por qué me dejas por esa hija del bandido? Abandónala, échala á ella, y yo seré tu esclava, besaré la tierra que pisas. Todo te lo perdonaré. ¡Perdóname! ¡Ámame!
--Imposible--respondió el Doctor.--Ni te amo, ni te amaré nunca. Vete. Apártate de mi vista.
Aquel último arranque de ternura se trocó en más cruda saña con el nuevo desprecio. Rosita se revolvió contra el Doctor como un escorpión pisado.
--Villano--dijo,--te acordarás de mí; me vengaré de un modo sangriento. Te he de reducir á la miseria. He de lograr que achicharren en una hoguera á la bruja de tu madre.
D. Faustino no acertó á tener calma: perdió la paciencia y alzó la mano para dar una bofetada á Rosita. Por fortuna se contuvo á tiempo.
--¡Cobarde! ¡Con una mujer te atreves!
--No, tú no eres una mujer--respondió el Doctor: tú eres una arpía.
Aun no había acabado de pronunciar estas palabras, cuando Rosita se arrojó sobre él y con la mano que le quedaba libre le clavó las uñas en el rostro, bañándosele en sangre.
Lo que antes quedó en amago, tuvo que terminarse entonces. Rosita sintió en la mejilla los cinco dedos del Doctor, si bien más trémulos que violentos.
--Mátale, Respetilla; véngame, mátale. Tú eres más fuerte. Tú puedes más que él. Son las doce de la noche. Te doy dos mil duros si le matas. Te doy tres mil duros y un caballo para que huyas á Gibraltar, y desde allí á América. ¡No seas mandria! Mátale; y te harto de oro.
Respetilla, sin responder, abrió la puerta y echó á Jacintica á la calle. Luego volvió por Rosita y tomándola de manos del Doctor, se la llevó en volandas.
El Doctor cerró la puerta de la calle, y volvió en busca de su _inmortal amiga_.
No la halló en el salón. Recorrió los otros cuartos, y no la halló tampoco.
Sobre la mesa donde el Doctor escribía vió por último un papel, en el cual María había escrito lo siguiente:
«Motivos muy poderosos me obligan á alejarme de tí. Adiós, quizás para siempre.»
--¡Oh, no te irás!--dijo el Doctor.--Yo rompo el pacto que hice. No dejaré que te vayas. Sabré detenerte.
Bien había calculado por dónde había entrado María. Sin vacilar, corrió con la luz á un patio interior, donde estaba hacinada la leña. Uno de los lados del patio estaba formado por el muro del castillo. En el muro había una puerta que con el castillo comunicaba.
El Doctor dió un empujón á la puerta, pero no cedió. Estaba cerrada con llave. La llave que había en la casa, ó se había perdido, ó era la llave de que sin duda se servía María. No quedaba más recurso que echar la puerta abajo.
D. Faustino agarró un hacha de leñador, y dió tres ó cuatro golpes furiosos. La puerta, de madera vieja y apolillada, vino á tierra en seguida.
Con la bujía en una mano y el hacha en la otra penetró entonces el Doctor por los pasadizos obscuros, bajo las bóvedas ruinosas y por las antiguas salas de armas, llenas de escombros.
Ignorante, ó más bien olvidado, de aquel laberinto (aunque no pocas veces le había visitado en otro tiempo por curiosidad), tropezó en una gruesa piedra que halló á su paso, y para sostenerse y no caer soltó maquinalmente el candelero que llevaba en la mano. La luz se apagó, y D. Faustino quedó en las tinieblas más completas, sin saber hacia qué lado encaminarse á fin de encontrar salida ó volver á su casa á encender de nuevo.
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XXI.
POR SEGUIR Á UNA MUJER
Aunque el Doctor logró recoger á tientas el candelero, de nada le servía, sino de estorbo, con la luz apagada. En balde iba buscando salida palpando las paredes. No había en aquel obscuro recinto ventana ni hueco por donde entrase la luz de la luna, que, si bien en su cuarto menguante, iluminaba los cielos en aquella noche de primavera.
