Las Ilusiones del Doctor Faustino, v.1
Part 9
--Pues aunque su merced se me enoje, le sostendré que es necesario y más que necesario. Manolilla no es una Manolilla cualquiera: es la criada favorita de Doña Costanza. Yo no me duermo en las pajas, y aunque no he venido á vistas, cómo la he hallado vacante, la he dicho: aquí me tienes, cuerpo bueno; y como la moza no es ninguna fiera, habla conmigo algunas noches por una de las rejas del jardín.
--¿Y qué te ha dicho de su señora? ¿Sabe ella lo que su señora piensa de mí?
--Dice que la señorita dice que su merced tiene mucho talento y sabe más que Lepe y Lepijo del cielo y de los espacios imaginarios; pero que su merced parece á veces un tío lila, y que le está dando un camelo con no declararse.
--¿Eso dice?
--No digo yo, ni dice Manolilla, que ella lo diga con las mismas palabras; pero así, por estilo burdo, no atinamos nosotros á exponer de otra suerte el sentido de lo que dice.
--Está bien. ¿Cuándo hablarás tú con Manolilla?
--Esta noche á la una. En cuanto su ama se acueste, saldrá á la ventana Manolilla á pelar la pava conmigo.
--¿Podrás llevar una carta mía para Doña Costanza?
--¿Y por qué no? Escríbala en seguida su merced.
D. Faustino se puso al momento á escribir la carta; y una vez escrita, se la entregó al criado, que se fué á ver á Manolilla.
El Doctor no pudo pegar los ojos en toda la noche, pensando en el efecto que la carta produciría y lleno de zozobra de hacer reir á Doña Costanza.
Lo primero que hizo el Doctor, cuando Respetilla entró en su cuarto á la mañana siguiente para limpiarle la ropa, fué preguntarle si había entregado la carta.
--Manolilla quedó anoche en entregársela á su ama en cuanto su ama se despertase. A estas horas ya la habrá leído treinta veces la señorita, y se la sabrá de memoria,--contestó Respetilla.
--¿Crees tú que habrá contestación?
¿Y cómo dudarlo? Tan cierta tenga yo la gloria. Esta noche espero que Manolilla me traerá la contestación, y yo vendré en seguida á dársela á su merced.
Mientras pasaban estas cosas entre el Doctor y Respetilla, Doña Araceli, harta ya de ver que sus planes no tenían resultado ninguno, se decidió á romper el silencio y á tener una explicación con su sobrina. Con pretexto de ir á misa, salió de su casa muy temprano y se fué á ver á Doña Costanza, que estaba en cama aún, pero ya despierta. Don Alonso había ido al campo á caballo, de lo que se alegró Doña Araceli, que no quería que la sospechasen ni acusasen de favorecer demasiado aquellos amores.
Doña Araceli había amado muchísimo, aunque sin fruto y con desgracia; y como la mayor parte de las mujeres que amaron mucho de mozas, se deleitaba, cuando ya era vieja, en que la gente joven se amase, y hasta aceptaba y hacía el tercer papel, con la misma vehemencia y ternura con que en su juventud había hecho el primero.
Una de las mayores rudezas y crueldades de la opinión vulgar es, en mi sentir, dar un nombre feo, malsonante y de vilipendio, tanto que no me atrevo á estamparle aquí, á las mujeres ya viejas que conciertan voluntades. Cuando esto se hace con buen fin y sin interés, es el grado más sublime á que puede elevarse el amor en lo humano; es la manifestación gloriosa del amor, limpio ya de egoísmo; es el amor del amor, sin atender al propio bien ni al logro del propio deseo. No hay obra de misericordia que no se resuma y cifre en el ejercicio de esta virtud archi-amorosa, tan de nigrada y escarnecida. La que ejerce esta virtud cura al enfermo, redime al cautivo, da de beber al sediento, enseña al que no sabe, busca posada para el peregrino, y viste la desnudez de un alma con todas las galas y joyas del amor bien pagado. Sólo mujeres tiernas y excelentes, como Doña Araceli, son capaces de esta virtud. Hay, además, en esta virtud mucho de semejanza al estro poético, á la inspiración, al prurito nobilísimo de producir lo bello, de crear una obra de arte. ¿Qué obra de arte más bella que unos amores, que el concierto y armonía de dos voluntades, que la confusión y compenetración de dos almas en una sola?
