Las Ilusiones del Doctor Faustino, v.1

Part 11

Chapter 114,179 wordsPublic domain

Pasaron tres ó cuatro días y la impresión viva, la huella, por decirlo así, de los labios de la mujer innominada, se borró de los párpados del Doctor; pero la imagen de aquella mujer, que por los ojos había pasado al alma, allí permanecía impresa. Y no sólo en el alma, en la misma retina creía el Doctor que conservaba aquella imagen. Mientras más tiempo pasaba, después de haber visto materialmente á la mujer, más persistía la imagen, adquiriendo cierta consistencia fantástica. Cuando cerraba los ojos, cuando estaba á obscuras, la veía cercada de un nimbo luminoso.

Aunque algo confusa é indistinta, el Doctor, al contemplar aquella imagen, acabó por hallar en ella cierta semejanza con otra imagen que guardaba también en la memoria. Su madre tenía en su estrado un retrato del siglo XVI, que parecía de Pantoja. Era una dama vestida de terciopelo negro, con mangas acuchilladas y brahones, collar de perlas magníficas, gorguera y puños de lechuguilla ó abanillos, y en la cabeza muchos diamantes. Este retrato, aunque no tenía nombre escrito, se sabía que era de la coya ó señora peruana con cuyo dinero se edificó la casa solariega de los López de Mendoza.

Al Doctor, no en seguida, sino cuatro días después de haber visto á su _inmortal amiga_, se le hubo de meter en la cabeza que se asemejaba bastante al retrato de la coya.

Ya se entiende que la imaginación poética del Doctor estaba en completa discordancia con su inteligencia cultivada y con su espíritu crítico. Todos los razonamientos del Doctor venían á demostrar que la mujer desconocida que le había escrito y que le había besado los párpados era una mujer de carne y hueso, bautizada en alguna parroquia, no con siglos, sino con veinte años de edad, á lo más, y que había de llamarse Juana, Francisca, Teresa ú otro nombre por el estilo, de los muchos que hay en el calendario.

El Doctor, con todo, hallando demasiado largo y enfático el nombre de _inmortal amiga_, tuvo el capricho de dar un nombre menos vago á su visión, y la llamó María. Quizás fué casualidad; quizás contribuyó á esto el que, en aquella época del romanticismo, los poetas, en vez de llamar á sus ninfas Nise, Filis, Galatea, Delia ú otros nombres algo pastoriles, gentílicos y helénicos, habían puesto en moda el dulce nombre de María; y cuando sus versos no eran _¡A ella!_ eran _¡A María!_ casi siempre.

Lo singular fué que, después de haber puesto el Doctor á su desconocida el nombre de María, y después de haberla nombrado así varias veces allá en su interior, vino á recordar con algún asombro, chocándole un poco la coincidencia, que la coya, durante su vida mortal, reinando en España el señor rey D. Felipe II, se había llamado también Doña María.

Recordaba luego el Doctor varios cuentos que había leído ó que había oído contar, los cuales, si corroboraban por momentos en su imaginación la idea absurda de que la coya tenía algo de común con la _amiga inmortal_, daban, por otra parte, cierta luz á su entendimiento para explicarlo todo racionalmente.

En primer lugar, como el recuerdo del retrato no era perfectamente claro, y el de la desconocida, á quien sólo había visto algunos minutos, era más confuso aún, podría ser muy bien que la semejanza fuese más imaginaria que efectiva. Lo que se contaba de que el espíritu de la coya andaba en su casa velando el tesoro de las perlas, tal vez había contribuído á infundirle aquella idea en la fantasía. Cuando pequeño había oído referir que la coya era además el más activo de los genios, espíritus familiares ó lares de su casa. Mientras que el Comendador Mendoza se limitaba á ir penando por los desvanes, la coya había intervenido en no pocos asuntos de la familia. Al menos así se decía en Villabermeja. Éstos y otros recuerdos habían acalorado, sin duda, la imaginación del Doctor.

Lo más seguro, pues, era creer que la _amiga inmortal_ era una loca, ó una _romántica_, ó una mujer que había querido divertirse á costa del Doctor, sabe Dios con qué propósito. Hasta el parecerse á la coya, dado que en realidad se pareciera, podía justificarse y aceptarse como verosímil. Pues qué, ¿no hay personas que se parecen mucho sin ser parientes? ¿No podía además ser la desconocida algo parienta del Doctor, y por lo tanto de la coya?

