La vida en los campos: novelas cortas

Part 5

Chapter 54,332 wordsPublic domain

Jeli entonces soltó la presa sin decir nada, y la chica se puso a recoger las moras que se le habían caído por el suelo, mirando de reojo de cuando en cuando a su adversario con curiosidad.

-- Del otro lado del puentecillo, en el seto del huerto, hay muchas moras muy gordas -- añadió la pequeña -- y se las comen las gallinas.

Jeli, en tanto, se alejaba paso a paso, y Mara, luego que le siguió con los ojos hasta que se perdió en el encinar, volvió las espaldas a su vez y fuese corriendo a casa.

Pero desde aquel día empezaron a domesticarse. Mara iba a hilar estopa al parapeto del puentecillo, y Jeli empujaba el ganado poco a poco hacía las faldas del Cerro del Bandido. Al principio quedábase apartado de ella, revoloteándole alrededor, mirándola de lejos con aire desconfiado, y poco a poco iba acercándosele con paso cauteloso de perro acostumbrado a las pedradas. Cuando al cabo se encontraban juntos, permanecían horas enteras sin abrir la boca; Jeli, observando atentamente el intrincado trabajo de media que habíale mandado hacer su madre a Mara, o viéndole ella a él incrustar caprichosos zigzag en las varas de almendro. Luego íbanse cada cual por su lado sin decirse palabra, y la niña, cuando llegaba a la vista de su casa, se echaba a correr, levantándosele las sayas sobre las coloradas piernezuelas.

Por el tiempo de los higos chumbos, fuéronse a la espesura del matorral, a comer higos todo el santo día. Vagabundeaban juntos bajo los nogales seculares, y Jeli vareaba las nueces, que llovían como granizo; la niña se daba a recoger con gritos de júbilo cuantas podía, y luego escapaba a toda prisa, cogiéndose las dos puntas del delantal y tambaleándose como una viejecilla.

En todo el invierno Mara no se atrevió a asomar la nariz con aquel frío tan grande. A veces, al anochecer, veíase el humo de las fogatas de zumaque, que Jeli hacía en el Llano del Literero o en el Cerro de la Abundancia, para no quedarse aterido, igual que los abejarucos que encontraba por las mañanas detrás de una piedra, o al reparo de su surco. También a los caballos les gustaba menear un poco la cola en torno al fuego, y se le apretaban unos con otros para calentarse.

Con el marzo volvieron las alondras al llano, los pájaros al tejado, las hojas y los nidos a los setos, y Mara volvió a andar en compañía de Jeli sobre la blanda hierba, entre las matas en flor, bajo los árboles todavía desnudos que empezaban a pintarse de verde. Jeli se metía entre los espinos como un sabueso para coger los nidos de mirlos, que le miraban espantados con sus ojillos de pimienta; los dos niños llevaban muchas veces entre la camisa conejitos desencamados, casi pelados aún, mas ya con largas e inquietas orejas, correteaban por los campos tras la piara de los caballos, entraban en los rastrojos tras los segadores, paso a paso, con el ganado, deteniéndose cada vez que una yegua se paraba a arrancar un matojo. Por la noche, al llegar al puentecillo, se marchaban cada cual por su lado sin decirse adiós.

Así pasaron todo el verano. Entre tanto, el sol empezaba a ponerse tras el cerro de la Cruz, y los pardillos iban siguiéndole hacia la montaña según obscurecía, por entre las chumberas. Ya no se oían grillos ni cigarras y a aquella hora difundíase por el aire como una gran melancolía.

Por entonces llegó a la cabaña de Jeli su padre, el vaquero, que había cogido la malaria en Ragoleti, y ni aun tenerse sobre el burro que le llevaba podía. Jeli encendió el fuego a toda prisa y corrió "a las casas" a buscar algún huevo de gallina.

-- Extiende un poco de paja junto al fuego -- le dijo su padre --, que siento que me vuelve la fiebre.

El calofrío de la calentura era tan grande, que el compadre Menu, sepultado bajo su gran tabardo, la albarda del asno y el zurrón de Jeli, temblaba como las hojas en noviembre ante la hoguera de sarmientos, que le hacía una cara blanca como la de un muerto. Los hombres de la hacienda iban a preguntarle:

-- ¿Cómo va, compadre Menu?