Movida, pues, de tan altos y benditos sentimientos, entró Doña Araceli en la alcoba de su sobrina. Suave fragancia transcendía por toda ella. No eran aromas alambicados por Atkinson, Violet ó Lubin. Apenas si había más que jabón y agua fresca en aquel tocador. Así es que, si no disgustase ya el empleo de la mitología, podría decirse que prestaban á Doña Costanza tan delicado aroma la ninfa de la fuente de su jardín é Higia y Hebe, diosas de la salud y de la juventud.
Había en la alcoba una ventana que daba al jardín. Al través de los cristales entraban por ella algunos rayos de sol, que parecían filtrarse por entre el tupido ramaje de la madreselva y los jazmines que velaban la ventana. Un canario, cuya jaula pendía del techo de la alcoba, cantaba de vez en cuando. Y en el lado opuesto al de la cama se veía un altarito, con dos velas encendidas; y sobre el altarito, una Purísima Concepción de talla, bastante bonita.
Doña Costanza no usaba papalina, cofia, ni redecilla para recogerse el pelo durante la noche; de suerte que el pelo, libre y desatado, mostraba entonces toda su abundancia y hermosura. No exigían tampoco ni el uso ni aquel clima benigno otra vestidura para dormir, que la holanda venturosa que inmediatamente tocaba el lindo cuerpo de Doña Costanza, plegándose y ajustándose un tanto á la garganta, merced á una cinta de seda azul celeste, que formaba un lacito sobre el pecho. La sábana y una colcha ligera cubrían á la joven, si bien ciñéndose al cuerpo por tal arte, que revelaban sus graciosas, elegantes y juveniles formas.
Doña Araceli, que además del cariño de tía tenía lo que llamaba Dante entendimiento de amor, no pudo menos de extasiarse al ver á su sobrina; y después de haberla contemplado un rato, se echó en sus brazos y la besó, diciendo:
--¡Qué hermosísima estás, muchacha! ¡Dios te bendiga! ¡Vamos, si pareces una Magdalena sin penitencia y sin pecado!
--Tiita, no se burle de mí con lisonjas. Mire V. que no soy presumida.
--¡Qué me he de burlar, hija mía! ¡Qué me he de burlar! ¿Dónde se ha visto cosa más mona que tú? ¡Alabado sea Dios, que quiso lucirse y echar el resto en tu persona! Así, en estos momentos, es cuando hay que ver á las mujeres para juzgar sobre su mérito: despeinadas, sin afeites, sin cascarilla ni arrebol, como el Señor las ha criado.
--¿Qué la trae á V. por aquí tan de mañana, tía?
--Pero, muchacha, ¡qué colores tienes tan frescos cuando te despiertas! ¡Si pareces una rosa!--interrumpió Doña Araceli.
Costancita, en efecto, se había puesto más colorada que de costumbre, cuando su tía entró de improviso, y había ocultado rápidamente debajo de la almohada la carta del Doctor, que Manolilla le había dado y que ella acababa de leer.
--¿Qué quiere V., tiita? V. misma lo ha explicado todo. Sin penitencia y sin pecado, ¿cómo no he de tener buenos colores?
--Dí también que sin amor y sin desvelos. Eso es lo que no me explico, hija Costanza. Tus ojos son engañosos. ¿De dónde procede el fuego seductor que los anima? ¿De aquí, de este corazoncito? Pero, ¿cómo ha de proceder, si este corazoncito está helado?
--¡Helado! ¿Y de dónde infiere V. eso? Al contrario, tía. Sepa V. que mi corazón está lleno de amor.
--¿Para quién, hija?
--Hasta ahora, tía, para nadie. Pero, ¿dejará de arder el amor y de morar en mi alma y de ocuparla toda, aunque no tenga objeto en quien se emplee?
--No me salgas con tiquis-miquis que no se entienden. ¿Qué es amor, sino deseo, apetito violento, afán de unirse al objeto amado? Y si careces de objeto, ¿cómo no has de carecer de amor? ¿Qué anhelas tu gozar? ¿A qué apeteces unirte, amándolo?
--Pasito, tía, que no es tan invencible el argumento de V. Cuando hay amor y no hay objeto en el mundo para el amor, se imagina, se sueña, se crea un objeto, y este objeto se ama. Así hago yo. ¡Y si V. viese qué precioso es el objeto que forjo en mis sueños!
¿No se parece nada á tu primo Faustino?
