Las Ilusiones del Doctor Faustino, v.1

Part 2

Chapter 24,018 wordsPublic domain

Las navegaciones de D. Juan, durante largo tiempo, compiten con las de Simbad, y si, como sospecho, él las tiene escritas, serán libro de muy sabrosa lectura el día en que se publiquen. Por ahora sólo importa saber que, habiendo llegado D. Juan Fresco, en Lima, al apogeo de su reputación, fué nombrado capitán de un magnífico navío de la compañía de Filipinas, que debía hacer varias expediciones á Calcuta con ricos cargamentos. Había entonces piratas en los archipiélagos de la Oceanía. La tripulación del navío era harto heterogénea y nada de fiar; los marineros, malayos; chinos los cocineros y calafates; el contramaestre, francés; inglés el segundo, y sólo cuatro ó cinco españoles. Con esta torre de Babel ambulante y flotante, hizo D. Juan tres viajes felices á las orillas del Ganges, donde, mientras se despachaba el navío y se preparaba y cargaba para la vuelta, vivió como un nabab, yendo en palanquín suntuoso, servido por lindas muchachas, querido de las bayaderas, cazando el tigre sobre los lomos de un elefante corpulento, y siendo agasajado por los más poderosos comerciantes de aquella plaza opulenta, emporio del extremo Oriente.

Como, á más de un sueldo crecido, tenía derecho á llevar una gran pacotilla, D. Juan acertó á hacer su negocio, y á la vuelta á Lima de su tercer viaje se encontró millonario.

La independencia del Perú le obligó á escapar de aquel país con otros muchos españoles; pero, en vez de volver á Europa, se quedó en Río Janeiro, donde abrió casa de comercio. Cansado, por último, de vivir en tierras lejanas, volvió D. Juan á Europa; y después de viajar por Alemania, Francia, Italia é Inglaterra, el amor del suelo nativo le trajo á Villabermeja, donde yo le he conocido y tratado.

Ha comprado cortijos y olivares y viñas, y está hecho un hábil labrador. Nadie descubrirá en él al antiguo y audaz marino. Apenas habla de sus viajes y aventuras.

Ha permanecido soltero toda su vida, y no es de temer que al cabo de ella haga la locura de casarse.

D. Juan Fresco es la providencia de toda su fresca y numerosa familia, si bien no parece hombre de mucha ternura de corazón. Jamás le oí, durante meses, recordar amores ni amistades, ni de América, ni de la India, ni de ninguna parte. A la única persona que recordaba á cada momento, con verdadera efusión de gratitud y cariño, era al cura Fernández, que murió en Málaga querido de todos, pobre porque daba de limosna cuanto tenía, y digno de ser canonizado, si hubiera sabido guardar mejor las que, valiéndonos de un galicismo, se llaman hoy _conveniencias_; pero como contaba chascarrillos poco decentes á veces, y había hecho la guerra, y había dado bromas como la que dió al Obispo, y hasta más pesadas, era harto difícil la canonización.

A pesar de la idolatría que profesaba D. Juan á su tío, no me atrevo á afirmar que le imitase en punto á ser religioso y buen católico. D. Juan era positivista. Sólo daba crédito á lo que observaba por medio de los sentidos y á las verdades matemáticas. De todo lo demás nada sabía, nada quería saber; hasta negaba la posibilidad de que nada se supiese. Era, no obstante, muy aficionado á las especulaciones y sistemas metafísicos, y le interesaban como la poesía. Los comparaba á novelas llenas de ingenio, donde el espíritu, la materia, el yo, el no-yo, Dios, el mundo, lo finito y lo infinito, son las personas que la fantasía audaz y fecunda del filósofo baraja, revuelve y pone en acción á su antojo. D. Juan, no obstante, distaba mucho de ser escandaloso ni impío. Aunque para él no había ciencia de lo espiritual y sobrenatural, esto no se oponía á que hubiese creencia. Por un esfuerzo de fe, entendía D. Juan que podía el hombre ponerse en posesión de lo que el discurso no alcanza, y elevarse á la esfera sublime donde por intuición milagrosa descubre el alma misterios eternamente velados para el raciocinio.

