Las Ilusiones del Doctor Faustino, v.2
Part 11
Costancita citó al Doctor para media hora antes de la hora en que el general Pérez solía venir á verla casi todos los días.
Bien sabe el autor ó narrador de esta historia que aquí, como en otros pasajes de ella, han de incomodarse los lectores con el héroe principal, de quien exigen en novela una fidelidad y una constancia prodigiosas, y á quien han de condenar porque ya amaba á María, ya á Costancita, ya á las dos á la vez, y porque amó durante algunos días á la misma Rosita; pero tire contra él la primera piedra quien en la vida real haya tenido menos variaciones, y menos fundadas variaciones en sus amores. El desdichado Doctor Faustino había perdido á María quizás para siempre, por motivos que el hado adverso había creado. Harto había amado á María, harto había guardado y guardaba su imagen en el centro del alma, levantándole allí altar como en un santuario; pero también había amado á su prima Costanza antes de conocer á María, y no es extraño que renaciese ahora en su corazón el primitivo afecto. Además, desde el principio de esta historia debe saber el lector que no tratamos de poner al Doctor Faustino como ejemplo de virtud y como dechado de perfecciones, sino como muestra de lo que pueden viciarse y torcerse un claro entendimiento y una voluntad sana con las que vulgarmente se llaman ilusiones; esto es, con un concepto demasiado favorable de sí mismo, con la persuasión de que los propios merecimientos deben allanarnos el camino para el logro de toda esperanza ambiciosa, y con la creencia de que el grande hombre está en nosotros en germen, y de que, siendo así, sin perseverancia, sin trabajo, sin esfuerzos incesantes, sino llevados de la propia naturaleza, hemos de trepar á todas las alturas y rodearnos del fulgor inmortal de toda gloria.
Esta condición de carácter del Doctor Faustino es comunísima en el día, porque las ambiciones están despiertas y solevantadas, y en el Doctor persistían á pesar de mil desengaños amargos. Espíritu poético además, sin fe segura y firme en nada, sino en su propio valer, lo cual es también harto común por desgracia, el Doctor era como personaje de antiguo cuento, que vaga perdido en una selva, en la obscuridad de la noche, y corre, ya en pos de una lucecita, ya en pos de otra, de las que ve brillar á lo lejos, creyéndolas alternativamente faros que han de salvarle. La lucecita que ahora deslumbraba al Doctor y hacia la cual corría lleno de esperanza, era de nuevo los ojos de su prima la Marquesa. El Doctor acudió á la hora de la cita con algunos minutos de anticipación.
Recibióle su prima en un primoroso saloncito, contiguo á su tocador, donde ella solía estar á solas leyendo, escribiendo ó soñando, y donde recibía á los íntimos. Era lo que llaman _boudoir_, valiéndose de un vocablo extranjero. Costancita estaba vestida de mañana, con traje gracioso y leve, propio de primavera. Las persianas, echadas, daban una media luz muy agradable á todos los objetos. Plantas y flores adornaban el saloncito. La Marquesa parecía más fresca, lozana y encantadora que todas las flores.
El Doctor hizo mil cumplimientos á su prima. Ella, en cambio, le prodigó mil dulces sonrisas y mil afectuosas miradas. No se habló de amor, ni pasado ni presente. Se habló de amistad, de cariño indeterminado entre ambos; pero, en virtud de esta amistad, de este cariño sin nombre, aunque puro y espiritualismo, el Doctor tomó la mano de la Marquesa entre las suyas, y la Marquesa se la dejó allí abandonada. El Doctor la cubría de besos cuando sonó la campanilla de la puerta principal. Costancita se rió.
--Éste es--dijo--mi tremendo General, que llega.
El Doctor, que tenía su silla muy cerca del asiento de Costancita, la apartó maquinalmente.
--No, no--dijo Costancita riendo con más gana todavía,--no apartes tu silla; acércala más y que rabie. No te levantes hasta que entre, para que te vea sentado muy cerca de mí.
Don Faustino obedeció á la Marquesa, aproximándose á ella cuanto pudo.
Un criado anunció al general Pérez, el cual entró en seguida en el saloncito con aire triunfante y glorioso.