--A decir verdad, tía, estas imágenes que se forjan en sueños distan mucho de tener la consistencia de la realidad: son vagas, confusas, aéreas. Sus contornos se desvanecen en un ambiente de niebla luminosa. ¿Cómo he de saber yo de fijo si mi objeto soñado se parece al primito ó no? Eso es según. Ya creo que se parece algo, ya que no se parece nada.
--¿Luego amas una imágen que no sabes cómo es?
--Sé y no sé. Es un misterio que no logro poner en claro.
--No seas pícara, Costancita. Déjate de misterios. Dime sin rodeos ni diabluras si quieres ó no á tu pobre primo.
--Antes sería menester saber si él me quiere ó no.
--El te quiere, te adora. Eso se conoce.
--V. lo conocerá, tía, porque V. tiene más conocimiento que yo. Yo soy inexperta y tan mocita, que nada conozco. ¿Para qué sirve la lengua? Si me quiere, ¿por qué no lo dice? ¿Porqué no se declara? ¿Quiere él y quiere V. que yo le pretenda?
--No, hija Costanza. El no se declara porque es muy tímido.
--La timidez y la tontería suelen confundirse.
--En este caso no. Además, Faustinito no ha tenido ocasión. ¡Tú estás siempre tan circundada!
--Se rompe el círculo que me circunda, se busca ocasión y se halla.
--¿Y quién sabe si él la anda buscando?
--Muy torpe es si anda buscándola ocho días sin hallarla. Pero, vamos, tiita, yo la quiero á usted muchísimo, y no quiero embromarla más ni ocultar á V. nada.
--Dí, dí, picarita. Ya calculaba yo que había gato encerrado.
Doña Costanza metió la mano debajo de la almohada y sacó el billete de su primo entre los lindos dedos.
--Aquí está el gato--tía--dijo.--Aquí está el gato. Ocho días ha tardado el primo en pensar y en escribir esta epístola. Confiese V. que no se precipita y que va con calma, reflexión y reposo.
--No seas burlona. Tu primo no se habrá atrevido á escribirte antes. Léeme la carta.
Tía, ¡por amor de Dios! Este es un secreto. No se lo diga V. á papá ni á nadie. Estas cosillas son más gustosas cuando no se saben.
--No tengas cuidado. Yo me callaré. Lée.
Doña Costanza, en voz muy baja, leyó el billete, que decía así:
«Primita: He tenido el atrevimiento de concebir una esperanza de fidelidad, que me alienta hace ocho días. Mil temores, nacidos de mi corto valer y de lo mucho que tú vales, asaltan mi esperanza, luchan contra ella y procuran matarla. Acudo á tí para que la perdones y la ampares. Basta con una palabra de tus frescos labios para que viva. ¿Pronunciarás tan dulce palabra? En todo caso, no condenes á esta esperanza sin oir antes lo que tengo que decir en su defensa. ¿Cómo y dónde podré hablarte? Si cierta simpatía que he creído leer en tus ojos, si cierta piedad con que me miras á veces, no son mentira que mi fatuidad inventa, confío en que has de buscar medio de oirme lejos de la turba de adoradores que te rodea. Aguarda con ansia tu contestación el más fervoroso de todos, tu primo.--_Faustino_.»
¿Ves cómo no debes quejarte?--dijo Doña Araceli.
--Y si yo no me quejo, tía.
--¡Y qué carta tan fina y tan bien hilvanada! ¡Cómo el galán encaja en ella todo lo que quiere! ¡Con qué arte es atrevido sin dejar de ser modesto! ¡Con qué primor pide amores y citas sin que parezca que pide nada! Y tú, ¿qué vas á hacer?
--Allá veremos, tía. Lo natural, lo que se cae de su peso, es estar pensando durante otros ocho días la contestación.
--Costancita, no seas mala. ¿Le quieres ó no le quieres?
--¿Y yo qué sé tía?... ¿He de sentirme enamorada de sopetón? Hablando con franqueza, yo me temo que voy á amarle. Advierto que me atrae, que se va hacia él un poquito mi voluntad; pero no le amo todavía. Será menester, lo primero, que me convenza yo de que soy querida, muy querida. Después... repito que allá veremos.
--Entretanto, ¿qué vas á contestar?
--Nada, por lo pronto. Ocho días de silencio.
--Se va á morir de impaciencia.
--Pierda V. cuidado, que no se morirá. Por otra parte, ya ve V. que el primito es atrevido; tardío, pero cierto; me pide nada menos que una cita á solas, ó yo no lo entiendo. Darle la cita sería comprometerme demasiado. ¡Jesús! ¡Qué ligereza! ¿Qué se diría de mí si se supiese?
