La transformación de las razas en América

Chapter 5

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"Usted me pregunta ¿cómo puedo ser feliz sin la esperanza de una vida futura? El niño que no piensa nunca en una vida futura encuentra, no obstante, los medios de ser feliz", dice Elisa Movory Bliven. Y los desgraciados niños a quienes se obliga a pensar en el diablo, el purgatorio y el infierno, tienen desde entonces y según la dosis del veneno, más o menos malogradas sus alegrías del presente por sus aprensiones y sus temores del más allá. "El peso de la muerte se alivia a cada generación, a medida que sus formas violentas, y sus terrores póstumos se atenúan, dice Maeterlinck. Lo que más tememos en ella es el dolor que la acompaña o la enfermedad que la precede. Pero ya no es la hora del juez irritado e incognoscible el objeto único y espantoso, el abismo de tinieblas y de castigos eternos. Nuestra moral ¿es menos alta y menos pura desde que es más desinteresada? ¿La humanidad ha perdido un sentimiento indispensable o precioso perdiendo un temor?"

LA ESCUELA RELIGIOSA

Por el contrario, la humanidad ha ganado inmensamente desde que empezó a convalecer del miedo al infierno que la hizo tan miserable, tan cruel, tan dura y tan implacable en el pasado.

La proporcionalidad del castigo con la falta, por ejemplo, ha empezado a ser desde el siglo último la regla en las leyes de la tierra, gracias al abogado Beccaria, y en la actualidad las personas de sentimientos morales refinados son ya capaces de comprender la monstruosa iniquidad de los tormentos eternos que sancionaron los iluminados por el Espíritu Santo para castigar en el otro mundo los errores de los hombres en éste.

El presidio perpetuo con tormentos vitalicios, que fue la pena común, hasta para muchas acciones que hoy consideramos como derecho corriente y perfecto del ciudadano, la ergástula está desapareciendo de la legislación de las naciones civilizadas, aun para los delitos monstruosos y la ergástula a perpetuidad para la segunda vida subsiste todavía en el código moral de la Iglesia medioeval, hasta para el mero cumplimiento de los deberes naturales, que ella considera crímenes si son realizados sin su licencia y sacramento cuando se practican con su intervención.

Es que la moral milenaria, la moral revelada a los hombres de una vez para siempre en la infancia de la civilización, no puede cambiar sin una nueva revelación que anularía a las precedentes, quitando a la Iglesia su única base posible: el origen divino y la infalibilidad, que es su corolalario, y en cambio, puede ser inoculada al hombre moderno en la infancia del entendimiento que corresponde a la infancia de la especie.

En ese momento crítico de la vida en que la curiosidad ingenua, sedienta e indiscriminativa, hace su primera provisión de explicaciones sobre los hechos y las cosas del mundo, y en que toda clase de supersticiones puede penetrar en la mente y arraigar, el hogar, el ambiente y la escuela tienen un rol de primera clase.

Y en esas circunstancias, el plan de la escuela religiosa es satisfacer la curiosidad natural del niño sobre los hechos y las cosas del universo que le rodea, con las explicaciones que los sabios antiguos, graduados en dilatados cursos de ayuno y meditación solitaria en los desiertos, en las cuevas, en las ruinas o en los claustros, pusieron en boca de los dioses de entonces, para darles una autoridad que ellos no tenían, a fin de exigir una aquiescencia absoluta, única manera posible de hacerlas eficaces en su tiempo, y el objeto de la escuela positiva es satisfacer esa misma curiosidad con los conocimientos positivos adquiridos por los sabios modernos en la investigación de la naturaleza con los métodos modernos, y sin exigir para ellos obediencia ni aquiescencia de ninguna clase, que el progreso de la inteligencia humana ha hecho innecesarias, desde que la verdad no trae ya de un supuesto mandato de los muertos, sino de su concordancia con la realidad, su fuerza de convicción sobre el entendimiento.

LA REVELACIÓN Y LA EVOLUCIÓN

La concepción judía que informa los dos testamentos, y según la cual la marcha de la humanidad es un proceso de decadencia apenas contenido, porque el hombre salió perfecto de las manos del creador y se deterioró a perpetuidad por el pecado original, la más diametralmente opuesta al concepto moderno de la evolución ascendente de la especie humana, fue un concepto común a todos los pueblos antiguos, el fruto natural del pesimismo resultante de la impotencia del hombre ante los males de la tierra y la omnipotencia de las leyes naturales, inconquistadas por la inteligencia humana.

