Las Ilusiones del Doctor Faustino, v.1
Part 4
En esto de los perros, y sobre todo en los podencos, era donde más había resplandecido el afecto de los bermejinos á los López de Mendoza. Los podencos son golosos y ladrones siempre, y más aún cuando están á media ración ó á menos de media ración. Los podencos de López de Mendoza se hicieron, por consiguiente, famosos en todo el lugar, por sus latrocinios é inesperados asaltos. No había morcilla ni longaniza segura, ni pedazo de jamón ó de carne con que se pudiera contar, ni lonja de tocino á buen recaudo. Las travesuras de los podencos, no obstante, más eran solemnizadas con risa que refrenadas con dureza. Sirva de prueba lo que ocurrió una vez con la madre del tendero, señora de cerca de setenta años, la cual yacía postrada en cama con un pertinaz dolor de estómago, donde le habían puesto como reparo lo que es muy frecuente en Andalucía entre los remedios caseros, media docena de bizcochos con canela y empapados en vino generoso. La fragancia atrajo á los podencos en ocasión que la tendera se hallaba sola en su alcoba. En balde ella, defendiéndose con las manos,
_Clamores horrendos simul ad sidera tollit;_
la descubrieron, á pesar de sus gritos; y sin que el pudor les pusiese el menor reparo, se comieron el otro, dulce y aromático, que en tan oculto sitio había. La gente de casa acudió tarde para evitar que este reparo pasase al cuerpo de los podencos; mas no acudió tarde para contemplar á la excelente matrona en una inusitada y vergonzosa desnudez.
No puede negarse, á pesar de éstas y otras muestras de simpatía, que la tal simpatía se entibiaba con harta frecuencia por un defecto involuntario, casi fatal de la señora Doña Ana, cuya cortesía no tenía límites, pero cuyo entono, circunspección y retraimiento ponían á raya toda familiaridad y toda confianza. La señora Doña Ana, encastillada en el fondo de su caserón, apenas salía á la calle, recibía de tarde en tarde visitas con todo cumplimiento y ceremonia, y las pagaba con exquisita urbanidad. No había medio de quejarse de que fuese grosera, ni algo tiesa de cogote; pero no intimaba con nadie, y era arisca y poco comunicativa.
Las otras señoras del lugar se despicaban propalando que Doña Ana era bruja, aunque no con brujería plebeya de untarse y volar al aquelarre, sino con brujería aristocrática, recibiendo en su estrado á diablos y almas en pena de distinción y alto coturno, y entre ellos á varios individuos de la familia, como la mora cautiva, la coya y el comendador, con los cuales tenía sus tertulias.
Del mayorazgo Mendoza, del hijo de Doña Ana, que vivía también en la casa solariega, y que era sujeto menos tratable aún y más retirado de la convivencia de sus compatricios, á pesar de sus veintisiete abriles, se decían cosas mucho más raras; pero tanto lo que de él se decía, como lo que era en realidad, merece capítulo aparte por su mucha importancia.
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II.
¿PARA QUÉ SIRVE?
No se asusten los lectores timoratos al leer el epígrafe que antecede, ni se den á sospechar que intento promover cuestiones impías. Harto se me alcanza que en toda la resplandeciente y complicada máquina del mundo no hay cosa alguna que no sirva para algo: todo tiene un fin; todo concurre al orden perfectísimo y á la total armonía. Para creerlo y afirmarlo, importa lo mismo decir que vemos porque tenemos ojos ó que corremos porque tenemos piernas, que decir lo contrario: esto es, que porque vemos tenemos ojos y porque corremos nos han nacido piernas y todo lo conveniente para correr. Casi, casi redunda en mayor alabanza de las leyes providenciales el contemplar y explicar las cosas de este último modo. Y si no, vaya de ejemplo: ¿quién sería mejor relojero, el que fuese fabricando prolijamente todas las ruedecillas, cada una con su fin y propósito, y luego las ajustase y ordenase entre sí, y luego diese cuerda al reloj, y luego el reloj marcase y sonase las horas, ó el que pusiese en un poco de metal un movimiento y una idea y un propósito de dar las horas, que agitasen todas las partecillas de que el metal se compone, y las forzasen á no parar en sus giros, vibraciones, brincos y sacudimientos, ya agrupándose de un modo, ya de otro, hasta que juntas se concertasen en marcar el tiempo y en señalar las horas con un punterito y en hacerlas sonar en el momento debido, hasta con música ó por lo menos con cuco?
