Las Ilusiones del Doctor Faustino, v.1
Part 3
--Nada más fácil--contestó D. Juan.--Hay una señorita en Madrid, elegante, algo coqueta, no muy rica, y que ha llegado á cumplir veinticinco años sin casarse. Las ilusiones de esta señorita consistían en coger un marido rico, titulado si fuese posible, sufrido de condición, poco gastador á fin de que ella lo pudiese gastar todo ó casi todo, etc., etc. Como estas ilusiones no se han realizado, la señorita exclama á cada momento que ya no hay amor en el mundo; que pasaron los tiempos de Isabel y Marsilla y de Julieta y Romeo; que vivimos en un siglo de prosa y que ha perdido las ilusiones. Hay una dama casada con un funcionario público, cariñoso, afable, buen papá, marido tierno y enamorado; pero da la maldita casualidad de que uno de sus compañeros, quizás con menos sueldo y quizás con más intermedios de cesantía, se arregla de suerte que tiene para butacas en los teatros, y para más moños y trajes, y tal vez hasta para el palco en la ópera ó para ir á Biarritz á veranear, mientras que él trabaja que trabaja siempre, y sin salir de apuros y ahogos. La dama, que en vista del ejemplo se había forjado sus ilusiones, conoce al cabo que es imposible hacer carrera con su marido, y las pierde. Desde entonces se lamenta á cada instante de que no ha realizado su ideal, de que los maridos son monstruos ó zotes, de que la poesía del hogar doméstico no es dable en esta edad infecta en que vivimos, y de que ya no volverán á la vida Baucis y Filemón. Entra á servir en cualquiera casa una cocinera. El ama toma la cuenta todos los días, y procura, informándose de los precios, que la cocinera sise lo menos posible. La cocinera pierde entonces sus ilusiones; dice que la hidalguía, el desprendimiento, la magnanimidad de los señores bien nacidos pasaron para siempre, y que ahora vivimos en un siglo metalizado, ruín, plebeyo y cicatero. Va á Madrid un joven bien plantado, chistoso, ameno, que se viste con el mejor sastre y se pasea en la Castellana. No se enamoran de él las duquesas ni las marquesas; las ricas herederas le dan calabazas, y sólo se le muestra propicia, si acaso, la hija del ama de la casa de huéspedes donde vive. Este joven pierde también sus ilusiones, y decide que las mujeres del día no tienen más que vanidad y soberbia y carecen de corazón. Pierden, por último, las ilusiones, el coplero insufrible que presume de poeta y no haya quien lea sus versos; el periodista ambicioso que no llega á ministro; el autor dramático que es silbado; el médico que no tiene enfermos; el abogado que no tiene pleitos; el hipócrita á quien no creen sus embustes, y hasta el que juega á la lotería y no saca el premio gordo. Para todos éstos la corrupción de nuestro siglo es espantosa, la falta de ideal evidentísima, la carencia de religión horrible, y un destino ciego y perseguidor de la virtud gobierna y dispone los acontecimientos humanos.
--Infiérese de cuanto V. alega, que sólo los tunantes, torpes ó desdichados, tienen ilusiones y las pierden.
--Son los que más ilusiones tienen y las pierden--prosiguió D. Juan contestando á mi interrupción.--No niego, sin embargo, que hay multitud de personas honradas que se forjan ilusiones y que se lamentan luego de haberlas perdido; pero si no implica falta de honradez el tener cierta clase de ilusiones y el lamentar su pérdida, implica al menos falta de juicio y poca entereza de carácter.
--Aclare V. eso también con ejemplos,--dijo Serafinito.
