Las Ilusiones del Doctor Faustino, v.1

Part 8

Chapter 83,984 wordsPublic domain

--Niega tal dilema. Conviértele en trilema ó en cuatrilema. Añádele el término de no coquetear ni marear al primo y de que se vuelva sosegado y contento á su casa cuando pase la feria, ó añádele el término de desengañarle suavemente, si se empeña en enamorarte, y no te burles ni te cases.

--No me vengas con sofisterías, papá; aquí no hay más que dilema y archi-dilema; ó boda ó burla. ¿Sería poca burla pagar sus chucherías al pobre primo dándole calabazas enconfitadas?

Apurados todos los recursos de su dialéctica, D. Alonso se calló, reconociendo tácitamente la existencia del dilema y dando un beso en la frente á Doña Costanza.

Ella, en cambio, hizo á su padre el lazo de la corbata, le dió cuatro ó seis palmaditas en el carrillo y le acarició, por último, la calva con una fuga de besos sonoros, mientras que le tenía asida la cabeza entre sus manos blancas y suaves.

D. Alonso, en aquel instante, se sintió tan feliz y tan amado por su hija, que le hubiera dado, en vez de los tres mil, hasta cuatro mil duros de renta. Lo que no le hacía gracia era que Costancita pensase, ni de broma, en casarse con el Doctor Faustino; pero se consolaba con creer que el tal proyecto no podía pasar de ser una broma, y sólo temía que fuese algo pesada.

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VI.

CARTA DEL DOCTOR Á SU MADRE

Dos días después de la llegada del Doctor á casa de Doña Araceli, pareció necesario que el mozo, que había venido con los mulos, volviese con ellos á Villabermeja, así para evitar gastos é incomodidades á la espléndida anfitriona, como porque los mulos no eran del Doctor; sino prestados. La ilustre casa de los López de Mendoza no podía sustentar ya sino la jaca del Doctor, el mulo de Respetilla, y dos borricos que casi siempre estaban _estudiando_. En Villabermeja se entiende por _estudiar_ dejar sueltas en el campo las caballerías para que ellas se busquen la vida, alimentándose de la escasa hierba que pueden hallar, sobre todo cuando no llueve. Como el Doctor pensaba quedarse con su tía una larga temporada, el mozo de los mulos volvió con ellos de vacío al lugar. D. Faustino envió por este medio una extensa carta á su madre, que trasladaremos íntegra en este sitio, por ser un importante y fidedigno documento de nuestra historia.

La carta decía:

»Querida madre: No sé si alegrarme ó entristecerme de haber venido por aquí y de haber acometido esta empresa. La tía Araceli es la misma bondad, la quiere á V. mucho y me ha recibido y tratado con el mayor afecto. Aunque la tía tiene talento, es tan candorosa, que no descubre en nada la malicia. Así es que los elogios que Costancita hizo de mí, al ver el retrato doctoral, créame V., fueron irónicos, y la tía los tomó por moneda corriente. Costancita me ha hecho venir por curiosidad y porque es muy caprichosa y porque está muy mimada por su padre y hace cuanto se le ocurre; mas no porque se enamorase al verme en efigie con el bonete y la muceta. Por fortuna, me lisonjeo de haber infundido en el ánimo de Costancita mejor idea vivo que retratado.

»He hablado con el tío Alonso, que, gracias á Dios, tiene buena índole, pues sería insufrible si no la tuviera. Está tan vano y engreído con sus riquezas, que se figura que es el hombre más discreto, hábil y entendido entre cuantos mortales conoce. Atribuye á ciencia suya, y no á feliz casualidad, el haber hecho tanto dinero, y entiende que poseyendo él en alto grado dicha ciencia, que es la principal, puede y debe decidir sobre todas las otras sin apelación. Habla, pues, de política, de literatura, de artes, de todo, en suma, con autoridad imperiosa; y como aquí apenas hay persona de la sociedad que no le deba dinero ó favores, todos acatan su opinión como la voz de un oráculo, y no hay quien le contradiga.

