Part 5
¿Recibió el billete?
TRISTÁN.
Sí, aunque a Camino mandó que diga que lo rompió; que él lo ha fiado de mí. Y pues lo admitió, no mal se negocia tu deseo, si aquel epigrama creo que a Nevia escribió Marcial. «Escribí, no respondió Nevia: luego dura está; mas ella se ablandará, pues lo que escribí leyó.»
GARCÍA.
Que dice verdad sospecho.
TRISTÁN.
Camino está de tu parte, y promete revelarte los secretos de su pecho; y que ha de cumplillo espero, si andas tú cumplido en dar; que para hacer confesar no hay cordel como el dinero. Y aun fuera bueno, señor, que conquistaras tu ingrata con dádivas, pues que mata con flechas de oro el amor.
GARCÍA.
Nunca te he visto grosero sino aquí en tus pareceres. ¿Es esta de las mujeres que se rinden por dinero?
TRISTÁN.
Virgilio dice que Dido fué del troyano abrasada, a sus dones obligada tanto como de Cupido. ¡Y era reina! No te espantes de mis pareceres rudos, que escudos vencen escudos, y amantes labran diamantes.
GARCÍA.
¿No viste que la ofendió mi oferta en la Platería?
TRISTÁN.
Tu oferta la ofendería, señor, que tus joyas no. Por el uso te gobierna; que a nadie en este lugar, por desvergonzado en dar le quebraron brazo o pierna.
GARCÍA.
Dame tú que ella lo quiera. Que darle un mundo imagino.
TRISTÁN.
Camino dará camino, que es el polo de esta esfera. Y porque sepas que está en buen estado tu amor, ella le mandó, señor, que te dijese que hoy va Lucrecia a la Madalena a la fiesta de la otava, como que él te lo avisaba.
GARCÍA.
¡Dulce alivio de mi pena! ¿Con ese espacio me das nuevas que me vuelven loco?
TRISTÁN.
Dóytelas tan poco a poco porque dure el gusto más.
(_Vanse._)
* * * * *
_Claustro en el convento de la Magdalena con puerta a la iglesia._
ESCENA IV.
JACINTA Y LUCRECIA _con mantos_.
JACINTA.
Qué, ¿prosigue don García?
LUCRECIA.
De modo, que con saber su engañoso proceder, como tan firme porfía, casi me tiene dudosa.
JACINTA.
Quizá no eres engañada; que la verdad no es vedada a la boca mentirosa. Quizá es verdad que te quiere, y más donde tu beldad asegura esa verdad en cualquiera que te viere.
LUCRECIA.
Siempre tú me favoreces; mas yo lo creyera así, a no haberte visto a tí, que al mismo sol obscureces.
JACINTA.
Bien sabes tú lo que vales, y que en esta competencia nunca ha salido sentencia, por tener votos iguales. Y no es sola la hermosura quien causa amoroso ardor, que también tiene el amor su pedazo de ventura. Yo me holgaré que por tí, amiga, me haya trocado, y que tú hayas alcanzado lo que yo no merecí; porque ni tú tienes culpa, ni él me tiene obligación. Pero ve con prevención que no te queda disculpa si te arrojas en amar, y al fin quedas engañada, de quien estás ya avisada, que sólo sabe engañar.
LUCRECIA.
Gracias, Jacinta, te doy; mas tu sospecha corrige. Que estoy por creerle, dije; no que por quererle estoy.
JACINTA.
Obligaráte el creer, y querrás, siendo obligada: y así es corta la jornada que hay de creer a querer.
LUCRECIA.
Pues ¿qué dirás si supieres que un papel he recibido?
JACINTA.
Diré que ya le has creído, y aun diré que ya le quieres.
LUCRECIA.
Erráraste: y considera que tal vez la voluntad hace por curiosidad lo que por amor no hiciera. ¿Tú no le hablaste gustosa en la Platería?
JACINTA.
Sí.
LUCRECIA.
¿Y fuiste en oírle allí enamorada, o curiosa?
JACINTA.
Curiosa.
LUCRECIA.