El pobrecillo no respondía más que con un quejido como el de un perrillo nuevo.

-- Es malaria de la que mata como un escopetazo -- decían los amigos calentándose las manos al fuego.

Llamaron asimismo al médico; pero eran dinero despilfarrados, porque la enfermedad era tan clara que un niño sabría curarla; ya si la fiebre no era de las que matan de todos modos, con el sulfato se curaba en seguida. El compadre Menu se gastó un ojo de la cara en sulfato, pero era lo mismo que echarlo al pozo.

-- Toma un buen cocimiento de "eucalitus", que no cuesta nada -- sugería el señor Agripino --; y si tampoco sirve como el sulfato, por lo menos no te arruinas gastando.

Tomaba el cocimiento de eucalipto, y la fiebre le volvía con más fuerza. Jeli asistía a su padre lo mejor que sabía. Todos las mañanas, antes de salir con los potros, le dejaba el cocimiento preparado en la gamella, el haz de sarmientos a mano, los huevos en la ceniza caliente, y volvía temprano a la noche, con la leña, la botella de vino y algún pedazo de carne de carnero que había ido a comprar a Licodia. El pobre muchacho hacíalo todo con garbo, como una buena ama de casa, y su padre, según le seguía con cansados ojos en sus quehaceres por la cabaña, sonreía de cuando en cuando, pensando que el chico sabría salir adelante cuando se quedara solo.

Los días en que remitía la fiebre algunas horas, el compadre Menu se levantaba todo descompuesto, con el pañuelo atado a la cabeza, y se ponía a la puerta a esperar a Jeli mientras calentaba el sol. Cuando Jeli dejaba caer junto a la puerta el haz de leña y ponía sobre la mesa la botella y los huevos, le decía:

-- Pon a hervir el "eucalitus" para esta noche.

O también:

-- Ten en cuenta para cuando yo te falte que el oro de tu madre lo tiene a recaudo la tía Agueda.

Y Jeli decía que sí con la cabeza.

-- Es inútil -- repetía el señor Agripino cada vez que volvía a ver al compadre Menu con la fiebre --. Tiene ya la sangre apestada.

El compadre Menu escuchaba sin parpadear, con la cara más blanca que el pañuelo que llevaba a la cabeza.

Ya no se levantaba. Jeli se echaba a llorar cuando no tenía fuerzas para ayudarle a volverse de un lado; poco a poco, el compadre Menu acabó por no hablar tampoco. Las últimas palabras que le dijo a su chico fueron éstas:

-- Cuando me muera, ve al amo de las vacas, a Ragoleti, y que te dé las tus onzas y los doce túmulos de trigo que me debe de mayo acá.

-- No -- respondió Jeli -- son dos onzas y quince tan sólo, porque ha dejado usted las vacas hace más de un mes y hay que hacer la cuenta justa con el amo.

-- ¡Es verdad! -- afirmó el compadre Menu, entornando los ojos.

-- Ahora sí que estoy en el mundo lo mismo que un potro perdido, que se lo pueden comer los lobos -- pensó Jeli cuando se llevaron a su padre al cementerio de Licodia.

María fué también a casa del muerto, con esa inquieta curiosidad que despiertan las cosas espantosas.

-- ¡Mira cómo me he quedado! -- le dijo Jeli.

La niña se echó atrás asustada, por miedo a que quisiera hacerle entrar en la casa donde había estado el muerto.

Jeli fué a recoger el dinero de su padre y se marchó con el ganado a Passanitello, donde ya estaba alta la hierba en el terreno en barbecho y el pasto era abundante; así que los potros estuvieron allí pastando mucho tiempo, Jeli, en tanto, se había hecho muy mayor, y también Mara debía haber crecido, pensaba él muchas veces según tocaba la flauta; luego, cuando volvió a Tebidi, después de tanto tiempo, llevando delante de él, poco a poco, las yeguas por los resbaladizos senderos de la Fuente del tío Cosme, iba buscando con los ojos el puentecillo del valle, la casa del valle del Tacitano, y el tejado de _las casas grandes_, sobre el que revoloteaban siempre las palomas. Pero por entonces el amo ya había despedido al señor Agripino, y toda la familia de Mara estaba desalojando. Jeli se encontró a la muchacha muy crecida y guapetona, a la puerta del corral, viendo cómo cargaban su ropa en la carreta. Ahora la habitación vacía parecía más obscura y ahumada que de costumbre. La mesa, la cama, la cómoda, las estampas de la Virgen y San Juan, incluso los clavos para colgar las calabazas de las semillas, habían dejado señal en las paredes donde estuvieron tantos años.