--Pero, muchacha, si ha de ser tu marido, ¿no podrás hablar con él un momento por una reja?
--¿Y quién le dice á V. que ha de ser mi marido? Eso está por ver.
Por más halagos, razones y caricias que hizo y dijo Doña Araceli á su sobrina, no logró ni más promesas ni más luz sobre el estado de su alma con relación á D. Faustino.
Doña Araceli, no obstante, volvió á su casa algo más confiada en el buen éxito de los amores que con tanto entusiasmo patrocinaba.
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VIII.
AL PIE DE LA REJA
Todo aquel día estuvo el Doctor alborotado y lleno de ansiedad aguardando contestación de Doña Costanza.
Vió á su prima en el paseo y en la tertulia. Le habló delante de los otros amigos y amigas que la cercaban. No notó ningún signo de que Costancita hubiese recibido bien su carta. Antes al contrario, le pareció que Costancita estaba con él más seria que de costumbre. Sus miradas eran menos benévolas y frecuentes. El Doctor se dió á sospechar que había caído en desgracia, y se puso más melancólico que de costumbre.
Respetilla no había podido ver en todo el día á la doncella favorita. D. Faustino le preguntó en balde sobre la suerte y paradero de su carta.
Aquella noche volvió el Doctor á las doce de la tertulia de D. Alonso á casa de la tía Araceli. En vez de desnudarse, rogó á su criado que fuese cuanto antes á hablar con Manolilla, y que á la vuelta entrase á hablarle, que él le aguardaba despierto y vestido.
Así lo hizo, y se quedó sentado á la mesa leyendo un libro de filosofía; pero no acertaba á entender ni un renglón siquiera. Sobre las páginas graves del libro brincaba la imagen de Costancita, riéndose, enamorándole y distrayéndole de todo.
Transcurrieron dos horas mortales. Después de las dos oyó D. Faustino pasos de puntillas en los corredores. A poco levantó Respetilla el picaporte y entró en el cuarto.
--¿Por qué has tardado tanto? ¿Traes contestación?--preguntó el Doctor.
--Vaya, señorito, ¿cree su merced que es tan fácil entrar en esta casa? El chico que me abre la puerta falsa se había dormido como un tronco, y por poco no me quedo á dormir al sereno.
--¿Traes carta?--volvió á preguntar D. Faustino.
--No se apure su merced.
--¿Qué hay? No me apuro--dijo el Doctor, contradiciendo lo apesadumbrado y lastimero de la voz lo mismo que expresaba.--No me apuro. Dí ¿qué hay?
--Pues digo que no hay carta. Doña Costanza ha regañado á Manolilla porque le entregó la de su merced, á la que dice que no quiere contestar.
--¡Bien me lo decía el corazón! Yo soy poco dichoso. No quiero seguir aquí tonteando. Mañana nos volvemos á Villabermeja.
--Señorito, yo creo que las cosas no están tan mal como su merced se las figura.
--¿Y por qué lo crees?
--Lo creo porque á Doña Costanza, que no quiere contestar á su merced, le ha entrado de repente una manía rara.
--¿Qué manía?
--Ha dicho á Manolilla que hace ahora un tiempo delicioso; que el jardín está que da gusto, y que por las noches, con la luz de las estrellas y con el perfume del azahar, debe de estar mejor. Manolilla le ha contestado que sí; que el jardín está encantador de una á dos de la noche, y la señorita ha replicado que tiene el capricho de bajar mañana al jardín á la referida hora.
--¡Ay, Respetilla, apenas quiero creer mi ventura! ¡Me da cita! ¡Quiere verme y hablarme por la reja del jardín!
--Señorito, yo no digo eso. No saque su merced de mis palabras lo que en ellas no se contiene. Estos son asuntos muy dificultosos y resbaladizos. Ni Doña Costanza á Manolilla, ni Manolilla á mí, han dicho nada de cita. No se ha hablado de su merced para nada. Sólo se sabe que Doña Costanza tiene el capricho de bajar mañana al jardín, á la una de la noche; para oler el azahar y contemplar el cielo estrellado; pero como en el jardín hay dos rejas que dan á la callejuela, su merced puede ir por allí, porque la calle es del Rey, y nadie le prohibe á su merced estar en la del Rey, y su merced puede oler también el azahar á la hora que se le antoje.
--Iré, Respetilla; iré sin falta.