Pues yo con él curiosa también he sido, como tú en haberle oido, en recibir su papel.
JACINTA.
Notorio verás tu error, si adviertes que es el oír cortesía; y admitir un papel, claro favor.
LUCRECIA.
Eso fuera a saber él que su papel recibí; mas él piensa que rompí sin leello su papel.
JACINTA.
Pues con eso es cosa cierta que curiosidad ha sido.
LUCRECIA.
En mi vida me ha valido tanto gusto el ser curiosa. Y porque su falsedad conozcas, escucha y mira si es mentira la mentira que más parece verdad.
(_Saca un papel y le abre._)
ESCENA V.
CAMINO, DON GARCÍA Y TRISTÁN.--Dichas.
CAMINO.
(_Aparte a don García._) ¿Veis la que tiene en la mano un papel?
GARCÍA.
Sí.
CAMINO.
Pues aquella es Lucrecia.
GARCÍA.
(_Aparte._ ¡Oh causa bella de dolor tan inhumano! Ya me abraso de celoso.) ¡Oh Camino, cuánto os debo!
TRISTÁN.
(_A Camino._) Mañana os vestís de nuevo.
CAMINO.
Por vos he de ser dichoso.
GARCÍA.
Llegarme, Tristán, pretendo adonde, sin que me vea, si posible fuere, lea el papel que está leyendo.
TRISTÁN.
No es difícil; que si vas a esta capilla arrimado, saliendo por aquel lado, de espaldas la cogerás.
GARCÍA.
Bien dices. Ven por aquí.
(_Vanse don García, Tristán y Camino._)
JACINTA.
Lee bajo; que darás mal ejemplo.
LUCRECIA.
No me oirás. Toma y lee para tí.
(_Da el papel a Jacinta._)
JACINTA.
Ese es mejor parecer.
ESCENA VI.
DON GARCÍA Y TRISTÁN, _por otra puerta, cogen de espaldas a_ JACINTA Y LUCRECIA.
TRISTÁN.
Bien el fin se consiguió.
GARCÍA.
Tú, si ves mejor que yo, procura, Tristán, leer.
JACINTA.
(Lee.) «_Ya que mal crédito cobras_ _de mis palabras sentidas,_ _dime si serán creídas,_ _pues nunca mienten, las obras._ _Que si consiste el creerme,_ _señora, en ser tu marido,_ _y ha de dar el ser creído_ _materia al favorecerme,_ _por este, Lucrecia mía,_ _que de mi mano te doy_ _firmado, digo que soy_ _ya tu esposo don García._»
GARCÍA.
(_Aparte a Tristán._) ¡Vive Dios, que es mi papel!
TRISTÁN.
¡Pues qué! ¿no lo vió en su casa?
GARCÍA.
Por ventura lo repasa, regalándose con él.
TRISTÁN.
Como quiera, te está bien.
GARCÍA.
Como quiera, soy dichoso.
JACINTA.
Él es breve y compendioso. O bien siente, o miente bien.
GARCÍA.
(_A Jacinta._) Volved los ojos, señora, cuyos rayos no resisto.
JACINTA.
(_Aparte a Lucrecia._) Cúbrete, pues no te ha visto, y desengáñate agora.
(_Tápanse Lucrecia y Jacinta._)
LUCRECIA.
(_Aparte a Jacinta._) Disimula y no me nombres.
GARCÍA.
Corred los delgados velos a ese asombro de los cielos, a ese cielo de los hombres. ¿Posible es que os llego a ver, homicida de mi vida? Mas como sois mi homicida, en la iglesia hubo de ser. Si os obliga a retraer mi muerte, no hayais temor; que de las leyes de amor es tan grande el desconcierto, que dejan preso al que es muerto, y libre al que es matador. Ya espero que de mi pena estáis, mi bien, condolida, si el estar arrepentida os trajo a la Madalena. Ved cómo el amor ordena recompensa al mal que siento; pues si yo llevé el tormento de vuestra crueldad, señora, la gloria me llevo agora de vuestro arrepentimiento. ¿No me habláis, dueño querido? ¿No os obliga el mal que paso? ¿Arrepentisos acaso de haberos arrepentido? Que advirtáis, señora, os pido que otra vez me mataréis: si porque en la iglesia os veis probáis en mí los aceros, mirad que no ha de valeros si en ella el delito hacéis.
