Las Ilusiones del Doctor Faustino, v.1
Part 14
El Doctor había leído las poesías desesperadas que privaban en aquella época; pero aun no habían salido á luz, ó no habían llegado á su noticia, las atrevidas especulaciones de los filósofos desesperados novísimos. Schopenhauer y Hartmann no habían penetrado en Villabermeja.
No habían, con todo, sido pocos los libros materialistas é impíos que el Doctor había leído. Veía además el pro y el contra de todas las cuestiones, y la índole de su entendimiento le llevaba á dudar.
La melancolía de su alma, en aquellos días, lo pintaba todo con los colores más negros.
Sin embargo, contra las negaciones que había hecho de todo objeto digno de su amor, él mismo se presentaba varios argumentos.
--Es muy cómodo--decía,--negar el objeto digno. Así se disculpa la pereza, la frialdad ó la cobardía. ¿Seré tal vez un miserable, incapaz de todo arranque generoso, y para justificarme á mis propios ojos quiero persuadirme de que no creo que haya un objeto que merezca que yo me sacrifique por él, que iguale al amor?
Luego pensaba si los filósofos y los poetas pesimistas lo habían sido por discurso y reflexión serena, ó por ser enclenques ó pobres, por falta de salud ó de dinero. Mas suprimiendo esto último, no dejaba el Doctor muy bien parado el orden de las cosas. ¿Por qué había de haber dolores físicos ó miserias sociales de tal naturaleza, que cambiasen así la condición de los hombres? Por otra parte, afirmar tal influjo era el colmo del excepticismo: era afirmar lo vano é interesado y falso de todo sentimiento y de toda idea. Si un sistema filosófico impío pudo provenir de que su autor padecía del estómago ó de que no tenía dinero bastante, ó de que no comía bien, también un sistema filosófico muy religioso y optimista pudo provenir de que el autor gozaba de envidiable salud y tenía satisfechas todas sus necesidades.
Cuando el Doctor llegó á este punto en sus cavilaciones, recordó sonriendo unos versos muy conocidos de Lope de Vega. Un lacayo, disfrazado de médico, es consultado por un caballero que padece honda tristeza, y se entabla este diálogo:
--Nada me parece bien; Todos me son importunos. --¿Tenéis dineros? --Ningunos. --Pues procurad que os los den.
El remedio de la tétrica filosofía del Doctor, ¿era el mismo de que hablaba el lacayo de Lope? En gran parte, sí. El Doctor tenía la ingenuidad de confesárselo, si bien la confesión le humillaba y vejaba. ¿Por qué un alma tan grande como la suya se conmovía y trastornaba por cosa tan accidental y de poco valer? Porque el Doctor quería ir á Madrid, darse á conocer, brillar, hacerse famoso, y sin algún dinero no podía lograrlo.
El Doctor procuraba consolarse de no ir á Madrid; procuraba desistir de sus sueños de ambición y de gloria. Entonces se hacía un argumento ó discurso parecido al que hizo no recordaba bien qué sabio á Pirro, rey de Epiro, que se desvelaba é inquietaba, ansioso de conquistar el mundo.--Conquistaré primero toda la Grecia, decía Pirro.--¿Y después? preguntaba el sabio.--Después la Italia.--¿Y después?--El Asia menor y la Persia, y la Bactriana y la India, y, por último, toda la tierra.--¿Y después?--volvía á preguntar el sabio.--Después me reposaré triunfante y seré dichoso.--Pues haz cuenta que ya lo conquistaste todo: sé dichoso y repósate.
Este coloquio, si tenía fuerza para convencer á Pirro, que al fin soñaba con la conquista del mundo, mayor fuerza debía tener para el Doctor, quien, en sus mayores raptos ambiciosos, ni soñaba ni podía soñar sino con ser, por unos cuantos meses,
Uno de los cien Ministros Que al año vienen y van,
en un país que, lejos de conquistar los otros, no sabe conquistarse á sí mismo.