Costancita, aunque autora de aquella burla, la hizo involuntariamente más eficaz, por su falta de práctica y desenfado para tales negocios, poniéndose bastante colorada cuando entró el General. D. Faustino, como hacía muchísimo tiempo que no había tenido aventuras galantes, y como jamás las había tenido en salones tan aristocráticos y con intervención de rivales tan gigantescos y egregios, estaba conmovido y agitadísimo, y se puso colorado también. Todo lo notó el General con disgusto mal disimulado, á pesar de ser hombre de mundo curtido en todo linaje de lances.
La conversación que se siguió no pudo menos de ser embarazosa y fría. La cara del General mostraba cada vez más la mal reprimida cólera. Á Costancita le retozaba la risa dentro del cuerpo, y apenas si acertaba á contenerse. De vez en cuando miraba con ternura á su primo, no recatándose para ello del General, sino procurando que el General lo advirtiera. Éste, comprendiendo toda la ridiculez que traería consigo el enojarse, pugnaba por aparecer sereno y hasta jovial; pero no podía. Quiso hablar de cosas indiferentes: de teatros, de literatura y hasta de modas, y dijo infinidad de disparates, como persona que delira en sueños ó que tiene el espíritu distraído á otros asuntos. Todo esto deleitaba á Costancita; la hacía feliz. El General era tan vano, que jamás había tenido celos de nadie, y menos aún del Doctor, á quien siempre había mirado como á un pariente pobre, á quien daban algún amparo en aquella casa y á quien á veces convidaban á la mesa como para ejercer la obra de misericordia de dar de comer al hambriento. Ahora el General las estaba pagando todas juntas.
--Vaya, vaya--dijo, entre otras sandeces,--no esperaba yo encontrarme aquí en tan buena compañía.
--Favor que V. me hace, mi General,--respondió D. Faustino con suma modestia.
--¡Quién lo pensara!--prosiguió el General.--¿Hoy no es día de oficina?
--Sí, mi General--respondió el Doctor;--pero yo he hecho novillos para acompañar y entretener un poco á mi primita, que está algo melancólica.
El General, aun reconociendo el candor con que hablaba D. Faustino, se sintió aludido sin intención por aquellas palabras. Se creyó el novillo más importante de los que el Doctor había hecho, y que entre el Doctor y la Marquesa estaban lidiándole. Poco faltó para que no rompiese en un exabrupto de mal humor. Supo, con todo reportarse.
--Pues me alegro, amiguito, me alegro. No sabía yo que fuese V. tan ameno y divertido.
--Lo es, y mucho--exclamó Costancita antes que el Doctor replicase.--V., mi general, no conoce á mi primo ó le ha tratado poco. La suerte le ha sido siempre muy adversa, y por eso tiene un empleo de tan corto sueldo é importancia; pero no dude V. de que es un hombre de mucho saber y de mucho entendimiento y discreción.
--Mi General--dijo el Doctor,--mi prima me quiere demasiado. El afecto que me profesa la ciega, sin duda, y la excita á hacer de mí los encomios menos merecidos.
--Crea V., mi General, que no hago sino justicia. Faustino es un hombre de los más distinguidos que hay en España; poeta inspirado y elegante, filósofo, erudito...
--No, Costanza, no me avergüences suponiendo en mí prendas y condiciones que nadie reconoce sino tú por lo mucho que me quieres, por lo buena é indulgente que eres para conmigo.
La Marquesa y el Doctor siguieron así largo rato, elogiándose mutuamente, agradeciéndose los elogios y atribuyéndolos todos al cariño que recíprocamente se tenían. En esta blanda contienda tomaban siempre por juez al General, que reventaba de furor, que sentía que iba perdiendo los estribos, y que advertía en la punta de su lengua cierta comezón de poner como chupa de dómine á ambos primos y de armar allí mismo un escándalo soberano. Sin embargo, como no tenía derecho para quejarse, como conocía que cualquiera imprudencia suya le haría pasar por un hombre brutal y mal educado, por un personaje cómico y por un cadete de medio siglo, el General se contuvo de nuevo y dijo con marcada ironía:
--Siento haber llegado en tan mala ocasión. Sin duda que yo, profano en la filosofía y en el arte poética, he venido á interrumpir alguna lección que el primito estaba dando á V., Marquesa.