»La amabilidad del tío es extraordinaria, no sólo conmigo, sino con cuantos vienen á verle. Quiere pasar por un señor muy llano, lo cual no impide que sea majestuoso y entonado á la vez. Se dirige á todos con cierto aire de protección y de superioridad, que no ofende por la natural buena fe de que nace.

»El tío presume también de chistoso y goza mucho de que le rían las gracias. Cuantos asisten de noche á su tertulia se juzgan en la obligación de reírselas, y por lo común, se las ríen sin esfuerzo ni violencia, porque el dinero está dotado de tal encanto, que agracia la palabra y los pensamientos de quien le tiene.

»Nada ha dicho el tío por donde se pueda colegir que sabe nuestros planes.

»Sólo se ha jactado conmigo, y creo vana la jactancia, de que, si quisiese, podría disponer de todos los votos de este distrito y hacer un diputado á su gusto.

Dos ó tres veces me ha interrogado como para examinar mi capacidad, medir mis fuerzas y calcular qué se puede esperar de mí. Ignoro si el resultado de estos exámenes me ha sido favorable ó adverso. Bajo las apariencias de franqueza lugareña y de inocencia rústica y campechana, tiene el tío, á mi ver, mucha recámara y disimulo.

»No hablo á V. de la tertulia diaria de casa del tío, pues es como todas. Los viejos juegan al tresillo; los jóvenes arman duos amorosos ó se divierten contando chismes. Costancita parece una emperatriz. Dos ó tres amigas están junto á ella, como si fueran sus damas de honor ó su servidumbre, y luego se forma en torno un ancho círculo de admiradores.

»Al punto se advierte que todos la adoran, sin que la deidad adorada haga el menor favor, salvo el de agradecer los rendimientos y adoraciones con alguna mirada piadosa ó con alguna dulce sonrisa. Á Costancita se le graba y ahonda, cuando sonríe, un precioso hoyuelo en la mejilla izquierda, y enseña, además, unos dientes blanquísimos.

»No se ha proporcionado ocasión, en dos días, de que yo hable con ella á solas. Casi me alegro. Costancita me ha inspirado cierto respeto y consideración, tal vez porque es mi prima, y no quisiera profanar el amor, hablándole de amor, antes de estar cierto de que la amo.

»Cuando yo no sé aún si la amo, ¿cómo he de saber si me ama ella? Me echa miradas muy cariñosas; pero no acierto á calcular todo el valor y significado de estas miradas. Creo que á ninguno de los admiradores se las dirige tan significativas; pero como el amor propio puede engañarme, siempre estoy espiándola á ver si mira á algún otro del mismo modo que á mí.

»Ella no cae en la cuenta de que yo la espío. Hay en ella mucho candor infantil. Reina en su conversación singular hechizo. ¡Qué melindres los suyos! ¡Qué inocentadas! Parece una criatura de siete años.

»Y no obstante, ¡si viera V. con qué discreción habla en ocasiones, qué cosas tan sutiles dice, cómo remeda á éste ó se burla de aquél, y con qué travesura y desenfado lo hace todo! El tío Alonso se queda embobado oyendo y viendo las que él llama maldades de su diablillo. Yo no extraño esto, porque la chica es tan viva y tan graciosa, que aun sin que sea á su padre puede embobar á cualquiera.

»Al principio (ya V. sabe lo receloso que yo soy) empecé á temer que Costanza fuese una niña muy consentida, mala de carácter y fría de corazón; pero ya creo que no: ya creo que es buena.

»¡Si oyera V. con qué voz tan argentina y con qué acento tan blando me llama primito!

»En la tertulia, en medio de sus admiradores, me distingue y considera mucho, y me saca conversación á propósito para que yo pueda lucirme, y me anima y me aprueba cuando digo algo que le parece bien.

»Me ha hecho varios cumplimientos muy naturales y sentidos, que me han lisonjeado. Me ha dicho que monto muy bien á caballo, y que sé contar cosas muy entretenidas y amenas.

»Hasta llega á asegurar que las empanadas de boquerones que hacen en Villabermeja le saben á gloria, y que de las que yo he traído, se regala tomando una diaria con el chocolate del desayuno.