Algo más tranquilo el Doctor después de este razonamiento, pensó en dedicarse á la vida contemplativa, desechar la práctica por la _teoría_. ¿No está acaso en la _teoría_ la suprema felicidad y el verdadero fin del hombre? El universo podrá estar mal, si se atiende al bien de los seres que le pueblan. La vida será un triste presente: el dolor físico y el dolor moral quedarán inexplicables. De todo esto prescindía el Doctor por lo pronto. Pero ¿cómo negar el grandioso espectáculo que nos ofrece esta máquina del mundo? ¿Cuánto no queda aún por descubrir, por investigar y hasta por ver en dicha máquina, así en las partes como en el conjunto? Y no sólo en lo que es ahora, sino en lo que ha sido y en lo que ha de ser. ¿Qué origen tuvo todo ello? ¿Cuál será su fin? ¿Dónde está el propósito? Dado que estas preguntas pudiesen tener satisfactoria contestación, lo mismo se podía escuchar la voz del oráculo revelador en Villabermeja que en la heroica villa de Madrid, capital de todas las Españas.
Aunque sin meterse en honduras científicas ni en averiguaciones de ningún género, bien podía el Doctor darse por pagado de ver las cosas como poeta, admirándolas y celebrándolas; limpiando bien el alma de malas pasiones, para que fuese bruñido y claro espejo que reflejase el mundo dentro de sí, no sólo en cuanto se extiende y dilata por los espacios, sino en su prolongación en los tiempos, con todas las series sucesivas de creaciones y manifestaciones que en él ha habido. Confesemos que la hermosa casa solariega de Villabermeja era cómodo y regalado asiento para asistir á esta representación magnífica y perpetua. El alma del Doctor, además, al reflejar en sí todas las cosas, no lo haría sin gracia y desmañadamente, sino que las hermosearía y perfeccionaría según ciertas leyes de buen gusto y de elegancia, tachando defectos y errores, produciendo armonías y creando, en suma, para sí un universo mil veces más bello. Aunque el Doctor no hiciera más que esto en toda su vida, ¿quién ha de negar que cumpliría con una gran misión? Pues, ¿de qué vale el universo y toda su hermosura, si no hay inteligencia que le mire y le comprenda? Decidido el Doctor á consagrarse á esto, no tendría ya que preguntarse con pena ¿para qué sirvo? Serviría para justificar la creación.
Por desgracia, ahondando un poquito más el Doctor en estas reflexiones y soliloquios, se encontró con una dificultad aterradora. Para la práctica ya había visto que sin amor nada podía; para la teórica halló también que era menester amor. Conforme Dios iba creando las cosas, las miraba con amor, y veía que eran buenas. Para encontrarlas él también buenas, ó al menos bellas, era menester que las mirase con amor. Mucho más amor era menester aún para reflejarlas en el espejo del alma con mayor hermosura de la que tienen. El amor es el grande artista, el creador, el poeta, y D. Faustino temblaba de pensar que no amaba. Quería convencerse primero, sin ningún amor, de que un objeto era bueno, muy bueno, y después amarle. No sentía el rapto generoso, la noble confianza del alma enamorada, que se lanza con amor al objeto y luego le halla bueno y bello.
Crea el lector que me pesa ahora de haber elegido para mi cuento un personaje de tan enmarañado carácter como el Doctor Faustino. Me obliga, contra mi gusto, á escribir este largo soliloquio que debe aburrirle; pero ya no podemos retroceder. Yo procuraré ser breve, aunque mucho se quede por decir.
Desesperado el Doctor de no amar lo bastante, así para la vida práctica como para la vida especulativa, en lo que tienen de más egregio, volvió á su tema de hacer una vida práctica y especulativa á la vez, más llana y más vulgar, y volvió á soñar con ir á Madrid en busca de aventuras y de triunfos. La falta de dinero, el grande obstáculo, apareció en seguida ante sus ojos.
Una sola bujía alumbraba el salón en que se hallaba. La luz iluminaba apenas los retratos de los ilustres Mendozas. Todos ellos eran menos que medianos, salvo el de la coya. El Doctor los miró casi con ira, porque le habían dejado un nombre y no le habían dejado riqueza. Tuvo gana de pegarles fuego. También pensó llevárselos á Madrid y ponerlos en un baratillo, á ver si los compraba algún usurero ó algún publicano que quisiera ennoblecerse y tener ascendientes, prohijándolos, ó mejor dicho, _propadrándolos_. Pero ni esta esperanza le daban sus ascendientes. ¿Qué publicano ó qué usurero es tan tonto en el día, que busque ascendientes y no vea en sus contratas y suministros títulos de sobra para tener todos los títulos? Y no sin razón, pensaba el Doctor. Desechadas mil preocupaciones, no había de conservar él la menos filosófica: la de la nobleza. Ya que había renegado de todo, se empeñó en renegar hasta de su casta.--Vosotros--dijo á sus ascendientes,--no valíais más acaso que el contratista que funda hoy su nobleza.