En lo que al Doctor no le cabía duda es en que no había soñado ni la carta recibida, ni la entrevista en la casa á donde le llevó la vieja, ni los besos en los párpados. Su _amiga inmortal_, por testimonio evidentísimo de sus sentidos, era un ser viviente, que estremecía el aire con su palabra, que respiraba, que se movía, que tenía calor y aliento, y sangre en las venas. De todo esto se recordaba el Doctor muy bien.

Como hombre previsor, prohibió á Respetilla que dijese á nadie, ni á Manolilla siquiera, que una noche había estado solo, fuera de casa, hasta las cuatro de la mañana. Respetilla tenía tanto miedo á su amo, que se calló, á pesar de su afición á contarlo todo, y siguió sospechando que Doña Costanza no era tan retrechera como su criada, y que se podía comparar mejor á cualquier reló bien dispuesto que al reló de Pamplona, de que habla la copla de fandango.

Desgraciadamente para D. Faustino, las atrevidas sospechas de Respetilla carecían de fundamento. Doña Costanza no acababa de amar á su primo, si bien seguía _queriendo quererle_ y viéndole todas las noches un ratito por la reja del jardín.

En cambio, el afecto que el Doctor había infundido en el tierno corazón de la niña Araceli era más vehemente cada día. Este afecto era amor y más que amor; pero, como era amor sentido con humildad y devoción magnánima, y por un espíritu encarcelado en una triste armazón de huesos y forrado de una piel llena de arrugas, había tomado la forma sublime y desprendida de querer realizarse y consumarse por medio de otra tercer alma y por medio de otro cuerpo joven y hermoso, á quienes también amaba é idolatraba la niña Araceli.

Pensarán algunos que esto que refiero es insólito y raro; pero, si lo meditan bien, notarán que ocurre con frecuencia. Hay, por dicha, corazones de viejos y de viejas que no tienen la monstruosidad de amar para sí, que no se encastillan en el egoísmo, y que siguen amando con más energía y de un modo más completo, si cabe, que cuando eran mozos. Uno de estos corazones, y de los más nobles, era el de Doña Araceli.

Amaba á Costancita con más ternura que la amaba y podía Amarla D. Faustino, y había acabado por amar á D. Faustino, no ya sólo para casarse con él, sino para arrostrar por él muertes, miserias y cuanto hay que arrostrar, si ella se hallase en el cuerpo de Doña Costanza. Su sueño de oro era, por consiguiente, verlos casados á ambos. Faustino y Costanza eran como dos pedazos de su propia alma, en cuya unión estrecha ponía Doña Araceli toda su felicidad y todo su deleite.

La amistad vivísima y constante que, desde la infancia había unido á Doña Araceli con Doña Ana, madre del Doctor, había servido de fundamento al afecto de Doña Araceli por D. Faustino. Las prendas personales de éste habían después, con el trato y la convivencia, acrecentado aquel afecto. La niña Araceli ardía, pues, de impaciencia al ver que tardaban tanto en llegar á un término dichoso los amores entre sus dos sobrinos.

La conferencia que tuvo con Costancita, y de que ya dimos cuenta, se repitió en balde otras dos veces.

Recelando Doña Araceli que la timidez de su sobrino fuese causa de que el amor no adelantara, se decidió al cabo á hablar con él del asunto, y para ello se le llevó un día á su cuarto, y allí á solas se explicó de esta manera:

--Muchacho--le dijo,--no he querido hasta ahora hablarte claro; pero ya es menester que te hable. No se entiende bien que siendo, como eres, tan lindo mozo, tan galán, tan discreto y tan sabio, seas al mismo tiempo tan para poco. Yo concerté con tu madre que vinieses aquí á ver si enamorabas á Costanza y te enamorabas de ella. Por amor á tu madre, quería yo hacer tan ventajoso casamiento. Desde que te conozco y trato te he tomado mucho cariño, y ya deseo hacer la boda por amor hacia tí; mas para esto contaba contigo, y veo que me faltas. Y no por falta de amor, no. Yo conozco que amas á mi sobrina. Confiésalo, ¿no es verdad que es muy graciosa? ¿No es verdad que tiene talento? ¿No es verdad que la adoras?

