Las Ilusiones del Doctor Faustino, v.1

Part 12

Chapter 124,067 wordsPublic domain

--Sin bromas, tía Araceli: yo soy niña, soy inexperta, sé poco de pasiones y de lances de amor; pero sospecho que en el amor hay grados, como en todo. Hasta cierto grado me parece que amo ya á mi primo, el cual es discreto, buen mozo, instruído y tiene otras muchas prendas estimables. Con la mitad, con la cuarta parte del amor que yo profeso ya á Faustinito, tiene de sobra cualquiera otra para aceptar á un hombre por novio y luego por marido. Pero yo reflexiono demasiado, y necesito doble ó triple amor del que tengo para casarme con mi primo, venciendo las reflexiones. Creo que él me ama; pero también necesito en él doble ó triple amor del que me tiene.

--¿Cómo es eso? Explícate.

--Es muy sencillo. Con doble ó triple amor, con un amor inmenso, sublime, sería nuestra unión dichosa. Viviríamos aquí ó en Villabermeja en un perpetuo idilio. Cuidaríamos de nuestra hacienda y la aumentaríamos. Nuestros hijos, si llegábamos á tenerlos, serían la gloria, la honra, los amos de estos lugares. Faustino y yo recorreríamos en paz, y estrecha y amorosamente enlazados, el sendero de la vida, cubierto de flores, sin nada que turbase nuestra tranquilidad ni que envenenase la copa encantada é inexhausta de nuestra dicha en el mundo. Pero sin ese amor, triple del que hoy nos tenemos, me inclino á creer que, si nos casásemos, seríamos infelices los dos. Yo no me resignaría á vivir aquí ó en Villabermeja, y Faustino menos, porque es muy ambicioso. Él no tiene nada, y yo espero tener poquísimo. Mi padre podrá darme, á lo más, tres ó cuatro mil duros de renta. ¿Y qué es esto para vivir en Madrid? Quiero suponer que Faustino es un genio, un prodigio. ¿Cree V. que con sus versos, sus literaturas y sus filosofías, atinará á ganar mil duros al año sobre lo que yo lleve? Yo no lo creo. Si se mezcla en política podrá tener algún destino importante por espacio de seis meses ó un año, y luego se seguirá un largo período de cesantía. Como Faustino no es un hombre de cierta clase, como es más bien ave cantora que ave de rapiña, siempre vivirá pobre. Aun suponiendo que él vale mucho, que va á encumbrarse á los primeros puestos, y que le va á durar la prosperidad, todos los miserables sueldos que tenga durante su vida, acumulados y sumados, si fuere dable que los ahorrara, no puede nadie afirmar que constituyan un capital de veinte mil duros, ó sean mil duros de renta ó poco más cada año. No es esto negar que Faustinito no logre brillar como sabio, como orador ó como poeta; pero con este brillo ni se paga á la modista, ni se compran elegantes muebles, ni coches, ni caballos, ni joyas, ni trajes, ni todo lo que necesita una señora para brillar ella también. Sería muy triste, tía, que tuviese yo que consolarme y aquietarme con gozar del reflejo de la gloria de mi marido, y que, si alguna vez me sacaba á relucir, pasase yo entre las damas aristocráticas de la Corte por una señora temporera, efímera ó provisional, por una semi-fregona, encogida y obscura, de quien unas preguntarían:--¿Quién es esa?--Y otras responderían con desdén:--Esa es la ministra tal; esa es la mujer del Doctor Faustino ó del poeta Faustino.--Peor es, á no dudarlo, que el marido sea el obscuro ó aquél á quien sólo por su mujer se le conozca, como también hay muchos. Aflictivo y vejatorio ha de ser para un hombre el que le designen con el título del marido de la Doña Tal, ó del marido de la Condesa de Cual, ó algo por este orden; pero también es vejatorio y aflictivo lo contrario, y yo no me resigno á sufrirlo. En resolución, con lo que mi padre puede darme y con las ilusiones y esperanzas vagas de Faustinito sería un disparate casarnos, á no querernos tan fervorosamente, que ambos sacrificásemos todo sueño de ambición y de gloria, y nos resignáramos á vivir en un rincón. No crea V. que no comprendo yo la poesía de esta vida. Tanto la comprendo, que he ido y voy aún en busca de ella con mil esfuerzos de voluntad. He hecho lo posible por crear en mi alma un amor tal por Faustino, que venciese en mí el orgullo y las demás pasiones. He hecho lo posible por crear también en su alma un amor tal por mí, que matase su ambición y todas sus ilusiones mentirosas. No me lisonjeo de haber logrado ni lo uno ni lo otro. Se lo confesaré á V. todo. No por una perversa coquetería, sino llevada de mi deseo de amor, y de todos estos ensueños campestres y de idilios que luchan con otros ensueños, he citado á Faustino por la reja del jardín, he hablado con él, le he dado á besar mi mano, y casi, casi le he dicho ya que le amaba. Él ha estado elocuente, apasionado, tierno; pero entretejiendo con sus amores sus ensueños de gloria, y pintándome inhábilmente, para seducirme, la realización de sus esperanzas, con lo cual despertaba en mí la ambición, que á menudo olvidan los hombres que también agita el alma de las mujeres.