JACINTA.
¿Conocéisme?
GARCÍA.
¡Y bien, por Dios! Tanto que desde aquel día que os hablé en la Platería, no me conozco por vos; de suerte que de los dos vivo más en vos que en mí; que tanto desde que os ví, en vos trasformado estoy, que ni conozco el que soy, ni me acuerdo del que fuí.
JACINTA.
Bien se echa de ver que estáis del que fuisteis olvidado, pues sin ver que sois casado nuevo amor solicitáis.
GARCÍA.
¡Yo casado! ¿En eso dais?
JACINTA.
¿Pues no?
GARCÍA.
¡Qué vana porfía! Fué, por Dios, invención mía, por ser vuestro.
JACINTA.
O por no sello; y si os vuelven a hablar dello, seréis casado en Turquía.
GARCÍA.
Y vuelvo a jurar, por Dios, que en este amoroso estado para todas soy casado, y soltero para vos.
JACINTA.
(_Aparte a Lucrecia._) ¿Ves tu desengaño?
LUCRECIA.
(_Aparte._) ¡Ah cielos! Apenas una centella siento de amor, y ya della nacen volcanes de celos.
GARCÍA.
Aquella noche, señora, que en el balcón os hablé, ¿todo el caso no os conté?
JACINTA.
¡A mí en balcón!
LUCRECIA.
(_Aparte._) ¡Ah traidora!
JACINTA.
Advertid que os engañáis. ¿Vos me hablasteis?
GARCÍA.
¡Bien por Dios!
LUCRECIA.
(_Aparte._) ¡Hablaisle de noche vos, y a mí consejos me dais!
GARCÍA.
Y el papel que recibisteis, ¿negareislo?
JACINTA.
¡Yo papel!
LUCRECIA.
(_Aparte._) ¡Ved qué amiga tan fiel!
GARCÍA.
Y sé yo que lo leisteis.
JACINTA.
Pasar por donaire puede, cuando no daña el mentir; mas no se puede sufrir cuando ese límite excede.
GARCÍA.
¿No os hablé en vuestro balcón, Lucrecia, tres noches ha?
JACINTA.
(_Aparte._) (¡Yo, Lucrecia! Bueno va. Toro nuevo, otra invención. A Lucrecia ha conocido; y es muy cierto el adoralla, pues finge, por no enojalla, que por ella me ha tenido.)
LUCRECIA.
(_Aparte._) (Todo lo entiendo. ¡Ah traidora! Sin duda que le avisó que la tapada fuí yo, y quiere enmendallo agora con fingir que fué el tenella por mí, la causa de hablalla.)
TRISTÁN.
(_A don García._) Negar debe de importalla por la que está junto della, ser Lucrecia.
GARCÍA.
Así lo entiendo; que si por mí lo negara, encubriera ya la cara. Pero no se conociendo, ¿se hablaran las dos?
TRISTÁN.
Por puntos suele en las iglesias verse que parlan sin conocerse los que aciertan a estar juntos.
GARCÍA.
Dices bien.
TRISTÁN.
Fingiendo agora que se engañaron tus ojos, lo enmendarás.
GARCÍA.
Los antojos de un ardiente amor, señora, me tienen tan deslumbrado, que por otra os he tenido. Perdonad; que yerro ha sido desa cortina causada; que como a la fantasía fácil engaña el deseo, cualquiera dama que veo se me figura la mía.
JACINTA.
(_Aparte._) Entendíle la intención.
LUCRECIA.
(_Aparte._) Avisóle la taimada.
JACINTA.
Según eso, la adorada es Lucrecia.
GARCÍA.
El corazón, desde el punto que la ví, la hizo dueño de mi fe.
JACINTA.
(_Aparte_) ¡Bueno es esto!
