Las Ilusiones del Doctor Faustino, v.1
Part 5
Aunque D. Francisco había amado y respetado siempre á Doña Ana, sus pasiones de hidalgo, y su vanidad quizás, le habían arrastrado primero á tener relaciones con cierta ninfa á quien llamaban la Joya, y más tarde con otra ninfa á quien llamaban la Guitarrica. Ni la Guitarrica ni la Joya gastaron nunca brazaletes y collares de diamantes y de perlas, ni se vistieron con Worth, ni con la Honorina, ni con M. Augusto, ni anduvieron en coche; pero en cambio tuvieron ambas una dilatada parentela de padres, tíos, hermanos y primos, que ya sacaban aceite, ya vino, ya morcillas, ya lomo, ya trigo de la casa del ilustre mantenedor. La Joya, además, lo mismo que la Guitarrica, se vestían bastante bien para lo que en el lugar se usaba, y todo esto consumía la hacienda de D. Francisco.
Por último, habían costado caras y contribuido al atraso de la casa las mismas bizarrías de Don Faustino siendo estudiante en Granada, donde había tenido luneta en el teatro, y había jugado al monte y había perdido, y donde se había vestido en casa de Caracuel, haciéndose, no ya sólo fraques y levitas, sino vestidos de majo, y dos uniformes, uno de maestrante y otro de oficial de lanceros de la Milicia Nacional. Este último uniforme, sobre todo, había costado un ojo de la cara, por lo complicado y pintoresco. No le faltaban perfiles ni requilorios.
Cuando la expedición de Gómez, se había movilizado en Granada la Milicia, y á D. Faustino le había hecho el capitán general su ayudante de campo; de suerte, que el uniforme hasta portapliegos tenía, el cual iba pendiente de unas correas muy lustrosas. El charol del portapliegos era exquisito, y se veía uno la cara en su bruñida superficie. La multitud de cordones y bordados de oro no era de menos precio y elegancia, y el chascá polaco, con un plumero blanquísimo, y el sable truculento y la lanza con banderola, habían importado asimismo buenos dineros.
D. Faustino no estaba muy seguro de que ni este uniforme, ni el de maestrante de Ronda, ni los dos vestidos de majo que tenía, con chupa llena de caireles y marsellé remendado de mil colores, y botines de becerro, bordados por los más primorosos y prolijos presidiarios de Málaga, y zahones, y calzones de punto ajustados con dobles botones de muletilla, de la más rica filigrana de oro que en Córdoba se fabrica, fuesen vestimentas y galas de grande uso y provechoso efecto en las calles y reuniones de Madrid; pero de lo que sí estaba seguro es de que en estas cosas y con otras se había gastado la moneda, y ya había leído él en las obras de un profundo economista, y si no lo hubiera leído, lo hubiera adivinado, porque era hombre de muy agudo entendimiento, que _la moneda es indispensable al hombre desde el momento en que el hombre vive en sociedad_.
Esta necesidad de la moneda se aumentaba tratándose de ir á vivir en Madrid, donde todo cuesta un sentido, en comparación de lo que valen las cosas en los lugares, y donde D. Faustino López de Mendoza tendría que hacer su epifanía, como importaba al lustre de su apellido y á dos ó tres marquesas y condesas, amigas y parientas de su madre, que habían de recibirle como sobrino y presentarle en todos los salones aristocráticos.
Hubo ocasiones en que madre é hijo pensaron en que D. Faustino fuese á Madrid de incógnito, tomando un pseudónimo, hasta que hubiese más dinero, ó bien se viniese á descubrir quién él era por su mismo esplendor y por las bellas acciones ó escritos que hiciese ó compusiese; pero este arbitrio se abandonó por impracticable.
Ir á Madrid, sin ir de incógnito, era una temeridad, no yendo á pretender. El vino, principal riqueza de la casa de los Mendozas, estaba á peseta la arroba. ¿Qué menos podía gastar en Madrid D. Faustino, asistiendo en la sociedad _comm’il faut_, y viviendo con extraordinaria economía, que ochenta duros al mes? Pues bien; ochenta duros al mes suponen cuatrocientas pesetas, ó sea cuatro tinajas de vino, que importan al año cuarenta y ocho tinajas; cerca de cinco mil arrobas; la mar de vino, la cosecha entera de los mejores años, no habiendo _oidium_ ni honguillo. Y si el señorito se lo gastaba todo en Madrid, ¿con qué se pagaban las contribuciones? ¿Con qué se hacían las labores? ¿Con qué se satisfacían los intereses del dinero tomado á rédito (al 20 por 100) sobre buenas hipotecas? _Hic opus, hic labor est_, según el profano.