Un vientecillo fresco susurraba, meciendo las copas de los árboles y doblando la hierba; pero el susurro, oído desde el lugar donde el Doctor se hallaba, tenía más de medroso que de apacible y grato. Penetrando el aire por los pasadizos y aberturas, por donde el Doctor quisiera salir, gemía encarcelado en la lobreguez de aquellas ruinas, produciendo mil ecos tenues y mil tristes y fantásticos rumores. No menos desagradable ruido hacían las ratas que allí abundaban y que corrían alborotadas con el extraño y no esperado huésped que había venido á visitar sus dominios.
Á pesar de todas sus filosofías, el Doctor pensó que no estaba muy bien demostrado que no hubiese diablos ó duendes, ú otros monstruos y seres sobrenaturales, y tuvo algún miedo de ellos. Sin embargo, la rabia de verse burlado y encerrado en aquella á modo de mazmorra, sin poder salir, pesó más en su ánimo que la hipotética y vaga aprensión de que hubiese diablos y anduviesen cerca. El Doctor, dando forma á su pensamiento en resonantes palabras, lanzó, Dios se lo haya perdonado, dos ó tres blasfemias espantosas. Como si con su voz le atrajera, sintió entonces cerca de sí los pasos de un ser de mucha mayor corpulencia que las ratas. Nada se veía en realidad, pero de los ojos del Doctor brotaban unos círculos luminosos que se dilataban en el espacio y llenaban las tinieblas, ensanchándose cada vez más, como los círculos de una fantasmagoría. Dentro de aquellos círculos, rojos á veces, á veces entre verdes y amarillos, ora se mostraba Joselito el Seco, con corbatín de hierro y sacando un palmo de lengua; ora un espectro de mujer, que ya se parecía á María, ya á la coya, ya tenía de ambas; ora otras figuras como las que se pintan en los cuadros de las tentaciones de San Antonio. No se acobardó por eso el Doctor; antes bien, como para desafiarlo todo, blasfemó de nuevo en voz alta.
No bien salió de sus labios la reiterada blasfemia, aquel ser que había sentido cerca de sí, se le echó encima. Parecióle al Doctor que le enlazaban unos brazos deformes, forzudos, aunque descarnados como los de la momia de un gigante, y sintió en su cara el contacto de un rostro peludo. El efecto que esto le produjo fué horrible. Casi maquinalmente, pues no tuvo fuerzas ni serenidad para reflexionar, dió un empellón al monstruo; pero el monstruo, rechazado por un instante, volvió sobre el Doctor, y le aplicó un inmundo y frío beso, pasando por su mejilla el hirsuto y húmedo hocico.
Confesemos que el lance era para asustar á cualquiera. El viento gemía, zumbaba, murmuraba, remedando mil voces, cantos, suspiros, sollozos y hasta palabras de un mágico y desconocido idioma, y un ser repugnante y maravilloso abrazaba y besaba á D. Faustino.
D. Faustino se dió á creer, á despecho de su ciencia, que se las había con el mismo diablo. Ya vacilaba entre si debía esgrimir el hacha para vencer al monstruo ó hacer la señal de la cruz para ahuyentarle, cuando éste exhaló un aullido lastimero, que nada tenía de humano.
El Doctor se echó á reir y dijo, algo confuso y vergonzoso:
--¡Hola, Faón! ¿Tú por aquí?... ¡Qué demonio de Faón!
Era el más hermoso y grande de sus podencos, que, lleno de buen deseo, circunspección y prudencia, le había seguido silencioso á fin de no espantar la caza, y sin recelar que espantara á su amo.
El Doctor pasó la mano por el lomo de Faón, y se cercioró bien de que no era otro quien había acudido á sus blasfemias. Confiando en la clara inteligencia canina del amante de Safo, esperó que le sacase de aquella obscuridad; y para servirse de él como de lazarillo, le ató el pañuelo al pescuezo, guardando en la mano uno de los picos.
El podenco entendió, con admirable instinto, que le convenía guiar; pero no sabía á dónde. Echó á andar, no obstante, y el Doctor le siguió.
Pronto llegaron á un punto en que percibió el Doctor que Faón subía. Luego tropezó con el primer escalón de una escalera, y subió por ella en pos de su perro. Á poco vió el Doctor la luz de la luna, sintió vientecillo fresco en la cara y se encontró en el adarve, no lejos de la albacara ó torre saliente que comunica con la iglesia por medio del arco-pasadizo.
Por desgracia, no había medio de penetrar en la albacara desde el adarve. No había puerta por allí, y por los angostos tragaluces no cabía ningún cuerpo humano, por escuálido que estuviese.