--¡Ay, niña Costanza!--esclamó Doña Araceli, casi con lágrimas en los ojos, muy contrariada y atribulada.--Me pasma, me aterra, me confunde lo que sabéis y discurrís ahora las muchachas. No era así en mi tiempo.

--Tía, en todos los tiempos ha sido lo mismo. Por otra parte, no tengo yo la culpa de saber y de discurrir tanto. Cuanto he dicho, y más, me lo ha enseñado mi padre. El novio mismo, tan poético, que me ha buscado V., me enseña á discurrir como discurro.

--Pero, hija, yo creo que discurres mal y de un modo perverso. Pues qué, ¿para no pasar por semifregona ó por dama temporera es menester tener más de tres ó cuatro mil duros al año? Esos diamantes, esas riquezas las necesitan las feas ó las necias para llamar la atención; pero las discretas y hermosas, como tú, se abren camino y brillan por donde quiera sin joyas ni dijes. ¿Qué joya más rica que la belleza? ¿Qué dije más raro que el verdadero ingenio? ¿Qué perla más luciente que la discreción? Además, á una señora como tú, tan bien nacida y emparentada, ¿quién ha de atreverse á no tenerla por legítima señora, aunque no vaya en coche?

--Tía, crea V. que el dinero es el que constituye en esta época, como quizás constituyó en todas, la verdadera aristocracia. Sin dinero seré plebeya, aunque descienda del Cid, y con dinero pasaré por la hidalguía personificada, aunque sea hija de un contrabandista, de un lacayo, de un negrero, de un usurero ó de un bandido.

Doña Araceli trató de impugnar aún los endiablados razonamientos de Costancita; pero pronto desfalleció y se rindió, no por falta de convicción, sino por torpeza de pensamiento y de palabras.

--¿Y qué piensas hacer, hija mía?--dijo por último.

--Si yo tuviese veinte mil duros de renta--respondió Costancita,--me casaría sin vacilar con mi primo. Esto probará á V. que le amo. Si yo no tuviese nada, si estuviese tan perdida como él, también le tomaría por marido, porque él, al tomarme por mujer, me demostraría un verdadero y profundo amor, que satisfaría mi orgullo y me movería á no ser menos generosa; pero mi mediana fortuna destruye estos dos extremos poéticos, y me coloca y le coloca en un justo medio de prosa tan vil, que no hay más recurso que despedir á mi primo, dándole calabazas con la mayor dulzura. Y crea V. que lo siento, tía. Vaya si lo siento. Si estoy enamorada de él, ¿no he de sentirlo?

Y al decir esto, aquella extraña muchacha se echó á llorar como un niño mimado á quien se le rompe su más precioso juguete.

Doña Araceli estaba consternada. Pensó que el infortunio la perseguía siempre en todos sus amores, así en aquéllos en que había hecho el primer papel, como en los que hacía el papel tercero. Doña Araceli había sido incasable, y seguía siéndolo en cabeza ajena. Un destino feroz ahuyentaba de su lado al dios Himeneo. Cuando joven no había sido casadera, y cuando vieja no lograba ser casamentera. Estas ideas melancólicas acudieron en tropel á su alma, y Doña Araceli acompañó en su llanto á Costancita. Ambas lloraron á dúo, con la mayor desolación, los infaustos amores del Doctor Faustino.