-- Nos vamos -- le dijo Mara al ver que miraba --. Nos vamos a Marineo, donde está ese caserío tan grande, en el llano.

Jeli se dió a ayudar al señor Agripino y a la "señá" Lía a cargar la carreta, y cuando ya no hubo nada que sacar de la habitación, fué a sentarse con Mara en el parapeto del abrevadero.

-- Tampoco las casas -- le dijo luego que la vió cargar la última cesta en la carreta --, tampoco las casas, cuando se saca lo que tienen dentro, parecen las mismas.

-- En Marineo -- respondió Mara -- tendremos un cuarto más bonito, dice mi madre, y tan grande como el almacén del queso.

-- Cuando te marchas no quiero volver más por aquí: que me parecerá que ha vuelto el invierno al ver esa puerta cerrada.

-- En Marineo encontraremos otra gente, a Pudda, "la Roja", y a la hija del campero; nos divertiremos; por la siega irán más de ochenta segadores con su cornamusa, bailaremos en la era.

El señor Agripino y su mujer habían echado a andar con la carreta; Mara corría tras ellos muy contenta, llevando la cesta con los pichones. Jeli quiso acompañarla hasta el puentecillo, y cuando ya estaba para desaparecer en el valle, la llamó:

-- ¡Mara, Mara!

-- ¿Qué quieres? -- dijo Mara.

No sabía lo que quería.

-- Y tú, ¿qué vas a hacer ahora aquí sólo? -- le preguntó entonces la muchacha.

-- Yo me quedo con los potros.

Mara se fué dando brincos, y él se quedó allí quieto en tanto pudo oír el ruido de la carreta, bambaleándose sobre las piedras. El sol tocaba las altas rocas del Cerro de la Cruz; las grises cabelleras de los olivos se esfumaban en el crepúsculo, y en la lejanía del campo no se oía más que la esguila de la "Blanca" en el silencio inmenso.

Mara, apenas se vió en Marineo entre gente nueva y en las faenas de la vendimia, se olvidó en él; pero Jeli pensaba siempre en ella, porque no tenía otra cosa que hacer en los largos días que se pasaba contemplando la cola de sus caballos. Ahora ya no tenía motivo para bajar al valle, del otro lado del puentecillo, y nadie le veía en la hacienda. Así, ignoró mucho tiempo que Mara tenía novio, porque bajo el puentecillo había pasado mucha agua. No volvió a ver a la muchacha hasta el día de la fiesta de San Juan, según fué a la feria a vender unos potros; una fiesta que se le trocó en veneno y le quitó el pan de la boca por un accidente que le ocurrió a uno de los potros del amo; Dios nos libre.

El día de la feria, el mayoral esperaba los potros desde el amanecer, andando de un lado a otro, con sus polainas relucientes, por detrás de las grupas de los caballos y las mulas, puestos en fila a un lado y a otro de la carretera. La feria estaba ya para acabar, y Jeli no asomaba aún con el ganado por el recodo que hacía la carretera. En las empinadas cuestas del Calvario y del Molino de viento quedaba aún tal cual rebaño de ovejas apretadas en corro, con el hocico en tierra y los ojos cerrados, y tal cual pareja de bueyes de pelo largo, de esos que se venden para pagar la renta de las tierras, esperando inmóviles bajo el sol ardoroso. Abajo, en el valle, la campana de San Juan tocaba a misa mayor, acompañada del largo estampido de los morteretes.

El campo de la feria parecía exaltar en un griterío que se prolongaba entre los tenderetes de los vendedores alineados en la Cuesta de los Gallos, descendía por las calles del pueblo y parecía regresar del valle donde estaba la iglesia.

-- ¡Viva San Juan!

-- ¡Santo diablo! -- gritaba el mayoral --. Ese maldito Jeli me va a hacer perder la feria.

Las ovejas levantaban el hocico atónito y se daban a balar todos a una, y los bueyes andaban lentamente, mirando en derredor con sus grandes ojos.