--Mi General--dijo el Doctor,--yo soy muy humilde para dar lecciones á nadie, y menos á mi prima. ¿Cómo enseñarle la poesía, cuando la poesía misma es ella?
--Aunque disto mucho de ser yo la poesía, mi primo no me daba lección; pero si hubiera estado dándomela... (y aquí la Marquesa dulcificó mucho la voz y puso en su acento un no sé qué de candoroso y manso, á fin de mitigar y embotar la fuerza y la punta que pudiera tener el dardo que disparaba); pero si hubiera estado dándomela... V., mi General, no nos estorbaba; V. no hubiera perdido nada en recibir... en oir la misma lección.
El General echó de menos su sangre fría; conoció que iba á salir con alguna barbaridad si permanecía allí más tiempo, y se levantó furioso. Ya no pudo disimular su mal humor, y dijo al despedirse:
--Yo detesto la poesía, Marquesa: yo soy todo prosa; y como no quiero recibir lecciones poéticas ni interrumpir las que á V. da el primito, me parece lo mejor eclipsarme. Á los pies de V.
D. Faustino se levantó de su asiento para despedir al General con toda cortesía, haciéndole una respetuosa reverencia.
--Beso á V. la mano,--le dijo el General.
--Mi general, beso á V. la suya,--le contestó D. Faustino.
--Vaya V. con Dios, mi General--dijo Costancita con tono melífluo y conciliante, como para aplacar un poco la tempestad que había levantado.--Veo que está V. algo nervioso hoy, y un si es no es disgustado de la poesía. Espero que no duren el mal humor y el disgusto, y deseo que, si persevera V. en aborrecer la poesía, me considere y tenga por prosa, para que siga estimándome y queriéndome.
Al decir esto, alargó lánguida y graciosamente su blanca y linda mano al General, quien no pudo menos de tomarla.
En seguida se fué el General, reconociendo en su interior que lo más atinado era irse, suspirando por las edades prehistóricas, ó ya que no, por los siglos bárbaros, y renegando de lo que llaman _conveniencias_ sociales, que no le habían consentido desahogarse, cuando no diciendo cuatro frescas á Costancita, porque no era él muy listo de lengua, rompiendo en la cabeza del Doctor la mitad de los chirimbolos y baratijas que había en aquel _boudoir_, que tan de veras merecía entonces su nombre, con arreglo á la etimología.
Claro está, y esto lo comprendía Costancita mejor que nadie, que el General, por más deseos que tuviera de vengarse, no se había de allanar á provocar á un lance al pobrecillo empleado de catorce mil reales, ni mucho menos había de divulgar lo ocurrido para convertirse en la fábula de Madrid, haciendo saber que Costancita le había plantado y despreciado por semejante trasto, que así llamaba el General á D. Faustino allá en el fondo de su corazón.
Costancita, no bien sintió que el General había salido de su casa, se acordó de su primera juventud y de la franqueza y naturalidad de Andalucía; olvidó por completo su papel de gran señora; volvió á ser la muchacha traviesa y alegre, y aflojó la rienda á la risa, que hasta allí había tenido refrenada con el freno de la circunspección, y que brotó á carcajadas entonces.
El Doctor siguió haciendo el segundo papel en aquel dúo jocoso; y se rió también con toda el alma.
Después se miraron ambos con gran seriedad, con fijeza y por un movimiento involuntario. Fué una serie de mutuas interrogaciones, instintivas y mudas á par de elocuentes, ya que no podían ni debían expresarse con palabras.
El interrogatorio, no obstante, estaba claro, patente á los ojos del uno y del otro, como si le tuvieran escrito. Contenía, entre otras, las siguientes preguntas:
¿Hasta qué punto debemos creer lo que sin duda ha creído de nosotros el General?
¿Qué iba de chanzas y qué iba de veras en esto que hemos hecho para zapearle?
En suma, ¿nos amamos? Y si nos amamos, ¿cómo nos amamos?
La contestación que ambos dieron al interrogatorio inefable fué bajar los ojos y ponerse más colorados que cuando entró el General.