--Añade Manolilla que su merced debe ir muy embozado en la capa para que no le vean. En este pueblo son muy chismosos y maldicientes. Y cuando estemos los dos en la callejuela, su merced se podrá acercar á la reja como para ver el jardín y oler las flores, y entonces podrá ocurrir la casualidad de que vea su merced allí cerca á la prima, y por casualidad podrá hablarle.
--¡Ojalá que tan feliz casualidad se realice!--dijo el Doctor suspirando.
--No suspire V., señorito. Ensanche su merced el pecho, que hay casualidades que parecen providencia.
El Doctor se puso contentísimo. Era generoso, y en albricias dió á su criado una monedilla de cuatro duros, equivalente á ocho arrobas de vino superior de su candiotera, y á poco menos de la duodécima parte de su haber en metálico.
Al otro día hubo paseo, tertulia, todo lo de los días anteriores. Costancita, como de costumbre, ni más ni menos afectuosa; más bien menos. D. Faustino la vió, ya al lado de su padre, ya cercada de amigas y adoradores. La habló... y como si tal cosa.
La impaciencia devoraba al Doctor. El día le parecía eterno. La tertulia interminable; pero no hay plazo que no se cumpla, y llegó la una de la noche.
Ya D. Faustino había acompañado á la tía Araceli desde la tertulia á casa, y había cenado con ella. Estaba listo.
No bien la casa quedó en silencio y todos recogidos, el Doctor se escapó con Respetilla por la puerta falsa, de sombrero calañés, embozado en la pañosa, y con una pistola y un puñal en el cinto.
Antes de que diese la una en el reló de la iglesia mayor, ya estaban el Doctor y Respetilla en la callejuela. Las tapias del jardín eran muy altas, y había en ellas dos ventanas con rejas de hierros cruzados; pero sin celosías ni puertas de madera. Todo lo interior del jardín se descubría perfectamente, en cuanto lo consentía la espesura frondosa de naranjos, limoneros, jazmines, rosales de enredadera y otros árboles y plantas. En la callejuela había profundo silencio, y más silencio profundo en el jardín. Sólo se oía el murmurar de la fuente que estaba en el centro.
No había luna; pero era tan clara la noche y brillaban tanto las estrellas, que iluminaban las senditas del jardín y rielaban en el agua del arroyo por donde se desahogaba la fuente para que no rebosase. En ambas orillas del arroyo había, sin duda, muchas violetas, pues su aroma sobresalía por cima del de las rosas, azahar y demás flores.
--Aún no han bajado, señorito,--dijo Respetilla.
--Calla y aguardemos,--dijo el Doctor.
Transcurrieron en silencio tres ó cuatro minutos.
--Ahí vienen ya, ahí vienen--dijo Respetilla.--Ea, no se quede su merced así... tan delante de la ventana, hecho un espantajo, no se asusten estas palomas y se escapen. Arrímese su merced al muro y deje la ventana libre, á ver si vienen.
El Doctor obedeció con docilidad á Respetilla: se apartó de la ventana y se pegó contra el muro. Entonces oyó ruido de pasos ligeros y el crujir agradable y provocativo de la seda y de las leves faldas. Doña Costanza y Manolilla estuvieron á poco en la ventana donde se hallaba el Doctor.
--¡Qué hermosa noche, Manuela!--dijo Doña Costanza.--¡Cuánto me alegro de haber bajado al jardín! Estaba desvelada... Pero tengo miedo. ¿Nos habrá sentido papá? Dios quiera que no lo sepa. ¡Dios mío! ¡Qué furioso se pondría!
El Doctor no sabía cómo salir de su escondite y empezar el diálogo.
Por último, se desembozó y se acercó á la reja, donde estaba su prima.
--¡Ay! dijo ésta asustada.
--No te asustes, Costancita: soy yo, tu primo Faustino.
--¡Hola, hola, primito!--dijo Doña Costanza, riéndose.--¡Vaya un susto que me has dado! ¡Miren qué diablura de coincidencia! Hemos tenido el mismo antojo los dos!
--Así es, prima. Yo también estaba muy desvelado, y he salido á tomar el fresco y á respirar el ambiente embalsamado de tu jardín. Buena dicha ha sido el hallarte.
--Sí, hijo mío; pero ¡qué compromiso! Papá, si supiera que yo estaba hablando contigo á estas horas, y por la reja, sólo Dios sabe lo que haría!