El mayoral estaba tan enfadado porque aquel día había que pagar el arrendamiento de los Cercados grandes, "cuando San Juan llegase bajo el olmo" decía el contrato, y para completar la cantidad se había contado con la venta de los potros. Entre tanto, potros, caballos y mulas había cuantas el Señor hizo, todos limpios y relucientes, adornados de trenzas, lazos y cascabeles, que sacudían para espantar el fastidio, volviendo la cabeza a todo el que pasaba, como si esperasen un alma caritativa que quisiera compararlos.

-- ¡Se habrá tumbado a dormir el muy ladrón! -- seguía gritando el mayoral --, y me deja colgados los potros...

Jeli, por el contrario, había andado durante toda la noche para que los potros llegasen frescos a la feria y cogiesen un buen sitio al llegar, y al pisar el Llano del Cuervo, aún no se habían puesto los _tres reyes_ que brillaban sobre el monte Arturo con los brazos en cruz. Por el camino pasaban de continuo carros y gentes a caballo que iban a la fiesta; por eso el mozo tenía los ojos bien abiertos, para que los potros no se espantaran con el insólito trajín y fueran todos juntos a lo largo de la cuneta, tras de la "Blanca", que caminaba derecha y tranquila con su cencerro al cuello. De cuando en cuando, como el camino corría por lo alto del monte, se oía allá abajo la campana de San Juan, que hasta el obscuro silencio del campo llegaba la fiesta, y por todo el camino, a los lejos, lleno de gente a pie o a caballo que iba a Vizzini, se oía gritar: "¡Viva San Juan!", y los cohetes ascendían derechos y relucientes tras los montes de la Canzinia, como las estrellas que llueven en agosto.

-- ¡Es como la Nochebuena! -- íbale diciendo Jeli al muchacho que le ayudaba a conducir la piara --, que en todas las haciendas se hace fiesta y luminaria y por todo el campo se ven hogueras.

El muchacho dormitaba, arrastrando muy despacio una pierna tras otra, y no respondía nada. Pero Jeli, a quien aquella campana le hacía hervir la sangre, no podía estar callado, como si aquellos cohetes que rasgaban la obscuridad, callados y relucientes tras el monte, le salieran a él del alma.

-- Mara habrá ido también a la fiesta de San Juan -- decía --, porque va todos los años.

Y sin preocuparse de que Alfio, el muchacho, no respondía nada:

-- ¡No sabes! Ahora Mara es así de alta, que está más crecida que la madre que la ha parido, y cuando la volví a ver no me pareció la misma con quien iba a coger higos chumbos y a varear las nueces.

Y se dió a cantar en alta voz cuantas canciones sabía.

-- ¡Alfio! ¿Te duermes? -- le gritó cuando hubo concluído --. ¡Mira que la "Blanca" va siempre tras de ti!

-- ¡No, no me duermo! -- respondió Alfio con voz ronca.

-- ¿Ves cómo nos mira el lucero allí, sobre Granvilla, como si disparasen cohetes también en Santa Dominica? Ya poco falta para que rompa el alba; pero llegaremos a la feria a tiempo de encontrar un buen sitio. ¡Ya verás, "Morito", cómo tendrás cabezada nueva, con tus jaeces colorados para la feria! ¡Y tú también, "Estrellado"!

Así íbales, pues, hablando a los potros para que se serenasen oyendo su voz en la obscuridad. Pero le dolía que el "Estrellado" y el "Morito" fueran a ser vendidos en la feria.

-- Cuando estén vendidos se irán con el amo nuevo, y ya no se los verá en la piara, como ha pasado con Mara luego que se marchó a Marineo.

-- Su padre está muy bien en Marineo; que cuando fuí a verlos me pusieron delante pan, vino, queso y toda la gracia de Dios, porque él es casi el mayoral, y tiene las llaves de todo, y si hubiese querido, yo me habría comido toda la hacienda. Mara no me conocía casi de tanto tiempo que hacía que no me había visto, y se puso a gritar: "¡Anda! ¡Mire quién está aquí! ¡Jeli, el guardián de los caballos, el de Tebidi!" Es como cuando uno vuelve de lejos, que sólo con ver el pico de un monte reconoce en seguida la tierra donde ha nacido. La "señá" Lía no quería que le llamase de tú a su hija, ahora que ya se ha hecho grande, porque la gente que no sabe nada murmura luego. Mara se reía, y "dián" que acababa de cocer el pan, según estaba de colorada. Y ponía la mesa y extendía el mantel, que no parecía la misma.