Y en todas, el ideal consciente o subsconsciente fue la permanencia o el acercamiento al estado o condición en que el hombre estuvo en contacto con la sabiduría máxima de su respectivo Confucio o Salomón, o en comunicación con la divinidad misma por los respectivos profetas o apóstoles; todos vivían con el pensamiento en el pasado y confiando en el auxilio póstumo de los antepasados; todos entendían que los tiempos felices, los tiempos heroicos, los tiempos santos estaban detrás y no delante de la humanidad presente. Los estudios de los filósofos y de los teólogos--utopistas retrospectivos--la enseñanza en las escuelas, la predicación en los púlpitos, todo estaba orientado sobre la ansiada vuelta al pasado glorioso, o santo, o dichoso. La sabiduría era una fórmula verbal salida del pasado y del misterio.

Y así, el don capital de la especie humana: la posibilidad de mejorarse indefinidamente, quedaba siempre más o menos anulado por todas las doctrinas religiosas o filosóficas que entendían darle nueva vida, porque "toda teoría es gris, y el árbol de la vida es siempre verde", como dijo Goethe, porque el pensamiento humano es como el agua, que estancada se corrompe y en movimiento se purifica. Aunque haya caído del cielo en gotas cristalinas y oxigenadas, de la inmovilidad del charco o del pantano se enturbia, poblándose de inquilinos dañosos, de microbios, infusorios, larvas y guzarapos. Así las miriadas de mogigatos, sacristanes, legos, frailes, monjas, ermitaños, abates, canónigos, curas y obispos, sobrevenidos por generación espontánea de alimañas en el pensamiento cristiano, estancado desde el siglo III y corrompido en consecuencia inevitable, por los credos, los dogmas, las bulas, los breves y los cánones.

Es que el mal de todas las religiones está en su esencia misma, en que no pueden reverdecer constantemente como el árbol de la vida, reponiendo con hojas verdes las hojas secas y con nuevos retoños los troncos viejos; en que no puedan cambiar y caminar con el progreso del espíritu humano. Son un soplo de vida y acción, una llamarada de infinito que alumbra y deslumbra un momento, como lo hizo el mahometismo en los tiempos históricos, para caer después en un nuevo plan de oscuridad mental, de esterilidad espiritual y moral. La filosofía, la literatura y el arte griego viven aun, reincorporados a nuestro caudal intelectual. De las religiones egipcia, griega y romana que imperaron por tantos siglos, no queda nada, nada, si no es el lamentable fetichismo incorporado a las iglesias griega y latina, de las que tampoco quedará nada.

En la Europa y la América cristiana, como en la China, como en el África musulmana, el pasado espiritual primaba en absoluto sobre el presente; la palabra del "maestro", de los profetas y de los apóstoles era la última ratio del espíritu humano. Como el Cid, que ganó batallas después de muerto, San Juan Crisóstomo, San Agustín y Santo Tomás, han triunfado por muchos siglos en todas las controversias. En derecho, en medicina, en ciencias naturales, "lo que pensaron los sabios antiguos" hacía ley para los sabios modernos. Los más atrasados, vale decir, los más versados en el saber antiguo, eran los más calificados para enseñar el pasado al presente, y a ese título la Iglesia fue la institutriz universal.

Recién cuando en el siglo XIX la paleontología, la filología, la arqueología, etc., etc., pusieron en descubierto el enorme error de aquellas concepciones, demostrando que el hombre cuanto más antiguo había sido menos fuerte y menos sano, menos sabio y más bárbaro, surgió la teoría de la evolución ascendente y se empezó a concebir la perfección del hombre como un hecho del presente y del futuro, y el espíritu humano pudo transferir su orientación y sus objetivos del servicio de los muertos al servicio de los vivos, de los males que fueron a los males que son, del mundo de la nada al mundo de la vida, del estancamiento al progreso, del quietismo a la acción, del absolutismo a la libertad, de la tradición a la evolución, "trasladando el centro de gravedad intelectual y emocional de Dios a la humanidad", el inmenso acontecimiento que se está realizando en nuestros días, y que será el principio de una transformación universal más grande y más feliz que todas las que la han precedido en el curso del tiempo.

Por el momento estamos en el período de transición, con la escuela religiosa que, ayudada por la inercia intelectual que comportan 18 siglos de oscurantismo, en credulidad e ignorancia crónicas, educa a los niños para las verdades y las virtudes del pasado, y la escuela liberal que los educa para las posibilidades del presente en rumbo al porvenir; con escuela sectaria que cierra y la escuela positiva que reabre la curiosidad humana, esa benéfica hambre de saber y de inventar que nos da, en término medio, una maravilla por semana.