--Sí, tía, la adoro,--interrumpió D. Faustino.

--Entonces, ¿por qué no se lo dices, bobo? Yo sé que ella está muy inclinada á quererte; pero, ya se vé, ¿dónde has aprendido tú que han de ser las mujeres las que pretendan y persigan? Hijo mío, estás perdiendo el tiempo y la coyuntura, y te va á pasar lo que al héroe de una antigua comedia que llaman _El castigo del pensé que_... Aunque eches á tu prima miradas como sinapismos ó cáusticos, que le quemen el corazón, esto no basta; es menester hablar.

El Doctor, deseoso de guardar el secreto de sus coloquios por la reja, contestó á su tía:

--Pero, ¿dónde y cómo he de hablar á mi prima, rodeada siempre de gente ó al lado de su padre?

Aquí Doña Araceli, aunque también había prometido no hablar de la carta amorosa que Costancita le había leído, no pudo disimular más, y exclamó:

--Ea, no seas embustero; fuera disimulo. Yo sé que has escrito á Costanza, declarándola tu amor y pidiéndole una cita. En un momento de expansión, ella me leyó tu carta. Dice que no te quiere contestar. Escríbele otra y verás cómo te contesta. Yo entiendo que ya te ama. Es timidez ó soberbia de tu parte no escribir nueva carta, ya que la primera, si no ha sido contestada, ha sido bien recibida.

El coloquio entre el sobrino y la tía siguió largo rato por este camino, y Doña Araceli hizo tanto, y estrechó de tal suerte al Doctor, que éste, á pesar de su sigilo, vino á confesar á su tía que hacía ya algunas noches que hablaba con Doña Costanza por la reja del jardín.

Doña Araceli recibió la noticia con más júbilo que si fuera ella misma la que hablase por la reja. Su curiosidad de saber hasta los más insignificantes pormenores, rayaba en locura. Gozaba con ellos como si fuese su alma, á la vez, el alma del Doctor y el alma de Doña Costanza enamorada.

D. Faustino tuvo que contarle todo y que repetir lo más importante.

--¡Válgame Dios poderoso!--decía Doña Araceli.--¿Con que siete veces hablando de seguida por la reja, en el silencio solemne de la alta noche, á la escasa luz de las estrellas, en medio de un ambiente perfumado de azahar y violetas; hermosos, jóvenes ambos, y nada, ella no acaba de decidirse ni de confesar que te ama? ¿Tiene el corazón de bronce? ¿Es una piedra y no una mujer? Te aseguro que no lo comprendo. Y dime, hijo mío, sin una falsa vergüenza, que aquí no es del caso: háblame como si yo fuera tu confesor; te quiero mucho y me intereso por tí, dime, ¿vuestras caras no se han acercado nunca hasta tocarse? ¿Tus labios no se han posado ni siquiera sobre la frente de Costancita?

--Nunca, tía. No he hecho más que tomar su linda mano y besarla.

--¡Ay, sobrino, sobrino! Si tú no fueses tan verídico, no te creería. ¡Esa chica es un alcornoque, es un roble! ¡Y cuán disimulada y astuta! ¡Cómo se lo tenía callado! Su condición natural, por otra parte, es recia de veras. No dejan rastro en su cara esas vigilias y esos coloquios. Ni ha perdido la color, ni tiene ojeras. El demonio son las niñas del día. Está fresca y colorada como una rosa. Pero, ¿qué digo como una rosa? ¿Qué rosa no se marchita y deshoja si está expuesta al sol de Julio sin que vierta el alba en su seno una gotita de rocío?

--Tía--contestó D. Faustino suspirando,--yo creo que Costanza no me ama. El sol de mi amor no sólo no puede marchitarla, sino que no existe para ella.

--No, hijo mío, no digas eso; Costanza te ama. Si no te amase, no tendrían perdón la desenvoltura y la coquetería de ir á hablar contigo por la reja. Lo que importa ahora es que adelanten los amores, y que os convengáis pronto, á fin de que los santifique la Santa Madre Iglesia, ciñendo al yugo vuestros cuellos con la suave é indisoluble coyunda del matrimonio.

D. Faustino no tenía qué contestar á tan buenos deseos y balbuceó mil gracias. Animada Doña Araceli, prosiguió diciendo:

--Yo lo arreglaré todo ó he de borrarme el nombre que tengo.

