Part 4
(_Aparte._ Agora os he menester, sutilezas de mi ingenio.) En Salamanca, señor, hay un caballero noble de quien es la alcuña Herrera y don Pedro el propio nombre. A este dió el cielo otro cielo por hija, pues con dos soles sus dos purpúreas mejillas hace claros horizontes. Abrevio, por ir al caso, con decir que cuantas dotes pudo dar naturaleza en tierna edad, la componen. Mas la enemiga fortuna observante en su desórden, a sus méritos opuesta, de sus bienes la hizo pobre; que demás de que su casa no es tan rica como noble, al mayorazgo nacieron antes que ella dos varones. A esta, pues, saliendo al río la ví una tarde en su coche, que juzgara el de Faeton si fuese Erídano el Tormes. No sé quién los atributos del fuego en Cupido pone, que yo de un súbito hielo me sentí ocupar entonces. ¿Qué tienen que ver del fuego las inquietudes y ardores, con quedar absorta un alma, con quedar un cuerpo inmóvil? Caso fué verla forzoso; viéndola, cegar de amores; pues abrasado seguirla, júzguelo un pecho de bronce. Pasé su calle de día, rondé su calle de noche, con terceros y papeles le encarecí mis pasiones, hasta que al fin condolida o enamorada, responde, porque también tiene amor jurisdicción en los dioses. Fuí acrecentando finezas y ella aumentando favores, hasta ponerme en el cielo de su aposento una noche. Y cuando solicitaban el fin de mi pena enorme, conquistando honestidades, mis ardientes pretensiones, siento que su padre viene a su aposento: llamóle, porque jamás tal hacía, mi fortuna aquella noche. Ella turbada, animosa (mujer al fin) a empellones mi casi difunto cuerpo detrás de su lecho esconde. Llegó don Pedro, y su hija fingiendo gusto, abrazóle por negarle el rostro, en tanto que cobraba sus colores. Asentáronse los dos, y él con prudentes razones le propuso un casamiento con uno de los Monroyes. Ella, honesta como cauta, de tal suerte le responde, que ni a su padre resista, ni a mí, que la escucho, enoje. Despidiéronse con esto; y cuando ya casi pone en el umbral de la puerta el viejo los pies, entonces... ¡Mal haya, amén, el primero que fué inventor de relojes! Uno que llevaba yo, a dar comenzó las doce. Oyólo don Pedro, y vuelto hácia su hija: «¿de dónde vino ese reloj?» le dijo. Ella respondió: «envióle para que se le aderecen, mi primo, don Diego Ponce, por no haber en su lugar relojero ni relojes.» «Dádmele, dijo su padre, porque yo ese cargo tome.» Pues entonces, doña Sancha, que este es de la dama el nombre, a quitármele del pecho cauta y prevenida corre, antes que llegar él mismo a su padre se le antoje. Quitémele yo, y al darle, quiso la suerte que toquen a una pistola que tengo en la mano, los cordones. Cayó el gatillo, dió fuego, al tronido desmayose doña Sancha. Alborotado el viejo empezó a dar voces. Yo, viendo el cielo en el suelo, y eclipsados sus dos soles, juzgué sin duda por muerta la vida de mis acciones, pensando que cometieron sacrilegio tan enorme del plomo de mi pistola los breves volantes orbes. Con esto, pues, despechado, saqué rabioso el estoque: fueran pocos para mí en tal ocasión mil hombres. A impedirme la salida como dos bravos leones, con sus armas sus hermanos y sus criados se oponen; mas, aunque fácil, por todos mi espada y mi furia rompen, no hay fuerza humana que impida fatales disposiciones; pues al salir por la puerta, como iba arrimado, asióme la alcayata de la aldaba por los tiros del estoque. Aquí para desasirme, fué fuerza que atrás me torne, y entretanto mis contrarios muros de espadas me oponen. En esto cobró su acuerdo Sancha; y para que se estorbe el triste fin que