Cuando yo estaba en Villabermeja solía dar largos paseos por las tardes con D. Juan Fresco, viniendo luego á reposarnos los dos en un sitio llamado la Cruz de los Arrieros, á la entrada del lugar. Esta cruz de piedra tiene un pedestal, de piedra también, formado de gradas ó escalones. Allí, al pie de la cruz, nos sentábamos ambos.

A veces nos acompañaba Serafinito, joven de veintiocho á treinta años, soltero, huérfano de padre y madre, bastante rico para lo que es la riqueza de los lugares, y muy dulce de carácter, aunque melancólico y taciturno.

Desde la Cruz de los Arrieros, sostenía D. Juan Fresco que se disfrutaba de la vista más hermosa del mundo. Yo me sonreía y le miraba con atención para ver si se burlaba al afirmar aquello. En su rostro no se notaba la más ligera señal de que hablase irónicamente ó de burla. Era, sin duda, una alucinación patriótica.

Una tarde del mes de Septiembre, D. Juan, Serafinito y yo estábamos sentados al pie de la Cruz de los Arrieros. El sol se había ocultado ya detrás de los cerros que limitan la vista por la parte de Poniente, y había dejado el cielo, por todo aquel lado, teñido de carmín y de oro. Sobre los cerros que están á espaldas del lugar, y aun sobre el campanario, mientras que yacía en sombras todo el valle, daban aún los rayos oblicuos del sol, reflejando esplendorosamente en la pulida superficie de las peñas que coronan la cima de dichos cerros. Pocas y blancas nubes turbaban el limpio azul de la bóveda celeste, vagando á merced de un viento manso y arreboladas y luminosas con los reflejos del sol. La luna mostraba ya su rostro pálido muy alto sobre el horizonte, y algunos luceros empezaban á columbrarse en la región más obscura del éter y más apartada del disco solar.

Por el lado por donde la vista, en este bajo suelo, podía espaciarse más, se espaciaba una legua. Los cerros terminan allí el horizonte. Paz suave reinaba por donde quiera.

Los olivares y las viñas cubren la mayor parte del terreno cultivable. Los peñascos áridos, que forman las cumbres, no tienen cultivo ni pueden tenerle. Las diversas heredades y haciendas están separadas entre sí, y de los caminos y veredas, por vallados de zarzamora y pitas. Tal vez, en los terrenos más fértiles y húmedos, se muestran en estos vallados la madreselva, el granado y las mosquetas. En los sitios más resguardados del frío invernal crece también y fructifica la higuera chumba.

Las hazas del ruedo y demás tierras de pan llevar estaban ya segadas, y sobre la negrura de la tierra amarilleaban el rastrojo, los cardos y toda la yerba seca, que el polvo y los ardores de la canícula habían hecho como yesca. En algunos puntos habían sido incendiados los rastrojos, y la llama corría formando una línea tortuosa, dejando negro el suelo en pos de sí y levantando densa humareda.

La viña, que es el plantío que allí más abunda, verdeaba aún cubierta de pámpanos lozanos. Estaban ya vendimiando, y por varias sendas y caminos venían al lugar carros y reatas de mulos con el último acarreo de uva de aquel día, que había de quedar amontonado en los lagares para empezar á pisar en la madrugada siguiente. Volvían asimismo á descansar de sus trabajos los vendimiadores, y de vez en cuando se oía una canción alegre, cantada en coro, ó se escuchaba allá á lo lejos una copla de playeras con que distraía sus pesares un arriero que tornaba solo con su recua de alguna expedición, ó un gañán que volvía de arar con los bueyes ó las mulas uncidas aún al arado.

En las cañadas hay arroyos cuyas orillas están cubiertas de mimbrones, álamos blancos y negros, adelfas, juncos, mastranzos y otras yerbas de olor. Hay asimismo ocho ó nueve huertecillos, que no tiene el mayor una fanega de tierra; pero esta tierra está bien aprovechada, y se alzan en ella nogales gigantescos, higueras pomposas, que dan los más dulces higos que se comen en el mundo, y otra multitud de frutales.