--Voy á aclararlo. Hay una señora pobre y muy virtuosa y honesta, que sabe resistir á toda seducción, y que sufre con su marido molestias y privaciones sin cuento; pero pasan los años, no la saludan con más respeto á causa de su honestidad, porque la fama no ha de ir publicándola á son de clarín, y nadie le da joyas, ni palco, ni coche, porque eclipse á Lucrecia; de manera que sigue tan desvalida y poco considerada como antes. Aquí encaja entonces el que la buena señora empiece á rabiar, á lamentarse de que ha perdido las ilusiones, y á decir que la sociedad es un lupanar inmundo, donde sólo las malas mujeres consiguen ir en landó y vestir sedas y encajes, y adornarse con diamantes y perlas. Las ilusiones de esta señora habían consistido en creer que la virtud podría y debería traer satisfacciones de amor propio y ventajas y regalos materiales, como si la virtud, con tan vil precio, fuese verdadera virtud, y proporcionando su ejercicio lo que la señora quería, no viniese á ser prenda de los más bribones. Este segundo modo de ilusionarse es una terrible enfermedad que se apodera á veces de generosos y nobles espíritus, aunque falsos y extraviados. Consiste en rebajar las más nobles prendas y excelencias de nuestro ser buscándoles una finalidad vulgar, queriendo convertir en útil lo bello ó lo sublime. La virtud, el genio, la ciencia, la poesía, podrán ser útiles en ocasiones al individuo que los posee, pero no es su fin principal la utilidad. Es más: el que se propone sacarla de su virtud, de su ciencia ó de su poesía, deja al punto de ser sabio, virtuoso ó poeta. Para fines bajos importa emplear bajos medios: los medios elevados conducen sólo á fines que lo son también.
--Pero, ¿y el trabajo, la constancia, el valor y la economía, no son virtudes, y no son nobilísimas virtudes, y no son ellas las que procuran el bienestar material?
--Sin duda que á veces le procuran para el individuo, y siempre para la sociedad entera; pero yo hablo de otras virtudes más altas, más espirituales, y por lo mismo más fáciles de imaginar que las tiene uno sin tenerlas. De modo que en este orden de ilusiones hay dos grados: primero, el de atribuirse las tales virtudes; y segundo, el de empeñarse en que han de tener un valor en el comercio y se han de cotizar en la Bolsa.
--Según V., por consiguiente--interrumpió Serafinito,--es verdadero el refrán que dice: _Honra y provecho no caben en un saco_.
--Lo que yo afirmo nada tiene que ver con el refrán. El refrán es falso. En mil honrados oficios puede cualquier hombre honrado sacar provechos y no pocos. Harto me aproveché yo de la fortuna, y disto mucho de creerme sin honra. Lo que yo afirmo es que hay prendas de entendimiento y de carácter, y obras humanas de tal excelsitud, que no miran al provecho, ni pueden ni deben pagarse; y condeno las ilusiones de los que poseen ó creen poseer esas prendas y obrar esas obras, y piden la paga y se desesperan porque no la reciben. Coincide con esto, en la mente de los así ilusionados, un concepto pueril del orden del mundo y de la Providencia divina, la cual ha de estar siempre premiando al bueno y castigando al malo, y disponiendo las cosas de suerte que lo pasemos muy bien. Los que así discurren están de continuo pleiteando con Dios y pidiéndole cuenta de todo. ¿Para qué me criaste? ¿Por qué he de morirme? ¿Por qué me he de poner viejo? Esta muela, ¿por qué me duele? Este mosquito, ¿por qué pica y arma una música tan molesta? ¿Por qué las perdices no se vuelven todo pechuga? ¿Por qué ha de tener el jamón menos magras que tocino y hueso?
--Vamos--dije yo sonriéndome,--lo que deduzco de todo es que á mi amigo D. Juan le ha pasado algo desagradable con alguien que tenía ilusiones ó que se lamentaba de haberlas perdido, y por eso declama tanto contra el tener y perder ilusiones.
D. Juan Fresco puso una cara tan grave al oir mis palabras que me pareció otro; puso una cara hasta melancólica, y exclamó dando un suspiro:
--Es verdad: algo desagradable, y más que desagradable, me ha pasado. ¡Malditas sean las ilusiones! ¡Infeliz doctor Faustino!
No bien pronunció este nombre, Serafinito, que ya estaba muy cabizbajo y triste, se echó á llorar como un niño de siete años.