prometen estos sucesos atroces, la puerta cerró animosa del aposento, y dejóme a mí con ella encerrado, y fuera a mis agresores. Arrimamos a la puerta baúles, arcas y cofres; que al fin son de ardientes iras remedio las dilaciones. Quisimos hacernos fuertes; mas mis contrarios feroces ya la pared me derriban, y ya la puerta me rompen. Yo, viendo que aunque dilate, no es posible que revoque la sentencia de enemigos tan agraviados y nobles; viendo a mi lado la hermosa de mis desdichas consorte, y que hurtaba a sus mejillas el temor sus arreboles; viendo cuán sin culpa suya conmigo fortuna corre, pues con industria deshace cuanto los hados disponen; por dar premio a sus lealtades, por dar fin a sus temores, por dar remedio a mi muerte y dar muerte a mis pasiones, hube de darme a partido, y pedirles que conformen con la unión de nuestras sangres tan sangrientas disensiones. Ellos, que ven el peligro y mi calidad conocen, lo acetan, después de estar un rato entre sí discordes. Partió a dar cuenta al Obispo su padre, y volvió con órden de que el desposorio pueda hacer cualquier sacerdote. Hízose, y en dulce paz la mortal guerra trocóse, dándote la mejor nuera que nació del sur al norte. Mas tú en que no lo sepas quedamos todos conformes, por no ser con gusto tuyo y por ser mi esposa pobre; pero ya que fué forzoso saberlo, mira si escoges por mejor tenerme muerto, que vivo y con mujer noble.
BELTRÁN.
Las circunstancias del caso son tales, que se conoce que la fuerza de la suerte te destinó esa consorte: y así no te culpo en más que en callármelo.
GARCÍA.
Temores de darte pesar, señor, me obligaron.
BELTRÁN.
Si es tan noble, ¿qué importa que pobre sea? ¡Cuánto es peor que lo ignore, para que habiendo empeñado mi palabra, agora torne con eso a doña Jacinta! ¡Mira en qué lance me pones! Toma el caballo, y temprano por mi vida, te recoge, porque despacio tratemos de tus cosas esta noche.
GARCÍA.
Iré a obedecerte, al punto que toquen las oraciones.
(_Vase don Beltrán._)
ESCENA X.
DON GARCÍA.
Dichosamente se ha hecho; persuadido el viejo va: ya del mentir no dirá que es sin gusto y sin provecho, pues es tan notorio gusto el ver que me haya creído, y provecho haber huído de casarme a mi disgusto. ¡Bueno fué reñir conmigo porque en cuanto digo miento y dar crédito al momento a cuantas mentiras digo! ¡Qué fácil de persuadir, quien tiene amor, suele ser! Y ¡qué fácil en creer el que no sabe mentir! Mas ya me aguarda don Juan.
(_A uno que está dentro._)
¡Hola! llevad el caballo. Tan terribles cosas hallo que sucediéndome van, que pienso que desvarío. Vine ayer, y en un momento tengo amor y casamiento, y causa de desafío.
* * * * *
_La calleja de San Blas._
ESCENA XI.
DON JUAN.--DON GARCÍA.
JUAN.
Como quien sois lo habeis hecho, Don García.
GARCÍA.
¿Quien podía, sabiendo la sangre mía, pensar menos de mi pecho? Mas vamos, don Juan, al caso porque llamado me habeis. Decid, ¿qué causa tenéis, que por sabella me abraso, de hacer este desafío?
JUAN.
Esta dama a quien hicistes, conforme vos me dijistes, anoche fiesta en el río, es causa de mi tormento, y es con quien dos años ha, que, aunque se dilata, está tratado mi casamiento. Vos ha un mes que estáis aquí: y deso, como de estar encubierto en el lugar todo ese tiempo de mí, colijo que habiendo sido tan público mi cuidado, vos no lo habeis ignorado, y así me habeis ofendido. Con esto que he dicho digo cuanto tengo que decir; y es que o no habeis de seguir el bien que ha tanto que sigo, o si acaso os pareciere mi petición mal fundada, se remita aquí a la espada, y la sirva el que venciere.