El prurito eficaz, triunfador é infalible, puesto en los átomos, de organizarse de suerte que se formen seres que corran y que vean, ó es aserto misterioso y confuso como el dogma más ininteligible de la más metafísica de las religiones, ó presupone en la idea primera, cuyo desenvolvimiento produce el universo, una voluntad y una inteligencia soberanas, no menos grandes que las del ser personal que nos hiciese ojos para ver y piernas para correr. Repito, pues, que casi afirma más esta inteligencia y esta voluntad increadas, no el pensar que se nos dieron ojos para que viésemos y piernas para que corriésemos y alas á los pájaros para que volasen, sino el pensar que desde el origen hay en la materia un afán de volar que produjo al cabo las alas, y un afán de correr que produjo las piernas, y un afán de ver que produjo los ojos.
Por lo dicho, se me antoja con frecuencia que la tal doctrina de los materialistas novísimos pudiera purificarse de toda mancha de impiedad, y hasta convertirse en piadosísima doctrina, muy consoladora además y muy rica en pronóstico de progresos, mejoras y adelantamientos indefinidos. La antigua duda del padre Fuente la Peña, sobre _si los monstruos lo son ellos ó lo somos nosotros_, se resolvería en favor de los monstruos, que tal vez aparecerían como síntomas del prurito ó conato de crear nuevas especies; y, siempre que fuera este conato legítimo, y no capricho pecaminoso, caso en el cual el ser monstruo sería un castigo, ¿quién nos había de privar de la razonable esperanza de echar alas y volar, si nos empeñábamos, ó de tener cola ó trompa ó un ojo más, como Furier pretendía?
No se argumente en contra sosteniendo que la vida, el instinto, el brío de los átomos, de las impalpables é invisibles esferillas que llenan el aparente vacío con las ondas del éter, es un instinto ciego, coeterno con la substancia. ¿Cómo dimana del instinto ciego la inteligencia que después explica sus leyes indefectibles? Estas leyes, además, ó están en cada átomo, que las conoce y las impone, ó están fuera ó por cima de los átomos, ó están á la vez en los átomos y fuera de ellos; por donde vendríamos á parar, después de calentarnos la cabeza más de lo justo, en aquello que nos enseñaba en la escuela el catecismo del padre Ripalda en que Dios está en todo lugar, animándolo y ordenándolo todo.
Por dicha, el _¿para qué sirve?_ de nuestro epígrafe, no requiere que ahondemos tanto. Este _¿para qué sirve?_ era la pregunta que Doña Ana se hacía á menudo con referencia á su único hijo el mayorazgo Mendoza. Y era también la pregunta que se hacía á sí mismo dicho mayorazgo, diciendo: _¿para qué sirvo?_ y no sabiendo qué contestar.
Nadie imagine, sin embargo, que era cojo, sordo, ciego, tullido ó tonto el mayorazgo Mendoza. Tenía sus sentidos y potencias más que cabales; era robusto; estaba sano y bueno, y como ya se ha dicho, ó si no se ha dicho se dice ahora, acababa de cumplir veintisiete abriles; pero nada de esto impedía que la señora Doña Ana y el mismo mayorazgo se preguntasen con ansiedad si él servía para algo, y no atinasen con la contestación.
Menester será, para que el lector comprenda bien estas cosas, que le ponga yo en algunos antecedentes.
Doña Ana era una dama, hija de un hidalgo de Ronda, de los más ilustres de aquella enriscada ciudad. Baste decir que Doña Ana se apellidaba de Escalante. Entre sus gloriosos antepasados, contaba á uno de los fundadores de la Maestranza; y los timbres de la Maestranza y sus grandes servicios en la guerra de sucesión, en el sitio de Gibraltar, en la guerra del Rosellón y en la de la Independencia, fueron desde entonces los timbres y servicios de la familia de Doña Ana.