A pesar de todo, el Doctor Faustino no se resignaba á no ir á Madrid, donde, echando pecho al agua y arrostrando y venciendo mil dificultades, se lisonjeaba de conquistar, ni él mismo sabía por qué caminos, gloria, posición y fortuna. La idea de que muchos hombres, con menos medios que él, se habían encumbrado, le estimulaba perpetuamente. No había género de ambición que el Doctor no tuviese. Andaba como toro picado del tábano.
En punto á oratoria esperaba ser un Demóstenes, no á la pata la llana y sencillote como fué el de Atenas, sino con todos los floreos que privan en nuestra edad, más retórica. En efecto, nadie había salido tan apto como él para imitar el estilo de su célebre maestro de práctica forense, que era el más poético orador de Granada. Mentira parece que acertase á adornar con tanta pompa y galanura la explicación de los procedimientos civiles y criminales. Sirva de muestra cuando decía: «Señores, el juicio civil ordinario es un cristalino arroyuelo que nace en la amena gruta del derecho de cualquiera persona, y se desliza con suavidad por apacible llanura, esmaltándola de flores y causando blando murmullo al quebrarse entre menudas guijas, hasta que llega á su término dichoso, fecundando con su riego el árbol de la justicia absoluta. Por el contrario, el juicio ejecutivo es un torrente impetuoso que, despeñándose de la escarpada cumbre, donde mora la inflexible obligación, todo lo arrastra en su rápido curso, hasta que baja á perderse en el hondo foso que circunda, ampara y hace inexpugnable el alcázar de la propiedad sagrada.» Cuando este señor hablaba en estrados era más elocuente todavía. Las exigencias del estilo didáctico no ataban entonces sus ímpetus ni abatían su vuelo, y se remontaba á las nubes, combinando diestramente lo metafórico con lo patético. En cierta ocasión, en que su cliente era un barbero, que antes había sido rico, atinó á expresarse así hablando de él: «Este desventurado, que en el naufragio de su fortuna tuvo que asirse á la dura tabla de su navaja;» con lo cual arrancó aplausos y hasta lágrimas. El Doctor Faustino, aunque de suyo no era muy propenso á tantos tropos y lindezas, se sentía capaz de eclipsar á su maestro, si en ello se empeñaba.
De poesía aun se le alcanzaba más al Doctor Faustino. Era aquélla la época del romanticismo, y el Doctor se había hecho romántico de los más furiosos. Casi todos sus versos eran desesperados y sujetivos; esto es, el Doctor hablaba siempre de sí. No había compuesto aún ningún poema ni ningún drama; pero podía reunir ya un par de tomos abultados de Fantasías, Meditaciones, Plegarias, Orientales y Fragmentos. Afirmaba que no hacía caso de la forma, y que, como verdadero poeta, sólo atendía al pensamiento y á la pasión; pero es lo cierto que hacía mil combinaciones raras y nuevas de rimas y de metros, y que á veces en una misma composición ponía versos de una sílaba, y de dos y de tres y hasta de veinte, y luego descendía hasta versos otra vez de una sílaba, lo cual les daba extraña lindeza _esquemática_, pues la composición venía á figurar un lenguado. El Doctor Faustino, no obstante, tenía un espíritu crítico y descreído que aun contra él mismo se volvía. Cierto que se juzgaba capaz de ser un sobrehumano poeta, un _genio_, y está dicho todo; pero los versos, ya escritos y realizados, se sometían á su propia crítica, con más facilidad que las tenebrosas profundidades de su alma; y, en honor de la verdad y del pobre Doctor, hemos de declarar aquí que dudaba mucho de que los versos fuesen buenos. A pesar de su romanticismo, había una sentencia de un clasicastro aborrecible, de Moratín hijo, que le estaba siempre zumbando en las orejas y acobardándole. La sentencia era: «¡Ay, amigo Pipí! ¡Cuánto más vale ser mozo de café que poeta ridículo!» El Doctor Faustino, por consiguiente, aunque parezca el caso inverosímil, no contaba para nada con sus versos; y los guardaba en cartera hasta que los hallase buenos con toda evidencia, ó hasta que tales los compusiese.