Hubo tres ó cuatro minutos, largos como horas, de peligrosísimo silencio.
La silla del Doctor continuaba tan próxima como antes al sofá en que estaba Costancita.
El Doctor, casi maquinalmente, volvió á tomarle la mano. Ella volvió á dejársela abandonada.
Volvió el Doctor á cubrirla de besos; pero estos besos, después del interrogatorio, tenían otra significación y otro valer.
Costancita retiró su mano bruscamente, y dijo, sin marcada angustia ni vehemencia de ningún género, pero con digna entereza y con toda la frialdad grave que le fué posible afectar:
--Vete, Faustino, vete; seamos buenos amigos.
_El seamos buenos amigos_ sonó en los oídos del Doctor con son vago é incierto entre súplica y mandato; pero el sentido de la frase se había hecho clarísimo en el modo de pronunciarla. Era una prohibición, era una limitación, y no una excitación: equivalía á decir _no seamos más que amigos buenos_.
El Doctor era bastante serio y delicado para comprender toda la gravedad de aquellas palabras de su prima.
Se levantó, tomó su sombrero, y dijo:
--Adiós, primita.
Ya había vuelto la espalda, ya estaba cerca de la puerta, ya iba á salir, cuando se volvió atrás. Costancita estaba silenciosa. Se acercó á ella el Doctor, y repitió, con tono entre resignado, humilde y agradecido á la vez:
--Seamos buenos amigos.
Al mismo tiempo alargó la mano á su prima como signo y prenda de aquella amistad pura. Costancita dió su mano, tan blanca, tan suave, tan bien formada. El Doctor no pudo menos de besársela nuevamente, con un respeto santo y casto, pero bajo el cual hubo ella de percibir el ardor apasionado y duramente reprimido de los labios amorosos.
Luego, como si contrarrestase y venciese una fuerza invencible, que á pesar suyo le detenía, el Doctor salió algo precipitadamente de la estancia.
Desde aquel día no volvió el General á aparecer en casa de la Marquesa de Guadalbarbo sino en los días de recepción y en las noches de tertulia. Levantó el sitio de la plaza; calló á todo el mundo el motivo; tuvo el buen gusto de no mostrarse muy enojado, y acudió de nuevo á consolarse con Rosita, donde halló fácil y pronto perdón de sus extravíos.
El Doctor, por su parte, no persistió tampoco en hacer novillos á la oficina ó secretaría, y en venir á ver á la Marquesa de mañana; pero siguió yendo á su tertulia, y á comer una vez por semana á su mesa.
Aquellos amores, medio reanudados entre ambos después de diez y siete años de interrupción, debían concretarse y cifrarse en un sentimiento sublime, platónico, purísimo, por respeto al generoso Marqués, que tanto los quería, á él como primo y como amigo, y como esposa á ella. Así pensaba Costancita. Así pensaba también el Doctor. Sin confiarse estos pensamientos, sin ponerse de acuerdo en nada, se diría que se habían entendido. Los dos conocían el peligro de verse á solas. Los dos le evitaban. Pero viéndose en presencia del Marqués, hablándose tal vez algunas palabras aparte cuando lo consentía la sociedad que los rodeada, mirándose, estimándose cada vez más, hasta por este heroico sacrificio y por esta noble conducta, el afecto de Costancita acabó por trocarse en adoración hacia su primo, y la adoración del Doctor por Costancita se hizo más ferviente y ciega.
De esta suerte pasó más de un mes, y no fué chico milagro, sin que el Doctor y Costancita se encontrasen solos. Al cabo, no obstante, aconteció lo que no podía menos de acontecer. No hay para qué culpar ni al destino, ni al diablo, ni á nadie. ¿Qué cosa más natural que un primo, que entraba con tanta confianza en aquella casa, hallase una noche sola á la Marquesa? La Marquesa estaba un poco mala de los nervios y se había negado á recibir. Los criados entendieron que la orden no rezaba con primo tan querido, é introdujeron al Doctor en el _boudoir_ que ya conocen nuestros lectores. El Marqués había salido. Eran las once de la noche. Sabido es que en Madrid se vela mucho y recibe hasta muy tarde.