Aunque nacida y criada en lugar tan alpestre y retirado como es Ronda, Doña Ana fué educada hasta con refinamiento; y no sólo por el gusto castizo y exclusivamente español, sino de un modo que pudiéramos llamar cosmopolita. Un discreto sacerdote francés, de los muchos que durante la revolución emigraron, vino á parar á Ronda y fué el maestro de Doña Ana, enseñándole su idioma y bastante de historia, geografía y literatura, y haciendo de ella un prodigio de erudición para lo que entonces solían saber en España las mujeres.
Todo el saber de Doña Ana no le valió, sin embargo, para negocio alguno; y al fin, cuando ya tenía veintinueve años cumplidos, recelando quedarse para tía ó para vestir santos, y estimulada por su padre y hermanos, que ansiaban colocarla, ó dígase deshacerse de ella, se resignó á casarse con el Sr. D. Francisco López de Mendoza, no menos ilustre que los Escalantes, mayorazgo, alcaide perpetuo de la fortaleza y castillo de Villabermeja, Comendador de Santiago y Maestrante también de Ronda, como el padre y los hermanos de ella lo eran. Quieren decir ciertos autores que ya los Mendozas y los Escalantes tenían algún parentesco, y que esto contribuyó á facilitar el matrimonio; pero como no importa la tal circunstancia á la esencia de nuestra historia, la paso por alto, sin entrar en detenidas investigaciones.
Doña Ana tomó su partido con valor. Aunque había visto á Sevilla y había pasado largas temporadas en Málaga y en Cádiz, se enterró en vida en Villabermeja, sin quejarse lo más mínimo, sin dejar sentir á nadie, ni una vez siquiera, el sacrificio que hacía. D. Francisco, aunque muy caballero, era rudo, ignorante y violentísimo. Doña Ana supo amansarle, pulirle y civilizarle un poco á fuerza de paciencia y dulzura. El amor de Doña Ana á Don Francisco, dicho sea entre nosotros, si por amor hemos de entender algo de poético, no existió jamás; pero Doña Ana tenía muy elevada idea de sus deberes, y se miraba en su honra con verdadero orgullo patricio. Fué, por consiguiente, una esposa modelo. Achican un tanto el encomio que por esto merece, dos notables consideraciones. La primera es que el orgullo de Doña Ana, aunque rebozado en cortesía, no le dejaba estimar, ni siquiera como á prójimos, al resto de los bermejinos. Es la segunda la ferocidad y vigilancia de D. Francisco, el cual anduvo siempre ojo avizor y con la barba sobre el hombro, como quien no quiere la cosa; y si hubiera cogido en un renuncio á Doña Ana, ni el Tetrarca ni Otelo se le hubieran adelantado en vengar el agravio.
Lo que en manera alguna se achica por nada, en lo que no cabe escatimar el elogio, es, ya que no en el amor, en el afecto que engendra el trato, en la confianza que de la convivencia nace, y en la delicada amistad y constante devoción con que asistió siempre Doña Ana al lado de su marido, cuidándole cuando estaba enfermo, consolándole cuando triste, templando su furia cuando irritado, y compartiendo sus alegrías y haciéndolas mayores con su regocijada conversación cuando él estaba alegre. Doña Ana perdía la gravedad y el entono en el seno de la familia, y solía ser muy amena.
El fastidio, terrible y peligrosa enfermedad en las mujeres, no se apoderó nunca del alma de Doña Ana, pues sabía emplear su tiempo del modo más variado. A pesar de que había leído á Racine, á Corneille y á Boileau, le encantaban los poetas españoles más conceptuosos, sobre todo Góngora y Calderón, y hasta Montoro y Gerardo Lobo. La _Historia de España_, de Mariana, las obras del venerable Palafox, y el _Teatro crítico_ y las _Cartas eruditas_ de Feijóo, eran sus libros predilectos en prosa.
Siempre estaba ocupada en algo. Cuando no leía, cosía ó bordaba; y cuando no, cuidaba de la casa, donde el orden y la limpieza luchaban con lo triste y aislado del sitio y con lo vetusto de los muebles.