Parecía el duelo que, allá en las antiguas edades, en Creta y en otros países, debían de hacer las madres cuando llevaban al sacrificio á los hijos de sus entrañas, que eran sus amores, y que iban á ser inmolados en aras de los dioses Cabires ó de otros implacables genios subterráneos, creadores y repartidores de los metales esplendorosos.

En fin, hartas de llorar, ambas se enjugaron las lágrimas, reconociendo que el mal no tenía remedio.

El sol brilló aquel día como los demás. Vino la noche, y no faltó una sola estrella en el cielo. Ni una flor se deshojó más pronto de lo prescrito por su naturaleza.

Costancita pareció en paseo y en la tertulia de su casa tan inmutable y serena como el sol, las estrellas y las flores.

Doña Araceli trató también de disimular su mal humor; pero no pudo disimularle tanto como su sobrina. Aquella noche jugó al tresillo: según costumbre, siempre se enfadaba y rabiaba cuando perdía; pero aquella noche se enfadó y rabió mucho más. Se lamentó de su constante mala suerte, suspiró, chilló, y al Marqués de Guadalbarbo, que tuvo la poca galantería de darle tres codillos, le llamó grosero. Doña Araceli tuvo también en la punta de la lengua la palabra fullero: hasta tal extremo llegó á perder los estribos y la debida compostura.

A la una de la noche fué el Doctor á la callejuela, acompañado de Respetilla. Doña Costanza tardó más que otros días en salir á la ventana. Salió, por último; pero llorosa, sobresaltada y triste.

--Faustino--dijo,--mi padre lo sabe todo. No sé quién se lo ha dicho; pero lo sabe todo; y acaba de reñirme del modo más cruel. Me ha hecho prometer que no volveré á hablarte. Falto sólo á la promesa para despedirme de tí. Mi padre se opone resueltamente á estos amores, y no debo resistir á su voluntad. El hado inexorable nos separa. Olvídate de mí. Compadéceme. Al menos quiero tener este desahogo al perderte; no puedo ocultártelo más: ¡te amo!

El _te amo_ final fué la dulzura en que vino envuelto todo lo amargo de las mal disimuladas calabazas. El Doctor entendió (y quizás no se engañaba, porque el corazón humano es un abismo tenebroso) que el _te amo_ era la mayor verdad que había en todo el razonamiento de Doña Costanza. La propuso que la robaría y la llevaría depositada donde ella quisiese, y aseguró que, por amor de ella, arrostraría todos los peligros y desafiaría la cólera de cuantos poderes naturales y sobrenaturales hay en el universo.

Con superior talento, y sin herir al orgullo del Doctor, hizo ver Doña Costanza que los planes de rapto, de bodas contra la voluntad paterna y de retiro bermejino, eran delirios vitandos. Demostró asimismo que su padre tenía razón en oponerse á los amores, y que ellos, aun amándose mucho, como se amaban, se harían infelices si fueran marido y mujer; que el cielo repugnaba aquel matrimonio; que el Doctor tenía abierto un risueño porvenir de venturas y de gloria, y que ella, lejos de prestarle alas para llegar á él de un vuelo, le pondría grillos en los pies para que ni siquiera pudiese recorrer el camino paso á paso.

En suma, Costancita estuvo elocuente, inspirada, deslumbradora. Siento no hallarme en vena para trasladar aquí fielmente todo lo que dijo. Serviría de modelo á mil discursos semejantes que con frecuencia se ven obligadas á pronunciar las señoritas.

El pobre Doctor, aunque desahuciado, abandonado y pisoteado, tuvo que quedar agradecido.

No se entienda, sin embargo, que Doña Costanza era una coqueta fría, embustera, hipócrita y sin entrañas. Con su tía por la mañana y con el Doctor por la noche, había sido el mismo candor y la misma sinceridad. No mentía afirmando que amaba al Doctor. Le amaba, y le amaba ardientemente; pero también amaba su bienestar, su vanidad de mujer y sus esperanzas de brillar un día y de deslumbrar en el gran mundo.