LUCRECIA.
(_Aparte._) ¡Que esta esté haciendo burla de mí! No me doy por entendida, por no hacer aquí un exceso.
JACINTA.
Pues yo pienso que a estar de eso cierta, os fuera agradecida Lucrecia.
GARCÍA.
¿Tratáis con ella?
JACINTA.
Trato, y es amiga mía, tanto que me atrevería a afirmar que en mí y en ella vive un solo corazón.
GARCÍA.
(_Aparte._ ¡Si eres tú, bien claro está. ¡Qué bien a entender me da su recato y su intención!) Pues ya que mi dicha ordena tan buena ocasión, señora, pues sois ángel, sed agora mensajera de mi pena. Mi firmeza le decid, y perdonadme si os doy este oficio.
TRISTÁN.
(_Aparte._) Oficio es hoy de las mozas de Madrid.
GARCÍA.
Persuadidla que a tan grande amor ingrata no sea.
JACINTA.
Hacedle vos que lo crea, que yo la haré que se ablande.
GARCÍA.
¿Por qué no creerá que muero, pues he visto su beldad?
JACINTA.
Porque, si os digo verdad, no os tiene por verdadero.
GARCÍA.
Esta es verdad, vive Dios: hacedle vos que lo crea.
JACINTA.
¿Qué importa que verdad sea si el que la dice sois vos? Que la boca mentirosa incurre en tan torpe mengua, que solamente en su lengua es _la verdad sospechosa_.
GARCÍA.
Señora...
JACINTA.
Basta: mirad que dais nota.
GARCÍA.
Yo obedezco.
JACINTA.
¿Vas contenta?
LUCRECIA.
Yo agradezco, Jacinta, tu voluntad. (_Vanse las dos._)
ESCENA VII.
DON GARCÍA.--TRISTÁN.
GARCÍA.
¿No ha estado aguda Lucrecia? ¡Con qué astucia dió a entender que le importaba no ser Lucrecia!
TRISTÁN.
A fe que no es necia.
GARCÍA.
Sin duda que no quería que la conociese aquella que estaba hablando con ella.
TRISTÁN.
Claro está que no podía obligalla otra ocasión a negar cosa tan clara porque a tí no te negara que te habló por su balcón, pues ella misma tocó los puntos de que tratastes cuando por él os hablastes.
GARCÍA.
En eso bien me mostró que de mí no se encubría.
TRISTÁN.
Y por eso dijo aquello: “Y si os vuelven a hablar dello, seréis casado en Turquía.” Y esta conjetura abona más claramente el negar que era Lucrecia, y tratar luego en tercera persona de sus propios pensamientos, diciéndole que sabía que Lucrecia pagaría tus amorosos intentos, con que tú hicieses, señor, que los llegase a creer.
GARCÍA.
¡Ay, Tristán! ¿qué puedo hacer, para acreditar mi amor?
TRISTÁN.
¿Tú quieres casarte?
GARCÍA.
Sí.
TRISTÁN.
Pues pídela.
GARCÍA.
¿Y si resiste?
TRISTÁN.
Parece que no la oiste lo que dijo agora aquí: «Hacedle vos que lo crea; que yo la haré que se ablande.» ¿Qué indicio quieres más grande de que ser tuya desea? Quien tus papeles recibe, quien te habla en sus ventanas, muestras ha dado bien llanas de la afición con que vive. El pensar que eres casado la refrena solamente, y queda ese inconveniente con casarte remediado; pues es el mismo casarte, siendo tan gran caballero, información de soltero; y cuando quiera obligarte a que des información, por el temor con que va de tus engaños, no está Salamanca en el Japón.
GARCÍA.
Sí está para quien desea; que son ya siglos en mí los instantes.
TRISTÁN.
Pues aquí, ¿no habrá quien testigo sea?
GARCÍA.
Puede ser.
TRISTÁN.
Es fácil cosa.
GARCÍA.
Al punto los buscaré.
TRISTÁN.
Uno yo te lo daré.
GARCÍA.
Y ¿quién es?