El arroyo más caudaloso de la cercanía está á un cuarto de legua de la población, y las mozas que iban allí á lavar, volvían también, terminada ya su faena, con el lío de ropa lavada puesto sobre la cabeza, y con la alegría de la juventud en el alma y el donaire y el brío campesino en todos los gallardos y libres movimientos del cuerpo, bien dibujadas sus formas robustas y elegantes bajo los pliegues de las breves y ceñidas enaguas de percal ó del más ceñido y corto refajo de amarilla bayeta antequerana.

D. Juan Fresco contemplaba toda esta escena como en éxtasis, y se ratificaba más y más en que Villabermeja y sus alrededores eran lo mejor del mundo. Creció su entusiasmo, recordando los mejores años de su vida, al ver cierta polvareda que se levantaba en el camino principal. Á poco se empezaron á oir mil regocijados gruñidos en todos los tonos, desde el más tiple al más bajo, y luego se distinguió una floreciente piara de cochinos de todas edades y de ambos sexos, guiada por un hábil zagalón de catorce á quince años. Cada vecino del lugar, cada bermejino, tenía alguna dulce prenda en aquella piara, tenía el futuro regalo suyo y de toda su familia entre aquellos sabrosos mamíferos, que habían de convertirse en jamón, tocino, morcillas, longaniza, lomo en adobo, manteca y otros artículos, custodiados en la despensa y preparados para todo evento digno de celebrarse y para cualquier día en que acude un huésped á la casa ó repican recio é importa echar el bodegón por la ventana.

Bastaba el zagalón para ser capitán de aquella tropa, cuya disciplina era admirable. Ningún cerdo se descarriaba jamás. No bien llegaban todos á las primeras casas, tocaba el pito el zagalón, y la piara se dispersaba en seguida, trotando y galopando cada uno de los que la componía y cruzando calles y callejuelas hasta meterse en la casa de su amo, saltar por el zaguán y la cocina baja, sin cuidarse de no echar á rodar cualquier trasto que encontrase por medio, y parar sólo en el corral, donde nunca faltaba su pocilga ó lagareta.

Pasado un poco el éxtasis de D. Juan, no pude menos de decirle:

--Confieso con franqueza que cada día me maravillo más del sincero entusiasmo que tiene usted por Villabermeja. Se comprende que por ser el pueblo de V. le guste más que ningún otro, que viva V. en él contentísimo, que prefiera esta rustiquez á todos los esplendores y á todas las elegancias de Madrid ó de París. Lo que no se comprende es la ceguedad con que un hombre que no es como muchos bermejinos, que jamás salieron de aquí, sino que ha visto las más bellas comarcas del globo, se empeñe en sostener que este paisaje es superior en hermosura á todo lo que ha visto.

--¿Qué quiere V., amigo mío?--contestó don Juan Fresco.--Yo no digo que esto sea mejor que todo, sino que tal me lo parece. Mis viajes y mis estudios, y el haber visto la bahía de Río-Janeiro y las costas fertilísimas que la circundan, y sus lagos interiores, y las cien islas de la bahía enorme llenas de perenne verdura, y sus sierras gigantescas, y sus florestas seculares, y sus bosques fragantes de naranjos y limoneros, y el haber vivido en las orillas feraces del Ganges y del Brahmaputra, con sus pagodas, palacios y jardines, y el haber visitado las márgenes del golfo de Nápoles, tan risueño y lleno de recuerdos clásicos, no destruyen en mí la arraigada condición del bermejino, quien jamás cree ni confiesa que haya nada más bello, ni más fértil, ni más rico que su lugar y los alrededores de su lugar. ¿Qué me importa á mí que el horizonte sea aquí mezquino? Mejor: más allá de ese horizonte pongo con la imaginación lo que se me antoja. Si quiero ver en realidad, no ya lo grande, sino lo infinito, ¿no me basta con alzar los ojos al cielo? ¿Desde qué punto penetra más la vista en las profundidades de sus abismos, que desde aquí, donde el aire es diáfano y puro, y rara vez las nubes se interponen entre mis ojos y las más remotas estrellas? Además, aunque sea pequeña la extensión de tierra que abarco con los ojos, ¿no la agranda el conocerla toda punto por punto y el poblarla de memorias y de casos, mil veces más interesantes para mí que los de Rama, Crishna y Buda en la India, y los de Eneas, Ulises y las Sirenas en Nápoles? ¿Qué encanto no tiene el poder exclamar, como exclamo: Cuantos olivos se divisan por toda aquella ladera los he plantado yo mismo; todo aquel viñedo es también creación mía; aquella casería colorada es la de mi amigo Serafinito y sé cuántas tinajas de vino da cada año; más allá blanquean las tierras de la capellanía de V., que son algo calizas; aquel huerto le tuvo arrendado mi madre, y allí pasé algunos de los mejores años de mi niñez? ¿Ve V. aquel cañaveral que está en medio del huerto, á orillas del arroyo?--Y D. Juan Fresco señalaba con el dedo.