Hasta el suponer Doña Costanza que su alma era hermana de la del Doctor, combatida por las mismas encontradas pasiones, presa de iguales sentimientos en lucha, le hacía simpático, querido y adorable á su primo. Mas por aquello que más le amaba era por lo que le desechaba y apartaba de sí.

--Se me desgarra el corazón--decía Doña Costanza,--pero es preciso que no nos volvamos á ver; es preciso olvidar estos días de locura, este sueño fugaz de amor insano y peligroso.

Así Costancita coronaba de flores á su víctima al clavarle el puñal en las entrañas.

Su voz estaba trémula, entrecortada por los sollozos. Gruesas lágrimas brotaron de sus ojos y corrieron por sus mejillas.

Lo que Doña Araceli extrañaba tanto que no hubiera sucedido antes sucedió entonces, sin que nosotros lo podamos remediar. Costancita, como estaba llorando, inclinó la frente contra la reja, y el Doctor, conmovidísimo, acercó los labios y dió un beso en aquella serena y cándida frente.

Entonces, como si volviese en sí de un arrobo melancólico, dijo Costancita:

--¡Adiós, primito, adiós!

Costancita hizo ademán de irse.

--¿Así me dejas, cruel?--exclamó D. Faustino.

--Es preciso: nuestra suerte lo dispone. ¡Adiós! No me aborrezcas.

--¡Aborrecerte... jamás!... ¡Quiera el cielo que pueda dejar de amarte!

--No, no me ames... Ama á otra que sea menos indigna ó menos desdichada que yo; pero guarda de mí un grato recuerdo. ¡Adiós, primo!

Y Costancita se retiró de la reja, y desapareció, seguida de su criada Manolilla, que había conversado con el fiel escudero. El Doctor se guardó las lágrimas para la soledad. Aquella noche, cuando se quedó solo en su estancia, lloró mucho y durmió poco.

A la mañana siguiente pretextó que acababa de recibir una carta de su madre avisándole que estaba enferma, y dispuso con precipitación su partida.

Después de despedirse ceremoniosamente de su tío D. Alonso y de su prima Costanza; después de repartir quinientos reales de propina á los criados y después de recibir, para alivio de penas, un millón de besos, de abrazos y de lágrimas de la niña Araceli, el Doctor tomó el camino de Villabermeja, acompañado de Respetilla, en cuyo mulo iban los baúles con los uniformes y demás galas, que tan poco habían servido y valido.

Dejémosle ir en paz, si es posible, y pidamos al cielo que le dé valor y sufrimiento bastantes para las penas y trabajos que tiene que pasar aún.

El lector y yo nos quedaremos algunos días más en la ciudad natal de Costancita, donde hemos de presenciar sucesos de gran transcendencia para esta verdadera historia.

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XII.

EL MARQUÉS DE GUADALBARBO

El personaje cuyo nombre sirve de epígrafe tenía cerca de cincuenta años de edad y más de veinticinco mil duros de renta. Era viudo y sin hijos.

En la fértil y extensísima dehesa de Guadalbarbo había un castillo feudal, desde donde, según contaba el Marqués, pelearon sus heroicos progenitores contra los moros durante seis ó siete siglos. Los maldicientes afirmaban que el abuelo del Marqués había sido lechuzo; que enriquecido, en tiempo de Carlos III, había comprado aquella dehesa y otras fincas, y que su padre, cuyas bufonadas hacían reir mucho á María Luisa, había titulado después. Pero, como quiera que sea, ora vertiendo la sangre de los infieles, ora haciendo derramar lágrimas á los fieles y atrayendo á los labios de una graciosa reina la dulce risa, es lo cierto que el Marqués de Guadalbarbo tenía renta y título, vinieren de donde vinieren.

Algo había heredado del carácter alegre y de la chispa y amenidad que tan útiles fueron á su padre; pero, en el fondo, era un señor muy grave, morigerado y á veces austero. Su hermana mayor, la Condesa del Majano, estaba casi en olor de santidad, y el Marqués se asesoraba con ella á menudo y solía tomarla por norma y pauta de su conducta.

Deseoso el Marqués de recorrer sus estados, y de abandonar, al menos por una corta temporada, el bullicio y las intrigas de la corte, había venido á la tierra de D. Alonso, donde poseía algunos bienes.