El largo insomnio había excitado de tal suerte sus nervios, que el Doctor, en aquella soledad, en el silencio de la noche, con la luz de una sola bujía que, iluminando muebles y cuadros, formaba mil sombras caprichosas en las paredes, imaginó que todos sus ascendientes ofendidos se destacaban de los marcos y caminaban contra él deslizándose como espectros. Hasta la coya se reía entre compasiva y burlona. El ambiente se hizo sofocante, como si respirasen allí todos los personajes de los retratos, vueltos á la vida, y como si su respiración fuese de fuego. El Doctor tuvo calor y frío á la vez; pero no tuvo miedo sino de volverse loco. Hubiera sido indigno de un filósofo suponer que retratos pintados habían de echar á andar para darle un susto ó embromarle de alguna manera.
El Doctor, no obstante, fué hacia la ventana, que estaba cerrada, aunque era á principios de Mayo, y para respirar el aire libre abrió de par en par maderas y cristales.
El sitio á donde daba la ventana que abrió el Doctor era poco risueño. En primer término, la calle solitaria y sin salida. Las tapias del corralón que servía de cementerio, enfrente. Y á la derecha, uno de los torreones cilíndricos del castillo, sobre el cual se apoyaba la casa. Más allá de las tapias del corralón se levantaban los muros de la iglesia, y se veía un poco del arco y pasadizo que con el castillo la une. Antes del arco formaba la casa un recodo. La luna llena iluminaba la calle, sin gente y sin más ruido que el formado por un viento manso, que doblaba la larga yerba que crecía en la misma calle y encima de las tapias del corralón.
En nada de esto se fijó el Doctor al abrir la ventana. Otro objeto más importante absorbió toda su atención en el momento. Frente por frente de la ventana, junto á la tapia del corralón, iluminado el rostro por la luz de la luna, inmóvil como una estatua, con dolorosa expresión en el semblante, tal vez con lágrimas en los hermosos ojos, vió el Doctor á una mujer alta, delgada, vestida de negro, y creyó reconocer á su _inmortal amiga_.
--¡María! ¡María!--exclamó; pero no le respondió la mujer. La mujer echó á andar hacia el arco.
--¡María!--dijo el Doctor de nuevo.
Entonces creyó notar en todo el cuerpo de la mujer un temblor, un estremecimiento nervioso; pero ella ni contestó ni volvió la cara.
De buena gana se hubiera el Doctor lanzado á la calle para perseguir á su visión. La gruesa reja de hierro que tenía la ventana impidió la realización de su deseo.
¡María!--dijo el Doctor por tercera vez; y entonces dió la vuelta á la esquina la mujer vestida de negro y el Doctor la perdió de vista.
Precipitadamente tomó el Doctor el sombrero, salió al patio, abrió la puerta que daba al zaguán y quitó la tranca que defendía la puerta exterior. La llave, por fortuna, estaba puesta. Abrió la puerta exterior y fué corriendo en busca de su _inmortal amiga_, que debía estar aún á pocos pasos de distancia.
Eran las tres de la mañana. No había un alma en las calles. El Doctor las pasó y examinó todas dos ó tres veces. Dió vuelta á la iglesia y al castillo; saltó por cima de las tapias del corralón, y hasta en aquella mansión de los muertos buscó á su _inmortal amiga_. Todo fué en balde. Parecía que se la había tragado la tierra.
Pensó luego el Doctor si estaría en el campo, y salió al campo, y anduvo por los caminos sin saber dónde iba, hasta que despuntó la aurora.
Las campanas tocaron á misa primera, y el Doctor se decidió á oir aquella misa. Quizás vería en la iglesia á la mujer misteriosa, como la había visto la niña Araceli.
Tampoco vió en la iglesia á la mujer misteriosa.