TRISTÁN.
Don Juan de Sosa.
GARCÍA.
¿Quién? ¿don Juan de Sosa?
TRISTÁN.
Sí.
GARCÍA.
Bien lo sabe.
TRISTÁN.
Desde el día que te habló en la Platería no le he visto, ni él a tí. Y aunque siempre he deseado saber qué pesar te dió el papel que te escribió, nunca te lo he preguntado, viendo que entonces severo negaste y descolorido; mas agora que ha venido tan apropósito, quiero pensar, que puedo, señor, pues secretario me has hecho del archivo de tu pecho, y se pasó aquel furor.
GARCÍA.
Yo te lo quiero contar; que pues sé por experiencia tu secreto y tu prudencia, bien te lo puedo fiar. A las siete de la tarde me escribió que me aguardaba en San Blas don Juan de Sosa para un caso de importancia. Callé, por ser desafío; que quiere el que no lo calla, que le estorben o le ayuden, cobardes acciones ambas. Llegué al aplazado sitio donde don Juan me aguardaba con su espada y con sus celos, que son armas de ventaja. Su sentimiento propuso; satisfice a su demanda; y por quedar bien, al fin desnudamos las espadas. Elegí mi medio al punto, y haciéndole una ganancia por los grados del perfil, le dí una fuerte estocada. Sagrado fué de su vida un _Agnus Dei_ que llevaba; que topando en él la punta, hizo dos partes mi espada. Él sacó pies del gran golpe, pero con ardiente rabia vino tirando una punta; mas yo por la parte flaca cogí su espada, formando un atajo. Él, presto, saca (como la respiración tan corta línea le tapa, por faltarle los dos tercios a mi poco fiel espada) la suya, corriendo filos; y como cerca me halla (porque yo busqué el estrecho, por la falta de mis armas), a la cabeza furioso me tiró una cuchillada. Recibíla en el principio de su formación, y baja, matándole el movimiento sobre la suya mi espada, ¡Aquí fué Troya! Saqué un revés con tal pujanza, que la falta de mi acero hizo allí muy poca falta; que abriéndole en la cabeza un palmo de cuchillada, vino sin sentido al suelo, y aun sospecho que sin alma. Dejéle así, y con secreto me vine. Esto es lo que pasa, y de no verle estos días, Tristán, es esta la causa.
TRISTÁN.
¡Qué suceso tan extraño! ¿Y se murió?
GARCÍA.
Cosa es clara, porque hasta los mismos sesos esparció por la campaña.
TRISTÁN.
¡Pobre don Juan!...
ESCENA VIII.
DON JUAN Y DON BELTRÁN.--Dichos.
TRISTÁN.
Mas ¿no es este que viene aquí?
GARCÍA.
¡Cosa extraña!
TRISTÁN.
¿También a mí me la pegas? ¡Al secretario del alma! (_Aparte._ Por Dios, que se lo creí, con conocelle las mañas. Mas ¿a quién no engañarán mentiras tan bien trovadas?)
GARCÍA.
Sin duda que le han curado por ensalmo.
TRISTÁN.
Cuchillada que rompió los mismos sesos, ¿en tan breve tiempo sana?
GARCÍA.
¿Es mucho? Ensalmo sé yo con que un hombre en Salamanca, a quien cortaron a cercén un brazo con media espalda, volviéndosele a pegar, en menos de una semana quedó tan sano y tan bueno como primero.
TRISTÁN.
¡Ya escampa!
GARCÍA.
Esto no me lo contaron; yo mismo lo ví.
TRISTÁN.
Eso basta.
GARCÍA.
De la verdad, por la vida, no quitaré una palabra.
TRISTÁN.
(_Aparte._ ¡Que ninguno se conozca!) Señor, mis servicios paga con enseñarme ese ensalmo.
GARCÍA.
Está en dicciones hebraicas, y si no sabes la lengua no has de saber pronunciarlas.
TRISTÁN.
Y tú, ¿sábesla?
GARCÍA.
¡Qué bueno! Mejor que la castellana: hablo diez lenguas.