--Tía, considere V. lo que hace y no me pierda. No diga V., por Dios, á Costanza que yo no he sabido callar y he dicho á V. el secreto de nuestras citas. No me lo perdonaría nunca.

--¡Hombre, no te asustes ni te eches á temblar! Si sigues así, vas á ser el marido más gurrumino de que hablen las historias. Pierde cuidado, que nada diré á Costancita de cuanto me has dicho. Yo buscaré otros medios para ganarte por completo su voluntad.

--Gracias, tía; pero... mucha prudencia, mucha circunspección... no echemos á perder el asunto por querer llevarle á escape.

--En buenas manos está el pandero. Ya verás qué son saco de él para que bailes.

--Dios lo haga, tiita Araceli.

--Oye, Faustinito, te voy á decir una cosa, aunque tú, como eres filósofo, te vas á burlar de mí; pero quiero que me agradezcas los sinsabores que por tí paso.

--¿Qué sinsabores? ¿Se enoja quizás el tío Alonso contra V. porque V. protege mis amores con su hija?

--No es eso. A decir verdad, tu tío Alonso, aunque no se enoja, no se alegra de estos amores. Tu tío Alonso tiene más conchas que un galápago, y es menester ser el mismo diablo para penetrar lo que quiere. Lo único seguro es que someterá su voluntad á la de su hija, si ésta se decide con firmeza en tu favor. Por lo pronto, no debo ocultártelo, el tío Alonso no está muy prendado de tí; te halla soñador, distraído, poco ó nada práctico, y, por último, casi no me atrevo á decírtelo, porque yo misma creo, en este punto, que no carece de razón acusándote...

--¿Y de qué me acusa?

--Te acusa...

--Dígalo V.

--Te acusa de poco religioso; pero, en fin, yo espero que tú te enmendarás. Yo he leído en el _Año Cristiano_ y en otros libros piadosos la vida de varias princesas y señoras de alto copete, que se casaron con reyes judíos, moros ó paganos, y al cabo los convirtieron. ¿Por qué no ha de ser Costancita una de tantas? ¿Tiene acaso menos labia ó menos garabato que ellas?

--Sí, tiita: no dude V. de que Costanza me convertirá y hará de mí lo que guste, con tal de que me quiera. Pero, vamos, dígame V. al fin cuáles son esos sinsabores.

--Hijo mío, son una tontería de que te vas á burlar.

--No me burlaré: hable V.

--Ya verás qué débiles y medrosas somos las mujeres. Tú no ignoras que yo viví con tu madre algunos años antes de que se casase; que después, cuando tú eras niño he pasado con ella en Villabermeja una larga temporada, y que siempre nos hemos escrito con frecuencia y con la mayor intimidad. No extrañarás, por lo tanto, que sepa toda la historia de tu familia y de tu casa.

--¿Y qué puede V. saber, tía, que le cause sinsabores? ¿Que soy pobrísimo? Yo no lo oculto.

--No es eso, hijo mío, no es eso. Ya te he dicho que es una tontería, un delirio, pero que me conturba á veces. Has de saber que los bermejinos hablan de un espíritu familiar que hay en tu casa y que interviene en todo. Tu padre, que de nada se asustaba, me contó una vez que, cuando tú naciste, dicho espíritu se le apareció en sueños y le habló de tí, pronosticando cosas obscuras, que no quiso ó no supo declararme. Después oí referir allí multitud de patrañas. Y como tu madre tiene en su estrado el retrato de la persona cuyo espíritu, desprendido hace siglos del cuerpo, es quien suponen que hace las tales diabluras, mi imaginación se ha exaltado en estos últimos días, y he creído ver vagamente dicho espíritu en la forma que tiene en el retrato.

--¿Usted ha visto á la coya, tía?--dijo D. Faustino, con cierto asombro que no pudo disimular.

--Sí, la he visto en sueños dos ó tres veces, y me ha mirado con mucha ira, y he creído entender que se opone á que yo intervenga en el asunto de tu boda. En fin, aunque conozco que esto es una sandéz, he tenido miedo. Hace noches (quédese esto para entre nosotros), con pretexto de que no estoy bien de salud, hago que duerma una criada en mi cuarto.