El Doctor estaba tan inconsecuente, tan fuera de sí, tan otro, que, á pesar de su impiedad filosófica, hizo por modo extraño algo como oraciones y súplicas al Jesús Nazareno, de que era hermano mayor, y al santo pequeñito, patrono del pueblo, á ver si le ayudaban á dar con su _inmortal amiga_. Los poderes sobrenaturales fueron sordos á la voz del Doctor y no le mostraron lo que buscaba.
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XIV.
PENITENCIA PARA EL DIABLO
La nueva aparición, confirmando más á D. Faustino López de Mendoza en la creencia de que su _inmortal amiga_ era un ser vivo, y persuadiéndole de que estaba en Villabermeja, le excitó á buscarla con ahinco. Pasmoso era, sin duda, que se ocultase tan bien en lugar tan pequeño; pero el Doctor perdió la esperanza de hallarla como no fuese registrando casa por casa.
Este asunto de la mujer misteriosa le pareció de tal condición, que no quiso fiarse de Respetilla para que le ayudase en sus averiguaciones. Por motivos opuestos, y quizás más poderosos se guardó bien asimismo de decir nada á su madre. Cuando María (la llamaremos así, ya que el Doctor así la llamaba) se escondía tanto, razones poderosas tendría para ello. Si el Doctor se hubiera confiado á Respetilla, hubiera expuesto á María á que la descubriesen. Confiándose á su madre, la hubiera llenado de recelos. Sabe Dios lo que imaginaría su madre de mujer que así se ocultaba.
Sólo había otra persona, cuyo sigilo era grande y cuyo afecto hacia el Doctor era mayor aún. Á ésta pensó en confiarse para que le ayudase á descubrir á María. Dábase la circunstancia de que esta persona era la más á propósito que había en toda Villabermeja para poner en claro un misterio y despejar una incógnita. Apenas había familia que no conociese, ni lance que no supiese, ni amores que ignorase, ni pendencia matrimonial de que no tuviese noticia. Sabía esta persona hasta lo que comían en cada casa. Si ella no daba, pues, con la _inmortal amiga_, la _inmortal amiga_ era un ser _inaveriguable_ y utópico, por más que fuese al mismo tiempo real, visible y tangible. La persona en quien pensó el Doctor para que le ayudase en las investigaciones era su propia nodriza, el ama Vicenta, la cual, desde que le crió, seguía en la casa, sirviendo á Doña Ana.
Ya estaba resuelto á confiárselo todo, cuando, dos días después de la aparición de María, fué el Doctor á su quinta en la jaca. La casera estaba sola á la puerta de la quinta mientras que el casero cavaba.
--Señorito--dijo la casera,--esta mañana me entregaron un papel para su merced.
--¿Quién le entregó?--preguntó el Doctor.
--Un forastero á quien no conozco.
--Venga ese papel,--dijo el Doctor.
--Aquí está,--contestó la casera dando á don Faustino un pliego cerrado, que él recibió con emoción extraordinaria, pensando reconocer en la letra del sobrescrito la mano de la mujer misteriosa.
Salió entonces en medio del campo, y mirando antes á todas partes para cerciorarse de que nadie había por allí que pudiese verle ó interrumpirle, abrió la carta y leyó lo siguiente:
»No ha sido mi propósito presentarme á tus ojos ni herir tu imaginación con el prestigio de lo sobrenatural. Mi alma soñadora, anhelando explicarse esta fuerza invencible que me lleva hacia tí, descubre, tal vez se finge, otras existencias, en que tú y yo, sin obstáculo alguno que entre nosotros se interpusiese, nos amamos y fuimos dichosos; pero no pretendo imponerte esta creencia. Mi alma cree también que, durante el sueño, desprendiéndose, por obra del amor, del cuerpo que anima, vuela y se pone á tu lado; mas no aspiro tampoco á que lo creas. Yo te amo, y sólo aspiro á que me ames. Tengo miedo, no obstante, de lograr lo mismo á que aspiro. ¿Para qué aspirar á que me ames, si no es posible, en esta vida, que nuestro amor nos dé ventura? De aquí lo singular de mi proceder. De aquí el huir de tí y el buscarte. La prudencia me induce á huir; el amor me lleva á tí á pesar mío.