Á pesar del calor de la estación, el balcón estaba cerrado, de modo que la soledad era completa y segura. Del cuarto del tocador contiguo, cuya puerta de comunicación aparecía abierta, entraba un dulce vientecillo fresco, porque allí estaba de par en par el balcón, que daba sobre el jardín.
Costancita se encontraba en el mismo sitio que el día del mal rato que ambos dieron al general Pérez. Ella, á causa de su indisposición, no se había vestido para comer, y tenía traje de mañana, tan elegante como sencillo. Sus hermosos cabellos desordenados la hacían más bonita é interesante, y mostraban que había estado recostada y que acababa de incorporarse y sentarse para recibir al Doctor.
Estas circunstancias casuales contribuyeron á que la conversación fuese más amistosa y más íntima. Hablaron de todo; pero, sin quererlo, procurando evitarlo ambos, acabaron por hablar de ellos mismos. Costancita dió ocasión, lamentando involuntariamente los cortos medros y adelantos del Doctor en carrera y fortuna.
--¿Qué quieres?--dijo D. Faustino.--En mí se cumple el refrán que dice: _quien mucho abarca, poco aprieta._ No hay ambición que yo no haya tenido. Por eso no he visto satisfecha ninguna. Mi espíritu ha divagado, se ha distraído en cuantos objetos hay, no con el vuelo recto y firme del águila, sino con el revolotear incierto y vacilante del estornino. Mi voluntad marchita no ha sabido perseguir cosa alguna con energía. No extrañes que esté tan poco medrado. Me faltan los dos resortes más poderosos: el amor y la fe en algo fuera de mí.
--¿No amas, no crees en nada? Dios mío, ¡qué horror!
--Hablo de las cosas de esta vida.
--Menos mal; pero aun así es espantoso. ¿Con que no amas á nadie?
--He querido amar, he amado; pero el desdén ha muerto al amor. Hace algunos días he sentido dentro de mi alma como una gloriosa resurrección del amor. ¿Volverá el desdén á matarle?
--Si amas de veras, como creo--respondió Costancita, hablando muy pausadamente y como si le costase trabajo y vergüenza hablar, y como si midiese y pesase las palabras para no decir demasiado, y diciéndolo, no obstante, sin poderlo evitar;--si amas de veras, ¿quién podrá desdeñarte? El poeta lo ha dicho:
Amor a nullo amato amar perdona.
--Además, cuando el que ama vale lo que tú vales, el amor debe ser poderoso, incontrastable como la muerte.
--El poeta dijo una falsedad--contestó D. Faustino;--ó si es su sentencia regla verdadera, yo soy la excepción de la regla. Costanza, recuérdalo, yo te amé en otro tiempo y tú no me amaste. Ahora te amo más. ¿Me amas?
La Marquesa se arrepintió de sus palabras y se llenó de espanto al oir las de su primo, y al notar el fervor con que las pronunciaba. Sintió que una fuerza magnética, un poder de atracción superior á todo la llevaba hacia su primo; pero lo criminal, lo indigno, lo vilmente ingrato de engañar al Marqués de Guadalbarbo no se le ocultaba; surgía ya en el seno de su atribulada conciencia como un remordimiento.
--Faustino--dijo con acento sumiso y triste,--yo hice mal, hice una villanía, fuí una miserable no amándote entonces. No exijas de mí que sea más miserable y más villana amándote ahora.
--Yo nada exijo, Costanza. El amor no se impone. Si depende de tí el no amarme, no me ames. Yo te amo; yo muero de amor por tí.
El Doctor cayó de rodillas á los pies de la Marquesa.
--Levántate, tranquilízate. ¡Jesús, Dios mío! ¡Qué locura! ¡Alguien puede venir!
--¡Ámame!
--Ten piedad. Déjame. Huye de aquí. ¿Qué va á ser de nosotros, santos cielos?
--Ámame, Costanza.
--¡Ah, sí... te amo!
El Doctor ciñó en un abrazo febril el cuerpo de la Marquesa, que cedía rendida y desfallecida. Sus labios se unieron.
De repente exhaló ella un grito ahogado, y poniendo ambas manos en el pecho del Doctor, le rechazó con violencia.