Sólo un verso, que él repetía á menudo entre dientes, tenía mérito singular, fuera de toda duda, porque reflejaba el estado de su cerebro.
¡Siento sobre mi frente arder el caos!
decía el verso espantable.
Había un caos de ideas y de pensamientos en aquella frente.
En ocasiones pensaba el Doctor que todo lo ignoraba; que no había estudiado, que había perdido su tiempo, y que era un mueble que no servía para nada, ni especulativo ni práctico. Pero con mayor frecuencia entendía al revés que no había cosa que él no supiese ó que no adivinase, y esto, en vez de alegrar su corazón, le afligía más aún.
--¿Con que no hay nada que yo no sepa? ¿Con que nada nuevo pueden enseñarme los libros? ¿Con que todo lo que leo, ó es un hecho insignificante, que lo mismo da saber que ignorar, ó es eco ó fórmula ó mera enunciación de lo que estaba ya en mi conciencia? Cada escritor pondrá en el orden que guste ó arreglará, según el método que quiera, sus doctrinas; pero yo me las sabía ya antes de leerlas en sus libros. De lo que no sé y de lo que anhelo saber es de lo que nada hallo en los autores.
Siempre que los pensamientos y cavilaciones del Doctor tomaban este rumbo; siempre que se juzgaba harto, saturado, repleto de ciencia humana, no estimándola en un pito, le entraban vehementísimos deseos de comunicar con otros seres superiores, á ver si sabían más que los humanos, y con su favor y auxilio acertaba él á penetrar en los misterios del mundo visible y del invisible.
El Doctor Faustino se juzgaba tan principal y tan noble, que no se explicaba el desdén de los espíritus, y se consideraba agraviado de que no comunicasen con él ni atendiesen y cediesen á sus conjuros.
No se crea por eso que el Doctor estuviese loco. Tenía momentos de exaltación, pero no de locura.
Al descender de sus puras especulaciones y al tocar de nuevo la realidad, se olvidaba de la magia porque no creía que hubiese ya un diablo tan estúpido que se dejase engañar como Mefistófeles se dejó engañar por Fausto, su semi-tocayo, proporcionándole gratis dinero, placeres, fama y buenos lances de amor y fortuna. Esto deseaba alcanzar, y para alcanzar todo esto no confiaba el Doctor ni en el diablo, ni en la magia, ni en la ciencia, ni en la poesía, sino en un arte vulgar que despreciaba, que miraba como indigno. No obstante, le daba rabia de dudar si le poseía ó no le poseía.
Para salir de esta duda, para hacer experiencia de sí mismo, queria el Doctor ir á Madrid. Villabermeja se le caía encima con todo su peso.
Hablaba entonces el Doctor con su madre y le comunicaba su propósito.
La prudente señora preguntaba siempre al Doctor:
--¿Qué plan llevas?
--Ninguno,--contestaba el Doctor.
--¿Quieres quizá dedicarte á la abogacía?
--Nunca.
--¿Ganarás dinero y posición como periodista ó como empleado?
--Tampoco.
--¿Ganan algo los poetas?
--Ignoro si soy poeta; pero no ignoro que los mejores poetas ganan poco ó nada.
--Para escribir, por otra parte--añadía Doña Ana,--alguna obra en prosa ó en verso, que haga tu nombre inmortal, lo mismo puedes escribirla aquí que en la corte.
--En eso no cabe duda,--tenía que contestar el Doctor Faustino.
--Pues entonces, quédate en Villabermeja. No abandones á tu anciana y cariñosa madre.
El Doctor se dejaba convencer á fuerza de ruegos y caricias. Reconocía que, de irse, se exponía á consumir en cinco ó seis meses todo su miserable caudal, quedándose luego á pedir limosna. Bajaba la cabeza y sonreía melancólicamente.