Un mes hacía que estaba allí. La Condesa del Majano se devanaba los sesos por averiguar qué le detendría tanto tiempo. El Marqués apenas escribía, y cuando escribía era muy lacónico.

Por último, como diez días después de la partida del Doctor Faustino, escribió el Marqués á su hermana una extensa carta, que lo declaraba todo, y que trasladaremos aquí íntegra.

La carta rezaba:

«Querida hermana mía: Cuando te refiera las causas y razones que me detienen aquí, no lo extrañarás como me dices que lo extrañas. Tú misma, á fuerza de lamentar los vicios, los desórdenes y los escándalos de esa capital, me has disgustado de ella, y me has impulsado á venir entre estas gentes sencillas.

«Estoy contentísimo aquí. He hallado un amigo excelente en un caballero principal, llamado don Alonso de Bobadilla, el cual reúne dos prendas que rara vez se hallan juntas: es activo, cuidadoso de sus cosas, entendido en agricultura y ganadería; sabe, en suma, dónde le aprieta el zapato, y es al mismo tiempo el hombre más temeroso de Dios, más devoto y más amigo de ir á la iglesia que he conocido en mi vida. Cuando no está en el campo cuidando de su hacienda, suele estar en el jubileo ó en alguna novena, y rara vez en el Casino.

«Mucho me ha servido la amistad de este hombre, así para mejorar mis bienes con sus consejos, como para mi contentamiento espiritual con su agradable trato.

«El tal D. Alonso es viudo como yo; pero con la dicha de tener una hija preciosa. No he visto jamás criatura más llena de candor. Y no creas que es tonta, ignorante ni parada. Al contrario; Costancita, que así se llama, tiene extraordinario despejo y viveza. Su claro entendimiento está bastante cultivado; pero su educación ha sido sólida y muy cristiana, hasta rayar en la austeridad. ¡Qué interesante contraposición se advierte entre su malicia infantil, sus risas y sus chistes, y la ignorancia santísima de todo lo malo, que desde el fondo de su puro corazón viene á iluminar sus inocentes travesuras!

«El recogimiento con que ha criado á Costancita una señora, tía suya, que permanece doncella, ha sido extraordinario y ha dado, como debía suponerse, los más sazonados frutos. Ya que Costancita es mujer, y, como dice su padre, ha salido á volar, ni con su misma tía se acompaña. La tía vive aparte, y Costancita siempre al lado de su papá, que está hecho un Argos y no la deja ni á sol ni á sombra.

«Nunca ha leído Costancita ni una sola de estas perversas novelas que ahora se escriben, sino libros de devoción, algo de Historia y mucho de _Año Cristiano_. Cose y borda con notable primor; por encargo de su padre me ha hecho una petaca de pita, que es un prodigio de paciencia, y sabe preparar y condimentar mil deliciosos platos de dulce y repostería, que le enseñaron las monjas, en cuyo convento entró con su tía cuando pasó Gómez por aquí. Luego permaneció en el convento más de dos años, y casi fué menester que su padre la sacase de allí por fuerza, porque se había encariñado con aquellas benditas madres y se empeñaba en tomar el velo.

«Criada así Costancita, es un ángel en la tierra. Hace muchas limosnas; envía flores y cera á la iglesia del convento donde estuvo, y es fervorosa devota de la Purísima Concepción.

«La tía, á quien llaman la niña Araceli, es muy buena señora, salvo que se enfurece cuando juega al tresillo y pierde. Y eso que jugamos á ochavo. Y digo _jugamos_, porque yo le hago la partida muy á menudo.

»No he visto gente que mire menos á su propio interés, en ciertas cosas, que esta niña Araceli y este bueno de D. Alonso. ¿Quieres creer que tienen un pariente en un lugarcillo no muy distante de aquí; que este pariente no tiene absolutamente sobre qué caerse muerto, y consintieron ambos en que viniese á vistas para que se casase con Costancita si los primos se gustaban?