--Sí le veo,--contestaba yo.

--Pues allí tuve yo la primera revelación de la belleza artística, la inspiración primera, mi mayor triunfo y la satisfacción del amor propio más pura, más completa y más sin pecado que he tenido en la vida.

--¿Cómo fué eso?--preguntó Serafinito.

--El cañaveral--respondió D. Juan,--está ahora como á principios del siglo presente, cuando tenía yo diez años ó menos. Yo era entonces tan ignorante, que más no podía ser: no sabía leer ni escribir, ni tenía idea cierta de nada. Me figuraba el cielo como una media naranja de cristal, donde estaban clavadas las estrellas á manera de clavos, y por donde resbalaban la luna, el sol y algunos luceros, movidos por ángeles ú otras inteligencias misteriosas. En el seno de la tierra suponía yo un espacio infinito; unas cavernas sin término, un abismo sin límites, lleno de diablos y condenados; y más allá de la bóveda celeste, otro infinito de luz y de gloria, poblado de santos, vírgenes y ángeles, y donde había perpetua música, con la que se deleitaban el Padre Eterno y toda su corte. Según la creencia general de los de mi pueblo, estaba yo persuadido de que precisamente encima de Villabermeja, que es donde más se eleva la bóveda azul, estaba el trono de la Santísima Trinidad. La música celestial era allí mejor que en ningún otro confín de los cielos; y yo me recogía en el silencio de las siestas, y me retiraba al cañaveral, y cerraba los ojos, y reconcentraba todos mis sentidos y potencias á ver si lograba oir algo de aquella música, que no imaginaba muy distante. Á tal extremo llegó mi entusiasmo, que pensé oirla algunas veces. Yo era aficionadísimo á la música, y si mi manía de ver mundo y mi vida agitada de marino y de comerciante lo hubieran consentido, quizás hubiera sido un excelente artista. Lo cierto es que un día corté una caña del cañaveral; hice varios canutos, y á fuerza de pruebas y tentativas, ya horadando con mi navajilla los canutos de un modo, ya de otro, acerté á dar su justo valor á cada nota, y logré formar una acordada y sonora flauta, con la que tocaba cuantas canciones había oído, y muchas sonatas que se me figuraba que no había oído jamás en el mundo, porque las inventaba yo mismo ó eran como reminiscencias vagas de la música del cielo que había logrado oir en mis arrobos. Mi invención de la flauta y mi habilidad para tocarla fueron muy celebradas en todo el lugar, y me valieron un millón de besos de mi pobre madre. Consideren ustedes ahora si, teniendo éstos y otros recuerdos aquí, no me han de parecer Villabermeja y sus alrededores más hermosos que todas las zonas habitables del globo terráqueo.

Nada tenía que replicar á esto Serafinito, más convencido que el propio D. Juan de todas las excelencias de Villabermeja. Sólo yo replicaba; pero D. Juan Fresco me sellaba los labios con nuevos argumentos, en los que aparecía un carácter poético que jamás había yo sospechado en aquel hombre.