Entre nosotros, el progreso del liberalismo es bastante satisfactorio, si se considera que surgimos a la refulgente libertad moderna desde la miserable intelectualidad medioeval, tan celosamente preservada por los frailes en la España y en sus colonias; que aun no llevamos un siglo de vida independiente y que su primera mitad fue, fatalmente, la prolongación del terrorismo y del oscurantismo coloniales, que hicieron fracasar la temprana iniciativa liberal de Rivadavia, y proscribieron la ilustración clausurando las escuelas en la época de Rosas, después de la cual fueron reabiertas bajo la férula de los sacerdotes--beneficiarios en todas las épocas de salvajismo; que nuestra instrucción pública sólo es aproximadamente laica desde 1884; que hasta el setenta y tantos los internos de los recientes colegios nacionales solíamos tener que fugar, todavía, saltando las paredes del fondo para escapar a la confesión obligatoria en semana santa; que la humanidad no produce sino un educador en cada siglo, como dijo Emerson, y que recién empezamos a no echar de menos a Sarmiento en la dirección superior de la instrucción pública; que nuestra ley de matrimonio civil es de ayer y la estadística arroja, ya en nuestra gran capital dos tercios de matrimonios sin intervención del cura; que la casi totalidad de nuestros hombres maduros tuvieron fresco el entendimiento cuando estaban verdes y no se habían difundido aún, con los ferrocarriles y la prensa, las ideas y los sentimientos modernos, cada día más amplios en el amor a la verdad y a la humanidad, que inducen a las almas bien templadas a trabajar en este mundo de los vivientes para dejarlo a su partida mejor que lo encontraron a su llegada, a la inversa de ese mezquino sentimiento de los creyentes en la magia religiosa que los induce a dar y legar a las iglesias para el bien de su alma exclusivamente.

LAS ÚLTIMAS AURORAS

El siglo XIX es el punto de partida de una nueva era más preñada de beneficios para los hombres que la que se abrió con el sermón de la montaña; es el momento del tiempo en que los hombres más altamente civilizados empiezan a dejar de pedirle a Dios que los haga buenos y sabios y fuertes, para esforzarse en serlo por sí mismos; a desentenderse de los mundos imaginarios para sacar partido del mundo real, saliendo del redil de la revelación para conquistar la naturaleza, cambiando su punto de mira del pasado al porvenir, del fatalismo al determinismo, de la oración a la acción, del desalentado pesimismo al animoso optimismo, sueltas las alas del espíritu para explorar todos los horizontes sin pasaporte de la autoridad eclesiástica; emancipados de esa tonta piedad por los muertos que mantiene a los creyentes llorando estúpidamente sobre las miserias remediables del presente por las desgracias irremediables del remoto pasado, afligidos por los sufrimientos de Jesús, de los mártires y de todos los difuntos y perfectamente insensibles a los sufrimientos de los vivientes; esclavizando al prójimo para explotarlo en vez de apropiarse las fuerzas de la naturaleza para libertar los brazos del hombre, horadar las montañas, surcar los mares, canalizar los ríos, acortar las distancias y penetrar en las entrañas de las cosas para descubrir sus leyes, aislar los microbios, inventar los sueros y los anestésicos y descubrir la pedagogía y la psicología, la asepsia y la antisepsia, que les permitieran llegar a sus propias entrañas físicas y mentales, para extirparse las infecciones, los tumores, los cálculos y los quistes, los malos humores y las malas pasiones, en la plena seguridad de que haya o no haya Dios, el que haya hecho más bienes y menos males, el que haya sido más útil a los suyos y a los extraños, el que menos haya padecido de la ira del odio y más haya disfrutado del amor y la amistad, en una palabra, el que "haya sido una grande alma en este mundo, tendrá más probabilidades de ser una grande alma en cualquier otro mundo".

En el siglo XIX, en efecto, se ha librado la batalla decisiva entre los nuevos y los viejos ideales, que se baten ya en retirada. Los derechos del hombre están desalojando a los del sacerdote y del rey, la nobleza y el clero han perdido sus privilegios seculares, la dignificante solidaridad está sustituyéndose a la humillante caridad, ha tenido lugar la emancipación de los siervos y la liberación de los esclavos, y detrás de ellos el obrero socialista, no el obrero católico que se empeña en seguir siendo del cura, el obrero ha entrado a ser persona, con derecho de vivir, de pensar y de luchar por la emancipación económica, para el mejoramiento de su condición social por una más justa participación en los frutos de su trabajo. Y finalmente, la mujer, la hija y esclava espiritual del confesor--el secular intruso en el hogar católico--suegro suplementario en el matrimonio religioso, recuperando su personalidad, se incorpora, ella también, al movimiento emancipador de la raza humana subyugada por la Iglesia divina.