Al llegar á este punto de la conversación, advirtió D. Faustino que ya Respetilla y Manolilla se habían apartado discretamente, sin decir «queden ustedes con Dios,» y estaban hablando muy cerquita el uno del otro, en la otra reja, como quienes quieren dar buen ejemplo.
El Doctor imitó á su criado, y se aproximó cuanto pudo. Costancita sin duda que no lo advirtió, porque no se retiraba, antes insensible y naturalmente, sin caer en la cuenta, se acercó también un poco. Por momentos estuvieron tan próximos, que el Doctor aspiró el fresco y perfumado aliento de la boca de Doña Costanza, y sintió que el fuego de su mirada se le entraba en el alma y como que la encendía.
--Te amo, te adoro--exclamó entonces el Doctor, en voz baja, aunque vehemente.--Para esto quería verte á solas. Esto quería decirte. Ámame ó mátame. Eres mi cielo, mi gloria, mi esperanza. Con tu amor y por tu amor me siento capaz de todo. De tí depende mi suerte y mi vida. Tú puedes salvarme ó perderme. Eres más linda que las flores, más fresca que la aurora, más graciosa que las ninfas que imaginaron los antiguos poetas. Vales más que todos mis ensueños, aunque llegaran á realizarse.
--Cállate, primo, cállate y no seas loco. Esa vehemencia de expresión me aterra. Ten juicio, ó no vendré otra noche.
--¿Vendrás otra noche? ¿Vendrás todas?
--Vendré, vendré un ratito; pero es menester que seas muy callado y muy juicioso.
--Pero ¿no me quieres?
--Pues ¿si no te quisiera, vendría?
--¿Con que me quieres de amor?
--Mira, Faustino, yo no debo engañarte. Yo te quiero, y te quiero mucho como á primo, y como se quiere á un amigo, y como se quiere á un hermano. Todo esto lo sé, lo siento y lo comprendo; pero de amor, ignoro lo que te diga. Soy muy niña y no sé qué debo sentir, ni siquiera qué debo pensar. Dame espera para que yo me interrogue á mí misma y me estudie.
--Perdona mi fatuidad, Costanza; pero ese cariño de que me hablas, ese afecto de prima, de amiga y de hermana, ¿qué es más que amor?
--No trates tú ahora de engañarme, Faustino. Harto se me alcanza que amor es algo más. No sé lo que es, no sé en qué consiste; pero es algo más. Y en prueba de ello, voy á hacerte una confianza.
--¿Cuál, bien mío?
--Que si no te quiero de amor, quiero quererte de amor, y ya esto es mucho. Cuando me paro á pensar en esto, ¿sabes lo que se me ocurre?
--¿Qué se te ocurre?
--Que mi alma anda como la mariposa, revoloteando, revoloteando en torno de la luz, que la atrae de un modo singular. Esta atracción la siente ya mi alma hacia tí; pero no es amor todavía. Es inclinación á amar. Si mi alma cae en la luz y se quema, entonces la llamaré enamorada.
--¡Ojalá caiga pronto!
--¡Cruel, hombre sin caridad! ¿Tan mal quieres á mi alma? ¿Qué te hizo la pobrecilla?
--Herirme, matarme de amores.
--¡Qué exagerados y enfáticos sois los poetas! No sé qué pensar cuando te oigo. ¿Serán frases, me digo; serán figuras retóricas, ó sentirá éste de veras lo que dice?
--¿Dudas de mi lealtad y buena fe?
--Entiéndeme bien. Yo no dudo. Te ofendería dudando, y más aún diciéndote que dudo de que eres sincero. Pero acaso te engañas á tí mismo. Este jardín, esta noche tan apacible y serena, este aroma de flores, la novedad de la cita, el silencio poético de las altas horas, ¿no pueden ser parte de tu entusiasmo? Si en vez de estar yo aquí, estuviese aquí otra mujer joven como yo, y bonita como yo, pues que me dices que soy bonita, ¿no te entusiasmarías lo mismo, y no la llamarías también, con la misma sinceridad, gloria é infierno, salvación y condenación, y todo lo restante que me dijiste?
--No, no la llamaría. Tú sola eres para mí todo eso.
--Pues bien. Yo haré por creerlo. Permíteme que dude todavía. No quiero ser crédula y fácil. No quiero que me alucine la vanidad. Lisonjea tanto ser amada como tú dices que me amas, que no me atrevo á dar crédito á lo que afirmas. Dispénsame esta modestia. Adiós. Hasta otra noche.