Aumentada con esto mi curiosidad, pregunté á D. Juan quién era el doctor Faustino, que tan dolorosos recuerdos suscitaba.
D. Juan entonces prometió contarme la historia del mencionado doctor, y cumplió su promesa, no estando presente Serafinito para que no llorase.
La narración de D. Juan Fresco, arreglada luego á mi modo, es la que voy á referir; pero entiéndase que no pretendo probar, al referirla, ninguna tesis contraria á las ilusiones.
D. Juan Fresco sigue su opinión y yo la mía, que aquí no es del caso.
Yo, terminada esta introducción, me retiro de la escena donde me he entrometido como personaje secundario, y me limito á mero narrador de los sucesos.
[Imagen decorativa]
I.
LA ILUSTRE CASA DE LOS LÓPEZ DE MENDOZA
Villabermeja, como ya queda indicado, ha sido por más de dos siglos lugar fronterizo de tierra de moros.
Aun está en pie el castillo ó fortaleza que tenía allí el duque, señor del lugar. Los negros y espesos muros de toscas piedras, las almenas encumbradas, los torreones cilíndricos, todo subsiste aún. Un arco, en cuyo seno hay un pasadizo, pone en comunicación el castillo con la iglesia. Esta es, con todo, mucho más moderna que el castillo, y bastante posterior á la época guerrera de los bermejinos. Cuando andaban batallando sin reposo contra los moros de Granada, se encomendarían á Dios en el castillo mismo ó en medio de los campos. Después de la conquista de Granada fué, sin duda, cuando se pensó en la iglesia, y vinieron á edificarla los hijos del glorioso padre Santo Domingo.
La casta belicosa de los bermejinos fué desde entonces doblando poco á poco el cuello al yugo de la teocracia frailuna, y de aquí proviene, en mi sentir, el chiste de hacerlos descender del padre Bermejo.
Durante los siglos de la monarquía absoluta, aquel lugar de hidalgos peleadores se amansó, se emplebeyeció y se democratizó. El duque se fué á la corte, y nadie volvió á verle por el lugar. Ni amado ni odiado, nadie volvió á pensar en él. El administrador del duque era quien arrendaba ó daba á censo las tierras.
A principios de este siglo, salvo el ausente é invisible duque, apenas había en Villabermeja, ni siquiera en espíritu, tres ó cuatro familias hidalgas. Todo lo restante era plebe, olvidada ya de la gloria de sus ascendientes heroicos. Desde principios de este siglo hasta hace unos treinta años, época en que empieza nuestra historia, esas mismas familias hidalgas, ó se habían confundido con la plebe, agobiadas por la pobreza, ó habían emigrado, Dios sabe dónde, en busca de mejor fortuna. Sólo quedaban los López de Mendoza, alcaides perpetuos de la fortaleza, desde los tiempos de Alamar el Nazarita y del santo Rey D. Fernando.
La hermosa casa solariega de estos López de Mendoza bermejinos se apoya en los propios muros del castillo. La sencilla y elegante fachada, obra del siglo XVI, es de piedra de sillería, y tanto la puerta como el balcón del medio del piso principal están adornados con airosas columnas de mármol blanco. Coronando el referido balcón, resplandece el limpio y complicado escudo de armas de la ilustre familia, primorosamente esculpido sobre mármol blanco también.
Aunque no tanto como la familia misma, la casa ha decaído y da muestras claras y tristes de la estrechez de los dueños. En muchos balcones faltan cristales; las antiguas puertas, prolijamente labradas y cubiertas de graciosos clavos de bronce, están descuidadísimas; y el amarillo jaramago publica la afrenta de aquella fábrica arquitectónica, brotando por entre las grietas que se han abierto al separarse varios sillares. Las grietas son tan anchas y profundas en algunos sitios, que ofrecen sobrada capacidad para que en su seno se aniden las lagartijas, las salamanquesas asquerosas y los feos y medrosos murciélagos, y para que nazcan, se arraiguen y crezcan allí no pocas higueras bravías y hierbas y maleza. Esta vegetación parásita se desenvuelve mucho en primavera y da á la fachada el aspecto de un jardín vertical. El alero del tejado es tan ancho, que deja un espacio grande entre su extremidad y el muro donde las golondrinas fabrican con predilección sus rústicos nidos.
