La Tierra de Todos

Part 8

Chapter 8 3,786 words Public domain Markdown

--Y es inútil--continuó Robledo--querer levantar á estos vagabundos. Se les limpia, se les proporciona una existencia mejor, se les sermonea para que beban menos y recobren sus facultades de hombres inteligentes. Cuando ya están repuestos y parecen felices, se presentan una mañana con el saco al hombro: «Me voy, patrón; arrégleme la cuenta.» Nada se consigue haciéndoles preguntas. Están contentos, no tienen de qué quejarse, pero se van. Apenas se sienten bien, el demonio que los empuja para que rueden por la tierra entera vuelve á acordarse de ellos. Saben que más allá de la línea del horizonte se levantan los Andes, y detrás de la cordillera de los Andes está Chile, y después la inmensidad del Pacífico con sus numerosas islas, y todavía más lejos, los interesantes países del macizo asiático... Sienten el tirón de su manía ambulatoria que despierta. «Vamos á ver todo eso.» Y se echan la «lingera» al hombro, para volver á sufrir hambres y fatigas, para morir en un hospital ó abandonados en un desierto... Y cuando no mueren y pueden seguir marchando detrás de la Ilusión que revolotea junto á sus ojos, vuelven por segunda vez á este país; pero es después de haber dado la vuelta entera á la tierra.

Algunas noches los dos ingenieros hablaban de su propia existencia. Watson tenía poco que contar. Educado en California, había empezado su vida profesional en las minas de plata de Méjico, donde aprendió el español, continuándola después en las del Perú. Finalmente había pasado á Buenos Aires, conociendo en esta ciudad á Robledo y asociándose á él para la empresa de Río Negro.

El español no gustaba de recordar su existencia antes de establecerse en la Argentina. Había intervenido en revoluciones que despreciaba, mezclándose en ellas únicamente por una necesidad de acción. Había emprendido también prodigiosos negocios, viéndose al final engañado y robado, unas veces por sus compañeros, otras por los gobiernos. Rudos vaivenes de fortuna le habían hecho pasar de una abundancia absurda á una miseria de vagabundo. Pero evitaba hablar de sus aventuras en otros países y sus relatos eran siempre sobre la vida que había llevado en Patagonia.

No podía olvidar un horrible sed sufrida en aquella altiplanicie que empezaba al borde de la cortadura del río Negro, extendiéndose hasta el estrecho de Magallanes. Fué cuando renunció á servir al gobierno argentino, lanzándose como ingeniero particular á la exploración de estas tierras solitarias, en busca de un buen negocio. Para evitarse gastos había emprendido la travesía del desierto con un sólo peón indígena y una tropilla de seis caballos del país, capaces de alimentarse con lo que encontrasen, sufridos animales que se iban relevando en la tarea de llevar sobre sus lomos á los dos viajeros.

Contaba Robledo con el auxilio de un plano hecho por otros exploradores, en el cual se marcaban las «aguadas», únicos lugares donde los expedicionarios podían detenerse.

Los años anteriores habían sido de gran sequía. Al llegar á un pozo encontró que el líquido era extremadamente salobre. Él estaba acostumbrado al agua de sal, que por un optimismo de los viajeros del desierto figura como agua potable; pero la de este pozo resultaba inadmisible para su estómago y el del mestizo acompañante.

Continuaron su marcha, confiando en la aguada que encontrarían al día siguiente. Este pozo no tenía agua salobre, pero era porque estaba completamente seco... Y se habían visto obligados á seguir avanzando á través de una llanura siempre inmensa, siempre igual, guiándose por la brújula y sufriendo una sed de náufragos, que les hacía marchar con la boca jadeante, los ojos desorbitados y una expresión de locura en ellos.

Por respeto á Elena, aludía Robledo voladamente á los recursos de que se habían valido el mestizo y él para no perecer, bebiendo sus propios líquidos renales y los de sus caballos.

--Una manía atormentadora se apoderó de mí. Intenté recordar todas las veces que me habían invitado á beber en un café sin que yo quisiera admitir el líquido que me ofrecían: cerveza, aguas gaseosas, helados. Hacía memoria, igualmente, de todas las fiestas á que había asistido pasando con indiferencia ante una gran mesa llena de jarros y botellas... Y yo me decía, perturbado por la fiebre, sin dejar de marchar: «Si entonces hubieses tomado todos los _bocks_ de cerveza, todos los refrescos gaseosos, todos los helados que te ofrecieron y tú despreciaste, tendrías ahora en tu cuerpo una reserva líquida importante, pudiendo resistir mejor la sed.» Y este cálculo absurdo me atormentaba como un remordimiento, hasta el punto de sentir deseos de abofetearme por mi torpeza.

Robledo acababa describiendo su arribo--cuando los caballos ya no podían avanzar más--á un pozo de agua salobre, que fué el más delicioso de los líquidos bebidos en toda su existencia... Y al final de este viaje no encontró nada. Los datos que le habían hecho creer en un gran negocio eran equivocados. Así había que ir á la conquista de la fortuna en América, cuando se llegaba á ella con medio siglo de retraso y todos los terrenos ricos, de fácil explotación, estaban ya ocupados, quedando únicamente los remotos y ásperos, que, algunas veces, representaban la ruina y la muerte.

--De todos modos--continuó--, los hombres seguirán viniendo á este rincón del mundo. Aquí vive para ellos la esperanza, sin la cual resulta intolerable la existencia... No hay más que hacer memoria de nuestro origen: usted es rusa, Federico italiano, Watson de los Estados Unidos, yo español. Fíjese también en la procedencia de nuestros habituales visitantes: cada uno es de una nacionalidad distinta. Lo que yo digo: ésta es la tierra de todos.

La casa de los dos ingenieros era visitada diariamente, después de la cena, por los más grandes personajes del campamento. El primero en presentarse era Canterac, con sus ropas de corte militar, pero se notaba en su persona mayor acicalamiento que antes de la llegada de los Torrebianca. Luego venía Moreno, mostrando cierta turbación emotiva al saludar á Elena, enredándose la lengua y pronunciando balbuceos, en vez de palabras. Finalmente llegaba Pirovani, con un traje nuevo cada dos noches y llevando algún obsequio á la señora de la casa.

Canterac reía de él por lo bajo, afirmando que había frotado largamente sus sortijas, su cadena de reloj y hasta los gemelos de sus puños, antes de salir del _bengalow_, para deslumbrarlos á todos con su brillo.

Una noche se presentó Pirovani vistiendo un traje de colores detonantes que acababa de recibir de Bahía Blanca, y con un manojo de rosas enormes.

--Me las han traído hoy de Buenos Aires, señora marquesa, y me apresuro á entregárselas.

Canterac miró al italiano hostilmente, y dijo por lo bajo á Robledo:

--Mentira; las ha encargado por telégrafo, según afirma Moreno, que lo sabe todo. Esta tarde envió un hombre á todo galope á la estación, para traerlas á tiempo.

La criada mestiza, ayudada por los dos muchachos, quitaba la mesa, y la habitación con tabiques de madera iba tomando el mismo aire que si Elena diese una fiesta. Los tres visitantes, al hablarla, repetían con cierto arrobamiento la palabra «marquesa», como si les llenase de orgullo verse amigos de una mujer de tan alta clase.

Elena no ocultaba cierta predilección por Canterac. Los dos habían vivido en París, en mundos distintos, aunque muy próximos. No se habían encontrado nunca, pero acababan por recordar ciertas amistades que les eran comunes.

Mientras ellos hablaban, Moreno fumaba resignadamente, cruzando algunas palabras con Watson, y Pirovani conversaba con Robledo y Torrebianca. El italiano no prestaba gran atención á sus propias palabras, espiando con ojos inquietos á la «señora marquesa» y su acompañante.

La tertulia cambió totalmente de aspecto después que Pirovani se presentó con sus rosas.

En la noche siguiente estaban los cuatro sentados á la mesa y más silenciosos que otras veces. Elena se había puesto para la cena uno de sus trajes más vistosos, que hasta resultaba algo audaz allá en París. Los tres ingenieros guardaban aún sus ropas de campo y parecían cansadísimos del trabajo de la jornada. Robledo bostezó repetidas veces, haciendo esfuerzos para mantenerse despierto. El marqués se había adormecido en su silla, dando ligeras cabezadas. Elena miraba fijamente á Ricardo, como si no lo hubiese visto bien hasta entonces, y él evitaba el encuentro con sus ojos.

Entró Pirovani llevando un gran paquete y vistiendo otro traje nuevo, cuadriculado de diversos colores, como la piel de un reptil.

--Señora marquesa: un amigo mío de Buenos Aires me ha enviado estos caramelos. Permítame usted que se los regale. También van en el paquete unos cigarrillos egipcios...

Elena miró risueñamente el nuevo traje del contratista, agradeciendo al mismo tiempo su regalo con remilgos y coqueterías.

A continuación se presentó Moreno luciendo zapatos de charol, chaqué de largos faldones y sombrero duro, lo mismo que si estuviera en la capital y fuese á visitar al ministro.

Robledo, que se había despabilado, mostró una admiración irónica.

--¡Qué elegante!...

--Tuve miedo--contestó el oficinista--de que el chaqué se me apolillase en el cofre, y lo he sacado á tomar el aire.

Después se acercó con timidez á Elena. «¡Buenas noches, señora marquesa!» Y le besó la mano, imitando la actitud de los personajes elegantes admirados por él en comedias y libros.

Ya no quiso separarse de la dueña de la casa, iniciando una conversación aparte, que pareció indignar á Pirovani. Al fin éste se levantó de su silla, necesitando protestar de tan descomedido acaparamiento, y dijo á Robledo:

--¡Ha visto usted cómo viene vestido ese muerto de hambre!...

No habían terminado aún las sorpresas de aquella noche: faltaba la más extraordinaria.

Se abrió la puerta para dar paso á Canterac; pero éste permaneció inmóvil en el quicio algunos momentos, deseoso de que todos le viesen bien.

Iba vestido de _smoking_, con pechera dura y brillante, y mostraba cierta indolencia aristocrática al andar, lo mismo que si entrase en un salón de París. Saludó á los hombres con un movimiento de cabeza ceremonioso y protector, besando después la mano á Elena.

--Yo también, marquesa, siento ahora la necesidad de vestirme cuando llega la noche, lo mismo que en otros tiempos.

Agradecida la Torrebianca á este homenaje, volvió la espalda á Moreno y ofreció una silla al recién llegado, junto á ella. Toda la noche habló preferentemente con el francés, mientras Pirovani permanecía en un rincón, no ocultando su cólera, y mostrándose al mismo tiempo anonadado por la elegancia de Canterac.

Transcurrieron cuatro noches sin que el contratista se presentase en la casa. Después de la primera, Moreno se sintió interesado por tal ausencia, y fué al domicilio de Pirovani para hacer averiguaciones. Por la noche dió la noticia á Robledo:

--Tomó el tren para Bahía Blanca sin avisar á nadie. Debe traer entre manos algún negocio gordo.

Y continuaron las tertulias sin otra novedad. El francés, siempre vestido de _smoking_, era el preferido por Elena en sus conversaciones. Moreno, al llegar la noche, se ponía el chaqué, sin otro resultado que dialogar con Torrebianca. Este acabó por salir una noche de su cuarto vestido también de _smoking_, y al hacer Robledo gestos de extrañeza, se excusó señalando á su esposa.

Cuando en la quinta noche entró Moreno, se apresuró á hablar.

--¡Gran noticia! Pirovani ha vuelto al anochecer. Creo que le veremos aquí de un momento á otro.

Como el contratista era la novedad de esta velada, todos esperaron su aparición.

Al abrir la puerta quedó inmóvil en el quicio unos momentos--lo mismo que había hecho el otro--, para darse cuenta del efecto producido por su llegada. Iba vestido de frac; pero un frac extraordinario y deslumbrante, cuyas solapas estaban forradas con seda labrada de gruesas y tortuosas venas, iguales á las de la madera, y llevaba, además, un chaleco blanco ricamente bordado. En una solapa lucía una gardenia. Sobre la pechera ostentaba una perla enorme, además de la ancha cinta sostenedora de un monóculo inutil.

Su aspecto era solemne y magnífico, como el de un director de circo ó un prestidigitador célebre. Hacía esfuerzos por mantenerse sereno y que nadie adivinase su emoción. Saludo á los hombres con varonil altivez y se inclinó ante la «señora marquesa», besándole una mano.

Los ojos de ella brillaron con una sorpresa irónica. Todo lo de Pirovani la hacía sonreir. Pero acabó por agradecer esta transformación realizada en su honor, y acogió al contratista con grandes muestras de afecto, haciéndole sentar á su lado.

Canterac se apartó, visiblemente ofendido por esta predilección.

Moreno hablaba á Robledo como escandalizado, señalando el frac de Pirovani:

--¡Y para ese gran negocio emprendió su viaje con tanto misterio!...

El español se alejó de él para hablar con Watson. Éste parecía aturdido aún por la entrada teatral del italiano, y le admiraba conteniendo su risa.

--Después del _smoking_, el frac--murmuró Robledo--. El Carnaval se extiende por el desierto, y esta mujer va á volvernos locos á todos.

Miró el traje del norteamericano, que era igual al suyo: un traje de campo, útil para los trabajos al aire libre, é hizo una comparación muda con el aspecto que presentaban los demás.

Luego pensó:

«¡Qué perturbación una hembra como ésta cayendo entre hombres que viven solos y trabajan!... Y aún ocurrirán tal vez cosas peores. ¡Quién sabe si acabaremos matándonos por su culpa!... ¡Quién sabe si esta Elena será igual á la Elena de Troya!...»

* * * * *

#VII#

--¿Otro matecito, comisario?

Don Carlos Rojas estaba en la habitación principal de su estancia, sentado á la mesa con don Roque, el comisario de Policía del pueblo. Una muchachita mestiza se mantenía erguida junto á ellos, mirándolos con sus ojos oblicuos, en espera de órdenes.

Los dos tenían en su diestra la calabacita llena de mate, y chupaban el líquido oloroso con un canuto de plata llamado «bombilla». Apenas se daba cuenta la mestiza por el burbujeo de los canutos de que escaseaba el líquido, corría á un fogón inmediato, trayendo la «París», tetera de agua hirviente, para llenar á chorro las dos calabacitas repletas de hierba mate.

Hablaban lentamente, interrumpiendo sus palabras para chupar. Rojas hacía esfuerzos por contener su cólera. El día anterior le habían robado un novillo, y él atribuía esta mala hazaña á Manos Duras, ganoso de apropiarse los animales ajenos para venderlos en la Presa. Este robo le perjudicaba doblemente, pues además de ganadero era abastecedor de carne del pueblo, considerando dicha venta como uno de los mejores rendimientos de su estancia.

Al presentarse el comisario, llamado por él para que conociese el robo, había vuelto á recontar sus novillos. Era indudable que le faltaba uno. Y se enardecía al hablar con don Roque, lamentándose de la audacia de Manos Duras y afirmando que en Río Negro no había justicia.

--Tres veces lo he enviado preso á la capital del territorio--dijo el comisario con desaliento--, y siempre vuelve libre, por falta de pruebas. ¿Qué podemos hacer nosotros?... Nadie quiere declarar contra él.

Como Rojas insistiese en sus protestas, don Roque añadió para calmarle:

--Voy á ver si esta vez consigo probar su delito. Le «garanto», don Carlos, que haré cuanto pueda.

Y se lamentó de los escasos medios coercitivos de que podía disponer. Toda la tropa á sus órdenes eran cuatro policías indolentes, con uniformes viejos y sin más armas que largos sables de caballería. Los habitantes del país, mejor pertrechados, les prestaban sus carabinas cuando habían de perseguir á algún bandolero. Sus caballos eran los más flacos y peor alimentados de toda la comarca.

--Vivimos en una nación federal--siguió diciendo el comisario--, y únicamente las provincias, por ser autónomas, tienen bien organizada su policía. Las autoridades de los territorios dependemos del gobierno de Buenos Aires, y al vivir tan lejos nos olvidan, y sólo podemos contar con aquello que improvisamos.

La crítica del abandono en que vivían los territorios llevó insensiblemente á los dos argentinos á ensalzar por comparación las grandezas del resto de su país.

--Aquí estamos olvidados y hechos unos salvajes--continuó don Roque--; pero esto no es mas que la Patagonia, y hace unos años nada más que empezó en ella la civilización. En cambio, compañero, ¡cómo ha adelantado el resto de nuestro país en menos de medio siglo!... ¡Pucha! ¡Qué cosa bárbara!

Acabaron por olvidar sus preocupaciones inmediatas para no ver mas que la parte de la República que había progresado vertiginosamente. Al final alabaron del mismo modo la tierra en que vivían. Don Roque, patriota optimista y de un entusiasmo receloso, presentía enemigos en todas partes.

--Esta Patagonia, ahora desierta, verá usted qué linda se nos pone dentro de unos años, cuando sus tierras sean regadas. Fué una verdadera suerte que su aspecto pareciese tan feo á los de Europa. Por eso es nuestra aún y no nos la han robado.

Y contaba á Rojas lo que había leído en periódicos y libros.

--Hace años, un gringo muy mentado, al que llamaban don Carlos Darwin (el mismo que descubrió que todos venimos del mono), anduvo por estos pagos. Era joven y había desembarcado en Bahía Blanca de una fragata de guerra inglesa que daba la vuelta al mundo. Quería estudiar las plantas y los animales de aquí; pero encontró poco que hacer, pues no abundaban entonces las unas ni los otros. Al fin parece que se marchó desesperado, y dió á este país el título de «Tierra de la Desolación»... Nos hizo un favor el gringo. Si llega á enterarse de lo que es esta tierra cuando la riegan, nos la roban los ingleses, como nos robaron las islas Malvinas, que ellos llaman de Falkland.

Rojas también evocaba el pasado, para lamentar la ceguera de sus abuelos y sus padres. Habían tenido el defecto de ser ricos en la época que aún no se habían creado las fortunas más grandes de la Argentina.

Fué esto después de 1870, cuando el gobierno de Buenos Aires, cansado de tolerar las rapiñas de los indios salvajes y ladrones casi á las puertas de su capital, había completado la obra conquistadora de los antiguos españoles enviando al desierto una expedición militar, que se enseñoreó de veinte mil leguas de terreno, casi todo él laborable.

--El gobierno daba la legua á quinientos pesos, y el peso de entonces sólo valía unos centavos. Además, concedía varios años de plazo para el pago, y hasta insertaba en el diario oficial el nombre del comprador, declarándolo benemérito de la patria. Los soldados de la expedición recibieron también, como recompensa, leguas de terreno, cuyo título de propiedad vendían después á los bolicheros á cambio de ginebra ó comestibles. Y estas tierras son las que ahora surten de trigo y de carne á medio mundo y han visto levantarse sobre ellas tantos pueblos y ciudades. La legua que costó unos centavos vale hoy millones. Muchos de los que poseen esas tierras no han tenido otro mérito que guardarlas improductivas, sin querer venderlas, esperando la inmigración europea que las hiciese prosperar. Como mis ascendientes eran ricos antiguos en aquella época y poseían una gran estancia, no quisieron adquirir campos nuevos. ¡Qué desgracia!...

Olvidaba Rojas sus despilfarres, que habían consumido la mejor parte de la herencia paternal, para acordarse únicamente de la fortuna enorme que podían haber improvisado sus ascendientes aprovechando, como tantos otros, la rápida expansión del país.

Una visita vino á interrumpir la plática de los dos argentinos. Celinda entró en la habitación con falda de amazona, dió un beso á su padre y saludó á don Roque. Aprovechando éste los breves momentos en que desapareció el estanciero para volver con una caja de cigarros, dijo á la joven, mirando maliciosamente su falda:

--Por el campo va usted vestida de otro modo.

Sonrió Celinda, amenazándole después con un ademán gracioso para que guardara silencio.

--Cállese--dijo--, no sea que le oiga mi viejito.

Mientras los dos hombres encendían sus cigarros, volviendo á hablar de Manos Duras y la necesidad de perseguirlo, Celinda abandonó la estancia, montando un caballo con silla femenil.

Media hora después galopaba por las inmediaciones del río, pero en otro caballo y vestida de hombre. Vió un grupo de jinetes que venían hacia ella y se detuvo para reconocerlos.

El ingeniero Canterac, deseoso de inspirar mayor interés á la marquesa de Torrebianca, la había invitado á un paseo por las inmediaciones del río, para que conociese las obras realizadas bajo su dirección. En este paseo podría apreciar Elena su importancia de primer jefe del campamento, viendo además cómo era obedecido por centenares de hombres.

Ella y el francés hacían trotar sus cabalgaduras á la cabeza del grupo. Detrás venía Pirovani, manteniéndose mal sobre su caballo y esforzándose por introducirlo entre los caballos de los dos. Cerraban la marcha el marqués, Watson y Moreno.

Al pasar Elena y Canterac frente á Celinda, las dos mujeres se miraron. La marquesa sonrió á la otra, como si quisiera entablar conversación; pero la joven permaneció ceñuda y con ojos severos.

--Es una niña--dijo el ingeniero--muy traviesa y juguetona, y aunque tiene cierto aspecto de muchacho, la creo capaz de trastornar la cabeza á cualquier hombre. Muchos la llaman Flor de Río Negro.

Elena, ofendida por la actitud de la hija de Rojas, la miraba ahora orgullosamente.

--Tal vez sea una flor--dijo--, pero demasiado silvestre.

Y siguió adelante, escoltada por sus dos admiradores.

Esta breve conversación fué en francés, y Celinda sólo pudo comprender algunas palabras; pero adivinó que la otra había dicho algo contra ella, é hizo una mueca de desprecio asomando su lengua entre los labios.

Pasaron á continuación los jinetes del segundo grupo. El marqués saludó ceremoniosamente á la joven. Moreno no se fijó en ella, pues sólo tenía ojos para vigilar el lejano grupo en que iba la marquesa.

Ricardo Watson fingió no entender los gestos de Celinda, indicándole con sus ademanes que se veía obligado á seguir á los demás.

Le dejó ella marcharse haciendo un mohín de contrariedad; pero arrepentida luego, tiró de las riendas á su caballo, obligándole á dar una vuelta en redondo para seguir al grupo.

Al mismo tiempo que trotaba buscó con su diestra en el delantero de la silla el rollo del lazo, arrojando éste contra su amigo. Después fué recobrando la cuerda, y Watson, para no verse derribado, tuvo que detenerse y acabó por retroceder, mientras sus dos compañeros seguían adelante, sin darse cuenta del incidente.

Llegó Ricardo adonde estaba la joven, teniendo aún el lazo apretado sobre sus hombros. Podía haberse desprendido de él, continuando su camino; pero se mostraba indignado por semejante broma y prefería hablar inmediatamente á la revoltosa muchacha.

--Venga usted aquí--dijo ella sonriendo, mientras recogía dulcemente casi toda la cuerda--. ¿Cómo se atreve á ir con esa... mujer, sin pedirme antes permiso?

El ingeniero contestó con una voz hostil:

--Usted no tiene ningún derecho sobre mí, señorita Rojas, y yo puedo ir con quien quiera.

Palidecio Celinda al notar el tono inesperado con que le hablaba el joven; pero se repuso de esta mala impresión, recobrando su jovialidad. Después dijo, imitando la voz grave del otro:

--Señor Watson: yo tengo sobre usted el derecho indiscutible de que su persona me interesa, y no puedo tolerar que vaya mal acompañado.

El norteamericano, vencido por la cómica seriedad con que dijo ella estas palabras, acabó por reir. Celinda rió también.

--Ya conoce usted mi carácter, gringuito... No me da la gana que vaya con esa mujer. Además, es demasiado vieja para usted... Júreme que me obedecerá. Sólo así puedo dejarle libre.