--Pero V. ¿no ha visto á la coya sino en sueños?

--Pues ¿cómo había de verla de otra suerte?

Dios, hijo mío, no puede consentir que las almas de los muertos se anden siglos y siglos paseando por acá para asustar ó para divertir á los vivos. ¡Pues no faltaba otra cosa!

--Eso es verdad, tía.

--Lo malo es que la imaginación puede mucho. Ella produce una ficción, y sobre esta ficción se levanta luego un caramillo de otras ficciones. Dígolo, porque no hace muchos días fuí á misa muy de mañana á la Iglesia Mayor. Me hinqué de rodillas en el sitio más obscuro y solitario. Apenas noté al principio que había á mi lado una mujer alta, delgada, vestida de negro, al parecer rezando. No sé por qué me fué poco á poco llamando luego la atención su traza peregrina y fuera de lo común. Antes de que yo me levantara, se levantó ella para irse. Volvió entonces la cara hacia mí, la ví por vez primera, y tuve la maldita ocurrencia de creer que se parecía aquella cara á la del retrato que posee tu madre.

--¿Y no ha vuelto V. á ver á esa mujer?--preguntó el Doctor.

--No, no la he vuelto á ver. La alucinación que en mí produjo entonces es causa, sin duda, de otros sueños que luego he tenido; pero la señal de la cruz ahuyenta á los malos, y yo procuraré no tenerles miedo. Aunque Satanás se oponga, he de trabajar para que te cases con Costancita.

Con esto dió fin Doña Araceli al coloquio, dejando al Doctor con grandes esperanzas de ser completamente feliz con sus pretensiones amorosas, si bien un tanto confuso y meditabundo, á causa de todas aquellas coincidencias de la coya, del retrato y de la _amiga inmortal_ á quien llamaba María.

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XI.

ACTIVIDAD DIPLOMÁTICA

Después de la conversación con su sobrina, Doña Araceli conoció que importaba _herrar ó quitar el banco_; echó sus cuentas, calculó que aquel estado de cosas no debía durar, y resolvió presentar su _ultimatum_ á su sobrina y á su hermano don Alfonso, á fin de que diesen los pasaportes al Doctor ó le aceptasen y reconociesen como novio oficial y esposo futuro de Costancita.

Las razones que tuvo Doña Araceli, después de recapacitarlo bien, deben exponerse aquí en resumen.

D. Faustino empezaba á hacer un papel bastante desairado. Toda la gente de la ciudad, porque en una pequeña ciudad de provincia casi nada se encubre, sabía que había venido á vistas; y como de las vistas nada resultaba, y podían al cabo resultar unas calabazas, mientras más tiempo pasara, sería mayor y más ruidoso el desaire. Como el Doctor no tenía mundo, y estaba además enamorado, no comprendía bien esto.

Aunque Doña Araceli amaba con todo su corazón á Doña Costanza, _el amor no quita conocimiento_, y Doña Araceli auguraba mal del disimulo y recato de su sobrina, que hablaba por la reja con el Doctor sin confiárselo; y peor auguraba aún del dominio que tenía sobre sí para que, después de siete noches en que un joven tan gallardo le había hablado de su amor, era de suponer que con arrebatadora elocuencia, no hubiese ella dado un sí y siguiese consultando su corazón, sin averiguar lo que su corazón respondía. Doña Araceli se acordaba de su juventud, y allá en el sigilo profundo de su conciencia se representaba las escenas por la reja, cuando ella también había hablado con una persona querida. ¿Cómo resistir, si se ama un poquito, á las palabras dulces y ardientes, á los suspiros, á los juramentos de amor, á las quejas, al deseo expresado en el gesto y en las miradas lánguidas, cuando todo ello viene fortalecido por la magia del silencio, del reposo nocturno, de la obscuridad, de la incierta luz de los astros, que parece que se enamoran unos á otros en la bóveda azul; del perfume de las flores, de la blanda frescura del regalado ambiente, del arrullo lejano de alguna paloma ó del trino amoroso de algún ruiseñor, y de otros mil incentivos que ofrecen á tales horas, y en la primavera, el clima, el suelo y el cielo de Andalucía? Todo esto, según lo recordaba Doña Araceli, era irresistible á los diez y ocho años de edad.