Desde la muerte de D. Francisco tuvo Doña Ana ocupación más importante: la educación completa de su único hijo.
Mientras D. Francisco vivió, la tal educación se había ido haciendo con tres impulsos diversos. D. Francisco enseñó al niño á montar á caballo, á tirar con la escopeta, y otras habilidades pertenecientes á la _gimnástica_. Cuando D. Francisco murió, tenía su hijo doce años; pero en dichas cosas estaba bastante adelantado.
El aperador de la casa era un antiguo criado, á quien, por la majestad con que trataba de que todo lo perteneciente á sus amos se respetase, habían puesto el apodo de Respeta; pero el hijo de Respeta, á quien solo por ser su hijo llamaban Respetilla, era de lo menos respetador y de lo menos amigo de infundir respeto por las cosas de sus amos que puede imaginarse. Este Respetilla, que tendría seis ú ocho años más que el mayorazgo Mendoza, fué su confidente, escudero, lacayo, ayo y preceptor, todo en una pieza. Con él aprendió el mayorazgo á jugar á las chapas, al cané y al hoyuelo, á tocar la guitarra y cantar la soledad, el fandango y otras canciones, y á referir una multitud de cuentecillos verdes. Por último, Doña Ana enseñaba al mayorazgo historia, y el mayorazgo se aficionó más que á ninguna otra á la de Grecia y Roma, soñando, siempre que no jugaba al cané ó á las chapas, con ser un Scipión, un Milciades, un Cayo Graco ó un Epaminondas, según él conocía á estos héroes por el libro de monsieur Rollin traducido al castellano.
Muerto D. Francisco, Doña Ana tomó la férula educadora y no quiso compartir con Respetilla la educación de su hijo. Era ya tarde, sin embargo, para apartar á Respetilla y para desarraigar del corazón y de la mente del ilustre mayorazgo todos los vicios y resabios de un señorito andaluz de lugar. Doña Ana hubo de contentarse con tratar de ingertar, digámoslo así, en el señorito andaluz y lugareño el saber y los sentimientos propios de un hombre culto y de un perfecto caballero.
Como D. Francisco había sido _negro_, esto es, muy liberal, á pesar de preciarse de tan linajudo, y había estado mal con Narizotas, como él llamaba á Fernando VII, siempre se había enfurecido ante el proyecto de que el niño fuese á servir al rey, entrando de cadete en un colegio. Doña Ana siguió con facilidad, en este punto, el humor de su dulce esposo, porque idolatraba á su hijo; no quería separarse de él; suponía aún que, teniendo que gozar de su mayorazgo, no tendría que servir á nadie, y además pensaba en que ni Milciades, ni Epaminondas, ni Cayo Graco, ni ninguno de los Scipiones, fueron cadetes nunca, ni subieron paso á paso, ridicula y prosáicamente, hasta llegar á generales, sino que fueron oradores, hombres políticos, guerreros y magnates á la vez, y ya empuñaban la espada, ya tomaban la pluma, ya se revestían de la toga, ya se armaban con la loriga y con el casco. Así quería Doña Ana que fuese su hijo, y aunque no tenía más que uno, entendía que valía por dos, y se juzgaba otra Cornelia.
Doña Ana comprendió, á pesar de todo, la utilidad de que el niño siguiese una carrera; y después de meditarlo bien, eligió la de abogado, no para que ganase la vida haciendo pedimentos, sino para que aprendiese las leyes, y supiese reformarlas y darlas á su patria cuando llegase la ocasión.
El mayorazgo estudió, pues, latín con el dómine del lugar, y llegó á traducir casi de corrido algunas vidas de Cornelio Nepote. Fué luego al Seminario conciliar de la capital de su provincia, donde aprendió filosofía con el padre Guevara, y sacó siempre nota de sobresaliente. Y, por último, cursó el Derecho en la Universidad de Granada, donde, por arder entonces la guerra civil entre carlistas y cristianos, no había severidad en cuanto á la asistencia.
Nuestro mayorazgo se pasaba, pues, en Villabermeja la mayor parte del tiempo que duraba el curso. Luego iba á examinarse; y, merced á la longanimidad de los examinadores, siempre obtenía buena nota.