-- Y qué... ¿te acuerdas de Tebidi? -- le pregunté, apenas la "señá" Lía salió para sacar vino fresco del barril.

-- Sí; sí que me acuerdo -- me dijo ella --. En Tebidi había una campana y un campanario que parecía el asa de un salero, se tocaba desde el atrio, y había también dos gatos de piedra, que hacían la guardia de la puerta del jardín.

Yo sentía dentro de mí todas aquellas cosas según me las iba diciendo. Mara me miraba de pies a cabeza, con unos ojos así, y tornaba a decirme: "¡Cuánto has crecido!" Y se echó a reír y me dió un pescozón.

De esta manera perdió el pan Jeli, el guardián de los caballos, porque precisamente en aquel momento, sobreviniendo de improviso un coche, que no se había oído antes, según subía la cuesta paso a paso, se puso al trote al llegar al llano, con gran estrépito del látigo y cascabeles, como si lo llevase el diablo. Los potros, espantados, se desbandaron en un relámpago, que parecía aquello un terremoto, y fueron menester no pocos gritos, llamadas y "¡ohí, ohí!" de Jeli y del muchacho antes de que se recogieran en torno a la "Blanca", que trotaba también sin rumbo, con su cencerro al cuello. Apenas contó Jeli sus caballos, se percató de que faltaba el "Estrellado", y se llevó las manos a la cabeza, porque por allí el camino corría a lo largo del barranco, y en las barranco fué donde el "Estrellado" se rompió las patas, un potro que valía doce onzas como doce ángeles del paraíso. Llorando y gritando llamaba Jeli al potro, que no se le veía por parte alguna: "¡Ohí! ¡Ohí! ¡Ohí!" El "Estrellado" respondió, por fin, desde el fondo del barranco con un doloros relincho, como si hubiese tenido el don del habla el pobre animal...

-- ¡Ay, madre mía! -- gritaban Jeli y el muchacho --. ¡Ay qué desgracia, madre mía!

Los caminantes que iban a la fiesta y oían llorar de aquel modo en la obscuridad, les preguntaban qué se les había perdido, y luego, cuando sabían de lo que se trataban, seguían su camino.

El "Estrellado" permanecía inmóvil donde se había caído, con las patas en alto, y mientras Jeli íbale tocando por todas partes, llorando y hablándole, cual si hubiese podido entenderle, el pobre animal levantaba la cabeza trabajosamente y la volvía hacia él, con un aliento roto por el espasmo.

-- ¿Qué se le habrá roto? -- lloriqueaba Jeli, desesperado de no poder ver nada por la mucha obscuridad; y el potro, inerte como una piedra, dejaba caer la cabeza pesadamente. Alfio, que se había quedado en el camino al cuidado de la piara, tranquilizándose antes que el otro, sacó el pan del zurrón. El cielo se había puesto blancuzco, y los de alrededor parecían despuntar uno por uno, altos y negros. Desde la revuelta de la carretera se empezaba a divisar el pueblo, con su monte Calvario, y el del Molino de viento estampado en el amanecer, umbríos aún, sembrados de las blancas manchas de los rebaños; y, como los bueyes que pastaban en lo alto del monte, en el azul iban de un lado a otro, parecía como si el contorno del monte se animase y hormigueara de vida. La campana no se oía ya desde el fondo del barranco; los caminantes eran cada vez más raros, y los pocos que pasaban tenían prisa por llegar a la feria. El pobre Jeli no sabía a qué santo volverse en aquella soledad; el mismo Alfio, por sí solo, de nada podía servirle; por eso éste mordisqueaba tranquilamente su pedazo de pan.

Al cabo vióse venir a caballo al mayoral, que desde lejos gritaba y blasfemaba al ver los caballos parados en el camino; tanto, que Alfio, asustado, se dió a correr monte arriba. Jeli no se movió de junto al "Estrellado". El mayoral dejó la mula en el camino y bajó al barranco a su vez, intentando ayudar al potro a levantarse tirándole de la cola.

-- ¡Déjelo estar! -- decía Jeli todo pálido, como si hubiese sido él quien se hubiese roto las pierna --. ¡Déjalo estar! ¡No ve que el pobre animal no se puede mover!