Entretanto, felices nosotros que podemos presenciar en estos momentos el crepúsculo de lo que fue y la aurora de lo que será. Dichosos nosotros que podemos pensar y decir sobre el futuro y el pasado lo que se nos venga a la mente, sin temor de que nos atormenten, nos quemen o nos destierren los ministros de Dios ofendido y enojado por ello, como lo hacían con nuestros abuelos, casi sin temor de que nos injurien, nos calumnien y nos persigan, como lo hacían con nuestros padres, los representantes oficiales del Dios de bondad.

Los que tienen motivos sobrados para estar quejosos, apenados y tristes no somos, ciertamente, los que tenemos la conciencia libre de terrores fantásticos y a nuestro alcance la ciencia, que es el poder de hacer milagros efectivos, sistema Edison, Röntgen, Marconi, etc., etc., sino los fabricantes de terrores y milagros imaginarios, los sacrificadores de la verdad humana a la verdad divina, los ayer omnipotentes fulminadores de las iras y de las venganzas del Todopoderoso, hoy expulsados como leprosos mentales de la nación más adelantada de la Europa, y sin poder defenderse, porque aquella arma formidable con que gobernaron al mundo hasta el siglo XVIII--la excomunión--está reducida por el progreso de la razón humana al modesto rol de carabina de Ambrosio.

EL PASADO Y EL FUTURO

Si un loco antihumanitario se echara hoy a buscar un medio de gravar a los hombres con el máximum de incapacidades, gastos, trabajos y penalidades, para el más inútil de los objetivos imaginables, seguramente no podría encontrar nada tan eficaz como las religiones reveladas "antes de la ciencia y la civilización", como dice A. France.

Por ese doble juego de gobiernos simultáneos, mancomunados y superpuestos sobre el pueblo, el temporal para las necesidades de este mundo, el espiritual para las necesidades del otro, nuestros antepasados treparon la cuesta de la vida con dos enormes pulpos sobre las espaldas, que les impedían desarrollarse y crecer, arrebatándoles todavía la mayor parte del mezquino fruto de sus amenguadas energías, en compensación del trabajo que se tomaban para coartarles el pensamiento--que es una forma del movimiento, como la electricidad, el magnetismo o la luz,--matarles el espíritu de iniciativa y tutearlos después que les habían tullido la capacidad de obrar y de conducirse solos.

Aprender de memoria el ininteligible catecismo--el librejo más lleno de absurdos y patrañas después del Corán--asistir obligatoriamente a todos los actos y ceremonias religiosas, diurnas y nocturnas, no pensar sin permiso del cura, ayunar, confesarse, comulgar, hacer penitencias, afligirse y llorar en los días y horas prefijados, obedecer a la campaña de la iglesia como las mulas al cencerro de la madrina, pagar a los sacerdotes los diezmos y primicias, fuera de los impuestos extraordinarios por milagros accidentales y por cada uno de los acontecimientos de la vida, desde el nacimiento hasta después de la muerte, en los funerales y los "cabos de años", todo bajo pena de excomunión, persecución, confiscación de bienes, y destierro o muerte. Comprar al príncipe el derecho de vivir sometido a todos sus caprichos y brutalidades, y el de trabajar bajo los reglamentos más estúpidamente antieconómicos, en el mejor de los casos--en el del hombre libre--eran ciertamente condiciones sociales, económicas y morales que hacían imposible la prosperidad del habitante y el progreso de la nación.

Sólo por la disminución del gobierno espiritual de la Iglesia y del gobierno temporal de los príncipes, y en la medida en que se lograban al influjo de la filosofía y de las ciencias renacientes, por explosiones sucesivas de los doblemente oprimidos y explotados, ha venido acrecentándose la capacidad humana por la vida humana.

Y como en los países protestantes disminuyó primero el gobierno eclesiástico por la secesión con el papado y la supresión de los milagros, la confesión, la comunión, las indulgencias y el óbolo de San Pedro, fue en ellos donde primero se acrecentó por la fe en la ayuda propia que sustituyó a la fe en el auxilio milagroso de los santos, la capacidad del individuo y la correlativa prosperidad de las naciones. Y como en España y en Italia fue más cargosa la tiranía eclesiástica, fueron también en ellas más agobiado el individuo y más empobrecida la comunidad por la Iglesia que había hecho de las sagradas escrituras no un faro sino un presidio de la inteligencia humana, un presidio sin aire y sin luz, al que los protestantes le pusieron con el libre examen, puertas y ventanas.