»Por dicha, el tal pariente, que ha estado aquí algunos días, es un pedantón de siete suelas, pervertido con las espantosas y abominables doctrinas que ahora se enseñan en las universidades, y tan impío, que nadie le ha visto en misa una sola vez. ¿Cómo había de convenir semejante trasto á Doña Costancita? Así es que apenas si ella le ha mirado. Ha sabido tratarle con afabilidad, como á pariente, eso sí; pero sin hacerle caso como á novio, tal vez sin caer en la cuenta de que venía á pretender su mano, porque la pobre niña, á pesar de lo lista y avispada que es en todo aquello que no puede inclinarse ni torcerse á lo pecaminoso, tiene completamente cerrados los ojos sobre ciertas particularidades. Tengo motivos para estar convencido de ello y esto es lo que más me encanta.

«En fin, el primo ateo se ha largado á su lugar con viento fresco, convencido de que no se ha hecho la miel para la boca del asno, y, estoy seguro de ello, sin haber obtenido siquiera ni una mirada amorosa de su prima. Pero, ¿qué mucho, si su prima no sabe emplear sus hermosos ojos en semejantes liviandades? Yo la he observado con persistencia, y no he sorprendido jamás que mire á nadie sino como Dios manda. Sólo mira ella con intensidad amorosa, pero ¡de cuán distinto género! cuando mira á su padre ó contempla en la iglesia la imágen de algún santo ó de alguna santa.

«¡Qué diferente es esta Costancita de tantas y tantas señoritas de Madrid, que tienen novios á montones, que coquetean con unos y con otros, que no hay nada que ignoren y que son tan desenvueltas!

«¡No puedes figurarte lo que me he acordado de tí cuando hacías la justa censura, ya de esta, ya de aquella joven de la sociedad madrileña, porque me veías propenso á entrar en relaciones, y querías retraerme de tan funesta inclinación mostrándome los peligros que me amenazaban!--Costancita es todo lo contrario, me decía yo entonces.--¡A ésta sí que no la censuraría mi hermana!

«En fin, ¿para qué hemos de andar con rodeos? Tú eres la primera persona á quien doy parte. Costancita me ha enamorado perdidamente. Con ella no son posibles coqueteos ni términos vagos. Ni se la puede hablar al oído, ni sacarla á valsar, ni entretenerla con unas relaciones que no conduzcan al matrimonio, con el beneplácito de su familia. La honestidad y decoro de Costancita, el recogimiento con que vive, el respeto que infunde su honrado padre, y la misma sencillez é ignorancia de la linda muchacha, no consienten otra cosa. Rendido á la evidencia de estas razones, y prendado, cautivo, casi enfermo de amor, he buscado el único remedio posible y decoroso. He pedido á D. Alonso de Bobadilla la mano de su hija Doña Costanza.

«D. Alonso me ha dicho que por su parte se honraría en ser mi suegro, pero que en nada quiere contrariar la voluntad de su hija; que la consultaría, y que sería lo que Costancita quisiese.

«Costancita ha pedido diez días para decidirse.

«Hoy ha cumplido el plazo de los diez días, y Costancita me ha hecho el más feliz de los hombres aceptando mi mano.»

Así, salvo los cumplimientos y memorias, terminaba la carta del Marqués. Y aunque sea adelantar demasiado algunos sucesos, turbando el orden cronológico riguroso, añadiré que á las tres semanas de escrita la carta que dejamos copiada, en presencia de la virtuosa Condesa del Majano, que vino en posta de Madrid, y sin boato, galas ni preparativos, porque la modestia de Costancita lo repugnaba, se celebraron sus bodas con el enamorado Marqués, limitándose D. Alonso, en vez de los tres ó cuatro mil duros que prometía, á dar dos mil duros al año, que el generoso marido, con otros cuantos miles más, señaló á su mujer para que se vistiera como correspondía, y pudiera desquitarse con usura, después de la boda, de la carencia de joyas, galas y dijes que se había notado en ella.

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XIII.

EXAMEN DE CONCIENCIA

Sin ningún incidente digno de contarse había hecho el Doctor su viaje de retorno á Villabermeja.

Su madre, á quien refirió de palabra lo que por cartas no había contado de sus amores con Doña Costanza, y del fin desengañado que tuvieron, puso á su sobrina como hoja de perejil, y no trató con más piedad al bueno de D. Alonso de Bobadilla.