Sobre el piso principal de la casa hay otro piso de graneros y zaquizamíes; pero como, de mucho tiempo há, apenas hay granos que llevar á aquellos graneros, sólo los habitan algunos buhos y lechuzas melancólicos, y algunos ratones parcos y ascetas.
Todas las casas del lugar, aun las más pobres, se enjalbegan tres ó cuatro veces al año, y están más blancas que el ampo de la nieve. La casa de los Mendozas ofrece, pues, una gran contraposición, comparada con ellas, y tiene un aspecto sombrío, con sus piedras, si algo doradas por el sol, más ennegrecidas aún por las lluvias, el descuido de los amos, el transcurso del tiempo y la inclemencia de las alternadas estaciones.
La casa de los Mendozas está además en el sitio más esquivo y apartado, á la espalda del castillo, en un callejón sin salida, mientras que las blancas y alegres casas de los plebeyos más acomodados están en calles abiertas ó en la plaza, donde hay fuente con cuatro caños y algunos álamos, y por donde discurren hombres, mujeres y chicos, y se nota movimiento de carros, carretas y caballerías.
No hace muchos años, aun no se había construído, á tiro de escopeta del lugar, el nuevo cementerio, y los muertos se enterraban todos al lado de la iglesia, en un corralón, frente á la casa de los Mendozas. Sólo se enterraban en la iglesia misma los frailes y los mencionados Mendozas, quienes tenían allí bóveda subterránea y una magnífica capilla con retablo lujosísimo de madera dorada, del tiempo y gusto de Churriguera, lleno de profusas é intrincadas labores de talla. En el camarín de esta capilla hay un Jesús Nazareno, con su cruz á cuestas, vestido con túnica de terciopelo, bordada de oro, de quien el mayorazgo de los Mendozas es hermano mayor. Después del santo de plata, patrono del pueblo, esta imagen de Jesús es la más querida y la que pasa en el lugar por más milagrosa. El artificio con que la imagen está fabricada no denuncia el mayor ingenio por parte del autor en punto á mecánica; pero ha sido de mucho efecto, y lo es todavía, al menos para las mujeres. Nuestro Padre Jesús, merced á una cuerda de que tira el sacristán, separa el brazo derecho de la cruz que tiene asida, y desde el balcón de las Casas Consistoriales, que da sobre la plaza, echa la bendición á la muchedumbre de los fieles, una ó dos veces cada año, cuando le sacan en procesión.
Pero volviendo á la casa solariega de los Mendozas, fácil es de comprender lo fúnebre que será con esta vecindad del antiguo cementerio y de la iglesia, bastante ruinosa ya, y depósito asimismo de osamentas.
La familia de los Mendozas había ido decayendo y no era más alegre que su habitación.
El sino y el estado de esta familia, y sus relaciones con el resto de los bermejinos, tenían algo de extraño. Se diría que, desde que vinieron los frailes dominicos al lugar, y el lugar se fué enfrailando, ésta fué la única familia que luchó contra ellos y quiso conservar la secularización, por decirlo así. En lucha tan descomunal había acabado por sucumbir, y eso que había contado, hasta lo último, con varones de notoria aptitud y denuedo.
Nadie en el lugar quería mal á los Mendozas, porque no había memoria de que hubiesen hecho daño á la gente menuda. Nadie tampoco les tenía envidia, porque estaban pobres y empeñados. No obstante, contábanse cosas que podían ofender á la familia.
De un antiguo Mendoza, del tiempo de los moros, se referían ciertos amoríos escandalosos con una cautiva mora y hechicera. De otro Mendoza, no menos ilustre, que estuvo en las Indias, se afirmaba que se había casado con una judía ó con una coya ó princesa peruana, que sobre esto no se estaba muy de acuerdo, aunque, si bien se nota, no implica contradicción, pues para nuestros lugareños, judío ó moro es equivalente á todo lo que no es cristiano, y así de un niño que no ha recibido el bautismo, se dice que está judío ó que está moro aún.
