Las Ilusiones del Doctor Faustino, v.1

Part 15

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¿Por qué no deploró y confesó Dante el mismo defecto en el hombre?

Tal vez el gran poeta confundió con el amor verdadero la adoración de la mujer como figura simbólica y como alegoría y personificación de la ciencia divina, de la inspiración poética y hasta de la patria. Así amó él á Beatriz. Así amó Petrarca á Laura. ¿Podía el Doctor amar así á su María?

Antes de recibir la última carta no hubiera sido difícil. Después de recibida la última carta era casi imposible. A la mujer que ha de ser objeto de un amor de este género importa que las circunstancias la levanten por cima del amador, la pongan como en un pedestal, la encierren como en un impenetrable santuario. Esto tal vez no basta, por último, y es menester que venga la muerte y la arrebate á misteriosas esferas, y deje sólo de ella, en este bajo suelo, un fantasma etéreo, un simulacro divino, forjado por la mente, y cuya mera aproximación á nosotros, ó soñando ó velando, nos encumbre al paraíso y nos traiga como un subido deleite y como un sabor prematuro de eterna bienaventuranza.

El Doctor, reconociendo con humildad que no lo merecía, había sido y era para su María lo que Beatriz para Dante. Estaban, por un capricho de la suerte, los papeles trocados. Pero ¿cómo hallar él en María á su Beatriz ó á su Laura, después de la confesión ingenua que en su última carta María le había hecho?

El Doctor, pues, muy á pesar suyo, tuvo que confesar que deseaba la presencia de María; que su amor, fuese ella quien fuese, lisonjeaba su amor propio; que sentía hacia ella piedad, profunda simpatía y hasta cierta ternura, pero no verdadero amor. Ni siquiera sentía el amor simbólico y metafísico de Dante y Petrarca por sus dos queridas, verdaderamente inmortales.

Lejos de sosegar esta confesión el ánimo del Doctor, le atormentaba con amarga tristeza: le atormentaba con el tormento de no amar, que es el mayor de los tormentos.

Para distraerse de sus melancólicas cavilaciones redobló su actividad corporal. Paseaba desaforadamente á pie y á caballo; los combates al sable con Respetilla eran cada día más largos y feroces; tiraba á la barra; levantaba pesos enormes, y no pocas veces llegó á tomar el azadón y cavó con ahinco hasta derretirse sudando; pero, al consumir y gastar así sus fuerzas corporales, no lograba aquietar, ni por un instante, la inflamada vehemencia del espíritu.

Respetilla no era tonto; quería bien á su amo; recelaba que, en aquella vida solitaria que estaba haciendo, acabaría por volverse loco, y no dejaba ningún día de aconsejarle que viviese como los demás hombres, y que ya que por falta de dinero no le era dable irse á vivir á la corte, hiciese de la necesidad virtud; se figurase que Villabermeja era en substancia lo mismo que Madrid, y tratase á la gente de Villabermeja, distrayéndose y recreándose con sus paisanos, y sobre todo con las hijas de sus paisanos, entre las cuales las había muy bonitas, alegres y discretas.

Una mañana, después del combate al sable, Respetilla habló de este modo:

--¡Alabado sea el poder de Dios, y lo que ve el que vive! Cosas hay que no las creyera quien no las viera. Tenga por cierto su merced que jamás he dudado yo, antes he creído muy natural, que haya habido ermitaños penitentes, que se zurrasen de lo lindo con unas tremendas disciplinas, no comiendo más que hierbas y no bebiendo más que agua, no pensando en amores ni en amistades, y viviendo en la soledad; pero, al cabo de esta amarga vida, alcanzaban tales ermitaños la gloria eterna, la música celestial y qué sé yo cuántas delicias. Para ganarse la voluntad de Dios bien pueden hacerse sacrificios. Lo que no comprendía yo, hasta que lo he visto en su merced, es que haya también ermitaños y penitentes del diablo. Si la mitad de la penitencia, del recogimiento, de la abstinencia, de las vigilias y estudios en que su merced consume su mocedad y su vida, se encaminasen á agradar á Dios, nada tendría yo que decir, sino que su merced era un santo. Lo malo es que yo sospecho que su merced no se sacrifica sino para dar gusto al diablo, que al fin no tiene gloria que darle, ni siquiera le da, en esta vida, dinero y poder, aunque sea á trueque del infierno en la otra. Jamás había yo querido creer en las brujas, porque no comprendía qué gusto habían de tener, al ver tan perdidas á las que pasaban por tales, en servir al diablo sin recibir salario. Ahora empiezo á creer en la brujería. No se ofenda su merced, señorito. Su merced es brujo, y está dando culto al diablo y sacrificándole su mocedad y su existencia.

--Yo no doy culto al diablo--contestó el Doctor, no poco lastimado del tino con que Respetilla le atacaba:--yo doy culto á la necesidad invencible. Si á eso llamas tú _diablo_, sea enhorabuena: doy culto al diablo.

--¿Y qué necesidad tiene su merced de vivir como vive?

--¿Puedo, acaso, vivir de otro modo? Donde quiera que yo fuese haría un papel ridículo sin un cuarto. ¿Á qué oficio voy á ponerme, si no sirvo para nada? No hay más que resignarme á vivir en Villabermeja. Y aquí, ¿qué otra vida he de hacer que la que hago?