GARCÍA.
Pésame que sin estar del caso bien informado, os hayais determinado a sacarme de este lugar. La dama, don Juan de Sosa, de mi fiesta, vive Dios, que ni la habeis visto vos, ni puede ser vuestra esposa; que es casada esta mujer, y ha tan poco que llegó a Madrid, que sólo yo sé que la he podido ver. Y cuando esa hubiera sido, de no verla más os doy palabra como quien soy, o quedar por fementido.
JUAN.
Con eso se aseguró la sospecha de mi pecho, y he quedado satisfecho.
GARCÍA.
Falta que lo quede yo; que haberme desafiado no se ha de quedar así. Libre fué el sacarme aquí; mas habiéndome sacado me obligastes, y es forzoso, puesto que tengo de hacer como quien soy, no volver sino muerto o vitorioso.
JUAN.
Pensad, aunque mis desvelos hayais satisfecho así, que aun deja cólera en mí la memoria de mis celos.
(_Sacan las espadas y acuchíllanse._)
ESCENA XII.
DON FÉLIX.--Dichos.
FÉLIX.
Deténganse, caballeros; que estoy aquí yo.
GARCÍA.
¡Que venga agora quien me detenga!
FÉLIX.
Vestid los fuertes aceros; que fué falsa la ocasión desta pendencia.
JUAN.
Ya había dícholo así don García; pero por la obligación en que pone el desafío, desnudó el valiente acero.
FÉLIX.
Hizo como caballero de tanto valor y brío; y pues bien quedado habeis con esto, merezco yo que a quien de celoso erró, perdón y la mano deis.
(_Danse las manos._)
GARCÍA.
Ello es justo, y lo mandais. Mas mirad de aquí adelante, en caso tan importante, don Juan, cómo os arrojais. Todo lo habeis de intentar primero que el desafío; que empezar es desvarío por donde se ha de acabar.
(_Vase._)
ESCENA XIII.
DON JUAN, DON FÉLIX.
FÉLIX.
Extraña ventura ha sido haber yo a tiempo llegado.
JUAN.
¿Que en efeto me he engañado?
FÉLIX.
Sí.
JUAN.
¿De quién lo habeis sabido?
FÉLIX.
Súpelo de un escudero de Lucrecia.
JUAN.
Decid, pues, cómo fué.
FÉLIX.
La verdad es que fué el coche y el cochero de doña Jacinta anoche al Sotillo, y que tuvieron gran fiesta las que en él fueron; pero fué prestado el coche. Y el caso fué que a las horas que fué a ver Jacinta bella a Lucrecia, ya con ella estaban las matadoras, las dos primas de la quinta.
JUAN.
¿Las que en el Carmen vivieron?
FÉLIX.
Sí, pues ellas le pidieron el coche a doña Jacinta, y en él con la obscura noche fueron al río las dos. Pues vuestro paje, a quien vos dejastes siguiendo el coche, como en él dos damas vió entrar cuando anochecía, y noticia no tenía de otra visita, creyó ser Jacinta la que entraba y Lucrecia.
JUAN.
Justamente.
FÉLIX.
Siguió el coche diligente, y cuando en el Soto estaba, entre la música y cena lo dejó y volvió a buscaros a Madrid, y fué el no hallaros ocasión de tanta pena; porque yendo vos allá se deshiciera el engaño.
JUAN.
En eso estuvo mi daño; mas tanto gusto me da el saber que me engañé, que doy por bien empleado el disgusto que he pasado.
FÉLIX.
Otra cosa averigüé, que es bien graciosa.
JUAN.
Decid.
FÉLIX.