Lo evidente para los bermejinos era que la cautiva mora primero, y la coya ó judía más tarde, infundieron en la sangre de los Mendozas cierta levadura de impiedad. En cambio, la judía ó coya trajo en dote á su marido una gran cantidad de dinero, con la cual se edificó la casa solariega de que hemos hablado, y se compraron no pocas fincas, perdidas ó empeñadas después.
Como complemento ó añadidura se aseguraba que la judía ó la coya trajo de allende los mares, de aquellos bárbaros palacios en que moraba, multitud de perlas y diamantes, los cuales estaban escondidos y emparedados en un rincón de la casa que nadie llegó jamás á saber. En varias ocasiones, sin embargo, habiéndose enriquecido de repente algún vecino del lugar, sin saber á qué atribuir su riqueza, habíase supuesto que dicho vecino había encontrado parte del tesoro, burlando la vigilancia del espíritu de la princesa india, que le custodiaba, ó venciéndole ó dominándole por artes diabólicas.
Murmurábase también de la aparición casi diaria, en les desvanes de la casa, de un célebre comendador Mendoza, el cual había estado en Francia durante la gran revolución, y por su impiedad, por varios lances trágicos y misteriosos, y por la manera con que vivió los últimos años de su vida mortal, andaba penando con el manto blanco de su encomienda y la roja cruz de Santiago en el pecho, aunque sin brazos la cruz, porque, no estando en gracia, no podía llevar cruz perfecta en la otra vida, no faltando quien afirmase que no era cruz sin brazos lo que en el manto llevaba, sino la figura de un sapo sangriento.
Suponían los liberales del lugar que todas éstas eran hablillas que habían difundido los frailes para desacreditar á los Mendozas, los cuales eran de su partido nada menos que desde los tiempos del emperador Carlos V, en que uno de ellos peleó entre los comuneros. D. Francisco López de Mendoza, muerto en 1830, había sido, en efecto, liberalísimo, siguiendo; según en el lugar se afirmaba, el ejemplo de sus antepasados. Desde el año 1823 hasta que murió, fué muy vejado y perseguido.
En cambio, algunas personas de las más licurgas del lugar y serviles, como por ejemplo, el Escribano, aseguraban que los López de Mendoza eran una casta de gente díscola, contraria al espíritu del tiempo en que vivieron, durante más de tres siglos, y que sólo por sus hazañas en las guerras y por su posición habían sido tolerados. Casi todos ellos habían ido á servir al Rey, habían corrido el mundo buscando aventuras y garbeando por estilo heroico cuando se presentaba, y habían vuelto al cabo al lugar, á la casa de sus mayores, con aumento de su fortuna y con mujer legítima forastera. Aunque contrarios en el fondo del alma al pensamiento político de los españoles de entonces, le habían servido con brillantez por su amor á la vida inquieta; pero en la administración tranquila de sus bienes jamás se habían empleado con acierto, de suerte que, decaída España de su antigua pujanza, sin Flandes, Indias é Italia donde ir á rehacer ó á mejorar patrimonios, el de los Mendozas había caído por tierra del modo más lamentable.
Ya el D. Francisco de que hemos hablado contrajo infinitas deudas, empeñó muchas fincas y vendió algunas de las vinculadas, cuando quedaron libres, de 1820 á 1823.
Su heredero, el actual mayorazgo, llevaba trazas de consumir cuanto del caudal quedaba, exento ya de toda amortización y vínculo.
Aunque vagamente, bien entendían y daban á entender los críticos que el espíritu liberal de los Mendozas era el espíritu anárquico de la Edad Media, que coincidía algo con el de los tiempos modernos; que su despreocupación ó poca piedad tal vez, no había sido tan grande en épocas anteriores, y que por lo menos había aumentado mucho desde que el comendador Mendoza estuvo en Francia en tiempo de la gran revolución; y que lo que más caracteriza los tiempos modernos, el orden en el manejo de los negocios, el afán legítimo y atinado de aumentar en paz los bienes de fortuna, lo que llaman algunos el industrialismo, era del todo contrario á aquella familia.