»Hay además en mi vida un misterio horrible que no quiero, que no debo revelarte. Hay algo que está en mí y no está en mí, y que me hace indigna de tu amor. No presumas ni sospeches por eso que reside la indignidad en lo que es mi persona.
»Un diamante se conserva entero, puro, aunque caiga en el fango. Impenetrable á toda substancia corrosiva, sólo la luz penetra en su seno y le alegra y le llena de claridad y de hermosura. Tú eres la luz, mi corazón es el diamante.
»Una pequeña semilla cayó en la tierra. El sol, con su calor divino, la fecundó. Allí brotó una planta lozana, y en la planta una flor; pero no abrirá el cáliz ni dará su aroma si el sol, que eres tú, no lo acaricia.
»Mucho tengo que agradecerte, aunque no lo sabes. Ser flor y diamante te lo debo á tí, que eres mi sol y mi luz. La firmeza para resistir al fango en que había caído te la debo á tí, mi luz, y fuí diamante y no fango. El brío, la fuerza para ascender á la región serena del aire, saliendo del seno inmundo de la tierra, te lo debo á tí, mi sol, que con tu divino calor hiciste subir por el tallo, hasta el sellado cáliz, las esencias suaves y delicadas que son tuyas y para tí se guardan.
»Abandonada de todos, ruda, ignorante, ni los sagrados misterios de una religión que yo no comprendía, ni los santos que están en los altares, y cuya vida y cuyas virtudes yo ignoraba, hubieran evitado mi perdición. Dios quiso salvarme por tu medio. Dios, sin duda, infundió en mi alma una admiración hacia tí, que ha levantado mi espíritu y le ha hecho apto para concebir todo lo bueno. La preocupación constante de no hacerme indigna de tí, de no perder toda esperanza de que me estimases, ha sido mi escudo y mi defensa en los primeros años de mi vida.
»Más tarde vino el espíritu consolador y me llevó á su lado. A su lado se ha abierto mi alma á todas aquellas ideas nobles y á todos aquellos sentimientos generosos de que es capáz por su semejanza con Dios. Yo, sin embargo, aunque lejos ya de tí, no pude olvidarte. Antes bien recordaba con más viveza que la primera iluminación de mi alma fué obra tuya. Cuanto yo aprendía luego, cuanto por estudio y natural discurso alcanzaba, lo veía como cifrado é incluído en aquella primera iluminación de que tú fuiste causa. De esta suerte creció mi amor hacia tí. Como germen caído en terreno inculto, así tu amor cayó en mi alma. Todo cultivo posterior, lejos de extirpar el germen, ha contribuído á que se desenvuelva y brote con lozanía.
»Hasta la ausencia, el no verte en muchos años, poetizó más y más tu recuerdo. Te he vuelto á ver y no has desmerecido á mis ojos del concepto que de tí tenía, fundado en recuerdo tan poético. Así es que toda soy tuya. No dejaré de amarte aunque no me ames; no dejaré de amarte aunque me aborrezcas ó me desprecies.
»Si te oculto quien soy, tengo para ello razones poderosas. Respétalas y no me persigas.
»No hables de mí con nadie; te lo suplico.
»Si me amas, yo lo adivinaré y te buscaré. ¿Podré huir de tí, podré resistirme si me amas?
»Si no me amas, ¿para qué turbar con mi presencia tu sosiego? De mi amor mismo, aunque me abandonase y fuese toda tuya, no tomarías ni gozarías sino aquella mínima parte, quizás la más vulgar y grosera que tú fueses capaz de sentir por mí. Tal es la condición del amor. Quien guarda para alguien todos sus tesoros, jamás podrá darlos, por más que lo desee, como la persona amada no produzca y dé en cambio iguales tesoros de amor.
»La otra noche me viste por acaso y á pesar mío, abriendo de repente la ventana de tu cuarto. Tú me verás de más cerca, tú me verás junto á tí y por mi voluntad, si llegas á amarme. Tal vez me verás, aunque no llegues á amarme, si no logro vencer esta inclinación que me lleva hacia tí anhelante de un momento de felicidad, por más que sea menester comprarla á costa de tu desvío y de un siglo de tormentos. Adiós.--Tu _María_.