Es que el dicho don García llegó ayer en aquel día de Salamanca a Madrid, y en llegando se acostó y durmió la noche toda, y fué embeleco la boda y festín que nos contó.
JUAN.
¡Qué decís!
FÉLIX.
Esto es verdad.
JUAN.
¿Embustero es don García?
FÉLIX.
Eso un ciego lo vería; porque tanta variedad de tiendas, aparadores, vajillas de plata y oro, tanto plato, tanto coro de instrumentos y cantores, ¿no era mentira patente?
JUAN.
Lo que me tiene dudoso es que sea mentiroso un hombre que es tan valiente, que de su espada el furor diera a Alcides pesadumbre.
FÉLIX.
Tendrá el mentir por costumbre, y por herencia el valor.
JUAN.
Vamos; que a Jacinta quiero pedille, Félix, perdón, y decille la ocasión con que esforzó este embustero mi sospecha.
FÉLIX.
Desde aquí nada le creo, don Juan.
JUAN.
Y sus verdades serán ya consejas para mí.
(_Vanse._)
* * * * *
_Calle_
ESCENA XIV.
TRISTÁN, DON GARCÍA Y CAMINO, _de noche_.
GARCÍA.
Mi padre me dé perdón; que forzado le engañé.
TRISTÁN.
Ingeniosa excusa fué; pero dime, ¿qué invención agora piensas hacer conque no sepa que ha sido el casamiento fingido?
GARCÍA.
Las cartas le he de coger que a Salamanca escribiere y las respuestas fingiendo yo mismo, iré entreteniendo la ficción cuanto pudiere.
ESCENA XV.
JACINTA, LUCRECIA E ISABEL _a la ventana_; DON GARCÍA, TRISTÁN Y CAMINO _en la calle_.
JACINTA.
Con esta nueva volvió don Beltrán bien descontento, cuando ya del casamiento estaba contenta yo.
LUCRECIA.
¿Que el hijo de don Beltrán es el indiano fingido?
JACINTA.
Sí, amiga.
LUCRECIA.
¿A quién has oido lo del banquete?
JACINTA.
A don Juan.
LUCRECIA.
Pues ¿cuándo estuvo contigo?
JACINTA.
Al anochecer me vió, y en contármelo gastó lo que pudo estar conmigo.
LUCRECIA.
¡Grandes sus enredos son! ¡Buen castigo te merece!
JACINTA.
Estos tres hombres parece que se acercan al balcón.
LUCRECIA.
Vendrá al puesto don García; que ya es hora.
JACINTA.
Tú, Isabel, mientras hablamos con él, a nuestros viejos espía.
LUCRECIA.
Mi padre está refiriendo bien despacio un cuento largo a tu tío.
ISABEL.
Yo me encargo de avisaros en viniendo.
(_Vase._)
CAMINO.
(_A don García._) Éste es el balcón adonde os espera tanta gloria.
(_Vase._)
ESCENA XVI.
DON GARCÍA Y TRISTÁN, _en la calle_; JACINTA Y LUCRECIA, _a la ventana_.
LUCRECIA.
Tú eres dueño de la historia, tú en mi nombre le responde.
GARCÍA.
¿Es Lucrecia?
JACINTA.
¿Es don García?
GARCÍA.
Es quien hoy la joya halló más preciosa que labró el cielo, en la Platería; es quien en llegando a vella, tanto estimó su valor, que dió abrasado de amor la vida y alma por ella. Soy, al fin el que se precia de ser vuestro, y soy quien hoy comienzo a ser, porque soy el esclavo de Lucrecia.
JACINTA.
(_Aparte a Lucrecia._) Amiga, este caballero para todas tiene amor.
LUCRECIA.
El hombre es embarrador.
JACINTA.
Él es un grande embustero.
GARCÍA.
Ya espero, señora mía, lo que me queréis mandar.
JACINTA.
Ya no puede haber lugar lo que trataros quería...
TRISTÁN.