Cuando los romanos llegaron al Egipto, no pudo resistirles, porque los sacerdotes absorbían en este país la tercera parte de la riqueza nacional, para sus inútiles mojigangas. A su vez las exacciones del fisco romano, centuplicadas por la avaricia insaciable de los publicanos, habían destruido _in situ_ la fuerza del imperio, desde mucho antes de las invasiones de los bárbaros, y las explotaciones de la avaricia sacerdotal, reforzada por el Santo Oficio y los jesuítas, y admirablemente secundada por la imbecilidad de los reyes y de los ministros fanáticos, que expulsaron a los judíos y a los moros para hacer la unanimidad católica, convirtiendo al habitante en siervo de la Iglesia y a los 3|5 del territorio fértil en bienes de mano muerta, aniquilaron tan radicalmente la energía humana del imperio en que no se ponía el sol, que, sin empujones de afuera, se cayó de decadencia espontánea por debilidad intrínseca, como se están cayendo los pueblos musulmanes del presente.

Y como es natural que el remedio sea más grande donde es más grande el mal, según ocurrió en la revolución francesa, si los países latinos aventajaran a los anglosajones en desprenderse completamente de ese enervante y costoso gobierno de las conciencias por el Vaticano, como lo ha iniciado la Francia, recobrarían, en el futuro, el terreno perdido en el pasado.

Porque se puede prever, desde ahora, la universal superabundancia de capacidad humana para los problemas de la vida humana, que sobrevendrá cuando hayan desaparecido del todo, con la clase sacerdotal que los explota, los problemas de la vida futura, que hoy consumen todavía parte tan considerable de la energía humana en costosas ceremonias absolutamente inútiles y en afanes sobre el vacío para hallar las más diversas y disparatadas soluciones ilusorias de lo insoluble.

DIOS MEDIOEVAL Y DIOS MODERNO

El concepto de la glorificación de Dios por la anulación voluntaria del hombre, arrodillado ante su creador, de miedo a su creador, que es la idea madre subyacente en la ordenación católica del pensamiento humano, la que engendró el oscurantismo, el misticismo y el monasticismo sobre la abdicación de la razón, de la virilidad, de la voluntad y de la dignidad humanas, la que informa toda la conducta de la Iglesia en su guerra sin cuartel contra todos los progresos de la humanidad por iniciativa del hombre, ese principio fue el alma de las sociedades cristianas del pasado, fundadas sobre el derecho divino, fatalmente sectario, autoritario y absolutista.

El concepto de la glorificación del Creador por el engrandecimiento intelectual, moral y material de sus criaturas, fruto superior de la razón moderna, formada lenta y subrepticiamente por la filosofía moderna, sobre los restos del pensamiento griego salvado por los árabes del vandalismo cristiano de los primeros siglos de fe, este principio esencialmente afirmativo y constructivo, concorde con la ley de evolución, por el que el hombre marcha paralelo con las fuerzas de la naturaleza y fortalecido por ellas, como diría Emerson, tan diametralmente opuesto al principio esencialmente negativo e inactivo de la teología cristiana que se propone, como el paganismo, contrarrestar las energías de la naturaleza con la magia religiosa, esta dignificante y operante concepción de la vida, levadura del liberalismo y alma de la civilización moderna, fue adoptada y apadrinada desde su nacimiento por la franc-masonería, que se reconstituyó para propender al desenvolvimiento de la verdad, la justicia y la fraternidad, sobre los Derechos del Hombre, al fin proclamados netamente en la declaración de la independencia americana, y sobre las ruinas de la Bastilla, en el último tercio del siglo XVIII.

Hay, pues, una oposición fundamental, perfectamente caracterizada desde 1864 por el Syllabus de Pío IX, entre la manera cómo entienden concurrir al progreso los albañiles del templo de la justicia, que, prescindiendo de las diferencias de raza, nacionalidad, color, condición social y opinión política o religiosa, trabajan para ensanchar la libertad, la igualdad y la fraternidad humanas, y la manera cómo entienden servir a Dios los hombres y las mujeres que renuncian al esfuerzo, al pensamiento y la acción, y se confinan en la pasividad y la esterilidad voluntarias de la oración, la penitencia y la humillación, en este mundo de los vivos, para ser recompensados en el de los muertos.

LA SOCIEDAD PRESENTE Y LA FUTURA

En estas sociedades que descansan, todavía, sobre el lujo y la miseria, sobre la ociosidad de los unos y el trabajo de los otros, lo que los padres quieren procurar a sus hijos no es la capacidad para producir, sino la capacidad para disipar, la posibilidad de disfrutar sin producir, en una palabra: la riqueza. Y lo que hombres y mujeres buscan principal o secundariamente en el matrimonio, es la dote inmediata o la herencia en perspectiva.