«El primer efecto que hizo la lectura de esta carta en el ánimo de D. Faustino, fué el de excitar el deseo más vehemente de buscar y de hallar á la mujer misteriosa.
A pesar de la súplica que contenía la carta, diciendo--_No me persigas_,--el Doctor hizo cuanto pudo, aunque en balde, por descubrir á aquella mujer.
El otro precepto de la carta--_No hables de mí con nadie; te lo suplico_,--hizo más fuerza en la voluntad del Doctor. Por no faltar á él no se atrevió á hablar de María ni siquiera con el ama Vicenta.
Pasaron, pues, ocho ó diez días, durante los cuales leyó el Doctor la carta cien veces, meditó sobre ella y no halló rastro de la persona que la había escrito.
Trasladado á lenguaje llano, el contenido de la carta daba de sí lo que sigue:
María era de Villabermeja. Nacida de lo más vil y abyecto de la sociedad había visto y admirado al Doctor cuando niña, enamorándose de él. Esta pasión sublime, engendrada en el alma antes de que María llegase á la adolescencia, la había salvado de perderse para siempre. La carta se expresaba á las claras sobre este punto. De ello no podía dudar el Doctor, por más que no recordase á ninguna chica pobre de ocho á diez años á quien hubiese podido inspirar una pasión. Algún alma caritativa (y el Doctor menos que nadie, porque estaba siempre en Babia, podía adivinar quién fuese) se había después llevado á María y la había educado. La educación y la ausencia, lejos de destruir el amor de ella hacia el Doctor, le habían poetizado y sublimado.
Impulsada de este amor irresistible, María, á pesar suyo y conociendo que dicho amor no podía tener término feliz, perseguía al Doctor y procuraba enamorarle.
D. Faustino López de Mendoza, aunque viciado por las malas lecturas y por la triste ciencia de su siglo, tenía excelentes prendas, corazón generoso y una sinceridad nobilísima. Tenía además veintisiete años.
Soñaba, pues, con amar y ser amado; pero ni quería engañar á los demás ni engañarse á sí mismo. ¿Qué razón había para que amase ya á la mujer misteriosa? Apenas la había visto, apenas había hablado con ella.
Sin embargo, tal era la inclinación de D. Faustino á todo lo poético y extraordinario, que se esforzó por quedar enamorado de su María.
Se dice de algunos personajes que perdieron la fe, y que, con fervoroso deseo de recuperarla, hicieron durante meses y años como si la tuvieran: rezaron sin creer en el rezo, cumplieron todos los preceptos y se sometieron escrupulosamente al rito. Así creyeron al cabo. Quien esto escribe conoce á un sujeto, que hoy está en opinión de santo, y que durante el período de su transformación asistía á una reunión de racionalistas y descreídos.
--¿Dónde va V., D. Fulano?--le preguntaban cuando se retiraba.--Voy á hacer _guasa_ religiosa--contestaba él. Hasta que á fuerza de hacer esta _guasa_, acabó por tomarlo todo por lo serio y ser casi un bendito siervo de Dios, como es en el día, sahumando y aromatizando con el perfume de su santidad el campamento de D. Carlos VII.
El carácter del Doctor era inflexible. No podía el Doctor, por nada en el mundo, hacer _guasa_ amorosa, ni de ninguna clase. Si el verdadero amor había de venir en pos de la _guasa_, aunque no viniese nunca.
Y, sin embargo, _la inmortal amiga_ interesaba al Doctor. Su alma estaba ansiosa de amarla. Mas para amar lo que no se ve ni se toca, ¿por qué amar á una mujer? Ámese la ciencia, la belleza ideal, la poesía increada antes de revestir una forma, la perfección moral irrealizable en esta vida que vivimos: ámese á Dios, en suma.
Amar á una mujer con fervor semejante al que debe emplearse en el amor de estas cosas más altas, es una idolatría; idolatría que no se comprende si no se ve ó si no se toca el ídolo.
Dante, gran maestro de amor, lo había dicho en una admirable sentencia; salvo que Dante cometió la injusticia de acusar sólo á las mujeres de este linaje de materialismo. Dante deplora lo poco ó nada que
_.....in femmina fuoco d’amor dura_ _Se l’occhio o il tatto spesso nol riaccende._