Cuando estaba solo decía entre sí:
--Vamos,--¿para qué sirvo? ¡Voto al diablo, que no sirvo para nada!
La madre también decía entre sí cuando se quedaba sola:
--Este hijo mío (no me engaña el amor de madre) es hermoso de alma y de cuerpo, elegante, gallardo; parece capaz de todo; pero ¡es tan raro! ¡es tan soñador! ¿Para qué sirve? Mucho me temo que para nada ha de servir, como no sea para ser su propio tormento.
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III.
PLAN DE DOÑA ANA
Un año hacía que el Doctor se había graduado. Un año hacía que pensaba en ir á Madrid, y no iba por falta de dinero. Y un año hacía que, casi de diario, con variaciones y ampliaciones, pero con la misma substancia, se repetían el diálogo y los monólogos que acabamos de apuntar en el capítulo anterior.
La muceta, el bonete, la borla y demás insignias y vestimentas doctorales; el vistoso uniforme de oficial de lanceros, y el no menos vistoso de maestrante, descansaban en un armario, muy en peligro de apolillarse. Con los fraques y las levitas de Caracuel sucedía lo propio. Ni siquiera de majo se vestía el Doctor Faustino. No veía á nadie; descuidaba mucho, no el aseo, pero sí el exterior adorno de su persona, y andaba siempre con el traje menos doctoral y menos aristocrático que puede imaginarse: de chaquetón y de sombrero hongo, y en el invierno, envuelto en su capa.
Era el Doctor tan llano, tan amable, tan caritativo con los pobres, que le adoraba la gente menuda; pero los ricachos del lugar le aborrecían y procuraban burlarse de él. No los visitaba, no acudía jamás al Casino, y no había una entre todas las señoritas elegantes de Villabermeja que pudiera jactarse de haber oído un solo requiebro de sus labios.
Las hijas del escribano eran las que más le odiaban, porque eran las que presumían de más bellas y distinguidas. Eran las que gastaban más _fantasía_, valiéndonos de los términos mismo del lugar.
El escribano, llamado D. Juan Crisóstomo Gutiérrez, se había hecho muy rico con su profesión y dando dinero á premio. Rosita y Ramoncita, sus dos hijas, parecían dos princesas. Hacían venir vestidos de seda de Málaga y hasta de Madrid, y aparecían siempre en público con tanto entono y autoridad, que más tarde, cuando llegó á establecerse la Guardia civil, no hallando el pueblo nada más autorizado y venerable que un guardia de aquéllos, con su sombrero de tres picos de frente, dió á Rosita y Ramoncita el apodo colectivo de las Civiles, con el cual hasta ahora son designadas.
Las Civiles, pues, se desataban en sátiras contra el desdichado Doctor. Le llamaban el ilustre Proletario y D. Pereciendo; y en vista de lo poco ó nada que le valía el haber estudiado ambos Derechos, le llamaban también el abogado Peperri.
El Doctor no parecía jamás en el paseo público, que estaba en la plaza, sino que daba largos paseos á pie por los andurriales y vericuetos más solitarios, mostrando singular predilección por subir al cerro de la Atalaya, donde se conservaban aún los restos ruinosos de un torreón, desde el cual se oteaban los campos y se descubría mucho horizonte. Era aquel cerro tan estéril y pedregoso, que sólo producía algunas matas ruines de amarga retama, tomillo, gayomba y romero, lirios silvestres que brotaban en las hendiduras de los peñascos, otras flores moradas y de un sólo pétalo, que llaman por allí candiles, y sobre todo, multitud de esparragueras. Las Civiles dieron, con este motivo, otro título al Doctor, llamándole el Conde de las Esparragueras de la Atalaya.
No faltaba quien informase al Doctor de todas estas burlas; pero el Doctor permanecía invulnerable, sin procurar ganarse la voluntad de las Civiles con una sonrisa, sin dignarse siquiera tomar represalias y decir alguna burla contra ellas.
El Doctor vivía absorbido en sus tristes meditaciones, que eran de dos géneros principales: las meramente especulativas, y las que tenían un fin práctico.