(_Al oido a su amo._) ¿Es ella?
GARCÍA.
Sí.
JACINTA.
Que trataros un casamiento intenté bien importante, y ya sé que es imposible casaros.
GARCÍA.
¿Por qué?
JACINTA.
Porque sois casado.
GARCÍA.
¿Que yo soy casado?
JACINTA.
Vos.
GARCÍA.
Soltero soy, vive Dios. Quien lo ha dicho os ha engañado.
JACINTA.
(_Aparte a Lucrecia._) ¿Viste mayor embustero?
LUCRECIA.
No sabe sino mentir.
JACINTA.
¿Tal me queréis persuadir?
GARCÍA.
Vive Dios, que soy soltero.
JACINTA.
(_Aparte a Lucrecia._) Y lo jura.
LUCRECIA.
Siempre ha sido costumbre del mentiroso, de su crédito dudoso, jurar para ser creído.
GARCÍA.
Si era vuestra blanca mano, con la que el cielo quería colmar la ventura mía, no pierda el bien soberano, pudiendo esa falsedad probarse tan fácilmente.
JACINTA.
(_Aparte._) ¡Con qué confianza miente! ¿No parece que es verdad?
GARCÍA.
La mano os daré, señora, y con eso me creeréis.
JACINTA.
Vos sois tal, que la daréis a trescientas en un hora.
GARCÍA.
Mal acreditado estoy con vos.
JACINTA.
Es justo castigo; porque mal puede conmigo tener crédito quien hoy dijo que era perulero siendo en la corte nacido; y siendo de ayer venido afirmó que ha un año entero que está en la corte; y habiendo esta tarde confesado que en Salamanca es casado, se está agora desdiciendo; y quien pasando en su cama toda la noche, contó que en el río la pasó haciendo fiesta a una dama.
TRISTÁN.
(_Aparte._) Todo se sabe.
GARCÍA.
Mi gloria, escuchadme, y os diré verdad pura; que ya sé en qué se yerra la historia. Por las demás cosas paso que son de poco momento, por tratar del casamiento, que es lo importante del caso. Si vos hubiérades sido causa de haber yo afirmado, Lucrecia, que soy casado, ¿será culpa haber mentido?
JACINTA.
¿Yo la causa?
GARCÍA.
Sí, señora.
JACINTA.
¿Cómo?
GARCÍA.
Decíroslo quiero.
JACINTA.
(_Aparte a Lucrecia._) Oye; que hará el embustero lindos enredos agora.
GARCÍA.
Mi padre llegó a tratarme de darme otra mujer hoy; pero yo, que vuestro soy, quise con eso excusarme; que mientras hacer espero con vuestra mano mis bodas, soy casado para todas, sólo para vos soltero. Y como vuestro papel llegó esforzando mi intento, al tratarme el casamiento, puse impedimento en él. Éste es el caso: mirad si esta mentira os admira, cuando ha dicho esta mentira de mi afición la verdad.
LUCRECIA.
(_Aparte._) ¿Mas si lo fuese?
JACINTA.
(_Aparte._) (¡Qué buena la trazó, y qué de repente!) ¿Pues cómo tan brevemente os pudo dar tanta pena? ¡Casi aun no visto me habeis, y ya os mostráis tan perdido! ¿Aun no me habeis conocido, y por mujer me queréis?
GARCÍA.
Hoy ví vuestra gran beldad la vez primera, señora; que el amor me obliga agora a deciros la verdad. Mas si la causa es divina, milagro el efeto es, que el dios niño, no con pies, sino con alas, camina. Decir que habeis menester tiempo vos para matar, fuera, Lucrecia, negar vuestro divino poder. Decís que sin conoceros estoy perdido. ¡Pluguiera a Dios que no os conociera, por hacer más en quereros! Bien os conozco: las partes sé bien que os dió la fortuna, que sin eclipse sois Luna, que sois Mendoza sin martes, que es difunta vuestra madre, que sois sola en vuestra casa, que de mil doblones pasa la renta de vuestro padre. Ved si estoy mal informado: ¡Ojalá, mi bien, que así lo estuviérades de mí!