»Me ha preguntado por las curiosidades de ese lugar, y unas veces ha celebrado con risa mis contestaciones, cuando eran para reir; otras veces las ha oído con mucho interés, cuando eran serias. Ha querido saber, por ejemplo, si era muy grande el castillo; si el Comendador Mendoza seguía penando en los desvanes de casa; si en Villabermeja roncan al hablar como en Jaén ó gastan otro linaje de ronquidos; y, por último, si nuestro Santo Patrono sigue haciendo milagros ó vive ocioso en el cielo. Acerca de este punto le contesté dando involuntariamente á mis palabras cierto tinte vago de libre pensador, y afirmando que el Santo Patrono no trabaja ahora; pero pronto me contuve, notando la severidad y el disgusto con que me oyó Costancita, de quien he sabido además, por tía Araceli, que es fervorosa creyente. En efecto, en aquella frente serena, en aquellos ojos que destellan luz inmortal, y en todo aquel ser delicado, elegante, etéreo y armónico, se está revelando que vive un espíritu lleno del más puro idealismo.

»Ni con la tía Araceli he querido hablar de proyecto de boda. Tampoco la tía me ha hablado. Es menester antes que yo me enamore de Costancita y que Costancita se enamore de mí. Entonces todo será natural y decoroso. Una gran pasión todo lo justifica. Pero así, sin pasión, ¿cómo he de tratar yo de matrimonio? ¿Qué puedo ofrecer á mi prima? Un caudal de esperanzas y de ilusiones.

»Siempre que siento la tentación de hablar de boda, siquiera con la tía, recuerdo cierto cuentecillo, y la tentación se me pasa. Recuerdo á aquel novio que dijo que si su futura llevaba para comer, él llevaría para cenar; pero, cuando se casaron y comieron ricamente, llegada la hora de la cena, el novio salió con que no era ningún buitre, y con que, si comía bien, jamás cenaba. Así tendría yo que hacer con Costancita, como no le ofreciese para cena mis ilusiones, ó como no la obligase á vivir á Villabermeja, en un perpetuo idilio, donde, con los zuritos de la casería, con los conejos, pavos, gallinas y pollos de nuestro corral, con la caza, con la miel de nuestras colmenas, con las uvas de nuestras viñas, con nuestro vino y aceite, y con cuanto V. prepara y guarda en la despensa, basta y sobra para un rústico banquete diario, digno de García del Castañar y de su fiel, enamorada y linda esposa.

»Mas para esto son inútiles todas las riquezas de Costancita... ¿Qué digo son inútiles? Son perjudiciales. Rica heredera, lisonjeada de hermosa, con la conciencia de su natural distinción, de su poder, de su gallardía y de su elegancia, Costancita querrá ir á las grandes ciudades y brillar en ellas, y tendrá tambien sus esperanzas y sus ilusiones, que nunca desechará como no se prende de mí y llegue á adorarme. Y si se prenda de mí y llega á adorarme, ¿qué razón hay para quedarnos en Villabermeja, teniendo Costancita dinero con que vivir en Madrid, donde justificaré yo su amor y el gran concepto que ella forme de mí, encumbrándome por todos estilos? Resulta, pues, que ora me quiera, ora no me quiera Costancita, es imposible realizar con ella un idilio bermejino. Para este idilio importaba encontrar una Costancita tan pobre como yo ó más pobre.

»Y aquí me pregunto: ¿tengo vocación para hacer este idilio? Si Costancita fuese pobre, más pobre que yo, y me amara, ¿la amaría mi alma y olvidaría por ella todo otro anhelo, y hundiría y ahogaría en el piélago de luz beatífica de una mirada suya los mil ensueños de ambición y de gloria?

»Desde que ví á Costancita me estoy preguntando esto, y no atino con la respuesta. Advierto luego con vergüenza que mi pregunta equivale á esta otra, despojada ya de todo artificio retórico, en su terrible y brutal desnudez: ¿Quiero engañarme á mi mismo fingiéndome que amo ya á Costancita, cuando en realidad no amo sino su dinero? ¿Qué hipocresía absurda pretendo emplear hasta conmigo? ¿Por qué vine aquí? ¿Me atrajo la fama de las virtudes y de la hermosura de mi prima, ó acudí al olor del dote? Si soy un Coburgo lugareño ¿para qué presumir de fino enamorado y de romántico adorador de la señora de mis pensamientos?