En las meramente especulativas, prevalecía el pensamiento de que el Doctor lo sabía todo, ó sea de que la ciencia humana era vanidad, y de que, después de leer millares de libros, no estaría más avanzado que se hallaba entonces. Soñaba, pues, el Doctor con entrar en relación con los espíritus. Si él llegaba á conseguir esto, lo mismo le daba vivir en Villabermeja, que en París ó en Londres; desistía del empeño de ir á Madrid.
Mientras esto no se le lograba, y aún distaba mucho de logrársele, todos los apetitos, todos los estímulos, todos los deseos de un joven de veintitantos años, hablaban poderosamente al corazón del Doctor y le excitaban á ir á Madrid. Amor, ambición, sed de placeres, ansia de gloria y nombradía, duquesas bellísimas sonriéndole y amándole, salones espléndidos donde mostrarse, encantadores y misteriosos gabinetes donde penetrar para una cita por una puertecilla oculta debajo de un rico tapiz flamenco, aplausos de la multitud cuando él recitaba sus versos, que ya serían excelentes, ó cuando pronunciase un discurso, mejor que los de su maestro de Procedimientos; admiración de damas y galanes al verle muy gentil, haciendo trotar y hacer corvetas en el Prado á un caballo fogoso y magnífico: éstos y otros mil triunfos más se ofrecían con viveza á su imaginación y le sacaban de quicio. La maldita carencia de dinero derribaba tales castillos en el aire. El Doctor se juzgaba más infeliz que el príncipe Segismundo. Era más humillante, y por lo tanto más cruel, que el verse encerrado como una fiera por un padre rey y tirano, el sentirse detenido y confinado en Villabermeja por la plebeya inopia. El Doctor, ya en la soledad de su estancia, ya en la cumbre de la Atalaya, entre las esparragueras, cuyo dominio le concedían las hijas del escribano, recitaba, glosaba y comentaba con amargura las décimas de
Apurar, cielos, pretendo...
--¡Qué lástima--pensaba Doña Ana,--que este hijo mío no logre vencer sus sueños de ambición y no se resigne á vivir á mi lado! ¿Dónde hallará quien le quiera más que yo? ¿Dónde será más respetado y estimado que entre estos fieles y antiguos servidores de su casa, y aun entre todos los humildes y honrados jornaleros de Villabermeja? ¿Dónde le dirán con mayor efusión de cariñoso respeto, siempre que le vean pasar: «Vaya su merced con Dios, nostramo.»--«Dios bendiga á su merced, señorito?»--Un dulce y afable «A la paz de Dios, caballeros,» pronunciado aquí por mi hijo, le gana más voluntades que cuantas tal vez pueden ganarle todos los discursos, todas las poesías y todas las prosas que acierte á componer en Madrid.
--Además, ¿qué le falta aquí á mi hijo?--seguía cavilando Doña Ana.
Y en verdad que, en cierto modo, le sobraba razón.
La casa solariega, si bien en lo exterior parecía ruinosa y sombría, era por dentro espaciosa y cómoda.
Doña Ana moraba en las habitaciones altas. El Doctor, con toda independencia, en el piso bajo.
Allí había una sala con sillones hermosos y antiguos, de nogal, cubiertos de cuero labrado ó guadamaciles, y exornados con tachuelas de bronce; cuatro enormes cornucopias doradas; varios retratos al óleo de Mendozas ilustres; un árbol genealógico, pintado también al óleo; un brasero de reluciente azófar en el centro, y una mesa con búcaros y vasos de China.
Más en lo interior había otra sala sin más muebles que un tablado para tirar al sable y al florete y un trapecio para hacer ejercicios gimnásticos. En un rincón se veían sables de palo forrados de vendo, floretes, caretas de alambre, petos de estezado y guantes ó manoplas, y en otro rincón, unos zancos y dos balas de cañón, con asideros, para levantarlas á pulso.