Comprendan también mis lectores que ya he dado á entender que Doña Araceli había sido algo frágil y más amorosa que severa. Las que presumen de severidad, lo primero que deben hacer es no acudir por la noche á la reja á hablar con el novio. No por eso sostendrá aquí el autor de esta historia que no haya mujeres que acudan á la reja; que estén enamoradas del que habla con ellas, y que escatimen tanto ó más que Doña Costanza los favores y las generosas condescendencias; pero repito que lo mejor es no acudir á la reja. Así se lo recomiendo á los padres, hermanos y madres de las señoritas andaluzas. _Quien quita la ocasión, quita el ladrón._ No sólo el vino embriaga.

Sea como sea, Doña Araceli no acertaba á comprender por qué, á pesar de toda su honestidad y católica crianza, Costancita, ya que había bajado á la reja durante siete noches, no había permitido siquiera que su primo le diese un beso en la frente. Para la condición, los ímpetus y las ternuras de Doña Araceli, esto constituía prueba plena de que Costancita no quería al Doctor, y estaba entreteniéndole y divirtiéndose con él.

--En efecto--pensaba Doña Araceli,--es menester estar revestida de la piel del diablo para bajar á hurtadillas al jardín, de una á dos ó tres de la noche, para acudir con tanto misterio como si fuera un delito, y todo esto con el propósito de dar la mano á besar y de decir:--Ya veremos si te quiero. Está visto: ¡son incomprensibles las muchachas del día!

Otra consideración se ofrecía á la mente de Doña Araceli, que no tiene vuelta de hoja, y con la cual no dudo que estarán de acuerdo mis lectoras más graves.

La conducta de Costancita no tenía buena interpretación. ¿Para qué aquel misterio? ¿Para qué no decir paladinamente que amaba á su primo? ¿Para qué no hablarle ya como á futuro delante de todos los tertulianos de su casa? Lo de ir á la reja era comprometido y pecaminoso, y ni siquiera tenía la disculpa del amor, ya que Costancita aun no amaba.

Hechas todas las reflexiones susodichas, y muchas otras que en obsequio de la brevedad se pasan por alto, Doña Araceli se puso la mantilla y se fué á casa de D. Alonso, resuelta á arreglarlo ó tronarlo todo, sin más dilación ni rodeo.

D. Alonso estaba en el Casino y Doña Costanza recibió sola á su tía. Lo que hablaron es de suma importancia, y se traslada aquí tan fielmente como pudiera hacerlo un taquígrafo.

--Costancita--dijo Doña Araceli después del saludo y tomar asiento,--quiero que nos entendamos de una vez. El hijo de mi mejor amiga ha venido aquí, confiado en mis promesas y buenos oficios, y no conviene que salga burlado. ¿Le quieres ó no le quieres? Ya no puedes alegar que él no te ama, que él no se ha declarado. ¿Para qué hacerle penar? ¿Para qué tenerle en una espantosa incertidumbre, si es que le amas? Y si no le amas, para qué engañarle con vanas esperanzas, consiguiendo así que sea más honda, quizás mortal, la herida que piensas hacerle ó que ya le has hecho?

--Tía, tía--respondió Doña Costanza,--V. viene contra mí espada en mano. V. es quien viene á herirme. V. viene tremenda. ¿Y cómo quiere V. que yo conteste á todo eso? Deseo amar á mi primo. Me siento inclinada á amarle, pero no le amo aún. No es culpa mía. ¿Mando yo en mi corazón?

--Pero, hija, ¿qué corazón es entonces el tuyo? Pues qué ¿después de tres ó cuatro semanas de ver, de hablar, de tratar á tu primo, nada te dice el corazón ni en favor ni en contra?

--No es que no me dice nada el corazón. El corazón me dice demasiado, y la cabeza responde; y entre el corazón y la cabeza se arman disputas crueles, que me aturden y desesperan.

--Confíate en mí, Costancita,--dijo Doña Araceli con mucha ternura, acercándose á su sobrina y dándole un cariñoso abrazo.

--Mire V., tía, la quiero á V. tanto, la creo á V. tan buena, que voy á abrirle mi alma y á revelarle cuanto hay en ella de bueno y de malo. Voy á exponer á V. mis dudas y contradicciones con franqueza y lealtad.

--Habla, habla, hermosa mía.