--¡Estoy perdida!--dijo con voz tan baja y tan intensa, que más que oirlo pudo adivinarlo el Doctor.
La pasión sincera y vehemente los había apartado á ambos del mundo exterior; los había hecho insensibles á cuanto los rodeaba; habían estado incautos, imprevisores, imprudentísimos, locos.
No habían sentido llegar al Marqués de Guadalbarbo. El Marqués de Guadalbarbo acababa de entrar en el saloncito.
El Doctor y la Marquesa se repusieron y tomaron la conveniente actitud; pero ¡qué desorden moral en la mente del uno y de la otra! ¡Qué consternación y qué vergüenza no se pintaba en sus semblantes!
En cambio, el Marqués mostraba en el suyo la misma serenidad, la misma satisfacción de siempre. ¿Habría hecho un milagro el demonio? ¿Habría puesto una nube ante los ojos del Marqués para que nada viese?
La esperanza es el último consuelo del corazón más lacerado, y Costancita, al reparar lo sereno que su marido estaba, no perdió la esperanza.
--Niña, hija querida--dijo el Marqués, llamando á su mujer con los mismos términos de siempre, donde iban expresados el amor que la tenía y la diferencia de edad,--¿estás mejor de salud? Me tenías con cuidado y he querido pasar por casa antes de ir al Ministerio de Hacienda. Quiero saber cómo te encuentras antes de salir de nuevo... ¡Hola, Faustino! ¿Tú por acá?
Y el Marqués estrechó la mano del Doctor, que se la dió avergonzado y casi convulso.
La Marquesa dijo tartamudeando, trabándosele la lengua, como si tuviera un nudo en la garganta:
--Estoy bastante mejor.
D. Faustino, aterrado, nada dijo.
Ó el Marqués no había visto nada, ó no había querido ver nada, ó tuvo piedad del martirio, del miedo, de la postración humillante de aquellos infelices.
El Marqués dijo que el Ministro de Hacienda le aguardaba, y se volvió á la calle.
D. Faustino y Costancita se quedaron solos de nuevo. Ambos, aunque apasionados, distaban mucho de estar pervertidos. El terror de ellos no era, pues, por el peligro que acababan de correr; era por la conciencia de su pecado. Aquel abrazo y aquel beso habían sido un hurto infame. La honra, el amor, la confianza generosa del padre de sus hijos, todo había sido ofendido por la Marquesa. El Doctor había hecho traición al amigo leal, al que más le quería y le estimaba; había intentado robarle su más preciado tesoro. Al ser sorprendidos ambos, la cobardía de los delincuentes se había pintado en sus rostros, se había revelado en sus ademanes. Ambos se habían visto y estaban avergonzados de haberse visto. Este sentimiento de su común indignidad y humillación en presencia del Marqués pudo más entonces que todo recelo y que el ansia de precaverse para lo futuro, ó de remediar, si era posible, el mal causado ya. Apenas tuvieron palabras con que hablarse y entenderse.
Largo rato permanecieron mudos.
--Vete ya. Vete. ¡Estoy perdida!--dijo ella al fin...
--¿Quién sabe?--se atrevió á contestar el Doctor.--Quizás él no ha visto nada. De seguro... no ha visto nada... El cielo nos ha protegido.
--¡Qué horrible blasfemia! El infierno... tal vez.
--Sea el infierno, en buen hora, con tal de que tú no pierdas.
--Faustino, vete, déjame; me haces daño en el alma,--exclamó la Marquesa, llena de disgusto y angustia.
El Doctor tomó su sombrero, y silencioso, á paso lento, cabizbajo y pensativo, salió del salón y de la casa.
Tristes pensamientos y desatinadas medidas iba barajando en su cabeza conforme seguía maquinalmente por las calles su acostumbrado camino.
--¿Si lo sabrá el Marqués?--se preguntaba.--Es imposible que no lo haya visto todo. ¿Qué había de hacer sino disimular ó matarnos allí? Por eso disimuló... pero ¿con qué propósito? ¿Irá á vengarse en ella? Yo debo evitarlo. Yo debo defenderla.
Luego, harto más abatido, daba el Doctor otro giro á su soliloquio, y se decía: