La transformación de las razas en América

Chapter 10

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Hallándose lejos y aisladas de todas las corrientes de la civilización antigua, y hasta que fueron puestas en contacto con ellas por la conquista romana, no entraron en la vía del progreso las poblaciones autóctonas de la Gran Bretaña, y hallándose las tribus helénicas en contacto con los egipcios y fenicios, y al mismo tiempo en aislamiento relativo por el Mediterráneo, que les permitía importar su cultura para implantarla y cultivarla en el propio suelo, bajo las propias instituciones políticas, tan semejantes a las teutónicas, en opinión de Freeman, como si procedieran de un origen común; en una situación excepcionalmente ventajosa para defenderse de los extraños y apropiarse sus adelantos, los griegos espigaron en los dominios ajenos, seleccionando los materiales existentes, para formar una nueva cultura superior a todas las concurrentes, que sus proscriptos, sus mercaderes y sus colonos llevaron al Archipiélago, a Italia, a Cartago y a Marsella, al Epiro y a la Macedonia, y los soldados de Alejandro al Asia y al Egipto.

Empezando con una organización política, social y militar que superaba en mucho a las ventajas de la situación geográfica de la Grecia, y beneficiados con sus progresos intelectuales, los romanos la subyugaron porque les había cedido su superioridad sin adquirir la de ellos, y adueñada de las más altas conquistas del entendimiento humano, Roma conquista en seguida todos los países circundantes, y se queda señora del mundo antiguo, colindando con la plena barbarie en todos los rumbos.

Se ha dicho que "ser el mejor entre los presentes es la manera más segura de empeorar", y, en efecto, el individuo se encuentra entonces en la situación de un cuerpo de elevada temperatura en medio de otros que la tienen baja. Cediéndole calor o cultura, y no recibiendo de ellos sino lo inverso, el enfriamiento o la incultura, no hace más que levantar la ajena, si acaso, y rebajar la propia. Es la conocida influencia del ambiente, particularmente notoria en el individuo de la ciudad que se hace campechano residiendo en el campo, y la del campesino que se urbaniza residiendo en la ciudad, la del maestro de escuela que, dando y no recibiendo instrucción, se embrutece en la noble y fecunda tarea de "desasnar a las gentes", pues, como el domador de bestias a quien algo se le pega siempre de las bestias, como el barrendero que se ensucia limpiando las calles, a fuerza de transmitir saber a los que no lo tienen, suele agotarse hasta quedar "ignorant comme un maître d'école", a menos de reponerse constantemente por el libro, las revistas y los periódicos, que desempeñan en nuestros días el oficio de las vestales antiguas, manteniendo inextinguible la actividad mental, que es el fuego sagrado de la civilización liberal.

La cultura moral depende, también, del ejercicio de la generosidad, el amor, la simpatía, la benevolencia, la ecuanimidad, la dulzura, la consideración para los padecimientos de los otros; que hacen el cultivo de las células o de las conexiones correspondientes en los órganos respectivos, y en la propagación del Evangelio por el sable, sin lástima para los sufrimientos de los herejes, los españoles la perdieron también para los de los fieles, y así nació la famosa crueldad, que conocieron y aprendieron los Países Bajos, la Italia y la América en ocasión de la conquista, la colonización y la emancipación. El trato de la ruda, y grosera tropa de antaño, en la vida de frontera y en la guerra contra los salvajes, rebajaba visiblemente la cultura de los oficiales, es del negro trato de los negros que proceden las peores grietas o depresiones morales de los norteamericanos, y ninguna profesión, ni la de carnicero, ha llegado nunca a degradar tan monstruosamente el carácter humano, como el Santo Oficio de la Inquisición.

Es que las agrupaciones humanas sacan su cultura del comercio intelectual, como los individuos educándose recíprocamente, y así cuando los romanos no tuvieron de dónde sacar o de quién adquirir nuevos instrumentos de cultura, teniendo de sobra en quienes degradar la propia, con los sesenta millones de bárbaros, incorporados a la sociedad romana como esclavos, y que, por lo pronto, redujeron a la mayoría de los hombres libres a la miserable condición de siervos o de clientes de los ricos, gobernando a los peores que ellos rebajaron su capacidad de gobernarse, en las circunstancias mismas en que una variación intelectual, de origen interno, empezaba a cambiar la orientación política que subordinaba el individuo al "servicio del Estado", por la ordenación teológica que lo subordinó al "servicio de Dios", sobre el mismo o a un mayor desconocimiento de lo que hoy llamamos los "derechos del hombre", más particularmente acentuado sobre esa vasta provincia de jurisdicción eclesiástica, que ha costado tanta sangre, lágrimas, atraso y miseria, y que, por ello precisamente, nuestra constitución declara "reservada a Dios y exenta de la autoridad de los magistrados".

Con la transferencia operada por Constantino, de la protección oficial y de las rentas y bienes del antiguo culto al nuevo, el cristianismo, cuya más genuina y completa forma es la perfecta esterilidad del misticismo, desaloja al helenismo y al filosofismo, y determina, efectivamente, una nueva actividad intelectual, de carácter especial, inhibitoria de toda otra, como el islamismo, que surge, más tarde, de la misma cepa judía, y también para secar o esterilizar como ésta y aquélla la fuente de que han brotado, a fin de quedar en la situación privilegiada del hijo único del entendimiento, monopolizando todas las facultades y las afecciones, heredero universal de los bienes, los mimos y los honores en la persona de sus tanto más celosos guardianes y adherentes; unicato intelectual que la revelación cristiana conserva hasta los tiempos modernos y la musulmana hasta el presente.

La uniformidad intelectual que estancó la actividad mental de los árabes en el apogeo de su grandeza, por la reducción a un común denominador, resultante de la circunscripción del pensamiento a una revelación inampleable, pesó también sobre los cristianos durante los diez siglos en que estuvieron obligados a la pasividad del creyente forzoso en otra revelación infranqueable, y que se caracterizaron por la más desesperante esterilidad, en todos los terrenos en que ha realizado adelantos portentosos el entendimiento moderno que pasó las fronteras del entendimiento antiguo; no franqueadas aún por los abisinios, los maronitas, los armenios, la inmensa mayoría de los rusos, más de la mitad de los españoles y los tres cuartos de los sudamericanos, todavía encerrados por la credulidad en el redil de la fe, mientras fuera de ella, el espíritu crítico ha logrado ya crear una fuente de renovación intelectual inagotable, cuya superioridad proviene, precisamente, de la circunstancia a que Brunetière atribuía su supuesta bancarrota: de su incapacidad para cerrar en ninguna dirección los horizontes del espíritu humano con una explicación definitiva e infranqueable.

Justamente, el impulso de la variación intelectual introducida por Mahoma, sacó a los árabes de las supersticiones del tiempo de Abraham, en las que estaban enquistados, y los llevó aún más arriba que los mismos cristianos que, en cierta época, tenían que ir a las universidades de Córdoba, Fez y Bagdad, para aprender lo que todavía se ignoraba en las suyas.

Pero, una vez pasados los efectos de la novedad, como decimos hoy, agotado y aquietado el sacudimiento intelectual producido por la nueva doctrina, con la conversión de los infieles a la nueva fe, en la que volvieron a enquistarse, sintiendo, pensando y obrando todos de la misma manera, a impulso de las mismas pasiones y las mismas esperanzas, siendo todos iguales por los componentes del espíritu, aunque diferentes por la condición social, como los diferentes ejemplares de un mismo libro en distinta encuadernación, rústica, media pasta, tela, pasta o cuero, con o sin cantos dorados, el comercio intelectual en el trato mutuo, quedó reducido a la confirmación recíproca de las supersticiones comunes, que así recalentadas se conservan en la tensión de fanatismo indurado, efecto que alcanzan en nuestros días los sacerdotes católicos con las misiones, las cofradías y las hermandades, y los protestantes con sus _revivals_.

En el fondo, fue una reedición sobre el Corán, de lo que los judíos habían realizado sobre el Talmud y los cristianos sobre la Biblia, crucificando a todos los que se atrevían a mirar el mundo sin las anteojeras confeccionadas por los respectivos profetas, para suprimir la originalidad, que es la fuente de diferenciación que origina el progreso. Y así, cuando Newton, viendo caer una manzana madura, vio en ello un motivo diferente de la voluntad de Dios, "se le acusó, dice White, de haber quitado a Dios la acción directa sobre su obra que le atribuye la Escritura, para transferirla a un mecanismo material y substituir la gravitación a la Providencia."

Como el Maestro había dicho: "buscad primeramente el amor de Dios y todo lo demás vendrá de yapa" el procedimiento cristiano del progreso consistía en llegar a la ciencia por la vía de la inocencia, haciendo la extirpación del pecado y la absoluta sumisión al Todopoderoso, para que, cesando el trabajo impuesto como pena a la desobediencia del primer hombre, y degradante por ello, el pan viniera del cielo, como el maná, y la sensatez bajara de las nubes, en forma de bendiciones del Altísimo. Con la idea de la redención de los pecados de los hombres por el sacrificio de un Dios, y de la expiación de la maldad por el sufrimiento y la oración, junto con la suposición de que los muertos están en mayores necesidades que los vivos, mereciendo, por lo tanto, más atenciones, la Iglesia buscaba en el cielo todo lo que la inteligencia humana viene encontrando en el suelo, por medio del pensamiento rehabilitado y del trabajo ennoblecido.

Y sobre ese plan, la maestra universal de cultura religiosa para las poblaciones semibárbaras de la Europa, a la caída del imperio romano, cegando todas las fuentes de nuevo pensamiento y los manantiales del antiguo, negándose a aprender nada en la ciega convicción de saberlo todo, confinada en el aislamiento intelectual de su propia doctrina, estancó en el culto de los muertos la cultura europea, y al influjo persistente del remanente de ignorancia y de barbarie correspondiente a la ausencia de las demás formas de cultura que ella misma había impedido, llevando en el pecado la penitencia, llegó a ser el más bárbaro de los poderes de Europa.

Y como la cultura musulmana no se había detenido aún en el choque de estas dos civilizaciones unilaterales, por la disputa del Santo Sepulcro, pudo verse que, en ferocidad y crueldad inútiles, los caudillos cristianos eclipsaron a los mahometanos, como los rusos a los japoneses en nuestros días.

Finalmente, en cuatro o cinco siglos más de suministrar alimento intelectual de una sola especie y sin permitir el cultivo de las otras especies, flagelando por piedad a la impiedad, al sobrevenir las incidencias intestinas de la Reforma, la maestra de cultura que durante diez siglos había enseñado mucho y no aprendido nada, aparece en un grado de barbarie intrínseca, no alcanzado en los tiempos antiguos y que empieza a ser motivo de asombro para las generaciones posteriores, que no pueden ya explicarse o entender a los vicarios del Redentor haciendo quemar vivos a los hombres y a las mujeres más virtuosos, desde Bruno hasta Juana de Arco, y abriendo de antemano y de par en par la _Porta Coelum_ a los que se alistasen en las bandas de forajidos devotos para torturar hombres, mujeres y niños cristianos de distintas cofradías _ad mayorem Dey gloriam_.

La caridad y la crueldad, la piedad y la inhumanidad son hermanos gemelos en el Talmud, en la Biblia y en el Corán. La moral cristiana, orientada sobre el servicio de Dios, sólo podía mejorar a los hombres de ese lado, empeorándolos necesariamente del otro. Imponiéndoles el amor a Dios, a sus ministros y a sus partidarios y el odio a sus enemigos, era una fuente de bondad y de maldad a la vez, y, naturalmente más eficaz en lo segundo que en lo primero, perfeccionó los métodos y los instrumentos de martirio, creó el purgatorio y el infierno para torturar a los muertos y afligir a los vivos, y derramó a torrentes la sangre judía, la mahometana y la cristiana también, por meras diferencias en la interpretación de los textos o en la práctica de los ritos sagrados. Y el _humanismo_, que había tenido tan altos exponentes en Epicteto y Marco Aurelio, restringido a los correligionarios, vino a ser substituido por el _sectarismo_.

Como sus beneficios debían realizarse en el reino de los cielos, el objetivo de la moral cristiana era el mejoramiento de los hombres para la vida futura, y con la sumisión de los reyes, los nobles, los villanos, los siervos y los esclavos, los malvados y los locos, a la ley de Dios y a los mandamientos de la Iglesia, quedaba cumplida su misión sobrenatural aquí abajo.

Y reducida la ciencia cristiana a la explicación de los hechos y de las cosas del mundo, por los textos sagrados y por la voluntad de Dios, ningún progreso era posible a menos de ocurrir un cambio, y ningún cambio era posible a menos de salir de ese callejón espiritual. Los primeros que lo intentaron fueron obligados a volver a la Escritura, como Galileo, o excluidos de la sociedad cristiana, terrible cosa en un principio, porque importaba la pérdida de todos los beneficios sociales, y que se ha vuelto innocua desde que ha llegado a ser más apetecible la sociedad de los excomulgados que la de los comulgados.

De todos modos, una nueva levadura de pensamiento se había incorporado al espíritu humano y el proceso de expansión mental, por ella iniciado tuvo que dirigirse a ensanchar la casa espiritual para alojar en ella a la nueva prole porque, fuera de ella, la vida era imposible. A esta necesidad respondió la secesión del protestantismo, rebelado contra la venta de indulgencias y la tiranía papal, y a la misma responde actualmente el _modernismo católico_, que encuentra en el Syllabus y en el Index un _corset_ demasiado estrecho para su corpulencia, y que Pío X ha condenado, felizmente, pues, como el protestantismo, valdría sólo para retardar la emancipación de los que, no cabiendo ya con su bagaje mental dentro de los credos tradicionales, emigran del estrecho, obscuro y terrorífico hogar materno hacia los vastos, fecundos y luminosos dominios del libre pensamiento, como el ave que, una vez completadas sus alas, deja el nido y se lanza al espacio y al sol.

Y desde mucho antes de que estuviera construido el racionalismo--la nueva casa espiritual de la humanidad--se había venido diseñando una nueva moral, tendiente a poner las capacidades del hombre "al servicio del hombre", para la vida presente. No al servicio de "Dios y la Patria", como en las monarquías europeas; no al de "Dio e Popolo", como en el programa semirreaccionario de Mazzini, sino "con el objeto de formar una unión más perfecta, establecer la justicia, consolidar la paz doméstica, proveer a la defensa común y asegurar los beneficios de la libertad para todos", como lo expresa por primera vez el preámbulo de la constitución de la libre América, sin invocar la protección de nadie, para no quedarle obligado.

Y al creciente influjo de la moral para este mundo, los deberes del creyente contra los enemigos de Dios empezaron a enfriarse y a ser cada vez más impracticables, cayendo en desuso, progresivamente, la hoguera para quemar brujas y purificar herejes, la cámara de tortura para arrancar confesiones y delaciones, la condenación sin pruebas en los delitos contra Dios, los _in pace_, las galeras y las _lettres_ de cachet, hasta llegar a la tolerancia impuesta por los poderes humanos a los divinos, y continuar después con la libertad de conciencia, por la supresión de la censura eclesiástica, la secularización de los cementerios, del nacimiento, del matrimonio y de la enseñanza.

El progreso social, indiferente a la moral revelada que se propone el bienestar en el otro mundo por la abstinencia del bienestar en este mundo, es particularmente interesante a la moral humana, que se propone casi exactamente lo contrario, por cuya razón viene haciendo cesar progresivamente las iniquidades que aquélla había consentido o creado: la esclavitud, la servidumbre, los fueros, los diezmos y primicias, los privilegios hereditarios, el despotismo sacerdotal y el derecho divino, y levantando en su lugar el derecho y la justicia humanos que han obligado a los reyes a complementar la fórmula cristiana del poder: "por la gracia de Dios", con la fórmula racionalista: "por la voluntad del pueblo" y a las iglesias cristianas a ensanchar con un poco de ese "bienestar material", que el fundador consideraba incompatible con la "dicha celestial", el viejo programa de "bienestar espiritual", que es por lo menos igual en todas las religiones, desde que proviene de creerse, por la posesión de la verdad, en el camino de la salvación, mientras los demás están por la del error en la vía de la perdición, motivo de que todos los creyentes se sientan impulsados por la piedad a propagar sus propias creencias y a suprimir las ajenas, aunque sea matando, si pueden, a los que las profesan, pues lo propio de las religiones, dice Hubbard, es que "todos las consideran absurdas, salvo el que las cree"; seudo bienestar que por tantos siglos fue igualmente suficiente para cristianos, judíos y musulmanes, y que se torna insuficiente para los primeros en la medida en que el ejercicio creciente de la razón disminuye la credulidad y ensancha la sensatez humana.

Y cuando en el curso de la lucha secular del pueblo inglés para resguardar las personas y los bienes contra los abusos y las usurpaciones de los reyes, se llegó a establecer que "la casa del hombre es sagrada pudiendo entrar en ella el viento y la lluvia pero nunca el rey", empezó a destacarse una nueva inteligencia de las cosas, distinta de la que había creado ese carácter exclusivamente para "la casa de Dios" y para sus ministros y sus bienes, exentos de la jurisdicción y de las cargas comunes; tan distinta que viene precisamente subordinando la casa, los bienes y los ministros del Señor a la ley común, por la supresión de los derechos de asilo, de justicia propia, y de exención de impuestos y de cargas públicas, hasta someter a las mismas personas sagradas al servicio militar obligatorio; la inteligencia de la cosas humanas que, prescindiendo de las cosas divinas, ha hecho la inviolabilidad del domicilio, de la persona y de los bienes para todos los hombres, aunque sean herejes, incrédulos o extranjeros, y transferido las inmunidades personales de los representantes de Dios a los representantes del pueblo; y gracias a la cual "se ha vuelto repugnante a la humanidad el dogma de los castigos eternos que fue predicado por cerca de 2.000 años".

Donde el nuevo factor de capacidad humana y de amortización de las restantes formas de barbarie no pudo surgir o prosperar, no fueron éstas disminuidas por las formas correlativas de cultura, ni aquélla fue acrecentada, y el siglo de la libertad y de las luces, encontró sin ellas a la Rusia, el Austria, la España y la América española, rezagadas en la cultura y en la barbarie específicas de la Edad Media.

Mientras imperaron exclusivamente las civilizaciones cristiana y mahometana en el Mediterráneo, los constructores de iglesias y los constructores de mezquitas se equivalieron en capacidad y en moralidad, y se contrapesaron por espacio de más de ocho siglos en poder militar y naval, pero cuando fueron reencontrados los instrumentos perdidos de la cultura grecorromana, nuevas vías quedaron abiertas por ellos a la intelectualidad europea, que empezó a desviarse paulatinamente del canal teológico en que estaba encauzada, y por el Renacimiento artístico y literario, extendido progresivamente a la astronomía, la alquimia, la filosofía, la política, las matemáticas, la geografía, la historia, la pedagogía, las ciencias naturales y las ciencias sociales, se llegó poco a poco, después de quince siglos de concentración del pensamiento europeo sobre la revelación cristiana, con desperdicio de todas las aptitudes excluidas, a esta polifurcación de la energía mental, que permite el aprovechamiento de todas las capacidades y que llamamos la _civilización moderna_. Y a medida que al lado de la civilización supernaturalista que descansa sobre el poder de la oración y de las reliquias, nacía y crecía la civilización naturalista que descansa sobre el poder de los métodos y de las máquinas, mientras al mismo tiempo las naciones musulmanas quedaban rezagadas en la pura civilización religiosa, y sin venir a menos, sólo por quedarse hoy donde estaban ayer, venían siendo cada vez más impotentes contra la fuerza, la riqueza y la salud crecientes, de sus iguales de antaño, engrandecidas por las maravillosas revelaciones de la ciencia humana que han excedido en realidades a todas las fantasías de los cuentos orientales.

Y con las ideas y las invenciones que aumentan día por día el caudal objetivo de la humanidad; con éstas y con las escuelas que más particularmente aumentan el caudal subjetivo; con la prensa, el telégrafo, el correo, los ferrocarriles y los vapores que facilitan la difusión de entrambos, la diferencia de condiciones entre los que aprovechan y los que repudian su parte de beneficios en las materias de utilidad común, crece en proporción geométrica, a favor de los primeros y en contra de los últimos.

En resumen: en la moral pagana, cuyo fin era la glorificación del Estado bajo la angustia permanente del peligro exterior, el individuo tenía obligaciones en favor del Estado pero no tenía derechos contra el Estado; en la moral cristiana, que tiene por fin la glorificación de Dios, de su hijo y de la madre de éste, el individuo tiene obligaciones para con Dios y sus allegados, pero no tiene derechos contra Dios, ni siquiera contra sus representantes y delegados, pues, como lo dijo San Pablo, ningún descendiente de la arcilla tiene el derecho de quejarse contra el Supremo Alfarero, que fue dueño absoluto de hacer del mismo barro un vaso de honor o un vaso de noche. Y por último, en la moral que ha proclamado los derechos del hombre y que tiene por fin el bienestar de la especie humana, el individuo tiene deberes para el Estado y derechos contra el Estado.

EL DIABLO EN AMÉRICA

La Argentina de la época de Rosas y la del presente, son dos países tan distintos como la Turquía y la Francia contemporáneas. Vélez Sársfield, que vivió en la primera, nos la ha esbozado en dos pinceladas: "Un caudillo mayor trae a otros caudillos a su jurisdicción y los cuelga en las plazas públicas. Establece entonces un sistema de tal esclavitud en aquellos pueblos soberanos, que los más altivos gobernadores sirven apenas para verdugos... Se vivía entre pavores, y cuando sonaba un cañonazo en Palermo, los hombres que recorrían las calles de esta ciudad se paraban temblando, como si fueran un peso inútil sobre la tierra".