LUCRECIA.
(_Aparte._) Casi me pone en cuidado.
JACINTA.
Pues Jacinta, ¿no es hermosa? ¿No es discreta, rica, y tal que puede el más principal desealla para esposa?
GARCÍA.
Es discreta, rica, y bella; mas a mí no me conviene.
JACINTA.
Pues decid, ¿qué falta tiene?
GARCÍA.
La mayor, que es no querella.
JACINTA.
Pues yo con ella os quería casar; que esa sola fué la intención con que os llamé.
GARCÍA.
Pues será vana porfía; que por haber intentado mi padre don Beltrán hoy lo mismo, he dicho que estoy en otra parte casado. Y si vos, señora mía, intentáis hablarme en ello, perdonad; que por no hacello, seré casado en Turquía. Esto es verdad, vive Dios, porque mi amor es de modo, que aborrezco aquello todo mi Lucrecia, que no es vos.
LUCRECIA.
(_Aparte._) ¡Ojalá!
JACINTA.
¡Que me tratéis con falsedad tan notoria! Decid: ¿no tenéis memoria, o vergüenza no tenéis? ¿Cómo, si hoy dijisteis vos a Jacinta que la amáis, agora me lo negáis?
GARCÍA.
¡Yo a Jacinta! Vive Dios, que sólo con vos he hablado desde que entré en el lugar.
JACINTA.
¡Hasta aquí pudo llegar el mentir desvergonzado! Si en lo mismo que yo ví os atrevéis a mentirme, ¿qué verdad podréis decirme? Idos con Dios, y de mí podéis desde aquí pensar, si otra vez os diere oido, que por divertirme ha sido; como quien para quitar el enfadoso fastidio de los negocios pesados, gasta los ratos sobrados en las fábulas de Ovidio.
(_Vase._)
GARCÍA.
Escuchad, Lucrecia hermosa.
LUCRECIA.
(_Aparte._) Confusa quedo.
(_Vase._)
GARCÍA.
Estoy loco. ¡Verdades valen tan poco!
TRISTÁN.
En la boca mentirosa.
GARCÍA.
¡Que haya dado en no creer cuanto digo!
TRISTÁN.
¿Qué te admiras, si en cuatro o cinco mentiras te ha acabado de coger? De aquí, si lo consideras, conocerás claramente, que quien en las burlas miente pierde el crédito en las veras.
ACTO TERCERO.
_Sala en la casa de don Sancho._
ESCENA PRIMERA.
CAMINO _con un papel_.--LUCRECIA.
CAMINO.
Éste me dió para tí, Tristán, de quien don García con justa causa confía lo mismo que tú de mí; que aunque su dicha es tan corta que sirve, es muy bien nacido: y de suerte ha encarecido lo que tu respuesta importa, que jura que don García está loco.
LUCRECIA.
¡Cosa extraña! ¿Es posible que me engaña quien de esta suerte porfía? El más firme enamorado se cansa, si no es querido, ¿y este puede ser fingido, tan constante y desdeñado?
CAMINO.
Yo al menos, si en las señales se conoce el corazón, ciertos juraré que son, por las que he visto, sus males; que quien tu calle pasea tan constante noche y día, quien tu espesa celosía tan atento brujulea, quien ve que de tu balcón, cuando él viene, te retiras, y ni te ve ni le miras, y está firme en tu afición; quien llora, quien desespera, quien porque contigo estoy me da dineros, que es hoy la señal más verdadera, yo me afirmo en que decir que miente, es gran desatino.
LUCRECIA.