La biblioteca y el gabinete de estudio del Doctor ocupaban otra tercera sala. Libros de distinta procedencia y carácter llenaban varios armarios de pino pintado. Los que trajo de Francia el endiablado Comendador Mendoza, que andaba penando en el desván, eran casi todos impíos: Voltaire, los enciclopedistas, etc. Los que sirvieron para la educación de Doña Ana, ó adquirió ella del clérigo francés, eran como el contraveneno de los libros del Comendador Mendoza. Allí estaban las refutaciones de Bergier y de otros contra los impíos de su época, y las obras de Fenelon, Massillon y Bossuet. Ni faltaban _El hombre feliz_, el _Eusebio_ y _El Evangelio en triunfo_. Había en otro lado algunos libros de la carrera del Doctor, y grande abundancia de libros antiguos, castizos, españoles, desde las Epístolas familiares del Obispo de Mondoñedo, hasta los primores poéticos del cura de Fruime. Y completaban la biblioteca todas las obras de Medicina, Química y otras ciencias naturales, que el Doctor Faustino había comprado á la viuda de un médico muy estudioso, el cual había muerto del cólera en el lugar, el año de 1834.
En la alcoba donde dormía el Doctor había otro estante, que contenía á los poetas predilectos, desde Homero hasta Zorrilla, Espronceda y Arolas.
Pero aun había otro cuarto en que el Doctor permanecía más, sobre todo en invierno. Se llamaba este otro cuarto la cocina baja de los señores; no porque allí se guisase nada, sino por una gran cocina ó chimenea de campana, en cuyo fogón podía arder, y ardía con frecuencia, medio olivo, mucha pasta de orujo, y gavillas enteras de secos sarmientos.
La ancha losa, sobre la cual se quemaba tanto combustible, salía del muro más de una vara, y daba lugar, á un lado y otro, á dos rincones cómodos, donde había sillones de brazos, en uno de los cuales se pasaba el Doctor horas y horas escribiendo, leyendo ó meditando. En la pared había una alacena, cuya puerta caía como una mesa sobre dos gruesos palitroques, que también salían, ó más bien se apartaban de la pared, de modo que el Doctor se encontraba en el rincón de la chimenea como sentado en su bufete. No tenía más que sacar de la alacena y poner sobre la mesa los papeles, el tintero y los libros.
En el sillón de enfrente solía venir á sentarse Doña Ana para conversar con su hijo. Y los viejos podencos, galgos y pachones acababan á veces de cerrar el círculo y completar la tertulia, sentados sobre los cuartos traseros en torno del hogar.
No carecía esta cocina de cierto encanto entre rústico y señoril. El escudo de los Mendozas estaba esculpido en piedra sobre la campana de la chimenea. En un lienzo de pared descansaban sobre repisas cinco jaulas con perdices cantoras. En otro lienzo se veían muy bien colocadas escopetas y otras armas, como pistolas y cuchillos de montería. En varias partes, por último, había cabezas de venados, zorros, lobos y garduñas, que por lo mismo que estaban mal disecadas, parecían y eran verdaderos trofeos de caza, y no vano ornato comprado en alguna tienda.
Poseyendo y disfrutando todo esto, ¿por qué se obstinaba el Doctor en ir á Madrid? ¿En qué pícara casa de huéspedes viviría con más decoro y anchura?
En cuanto al regalo del pico, poco ó nada tenía que envidiar tampoco, á pesar de su pobreza. Sin ir al mercado, había en casa de todo, merced á la crianza y labranza: buen vino añejo en la bodega; exquisitos jamones, morcillas, chorizos y salchichas, lomo en adobo, pajarillas y otros mil artículos de matanza, condimentado todo por Doña Ana; un palomar de palomas de pueblo en la torre de la casa solariega, y otro palomar de zuritos en la casería; doce colmenas en la misma casería, que rendían tributo de miel olorosa; frutas á manta, y un corral lleno de conejos, gallinas, pavos y patos que se alimentaban con las echaduras del trigo y otras semillas.
Todo esto, á pesar de las dudas y miserias de la casa, podía sostenerse aún, gracias al arreglo, orden, vigilancia y severa economía de Doña Ana, que no había cosa de que no cuidase.
Allí no había mueble antiguo que se hubiese arrumbado, ni colcha de damasco que se hubiese roto, ni sábana, mantel ó toalla que no se zurciese y durase con notable aseo.
Doña Ana cuidaba mucho de la ropa blanca y la tenía muy en orden, sahumada con alhucema.
El Doctor Faustino, sin embargo, quería irse á buscar aventuras.