»Para que responda á estas preguntas, para que confiese su crimen, hace dos días, desde que ví á Costancita doy á mi alma todo género de tormentos. Soy un feroz inquisidor de mi alma, y el alma no contesta claro. ¡Es singular! En Villabermeja, y durante el viaje de Villabermeja á esta ciudad, acepté é hice sin repugnancia el papel de Coburgo, y ahora me repugna el papel y quiero cohonestar mi conducta, fingiéndome enamorado. ¿Será mi orgullo que se despierta al ver lo burlona que es mi prima? ¿O la misma vergüenza de ser un aspirante á su dote provendrá de que ya la amo?

»En fin, yo ando muy confuso, y no atino á explicarme estas cosas.

»Tal vez, como yo he vivido casi siempre en Villabermeja, donde lo más distinguido que hay en punto á mujeres son las Civiles, y como en las cortas temporadas de Granada he hecho siempre vida estudiantil, jugando al monte, y siendo las damas más encopetadas con quienes he tratado alguna bailarina ó alguna pupila, me he dejado deslumbrar por Costancita. Quizás, viniendo en busca de dinero, hallé amor, pues más bien halla amor quien le siente que quien le inspira.

»De cualquier modo que sea, presiento en este asunto algo más serio de lo que pensábamos.»

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VII.

PRELIMINARES DE AMOR

Hay en mi mente mil razones que la inclinan á no proseguir la narración de esta historia. Sólo el compromiso que contraje al empezar su publicación me lleva ahora á continuarla.

El protagonista me desagrada cada vez más. En sus calidades intrínsecas hay poco ó nada que le haga interesante, y, sobre todo, su posición de señorito pobre es antipoética hasta lo sumo. ¿Qué lance verdaderamente novelesco puede ocurrir á un señorito pobre? Un buen héroe de novela sin dinero no es concebible sino entre salvajes, en países remotos, en edades antiguas, en medio de civilizaciones bárbaras ó en lucha abierta con nuestra civilización y foragido de ella, donde sean, de acuerdo con la sentencia del ingenioso hidalgo, _sus fueros, sus bríos; sus pragmáticas, su voluntad_. Pero protegido á par que reprimido por un juez, por un alcalde y hasta por un guardia civil, con cédula de vecindad ó con pasaporte, sujeto á multitud de reglas, encomendada la defensa propia á gente asalariada por la comunidad, lleno de temor de faltar, no ya á un precepto de ley, no ya á un reglamento de policía urbana, sino á lo que llaman _conveniencias_, ¿qué se ha de esperar que dé de sí un señorito pobre, digno de la más sencilla y pedestre novela? De no romper con la sociedad haciéndose mendigo ó bandolero, importa sobreponerse á ella, lo cual no se consigue sin ser un Abul-Casen ó un Montecristo.

Nada de esto era nuestro pobre Doctor, y yo no he de apartarme un ápice de la verdad, suponiendo lo que no era. Suplico, pues, á mis lectores que me disculpen si caigo y hasta me arrastro y revuelco en el más prosaico realismo.