TRISTÁN.
(_Aparte._) (Y todas para mentir no te bastan.) Cuerpo de verdades lleno, con razón el tuyo llaman, pues ninguna sale de él... (_Aparte._ Ni hay mentira que no salga.)
BELTRÁN.
(_A don Juan._) ¿Qué decís?
JUAN.
Esto es verdad: ni caballero ni dama tiene, si mal no me acuerdo, desos nombres Salamanca.
BELTRÁN.
(_Ap._ Sin duda que fué invención de García, cosa es clara. Disimular me conviene.) Gocéis por edades largas, con una rica encomienda, de la cruz de Calatrava.
JUAN.
Creed que siempre he de ser más vuestro, cuanto más valga. Y perdonadme; que ahora por andar dando las gracias a esos señores, no os voy sirviendo hasta vuestra casa.
(_Vase._)
ESCENA IX.
DON BELTRÁN, DON GARCÍA, TRISTÁN.
BELTRÁN.
(_Aparte._) ¡Válgame Dios! ¿Es posible que a mí no me perdonaran las costumbres deste mozo? ¿Que aun a mí, en mis propias canas me mintiese, al mismo tiempo que riñéndoselo estaba? ¿Y que lo creyese yo en cosa tan de importancia tan presto, habiendo ya oido de sus engaños la fama? Mas ¿quién creyera que a mí me mintiera, cuando estaba reprendiéndole eso mismo? Y ¿qué juez se recelara que el mismo ladrón le robe, de cuyo castigo trata?
TRISTÁN.
¿Determinaste a llegar?
GARCÍA.
Sí, Tristán.
TRISTÁN.
Pues Dios te valga.
GARCÍA.
Padre...
BELTRÁN.
No me llames padre, vil; enemigo, me llama; que no tiene sangre mía quien no me parece en nada. Quítate de ante mis ojos; que, por Dios, si no mirara...
TRISTÁN.
(_Ap. a don García._) El mar está por el cielo. Mejor ocasión aguarda.
BELTRÁN.
¡Cielos! ¿Qué castigo es este? ¿Es posible que a quien ama la verdad como yo, un hijo de condición tan contraria le diésedes? ¿Es posible que quien tanto su honor guarda como yo, engendrase un hijo de inclinaciones tan bajas; y a Gabriel, que honor y vida daba a mi sangre y mis canas, llevásedes tan en flor? Cosas son, que a no mirarlas como cristiano...
GARCÍA.
(_Aparte._) ¿Qué es esto?
TRISTÁN.
(_Aparte a su amo._) Quítate de aquí. ¿Qué aguardas?
BELTRÁN.
Déjanos solos, Tristán... Pero vuelve, no te vayas; por ventura la vergüenza, de que sepas tú su infamia podrá en él lo que no pudo el respeto de mis canas. Y cuando ni esta vergüenza le obligue a enmendar sus faltas, servirále por lo menos de castigo el publicallas. Dí, liviano, ¿qué fin llevas, loco, dí, qué gusto sacas de mentir tan sin recato? Y cuando con todos vayas tras tu inclinación, ¿conmigo siquiera no te enfrenaras? ¿Con qué intento el matrimonio fingistes de Salamanca, para quitarles también el crédito a mis palabras? ¿Con qué cara hablaré yo a los que dije que estabas con doña Sancha de Herrera desposado? ¿Con qué cara, cuando sabiendo que fué fingida esta doña Sancha, por cómplices del embuste infamen mis nobles canas? ¿Qué medio tomaré yo que saque bien esta mancha; pues a mejor negociar, si de mí quiero quitarla, he de ponerla en mi hijo, y diciendo que la causa fuiste tú, he de ser yo mismo pregonero de la infamia? Si algún cuidado amoroso te obligó a que me engañaras, ¿qué enemigo te oprimía? ¿qué puñal te amenazaba? sino un padre, padre al fin: que este nombre sólo basta para saber de qué modo le enternecieran tus ansias. ¡Un viejo que fué mancebo, y sabe bien la pujanza con que en pechos juveniles prenden amorosas llamas!