El Doctor dió en el suelo con el pie en señal de impaciencia y cólera. Faón se puso en marcha de nuevo; bajó por la misma escalera por donde había subido, llevando en pos á su amo, y sacándole de aquella obscuridad, le condujo á un patio interior del castillo, todo cubierto de larga hierba. Aunque el Doctor no era observador muy experto de las cosas naturales, no pudo menos de notar sobre la misma hierba, ajada y pisada, las huellas recientes de unos pies humanos, ligeros y pequeñitos. No se había engañado. María había pasado por allí.
Conoció Faón en el ademán de su amo que estaba contento y que era á María á quien buscaba, y, dando un ladrido alegre, apretó el paso, siguiéndole el Doctor.
Entraron en un corredor, llegaron á otra escalera, la subieron y se hallaron en el segundo piso de la albacara. En uno de los lados del cuadro que aquella estancia formaba, se abría en el muro el pasadizo del arco que une el castillo con la iglesia.
Don Faustino y Faón atravesaron por el hueco del arco, bajaron por otra escalerilla, y se hallaron al fin en el coro de la hermosa iglesia de Villabermeja, silenciosa y sombría entonces, aunque tres lámparas ardían en su seno: una delante del altar mayor, y otras dos delante de los camarines donde estaban el Santo Patrono y Jesús Nazareno.
Desde el coro hasta la iglesia pudo bajar el Doctor, sin ningún estorbo, por escalera harto conocida y trillada.
Ya en la iglesia misma, se dirigió á la puerta de la sacristía. El Doctor estaba seguro de que María se había ido por allí. Aunque no hubiese estado seguro de ello, los signos que daba Faón de no haber perdido la huella le hubieran corroborado en su pensamiento.
El disgusto del Doctor fué grandísimo al hallar la puerta de la sacristía cerrada con llave. Aquella puerta no era tan fácil de derribar como la otra. Estaba formada de espesos tablones de nogal y podía resistir sin romperse un diluvio de hachazos.
La violencia era inútil; mas, aunque no lo hubiese sido, tal vez no se hubiera atrevido el Doctor á emplearla.
La puerta de la sacristía estaba al lado del magnífico retablo churrigueresco de los López de Mendoza, en cuyo camarín habitaba nuestro Padre Jesús. Bajo el piso de grandes losas, que el Doctor hollaba, estaba la bóveda sepulcral con los restos de sus ascendientes. Cada paso que daba el Doctor sonaba sobre lo hueco, y era repetido por las naves del templo solitario, cuyos muros repercutían cualquier ruido. La escasa luz que entraba por las claraboyas de la cúpula ó que difundían las lámparas, deteniéndose y reflejándose en los altos pilares, poblaba de vagarosas sombras todo el recinto, que ya se deshacían, ya se agrandaban, ya volvían á desvanecerse, conforme oscilaban las lámparas, levemente tocadas por un soplo de aire, ó el mustio resplandor de la luna se amortiguaba un poco antes de entrar por las claraboyas, merced al paso é interposición de alguna nube. Todo esto infundía cierto respeto semi-religioso en el espíritu descreído del Doctor.
No obstante, llamó á la puerta con el hacha, sin tocar de filo. Nadie respondió. Llamó más fuerte, y tampoco. Acabó por perder la paciencia: por golpear con todo su brío. Cada golpe, duplicado, triplicado, quintuplicado por los ecos, parecía un trueno prolongado. Se diría que Dios llamaba á juicio á los frailes dominicos y á los Mendozas todos, que en sendas criptas estaban enterrados allí; pero ni por esas respondió persona viva.
Acercando la boca á la cerradura, gritó varias veces el Doctor:
--¡Padre Piñón! ¡Padre Piñón! ¡Padre Piñón! ¿Es V. sordo?
El padre Piñón estaba sordo en efecto. Los gritos del Doctor fueron inútiles. No le contestaron.
Una idea súbita atravesó la mente de D. Faustito. Se figuró que había tomado una resolución precipitada y absurda en venir por allí. Temió que mientras se hartaba de golpear y de gritar en vano, María se escapaba por la puerta de la casa del padre Piñón, que daba á la calle.