El "Estrellado", en efecto, a cada movimiento y a cada esfuerzo que le obligaban a hacer, daba un ronquido que parecía un cristiano. El mayoral se desahogaba dándole puntapiés y pescozones a Jeli, clamando contra los ángeles y santos del cielo. Alfio, en tanto, ya más tranquilo, había vuelto al camino para no dejar a los caballos sin guarda, e intentaba disculparse diciendo:

-- Yo no tengo la culpa. Yo iba delante con la "Blanca".

-- Aquí ya no hay nada que hacer -- dijo al cabo el mayoral, luego que se persuadió de que todo era tiempo perdido --. Aquí ya no se aprovecha más que el pellejo, que es bueno.

Jeli se echó a temblar como una hoja cuando vió al mayoral ir a sacar la escopeta de las alforjas de la mula.

-- ¡Quítate de ahí, holgazán! -- le gritó el mayoral --. ¡Qué no sé cómo no te tumbo junto a ese potro que valía bastante más que tú con todo el puerco bautismo que te echó el ladrón del cura!

El "Estrellado", no pudiéndose mover, volvía la cabeza con ojos espantosos, como si todo lo hubiese entendido, y el pelo se le rizaba en ondas a lo largo de las costillas; parecía como si por debajo le corriera un estremecimiento. Así, pues, el mayoral mató allí mismo al "Estrellado", para sacar al menos la piel, y el ruido sordo que hizo en la carne viva el tiro a boca de jarro le sintió Jeli dentro de sí.

-- Ahora, si quieres seguir mi consejo -- le dijo el mayoral --, ya puedes no presentarte al amo a que te pague lo que te debe, porque te lo pagará en moneda amarga.

El mayoral se marchó con Alfio, con los demás potros, que, sin volver siquiera adonde quedaba el "Estrellado", iban arrancando la hierba del ribazo. El "Estrellado" se quedó solo en el barranco esperando que fuesen a despellejarlo, con los ojos espantados aún y las cuatro patas estiradas; feliz al cabo, que no pensaba más. Jeli, que había visto la sangre fría con que el mayoral apuntó y disparó mientras el pobre animal volvía la cabeza penosamente, cual si tuviera sentido, dejó de llorar y se quedó mirando al "Estrellado", sentado en una piedra, hasta que llegaron los hombres que iban por la piel.

Ahora ya podía irse de paseo, a divertirse o estarse en la plaza todo el día, viendo a los señorones en el casino, como mejor le pareciera, que ya no tenía pan ni techo, y era menester buscarse un amo, si es que alguno le quería después de la desgracia del "Estrellado".

Así son las cosas del mundo: mientras Jeli andaba buscando un amo, con el zurrón a cuestas y cayada en mano, la banda tocaba en la plaza alegremente, con sus sombreros de plumas, en medio de una muchedumbre de gorras blancas, espesas como moscas, y los señorones estaban tan divertidos sentados en el casino. Toda la gente andaba vestida de fiesta, como el ganado de la feria, y en un rincón de la plaza había una mujer con falda corta y medias color de carne, que parecía llevar las piernas desnudas, tocando el tambor ante una tela pintada, donde se veía una carnicería de cristianos corriendo la sangre a raudales; y entre la gente que estaba allí mirando con la boca abierta, vió al señor Colás, que conocía a Jeli de cuando estaba en Passanitello, y le dijo que el amo se lo encontraría él, porque el compadre Isidoro Macca buscaba un guardián para sus cerdos.

-- ¡Pero no digas nada de lo del "Estrellado"! -- le recomendó el señor Colás --. Una desgracia a cualquiera le pasa; pero es mejor no hablar de ello.

Fueron, pues, a buscar al compadre Macca, que estaba en el baile, y mientras el señor Colás entró con la embajada, Jeli esperó en la calle, en medio de la gente que estaba en la puerta. En la sala había una porción de gentes que saltaban y se divertían, todas sofocadas, haciendo un gran ruido de pisadas sobre el pavimento, que ni aun el "ron-ron" del contrabajo se oía, y apenas acababa una tocata, que costaba un grano, levantaban el dedo para indicar que querían otra, y el del contrabajo hacía una cruz con carbón en la pared para llevar la cuenta y empezaba otra vez.