GARCÍA.
Pues si lo sabes, y entonces para excusarme bastara; para que mi error perdones agora, padre, me valga. Parecerme que sería respetar poco tus canas no obedecerte pudiendo, me obligó a que te engañara. Error fué, no fué delito; no fué culpa; fué ignorancia; la causa amor, tú mi padre, pues tú dices que esto basta. Y ya que el daño supiste, escucha la hermosa causa, porque el mismo dañador el daño te satisfaga. Doña Lucrecia, la hija de don Juan de Luna, es alma desta vida: es principal y heredera de su casa; y para hacerme dichoso con su hermosa mano, falta solo que tú lo consientas, y declares que la fama de ser yo casado, tuvo ese principio, y es falsa.
BELTRÁN.
No, no. ¡Jesús! Calla. ¿En otra habías de meterme? Basta. Ya si dices que esta es luz, he de pensar que me engañas.
GARCÍA.
No, señor: lo que a las obras se remite, es verdad clara; y Tristán, de quien te fías, es testigo de mis ansias. Dílo, Tristán.
TRISTÁN.
Sí, señor, lo que dice es lo que pasa.
BELTRÁN.
¿No te corres desto? Dí: ¿no te avergüenzas que hayas menester que tu criado acredite lo que hablas? Ahora bien, yo quiero hablar a don Juan, y el cielo haga que te dé a Lucrecia; que eres tal, que ella es la engañada. Mas primero he de informarme en esto de Salamanca; que ya temo que en decirme que me engañaste, me engañas. Que aunque la verdad sabía antes que a hablarte llegara, la has hecho ya sospechosa tú con sólo confesarla.
(_Vase._)
GARCÍA.
Bien se ha hecho.
TRISTÁN.
¡Y cómo bien! que yo pensé que hoy probabas en tí aquel ensalmo hebreo, que brazos cortados sana.
* * * * *
_Sala con vistas a un jardín en la casa de don Juan de Luna._
ESCENA X.
DON JUAN DE LUNA, DON SANCHO.
JUAN DE LUNA.
Parece que la noche ha refrescado.
SANCHO.
Señor don Juan de Luna, para el río este fresco en mi edad es demasiado.
JUAN DE LUNA.
Mejor será que en ese jardín mío se nos ponga la mesa, y que gocemos la cena con sazón, templado el frío.
SANCHO.
Discreto parecer. Noche tendremos que dar a Manzanares más templada; que ofenden la salud estos extremos.
JUAN DE LUNA.
(_Dirigiéndose adentro._) Gozad de vuestra hermosa convidada por esta noche en el jardín, Lucrecia.
SANCHO.
Veáisla, quiera Dios, bien empleada; que es un ángel.
JUAN DE LUNA.
Demás de que no es necia y ser cual veis, Don Sancho, tan hermosa, menos que la virtud la vida precia.
ESCENA XI.
UN CRIADO.--Dichos.
CRIADO.
(_A don Sancho._) Preguntando por vos don Juan de Sosa, a la puerta llegó, y pide licencia.
SANCHO.
¡A tal hora!
JUAN DE LUNA.
Será ocasión forzosa.
SANCHO.
Entre el señor don Juan.
(_Va el criado a avisar._)
ESCENA XII.
DON JUAN, _con un papel_.--DON JUAN DE LUNA, DON SANCHO.
JUAN.
(_A don Sancho._) A esa presencia sin el papel que veis, nunca llegara. Mas ya con él faltaba la paciencia; que no quiso el amor que dilatara la nueva un punto, si alcanzar la gloria consiste en eso de mi prenda cara ya el hábito salió: si en la memoria la palabra tenéis que me habeis dado, colmaréis con cumplirla mi victoria.
SANCHO.
Mi fe, señor don Juan, habeis premiado, con no haber esta nueva tan dichosa por un momento sólo dilatado. A darla voy a mi Jacinta hermosa, y perdonad; que por estar desnuda, no la mando salir.
(_Vase._)
JUAN DE LUNA.