En las excursiones á Granada acompañaba al mayorazgo el fiel servidor Respetilla. Allí se portaban ambos con cierto rumbo y elegancia. Hubo temporadas en que hasta la jaca castaña, en que cabalgaba y viajaba desde el lugar el señorito, se quedó en Granada, para que el señorito la montase y luciese. Bien es verdad que entonces todo estaba aún barato en Granada, mereciendo esta ciudad llamarse _la tierra del ochavico_. Con veinte reales diarios se hacía todo el gasto de vivienda, comida, camas y servicio de amo, criado y jaca.
Aun así era un lujo estupendo. Lo más que solía gastar entonces en el pupilaje un estudiante en Granada era la suma de siete reales diarios. Seis era el precio corriente de las mejores casas, donde las patronas más aseadas y bonitas daban almuerzo, comida y cena, cama, luz, agua y otra multitud de regalos.
En fin, el ilustre Mendoza terminó en Granada su carrera, y se graduó de licenciado y doctor _in utroque_. Doña Ana le bordó una primorosa muceta y le hizo una borla riquísima para el bonete.
El miniaturista más hábil que había entonces en Granada pintó por seis duros, sobre cándido marfil, el retrato del mayorazgo Mendoza, con su muceta, su toga y su bonete emborlado, y el mayorazgo Mendoza, cuando volvió á los brazos de su madre, hecho un doctor, le trajo dicho retrato de presente, puesto en un marco de ébano con adornitos de bronce.
Ya desde aquella época, como el mayorazgo Mendoza se llamaba D. Faustino y era doctor, empezaron á llamarle el doctor Faustino, título y nombre con que se hizo famoso en lo futuro y con que en adelante le designaremos.
El doctor Faustino se doctoró en el año de 1840. Volvió á su casa lleno de ilusiones y deseoso de ir á Madrid á realizarlas. Por desgracia, su ciencia era vaga y sus ilusiones eran tan vagas como su ciencia.
El doctor sabía de todo y de nada sabía. De todo sabía más que de leyes, que era, al parecer, lo que había estudiado.
El título que le habían dado en la Universidad era un título huero.--¿Para qué sirve el título?--se preguntaban el Doctor y su madre.
El Sr. D. Faustino López de Mendoza y Escalante, alcaide perpetuo de la fortaleza y castillo de Villabermeja, Caballero del hábito de Santiago, Maestrante de Ronda, descendiente de una multitud de héroes, ¿estaría bien que fuese á Madrid á ponerse de pasante con un abogado? Doña Ana y el Doctor reconocían que la profesión de abogado era honrosísima; sabían que Cicerón y Catón habían sido abogados en Roma, y nada razonable tenían que objetar contra la abogacía; pero una estética irresistible, un sentimiento superior á todo raciocinio les hablaba poderosamente al alma, clamando: «D. Faustino no puede ser abogado;» D. Faustino, además, si bien se creía capaz de inventar las mejores leyes, fundándolas en la filosofía, no se sentía con fuerzas para aprender las leyes inventadas por otros, al menos en sus pormenores y menudencias. Esto, parodiando la sentencia de Triboniano ó de no sé qué otro jurisconsulto, anterior á las Pandectas, sostenía D. Faustino que era carga más á propósito para muchos camellos que para un hombre sólo, y más siendo este hombre Alcaide perpetuo y Maestrante.
--¿Iré á Madrid á pretender un empleo?--se preguntaba D. Faustino. A esto no se oponía sólo lo ilustre de su nacimiento, el hábito de Santiago y la maestranza, sino el mismo título de Doctor, que D. Faustino y su madre tomaban por lo serio. ¡Qué vergüenza, qué degradación, pretender ó tomar un empleo de ocho ó diez mil reales, que era lo más que podían darle, é ir á confundirse y aun á quedar por bajo de tantos y tantos pelafustanes plebeyos, que sin ser doctores, ni maestrantes, ni alcaides perpetuos de ninguna fortaleza, disfrutaban de mucho más sueldo y de mayor categoría en las oficinas del Estado!