Los ricos nuevos del lugar se burlaban de esto sin compasión, pero el vulgo amaba á los Mendozas. El fondo democrático y algo socialista de la educación frailuna del vulgo no se volvía ya contra ellos, porque no tenían más que deudas, ni contra el señor del lugar, cuyos administradores habían sido siempre generosos con el pueblo y con ellos mismos á costa del magnánimo duque; el cual andaba en Madrid hecho un Mendoza de la corte; esto es, con más trampas que pelos en la cabeza. El furor de la porción menos sana de los bermejinos era contra los ricos de reciente fecha; contra los que se habían enriquecido dando dinero á premio ó con el tráfico de vinos, aceites y granos. Muchos de estos ricos nuevos habían hecho su fortuna aumentando el bienestar general, acrecentando el acerbo común del haber de la nación, creando riqueza; pero los resabios inveterados de los bermejinos más aviesos, mezclados con la envidia, si bien no de concierto todavía con predicaciones venidas más tarde de fuera de España, no les dejaban ver en los bienes adquiridos por otros un aumento del bien colectivo, sino una dislocación ó una absorción de bienes que á todos pertenecían, verificada con infernal astucia. El antiguo refrán que reza: _Los ricos en el cielo son borricos, los pobres en el cielo son señores_, se oía con frecuencia en los labios de los bermejinos, como pronosticando, en son de amenaza, que la habilidad pecaminosa de los ricos no prevalecería en el cielo, donde al fin sería castigada, si antes algún hombre de corazón no adelantaba el castigo, echándose á la vida airada con armas y caballo.
Entiéndase bien que hablo de la gente peor bermejina. La mayoría es sufridísima y razonable, y lleva sin envidia y con paciencia el encumbramiento de los ricos nuevos, por más que no haya habido toda la limpieza que fuera de desear en el modo de enriquecerse de no pocos.
Había, sin embargo, una razón para que hasta los ricos nuevos mirasen con afecto á los Mendozas. Merced á la actividad fecunda que la moderna civilización imprime en todo, á pesar de nuestras inacabables discordias civiles, cierta cultura de costumbres se había difundido por todo el lugar; y no pocas familias de arrieros ó de gañanes, que habían hecho dinero y fundado casa principal, empezaban á tener humos aristocráticos, recordando con orgullo que descendían de valerosos adalides, y yendo á ver con satisfacción en los libros de la parroquia que llegaba su ascendencia por línea recta de varón en varón, y por legítimo matrimonio, hasta uno de los compañeros ó hermanos de armas que vino con el primer López de Mendoza á custodiar aquella fortaleza y á molestar á los moros, entrando en algarada por sus tierras y talando sus panes. De aquí nacía un espíritu de igualdad y de dignidad en perfecto acuerdo con el cariño respetuoso á la casa de los Mendozas, gloria común de todos y monumento del antiguo caudillo.
Doña Ana, viuda de D. Francisco, aunque forastera y anciana ya de sesenta años, vivía en el lugar rodeada de finas atenciones. En medio de sus apuros sostenía esta dama respetable el lustre señoril de la casa. El caballo que montaba su marido permaneció regaladísimo en la caballeriza hasta que murió de viejo. Varios retratos al óleo de los López de Mendoza que más brillaron, unos con relucientes armaduras, otros con cuera de ante, bizarros todos, y con plumas, y alguno que otro con bengala, como insignia de mando militar, lucían en la _cuadra_ ó salón cuadrado, autorizándole como era justo. Los antiguos criados no se despidieron. Y, por último, la jauría de perros de caza se conservó, hasta que pachones, podencos y galgos, fueron todos sucumbiendo al peso de la edad, siendo ejemplo muchos de longevidad perruna.