--¿Y por qué no hacer aquí otra vida?--replicó Respetilla.--¿Para qué desea su merced ir á Madrid? Sin duda para tratar á aquella gente. Pues trate su merced á la de aquí, y se ahorrará el viaje. Pues qué, ¿la gente de Madrid es distinta de la de Villabermeja? Todo se va allá, señorito.

--Vamos, ¿y dónde está esa gente? ¿Con quién te parece á ti que me trate?

--Con todo el mundo. Hay, además, una casa á donde yo quisiera que fuese su merced, porque allí se divertiría.

--¿Y cuál es esa casa?

--La de mi señor compadre el Escribano.

--Pues si sus hijas me detestan.

--Detestan á su merced porque su merced no va á verlas. Las pobrecillas están picadas.

--¿Cómo sabes tú eso?

--Toma, porque me lo han dicho. Yo hablo mucho con las dos, y sobre todo con Jacintica, la viuda del guarda, que las acompaña siempre y va con ellas á misa, visitas y paseo. Ramoncita, la hija menor del Escribano, es muy bonachona, y hace lo que quiere Rosita, su hermana mayor. Pronto la casará con el hijo del boticario, que está ya acabando la carrera, y dentro de pocos meses será médico. Rosita, en cambio, no tiene novio, ni quiere tenerle, aunque ya pasa y más que pasa de veinticinco años. ¿Y para qué, si es libre, rica, señora de su casa, y dispone del caudal y manda en su hermana y en su padre y en cuantos la rodean?

--¿Querrá también mandar en mí?

--No, sino ser mandada, por lo que yo barrunto.

--Respetilla--dijo D. Faustino,--tú eres un tentador, un verdadero diablo, y me propones un disparate, por no decir otra cosa. ¿A qué he de ir yo á ver á Rosita? ¡Bueno fuera que creyese Rosita que yo iba á pretenderla, en busca de su dote, como fuí en busca del de Doña Costanza, é imitase á mi prima, _calabaceándome_!

--Yo conozco á Rosita, y sé que no pensará semejante cosa. Ni sueña en casarse con su merced, ni menos en darle calabazas.

--Pues entonces, ¿en qué sueña?

--En broma y palique. Aquí no tiene con quién hablar. No hay más novio posible para ella que el hijo del boticario, que corre ya por cuenta de su hermana. Rosita ha leído muchas novelas é historias y es muy elegantona. Conversar con su merced, sin proyecto de ninguna clase, sería para ella el colmo del contento. Dice Jacintica que ella dice que su merced sólo es capaz de entenderla en Villabermeja; que para los demás patanes de por aquí está ella como si estuviera en griego. Dice también Jacintica que en todas las ferias donde ha estado Rosita ha pasado por de Sevilla ó de Granada, cuando no por de Madrid, y que nadie ha sospechado que fuese de Villabermeja. Tan bien se viste, y tan atinada y _afilustrada_ es en cuanto habla.

--Tú acabarás por hacerme creer que Rosita es un dije--exclamó D. Faustino.

--¡Ya lo creo que lo es! Y no de similor, sino de oro. Y luego, ¡lo que sabe! ¡Dios mío, lo que sabe! ¡Y qué genio! Ya, ya... Hasta á su padre le tiene metido en un puño... El Escribano, ya sabe su merced, tiene su por qué. ¿Estamos?... La niña del secretario del Ayuntamiento: la Elvirita, viuda del capitán... Pues nada: no se lleva Elvirita sino lo que Rosita quiere que se lleve. Y en vez de ser Rosita la que adula y sirve á Elvirita, sucede lo contrario. Elvirita está con Rosita casi tan humilde como una criada.

--¡Hombre, tú me cuentas de Rosita verdaderos milagros!--dijo el Doctor.

--¡Pues á fe que es ella poco milagrosa!

--Y dime--continuó D. Faustino,--¿el Escribano está por la noche de tertulia con sus hijas?

--Casi nunca: de día está el Escribano en los negocios de su oficio, y de noche arrullando á su tórtola. La tertulia de las hijas del Escribano se suele reducir al hijo del boticario, novio de Ramoncita, y á Jacintica, y nada más. ¿Quiere su merced verlo? Venga conmigo esta noche.

D. Faustino puso aún algunas dificultades; pero empezaba á sentirse tan aburrido y le había hecho tal impresión el que Respetilla le llamase, con tan certero instinto, ermitaño y penitente del diablo, que decidió al fin dejar la penitencia diabólica y salir en busca de aventuras, aunque fuese _encanallándose_ en Villabermeja.

FIN DEL TOMO I

ÍNDICE DEL TOMO I.

_Páginas._

A mi querido amigo D. Ramón Rodríguez Correa 5

Introducción. Donde se trata de Villabermeja, de D. Juan Fresco y de las ilusiones en general 7

I.--La ilustre casa de los López de Mendoza 49

II.--¿Para qué sirve? 65

III.--Plan de Doña Ana 91

IV.--Doña Costanza de Bobadilla 107

V.--Primera impresión 123

VI.--Carta del Doctor á su madre 143

VII.--Preliminares de amor 153

VIII.--Al pie de la reja 173

IX.--Entrevista misteriosa 185

X.--La niña Araceli 201

XI.--Actividad diplomática 219

XII.--El marqués de Guadalbarbo 237

XIII.--Examen de conciencia 245

XIV.--Penitencia para el diablo 275

* * * * *

Acabóse De Imprimir Este Libro En La Imprenta Alemana En Madrid Á Xv Días De Julio De Mcmvi Años

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