A fuerzas de trabajo y de súplicas, habían logrado Doña Ana y el Doctor que unos marchantes bermejinos les compraran dos tinajas del vino superior que tenían, de la flor y nata de la cosecha, pagándolas al contado, caso raro por allí, y á diez reales la arroba. El producto líquido de esta venta, deduciendo mermas, botas de regalo á los marchantes y gajes y propina del corredor, se elevaba á la cantidad de mil nuevecientos reales. Los marchantes entregaron religiosamente dicha suma en monedas de todas clases, siendo más de mil reales en calderilla. Según el uso del país, cada cien reales, ó sea cada ochocientos cincuenta cuartos, venían metidos en una esportilla de palma de escoba, cosida con guita ó con tomiza. Como la esportilla no se ha de dar de balde, en cada esportilla se cuentan sólo ochocientos cuarenta y ocho cuartos, restados dos por el valor de la esportilla. Verdad es que la esportilla es siempre útil, pues cuando no sirve para llevar cuartos, sirve para llevar aceitunas, con lo cual se saca la ventaja de que los cuartos vengan á menudo bañados en el caldo y aliño de las aceitunas, y las aceitunas adquieran cierto sabor y olor á la mugre de los cuartos. Por lo demás, lo mismo debieran valer mil reales en cuartos, metidos en esportillas, que mil reales en oro. El Doctor, sin embargo, no quiso emprender la conquista de su prima Doña Costanza con aquel numerario tan voluminoso y mugriento. Su transporte, en la forma en que estaba, casi hubiera requerido otro mulo más sobre los tres, ó mejor dicho en pos de los tres del equipaje y de los presentes. El Doctor tuvo, pues, la precaución de acudir á la vieja tendera, que le quería bien, á pesar de la mala pasada que hicieron los podencos comiéndose el reparo de bizcochos con vino y canela; y la tendera, rica y generosa, le hizo el insigne favor de cambiarle los mil y nuevecientos reales en dobloncillos de dos y cuatro duros. Con este oro se habían pagado ya las costas de la posada durante el viaje.

A los cuatro días de vivir el Doctor en casa de Doña Araceli, un señor Marqués de Guadalbarbo, que había venido como él á la feria, le llevó al Casino, le indujo á jugar al monte, le excitó é echar tres ó cuatro vaquitas, que todas berrearon, y los mil nuevecientos reales se vieron reducidos á poco más de mil.

Temeroso el Doctor de encontrarse sin blanca, hizo promesa solemne de no volver al Casino, para no caer en la tentación de jugar al monte.

Era menester que los mil reales que le quedaban alcanzasen para el tiempo que había de estar en el pueblo de su prima, para gratificar á los criados al partir, y para los gastos del regreso á la patria.

La íntima contemplación de esta miseria propia aumentaba la timidez, la melancolía y el encogimiento del Doctor en todas partes. Se avenía tan mal el don con el tiruleque, disonaba tanto lo de Alcaide perpetuo y demás blasones con aquella escasez absurda de metales preciosos, que D. Faustino se sentía acobardado, postrado, abatidísimo, como si le hubieran dado cañazo.

Llegaron los días de la feria: hubo toros; hubo mucho turrón y mucho garbanzo tostado; en fin, cuanto hay en todas las ferias. D. Faustino fué á los toros, convidado por su tío; paseó por el campo de la feria, caballero en su jaca y vestido de majo; hizo como quien se divierte, pero se divirtió menos que en un entierro.

Las indefinibles miradas entre él y Costancita continuaban como desde el principio. Por la noche, cuando no había velada en las calles ó en el paseo público, había tertulia en casa de D. Alonso. Así se pasó una semana, y así llegó el último día de la feria, pero los amores de D. Faustino y de Doña Costanza estaban menos adelantados que en el primer día en que ambos primos se vieron.

Si el Doctor hubiera hallado á Doña Costanza por acaso, sin previo aviso y concierto de que venía á vistas para casarse con ella, el Doctor le hubiera declarado sin rebozo sus más atrevidos pensamientos. Pero ¿qué es decir á Doña Costanza? Al lucero del alba, á la propia Diana, á la propia Vesta, los hubiera declarado el Doctor. Su proceder tímido no nacía de natural timidez, sino de orgullo. Él, al menos, así lo imaginaba. Allá en su rica fantasía segaba á montones cuantas flores brotan en las faldas del Helicón y del Parnaso, lozanas y olorosas por el fecundo riego de las fuentes Hipocrene y Castalia, y con estas flores adornaba y cubría su declaración de amor á Doña Costanza; pero no bien apartaba de nuevo las flores y quedaba la declaración escueta, el Doctor no veía sino esta fórmula prosáica: «Tráeme los tres ó cuatro mil duros de renta, que me hacen mucha falta. Yo, en cambio, no tengo sino amor.» Cada vez que á solas en su cuarto, durante el silencio de la noche, el Doctor se repetía las mencionadas frases, se le saltaban las lágrimas de dolor y de rabia. Cada vez, sin embargo, se le figuraba que amaba más á su prima. Por momentos creía sentir por ella verdadero amor; pero los mil reales en que tenía que mirarse para que no se gastaran, su pobreza bermejina, en suma, que hasta para él mismo hacía inverosímil su amor desinteresado, ¿cómo no había de hacerlo también para Costancita?