¿Aspiraría D. Faustino á entrar en la carrera judicial? Pero, ¿qué puesto obtendría, contando con favor y humillándose á pretender del Ministro? Una promotoría fiscal. A lo sumo, un juzgado. Esto era inaceptable. D. Faustino se resignaría á ser oidor, pero no podía ser menos. Para vivir en un lugar, bien estaba en el suyo, donde vivía en su casa solariega, y cerca del castillo de que era alcaide perpetuo, donde su nombre se respetaba, donde se acataban sus blasones, y donde, si los destinos del mundo no hubieran cambiado tanto, podría ejercer mero y mixto imperio, y ser, por delegación del duque, cuando no por derecho propio, señor de horca y cuchillo, pendón y caldera.
¿Se dedicaría D. Faustino á la literatura? Mucha afición tenía á esto; pero, ¿cómo ganar dinero con la literatura en España? D. Faustino, además, seguía sobre el particular la opinión de Alfieri, literato casi tan noble como él. El poeta que reviste la belleza ideal de una forma sensible, y el sabio que enseña la verdad severa á los hombres, no deben pensar en remuneración alguna; no deben tener Mecenas ni entre los próceres ni en el vulgo. Si buscan Mecenas, se exponen á caer en el servilismo, profanan el sacerdocio de las musas, degradan un magisterio sublime y convierten la misión de hierofantes en el bajo oficio de aduladores de los príncipes ó de las muchedumbres. Había que pensar también, si, aun allanándose á lisonjear el gusto de muchedumbres ó de príncipes, toparía el Doctor Faustino con algunas ó con algunos que quisieran leer y pagar lo que él escribiese. Esta duda la resolvía el Doctor prometiéndose escribir para un público eterno, sin atender á la corriente de la opinión, al gusto dominante en un momento dado, á la moda ó al capricho. Pero como el público eterno no paga, el Doctor decía, con Alfieri, que valía más ejercer un oficio mecánico para ganar pan, y escribir para alcanzar laureles inmortales, que no fundar en los escritos la menor esperanza de mejorar la situación económica.
Varias veces pensó el Doctor Faustino en meterse á periodista, tomándolo por aprendizaje y propedéutica de hombre de Estado y de literato á la vez; pero ¿cómo sujetarse á los antojos de un director, tal vez rudo, ignorante y necio? ¿Cómo un alcaide perpetuo, caballero del hábito de Santiago, con tantos ascendientes venerandos, con un árbol genealógico tan hermoso, y con mil otros títulos y distinciones, había de dejarse asalariar por cualquier zascandil que tuviese dinero para fundar un periódico y se dignase darle veinte ó treinta duros al mes para que escribiera lo que al periódico conviniera, ya que no le obligase á pasar algún tiempo de novicio (el Doctor se estremecía y horripilaba sólo de pensarlo), traduciendo el folletín, tomando de acá y de acullá noticias para compaginar el correo extranjero, ó recortando, armado de unas viles tijeras, sueltos y gacetillas de otros periódicos, y pegando con obleas en cuartillas lo recortado, á costa de la propia saliva, para mayor ignominia? El Doctor Faustino no era posible que fuese periodista tampoco.
En suma, la madre y el hijo se pasaron muchos meses cavilando, discurriendo y discutiendo qué podría ser, á qué podría dedicarse, para qué podría servir el Doctor Faustino, y no hallaban la solución de tan arduo problema. Ambos entendían, no obstante, que el Doctor servía y valía para todo, dándole dinero con que llegar. Esta especie de viático para el primer encumbramiento, esta peana indispensable para alzarse entre las turbas y hacer que resplandeciese el verdadero mérito, era lo difícil de hallar, así para el Doctor como para su madre.
No había medio, ó al menos era muy aventurado, que el Doctor Faustino se lanzase á Madrid, á la buena de Dios, sin ánimo de buscar en la redacción de un periódico, en una oficina ó en el estudio de un abogado alguna ayuda de costas mientras llegaba á personaje.
El caudal de los Mendozas hacía tiempo había menguado mucho. Don Francisco, con su desgobierno, le había disminuído más y le había empeñado.