Bien se echa de ver, que no le has visto mentir. ¡Pluguiera a Dios, fuera cierto su amor! que, a decir verdad, no tarde en mi voluntad hallaran sus ansias puerto, que sus encarecimientos, aunque no los he creído, por lo menos han podido despertar mis pensamientos; que dado que es necedad dar crédito al mentiroso, como el mentir no es forzoso, y puede decir verdad, oblígame la esperanza y el propio amor a creer que conmigo puede hacer en sus costumbres mudanza. Y así, por guardar mi honor si me engaña lisonjero, y si es su amor verdadero, porque es digno de mi amor, quiero andar tan advertida a los bienes y a los daños, que ni admita sus engaños, ni sus verdades despida.
CAMINO.
Dese parecer estoy.
LUCRECIA.
Pues dirásle que cruel rompí, sin vello, el papel; que esta respuesta le doy. Y luego tú de tu aljaba le dí que no desespere, y que si verme quisiere vaya esta tarde a la otava de la Madalena.
CAMINO.
Voy.
LUCRECIA.
Mi esperanza fundo en tí.
CAMINO.
No se perderá por mí, pues ves que Camino soy.
(_Vase._)
* * * * *
_Sala en casa de don Beltrán._
ESCENA II.
DON BELTRÁN, DON GARCÍA, TRISTÁN.
(_Don Beltrán saca una carta abierta y se la da a don García._)
BELTRÁN.
¿Habéis escrito, García?
GARCÍA.
Esta noche escribiré.
BELTRÁN.
Pues abierta os la daré, porque leyendo la mía, conforme a mi parecer a vuestro suegro escribáis; que determino que vais vos en persona a traer vuestra esposa, que es razón; porque pudiendo traella vos mismo, enviar por ella fuera poca estimación.
GARCÍA.
Es verdad; mas sin efeto será agora mi jornada.
BELTRÁN.
¿Por qué?
GARCÍA.
Porque está preñada; y hasta que un dichoso nieto te dé, no es bien arriesgar su persona en el camino.
BELTRÁN.
¡Jesús! Fuera desatino, estando así, caminar. Mas dime, ¿cómo hasta aquí no me lo has dicho, García?
GARCÍA.
Porque yo no lo sabía; y en la que ayer recebí de doña Sancha, me dice que es cierto el preñado ya.
BELTRÁN.
Si un nieto varón me da, hará mi vejez felice. Muestra, que añadir es bien
(_Tómale la carta que le había dado_)
cuánto con esto me alegro. Mas dí, ¿cuál es de tu suegro el propio nombre?
GARCÍA.
¿De quién?
BELTRÁN.
De tu suegro.
GARCÍA.
(_Aparte._) (Aquí me pierdo.) Don Diego.
BELTRÁN.
O yo me he engañado, u otras veces le has nombrado don Pedro.
GARCÍA.
También me acuerdo deso mismo; pero son suyos, señor, ambos nombres.
BELTRÁN.
¡Diego y Pedro!
GARCÍA.
No te asombres: que por una condición _don Diego_ se ha de llamar de su casa el sucesor. Llamábase mi señor _don Pedro_ antes de heredar, y como se puso luego _don Diego_, porque heredó, después acá se llamó ya _don Pedro_, ya _don Diego_.
BELTRÁN.
No es nueva esa condición en muchas casas de España. A escribirle voy.
(_Vase._)
ESCENA III.
DON GARCÍA, TRISTÁN.
TRISTÁN.
Extraña fué esta vez tu confusion.
GARCÍA.
¿Has entendido la historia?
TRISTÁN.
Y hubo bien en qué entender. El que miente ha menester gran ingenio y gran memoria.
GARCÍA.
Perdido me ví.
TRISTÁN.
Y en eso pararás al fin; señor.
GARCÍA.
Entretanto, de mi amor veré el bueno o mal suceso. ¿Qué hay de Lucrecia?
TRISTÁN.
Imagino, aunque de dura se precia; que has de vencer a Lucrecia sin la fuerza de Tarquino.
GARCÍA.