¡Cuánto lamentaba el Doctor entonces, tocando y aun pasando los límites entre la razón y la locura, no haber nacido en Oriente y ser corsario ó _klepta_ y _giaour_, como un héroe de Byron, ó no haber nacido en humilde cuna para ser bandolero como José María, ó no haber nacido en el siglo XI ó XII para conquistar á cuchilladas y lanzadas, no ya dinero, sino un imperio, y dárselo luego á Costancita en pago de su corazón!

Doña Araceli, que, por amor á su amiga y prima Doña Ana, había preparado el asunto del noviazgo, aficionada después al sobrino Doctor, se dolía de que las cosas marchasen con tanta frialdad y lentitud. No quería ó no se atrevía, con todo, á decir nada á D. Faustino. Juzgaba más conveniente dejar á los presuntos novios en completa libertad para que todo dependiese de su iniciativa.

El Doctor había dado un bufido á Respetilla siempre que éste, á las horas de irse á acostar su amo, que era cuando más á solas le veía, había empezado á hablarle del noviazgo. El Doctor, pues, respecto á sus amores con Doña Costanza, estaba reducido á un soliloquio perpetuo. Respetilla, con todo, no pudo resistir más la gana de hablar, y una noche le dijo:

--Señorito, hoy hace ocho días que estamos aquí.

--Bueno, ¿y qué? Estaremos otros cuatro ó cinco más, y nos volveremos á Villabermeja,--contestó el Doctor.

--Pues si aprovecha su merced los cinco días que quedan como ha aprovechado los ocho, lindo viaje hemos echado: estamos lucidos.

--¿Qué tienes tú que ver con eso? Cállate. No seas insolente.

--Señorito, yo tengo mucha ley á su merced, y aunque me dé de palos he de hablar y he de meterme en camisón de once varas y he de decir lo que conviene.

--Respetilla, Respetilla, _cuidados ajenos matan al asno_.

--Yo no niego que soy un asno, señorito; pero niego que los cuidados de su merced sean para mí cuidados ajenos: los cuidados de su merced son para mí más que propios.

--¡No eres tú pillo, ni nada, Respetilla! Vamos, dí lo que se te antoje. Te doy completa libertad por esta noche.

--Pues, señorito, lo primero que digo es que _fray Modesto nunca fué guardián_. Su merced anda muy encogido y cobarde, _y de cobardes no hay nada escrito_. Yo sé, de buena tinta, que mi señora Doña Costanza tiene más gana de que su merced le diga algo de amores que un gitano de hurtar un borrico. Está frita y refrita por esos pedazos; pero, ya se ve, como su merced se calla, Doña Costanza no ha de hacer lo que hizo la dama del romance con su camarero Gerineldos.

--¿Y cómo sabes tú esas cosas? ¿Cuál es esa _buena tinta_ de que la sabes?

--La buena tinta es una morena más retrechera que el reló de Pamplona, que apunta, pero no da, y me tiene achicharrado hace días.

--Me dejas en la misma duda. ¿Quién en esa retrechera?

--¿Quién ha de ser?... Manolilla.

--¿Y quién es Manolilla?

--Señorito, perdone su merced: ¿tengo yo la culpa de que á su merced se le vaya el santo al cielo, y esté casi siempre trasponido y á obscuras, y no vea ni entienda, y con tanto entendimiento y con tanto libraco como ha leído, viva en Belén, como quien dice?

--Pues, hombre, no faltaba más sino que para no vivir en Belén y para tener una idea exacta y completa de las cosas creadas y de lo que más importa fuera necesario que yo supiese quién es Manolilla.