En vista de esto, dí otro giro á la conversación diciendo á D. Juan:

--No quiero disputar más con V., y doy por valederas y firmes las razones que alega, á pesar de ser tan sofísticas. De lo que me permitirá V. que hable es de la extrañeza que me causa ver á usted lleno de un sentimentalismo tan subido de punto y de tantas ilusiones poéticas, impropias de un positivista.

--Paso por lo del sentimentalismo--replicó don Juan.--Jamás he presumido de tener el alma de alcornoque, si bien no me jacto tampoco de tierno de corazón. En lo que no convengo es en lo de las ilusiones. En mi vida tuve ilusiones, ni quise tenerlas, ni me he lamentado de esta falta, ni he llorado el haberlas perdido. Nada me repugna tanto como las ilusiones.

--¿Cómo que no tiene V. ilusiones? ¿Pues acaso no se apoya un poco en ilusiones su amor de V. á este lugar?

--No se apoya este amor en ilusiones, sino en realidades. Discutir sobre esto sería, con todo, volver al tema de la primera disputa, y no quiero volver. Quiero, sí, demostrar á V. que no tengo ilusiones y que me importa no tenerlas: que no hay mal mayor que tener ilusiones.

--Pues qué--dijo entonces Serafinito,--¿será un absurdo lo que dice el poeta:

Las ilusiones perdidas Son las hojas desprendidas Del árbol del corazón?

--El dicho del poeta no es absurdo--contestó D. Juan Fresco,--si se entiende de cierta manera; pero convengamos en que todo el género humano nos está aburriendo en el día con tanto lamentar la pérdida de sus ilusiones, las cuales bien pueden ser hojas del árbol del corazón, mas no son ni el fruto sazonado ni las flores fragantes y salutíferas.

--¿Qué entiende V. por ilusiones?--dije yo.

--Un concepto sugerido por la imaginación, sin realidad alguna--contestó D. Juan.--Ilusión equivale á error ó mentira. Perder las ilusiones es lo mismo que salir del error y alcanzar la verdad. Y la adquisición de la verdad, que es el mayor bien que apetece el entendimiento, no debe deplorarse.

--Me parece que V. se contradice. ¿No nos decía V., poco há, como sintiendo haber perdido aquella ignorancia, que su ignorancia de niño le hacía ver entonces el cielo y la tierra de cierto modo poético? Claro está que, con el saber de V. en el día, no verá ni la tierra ni el cielo del mismo modo.

--Sin duda que del mismo modo no los veo. Pero ¿de dónde infiere V. que los veo ahora de un modo menos poético que entonces? ¿En qué se opone á la poesía, no ya mi poco de ciencia, sino toda la ciencia que atesoran y resumen cuantas academias y universidades hay en el mundo? Para saber yo que una ilusión es ilusión, y perderla ó desecharla, importa que la ciencia me demuestre su vanidad y su falsedad, y aún no me ha demostrado la ciencia la vanidad ni la falsedad de ninguna ilusión cuya pérdida merezca ser llorada. Otro poeta ha dicho: _El árbol de la ciencia no es el árbol de la vida_; pero yo sostengo lo contrario: el árbol de la vida es el árbol de la verdadera ciencia.

--No comprendo bien sus pensamientos de usted.

--Veamos si los comprende V. ahora. Dígame V.: el concepto de lo conocido por la experiencia en el día, ¿no es mayor, más bello y más sublime que el concepto de lo conocido y sabido por experiencia en cualquier época de la historia, anterior á ésta en que vivimos?

--Eso no se puede negar procediendo de buena fe. V. habla sólo de lo conocido por experiencia. Lo malo está en que, al conocer por experiencia, se pierde la facultad de imaginar y de creer, y de esto nos lamentamos.

--Veo, pues, que V. conviene, como no puede menos de convenir, en que lo conocido ahora por experiencia vale más que lo antes conocido. Debemos presumir, por lo tanto, que mientras más se conozca, más bello, más sublime, más noble será el concepto de las cosas todas, en cuanto conocidas.