No bien se le ocurrió esto, el Doctor corrió como un loco hacia el coro, y pasó, seguido ya del podenco, por los mismos sitios por donde había venido, hasta que llegó al patio del castillo. Allí tomó de nuevo al podenco por guía, y el podenco le condujo á la entrada de su casa.
Respetilla, que había vuelto de cumplir con su comisión, sospechó que se le había trastornado el juicio á su amo, al verle con el hacha y todo descompuesto.
Don Faustino agarró su sombrero á escape y se salió á la calle, prohibiendo á Respetilla é impidiendo á Faón que le siguiesen.
En cuatro brincos estuvo á la puerta del padre Piñón, y empezó á dar aldabonazos furibundos.
Tal vez por aquel lado se oía mejor, ó tal vez el padre Piñón había recobrado el oído. Lo cierto es que á los tres ó cuatro minutos, el propio Padre se asomó á una ventana y preguntó:
--¿Quién llama á estas horas?
--Yo soy--contestó el Doctor.--¿No me conoce V.?
--¡Ah! Sí... ¿Hay alguien de peligro?
--No hay nadie de peligro; pero que me abran. Tengo que hablar con V.
--¡Ea!--se oyó decir al padre Piñón,--despáchate, Antonio, y baja á abrir al señorito D. Faustino.
Antes de que siga adelante nuestra historia, conviene informar á los lectores de quién era el padre Piñón.
Era el único fraile que del antiguo convento quedaba todavía. Enjuto y pequeñuelo, recibió el nombre de padre Piñón, y apenas si nadie recordaba su verdadero nombre.
Aunque el edificio en que vivieron los frailes se había vendido y estaba sirviendo de molino aceitero, había quedado una habitación cómoda, grande y hermosa, aneja á la sacristía. Ésta concedieron por morada las gentes del pueblo al padre Piñón, á quien querían mucho.
Allí, teniendo á sus órdenes de noche y de día al sacristán Antonio, y de día además á dos monaguillos, cuidaba el padre Piñón del grandioso templo, gloria del lugar, y conservaba las ricas casullas, las dalmáticas y capas pluviales recamadas de oro, la exquisita ropa blanca, como albas, estolas, amitos, sobrepellices y roquetes, llena en gran parte de preciosos encajes y bordados, la custodia cuajada de esmeraldas y de perlas, y otros ornamentos, joyas y primores artísticos que atesoraba la iglesia. Todo esto se hallaba encerrado en armarios, alacenas y arcones que había en la sacristía.
El padre Piñón, no sólo encantaba á las gentes del lugar por sus virtudes, sino por su alegría, buen humor y dichos agudos. Era un dechado de las gracias de la gracia y del poder de la eutropelia, y el célebre padre Boneta hubiera sin duda cantado sus loores, si le hubiese conocido.
Algunos sujetos sobrado rígidos le acusaban de tener la manga muy ancha; pero sin motivo, según hemos llegado á averiguar. Lo cierto es que era aún, y sobre todo, había sido en la época de su mayor auge, el confesor más buscado, y eso que costaba caro confesarse con él. El antiguo refrán que dice: _quien reza y peca la empata_, parecíale abominable. Bien sabía él que la bondad de Dios es infinita y que perdona al que llora, reza, se arrepiente y hace propósito de la enmienda; pero el mal, hecho ya por el pecado, hecho se queda, y no se remedia ni subsana con el arrepentimiento ni con la penitencia, como ésta no vaya bien encaminada. Á este fin, tenía ideado y ponía en práctica el padre Piñón un sistema de penitencia, por medio del cual, ya que los pecados fuesen inevitables, lograba sacar provecho de los de los ricos en favor de los menesterosos. Teniendo en cuenta, á par de la magnitud del pecado, la riqueza del pecador, solía multarle, ya en una docena de huevos, ya en una gallina, ya en un jamón, ya en un pavo, ya en alguna cosa de comer ó de vestir, que repartía luego á los pobres. Claro está que el padre Piñón era prudente, y cuando se trataba de alguna casada á quien había que imponer, por ejemplo, un pavo de penitencia, lo hacía con el mayor disimulo, á fin de que el marido no se enterase y se echase á cavilar, muy escamado, sobre la equivalencia de un pavo en los aranceles penitenciarios.
Cuando no había de por medio tales respetos, el pago de la multa era público, con lo cual decía el Padre que se conseguía, además, que el pecador se avergonzase y buscase, por esta razón más, el corregirse.