--¿Pero lo imaginado en ellas no desaparece?--repliqué yo.

--¿Por dónde ni cómo ha de desaparecer? Aunque yo vea ahora el cielo como un espacio inmenso y los astros separados unos de otros por distancias enormes, más allá de donde llegan los ojos y el telescopio, ¿no me queda campo en qué imaginar lo que guste y creer en lo que quiera?

--Al menos me concederá V. que tendrá que poner muy lejos, muy lejos, cuanto imagina ó cree.

--Pues se equivoca V. también en eso, porque no se lo concedo. ¿Qué es lo que yo veo y noto, qué es lo que yo averiguo por experiencia, sino algo de extrínseco y somero? De accidentes sé algo; pero la misteriosa esencia de los seres, ¿quién la ve y quién la conoce? ¿Son tan torpes y necias las ondinas y las sílfides, que se dejen aprisionar por el químico para que, al descomponer el agua y el aire, haga su análisis en retortas y alambiques? ¿Qué microscopio, por perfecto que sea, podrá descubrir el espíritu de vida que fecunda los estambres de las flores y pone en ellos el polen amoroso? El duende, el genio, el demonio que me inspira, que directamente se entiende conmigo, que toca sin intermedio en mi alma y se comunica con ella, ¿á qué ley de física ó de matemáticas obedece? ¿Dónde está la demostración que me pruebe su no existencia? ¿Quién midió jamás y señaló los linderos de la percepción humana, hasta el punto de afirmar: nadie ve ó advierte más allá? No sólo con el sentido interior, sino con los exteriores, ¿ha demostrado alguien que no haya personas que vean y sientan y se comuniquen y traten con otras inteligencias ocultas? ¿Pues qué, no es inexplicable en el fondo el que V. y yo nos entendamos hablando, revistamos nuestro pensamiento de una forma sensible y nos le transmitamos, no en realidad, sino en un signo material y convencional que le representa, y que se llama palabra, y que es un mero son que agita el aire, y por medio de sus vibraciones llega á nuestros oídos? ¿Quién sabe cómo se entenderán y con quién se entenderán otras personas? Se habla de continuo de lo sobrenatural y de lo natural, como si se conociera perfectamente la distinción, ó se marcara el término ó la raya, que separa lo uno de lo otro, como si hubiésemos explorado en lo extenso y en lo intenso á la naturaleza. No, amigo mío: la frontera entre lo natural y lo sobrenatural ó no existe ó está borrada. Donde ponemos mugas y señales y hacemos apeo y demarcación es sólo entre lo sabido y lo ignorado, lo cual es muy diferente. Nada más infundado, por lo tanto, que llamar edades de la fe á las antiguas edades y edad de la razón á la nuestra, contraponiendo la razón á la fe, como si el imperio de la fe, que es infinito, se menoscabase en lo más mínimo con las conquistas y anexiones que la razón va haciendo en su pequeño imperio. Ciertas ilusiones, que no lo son, no se pierden, pues, con la ciencia. Al contrario, la grande y efectiva ilusión está en creer que la ciencia mata lo que vemos con la fantasía ó con la fe, calificándolo de ilusiones. Esta es una ilusión de la vanidad científica. Tal vez sea la más perjudicial de todas las ilusiones, aunque no es la más bellaca.

--¿Cómo es eso?--dijo Serafinito.--¿Con que tener ilusiones es una bellaquería?

--Casi siempre--replicó D. Juan.

--V. habla así--dije yo,--porque llama ilusiones á las malas, y no á las buenas.

--Ya he dicho que no me ha probado nadie todavía, que esas que llama V. ilusiones buenas, nacidas de la fe, de un alto sentimiento religioso ó de una bien ordenada y discreta fantasía poética, sean tales ilusiones en lo esencial. Quedan, pues, ilusiones malas, ó dígase verdaderas ilusiones. Contra éstas combato, y afirmo que no las he tenido nunca, y que si las hubiese tenido alguna vez, no me quejaría de perderlas.

--Ponga V.--dijo Serafinito,--algunos ejemplos de esas ilusiones.